martes, 17 de marzo de 2015
UN UNIVERSO DE LA NADA (2012), DE LAWRENCE M. KRAUS. ¿POR QUÉ HAY ALGO EN VEZ DE NADA?
Nuestra galaxia contiene cientos de miles de millones de estrellas. Y el universo observable desde nuestra posición incluye unos cuatrocientos mil millones de galaxias. Cifras realmente inconcebibles, que nos hablan de lo pequeños que somos y del enorme misterio que nos envuelve. A científicos como Carl Sagan, toda esta realidad, distando mucho del sentimiento religioso irracional, les provocaba reverencia. Toda la materia proviene de un mismo punto, de un mismo instante. Y eso tiene también que ver con nuestra propia composición:
"Uno de los hechos más poéticos de los que tengo constancia, al respecto del universo, es que, en lo esencial, todos los átomos de nuestro cuerpo estuvieron antes en una estrella que explotó. Más aún: los átomos de su mano izquierda y su mano derecha, probablemente, procedían de estrellas distintas. Todos somos, literalmente, hijos de las estrellas; nuestros cuerpos están hechos de polvo de estrella."
Lo más curioso de todo es que cuanto más se investiga en torno al Universo, surgen más preguntas que respuestas. Estamos bastante seguros de su edad, unos trece mil millones de años y de que surgió a partir de una gran explosión. Pero nuevas pruebas empiezan a evidenciar algo absolutamente fascinante: es muy posible que toda la materia existente provenga de la nada más profunda, es decir, del espacio más vacío. Y puede que dentro de algunos cientos de miles de millones de años la expansión del cosmos se contraiga y vuelva a la nada originaria.
Además, existe otro misterio que posiblemente se resolverá a más corto plazo: el de la energía oscura, que de algún modo contrarresta la fuerza de la gravedad y consigue que el Universo esté en expansión. Otra pregunta (la que intenta contestar el magnífico ensayo de Brian Greene, La realidad oculta) es si este es el único Universo existente o si es uno entre infinitos, con reglas físicas variables, aunque no podamos acceder a ellos. Muchas de estas preguntas pueden resolverse con el estudio de las partículas más pequeñas que conforman la materia. Pero seguro que de cualquier respuesta surgirán otras tantas preguntas nuevas.
Ante todo esto, es posible, a pesar de tal cantidad de galaxias, que seamos los únicos seres capaces de plantearse esas preguntas. Esto es atormentador y fascinante al mismo tiempo, entre otras cosas porque es posible que los seres humanos del futuro (un futuro lejano) no tengan acceso a nuestra visión del Universo, puesto que para entonces el resto de galaxias estarán tan alejadas de la nuestra que no podrán observarse.
Para Lawrence Kraus, como no podía ser de otra manera, el único método de buscar respuestas está en la ciencia, una disciplina que debe probar sus postulados y que los somete constantemente a nuevas revisiones. Y estas conclusiones pueden que nos gusten más o menos, pero prueban algo: que el Universo es indiferente a nuestra existencia, pero a la vez pone a nuestra disposición sus misterios para que los vayamos desentrañando poco a poco:
"Si deseamos extraer conclusiones filosóficas sobre nuestra propia existencia, nuestra significación y la del propio universo, nuestras conclusiones tienen que basarse en conocimiento empírico. Una mente verdaderamente abierta supone obligar a nuestra imaginación a que se adecúe a la realidad demostrada, y no viceversa, tanto si nos gusta lo que ello implica como si no."
domingo, 15 de marzo de 2015
SELMA (2014), DE AVA DUVERNAY. UN PUENTE LEJANO.
A veces la historia avanza por unos derroteros caprichosos, completando sus tareas a través del camino más difícil. Todo esto lo tenía en consideración Martin Luther King en 1965, cuando quiso culminar de manera efectiva el proceso de reconocimiento de derechos civiles - sobre todo el derecho al voto - de la población negra en Estados Unidos, algo que estaba ya se había acatado a nivel estatal, pero que en la práctica no se practicaba en los Estados del Sur, que interponían al respecto toda clase de trabas administrativas al procedimiento de inscripción en el censo, cuando no usaban formas de intimidación más directa. Además, tampoco solían investigar con demasiado celo los asesinatos de afroamericanos que se producían de cuando en cuando (una de las primeras escenas de Selma muestra en toda su crudeza el momento en el que una bomba siega la vida de varias niñas). Para King, que acaba de recibir el Premio Nobel de la Paz, era muy difícil argumentar ante su gente que el movimiento debía mantener siempre su postura no violenta. Otros líderes como Malcolm X se oponían a esta visión. Mientras tanto, el presidente Johnson, trataba de ganar tiempo, reconociendo a King como su interlocutor, intentaba que el Movimiento por los Derechos Civiles no se radicalizara.
Esta lucha valiente y pacífica que el doctor King supo mantener durante años, con gran desgaste de su salud y su vida personal, tenía que tener su punto culminante en la pequeña localidad de Selma, donde los activistas habían realizado un gran trabajo logístico para organizar la marcha hasta Montgomery, capital del Estado de Alabama, para intentar convencer al gobernador, el tristemente recordado George Wallace, de que debía hacer mucho más para proteger los derechos fundamentales de los ciudadanos negros.
El primer intento culminó con la carga policial en el puente Edmund Pettus, un acontecimiento digno de figurar con letras de oro en la historia universal de la infamia, en el que decenas de policías a caballo atacaron a una masa indefensa con una violencia inusitada, mientras el país asistía al espectáculo por televisión. Lejos de amedrentarse, King realizó un llamamiento a las fuerzas progresistas de la nación para que le acompañaran en una segunda marcha.
Aunque al principio Selma parece centrarse casi en exclusiva en la figura de Martin Luther King, pronto deviene en un estupendo fresco histórico que trata con rigor diversos aspectos de aquel episodio: las tensiones en el propio movimiento de derechos civiles entre quienes querían seguir las movilizaciones pacíficas y quienes exigían una respuesta a la violencia institucional, las reuniones con un presidente Johnson excesivamente paternalista y los propios problemas de King con su mujer (recordemos donde se encontraba la horma de su zapato, aunque el film no hurga demasiado en esa herida). El actor David Oyelowo compone a un líder cansado, dubitativo, abrumado por su inmensa responsabilidad y sediento de tranquilidad, pero que a la vez siente que no puede abandonar la lucha, que parte de su personalidad es la de un mártir, el mártir que acabará siendo pocos años después (en este sentido es bueno acercarse a la novela Como la sombra que se va, de Antonio Muñoz Molina, que ofrece valiosos apuntes de los entresijos de aquellos años).
