sábado, 22 de enero de 2022

VIVE Y DEJA MORIR (1954), DE IAN FLEMING Y DE GUY HAMILTON (1973). BOND EN AMÉRICA.

La segunda novela que Ian Fleming publicó de la saga de James Bond lleva al agente secreto hasta Estados Unidos tras la pista de un señor del crimen de raza negra al que llaman Mr. Big. Lo más interesante de la narración es contemplar como Fleming iba incorporando rasgos a un personaje que lograría lo que muy pocos: convertirse en un mito. En realidad aquí Bond apenas visita hoteles de lujo, no dispone de alta tecnología y casi todo el tiempo va por detrás de los acontecimientos. La novela está muy descompensada y se nota el interés del autor por demostrar los conocimientos adquiridos durante sus viajes por Estados Unidos y Jamaica. En algunas ocasiones sus descripciones de lugares por los que transcurre la acción parecen escritas por una especie de Julio Verne muy interesado en que sus lectores aprendan un poco de geografía y costumbres del lugar. Además aparecen ciertos comentarios que rozan lo racista, según la sensibilidad de los nuevos tiempos, y que le hubieran supuesto problemas al autor de haberse publicado hoy la obra.

Este es un Bond de contrastes: a veces aparece como un personaje muy humano que se pregunta por qué arriesga la vida con tanta frecuencia y otras se transforma en un tipo frío y distante. Quizá Daniel Craig (y en menor medida Timothy Dalton) fueron los actores que más se acercaron a esta psicología que Fleming otorgó a su creación. No fue así la interpretación de Roger Moore que, si bien en esta película toma como referencia el trabajo anterior de Connery, pronto derivaría su actuación hacia la comicidad e incluso hacia el disparate.

Quedan en esta novela, que aburre por momentos, muchos puntos de interés, debido a que elementos de su trama han sido aprovechados al menos en otras dos películas: Solo para sus ojos (el final) y Licencia para matar (la parte más escabrosa, es decir, la mutilación de Félix Leiter). Además podemos ir contemplando algunas divertidas excentricidades de Bond, como el desayuno que pide en un hotel: "Zumo de naranja, tres huevos revueltos poco hechos, con tocino y dos cafés expresos con crema de leche. Tostadas y mermelada de naranja". Bond aquí ya es Bond - por ejemplo, el final de la trama deriva en la incursión en el llamativo escondite del villano, algo ya clásico - pero todavía le faltan algunos elementos para que lo reconozcamos como ese gran mito del siglo XX.

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