miércoles, 4 de marzo de 2026

NUREMBERG (2025), DE JAMES VANDERBILT.

La figura de Adolf Hitler impregna de tal modo el imaginario popular, que ha eclipsado casi totalmente a la de sus numerosos lugartenientes, salvo quizá a la de Goebbels. Muchos de estos colaboradores de primera línea fueron juzgados en el principal de los juicios que se celebraron en Nuremberg una vez acabado el conflicto. Se trataba de un movimiento muy arriesgado, puesto que la acusación de crímenes contra la humanidad procedente de las potencias vencedoras carecía de precedentes jurídicos. El pez más gordo que se pudo capturar vivo fue nada menos que Hermann Goering, el número dos del Régimen nazi. Un hombre corrupto hasta la médula que utilizó su poder, no solo para cimentar la prisión y el exterminio de millones de seres humanos, sino para procurarse una existencia repleta de lujos desmedidos entre los que no faltaban fabulosas mansiones y cuadros procedentes de los principales museos de la Europa ocupada. Goering es una figura que no se ha prodigado mucho en el cine y menos a través del retrato psicológico que se ofrece aquí de la misma, interpretado por un Russell Crowe en estado de gracia. El dirigente nazi era un tipo muy hábil e inteligente y, una vez sometido a una enérgica cura de su adicción a las drogas, apareció como un contendiente formidable para los acusadores de Nuremberg. En la película se relata el acercamiento del psiquiatra Douglas Kelley, encargado de evaluar si los dirigentes nazis prisioneros eran psicológicamente aptos para ser juzgados, a Goering, un criminal que acaba abriéndose a su interrogador, estableciendo con él una especie de relación de amistad mal entendida. En este sentido la pelicula resulta a ratos fascinante, ya que el jerarca nazi podía ser un tipo realmente encantador en las distancias cortas y esta capacidad de seducción podía ser un arma de doble filo para su evaluador. Nuremberg ofrece una visión lo suficientemente atractiva de los juicios celebrados en 1946 como para ser un brillante complemento a ese clásico llamado en España Vencedores o vencidos en la que, debemos recordarlo, no se retrataba exactamente este proceso, sino uno posterior dirigido contra los responsables de la política nazi de esterilización y política étnica.

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NUESTROS SILENCIOS (2025), DE LAURENCE JOSEPH. POR QUÉ CALLAMOS.

El silencio generalmente es una bendición. En un mundo tan acelerado como el que habitamos, poder tener un espacio de reflexión sin el ruido ambiente que nos acompaña a todas partes es un lujo del que debe prescindir mucha gente, demasiado ocupada para siquiera aspirar a eso. En uno de los países más ruidosos del mundo, poder aspirar al silencio se convierte en demasiadas ocasiones en todo un reto, porque da la impresión de que no goza de prestigio en la sociedad actual, un mundo que nos insta a mantenernos ocupados y que reclama nuestra atención de mil maneras diferentes. Pero el silencio también puede tener un lado negativo. Se trata del silencio de las víctimas que no se atreven a acusar a su verdugo, del silencio forzado al que se ven sometidos los que viven involuntariamente solos o incluso de la famosa omertá, aunque uno de los vehículos principales de este silencio es el miedo a las consecuencias de pronunciar ciertas palabras:

"Todo lo que no os dijimos, las palabras que no supe pronunciar, que no me salían de los labios, que no me llegaban a la voz, que no logré arrancar de mi interior. Ni por timidez ni por torpeza, sino tal vez por temor a que esas palabras te duelan primero a ti y luego a mí. Eso sigue siendo un relato paralelo, abstracto, en perpetuo proceso, que flota, son las cartas nunca escritas, los gritos nunca proferidos, las confesiones postergadas. Imposible llegar a esas palabras."

Nuestros silencios parte de la experiencia de su autora como psicóloga clínica, una labor en el la que el silencio de la escucha tiene una importancia fundamental. Este ambiente clínico propicia que se pronuncien las palabras nunca dichas. Pasamos a ser dueños de nuestro silencia ser, voluntariamente, dueños de esas palabras que por fin salen al exterior ante alguien que manifiesta una escucha activa. Todo se reduce a saber cuando elegir hablar y cuando elegir callar. No poder elegir, por motivos psicológicos o por puro miedo es una restricción de la libertad intolerable, una circunstancia que no siempre se puede superar. A veces son las instituciones de poder - Estado, familia o el propio ambiente cultural en el que se mueve el individuo - las que propician esos silencios incómodos o incluso devastadores que solo pueden ser superados, si hay suerte, con el paso del tiempo. El libro de Joseph constituye una muy interesante reflexión sobre nuestra idea de silencio, que tiene mucho que ver con la de nuestra libertad como seres humanos.

martes, 3 de marzo de 2026

EL PADRINO (1969), DE MARIO PUZO Y DE FRANCIS FORD COPPOLA (1972). EL PODER DE LA FAMILIA.

