jueves, 22 de octubre de 2020

LA COALICIÓN FRENTE A LA PANDEMIA (2020), DE MARÍA LLAPART Y JOSÉ ENRIQUE MONSORI. CRÓNICA POLÍTICA DEL AÑO QUE CAMBIÓ LA HISTORIA.

2020 va a quedar como un año histórico para nuestro país y no precisamente en un sentido positivo. Ha sido - están siendo - unos meses tan intensos que las negociaciones para formar gobierno de finales del año pasado se recuerdan como algo un poco remoto, ya que la crisis del coronavirus lo ha impregnado todo de tal manera que los acontecimientos inmediatamente anteriores a la misma parecen haber sucedido en un mundo distinto al actual. En cualquier caso, es bueno hacer balance del pasado inmediato para poder analizar cómo hemos llegado a esta situación tan complicada, que se vuelve más dramática cada día que pasa.

La segunda mitad de 2019 fueron meses perdidos para España. Tras las elecciones de junio, en las que el PSOE sacó una mayoría clara, pero no suficiente para gobernar en solitario, se produjo un insólito bloqueo que llevaría a la repetición electoral en noviembre. Fueron los tiempos en los que Pedro Sánchez repetía que jamás pactaría con Podemos y descartaba tal posibilidad como una irresponsabilidad que impediría que pudiera dormir por las noches. Tales certezas, reiteradas durante toda la campaña electoral de noviembre, fueron fulminantemente descartadas a la vista del resultado de las nuevas elecciones, que, lejos del refuerzo esperado, debilitaba la mayoría parlamentaria del PSOE. El pacto que era totalmente imposible hasta solo unos días, se fraguó en unas pocas horas. Se produjo un apresurado reparto de Ministerios y una declaración en la que se exponían las intenciones del nuevo gobierno de manera muy general. Pero no bastaba con los votos de PSOE y Podemos para asegurar el voto del Congreso. Las negociaciones con nacionalistas y otros grupos minoritarios fueron complicadas y hasta prácticamente el último minuto no estuvo asegurado el apoyo de los suficientes diputados, aunque al final se consiguió prácticamente por la mínima. Así comenzó su andadura el primer gobierno de coalición de nuestra democracia, un proyecto muy ilusionante para muchos, pero que nacía lastrado por la historia previa de desconfianza entre ambos miembros y por la heterogeneidad de los grupos de los que dependía para poder sostenerse.

Entre otras curiosidades, La coalición contra la pandemia desvela que el nombramiento del ministro Salvador Illa como responsable de Sanidad fue meramente una operación política. Su llegada al cargo no fue debida a sus conocimientos o su experiencia en el sector, sino por su conocimiento de los complicados entresijos de la política catalana, algo que iba a ser muy útil en la singladura del nuevo ejecutivo, hasta el punto de que se le encomendó que dedicara un par de días de la semana a los asuntos de su Ministerio y el resto estuviera en Barcelona asegurándose de mantener los apoyos a la Coalición. Un encargo que cambiaría radicalmente pocas semanas después, cuando España entró de lleno en la crisis más importante de las últimas décadas sin apenas preparación para afrontar la misma.

Y es que las noticias que llegaban acerca del coronavirus eran cada vez más preocupantes, allá por el mes de febrero. La propagación del virus se extendía rápidamente por otros países desde su origen en China y llegaba a Italia, causando verdaderos estragos en el norte del país. Frente a la inquietud de mucha gente, el gobierno lanzaba mensajes de tranquilidad y no imponía ninguna medida. Por aquellos días sus esfuerzos estaban concentrados en la primera gran polémica que dividió a la Coalición: el proyecto de ley de libertad sexual preparado por el Ministerio de Igualdad de Irene Montero se encontró frente a vergonzantes correcciones efectuadas por el Ministerio de Justicia. Los ciudadanos empezaban a advertir fuertes tensiones en el seno del gobierno, sobre todo derivadas de la rivalidad entre Irene Montero y Carmen Calvo y entre Yolanda Díaz y Nadia Calviño, que llegarían a su máxima expresión en los dramáticos Consejos de Ministros que declararon el estado de alarma y sus consecuencias jurídicas.