Si algo consigue la película de Duvernay es apelar a los sentimientos del espectador, pero sin intentar manipular los mismos, cuando muestra la manifiesta y cobarde injusticia practicada contra gente pacífica, que estaba dispuesta a morir por una causa justa. Si al final esta gente alcanzó su victoria y su dignidad fue porque ganaron la batalla de una opinión pública que no podía tolerar esa violencia a plena luz del día y ante las cámaras. Mientras Estados Unidos comenzaba su costoso despliegue en Vietnam, era incapaz de enviar efectivos a proteger a sus propios ciudadanos de los esbirros de un gobernador fascista. Resulta siempre penoso que tengan que producirse muertes antes de que las autoridades se decidan a aplicar la ley con todo su rigor. Las imágenes históricas que se muestran, mientras suena un estupendo y emotivo tema de Fink, nos enseñan que el odio y la intolerancia, en forma de amenazas y banderas confederadas, estuvieron siempre acompañando la marcha hasta Montgomery.
Es una pena que una película histórica tan equilibrada como Selma vaya a a tener tan poca repercusión en nuestro país. La represión del puente Edmund Pettus, de la que se conmemoró el cincuenta aniversario hace un par de semanas, en presencia del presidente Obama, es un hecho poco conocido entre nosotros, un ejemplo de como la intolerancia puede campar a sus anchas si quienes deben hacerlo, abandonan sus responsabilidades. Todavía hoy día la lucha de King dista de estar culminada. Solo hay que asomarse a los disturbios raciales que se están produciendo estos días en Ferguson. En cualquier caso, que haya sido posible colocar a un presidente negro en la Casa Blanca era algo inimaginable hace solo cinco décadas, mientras los policías de Wallace golpeaban con saña a mujeres y niños.
Esta lucha valiente y pacífica que el doctor King supo mantener durante años, con gran desgaste de su salud y su vida personal, tenía que tener su punto culminante en la pequeña localidad de Selma, donde los activistas habían realizado un gran trabajo logístico para organizar la marcha hasta Montgomery, capital del Estado de Alabama, para intentar convencer al gobernador, el tristemente recordado George Wallace, de que debía hacer mucho más para proteger los derechos fundamentales de los ciudadanos negros.
El primer intento culminó con la carga policial en el puente Edmund Pettus, un acontecimiento digno de figurar con letras de oro en la historia universal de la infamia, en el que decenas de policías a caballo atacaron a una masa indefensa con una violencia inusitada, mientras el país asistía al espectáculo por televisión. Lejos de amedrentarse, King realizó un llamamiento a las fuerzas progresistas de la nación para que le acompañaran en una segunda marcha.
Aunque al principio Selma parece centrarse casi en exclusiva en la figura de Martin Luther King, pronto deviene en un estupendo fresco histórico que trata con rigor diversos aspectos de aquel episodio: las tensiones en el propio movimiento de derechos civiles entre quienes querían seguir las movilizaciones pacíficas y quienes exigían una respuesta a la violencia institucional, las reuniones con un presidente Johnson excesivamente paternalista y los propios problemas de King con su mujer (recordemos donde se encontraba la horma de su zapato, aunque el film no hurga demasiado en esa herida). El actor David Oyelowo compone a un líder cansado, dubitativo, abrumado por su inmensa responsabilidad y sediento de tranquilidad, pero que a la vez siente que no puede abandonar la lucha, que parte de su personalidad es la de un mártir, el mártir que acabará siendo pocos años después (en este sentido es bueno acercarse a la novela Como la sombra que se va, de Antonio Muñoz Molina, que ofrece valiosos apuntes de los entresijos de aquellos años).
Si algo consigue la película de Duvernay es apelar a los sentimientos del espectador, pero sin intentar manipular los mismos, cuando muestra la manifiesta y cobarde injusticia practicada contra gente pacífica, que estaba dispuesta a morir por una causa justa. Si al final esta gente alcanzó su victoria y su dignidad fue porque ganaron la batalla de una opinión pública que no podía tolerar esa violencia a plena luz del día y ante las cámaras. Mientras Estados Unidos comenzaba su costoso despliegue en Vietnam, era incapaz de enviar efectivos a proteger a sus propios ciudadanos de los esbirros de un gobernador fascista. Resulta siempre penoso que tengan que producirse muertes antes de que las autoridades se decidan a aplicar la ley con todo su rigor. Las imágenes históricas que se muestran, mientras suena un estupendo y emotivo tema de Fink, nos enseñan que el odio y la intolerancia, en forma de amenazas y banderas confederadas, estuvieron siempre acompañando la marcha hasta Montgomery.
Es una pena que una película histórica tan equilibrada como Selma vaya a a tener tan poca repercusión en nuestro país. La represión del puente Edmund Pettus, de la que se conmemoró el cincuenta aniversario hace un par de semanas, en presencia del presidente Obama, es un hecho poco conocido entre nosotros, un ejemplo de como la intolerancia puede campar a sus anchas si quienes deben hacerlo, abandonan sus responsabilidades. Todavía hoy día la lucha de King dista de estar culminada. Solo hay que asomarse a los disturbios raciales que se están produciendo estos días en Ferguson. En cualquier caso, que haya sido posible colocar a un presidente negro en la Casa Blanca era algo inimaginable hace solo cinco décadas, mientras los policías de Wallace golpeaban con saña a mujeres y niños.
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viernes, 13 de marzo de 2015
UNA MUJER EN BERLÍN (1954), DE MARTA HILLERS. LOS RESCOLDOS DE LA AMARGA DERROTA.
De entre todas las grandes derrotas que se registran en distintas épocas, pocas tienen tan acusado el componente de venganza de la historia, que experimentaron los alemanes en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial. Después de haber arrasado Europa con sus ejércitos, los nazis encontraron en la Unión Soviética a un enemigo formidable, dotado de inmensos recursos humanos y naturales, a la que estuvieron a punto de arrodillar en un par de ocasiones. Pero que al final el Ejército Rojo, aprendiendo de sus sangrientos errores, acabó devastando a la Wehrmacht, a pesar de que el país sufrió veinticinco millones de muertos. La misma autora reconoce el carácter absoluto y sin precedentes del desastre sufrido:
"Nuestra desgracia alemana tiene un regusto a náusea, enfermedad y locura. No se puede comparar con nada histórico."