Aunque no se trate de una obra de un excelso nivel literario, la novela de Mario Puzo tiene la suficiente fuerza como para haber sido la semilla de una de las obras maestras definitivas del cine. Es imposible resistirse a esta historia que describe el funcionamiento de una familia mafiosa en el seno de Estados Unidos, una familia, que junto a algunos otras constituyen a la vez un cáncer dentro del sistema, ya que corrompen a políticos, jueces y empresarios en pos de intereses particulares. En el centro de este ecosistema se encuentra don Vito Corleone, un hombre hecho a sí mismo que ha adaptado los métodos sicilianos a Estados Unidos hasta convertirse en uno de los hombres más poderosos en la sombra del país. El método de Corleone es sencillo: concede favores a quienes van a verle, quedando estos en deuda con él. Ha montado su imperio de un modo minucioso y procurando mantener la paz entre las familias en lo posible. Aparentemente se trata de un hombre razonable y pacífico, que solo exige a los demás el repeto debido, pero si la ocasión lo merece, puede ser sanguinario y despiadado.

La auténtica tragedia de El padrino se encuentra en su hijo Michael. Al comienzo se nos muestra como alguien que sigue teniendo vínculos con su familia, pero absolutamente ajeno a los negocios de ésta, hasta el punto de que ha luchado en la Segunda Guerra Mundial con la desaprobación del Don. Lo cierto es que Michael tiene varias posibilidades de ser feliz, primero junto a Kay (que luego se convertirá en su esposa) y después en su breve estancia en Sicilia junto a la joven e inocente Apolonia, que será asesinada por una bomba destinada a él. Cuando don Vito sufre un atentado que casi acaba con su vida, algo cambia dentro de Michael y se desarrolla en él un profundo amor por su padre y por su familia, convirtiéndolo en un asesino despiadado. Y lo más prodigioso de todo es que este cambio radical se desarrolla de un modo muy coherente con la narración. La interpretación de Al Pacino en este sentido es prodigiosa: su mirada helada, cuando comienza su tortuoso camino hacia la herencia de su padre es la de las que no se olvidan.

El padrino es también un discurso sobre el poder, sobre su ejercicio, mantenimiento y sus ceremonias. Uno de los aspectos más destacables de la película es cómo muestra los usos y costumbres de la Mafia siciliana, que curiosamente fueron adoptados por la Mafia real del momento. Aquí la Familia aparece como algo elegante, aunque pronto se le muestra al espectador lo que esconde tanta pompa y opulencia: las traiciones y la violencia se encuentran siempre agazapadas esperando el momento de salir a la superficie, cimentando el poder con la argamasa de litros y libros de sangre derramada. Para poder conseguirlo Michael es capaz de vender su alma al diablo. Su idea de poder absoluto está mucho más allá de las lealtades familiares: se convierte en un auténtico monstruo para los suyos, pero él estima que esa es la única manera de asegurar su alimentación. El Don debe proveer a numerosas personas, aunque sea a costa de perder todo rasgo de humanidad. En este sentido El padrino se alza como la tragedia griega perfecta, la de aquel que se convierte en un ser repulsivo por puro amor al legado de su padre.

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lunes, 2 de marzo de 2026

LOS DOMINGOS (2025), DE ALAUDA RUIZ DE AZÚA.

La relación con la religión de muchos de los llamados creyentes resulta bastante curiosa. Inscriben a sus hijos en colegios católicos y van a misa todos los domingos, pero cuando una hija, como sucede en esta película, anuncia a la familia su irresistible vocación de ser monja, lo que debería ser motivo de gran alegría, se vuelve absoluta incertidumbre. Y es que Los domingos nos presenta a Ainara como una joven de diecisiete años muy inteligente y llamada a hacer carrera a través de sus estudios universitarios. Pero ella quiere seguir un camino insólito. Se siente absolutamente fascinada con la idea de dedicar el resto de sus días dedicada a la vida contemplativa como monja de clausura. A partir de aquí asistimos a un debate moral en el seno de una familia no estructurada del todo en el que se suceden las conversaciones desagradables y tensas, sobre todo porque la tía de Ainara cree que su sobrina va a tirar su existencia a la basura si se va a vivir con unas monjas que cree que han manipulado su joven mente, mientras el padre confía en la madurez de su hija para tomar sus propias decisiones. Los domingos está concebida para hacer partícipe al espectador de este insólito debate entre los que creen que la muchacha se va a arrepentir pronto de una decisión tan radical y los que piensan que se trata de una resolución valiente, sobre todo si se toma en nuestros días, en una sociedad repleta de toda clase de tentaciones. Lo único malo de la película es que tarda en arrancar y, una vez lo hace, termina sin haber explorado todas las posibilidades que ofrece una historia tan atractiva. Casi que todo el metraje está dedicado al conflicto entre el padre y su hermana (añadiendo temas económicos de herencia en el mismo) y la presencia de Ainara, cuya alma está en disputa, es la de un ser casi metafísico que también puede caer en la tentación de besarse con el chico que le gusta. A pesar de que ahora esté de moda, no creo que Los domingos vaya a suscitar un debate permanente acerca del significado de la religión en este país, un fenómeno que seguirá siendo una tradición instrumental para muchas familias.