Aunque el libro no profundiza en el asunto, resulta realmente insólito el cambio de discurso que se produjo en el gobierno entre el 8 y el 9 de marzo. Si el 8 de marzo el mensaje era que la epidemia estaba controlada y se animaba a hacer vida normal y a participar en las manifestaciones organizadas ese mismo día, por la noche, según la versión oficial, llegaron datos al Ministerio de Sanidad que contradecían todo ese optimismo (es difícil explicarse cómo es posible que los datos previos no invitaran al menos a la prudencia y a tomar las primeras medidas ese fin de semana). Los días siguientes fueron dramáticos, de una tensión extrema en el gobierno y de un miedo creciente entre la gente. Aunque Pedro Sánchez se tomó su tiempo para decidir la declaración de estado de alarma y el insólito confinamiento de los ciudadanos, el ambiente en las calles era de máxima ansiedad, viéndose en aquellos días imágenes inéditas en nuestro país: supermercados rebosantes de gente realizando compras masivas de productos de primera necesidad como si el mundo fuera a venirse abajo en las próximas jornadas.

La historia que sigue es tristemente bien conocida por todos: la pandemia golpeó nuestro país con fuerza inusitada, sobre todo en Madrid, llegándose a contagiar incluso varios miembros del gobierno. La alarma social llegó a niveles insospechados los días en que las cifras de muertos llegó casi al millar. Mientras tanto el gobierno legislaba de urgencia e intentaba establecer una política de comunicación con los ciudadanos sin negar, al fin, la gravedad del momento. La economía se congelaba y las administraciones públicas colapsaban, sobre todo las encargadas de tramitar los millones de ertes que se solicitaron. A principios del verano el estado de alarma decae y se hace ver que lo peor de la pandemia ha pasado y se anima al ciudadano a hacer vida normal con ciertas precauciones: craso error, tal y como estamos viendo estos días de notables rebrotes en casi todos los puntos de la geografía nacional. El virus sigue con nosotros y parece que nos va a deparar un invierno extremadamente complicado, mientras la economía no es capaz de superar la brutal caída del segundo trimestre del año. El libro de Llapart y Monsori, que intenta ser objetivo y no entrar en polémicas ni manifestar opiniones acerca de los hechos que narra, es un relato de urgencia, pero tristemente todavía incompleto: sus páginas habrán de completarse en los próximos meses de estos tiempos extremadamente interesantes y dramáticos.

miércoles, 21 de octubre de 2020

LA NEOINQUISICIÓN (2020), DE AXEL KAISER. PERSECUCIÓN, CENSURA Y DECADENCIA CULTURAL EN EL SIGLO XXI.

Recuerdo cuando empecé a escuchar hablar de lo políticamente correcto allá por los felices noventa. Personalmente me parecía una buena noticia que en el ámbito académico y político empezara a respetarse a las minorías, a compensar, aunque fuera a través del lenguaje, la discriminación padecida en el pasado. Poco a poco esta semilla ha ido creciendo y se ha convertido en un monstruoso lastre para las sociedades occidentales, hasta el punto de que limita gravemente la libertad de expresión de los ciudadanos, a riesgo de que si cualquiera de sus opiniones no se ajusta al discurso dominante en la izquierda, puede ser tildado de facha, racista o machista. 

George Orwell no se equivocaba cuando postulaba que los neolenguajes eran un instrumento imprescindible para consolidar regímenes totalitarios. Evidentemente, nosotros todavía ni nos acercamos a eso, pero la exageración que se pretende de conceptos como el de lenguaje inclusivo, empieza a parecerse una imposición incómoda, ya que el que habla en un foro público o privado debe tener un extremo cuidado respecto a las palabras que elige para ilustrar su discurso. Hasta la más inocente de las expresiones puede convertirse en un insospechado ataque a grupos sociales presuntamente oprimidos (eternamente oprimidos) y siempre habrá un aspirante a inquisidor que saque a relucir cualquier agresión o microagresión que al orador le había pasado desapercibida. Incluso se escarba en el pasado de políticos, sean éstos progresistas o conservadores, para afearles conductas del pasado que hace unos años no habrían escandalizado a nadie, como, por ejemplo, haber acudido disfrazado de hombre negro a una fiesta en su juventud. Dichos políticos, por lo general, en vez de tratar de restar importancia a asuntos tan triviales, entonan un sentido mea culpa, contribuyendo así a engordar la bola de nieve de presuntos agravios que los supuestos miembros privilegiados de las sociedades occidentales tienen que expiar eternamente, como si de un pecado original se tratara.