Cuando penetraron en Alemania, los soviéticos llevaban implícito un irresistible deseo de ajustar las cuentas, estimulado por Stalin. Y es que las matanzas que los nazis habían organizado contra los civiles en territorio soviético no debían quedar sin respuesta. Como cuenta con detalle Antony Beevor en su magnífico libro Berlín, la caída, los soldados rojos no mostraban demasiados miramientos con la población alemana, que solía huir aterrorizada antes de su llegada (lo que sucedió sobre todo en Prusia y en el Este de Alemania), sobre todo porque pronto se labraron una justificada reputación de violadores y saqueadores.
Acerca de las atrocidades de los nazis en los países ocupados se han escrito ríos de tinta, pero los sufrimientos de los propios alemanes en los últimos años de la guerra no se comenzaron a estudiar en profundidad hasta hace pocos años. Porque bien es cierto que antes de la ocupación efectiva de su territorio sus ciudades y pueblos hubieron de sufrir salvajes bombardeos aéreos que destruyeron joyas urbanísticas como Dresde, Colonia, Hamburgo o el mismo Berlín.
Uno de estos habitantes del Tecer Reich que esperaban con temor y ansiedad la llegada de los rusos era Marta Hillers, una mujer de carácter cosmopolita y liberal que había visitado la Unión Soviética unos años antes. Respecto a su libro Una mujer en Berlín (hasta no hace mucho tiempo, un texto de carácter anónimo), se suscitó desde el mismo momento de su aparición una gran polémica acerca de su autenticidad. Al final, cuando se ha conocido el nombre de la autora, se ha podido corroborar que sus manuscritos de aquellos días son la base de la obra. En cualquier caso, la narración habla por sí misma al lector y exhala veracidad por los cuatro costados, sobre todo por el grado de detalle de hechos y descripciones, que solo podrían haber sido concebidas por quien estuvo allí.
Las anotaciones de Una mujer en Berlín comienzan el 20 de abril de 1945, cuando ya la capital alemana está a tiro de la artillería de los rusos y los civiles berlineses pasan casi todo el tiempo escondidos en refugios. La situación es confusa, las noticias se suceden, pero algo está claro: los soviéticos están asestando su golpe final a la Alemania nazi y llegan con ganas de venganza. La única duda es si esta última batalla durará días o meses, aunque todavía queda algún fanático que confía en la victoria de Alemania. Hillers, prefería que lo que tuviera que suceder, sucediera lo antes posible:
"A veces deseo que todo hubiera pasado ya. Tiempos extraños. Una experimenta la historia de primera mano, sucesos que luego serán canciones y textos. Sin embargo, ahora, en su proximidad se convierten en miedo y en pesada carga. La historia es muy pesada."
Como era previsible, nada más llegar al barrio en el que residía la autora, los soldados rusos se lanzaron a violar mujeres alemanas. Resulta impresionante en ocasiones el relato de la autora cuando ella es la víctima:
"huele a aguardiente y a caballo... entonces, el que está encima de mi deja caer lentamente en mi boca la saliva acumulada en su boca"
No importaban ni la condición física ni la edad. Muchas, algunas todavía prácticamente niñas, otras incluso ya ancianas, hubieron de sufrir violaciones múltiples, mientras los hombres arios superiores, que debían haberlas protegido, huían o se escondían del enemigo:
"Una y otra vez voy notando en estos días cómo se transforma mi percepción de los hombres, la percepción que tenemos todas las mujeres en relación con los hombres. Nos dan pena, nos parecen tan pobres, tan débiles. El sexo debilucho. Una especie de decepción colectiva se está cuajando bajo la superficie entre las mujeres. El mundo nazi de glorificación del hombre fuerte, el mundo dominado por los hombres… se tambalea y con él se viene abajo también el mito «hombre». En las guerras de antaño, los hombres podían reclamar el privilegio exclusivo de matar y morir por la patria. En los tiempos actuales, las mujeres también participamos. Este hecho nos modifica, hace que nos volvamos descaradas. Cuando acabe esta guerra tendrá lugar, junto a otras muchas derrotas, también la derrota de los hombres en su masculinidad."
E incluso en alguna ocasión, animaban a las mujeres a que no se resistieran, presumiblemente para evitar enfurecer aún más al enemigo:
"Nuestros hombres, me parece a mí, tienen que sentirse por fuerza más sucios que nosotras, mujeres maculadas. En la cola del agua contaba una mujer cómo un vecino la increpó en el refugio cuando los Ivanes se la llevaban y ella se resistía: «¡Vamos, vaya de una vez! ¡Nos está poniendo a todos en peligro!» Es una pequeña nota a pie de página sobre la decadencia de Occidente."
Así pues, durante días interminables, la mujer fue una especie de trofeo de guerra ofrendado a las tropas vencedoras. Como mal menor, Hillers intentó acercarse a algún alto oficial, en busca de comida y protección, aunque esta táctica solo podía funcionar durante algunas jornadas. Poco a poco los ardores bélico-sexuales de los soviéticos se fueron calmando y las prioridades empezaron a ser otras: la búsqueda de recursos básicos, la reconstrucción del amasijo de ruinas en el que se había convertido la ciudad y la convivencia con la nueva administración. Mientras tanto a los combatientes que habían crecido bajo un estricto régimen comunista, les asombraba la abundancia de la vida occidental y saqueaban todo lo que podían, poniendo especial énfasis en los relojes de pulsera, una especie de objeto de distinción social entre ellos, ya que en la Unión Soviética era prácticamente imposible conseguir uno.
Al igual que en el Ejército Soviético los contrastes eran muy acusados entre unos soldados de extracción campesina, primitivos y brutales y otros de carácter eminentemente intelectural, lectores de Tolstói o Chéjov, la ocupación soviética intentó alimentar a la población alemana, pero a la vez la usó sin muchos miramientos como mano de obra semiesclava en el saqueo industrial de Alemania, antes de que llegaran los aliados estadounidenses e ingleses. En cualquier caso, cualquier concesión de los soviéticos a la población era recibida con esperanza:
"Se nos pintó tantas veces en las paredes que las potencias enemigas nos llevarían a la muerte por hambre y a la completa extinción física, que cada pedazo de pan, cada alusión a que se nos va a seguir suministrando alimentos, nos deja pasmados. En ese sentido, Goebbels preparó perfectamente el terreno a los vencedores. Cada pedazo de pan de su mano nos parece un regalo."
Una mujer en Berlín es una obra maestra de la crónica histórica, escrito por una mujer que, mientras sufre la historia en sus propias carnes, es capaz de ser objetiva en las descripciones de lo que sucede a sus alrededor en un tiempo marcado por la incertidumbre absoluta acerca del destino propio. Si es cierto que la historia la escriben los vencedores, a veces la voz de los vencidos también puede llegar hasta nosotros, en forma de relato de quienes sufrieron la terrible sentencia bíblica: "ojo por ojo, diente por diente". Por desgracia suele suceder que la venganza recaiga en los más débiles e inocentes.
