miércoles, 10 de junio de 2015

ANOTHER YEAR (2010), DE MIKE LEIGH. LAS CUATRO ESTACIONES.

Existen películas que no son para todos los públicos. Al menos no para aquellos que acuden al cine buscando evasión, situaciones alejadas de la vida cotidiana que le hagan olvidarse de sus propios problemas. Para estos espectadores no es recomendable el cine de Mike Leigh, que es una especie de antropólogo cinematográfico de la vida cotidiana, estudiando situaciones, a veces muy dramáticas, para que veamos como es nuestra propia existencia desde una perspectiva más objetiva. Así definía el director sus intenciones respecto a esta realización en una entrevista concedida a cineeuropa.org:

"La vida es fascinante. Somos seres humanos, tenemos un poder de fascinación ilimitado y una pasión natural que nos impulsa a observar la vida y a celebrarla. He trabajado con mi director de fotografía Dick Pope, desde hace más de veinte años con esa preocupación de mostrar la vida cotidiana. Es casi un documental, pero en esta película trabajamos mucho sobre el aspecto visitual para reconstruir un mundo donde se experimenta, en especial, la diferencia de las estaciones. Cada estación es filmada con detalle, de manera diferente y con diferentes atmósferas." 
 
Another year nos presenta a Tom y Gerri, la madura pareja protagonista, como dos seres que han alcanzado un perfecto estado vital y emocional. Después de décadas de matrimonio, se siguen queriendo como el primer día y llevan una existencia muy equilibrada entre lo profesional y lo íntimo. Para que todo sea más simbólico, dedican sus horas de ocio a cultivar su propio jardín, reforzando su armonía vital. En contraste a tanta perfección, algunos de los amigos que los visitan son unos fracasados, gente que seguramente se siente intimidada frente al refugio de felicidad que los protagonistas han construído. Entre todos ellos destaca Mary, compañera de trabajo de Gerri, de quien depende emocionalmente.

Mary es un ser desgraciado y solitario. Aunque tiene un trabajo estable y una vivienda humilde, su insatisfacción vital la desborda y no puede disimularla ante sus semejantes, condimentando todas sus conversaciones con muestras evidentes de una enorme ansiedad. Necesita hacer ver que es una mujer atenta con los demás, saludando a todos con un cariño exagerado, aunque después no tenga demasiado de lo que hablar, excepto anécdotas cotidianas acerca de sí misma. Su gran frustración reside en considerarse ya demasiado mayor como para encontrar el amor y vuelca esta necesidad de afecto en el hijo de los protagonistas, en el que parece no ver tanto un ser al que amar, sino un instrumento para acercarse aún más a Gerri.

Con estos elementos y otros personajes perdedores (el hermano de Tom, que acaba de quedar viudo o un amigo de la pareja, obeso, bebedor y autodestructivo) Leigh construye una película intimista, que reflexiona acerca de nuestras decisiones vitales y dónde nos llevan éstas al final. Los protagonistas demuestran que, con un poco de suerte y sentido común se puede encontrar la armonía. No es una tarea fácil para todos, depende de las cartas que la vida reparte a cada uno, pero creo que la clave reside en no ser demasiado ambicioso y apoyar a los que no son tan afortunados en la medida de lo posible, aunque, eso sí, estableciendo ciertos límites. La mejor recompensa que ofrece la existencia a sus elegidos es una madurez serena, lo mejor a lo que puede aspirar el ser humano.

lunes, 8 de junio de 2015

VIOLACIÓN, UNA HISTORIA DE AMOR (2004), DE JOYCE CAROL OATES. MANCILLADA EL CUATRO DE JULIO.

Hasta hace bien poco, un consenso político y social proponía que la violación era una acción, individual o colectiva, que poco tenía que ver con el sexo. En 1993, tres años antes del periodo en el que transcurre esta novela Naciones Unidas publicaba un informe en el que decía que "la violación es un abuso de poder y de control, por el que el violador busca humillar, denigrar, avergonzar, degradar y aterrorizar a la víctima. El objetivo primordial es ejercer el poder y el control sobre otra persona." Se culpabilizaba de las violaciones al sexismo y a la glorificación de la violencia y se dejaba poco espacio a la satisfacción del deseo sexual. Según un influyente libro de Susan Brownmiller, escrito en 1975, la violación no era más que una táctica de opresión del sexo masculino contra el femenino. Pero en realidad lo que quiere el violador en la mayoría de las ocasiones es satisfacer un deseo sexual frustrado. Cuando esto se hace en grupo, es la excitación del dominio contra un ser indefenso, al que se resta humanidad y se convierte en un objeto. Esto consigue que se animen unos a otros a ser despiadados con la mujer que no les da con facilidad lo que necesitan y el resultado casi siempre resulte dantesco.