Al final se trata de imponer una visión de la historia y de la sociedad descrita con trazo grueso en la que occidente siempre ha sido agresor y el resto del mundo víctima. Nadie discute los abusos que han cometido Europa y Estados Unidos a lo largo de su historia, pero cuando un profesor pretende matizar cualquier episodio, ya sea éste respecto al colonialismo, esclavitud o condición de la mujer a través de la historia, buena parte del mundo académico le da la espalda. Así sucede también con quienes pretenden profundizar en problemas sociales analizando estadísticas cuyos resultados no coinciden con el mensaje que se quiere hacer llegar a la sociedad. La quema de libros de antaño se ha sustituido por la destrucción de estatuas y por los intentos de acallar a las voces disidentes, por más estructurados que estén sus discursos. Afortunadamente, la libertad de expresión sigue vigente entre nosotros, pero de una manera sesgada, puesto que se ha llegado a un punto en el que cada cual autocensura sus opiniones en ciertos temas, aunque estén perfectamente razonadas, para no ser calificado de facha o términos similares. La motivación individualista de igualdad de los miembros de ciertos grupos históricamente discriminados se ha convertido hoy día en muchos casos en la exigencia de privilegios especiales por pertenecer a determinada raza, género u orientación sexual, algo que acaba atacando frontalmente a la meritocracia y a la cultura del esfuerzo.

Axel Kaiser, profesor y abogado de origen chileno, ha sabido poner el dedo en la llaga de uno de los males que afligen actualmente a las sociedades occidentales, con un discurso que no apela a la derecha o la izquierda, sino al sentido común y a un regreso a la auténtica libertad de expresión, hoy en peligro de ser gravemente limitada:

"Por ahora hay pocas dudas de que se debe alzar la voz, defender el intercambio libre y respetuoso de todo tipo de opiniones, oponerse a legislaciones que restrinjan la libertad de expresión bajo el argumento de proteger víctimas, exigir y velar por una mayor integridad psicológica a los jóvenes, demostrar menor temor ante la reacción de quienes digan sentirse ofendidos, desafiar los dogmas de esta nueva ideología sin complejos y exponer coraje institucional ante denuncias y ataques no demostrados que pueden arruinar la vida de personas potencialmente inocentes. En esto, los genuinos liberales de derecha e izquierda deben unirse, más allá de sus diferencias, junto con los conservadores dialogantes y todo aquel preocupado por lo que podría terminar produciendo el clima de hipersensibilidad, persecución e irracionalismo tribal que se ha instalado. Si hay algo que se puede aprender del pasado es que, cuando se ponen en marcha procesos revolucionarios y cacerías de brujas, nadie, ni siquiera aquellos que los promovieron desde el inicio y que celebraron mientras veían arder a sus adversarios, se encuentra libre de ser el próximo en ser arrojado a la hoguera."

miércoles, 7 de octubre de 2020

DE CALIGARI A HITLER (1947), DE SIEGFRIED KRACAUER. UNA HISTORIA PSICOLÓGICA DEL CINE ALEMÁN.

Si una idea se hace presente al leer este ensayo, uno de los clásicos de historia del cine, es que, para su autor, las películas son un reflejo profundo de la sociedad en la que son concebidas, pues su éxito radica en ofrecer al público lo que necesita ver en ese momento, aunque dicha necesidad se manifieste de forma inconsciente:

"De tal manera, detrás de la historia evidente de los cambios económicos, de las exigencias sociales y de las maquinaciones políticas, existe una historia secreta que abarca las tendencias íntimas del pueblo alemán. La demostración de esas tendencias por medio del cine alemán puede contribuir a la comprensión del poderío y de la ascensión de Hitler."

En cierto modo, lo que el cine de los años veinte parece expresar al pueblo alemán es que existen solo dos alternativas: el caos provocado por la anarquía o el orden que ofrece un régimen tiránico. Bien es cierto que la subyugación que produce esta última opción es reflejada en producciones tan populares como Doctor Mabuse o El gabinete del doctor Caligari, películas en las que el genio maligno se utiliza para acumular poder, en algunos casos casi absoluto. Otras tan interesantes como El último, mostraban como un mero uniforme podía ser un instrumento de prestigio social y de distinción frente a la masa, aunque al final toda la ciudadanía alemana acabara uniformada de un modo u otro con la llegada de Hitler al poder. El individuo debía buscar su integración y su lugar junto a sus semejantes. Quien cambiaba radicalmente de forma de vida, quien renunciaba a una posición con buena reputación social, podía acabar tan ridiculizado como el protagonista de El ángel azul.

