domingo, 25 de junio de 2017

BATMAN: LA LEGO PELÍCULA (2017), DE CHRIS McKAY. LAS ENEMISTADES PELIGROSAS.

Uno de los momentos más reveladores de esa maravillosa película titulada El caballero oscuro es el instante en el que, en plena escena del interrogatorio, Batman le pregunta al Joker por qué quiere matarle. En ese instante, el villano psicópata estalla en carcajadas. ¿Matar a Batman? Jamás pasó eso por su cabeza. Para él el Señor de la Noche es otro chiflado con el que pasar jornadas memorables. "¿Por qué iba a querer matarte? - le dice - ¡Tú me completas!". Si esto no es una declaración de amor, es lo más aproximado que pueda concebirse. Batman: la Lego película, jugando a ser irreverente, lleva esa relación amor-odio hasta sus últimas consencuencias.

Porque en el universo de Lego conocemos a un Bruce Wayne ligeramente distinto al que estamos acostumbrados. También se trata de un hombre obsesivo, centrado en combatir el crimen de Gotham, pero en esta ocasión se trata de un ser especialmente solitario, que ni siquiera es invitado a las fiestas que organiza la Liga de la Justicia. Batman es considerado por sus colegas un ser amargado y prepotente, demasiado seguro de sí mismo como para necesitar a alguien a su lado. Pero en realidad es alguien que está permanentemente pidiendo ayuda. Exactamente desde el mismo instante en el que fue testigo del asesinato de sus padres, los únicos seres a los que necesitaría volver a ver. Dicha imposibilidad es lo que estimula su rabia interior y alimenta su apetito por castigar su cuerpo cada noche.

Precisamente estas cualidades son las que vuelven loco al Joker. Si Batman renunciara, él también tendría que hacerlo, porque la vida dejaría de ser divertida. Por eso, cuando el héroe lo desprecia (y dice en voz alta que su mayor enemigo no es otro que Superman, todo un guiño a Batman v Superman, el despertar de la justicia), el villano rompe a llorar como un niño: si no es el mayor quebradero de cabeza de Batman, es que no está haciendo bien su trabajo y su existencia deja de tener sentido. Por otro lado, como aquí estamos hablando de una película dirigida para todos los públicos, esta sórdida relación se atenua con el camino emprendido por el protagonista durante el resto del metraje hacia la luz que representa volver a contar con una familia.

Batman: la Lego película propone un viaje a la vez serio e irreverente a la psicología de Bruce Wayne, mucho más trabajado que en otras producciones sobre le personaje. Y además lo hace ofreciendo un espectáculo visual inigualable, tanto que habría que visionar la cinta en numerosas ocasiones para poder ser capaces de identificar todos los detalles y referencias que aparecen en cada una de sus escenas.

sábado, 17 de junio de 2017

EL DIABLO PROBABLEMENTE (1977), DE ROBERT BRESSON. PRIMAVERA SILENCIOSA.

Los años setenta tienen una estética y un aire muy particular que se manifiesta en una buena parte de las películas de la época. Son años de crisis económica, de desencanto juvenil frente al fracaso de muchos de los postulados de mayo del 68. Una época muy turbulenta en la que mucha gente empezaba a tomar conciencia del desastre ecológico al que estamos llevando al planeta, mientras el terrorista campaba a sus anchas por numerosos países, quizá incluso más que ahora. Mientras en España se celebraban las primeras elecciones democráticas y se vislumbraba un periodo esperanzador, los jóvenes franceses que retrata El diablo probablemente - y especialmente Charles, su protagonista - habitan una especie de mundo altamente intelectual y a la vez nihilista, que no puede llevar a otro final que a un piadoso suicidio.

Porque el personaje de Charles no está concebido precisamente para agradar al espectador, ni para que éste sienta empatía alguna por él. Se trata de un joven de veinte años de buena planta, pero dotado de un carácter áspero y cuyo ser está saturado de pesimismo existencial. No obstante, la vida de Charles es extraña, porque a pesar de este carácter que podría ser repulsivo para muchos, resulta que es amado por dos atractivas muchachas - que se lo disputan de la manera más civilizada posible - y cuenta con un grupo de amigos fieles, que tratan de apartarle de la deriva en la que se ha convertido su vida, pero que tampoco cuentan con muchas posibilidades de hacerlo, puesto que su forma de contemplar la existencia y su actitud ante la vida no distan mucho de las del protagonista.