Esto es precisamente lo que le sucede una noche a Teena Maguire, una mujer de treinta y cinco años que vuelve a casa paseando por el parque con su hija un cuatro de julio. Al llegar a un recodo, es acorralada por casi una decena de hombres y violada salvajemente. La niña consigue esconderse, pero es testigo de los hechos. A la degradación sexual, se le une la física: la violencia ejercida contra Teena la lleva al hospital, donde sus graves heridas tardan en curar. Las psíquicas no lo harán nunca. A partir de aquí Teena y su hija deberán enfrentarse a un largo y complejo procedimiento judicial, en el que no siempre son tratadas como víctimas. Los familiares de los acusados tratarán de que se perciba a la mujer como la incitadora de los hechos: su táctica va a ser convencer al juez y al jurado de que Teena tenía ya fama en Niágara Falls de chica fácil, tanto por su actitud como por su vestimenta habitual. Un concepto muy aceptado todavía por la gente más conservadora. Como cuenta Steven Pinker en La tabla rasa:

"Hasta los años setenta, el sistema legal y la cultura popular solían tratar la violación sin tener muy en cuenta los intereses de las mujeres. Las víctimas debían demostrar que se resistían a sus agresores hasta arriesgar la vida, de lo contrario se entendía que habían consentido. Su forma de vestir se consideraba un factor atenuante, como si los hombres no se pudieran controlar ante una mujer atractiva. También era atenuante la historia sexual de la mujer, como si acostarse una vez con un hombre fuera lo mismo que aceptar hacerlo siempre y con cualquiera. En las demandas por violación se exigían unas pruebas que no se pedían para otros delitos violentos, por ejemplo la corroboración de un testigo presencial."

Ciertamente para la mujer violada la experiencia tiene mucho más que ver con una agresión violenta que con algo sexual, pero en ocasiones (cada vez menos, por suerte) la opinión pública se pone en contra de la víctima, como si quien se viste de determinada manera o tiene fama de promiscua se mereciera ser acreedora de un hecho semejante. En realidad alrededor de un delito tan tremendo como éste, lo lógico es que la gente repudie a sus responsable y ampare a la víctima, aunque Oates no se centre en este asunto, sino en el dolor insoportable de Teena Maguire y su hija, no solo por lo que sucede la noche del 4 de julio, sino por sus consecuencias: por la falta de ganas de vivir de la madre y la desesperación callada de la hija. Mientras tanto esperan con ansiedad la fecha del juicio y han de soportar todo tipo de habladurías por parte de los familiares de los violadores. La vista previa, descrita con bastante detalle por la autora, va a ser un espectáculo bastante duro para ellas.

A mi parecer, la escritora estadounidense, eterna candidata al Nobel, ha tratado un tema tan escabroso de una manera demasiado simplista, casi como si escribiera una crónica periodística apresurada. Se nota que ha querido desarrollar los términos de justicia y venganza, enfrentarlos, y que sea el lector el que decida qué es mejor frente a un sistema judicial que deja desamparada a la víctima desde el primer instante. Solo hay que leer el comentario de uno de los policías que encuentra a Teena violada y malherida: "Se han pasado". Como si existiera cierto margen de tolerancia a la violación.

sábado, 6 de junio de 2015

FINAL DE PARTIDA (2015), DE ANA ROMERO. JAQUE AL REY.