Pero en realidad la seducción del líder absoluto, cuya entera existencia está consagrada en mejorar la vida de su pueblo se dará en la interminable serie de producciones dedicadas a exaltar diversos episodios de la biografía de Federico el Grande, el dirigente modelo al que los alemanes deberían aspirar a restituir, una serie que se prolongaría durante toda la República de Weimar y seguiría gozando de buena salud con la llegada de los nazis al poder, En estas películas se trataba de mostrar que la seguridad de que gozan los súbditos de un dirigente dotado del genio de Federico es impensable para los ciudadanos de una democracia, un régimen inestable que jamás puede dirigirse a una meta definida.

Así pues, con un análisis minucioso de un gran número de producciones de la época (algunas desconocidas para mí), Kracauer establece, a través de una gran erudición cinematográfica, su interpretación del significado de las mismas, examinadas a la luz de lo que sucedió después. ¿Anunciaban todas estas películas el desastre que inevitablemente iba a sobrevenir? Quizá eso sea decir demasiado, pero un análisis profundo de las mismas sí que puede arrojar algo de luz a la facilidad con la que buena parte de los alemanes (sobre todo esa clase media que es protagonista en el ensayo de Kracauer), se arrojó ciegamente a los brazos de unos dirigentes criminales que les prometieron una gloria militar, totalitaria y racista y acabaron dirigiéndolos al más absoluto de los desastres. No es el que cine pueda actuar como oráculo de la inmediata historia por venir, pero De Caligari a Hitler ofrece una indagación muy estimulante de cómo una forma de cultura popular recién implantada en aquellos años pudo influir en la psique colectiva de toda una nación.

HÉROES EN CRISIS (2018-2019), DE TOM KING Y CLAY MANN. EL SUPERHÉROE EN EL DIVÁN.

Dejo aquí mi última colaboración publicada en El placer de la lectura, una recopilación de una de las series limitadas de DC más estimulantes de los últimos tiempos:

https://elplacerdelalectura.com/2020/10/heroes-en-crisis-de-tom-king-y-clay-mann.html

sábado, 12 de septiembre de 2020

HISTORIA DE LA BRUJERÍA EN ESPAÑA (2010), DE JOSEPH PÉREZ. LAS SUPERSTICIONES Y SU MUNDO.

Durante muchos siglos de nuestra historia la brujería no fue un asunto del ámbito de las ficciones, sino que se consideraba un problema muy real que debía ser erradicado por las autoridades. Se trata de un fenómeno que se daba sobre todo en las zonas rurales, las más abandonadas y retrasadas en la España de la Edad Moderna. Las llamadas brujas formaban parte de los estratos más humildes de la sociedad, mujeres (también hombres, pero en menor cantidad) a los que la gente le atribuía un determinado poder mágico y en la que muchos confiaban para la resolución de sus problemas, ya fueran estos de índole amorosa, de salud o de dinero. Muchas no eran más que curanderas con conocimiento de ciertos remedios tradicionales a los que la imaginación del pueblo atribuía poderes sobrenaturales. El ambiente en esta sociedad empobrecida y supersticiosa era proclive a que un miedo irracional gobernara la existencia de mucha gente:

"Una palabra lo resume todo: miedo. El miedo ante una serie de desastres que no tienen explicación razonable; solo el demonio parece ser responsable de tantas desdichas acumuladas. En estas condiciones se comprende el estado de ánimo de unos hombres a la vez familiarizados con la muerte y obsesionados con ella."

En cualquier caso, parece ser que la represión de la brujería en nuestro país fue mucho más benigna que en los territorios del norte de Europa. Era usual que para los inquisidores (gente bastante cultivada respecto al pueblo llano), las acusaciones de brujería tuvieran más que ver con la ignorancia y la superstición que con una supuesta intervención del diablo. La imaginación popular retrataba esos aquelarres a los que asistían las brujas, presididas por un macho cabrío a los que los participantes besaban el trasero como una representación de los miedos colectivos de la época. Los inquisidores en general trataban de ser realistas: se trataba de delitos cometidos por gente vulgar perteneciente a la plebe ignorante y por lo tanto carecían de interés. Las penas solían ser leves para la época (destierros, azotes, penitencias...), a pesar de que se cometieron excesos, como el famoso auto de fe de Logroño de 1610. Los inquisidores tenían mucho más interés en perseguir las desviaciones de la doctrina católica, sobre todo si éstas provenían de teólogos de prestigio. En el norte de Europa la persecución a las supuestas brujas fue mucho más implacable y hubo muchísimas más quemadas en la hoguera.