"Nuestra desgracia alemana tiene un regusto a náusea, enfermedad y locura. No se puede comparar con nada histórico."
Cuando penetraron en Alemania, los soviéticos llevaban implícito un irresistible deseo de ajustar las cuentas, estimulado por Stalin. Y es que las matanzas que los nazis habían organizado contra los civiles en territorio soviético no debían quedar sin respuesta. Como cuenta con detalle Antony Beevor en su magnífico libro Berlín, la caída, los soldados rojos no mostraban demasiados miramientos con la población alemana, que solía huir aterrorizada antes de su llegada (lo que sucedió sobre todo en Prusia y en el Este de Alemania), sobre todo porque pronto se labraron una justificada reputación de violadores y saqueadores.
Acerca de las atrocidades de los nazis en los países ocupados se han escrito ríos de tinta, pero los sufrimientos de los propios alemanes en los últimos años de la guerra no se comenzaron a estudiar en profundidad hasta hace pocos años. Porque bien es cierto que antes de la ocupación efectiva de su territorio sus ciudades y pueblos hubieron de sufrir salvajes bombardeos aéreos que destruyeron joyas urbanísticas como Dresde, Colonia, Hamburgo o el mismo Berlín.
Uno de estos habitantes del Tecer Reich que esperaban con temor y ansiedad la llegada de los rusos era Marta Hillers, una mujer de carácter cosmopolita y liberal que había visitado la Unión Soviética unos años antes. Respecto a su libro Una mujer en Berlín (hasta no hace mucho tiempo, un texto de carácter anónimo), se suscitó desde el mismo momento de su aparición una gran polémica acerca de su autenticidad. Al final, cuando se ha conocido el nombre de la autora, se ha podido corroborar que sus manuscritos de aquellos días son la base de la obra. En cualquier caso, la narración habla por sí misma al lector y exhala veracidad por los cuatro costados, sobre todo por el grado de detalle de hechos y descripciones, que solo podrían haber sido concebidas por quien estuvo allí.
Las anotaciones de Una mujer en Berlín comienzan el 20 de abril de 1945, cuando ya la capital alemana está a tiro de la artillería de los rusos y los civiles berlineses pasan casi todo el tiempo escondidos en refugios. La situación es confusa, las noticias se suceden, pero algo está claro: los soviéticos están asestando su golpe final a la Alemania nazi y llegan con ganas de venganza. La única duda es si esta última batalla durará días o meses, aunque todavía queda algún fanático que confía en la victoria de Alemania. Hillers, prefería que lo que tuviera que suceder, sucediera lo antes posible:
"A veces deseo que todo hubiera pasado ya. Tiempos extraños. Una experimenta la historia de primera mano, sucesos que luego serán canciones y textos. Sin embargo, ahora, en su proximidad se convierten en miedo y en pesada carga. La historia es muy pesada."
Como era previsible, nada más llegar al barrio en el que residía la autora, los soldados rusos se lanzaron a violar mujeres alemanas. Resulta impresionante en ocasiones el relato de la autora cuando ella es la víctima:
"huele a aguardiente y a caballo... entonces, el que está encima de mi deja caer lentamente en mi boca la saliva acumulada en su boca"
No importaban ni la condición física ni la edad. Muchas, algunas todavía prácticamente niñas, otras incluso ya ancianas, hubieron de sufrir violaciones múltiples, mientras los hombres arios superiores, que debían haberlas protegido, huían o se escondían del enemigo:
"Una y otra vez voy notando en estos días cómo se transforma mi percepción de los hombres, la percepción que tenemos todas las mujeres en relación con los hombres. Nos dan pena, nos parecen tan pobres, tan débiles. El sexo debilucho. Una especie de decepción colectiva se está cuajando bajo la superficie entre las mujeres. El mundo nazi de glorificación del hombre fuerte, el mundo dominado por los hombres… se tambalea y con él se viene abajo también el mito «hombre». En las guerras de antaño, los hombres podían reclamar el privilegio exclusivo de matar y morir por la patria. En los tiempos actuales, las mujeres también participamos. Este hecho nos modifica, hace que nos volvamos descaradas. Cuando acabe esta guerra tendrá lugar, junto a otras muchas derrotas, también la derrota de los hombres en su masculinidad."
E incluso en alguna ocasión, animaban a las mujeres a que no se resistieran, presumiblemente para evitar enfurecer aún más al enemigo:
"Nuestros hombres, me parece a mí, tienen que sentirse por fuerza más sucios que nosotras, mujeres maculadas. En la cola del agua contaba una mujer cómo un vecino la increpó en el refugio cuando los Ivanes se la llevaban y ella se resistía: «¡Vamos, vaya de una vez! ¡Nos está poniendo a todos en peligro!» Es una pequeña nota a pie de página sobre la decadencia de Occidente."
Así pues, durante días interminables, la mujer fue una especie de trofeo de guerra ofrendado a las tropas vencedoras. Como mal menor, Hillers intentó acercarse a algún alto oficial, en busca de comida y protección, aunque esta táctica solo podía funcionar durante algunas jornadas. Poco a poco los ardores bélico-sexuales de los soviéticos se fueron calmando y las prioridades empezaron a ser otras: la búsqueda de recursos básicos, la reconstrucción del amasijo de ruinas en el que se había convertido la ciudad y la convivencia con la nueva administración. Mientras tanto a los combatientes que habían crecido bajo un estricto régimen comunista, les asombraba la abundancia de la vida occidental y saqueaban todo lo que podían, poniendo especial énfasis en los relojes de pulsera, una especie de objeto de distinción social entre ellos, ya que en la Unión Soviética era prácticamente imposible conseguir uno.
Al igual que en el Ejército Soviético los contrastes eran muy acusados entre unos soldados de extracción campesina, primitivos y brutales y otros de carácter eminentemente intelectural, lectores de Tolstói o Chéjov, la ocupación soviética intentó alimentar a la población alemana, pero a la vez la usó sin muchos miramientos como mano de obra semiesclava en el saqueo industrial de Alemania, antes de que llegaran los aliados estadounidenses e ingleses. En cualquier caso, cualquier concesión de los soviéticos a la población era recibida con esperanza:
"Se nos pintó tantas veces en las paredes que las potencias enemigas nos llevarían a la muerte por hambre y a la completa extinción física, que cada pedazo de pan, cada alusión a que se nos va a seguir suministrando alimentos, nos deja pasmados. En ese sentido, Goebbels preparó perfectamente el terreno a los vencedores. Cada pedazo de pan de su mano nos parece un regalo."