El mundo de la representación institucional en las más altas instancias del poder se suele presentar al ciudadano desde la imagen de un espejo que distorsiona la realidad, seguramente porque es necesario para el funcionamiento de un país que así sea. En el caso de España, hasta el inicio de la crisis, la monarquía ha sido la institución del Estado más valorada. Los telediarios nos mostraban a don Juan Carlos y doña Sofía como una pareja aparentemente unida y la gente parecía no hacerse demasiadas preguntas al respecto, a pesar de los rumores al respecto. Fue a raíz del escándalo Noos, protagonizado por el yerno del rey, Iñaki Urdangarin, cuando el llamado cuarto poder, que hasta entonces había considerado al monarca como algo intocable, empezó a levantar los velos que habían cubierto de los ojos de los ciudadanos su auténtica naturaleza. Y desde ese momento la monarquía ha sido una constante fuente de escándalos, hasta el punto de que su misma existencia, hasta ahora indiscutible, se ha puesto en cuestión.

Buena parte de estado continuado de confusión que se ha generado en los últimos años se debe a la ausencia de un cuerpo legislativo que defina claramente las atribuciones del rey y su familia y regule situaciones que hasta hace poco podían considerarse como de ciencia ficción, como una infanta imputada penalmente (si debería renuciar por ley a sus derechos dinásticos o no) o un jefe del Estado que en los últimos años ha tenido un comportamiento claramente irresponsable, hasta el punto de dejar en evidencia en ocasiones al mismísimo gobierno de la nación. Pero el rey siempre se ha opuesto a tal tesitura. Él, como se ha descubierto recientemente, ha preferido tener el margen que otorgan estas lagunas legales con el fin de no dar cuenta de sus constantes escapadas para ver a Corinna zu Sayn-Wittgenstein, una mujer que ha sido definida de muchas maneras, desde amiga entrañable de la monarquía española, por la prensa más afín, hasta segunda esposa de su majestad el rey, en los países árabes, donde la poligamia es una costumbre entre la gente poderosa, pasando por otros calificativos menos sutiles.

Lo cierto es que siempre ha sido vox populi, que el matrimonio de los reyes es una fachada desde hace décadas y que su majestad se ha tomado las libertades que le ha dado la gana al respecto. Pero la sorpresa para los españoles (y para la propia familia de don Juan Carlos) ha sido descubrir la existencia de una familia paralela. Hasta ahí todo bien, ya que el tema debería ser estrictamente privado, a pesar de la hipocresía católica en la que nos quieren hacer creer que viven. Lo complicado empieza cuando se empieza a indagar en otros aspectos de la relación y se descubre que Corinna ha utilizado la influencia real para potenciar sus negocios de mediación y representación en el extranjero, aunque ella asegure que en realidad ha sido utilizada para rendir grandes servicios a España. La ceremonía de la confusión está servida.

Pero es que existen más ingredientes que han hecho de estos últimos años un calvario para la Casa Real. Las continúas operaciones a las que se ha tenido que someter don Juan Carlos, que han suscitado las lógicas dudas sobre su salud y su capacidad para continuar en el cargo, las tensiones con la pareja heredera, que contemplaban como día a día se mermaban sus posibilidades de acceder al cargo de una manera digna y las dudas sobre el patrimonio real del monarca, que se estima en muchísimos millones de euros, pero cuya procedencia difícilmente va a poder ser investigada, debido al blindaje jurídico que, esto sí, aparece en la Constitución Española. Y todo ello en contexto de durísima crisis económica en la que los españoles empezaban a cuestionar el lujoso estilo de vida de la familia real. Y lo peor es que todo esto palideció ante la madre de todos los escándalos: el accidente del rey durante una cacería en Botsuana. 

Verdaderamente lo que sucedió en abril de 2012 desencadenó una tormenta perfecta cuyas consecuencias de desprestigio de la institución monárquica todavía no se han disipado. El rey había declarado unos días antes del incidente que el paro juvenil "le quitaba el sueño", cuando lo que verdaderamente tenía en mente era el viaje de safari que iba a emprender junto a su segunda familia. Coincidió este viaje secreto con otro accidente: el de Froilán, el nieto del rey, que se disparó en el pie. En Casa Real se declaró que su majestad estaba trabajando y que pronto pasaría por el hospital. Poco podían imaginar los ciudadanos que esas palabras iban a ser proféticas: el rey iba a pasar por el hospital, pero para ser tratado él mismo de una rotura de cadera, después de un regreso esperpéntico desde África. Las patéticas imágenes del monarca disculpándose no sirvieron para contrarrestar lo evidente: aparte de las lógicos chistes que proliferaron por las redes sociales, el cuestionamiento del comportamiento del rey llegó a sus máximas cotas. Parecía que los españoles por fin se daban cuenta de que quizá los intereses privados del monarca eran para él más importantes que esos desvelos por el bien de España de los que tanto hacía gala.

