Muy buenos debates ha suscitado esta novela en el seno del club de lectura. Y es que no es para menos, pues la narración de Conrad, aunque breve en extensión, es de tal densidad que trata de temas fundamentales, tanto filosóficos, morales e históricos. Esta es mi segunda lectura y puedo decir que ha sido infinititamente más rica que la que realicé hace veinte años. Aquí el enlace al artículo:
Joseph Conrad es un caso excepcional en la historia de la literatura.
Polaco de nacimiento, escribió su obra en una lengua que aprendió
pasados los veinte años, lo que no le impidió ser considerado uno de los
mejores narradores en lengua inglesa.
La literatura de Conrad es
hija de sus propias experiencias, ya que pasó muchos años navegando por
todo el mundo, llevando una vida aventurera que, en suma, acabaría
plasmando en sus escritos. Pero sería un error considerar a Conrad
meramente un novelista del género de aventuras. Sus experiencias vitales
le aportaron una
visión del mundo que hacen de él un escritor
complejo, cuyos textos están sujetos a diversas interpretaciones, a
veces antagónicas. Ejemplo de ello es "El corazón de las tinieblas",
quizá su novela más conocida.
El
Congo fue un territorio explotado por los belgas desde el último tercio
del siglo XIX en el contexto de la expansión imperialista de los países
europeos por África. El de este territorio fue un caso singular, pues
se convirtió prácticamente en una finca privada del rey
Leopoldo II de
Bélgica, que se sirvió de la Asociación Africana Internacional para
esquilmar sus recursos naturales (sobre todo el marfil) y tratar a sus
habitantes como auténticos esclavos. El rey Leopoldo fue un lobo con
piel de cordero, tal y como recoge Mario Vargas Llosa (
"La aventura colonial"):
"Durante
un cuarto de siglo por lo menos el Congo fue desangrado, esquilmado y
destruido en una de las operaciones más crueles que recuerde la
historia, un horror sólo comparable al Holocausto. Pero, a diferencia de
lo ocurrido con el exterminio de seis millones de judíos por el delirio
racista y homicida de Hitler, ninguna sanción moral comparable a la que
pesa sobre los nazis ha recaído sobre Leopoldo II y sus crímenes, al
que muchos europeos, no sólo belgas, todavía recuerdan con nostalgia,
como un estadista que, venciendo las limitaciones que la historia y la
geografía impuso a su país, hizo de Bélgica por unos años un país
imperial".
Marlow,
el protagonista de la historia, se presenta al principio como alguien
ingenuo, con sed de aventuras, que acaba dándose de bruces con una
realidad dantesca. Alude a sus deseos de explorar los territorios que
aún permanecían en blanco en los mapas. Uno de ellos es el Congo, por lo
que conseguirá ser empleado en una misión de navegación a través del
río del mismo nombre, un viaje al mismísimo corazón de las tinieblas
para encontrarse con el enigmático Kurtz.
Muy
acertadas son las reflexiones de Marlow al principio cuando, antes de
comenzar a narrar su historia, reflexiona acerca del estuario del
Támesis, donde están situados él y sus oyentes, en tiempos de la
conquista romana. Si bien en esos momentos (finales del siglo XIX),
Inglaterra es el centro de la civilización, solamente unos siglos atrás
sus habitantes podían equipararse a los africanos que Marlow va a
conocer. Quizá la auténtica condición del hombre sea la salvaje, ya que
el hombre civilizado se encuentra indefenso cuando se enfrenta a la
naturaleza en su estado más puro.
Los
salvajes sometidos que Marlow va a conocer en su primer contacto con
las tierras africanas son seres absolutamente pasivos, tratados por sus
amos como auténticas bestias de carga de usar y tirar. De hecho la
tripulación del vapor con el que va a recorrer el río Congo está
compuesta mayoritariamente por caníbales, que llevan carne de hipopótamo
podrida como alimento. El hecho de adentrarse cada vez más en una
naturaleza silenciosa y hostil hace que la tensión del protagonista sea
más acusada a cada instante, como si estuviera atravesando los diversos
círculos del
infierno:
"Remontar
aquel río era regresar a los más tempranos orígenes del mundo, cuando
la vegetación se agolpaba sobre la tierra y los grandes árboles eran los
reyes. Un arroyo seco, un gran silencio, un bosque impenetrable El aire
era cálido, espeso, pesado, perezoso. No había júbilo alguno en la
brillantez de la luz del sol. (...) Y esta quietud de vida no se parecía
en lo más mínimo a la paz. Era la quietud de una fuerza implacable que
medita melancólicamente sobre una intención inescrutable".
La
misión encomendada a Marlow es la búsqueda de Kurtz, un agente
comercial que ha permanecido demasiado tiempo en el corazón de la selva y
que parece una especie de dios para los nativos. Aunque solo aparece al
final, Kurtz está presente durante todo el relato, como un símbolo de
la perdición del hombre o quizá de la auténtica sabiduría.
Lo cierto es que Kurtz es un ser superior en el sentido
nietzschezano
del término, un ser guiado meramente por su enérgica voluntad y que es
capaz de subyugar a los demás con el mero poder de su palabra, un hombre
que está más allá del bien y del mal, porque no sigue moral alguna.
"El corazón de las tinieblas",
se interprete como se interprete, constituye, entre otras cosas, una
crítica brutal al imperialismo europeo, a la rapiña generalizada que se
abatió durante décadas sobre el continente africano y de la que aún no
se ha recuperado. Los europeos son presentados como carroñeros y los
indígenas como salvajes indignos. Se trata del relato de un hombre que
puede ofrecer sus impresiones de primera mano, cuyas experiencias allí
han cambiado para siempre su visión de la naturaleza humana.