Una mujer en Berlín es una obra maestra de la crónica histórica, escrito por una mujer que, mientras sufre la historia en sus propias carnes, es capaz de ser objetiva en las descripciones de lo que sucede a sus alrededor en un tiempo marcado por la incertidumbre absoluta acerca del destino propio. Si es cierto que la historia la escriben los vencedores, a veces la voz de los vencidos también puede llegar hasta nosotros, en forma de relato de quienes sufrieron la terrible sentencia bíblica: "ojo por ojo, diente por diente". Por desgracia suele suceder que la venganza recaiga en los más débiles e inocentes.
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martes, 10 de marzo de 2015
MAMMA ROMA (1962), DE PIER PAOLO PASOLINI. VIDA EN LA PERIFERIA.
La nueva película de Abel Ferrara, de estreno inminente en España, va a volver a poner de actualidad al director italiano, un tipo tan heterodoxo como fascinante. Aunque no he tenido oportunidad de leer ninguna de sus novelas, sí que puedo decir que en su cine volcó buena parte de sus contradicciones vitales: desde la religiosidad más serena en El evangelio según san Mateo al sadismo más virulento de Saló, pasando por lo burlesco en Pajaritos y pajarracos. De la entrevista que concedió para el libro colectivo Entrevistas con directores de cine italianos, de José Ángel Cortés, me quedo con la comparación que establece entre la literatura y el cine, un tema que a mí siempre me ha apasionado:
"Mientras la literatura se expresa a través de un sistema de signos para expresar la realidad, el cine lo hace a través de la realidad misma. Como ve, la diferencia es tan grande que resulta un poco absurdo pretender hacer un parangón. Las comparaciones se pueden hacer en un campo no técnico no lingüistico. Es decir, en un campo espiritualista. Yo puedo afirmar que sustancialmente, en lo que respecta a la manifestación de mi espíritu, la literatura y el cine son la misma cosa. Pero, repito, en un nivel espiritualista. Para concluir insisto en que una confrontación entre la expresión literaria y la cinematográfica es una comparación entre dos miembros técnicos lingüisticos sin posible comparación entre sí."
Mamma Roma está influida por el movimiento neorrealista, pero lo trasciende, porque Pasolini imprime a su cine un sello personal e inconfundible. Si bien retrata un barrio decadente de la periferia de Roma el lugar, más que ocasión de denuncia social, es el escenario perfecto para retratar las andazas de sus personajes, sobre todo de su protagonista, interpretada por Anna Magnani. La Mamma Roma de Magnani es una mujer ya madura, pero con muchas ganas de vivir. Mantiene una relación conflictiva con su pasado como prostituta. No se avergüenza del mismo - le ha ayudado a sobrevivir y a lograr su independencia actual - pero tampoco se enorgullece. En cualquier caso, sus vecinos aceptan con naturalidad su pasado. Ante el mundo se muestra como la típica mujer meridional, expresiva y amante de las relaciones sociales. Su debilidad es su hijo, un joven de dieciseis años del que no se ha podido ocupar como hubiese querido y ha resultado tan iletrado como ella. Su obsesión será que el muchacho no comparta un destino tan sórdido como el suyo, aunque no sabe muy bien como orientarle por un camino que ella misma no conoce. Cuando mejor queda retratada es en esas escenas nocturnas en las que la cámara la acompaña en su paseo y conversa con distintos personas (antiguos clientes casi todos), hablando de sus problemas y de la vida en general.
La periferia de Roma juega en el film de Pasolini como un personaje más: en el horizonte puede verse el perfil de los edificios que habita la clase media y al fondo las torres de las iglesias del centro histórico de la ciudad. Pero los habitantes del barrio están condenados a pasear por un descampado en el que no faltan unas evocadoras ruinas que seguramente tendrán siglos de antigüedad. Son personajes con conviven con naturalidad con la sordidez, con la pequeña delincuencia y con el comercio carnal ocasional. Si algo me resulta desconcertante de Mamma Roma es el destino final del hijo de la protagonista, algo que descoloca si uno se atiene al resto del metraje, pero que es una muestra más de que Pasolini no se atenía a convenciones, ni siquiera en su segunda película.
"Mientras la literatura se expresa a través de un sistema de signos para expresar la realidad, el cine lo hace a través de la realidad misma. Como ve, la diferencia es tan grande que resulta un poco absurdo pretender hacer un parangón. Las comparaciones se pueden hacer en un campo no técnico no lingüistico. Es decir, en un campo espiritualista. Yo puedo afirmar que sustancialmente, en lo que respecta a la manifestación de mi espíritu, la literatura y el cine son la misma cosa. Pero, repito, en un nivel espiritualista. Para concluir insisto en que una confrontación entre la expresión literaria y la cinematográfica es una comparación entre dos miembros técnicos lingüisticos sin posible comparación entre sí."
Mamma Roma está influida por el movimiento neorrealista, pero lo trasciende, porque Pasolini imprime a su cine un sello personal e inconfundible. Si bien retrata un barrio decadente de la periferia de Roma el lugar, más que ocasión de denuncia social, es el escenario perfecto para retratar las andazas de sus personajes, sobre todo de su protagonista, interpretada por Anna Magnani. La Mamma Roma de Magnani es una mujer ya madura, pero con muchas ganas de vivir. Mantiene una relación conflictiva con su pasado como prostituta. No se avergüenza del mismo - le ha ayudado a sobrevivir y a lograr su independencia actual - pero tampoco se enorgullece. En cualquier caso, sus vecinos aceptan con naturalidad su pasado. Ante el mundo se muestra como la típica mujer meridional, expresiva y amante de las relaciones sociales. Su debilidad es su hijo, un joven de dieciseis años del que no se ha podido ocupar como hubiese querido y ha resultado tan iletrado como ella. Su obsesión será que el muchacho no comparta un destino tan sórdido como el suyo, aunque no sabe muy bien como orientarle por un camino que ella misma no conoce. Cuando mejor queda retratada es en esas escenas nocturnas en las que la cámara la acompaña en su paseo y conversa con distintos personas (antiguos clientes casi todos), hablando de sus problemas y de la vida en general.