Los dos años siguientes fueron un quiero y no puedo. El rey intentó dar una imagen renovada, pero los problemas de salud y de opinión pública persistían. Al final a don Juan Carlos no le quedó otro remedio que tomar el amargo camino de una humillante abdicación, sin ni siquiera llegar a los fastos del cuarenta aniversario de su reinado. La penosa imagen que ofreció en la lectura del discurso de la Pascua militar de 2014 fue el último clavo en el ataúd que él mismo se había ido construyendo durante los últimos años: los excesos del día anterior y de los últimos tiempos le pasaron factura de la manera más cruel posible. Estudiar los rostros de los que le rodeaban aquel día constituye un ejercicio del máximo interés: cómo intentar dar una imagen de normalidad institucional frente a lo que ya es insostenible. En los últimos meses el rey emérito se ha separado definitivamente de doña Sofía y lleva una vida errante y de lujo por distintas partes del mundo, sin tener que hacer uso ya del arte del disimulo. Puede que se haya quedado sin amigos importantes, pero aún le quedan muchos, sobre todo en el mundo árabe, donde su prestigio apenas ha sido dañado. A su hijo le toca restituir el presunto prestigio de la institución monárquica, una labor quizá más sencilla de lo que se piensa, puesto que los españoles son muy propensos a escandalizarse, pero también a olvidar en beneficio de otros escándalos más recientes. Si la crisis económica ofrece un respiro en los próximos tiempos, don Felipe podrá dar por ganada su particular partida.

Ana Romero ha escrito una crónica periodística muy estimable, desde el conocimiento, a veces directo, de los hechos que cuenta. Para los que creemos que la institución monárquica es un residuo del medievo, totalmente prescindible en un país moderno, el libro nos abre los ojos respecto a la hipocresía de la existencia de un hombre que fundamentalmente ha hecho lo que le ha dado la gana toda su vida, mientras se rodeaba de una corte de aduladores y la opinión pública española permanecía anestesiada. ¿Cuál será el balance de las décadas de reinado de Juan Carlos I? ¿Se le conocerá como el rey que restauró la democracia en España o como el personaje que tuvo que abdicar debido a una catarata de escándalos? Es bueno que al menos se haya roto el velo de ignorancia que rodeaba a las actividades de una familia real que ha sobrevivido a duras penas los últimos años y seguramente lo seguirá haciendo en el futuro. La coyuntura política actual, con el auge de partidos políticos emergentes, seguramente será insuficiente para derribar una institución que ha demostrado sobradamente su capacidad de superviviencia en país que vocifera mucho, pero que acaba perdonándolo todo y que en gran medida sigue deslumbrado por los oropeles de una monarquía de utilidad cuestionable.

jueves, 4 de junio de 2015

MAD MEN (2007-2015), DE MATTHEW WEINER. DRAPER O NADA.

Hay películas y series que, hayan sido realizadas o no con voluntad de ello, resumen el espíritu de una época, o al menos los espectadores lo sienten así. Asomándonos a algunas de las mejores realizaciones para televisión de los últimos años casi podemos trazar una poderosa historia del siglo XX en los Estados Unidos: principios de siglo con The Knick, los años veinte con Boardwalk Empire, la Gran Depresión con Carnivàle, la Segunda Guerra Mundial con Hermanos de sangre y The Pacific, los sesenta con Mad Men, los ochenta con The Americans, el cambio de siglo con Los Soprano y estoy seguro de que me estoy dejando muchas series en el tintero.