En definitiva, este ensayo divulgativo del gran hispanista Joseph Pérez pretende ser realista y desmitificador, poniendo a la Inquisición española en su auténtico lugar: no como una una institución racionalista e indulgente que fuera comprensiva con la ignorancia del vulgo, sino como una organización muy centralizada y poderosa cuyo principal objetivo era un reino libre de herejía, teniendo la lucha contra la superstición como algo accesorio o secundario. 

martes, 8 de septiembre de 2020

LA MENTE DE LOS JUSTOS (2012), DE JONATHAN HAIDT. POR QUÉ LA POLÍTICA Y LA RELIGIÓN DIVIDEN A LA GENTE SENSATA.

 

Por encima de la cocina, la maternidad, la guerra o el cultivo de alimentos, la moralidad, según Jonathan Haidt, es el concepto que ha hecho posible la civilización humana. Esta idea hay que tenerla muy presente como base de la lectura de este estimulante ensayo que se dedica a remover nociones muy arraigadas acerca de nuestra naturaleza. Creemos que la mayoría de nuestras acciones están inspiradas por nuestra mente racional, pero en realidad casi todas se basan en nuestra intuición y el razonamiento estratégico tiene la oportunidad de pulirlas a continuación, es decir, casi siempre la razón sirve para justificar nuestro impulso, pero suele ir a la zaga de lo intituitivo. Es la metáfora del elefante (el 99% de nuestro pensamiento, que sucede fuera de lo consciente) y el jinete, que sirve al elefante e intenta guiar sus acciones por la senda más razonable o autojustificativa. Una mente guiada solo por la razón sin sentimientos, no sería humana y ni siquiera tomaría las mejores decisiones. En cualquier caso, vivir en sociedad significa confrontar nuestras ideas y nuestras acciones con las de otros: somos muy ineficaces a la hora de descalificar nuestros actos, necesitamos que otras personas argumenten en nuestra contra para tener la posibilidad de darnos cuenta de que andábamos equivocados en un determinado asunto.

Si nuestra mente está diseñada para autojustificarnos, más que para buscar la verdad, es porque la reputación social lo es todo para nosotros. Es mucho más importante dar una buena imagen ante los demás que ser verdaderamente virtuoso, sobre todo si dicha virtud no es apreciada por nuestros semejantes. Nos esforzamos más en aparentar que nuestra posición es la correcta en un determinado asunto que en indagar en la solidez de dicha posición, como si nuestras ideas fueran algo tan valioso que hay que protegerlas sin excusas frente a cualquier cuestionamiento. Quizá la visión de la mente humana de David Hume fue la más acertada, ya que intuyó que nuestros cerebros funcionan a base de procesos emocionales e intuitivos y luego utilizamos el razonamiento para defenderlos contra viento y marea. Eso nos hace inmensamente partidistas y difíciles de convencer frente a otros que están igualmente seguros de que su posición es la correcta: la razón raramente puede con la intuición.

El neurocientífico Gary Marcus explica muy bien cómo se conforman desde temprana edad estas ideas en nuestras mentes que luego son tan difíciles de erradicar, nuestros cerebros vienen ya preconfigurados, lo cual no quiere decir que nuestras vivencias no puedan cambiarlos:

"La naturaleza proporciona un primer borrador, que luego la experiencia revisa (...). Que algo esté "incorporado" no significa que no sea maleable; significa "organizado antes de la experiencia"."

Al final este egoísmo que nos define tiene que adaptarse a la cooperación con otras personas en competencia con otros grupos, ya que aquellos que mejor sepan trabajar juntos y dividir las tareas serán los que prosperen. El atruismo se basa en gran parte en la necesidad de reconocimiento frente al grupo. Y esta necesidad de socializar para conseguir metas cada vez más altas tiene que ver con el nacimiento de la religión, puesto lo Sagrado, aunque se base en creencias irracionales, consigue dotar de una extraordinaria cohesión a las sociedades humanas, sobre todo cuando no existe parentesco entre todos sus miembros: la moralidad puede unir a la vez que ciega. 