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UNA HISTORIA DE VIOLENCIA (2005), DE DAVID CRONENBERG.

Con Una historia de violencia, David Cronenberg se unía a la mejor tradición del cine negro. En ella, el protagonista es un padre de familia ejemplar que regenta un restaurante en un idílico pueblo de Indiana. Un día debe evitar un atraco en su establecimiento y por unos segundos vuelve a ser el tipo violento y sin escrúpulos que fue en su oculto pasado. La noticia aparece en los medios. Esto basta para que sus antiguos compañeros vuelvan a visitarlo, desatando una espiral de tensiones que solo puede terminar en un baño de sangre. Una de las reacciones más curiosas a esta revelación es la de la esposa del protagonista, que, cuando conoce quién es realmente su marido, lo rechaza y lo echa de casa, no sin antes haber tenido con él el mejor sexo de su vida, pues parece que tener a un antiguo delincuente en casa la excita de manera absolutamente irracional. Posiblemente Una historia de violencia sea la mejor película de Cronenberg, mucho mejor que sus enfermizas fábulas de ciencia ficción. Aquí el guión está al servicio de una narración seca y sin concesiones, con unas escenas de violencia realistas, cuyas consecuencias impregnan todo el relato. Quizá tampoco nunca Viggo Mortensen haya tenido un personaje tan rico en matices, un tipo que no sería capaz de interpretar cualquiera, ya que se mueve constantemente entre la lealtad a la familia que le ha dado paz y la llamada a ese pasado en el que las cosas eran más fáciles y contundentes. 

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domingo, 1 de marzo de 2026

LOS TIGRES (2025), DE ALBERTO RODRÍGUEZ.

Los hermanos protagonistas de Los tigres poseen un halo de perdedores visible desde la primera vez que aparecen en escena. Se dedican a un oficio muy duro que desgasta cuerpo y alma: a la reparación submarina de buques, una actividad peligrosa que ya ha quebrado la salud de Antonio, un tipo ya muy veterano a quien todas las señales le dicen que debería retirarse del oficio. Pero Antonio tiene un problema: ha tenido un divorcio traumático y apenas puede afrontar las obligaciones económicas que conlleva frente a una ex-esposa hostil. En un determinado momento aparece la posibilidad de acabar con este naufragio vital permanente por la vía rápida, al detectar la posibilidad de quedarse con parte de la droga con la que trafica un barco del que realiza un mantenimiento habitual. A partir de aquí Antonio y su hermana se las tienen que ver con un mundo del que apenas conocen las reglas y que les puede dejar mucho más vapuleados de lo que ya se encuentran. Como es costumbre en él, Alberto Rodríguez es capaz de asomarse con sumo realismo a la parte más oscura de la sociedad y ofrecer un retrato de la misma muy verosímil para el espectador. Los tigres dibuja las características de esa otra España que vive al margen del discurso triunfalista de los distintos gobiernos, poblada por seres que viven a salto de mata y que son prácticamente esclavos de su trabajo, ya que se atrevieron a a pensar que fundar una familia era una buena idea y tuvieron mala suerte al respecto. Aunque quizá Los tigres no está a la altura de sus mejores obras, Rodríguez sigue siendo de los cineastas españoles más auténticos y sus estrenos siguen siendo garantía de calidad.

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sábado, 28 de febrero de 2026

UN SIMPLE ACCIDENTE (2025), DE JAFAR PANAHI.

Como ya sabemos por obras como La muerte y la doncella, de Roman Polanski, los torturadores de la vida real no suelen dejar que sus víctimas los vean, por lo que les vendan los ojos durante largos periodos de tiempo. Pero para éstas, la voz de sus verdugos y otros rasgos que puedan ser escuchados durante las largas horas de cautiverio quedan grabados a fuego en su memoria y en el futuro, si sobreviven, quizá podrán reconocer a su torturador de la forma más insospechada. Esto es lo que sucede al comienzo de Un simple accidente, en el que el empleado de un taller mecánico reconoce al responsable de su tormento por el ruido de su pierna metálica. A partir de aquí la película se convierte en una fábula sobre el pasado (y presente) traumático de Irán, una sociedad represiva que no duda en considerar rehenes a sus propios ciudadanos, sobre todo si no cumplen con las estrictas normas del Régimen. Es curioso que Un simple accidente se convierta a ratos en tragicomedia, como si su director no quisiera llevar demasiado la sangre al río y optar por la opción de la reconciliación y el perdón, aunque con el matiz de que llevar a cabo una muerte en frío no es tarea fácil para cualquiera. Si bien Hannah Arendt nos demostró que cualquier persona puede convertirse en un verdugo si se dan las circunstancias organizativas y estatales adecuadas, eso no quiere decir que cualquiera puede convertirse de repente en un asesino, por mucho que le mueva un afán irresistible de venganza. Precisamente hoy Irán protagoniza otro capítulo de su negra historia, un país que cuenta con mucha gente de talento, también en el mundo del cine y que debe huir de allí para poder expresarse con libertad. Tan avanzado el siglo XXI, estas circunstancias deberían tan solo ser un triste recuerdo del pasado.

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