En Mad Men nos encontramos en el Nueva York de los años sesenta, la tierra prometida del capitalismo en uno de los mejores momentos económicos de su historia, como la culminación de un proyecto largamente acariciado por un país que finalmente se ha convertido en la gran potencia a nivel planetario. Los sesenta, aun con su ambiente de constante amenaza, debido a la Guerra Fría, son considerados por quienes los vivieron como unos años felices, de abundancia económica y disfrute de nuevas libertades, pero a su vez persisten realidades muy chocantes para un espectador actual: el abuso del alcohol (a cualquier hora del día o de la noche), del tabaco (hasta los médicos fuman en presencia de sus pacientes) y un tremendo machismo, que hace que las mujeres de Mad Men tengan muy difícil que sus méritos profesionales se tomen en serio. Son los años en los que la sociedad de consumo se desarrolla hasta niveles nunca vistos y la profesión de publicista se torna en una de las más atractivas y mejor retribuidas económicamente.

Aunque desarrolla de manera magistral a gran cantidad de personajes protagonistas e incluso secundarios, la serie se centra en Don Draper, un ejecutivo de mediana edad que, a primera vista, puede focalizar en su persona todos los atributos del ya nombrado sueño americano: guapo, carismático, con dinero, casado con una mujer hermosa y con dos hijos sanos. Pero detrás de esta fachada, se esconde un hombre muy diferente, un hombre sin identidad definida que se mueve como pez en el agua en los ambientes más lujosos de Manhattan, pero a la vez es lo suficientemente inteligente para advertir que tanto esplendor esconde la nada más absoluta. Como los anuncios publicitarios, que muestran un mundo que en realidad no existe, la vida de Draper es como un carrusel: una atracción muy elegante, en constante movimiento, pero que nunca lleva a ningún sitio. 

En esta realidad, consagrada al culto de lo efímero, Draper es una estrella, el hombre que siempre tiene la frase justa para que cualquier campaña de publicidad sea un éxito, el seductor de presencia impecable, que suscita la envidia permanente de compañeros menos dotados por la naturaleza como Peter Campbell. A su vez, el protagonista intenta disipar los fantasmas de su soledad vital comportándose como un auténtico depredador sexual, posibilitando así situaciones que ponen en peligro su reputación incluso ante su propia hija, aunque habitualmente sabe llevar sus aventuras con discreción. No obstante, la auténtica personalidad de Draper siempre es un misterio, incluso para él mismo. Como máximo representante de la cultura de lo efímero de Madison Avenue, una de sus grandes cualidades es ser camaleónico, saber adaptarse perfectamente a cualquier ambiente e incluso ser siempre el foco de atención, aunque no se lo proponga.

Mientras tanto, la vida transcurre muy deprisa en las siete temporadas que dura la serie. Los personajes van volviéndose más cínicos a la vez que se enriquecen. La ciudad de Nueva York va tornándose un poco más oscura a medida que se acercan los setenta. No todo son alegrías en el paraíso del capitalismo, pero el hombre hecho a sí mismo debe saber adaptarse a todas las situaciones, aunque deje algunos cadáveres en el camino. Mad Men en un sólido retrato de una época apasionante, a través de la historia de un gran triunfador social que siente un miserable fracaso interior.

martes, 2 de junio de 2015

CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN JUNIO. LA LITERATURA Y LA VIDA.

Sabemos que resulta difícil. No tienes tiempo. Cuando lo haces en el autobús, te pasas la parada. Cuando lo haces en la cama, te quedas dormido. Cuando lo haces en casa, los niños te reclaman. Cuando lo haces en una cafetería, ponen Sálvame en la tele a todo volumen. Cuando lo haces en el parque, se pone a llover. No te rindas. Busca tiempo, busca libros que te den un respiro de la vida. Y busca gente como tú en los clubes de lectura.

En el club de lectura de Más Libros Libres, este mes volvemos a acercarnos a la Ciencia Ficción con uno de sus mejores clásicos: Arthur C. Clarke y El fin de la infancia.

En el club de ensayo de Más Libros Libres, un libro imprescindible y que debería ser lectura obligatoria en estos tiempos de auge del pensamiento positivo: Sonríe o muere, de Barbara Ehrenreich.

Y Más Libros Libres inicia, con una experiencia piloto, una nueva actividad. Bajo la denominación de Fahrenheit 154, se trata de una tertulia, de carácter informal, en torno a lecturas personales y recomendaciones de libros. Será mañana miércoles en Café con Arte.

En el club de lectura de la Biblioteca Provincial, una novela de una eterna candidata al premio Nobel: Violación, una historia de amor, de Joyce Carol Oates.