Con El diablo probablemente, Robert Bresson firma un manifiesto existencialista que busca ante todo incomodar al espectador. Aquí la juventud no es ningún divino tesoro, sino una fuente de angustia permanente que se retrata en un mundo al borde del colapso, envenenado por una contaminación no solo química, sino también biológica. El hombre como parásito de la propia Tierra, que deambula por ella como un zombie, haciéndose preguntas que jamás podrá responder. Muchos dirían que el problema de Charles es que cuenta con una vida demasiado regalada. Todos le quieren: sus amantes, sus amigos, su familia. Además se trata de un tipo inteligente, que podría aspirar al proyecto vital que se propusiera. ¿Por qué entonces tanta fatalidad? Cuando está ante un psiquiatra, última esperanza antes del ahogamiento final, el protagonista pronuncia una frase que le define: "Si me suidara no creo que fuera condenado por no comprender lo incomprensible". Y, como no podía ser de otra manera, Charles busca la muerte como una liberación del tedio vital insoportable al que está sometido. No desvelo nada, pues ya en la primera secuencia de la película se anuncia su muerte. 

El diablo probablemente puede parecer tediosa, insoportable y pedante. Desde luego, es difícil no sentir hostilidad ante un joven que, sin tener problemas personales, se acoge a un rechazo total a la existencia (con la excusa, ante todo, de la catástrofe ecológica inminente), para no seguir viviendo, pues nada le motiva, ni siquiera la humana curiosidad por saber qué vendrá mañana. Pero la recompensa para el espectador viene al contemplar un retrato de época, una visión del mundo propia de unos años tan peculiares como fascinantes.

miércoles, 14 de junio de 2017

EL DESCUBRIMIENTO DE ESPAÑA (2016), DE XAVIER ANDREU MIRALLES. MITO ROMÁNTICO E IDENTIDAD NACIONAL.

Durante mucho tiempo a España se la ha identificado con sus tópicos: un país de gente brava y a la vez poco trabajadora, amante de la fiesta y de pasiones a flor de piel. Muchas de estas características han quedado como principal atractivo para muchos visitantes de nuestro país, que lo siguen viendo como un destino diferente dentro de Europa, a pesar de los grandes esfuerzos realizados en los últimos años, lastrados en gran parte por la presencia de una corrupción endémica en las instituciones, que muchos identifican con la vieja picaresca española.

Hasta principios del siglo XIX, España era vista como una nación en perpetua decadencia, un país que no había sido capaz de conservar su inmenso imperio, debido al fanatismo de sus gobernantes y a la inmensa influencia de una religión oscurantista, por lo que al español se le identificaba más con la seriedad que con las ganas de fiesta. Bastó la reacción a la invasión napoleónica para que buena parte de Europa cambiara radicalmente su visión. El español pasó a ser un pueblo ejemplar que luchaba por su libertad, con inferioridad de medios, contra el ejército más poderoso del momento. El hecho de que poco después ese mismo pueblo se dejara mansamente poner las cadenas por parte de Fernando VII no logró conjurar una fascinación que perduraría durante décadas. A partir de entonces comenzó la moda de los viajeros románticos, que veían en nuestro país un destino exótico que todavía conservaba un gran influjo oriental, influencia del pasado islámico. 

La popularidad de estos libros de viaje entre los lectores de Francia y otros países puso las bases de una España repleta de bandoleros, bailaores, toreros, navajeros y damas apasionadas. La rápida extensión de los espectáculos taurinos por todo el país aumentaron aún más si cabe la sensación de exotismo de quienes se aventuraban más allá de los Pirineos, a un país que todavía conservaba ruinas árabes, habitado por gente pobre, pero que sobrellevaba esa condición con grandes dosis de alegría y nobleza. La cosa llegó hasta tal punto que los mismos españoles empezaron a identificarse con todos estos tópicos, a pesar de que para muchos liberales era evidente que una España de charanga y pandereta no era la mejor base para hacer progresar al país, algo que se hizo muy evidente en la literatura de la segunda mitad del siglo XIX.  En este contexto hizo fortuna la frase de Théopile Gautier: "Los españoles no conciben que se trabaje primero para descansar después. Prefieren hacer lo contrario." La cosa llegó hasta tal punto que llegaron a organizarse espectáculos simbólicos, más propios del circo romano que de una nación moderna:

"El 15 de agosto de 1848 el francés Mr. Charles organizó en la plaza de toros de Madrid una lucha de fieras en la que se enfrentaron un toro bravo, de nombre Caramelo, un tigre y un león. Al parecer, el primero ganó sin dejar apenas opciones a sus contrincantes. (...) A pesar de las protestas que esto generó, la victoria de Caramelo levantó una ovación delirante en la plaza y fue celebrada como un triunfo de toda la nación. En el grabado que ilustra un folleto redactado por Eugenio Bahamontes, referido a este acontecimiento, Caramelo aparece sentado en un trono mientras ondea con su diestra una bandera española en la que se lee "VIVA ESPAÑA". A sus pies, rindiéndole pleitesía y ofreciéndole su corona, hinca su rodilla un león cariacontecido por la pérdida de su imperio en el reino animal."

