sábado, 12 de febrero de 2022

EL OCASO DE LA DEMOCRACIA (2020), DE ANNE APPLEBAUM. LA SEDUCCIÓN DEL AUTORITARISMO.

Aunque demos por sentado que los éxitos cosechados hasta ahora por el sistema democrático - el menos imperfecto de los existentes, a decir de Churchill - garantizan que se va a quedar con nosotros para siempre, es indudable que los últimos años se ha producido la confluencia de diversos factores que lo están poniendo en serio peligro, al menos como lo hemos conocido hasta ahora. El ocaso de la democracia está escrito, entre otras cosas, desde la experiencia personal de la autora que, casada con un importante político polaco, conoce bien los deterioros democráticos que llevan años padeciendo países como Polonia, Hungría o Estados Unidos.

El libro comienza con el recuerdo de la fiesta de bienvenida al nuevo siglo que la autora organizó en su domicilio de Polonia. Según cuenta, asistieron numerosos amigos de diversas tendencias políticas, pero no hubo disputas de esa índole, sino un ambiente de armonía y respeto entre todos los asistentes. Hoy día, muchos de esos antiguos amigos han roto su relación precisamente por el incremento de la polarización ideológica, un fenómeno que lleva también siendo protagonista en de la vida política en nuestro país. Pero esto no solo ocurre en el interior, sino también en las relaciones exteriores entre naciones. Jamás se ha puesto tan en peligro la unidad europea - conseguida después de la terrible experiencia de dos guerras mundiales - como con el Brexit, un suceso absolutamente desgraciado que se le fue de las manos incluso a sus demagogos promotores. Políticos como Boris Johnson apoyaron el no a la Unión Europea calculando que sería imposible que la gente votara salir, pero esperando sacar réditos políticos a corto plazo. Esta es la política que impera hoy en día: orientada al discurso populista y a la demonización del adversario. Casi ningún partido se libra, ni de izquierdas ni de derechas, porque todos han entrado en una espiral de acusaciones y desencuentros de la que es muy difícil salir.

Además, esta polarización saca del armario uno de los viejos males de Europa: el nacionalismo. La política emocional que se practica ahora - estimulada por el auge de las redes sociales - apela más al sentimentalismo que a la razón. Los militantes e incluso los ciudadanos empiezan a advertir que, para prosperar, importa más no salir del discurso dominante que ser talentoso en cualquier campo:

"(...) los principios de la competencia, incluso cuando fomentan el talento y posibilitan la movilidad ascendente, no responden a las cuestiones más profundas sobre la identidad nacional y personal. No satisfacen el deseo de unidad y armonía. Y sobre todo, tampoco satisfacen el deseo de algunos de pertenecer a una comunidad especial, una comunidad única, una comunidad superior. Este no es solo un problema de Polonia, Hungría, Venezuela o Grecia. Puede ocurrir en algunas de las democracias más antiguas y estables del mundo."

Al final El ocaso de la democracia deja en el lector un regusto de pesimismo, como si la balanza de la historia estuviera decantándose de manera inevitable por el lento resquebrajamiento de los sistemas democráticos. Nadie renuncia de manera tajante a la democracia, pero muchos países instalan regímenes que violentan sus procedimientos convirtiéndose en sistemas semiautoritarios que intentan disimular esa realidad de puertas para afuera. Con este panorama, como expresa la misma autora, será muy difícil revertir la degradación institucional, tal y como la advierte el ciudadano, y así no será complicado que siga sucediendo lo impensable: que gente tan peculiar como Trump, Putin o Jonhson acabe gobernando los países más poderosos del mundo, mientras muchos miran hacia China como una especie de tercera vía que vende su exitoso modelo al resto del mundo. Desde luego, el futuro no está escrito, pero en la actualidad hay pocas razones para ser optimistas. La vuelta de la cultura de la política del consenso y la marginalidad del radicalismo parecen hoy realidades lejanas.

LIRIOS ROTOS (1919), DE DAVID WARK GRIFFITH.