En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, una novela repleta de personajes que trata el tema de multiculturalismo: Dientes blancos, de Zadie Smith.

Y hacemos referencia a un club importante, que funciona desde hace algunos meses, porque está dirigido a los más pequeños, a los futuros lectores que algún día harán funcionar los clubes de lectura de adultos. Este mes leerán Elefante corazón de pájaro, de Mariasun Landa. Y además lo coordina mi amiga Ana Robles, toda una garantía de que los niños van a pasar un rato estupendo.

En los clubes de lectura del Centro Andaluz de las Letras, el siempre presente Stefan Zweig, uno de los grandes con Los milagros de la vida y la presencia también (esta vez física) de Juan Francisco Ferré en la tertulia en torno a su libro Karnaval.

En el club de lectura del Ateneo de Málaga se acercan a uno de nuestros testigos de la barbarie nazi. Jorge Semprún con La escritura o la vida.

En el club de lectura de Librería Proteo, contarán con la presencia del gran Pablo Aranda, para hablar en torno a su última novela policiaca: El protegido.

En el club de lectura de la Librería Luces la sesión será un homenaje al recientemente fallecido Eduardo Galeano, por lo que sus miembros podrán escoger cualquiera de sus obras para debatir.

En el club de lectura de la Fnac Málaga, una narración dedicada a los cinéfilos: Cineclub, de David Gilmour.

En el club de lectura de Casa del Libro, una novela que transcurre en la Bulgaria comunista de los ochenta: Jóvenes talentos, de Nikolai Grozni.

Y por fin, en el tema cinematográfico, por un lado en Cristóbal Cuevas, debatiremos en torno a la película La última estación, de Michael Hoffman, sobre los últimos días del escritor Leon Tolstoi, complementada con la lectura de sus Confesiones. En Más Libros Libres el debate será en torno a Another year, de uno de los mejores directores de los últimos años, Mike Leigh.

Toda la información detallada, en la columna de la derecha. Como de costumbre, si se produce cualquier cambio o novedad, lo pondré lo antes posible. Que no te roben tu tiempo. Las horas muertas resucitan con un libro entre las manos. ¡Felices lecturas! 

lunes, 1 de junio de 2015

LA TABLA RASA (2002), DE STEVEN PINKER. LA NEGACIÓN MODERNA DE LA NATURALEZA HUMANA.

El título de este extenso y valioso ensayo del psicólogo y lingüista Steven Pinker hace referencia a una postura sobre la naturaleza humana que ha sido muy popular entre los científicos hasta hace poco. Se trata, en oposición de quienes estimaban que el ser humano viene programado desde su nacimiento (determinismo), de defender que en realidad nuestra mente es una especie de tabla rasa que se moldea con la educación y el ambiente en el que vivimos. En realidad Pinker se aleja de posturas tan extremas y asegura que la verdad acerca de nuestra condición "se encuentra en un lugar intermedio". A la búsqueda lo más precisa posible de ese lugar va a dedicar - entre otras muchas cosas - La tabla rasa.

El primer factor que hay que tener en cuenta a la hora de rebatir la teoría de la tabla rasa es que hablar de la auténtica esencia del ser humano siempre resulta peligroso, incluso a un nivel social y político, puesto que tocamos asuntos de gran sensibilidad, como la igualdad entre razas y sexos. Resulta mucho más cómodo creer que, como decía Rosseau, las personas nacen en un estado natural bondadoso y son los usos sociales los que acaban corrompiéndolas. El fundador del conductismo, John B. Watson aseguraba que la infancia era una especie de materia prima que podía moldearse para crear individuos con una serie de habilidades sociales o técnicas. Si todo esto fuera cierto, la naturaleza sería democrática, nos otorgaría a todos de salida las mismas oportunidades y solo tendríamos que realizar algunos cambios sociales para llegar a la meta de la plena igualdad, aunque esto también supondría que el ser humano es altamente manipulable. Pinker nos dice que nuestra realidad cognitiva es bastante más compleja:

"Hoy es sencillamente un error preguntar si los seres humanos son flexibles o están programados, si la conducta es universal o varía entre las diversas culturas, si los actos se aprenden o son innatos, si somos esencialmente buenos o esencialmente perversos. Los seres humanos se comportan flexiblemente porque están programados: sus mentes están equipadas con el software combinatorio que puede generar un conjunto ilimitado de pensamientos y de conductas. La conducta puede variar bastante entre las culturas, pero el diseño de los programas mentales que la generan no tiene por qué variar. La conducta inteligente se aprende con éxito porque poseemos unos sistemas innatos que realizan el aprendizaje. Y todas las personas pueden tener móviles buenos y malos, pero no todas pueden traducirlos a una conducta de la misma forma."