La periferia de Roma juega en el film de Pasolini como un personaje más: en el horizonte puede verse el perfil de los edificios que habita la clase media y al fondo las torres de las iglesias del centro histórico de la ciudad. Pero los habitantes del barrio están condenados a pasear por un descampado en el que no faltan unas evocadoras ruinas que seguramente tendrán siglos de antigüedad. Son personajes con conviven con naturalidad con la sordidez, con la pequeña delincuencia y con el comercio carnal ocasional. Si algo me resulta desconcertante de Mamma Roma es el destino final del hijo de la protagonista, algo que descoloca si uno se atiene al resto del metraje, pero que es una muestra más de que Pasolini no se atenía a convenciones, ni siquiera en su segunda película.
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domingo, 8 de marzo de 2015
LA NEGACIÓN DE LA MUERTE (1974), DE ERNEST BECKER. CUANDO SEAMOS POLVO DE NUEVO.
Si lo pensamos bien, nuestro paso por el mundo tiene mucho de aterrador. Nacemos sin haberlo pedido en un lugar del que no conocemos bien las reglas, absolutamente repleto de peligros, en el que es sencillo padecer toda clase de dolores, ya sea de índole física o espiritual. Además, no sabemos si la vida tiene un sentido o somos fruto de la casualidad, si el absurdo del que hablaban los existencialistas es nuestra auténtica realidad. La vida es como un juego en el que manejamos un cuerpo que debemos preservar lo mejor posible, para vivir el máximo número de años. Para algunos la meta es el conocimiento, para otros el placer, para otros las búsqueda de Dios. También hay quien vive por vivir, sin hacerse demasiadas preguntas. Pero lo que es seguro es que al final de todo nos espera la muerte.
Hasta que se demuestre lo contrario, el ser humano es la única criatura con conciencia de sí mismo que existe en un universo que se nos presenta como una inmesidad fría y vacía. Uno de los primeros vacíos que ha de llenarse con la creación de un sistema cultural es precisamente el sentido de la existencia. El hombre debe sentirse partícipe de una comunidad en la Tierra y destinado a una existencia mejor en el cielo, para estar conforme con su destino:
"Una de las cosas que observamos cuando contemplamos la historia es que la conciencia de la creatura siempre está absorta en la cultura. La cultura se opone a la naturaleza y la trasciende. La cultura es en su intento más heroico la negación de la creaturabilidad. Pero esta negación es más eficaz en unas épocas que en otras. Cuando el ser humano vivía a salvo bajo el amparo de la imagen del mundo judeo—cristiano, formaba parte de un gran todo, dicho de otro modo, su heroísmo cósmico había sido completamente erradicado, era inequívoco. Procedía de un mundo invisible y aparecía en un mundo visible por la obra de Dios, realizaba su deber con él viviendo su vida con dignidad y fe, casándose como deber, procreando como deber, ofreciendo toda su vida —como hizo Cristo— al Padre. En compensación, era justificado por el Padre y recompensado con la vida eterna en la dimensión invisible. Poco importaba que la Tierra fuera un valle de lágrimas, de horribles sufrimientos, de inconmensurables, tortuosas y humillantes mezquindades diarias, de enfermedad y de muerte, un lugar al que el ser humano sentía que no pertenecía, «el lugar equivocado», como dijo Chesterton."
Conociendo su lugar en el mundo, el humano puede trascender su condición y sentirse un héroe. Incluso los más débiles, si sienten que tienen a Dios de su lado, restan importancia a sus desgracia. Es más, le otorgan sentido al sufrimiento, como un avatar que prueba sus merecimientos para una recompensa en el más allá. Ahí está una de las claves - quizá la más importante - del triunfo del cristianismo y otras religiones. El héroe es quien no tiene dudas, quien conoce todas las claves de la existencia y la espléndida recompensa final que le espera. También puede que dicha recompensa no se encuentre después de la muerte, sino en un futuro utópico que se origina de lo sembrado con el trabajo duro y el sacrificio, como enseña la religión comunista:
"Cada sistema cultural es una dramatización de las heroicidades sobre la Tierra; cada sistema configura papeles para actuar con diferentes grados de heroísmo; desde el heroísmo “de lujo” de un Churchill, un Mao o un Buda al “barato” heroísmo del minero, del labriego o del cura; el heroísmo escueto, de cada día, terrenal, forjado por manos nudosas de trabajador que conduce a su familia a través del hambre y la enfermedad."
El desarrollo de la civilización ha traído indudables ventajas a la humanidad: la organización social, que permite una convivencia ordenada y cooperativa (a pesar de las guerras, una losa que todavía se usa como respuesta al conflicto), el alargamiento de la vida, el refinamiento del arte y la cultura. Pero también ha creado nuevas angustias internas que surgen del cuestionamiento de las formas de vida establecidas durante siglos. La ciencia, nuestro instrumento más confiable, no nos puede ofrecer respuestas acerca de lo que sucede tras la muerte, si es que sucede algo. De pronto existe la posibilidad de que seamos seres finitos, una mera mota de polvo en la vida del universo. Entonces, el hombre, ese "animal hiperansioso que inventa constantemente razones para su ansiedad, incluso cuando no existe ninguna" se queda solo consigo mismo. No solo es que no pueda negar ya la muerte, sino que tampoco puede negar la posibilidad de la extinción absoluta.
Por eso a veces, en los peores momentos, enviadiamos la sencillez de antaño, la del campesino que contaba con la plena seguridad de una plaza en el cielo (aunque también estaba la posibilidad de ir al infierno, lo que seguramente también provocaría grandes dosis de ansiedad). La religión surge así como la gran mentira infantil, la gran ilusión que necesita la mayoría como basamento de su felicidad personal. Sin embargo, también buscamos sustitutos, en la ciencia, en la política o en el arte. Como dice Otto Rank, la gran influencia de Becker:
"Con la verdad, no podemos vivir. Para poder vivir necesitamos ilusiones, no sólo ilusiones externas, como el arte, la religión, la filosofía, la ciencia y el amor, sino ilusiones internas que en primer lugar condicionan las externas [es decir, una sensación de seguridad de los propios poderes activos y de ser capaces de contar con los poderes de los demás]. Cuanto más pueda una persona aceptar la realidad como la verdad, la apariencia como esencia, mejor adaptada estará y más feliz será [...] este proceso siempre eficaz de autoengaño, de fingir y de equivocarse, no es un mecanismo psicopatológico."