Es evidente que estos tópicos forjaron la idea de atraso secular de España, cuyos habitantes habían sido capaces en el pasado de colonizar todo un continente. Nuestra construcción nacional vino lastrada por estos motivos, por una fama de pueblo indomable, diferente y, a la postre, incapaz de subirse al carro del progreso. El libro de Miralles es una investigación muy reveladora en este sentido, una lectura ágil y a la vez erudita, imprescindible para entender un aspecto muy importante de nuestra intrahistoria.

viernes, 9 de junio de 2017

SHENZHEN (2000), DE GUY DELISLE. LA CIUDAD CRECIENTE.

A finales del siglo pasado, el mundo empezaba a mirar con asombro el crecimiento espectacular de la economía china. Pocos lugares eran más simbólicos en este sentido que la ciudad de Shenzhen, que pasó en pocos años de contar con apenas treinta mil habitantes a más de diez millones. El ambiente en el que esta transformación frenética transcurría podría describirse como un caos organizado. Delisle llegó a la ciudad en 1997, para hacerse cargo de la dirección de un estudio de animación, cuando la deslocalización comenzaba a ser un término temido por los trabajadores de occidente.

Y como sucedía en Piongyang, el cómic resultante es una aguda mirada sobre una civilización exótica enfrentada a una transformación frenética. El capitalismo está recién llegado (a la mayoría de la gente le gustaría escaparse a la vecina Hong Kong, pero el flujo migratorio está estrictamente controlado por el gobierno chino), pero ya muestra su poder de fascinación sobre la mayoría de la población. La posibilidad de adquirir artículos hasta entonces nunca vistos o incluso la de enriquecerse rápidamente. El mercado se inunda de productos de lujo - relojes rolex, ropa cara... - aunque paradójicamente es difícil encontrar algunos bienes de primera necesidad. Los nuevos barrios surgen como setas, la gente se hacina en rascacielos recién construidos, algunos al ritmo de una planta diaria. En cualquier caso la presencia de Delisle no pasa inadvertida en Shenzhen, puesto que todavía nos hallamos en una época en la que los extranjeros escaseaban en la mayoría de las urbes chinas, a excepción de algunos pioneros que atisbaban la posibilidad de ser los primeros en hacer negocios con el gigante asiático. 

Aquí hay también pequeñas reflexiones sobre el significado de la libertad, no tan profundas como en Piongyang, puesto que la dictadura china no llega a los niveles de represión brutal de la norcoreana, pero sí podemos sentir el espíritu del occidental enfrentado a un mundo extraño, que jamás podría llegar a comprender del todo. Shenzhen es descrita como una ciudad sucia, caótica y monótona. La principal diversión de sus habitantes es ir de compras, puesto que no se ofrecen muchas más posibilidades de ocio, aparte de descubrir nuevos restaurantes, aunque a veces esta última sea una actividad de alto riesgo. También puede leerse Shenzhen como una enorme advertencia - que por supuesto caería en saco roco - acerca del enorme riesgo de someter a la industria que produce bienes y servicios de una calidad razonable a la brutal bajada de costes, con la consiguiente rebaja de calidad, que ofrecía el joven capitalismo chino en aquel tiempo. Creo que Shenzhen sigue creciendo, aunque a menor ritmo. Lo que es seguro es que si Delisle volviera hoy día encontraría muchos cambios, aunque eso es garantía de que sus experiencias servirían para volver a ofrecernos un gran cómic.

sábado, 3 de junio de 2017

DESPUÉS DE NOSOTROS (2016), DE JOACHIM LAFOSSE. LA ECONOMÍA DE LA PAREJA.

El matrimonio se ha convertido en una institución de alto riesgo en occidente. La enorme tasa de divorcios y separaciones que conlleva - algunas después de solo unos meses de convivencia - transforma en un tanto irónico esa creencia de que una boda es para toda la vida. Para nuestros antepasados, así era, pero es seguro que esto se traducía en enormes infiernos privados, cuando el roce entre los cónyuges se hacía insoportable. En nuestro tiempo puede que las cifras sean alarmantes para muchos, pero también es cierto que nos hemos librado de las enormes dosis de hipocresía que protegían una de las instituciones más antiguas del ser humano. En cualquier caso, los principales afectados de estos dramas cotidianos son los hijos de la pareja, tal y como expone, con enorme contención y frialdad la película de Joachim Lafosse.