Así pues la famosa característica del cerebro, su plasticidad, está condicionada por las características personales innatas de cada individuo. Esto no quiere decir que los rasgos genéticos determinen de manera absoluta los asuntos humanos. La libertad humana en ningún momento se pone en cuestión, pero sí se amolda a nuestros intereses y a nuestros miedos. Decir otra cosa sería negar la teoría de la evolución. El hecho de que nuestros ancestros hayan tenido que ir acondicionándose a la naturaleza para sobrevivir durante milenios y convertirse en la especie exitosa que somos hoy nos afecta como a cualquier otro animal. En realidad nuestra especie es tan joven y ha progresado tan deprisa y de manera tan espectacular, que a nuestro cerebro no le ha dado tiempo a evolucionar al mismo ritmo. Por eso nos cuesta mucho más aprender matemáticas que aprender a hablar: las matemáticas son mucho más recientes que el lenguaje oral. Además, seguimos recurriendo a una agresividad irracional para resolver conflictos, entre otras características innatas que chocan con la sociedad que pretendemos construir.

Pinker dedica varios capítulos a probar que el hecho de que la dotación genética de los seres humanos varíe de unas personas a otras (aunque en el caso del homo sapiens esas variaciones sean mínimas), no justifica ninguna clase de discriminación o racismo. Que algunos grupos étnicos posean algunas características físicas distintas (por ejemplo, el color de la piel) se debe solo a la adaptación a distintos ambientes o climas, pero no esto no afecta a la inteligencia ni a las características básicas que compartimos todos los seres humanos. Otras diferencias vendrían de distintas tradiciones culturales, pero esto nada tiene que ver con la biología. De hecho, el autor canadiense se refiere a la idea del círculo expansivo, que se refiere a que el individuo, conforme ha ido evolucionando, ha ido aumentando la consideración de otros grupos como sus iguales, quizá basándose en su propio interés egoísta, ya que merece la pena compartir tecnología e información para fomentar el comercio, base fundamental del progreso humano:

"Nuestro círculo moral de personas dignas de respeto se amplió a la vez que lo hacía nuestro círculo físico de aliados y socios comerciales. A medida que la tecnología se acumula y personas de más partes del planeta se hacen interdependientes, el odio entre ellas tiende a disminuir, por la sencilla razón de que no se puede matar a alguien y al mismo tiempo comerciar con él."

En otro orden de cosas, la doctrina de la tabla rasa, si bien puede ser usada como justificación de la plena igualdad humana, tiene su reverso en las doctrinas totalitarias que han impregnado el siglo XX. Si la mente humana era un papel en blanco en el que podía escribirse cualquier cosa, no sería difícil crear a un hombre nuevo, representante de una raza o ideología superior. Los procesos revolucionarios que intentan instalar un nuevo tipo de sociedad suelen fracasar porque no tienen en cuenta las características innatas del ser humano: la voluntad de dominio, la codicia y otras realidades oscuras de nuestra psique no van a refrenarse por la construcción de un nuevo mundo utópico. Es mucho mejor ir despacio y profundizar en nuestras imperfectas democracias, basadas en el control de unos poderes por otros, mucho mejor amoldadas a nuestra tendencia a corrompernos. Por eso es tan importante la idea del castigo frente a las malas conductas, que sería irrelevante si el hombre fuera un ser bueno por naturaleza.