Y todo esto resulta doblemente absurdo cuando reflexionamos de donde venimos, cuando investigamos acerca de la evolución, la ley más inexorable de la creación:
"Qué podemos hacer en una creación en la que la actividad rutinaria de los organismos es descuartizar a otros con los dientes, de todas las maneras posibles: mordiendo, triturando carne, tallos de plantas y huesos entre los molares, engullendo vorazmente la pulpa hacia el esófago con fruición, incorporando su esencia en nuestro propio organismo para defecar después los residuos con fetidez nauseabunda y ventosidades. Todos intentando incorporar a otros que le resulten comestibles."
Escrita a las puertas de su propio fallecimiento por Ernest Becker, La negación de la muerte es, a pesar de todo, una obra que transmite serenidad. Bajo la influencia del psicoanálisis de Freud, Becker no puede ofrecernos una respuesta definitiva, pero sí retratar a un ser humano confuso, aterrado en ocasiones, que se enfrenta siempre a una perspectiva incierta. La única solución, al menos por ahora, estriba en el autoconocimiento, en aceptarnos como seres limitados y aceptar la muerte como algo tan natural como la vida. Simplemente algún día nos tocará irnos "con la mayoría", como decían los romanos. Quizá nuestro actual conocimiento de los mecanismos del cerebro humano hayan dado al traste con algunas de las afirmaciones de La negación de la muerte, pero la lectura de este premio Pulitzer sigue siendo tan estimulante como hace cuarenta años.
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martes, 3 de marzo de 2015
CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN MARZO. LITERATURAS SUBTERRÁNEAS.
Es habitual en mí, y supongo que en muchos de ustedes, buscar las librerías cuando se visita una ciudad desconocida. Todavía quedan algunos lugares - cada vez menos - que no son clónicos, que tienen espacio para editoriales y libros alternativos a los de la cultura oficial. De vez en cuando me gusta acercarme a ellos. Aunque el tiempo que uno tiene reservado para la lectura nunca es suficiente, de vez en cuando me gusta acercarme a autores absolutamente desconocidos para el gran público (muchas veces amigos y conocidos para mí) y descubrir una forma de literatura que en ocasiones es mucho más pura y en ocasiones incluso ingenua que la vemos en las mesas de novedades. Pero precisamente por eso resulta tan interesante, tan innovadora. El viernes tendré ocasión de asistir a la segunda presentación del libro de relatos colectivo Territorio líquido. Este mes no pasa sin que lo lea.
En el club de lectura de Más Libros Libres, una novela de un autor español joven, pero ya consagrado. Creo que es la que le dio a conocer. El país del miedo, de Isaac Rosa.
En el club de lectura de ensayo de Más Libros Libres, lectura temática en torno al día de la mujer. Nada menos que Una mujer en Berlín, de Marta Hillers (no hace mucho se conoció el nombre de la autora). Relato de las vejaciones y humillaciones que tuvieron que sufrir las mujeres alemanas a la llegada del Ejército Rojo en 1945, al final de la Segunda Guerra Mundial.
En el club de lectura de la Biblioteca Provincial, todo un clásico de nuestras letras que yo ya tuve ocasión de leer el año pasado: Niebla, de Miguel de Unamuno.
En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, un libro y una autora totalmente desconocidos para mí (esto siempre puede ser un estímulo), aunque el título suene a best seller: La mujer que buceó dentro del corazón del mundo, de Sabina Berman.
En el club de lectura del Centro Andaluz de las Letras, buena literatura contemporánea NW London, de Zadie Smith. Y en el de ciencia ficción, todo un clásico que fue objeto el año pasado de una adaptación cinematográfica que pasó sin pena ni gloria: El juego de Ender, de Orson Scott Card.
En el club de lectura de la librería Luces, el último premio Nobel, que últimamente aparece con facilidad en estos talleres: En el café de la juventud perdida, de Patrick Modiano.
En el club de lectura de la Casa del Libro, John Steinbeck, siempre garantía de calidad (si no lo creen, lean Las uvas de la ira, absoluta obra maestra), con El pony rojo.
En el club de lectura Encuentro con los clásicos, de Arroyo de la Miel, un libro del gran Adolfo Bioy Casares: El perjurio de las nieves.
Y en el Ateneo de Málaga, parecen querer complementar al anterior, invocando a su gran amigos Jorge Luis Borges, con la impresionante colección de cuentos El Aleph.
En el club de lectura de la Fnac Málaga, también apuestan por los clásicos, con un contemporáneo de Charles Dickens: La historia de Samuel Titmarsh y el gran diamante Hoggarty, de William Thackeray.
Este mes, el ciclo Literatura y cine, se viste de gala, puesto que creo (a falta de una última confirmación) que va a formar parte del programa oficial del Festival de cine español de Málaga. Y lo hace con una de las obras imprescindibles de nuestro cine: Calle Mayor, de Juan Antonio Bardem.
El resto de cine forums traen también propuestas interesantes: Italiano para principiantes, de Lone Scherfig en Más Libros Libres (una obra que se inscribe en el movimiento Dogma), y Amarcord, la película más popular de Fellini en el Ateneo.
Parece que el tiempo invita por fin a realizar lecturas al aire libre. Pero no se fíen demasiado, que andamos todavía por marzo. ¡Felices lecturas!
En el club de lectura de Más Libros Libres, una novela de un autor español joven, pero ya consagrado. Creo que es la que le dio a conocer. El país del miedo, de Isaac Rosa.
En el club de lectura de ensayo de Más Libros Libres, lectura temática en torno al día de la mujer. Nada menos que Una mujer en Berlín, de Marta Hillers (no hace mucho se conoció el nombre de la autora). Relato de las vejaciones y humillaciones que tuvieron que sufrir las mujeres alemanas a la llegada del Ejército Rojo en 1945, al final de la Segunda Guerra Mundial.
En el club de lectura de la Biblioteca Provincial, todo un clásico de nuestras letras que yo ya tuve ocasión de leer el año pasado: Niebla, de Miguel de Unamuno.
En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, un libro y una autora totalmente desconocidos para mí (esto siempre puede ser un estímulo), aunque el título suene a best seller: La mujer que buceó dentro del corazón del mundo, de Sabina Berman.
En el club de lectura del Centro Andaluz de las Letras, buena literatura contemporánea NW London, de Zadie Smith. Y en el de ciencia ficción, todo un clásico que fue objeto el año pasado de una adaptación cinematográfica que pasó sin pena ni gloria: El juego de Ender, de Orson Scott Card.
En el club de lectura de la librería Luces, el último premio Nobel, que últimamente aparece con facilidad en estos talleres: En el café de la juventud perdida, de Patrick Modiano.
En el club de lectura de la Casa del Libro, John Steinbeck, siempre garantía de calidad (si no lo creen, lean Las uvas de la ira, absoluta obra maestra), con El pony rojo.