Después de haber realizado obras tan épicas y complejas como El nacimiento de una nación o Intolerancia, parecería que una película tan intimista como Lirios rotos es un paso atrás en la carrera de Griffith, pero nada más lejos de la realidad. Lirios rotos es un prodigio de narrativa que, tomando unos pocos elementos y un par de escenarios consigue conmover profundamente a cualquier espectador. La película cuenta la historia de un par de personajes desgraciados que llevan vidas solitarias en el Limehouse londinense, un barrio sórdido situado en los muelles. Lucy es maltratada por su padre, un pendenciero boxeador que la trata como una criada y no duda en apalizarla a la mínima - Griffith no se ahorra mostrar estas terribles escenas -. Cheng es un personaje extremadamente ingenuo. Llegó a Londres desde China con la idea de difundir la doctrina pacifista de Buda en el mundo occidental. Ha fracasado de manera absoluta y consume sus días gestionando una paupérrima tienda y observando pasivamente las miserias cotidianas de sus vecinos, mientras está enamorado en secreto de Lucy, a quien considera un ser puro. En películas como esta Griffith estaba inventando el lenguaje cinematográfico y nos premia con planos tan sublimes como aquel en el Lillian Gish utiliza sus dedos para mostrar una mueca forzada de sonrisa para intentar calmar a la bestia de su padre. Se puede decir que esta es una de las primeras películas absolutamente perfectas de la historia del cine.

P: 10

miércoles, 9 de febrero de 2022

NEGACIÓN (2016), DE MICK JACKSON.

Los aficionados a leer libros sobre la Segunda Guerra Mundial conocemos al excéntrico - por llamarlo de alguna forma - y polemista David Irving, un historiador que ha generado polémica con sus conclusiones acerca del Holocausto, entre otros temas. La película la protagoniza Rachel Weisz, que interpreta a otra historiadora, Deborah Lipstadt, que criticó a Irving en su libro La negación del Holocausto, interponiendo este último una demanda contra ella para defender su derecho al honor. El juicio subsiguiente, que es en lo que se centra la trama, despertó el interés mediático porque, como muchos interpretaban, en el fondo se le iba a otorgar a un juez la capacidad de determinar si había pruebas para determinar si el Holocausto había sido un hecho tan terrible como siempre habían afirmado consensuadamente la mayoría de los historiadores o si existían dudas razonables al respecto, como exponía Irving. El final del asunto fue bastante anticlimático, pues el autor de La guerra de Hitler, llevado por su desmesurado afán de protagonismo terminó disparándose varias veces en el pie. En esta lucha entre David y Goliat, acabó venciendo Goliat, que es al que las pruebas le otorgaban de manera desmesurada la razón. Negación reproduce fielmente estos hechos y no intenta añadir espectáculo o intriga donde no la hubo: si bien Irving empezó sus intervenciones haciendo gala de un gran conocimiento del asunto, al final, como ya hemos dicho, sus propias palabras lo perdieron y lo retrataron como el racista que era.

P: 6

lunes, 7 de febrero de 2022

BULLIT (1968), DE PETER YATES.

El recuerdo que me quedó de esta película, cuando la pude ver, hace ya muchos años, me llevaba a esperar una trepidante cinta de acción policial. Quizá la sombra de una de las mejores persecuciones automovilísticas de la historia del cine es demasiado larga, pues, siendo lo que más se recuerda de esta obra, es bueno apreciar que nos encontramos ante una película mucho más realista de lo que podría parecer. Porque Steve McQueen es un gran actor e interpreta en esta ocasión a un hombre tranquilo, amante de los protocolos policiales, que se ve finalmente desbordado por los acontecimientos y termina echando mano de la violencia. La presencia de la ciudad de San Francisco, el otro gran personaje de Bullit, se aprovecha al máximo para conseguir una ambientación muy particular, incluso en las escenas que transcurren en el interior del Hospital. Un guion muy bien medido y realista que dosifica perfectamente investigación, tensión y acción y a la vez consigue algo tan difícil como rozar lo mítico.