Así pues, ni la tabla rasa ni determinismo (aquella teoría que postula que estamos absolutamente determinados por nuestra genética), ni fantasma de la máquina (la teoría cartesina en torno al dualismo alma-cuerpo), son definiciones válidas para la naturaleza humana. El verdadero progreso humano llegará cuando entendamos esto y podamos enfrentarnos de modo eficiente a esos instintos innatos que todavía nos hacen ser codiciosos a la vez que cooperativos, agresivos a la vez que capaces de amar, asesinos en nombre de la propia tribu y mártires en nombre de los derechos humanos. Con estas contradicciones se ha ido construyendo la humanidad, pero como decía Carl Sagan, somos una especie muy prometedora y lo que hagamos de nuestro futuro solo depende de nosotros mismos. Steven Pinker lo expresa así:

"La existencia de la naturaleza humana no es una doctrina reaccionaria que nos condene a la opresión, la violencia y la codicia eternas. Evidentemente debemos intentar reducir la conducta perniciosa, del mismo modo que tratamos de reducir calamidades como el hambre, la enfermedad y las catástrofes. Pero para luchar contra estas desgracias no negamos los hechos molestos de la naturaleza, sino que enfrentamos a algunos de ellos contra otros. Para que los esfuerzos por conseguir el cambio social sean efectivos, deben identificar los recursos morales y cognitivos que hacen que determinados tipos de cambio sean posibles. Y para que los esfuerzos sean humanos, han de reconocer los placeres y las penurias universales que hacen que algunos tipos de cambio sean deseables."

SUITE FRANCESA (2014), DE SAUL DIBB. TORMENTA EN JUNIO.

La fulminante derrota francesa por parte de las divisiones Panzer alemanas en junio de 1940 supuso toda una conmoción, un cambio radical para la población que se produjo en pocas semanas. Como testigo privilegiado de los hechos, la escritora Irene Nemirovsky emprendió la escritura de un conjunto de novelas que, bajo el título de Suite francesa, reflejaran el ambiente de la ocupación y los profundos cambios históricos, a la vez que estos se iban produciendo. Lo que no podía sospechar la autora es que ella misma se iba a convertir en otra víctima de la historia, puesto que Nemirovsky sería deportada a Auschwitz en 1942, donde fue asesinada junto a otros millones de seres humanos. El manuscrito permaneció oculto por su hija durante más de cincuenta años, hasta que se decidió a leerlo, publicándose en 2004. Suite francesa constituye una obra literaria de primer orden, no solo por haber sido escrita, casi como si de una corresponsal de guerra se tratara, en circunstancias muy difíciles y reflejando con absoluta fidelidad el ambiente y las pequeñas miserias de la ocupación.

Lucile es una muchacha a la que su madre obligó a casarse con el hijo de una rica propietaria de un pueblo del centro de Francia. Su marido ha desaparecido en el frente y, junto al resto de los habitantes de la población, esperan con ansiedad el desenlace inminente de la invasión alemana, con la llegada de las tropas de ocupación. Antes Lucile ha podido asistir a un bombardeo aéreo de Stukas contra la población civil que huye de París, en una escena muy bien filmada que da comienzo a la película. Estos pequeños Guernikas que se iban produciendo por toda Francia aleccionaban a la gente acerca de quienes eran los vencedores, a los que a partir de aquel momento se les debía obediencia absoluta, si no querían verse envueltos en feroces represalias. 

A pesar de todo, los rubios conquistadores de ojos azules se mostraron amables al principio con la población. Pronto, muchos franceses aprovecharon la nueva situación para confraternizar con los nuevos amos y denunciar a sus vecinos, acusándolos de comunistas o, lo que era aún peor, de judíos. La película de Dibb refleja muy bien este microcosmos de pequeñas miserias, que creaba unas tensiones que eran muy bien aprovechadas por los alemanes para depurar a los elementos considerados peligrosos para sus intereses, aunque a veces la situación se les iba de las manos y era algún soldado de la Wehrmacht el que acababa siendo asesinado por el germen de la futura Resistencia y comenzaba el círculo de las represalias.

Suite francesa es una adaptación muy fiel, aunque necesariamente depurada, del texto de Nemirovsky, pero que acaba siendo víctima de su falta de ambición. Parece como si Dibb no hubiera querido arriesgar nada y se limitara a filmar la historia con un correcto estilo académico, pero sin aportar nada relevante al original literario. La historia de amor se sostiene gracias al buen trabajo de los dos protagonistas, pero el resto resulta demasiado frío y a veces incluso poco verosímil, aunque sí que logra incitar a la lectura del original. Yo lo hice hace algunos años y es una experiencia que sí que merece la pena.