Porque, tal y como vemos en Después de nosotros, el principal problema de las rupturas es el económico. Siempre hay uno de los componentes del matrimonio que se ve agraviado por la separación. Que se da cuenta de que no va a contar con un techo donde guarecerse ni con medios para vivir una existencia digna. En este caso, el conflicto está centrado en la vivienda en la que Marie y Boris han convivido felizmente durante años. La casa le pertenece a ella, pero él reclama la mitad de su valor por haber invertido tiempo y dinero en una gran reforma de la misma. Por supuesto, el entendimiento es prácticamente imposible, pero ambos se ven obligados a convivir bajo el mismo techo hasta que lleguen a un acuerdo al respecto. Lo mejor de la película es que no toma partido por ninguno de los dos, sino que se limita a exponer una situación difícil en la que todos son víctimas de una u otra manera. La convivencia se hace agria hasta límites insoportables. Los antiguos amantes se dirigen la palabra solo para intercambiarse reproches y hasta el tiempo que pasa cada uno con las niñas es objeto de negociación.

Nadie piensa que una cosa así pueda pasarle, pero nuestras ciudades están repletas de Maries y Boris, lo cual hace que esta historia sea especialmente escalofriante. Lo que podía haberse convertido en un telefilme propio de una tarde soporífera de Antena 3, en manos de Lafosse se transforma en una auténtica aproximación, casi antropológica, a lo queda después de que la llama de un amor intenso se ha extinguido por completo. Hay escenas especialmente duras, como cuando Boris vuelve a casa después de un día de trabajo y se encuentra a Marie cenando con unos amigos comunes, que no saben que hacer ante una situación tan insólita. La tensión que consigue imprimir el director es notable, una muestra de su talento a la hora de mostrar un episodio que tiene mucho de vulgar, por repetido (casi todo el mundo ha sido testigo de una situación parecida), y a la vez resulta ser intensamente dramático porque, después de todo, está filmando una muestra de dolor humano.

jueves, 1 de junio de 2017

LA CIUDAD DE LAS ESTRELLAS (2016), DE DAMIEN CHAZELLE. SUEÑO Y REALIDAD.

Las grandes ciudades se definen también como ciudades que ofrecen grandes oportunidades a sus habitantes. La cultura suele desarrollarse a través del contacto humano y cuanto más estrecho es éste, mejores frutos da, aunque nunca hay que olvidar la necesidad temporal de aislamiento que sufren muchos. En resumen, la gran urbe nos hace fluir entre una gran multitud, pero a veces también nos tiraniza, como cuando volvemos cansados a casa y nos encontramos inmersos en un inmenso atasco. En esto se basa precisamente la espectacular secuencia inicial de La ciudad de las estrellas. Calor, humo y aburrimiento: un embotellamiento. Pero de pronto surge la chispa. Los conductores abandonan sus vehículos y comienzan a cantar y a bailar. Los Ángeles los ha dotado de pronto de una energía electrizante y ellos cantan a su ciudad. ¿Qué no puede suceder en un lugar con un nombre tan evocador?

Pronto la película de Chazelle va a seguir las vidas paralelas, que terminarán entrecruzándose, de Mia y Sebastian, dos jóvenes que quieren triunfar, que necesitan triunfar, una en la interpretación y otro en la música. Se enamoran de manera apasionada y comparten su modesta existencia, pero cuando la fortuna llama a la puerta de Sebastian, la convivencia empieza a resquebrajarse. A veces el cumplimiento de los sueños que tanto anhelamos no conllevan la felicidad completa. Más bien dejamos pasar las temporadas en las que somos plenamente dichosos, sin advertirlo plenamente hasta que dicha felicidad se termina. 

La ciudad de las estrellas funciona muy bien como película musical y como propuesta estética, dotada de un brillante colorido. No hay que buscar profundidad en la propuesta de Chazelle, solo una alta dosis de energía, no tan positiva como podría parecer a los ojos de quien solo ha contemplado el cartel del film. También es un ejemplo de cine dentro del cine, algo que es más fácil de mostrar si la historia transcurre en Hollywood y alrededores. En una de sus más memorables escenas, los protagonistas asisten a una proyección de Rebelde sin causa. Cuando los personajes de la obra de Nicholas Ray caminan hacia el observatorio de Los Ángeles, el celuloide se quema y los espectadores de pronto quedan huérfanos. Pero Mia y Sebastian tienen una idea genial: acudir al escenario real, al observatorio que tienen a la vuelta de la esquina. Ellos tienen la suerte de habitar en la ciudad en la que sueño y realidad se mezclan y se confunden.