P: 8

sábado, 5 de febrero de 2022

LA BALADA DEL SOLDADO (1959), DE GRIGORI CHUKHRAI.

Ambientada en los días en los que la Unión Soviética se había visto sorprendida por la invasión alemana de 1941, La balada del soldado es una película soviética que no desmerece en calidad a lo que se rodaba en Hollywood en aquellos años. Alyosha es un soldado jovencísimo que, en una acción muy afortunada, ha conseguido destruir dos tanques alemanes. Como recompensa, se le propone para ganar una medalla, pero él propone a su comandante que se le cambie este premio por permitirle visitar brevemente a su madre, pues su aldea no dista demasiado del frente de batalla. A partir de aquí la película de Chukhrai deviene en una especie de road movie en la que el personaje va moviéndose por la retaguardia tratando de llegar lo antes posible a su hogar para volver a su compañía en el plazo estipulado. Si bien, como es lógico, buena parte de lo que vemos es pura propaganda soviética: confraternización perfecta entre combatientes, mandos benévolos y comprensivos, pueblo resignado y con fe en la victoria final... entre líneas podemos leer el verdadero mensaje de la película: lo que verdaderamente rompe la guerra son las relaciones humanas. Por ello el abrazo de una madre o el beso de una esposa son los sueños más íntimos de los combatientes de cualquier nacionalidad y los soviéticos no iban a ser una excepción: la verdadera patria son los seres queridos. En este sentido la película nos regala escenas tan memorables como la del reencuentro entre un soldado lisiado y su esposa. Durante su recorrido el buen Alyosha vivirá una historia de amor tan pura como solo la puede protagonizar un joven sin experiencia y tan breve e intensa como solo puede producirse durante un conflicto bélico. La película es un perfecto homenaje a la humanidad individual de todos y cada uno de los soldados que defendieron la llamada madre patria y los inmensos sacrificios, no solo en sangre, sino también en afectos perdidos, a los que tuvieron que someterse.

P: 8

LUZ QUE AGONIZA (1944), DE GEORGE CUKOR.

Adaptación de una mediocre obra teatral de Patrick Hamilton, Luz que agoniza es una película que adquiere entidad por el ambiente de tensión que Cukor logra crear a través de una historia que va entrando, parafraseando a las recomendaciones de Netflix, cocinada a fuego lento. Además de ser una trama de suspense, Luz que agoniza tiene otro punto fuerte en el retrato de la evolución psicológica de los personajes principales. Ella, una ingenua mujer atrapada en un matrimonio falso, pues el único interés de su marido es perturbarla psicológicamente en razón de unos oscuros intereses que se desvelarán al final de la trama. La casa de Thornton Square es casi otro personaje de la película, un lugar muy inquietante, muy apropiado para desarrollar los planes del malvado Gregory Anton. Todo un clásico muy recordado por el público, hasta el punto de que la expresión luz de gas ha llegado hasta nuestros días en el ámbito de la lucha contra la violencia de género. 

P: 8

martes, 1 de febrero de 2022

PETULIA (1968), DE RICHARD LESTER.

Muchos especialistas dicen que el cine clásico terminó en torno a 1968. Los grandes realizadores habían filmado una gran cantidad de obras maestras y el medio cinematográfico buscaba nuevos caminos. En Petulia no es solo que se traten abiertamente temas como el desamor, los conflictos violentos de pareja o el adulterio, es que Lester desbarata el lenguaje cinematográfico tradicional y ofrece una narración caótica y moderadamente fascinante: muchos planos, movimientos confusos de cámara, traslación a imágenes como flashes de los pensamientos o recuerdos de los personajes... La estética de la película es absolutamente informal, quizá en referencia a los anhelos de libertad de aquel presente. Una historia hija de su tiempo adecuadamente  dirigida por el realizador de las películas de los Beatles. Es curioso que un actor como el ya maduro Joseph Cotten abandere la incomprensión conservadora a estas nuevas costumbres tan escandalosas. Petulia merece la pena verse, aunque sea como curiosidad que capta el espíritu de una época.

P: 6