Saber que no existe una única moralidad universal ayuda extraordinariamente a comprender el pensamiento de los otros, ya que las necesidades y las circunstancias a lo largo del tiempo y en diferentes lugares son muy distintas: aunque yo no persiga unos determinados valores, tengo que ser capaz de entender las motivaciones de quien sí lo hace. Si en política unos gravitan hacia la izquierda y otros hacia la derecha, esto no suele tener que ver con los conceptos del bien y del mal, sino con aspectos muy arraigados en la mente humana y que se han ido desarrollando en un sentido u otro a través los años. Comprender moralidades diferentes - incluso las más difíciles, aquellas que chocan con nuestro concepto de derechos humanos - es la herramienta imprescindible para una convivencia pacífica. Una conversación profunda y sin prejuicios con quien piensa diferente en muchos temas fundamentales puede deparar numerosas sorpresas. Las mejores sociedades no son las que albergan un pensamiento único, sino las que se encuentran permanentemente debatiendo en libertad entre diferentes posturas que nunca deben ser irreconciliables. 

FEMINISMO PASADO Y PRESENTE (2017), DE CAMILLE PAGLIA. MUJERES Y HOMBRES LIBRES.

 

Camille Paglia es conocida en España, por desgracia, porque la política caída en desgracia Cayetana Álvarez de Toledo la ha nombrado en varias ocasiones como una de sus referentes como alternativa al feminismo preponderante. En este volumen, en el que se recogen varias de sus confencias e intervenciones en actos públicos, Paglia expresa una especie de nostalgia por los años sesenta, década en la que, según ella, se alcanzaron cotas de libertad hoy impensables. El auge de lo políticamente correcto ha conseguido que hoy día - teniendo en cuenta también el poder de las redes sociales para destruir a personas - la gente se autocensure más que nunca y que ciertas formas de pensar no sean aceptadas cuando se desvían de las ideas comúnmente aceptadas, aunque se esté usando el sentido común. Por ejemplo, uno de los grandes errores de la lucha contra la violencia de género seguramente sea incluir todos los asesinatos y agresiones en el mismo saco: en el del machismo y el patriarcado, impidiendo así advertir que los delitos, aunque produzcan el mismo resultado, pueden tener bases y motivaciones muy diferentes. No es exactamente lo mismo el asesinato cometido por un drogadicto con el síndrome de abstinencia, que el que realiza un enfermo mental, que el producido por un delincuente habitual o el que realiza una persona hasta el momento intachable, que jamás había cometido un acto violento. Los conceptos machismo o patriarcado son tan generalistas que impiden una visión detallada y estrictamente jurídica de una violencia que persiste año tras año a pesar de los ingentes recursos destinados a prevenirla y erradicarla, quizá porque estas acciones no van a dejar de producirse por mucho que nos empeñemos: vivimos en un mundo peligroso en el que debemos usar nuestras libertades con suma prudencia si no queremos caer en manos de gente indeseable: libertad también significa responsabilidad, no la exigencia permanente de una protección especial, dice Camille Paglia. 

En cualquier caso, la autora de Sexual Personae, está segura de que no existe un solo feminismo y de que toda mujer tiene derecho a vivir su vida de la manera que mejor considere, aunque no cumpla con todos los postulados del discurso preponderante:

"Pero ¿qué es exactamente el feminismo? ¿Es una teoría, una ideología o una praxis, es decir, un método práctico? ¿Y acaso es el feminismo tan occidental en sus premisas como para no poder exportarse a otras culturas sin distorsionarlas? Cuando hallamos ideas feministas en autores medievales o renacentistas, ¿estamos proyectando ideas del presente sobre el pasado? ¿Quién es o no es feminista y quién lo define? ¿Quién le confiere legitimidad o autenticidad al feminismo? ¿Una feminista debe formar parte de un grupo o debe asimilar la ideología abanderada por alguno de sus subgrupos? ¿Quién decide, y con qué autoridad, lo que está o no está permitido pensar o decir sobre políticas de género? Y, por último, ¿el feminismo es un movimiento intrínsecamente de izquierdas o puede haber un feminismo basado en principios conservadores o religiosos?"

Quizá sea éste un discurso a tener en cuenta, un llamamiento a la responsabilidad individual frente a discursos - los más radicales - que criminalizan a enteros grupos sociales. Es una lástima que ciertas voces sean etiquetadas como de derechas o de izquierdas y que por eso sean automáticamente despreciadas como fascistas o como comunistas. Hubo un tiempo en el que las ideologías no se encontraban tan polarizadas y el debate en libertad era posible sin que se llegara de inmediato a las descalificaciones más gruesas. Sin decantarme personalmente por uno u otro lado (yo solo tomo lo que me parece más razonable de cada parte, teniendo siempre presente que puedo estar equivocado), creo que deberíamos volver a valorar esa auténtica libertad que consiste en decir claramente lo que se piensa (sin insultar a nadie) no temiendo ofender profundamente a quienes opinan diferente.