En el club de lectura Encuentro con los clásicos, de Arroyo de la Miel, un libro del gran Adolfo Bioy Casares: El perjurio de las nieves.
Y en el Ateneo de Málaga, parecen querer complementar al anterior, invocando a su gran amigos Jorge Luis Borges, con la impresionante colección de cuentos El Aleph.
En el club de lectura de la Fnac Málaga, también apuestan por los clásicos, con un contemporáneo de Charles Dickens: La historia de Samuel Titmarsh y el gran diamante Hoggarty, de William Thackeray.
Este mes, el ciclo Literatura y cine, se viste de gala, puesto que creo (a falta de una última confirmación) que va a formar parte del programa oficial del Festival de cine español de Málaga. Y lo hace con una de las obras imprescindibles de nuestro cine: Calle Mayor, de Juan Antonio Bardem.
El resto de cine forums traen también propuestas interesantes: Italiano para principiantes, de Lone Scherfig en Más Libros Libres (una obra que se inscribe en el movimiento Dogma), y Amarcord, la película más popular de Fellini en el Ateneo.
Parece que el tiempo invita por fin a realizar lecturas al aire libre. Pero no se fíen demasiado, que andamos todavía por marzo. ¡Felices lecturas!
domingo, 1 de marzo de 2015
EL FRANCOTIRADOR (2014), DE CLINT EASTWOOD. EL AMERICANO IMPASIBLE.
A veces me pregunto cómo es posible que la humanidad todavía no haya aprendido, que todavía se recurra a un método tan salvaje como la guerra para solventar los inevitables conflictos de intereses entre países, grupos o etnias. Aunque a veces la apuesta sale muy bien para una de las dos partes, es usual que las cosas no transcurran según los planes previstos por parte del agresor y que lo que se esperaba resolver en pocas semanas se eternice y se convierta en una pesadilla irresoluble. Le sucedió a Napoleón en España, a los alemanes en Francia en la Primera Guerra Mundial, en Rusia en la Segunda y a los americanos en Vietnam. En todo caso, el Clint Eastwood cree tener la respuesta en una entrevista que ofrece la revista Dirigido de febrero de este año:
"(...) creo que la guerra está en nuestro ADN. Una de las cosas que Estados Unidos ha estado haciendo en todos estos años es tratar de introducir la democracia en muchos países del mundo, y la realidad es que no la quieren. Por eso es una buena pregunta cómo se termina y si se termina. Los filósofos siempre han dicho que el fin de la guerra llegará cuando la humanidad recupere la razón, pero eso puede no ocurrir nunca. Pero es un tema sobre el que no vale la pena debatir demasiado, porque la realidad es que la guerra existe, es parte de la vida."
La Guerra de Irak (o cabría decir, la segunda Guerra de Irak en este caso) surgió de unas circunstancias tan especiales como inesperadas. Los ataques del 11 de septiembre, sangrientos y dolorosos, desataron una fiebre de venganza en toda la nación norteamericana, que el presidente George Bush no hizo sino alentar desde su estrado. Por eso no le fue difícil convencer a sus compatriotas (con el resto del mundo no lo consiguió), de que el gobierno iraquí estaba detrás de los atentados. Obviando a la ONU, a las masivas manifestaciones en contra celebradas en cientos de ciudades del mundo y a la más elemental prudencia, Estados Unidos se embarcó en un conflicto que, una década después, ofrece un saldo lamentable: cientos de miles de muertos y de heridos, ciudades arrasadas, una retirada del ejército estadounidense por la puerta de atrás y establecimiento, en una buena franja del país, del llamado Estado Islámico, que cada día ofrece material audivisual a los telediarios del mundo entero con la perpetración de una nueva barbaridad. La última, la destrucción de estatuas asirias y sumerias de milenios de antigüedad.
Todo esto nos pone en antecedentes respecto a la historia que se cuenta en El francotirador. Chris Kyle se hizo famoso en Irak por ser el tirador con más muertes confirmadas en su haber en la historia del ejército estadounidense, unas ciento sesenta. Poco antes de su absurda muerte publicó unas memorias en las que ofrecía una visión de sus experiencias en el conflicto. En el film Kyle aparece - supongo que será un retrato fidedigno - como un joven afectado por los atentados de las embajadas africanas y de las torres gemelas, decidido a vengar a su país a cualquier precio. En ningún momento es capaz de plantearse que no es más que un peón para que unos cuantos contratistas militares, amparados por los criminales Bush y Rumsfeld, ganen cantidades obscenas de dinero a costa de la muerte de mucha gente. Su única perspectiva es la de su deber inmediato, la de proteger a sus compañeros, matando a cualquiera que los ponga en peligro: Kyle está convencido de que está realizando un servicio imprescindible para la seguridad de su país, que la gente a la que combate en Irak está deseando desembarcar en su país para atentar contra su gente y parece no darse cuenta, de que no está dejando otra alternativa a toda esa gente a la que se le bombardea sus casas que la de radicalizarse y unirse a alguno de los grupos de resistencia.
Pero lo que a Eastwood le interesa más mostrar son las contradicciones de la vida de Kyle mientras sirvió en Irak: lo rutinario de su trabajo, aburrido casi todo el tiempo, hasta que comenzaba la batalla y, sobre todo, su difícil regreso a la rutina del hogar, junto a una mujer y a unos hijos con los que no había convivido lo suficiente, que para él tenían mucho de extraños, ya que, en el fondo, sus auténticos intereses (y por eso es llamado héroe) estaban en el frente, protegiendo a sus compañeros de un enemigo casi siempre invisible. El conflicto con su famila está cinematográficamente bien resuelto, pero de manera un tanto rutinaria para el espectador, al que los problemas de adaptación del protagonista nunca suscitan auténtico interés. Para él parece más difícil sostener a su hijo en sus brazos mientras intenta mantener una conversación con su mujer que disparar desde una azotea en medio de una batalla.
El punto fuerte de El francotirador está en sus escenas bélicas, en las que apreciamos al mejor Eastwood recuperando su pulso, sabiendo cómo crear tensión en las mismas. Lástima que queden un poco descompensadas respecto al resto del metraje, bien intencionado, pero fundamentalmente vacío de contenido. Quizá sería una buena idea, como ya sucedió con la batalla de Iwo Jima, ofrecer una segunda película rodada desde el punto de vista del francotirador del otro bando, que seguramente a su vez sería un héroe para los suyos. Eso conseguiría una perspectiva mucho más completa de un conflicto tan complejo que, una década después, aún sigue siendo un semillero de lo peor del ser humano.
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