Es curioso, pero al igual que el año pasado, el libro que más me ha gustado, en dura competencia con el segundo, es una novela francesa del siglo XIX. Claro que no es una novela cualquiera, sino (y en esto también coincide con Madame Bovary) una obra que he leído más de una vez y que he disfrutado de manera distinta en todas las ocasiones. Este año la lista aumenta a diez más, porque siempre se quedan fuera buenas obras. Echar la vista atrás y recordar los momentos en los que estaba leyendo cada libro, es una buena manera de hacer balance del año. Ya solo me queda desearles un feliz 2014, lleno de buenas lecturas. Ahí va la lista:
1.- La taberna, de Emile Zola.
2.- Los hijos del Arbat, de Anatoli Ribakov.
3.- Todo Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle.
4.- San Manuel Bueno Mártir, de Miguel de Unamuno.
5.- Stasiland, de Anna Funder.
6.- El crimen del Padre Amaro, de José María Eça de Queiroz.
7.- La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina.
8.- La invención de los derechos humanos, de Lynn Hunt.
9.- El cero y el infinito, de Arthur Koestler.
10.- El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson.
11.- La Biblia en España, de George Borrow.
12.- La muerte en Venecia, de Thomas Mann.
13.- Una historia de la lectura, de Alberto Manguel.
14.- Vida de un esclavo americano contada por él mismo, de Frederick Douglass.
15.- Doña Perfecta, de Benito Pérez Galdós.
16.- El extranjero, de Albert Camus.
17.- Una soledad demasiado ruidosa, de Bohumil Hrabal.
18.- Niebla, de Miguel de Unamuno.
19.- Vida y muerte en el Tercer Reich, de Peter Fritzsche.
20.- Historia de una escalera, de Antonio Buero Vallejo.
22.- Todo lo que era sólido, de Antonio Muñoz Molina.
23.- La diversidad de la ciencia, de Carl Sagan.
24.- Diario de un hombre superfluo, de Iván Turguénev.
25.- Washington Square, de Henry James.
26.- El último encuentro, de Sándor Márai.
27.- Memorias de una joven formal, de Simone de Beauvoir.
28.- El pan a secas, de Mohamed Chukri.
29.- El rayo que no cesa, de Miguel Hernández.
30.- La historia del Cristianismo, de Paul Johnson.
31.- Vuelta de tuerca, de Henry James.
32.- El triunfo de las ciudades, de Edward Glaeser.
33.- Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.
34.- Stanley Kubrick, de John Baxter.
35.- El caballero sueco, de Leo Perutz.
36.- El miedo a la libertad, de Erich Fromm.
37.- El pianista del gheto de Varsovia, de Wladyslaw Szpilman.
38.- Fraudes paranormales, de James Randi.
39.- Guerra Mundial Z, de Max Brooks.
40.- Neurocultura, de Francisco Mora.
41.- Pórtico, de Frederik Pohl.
42.- El héroe de las mil caras, de Joseph Campbell.
43.- Auto de fe, de Elias Canetti.
44.- Algo va mal, de Tony Judt.
45.- Cuando el hombre encontró al perro, de Konrad Lorenz
46.- Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez.
47.- El Maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov.
48.- Los peces de la amargura, de Fernando Aramburu.
49.- Yerma, de Federico García Lorca.
50.- Historia del tiempo, de Stephen Hawking.
51.- El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince.
52.- León el Africano, de Amin Maalouf.
53.- El amor de Erika Ewald, de Stefan Zweig.
54.- Rommel, de Desmond Young.
55.- Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño.
56.- La era de la Revolución, 1789-1848, de Eric Hobsbawm.
57.- Vida líquida, de Zygmunt Bauman.
58.- En tierras bajas, de Herta Müller.
59.- América, América, de Ethan Canin.
60.- Los sordos, de Rodrigo Rey Rosa.
61.- Los soldados, de Pablo Aranda.
62.- El alma está en el cerebro, de Eduardo Punset.
63.- Leer y conversar, una introducción a los clubes de lectura, de Jesús Aranda y Belén Galindo.
64.- El libro de los pequeños milagros, de Juan Jacinto Muñoz Rengel.
65.- Tiempo de cambios, de Robert Silverberg.
66.- Cosecha roja, de Dashiell Hammett.
67.- Te voy a contar, de Sara Gordan.
68.- La vida ante sí, de Émile Ajar.
69.- El castillo de la carta cifrada, de Javier Tomeo.
70.- La desbandá, de Luis Melero.
martes, 31 de diciembre de 2013
LOS TREINTA MEJORES ESTRENOS QUE VI EN 2013
Como el año pasado, termino el año poniendo un par de listas. La primera, de las mejores películas que he visto en 2013. Es una lista muy personal, por supuesto. Y además, como casi siempre acudo a cines de centro comercial, se escapan de la misma películas muy interesantes destinadas a públicos más minoritarios. Es curioso que la última que he visto, sea la primera en el ranking.
1.- Doce años de esclavitud, de Steve McQueen.
2.- Hannah Arendt, de Margarethe Von Trotta.
3.- La noche más oscura, de Kathryn Bigelow
4.- Rush, de Ron Howard.
5.- No, de Pablo Larraín.
6.- Gravity, de Alfonso Cuarón.
7.- Blue Jasmine, de Woody Allen.
8.- El consejero, de Ridley Scott.
9.- Stoker, de Park Chan-Wook.
10.- Pacific Rim, de Guillermo del Toro.
11.- Los Miserables, de Tom Hooper.
12.- Expediente Warren, the conjuring, de James Wan.
13.- Oblivion, de Joseph Kosinski.
14.- Hitchcock, de Sacha Gervasi.
15.- Star Trek, en la oscuridad, de J.J. Abrams.
16.- El hombre de acero, de Zack Snyder
17.- The Master, de Paul Thomas Anderson.
18.- Ayer no termina nunca, de Isabel Croixet.
19.- El mayordomo, de Lee Daniels.
20.- Django desencadenado, de Quentin Tarantino.
21.- Monstruos University, de Dan Scanlon.
22.- Un invierno en la playa, de Josh Boone.
23.- Elysium, de Neill Blomkamp.
24.- Quince años y un día, de Gracia Querejeta.
25.- Iron Man 3, de Shane Black.
26.- El lado bueno de las cosas, de David O. Russell.
27.- Tesis sobre un homicidio, de Hernán Goldfrid.
28.- Lobezno inmortal, de James Mangold,
29.- Thor, el reino oscuro, de Alan Taylor.
30.- Séptimo, de Patxi Amezcua.
1.- Doce años de esclavitud, de Steve McQueen.
2.- Hannah Arendt, de Margarethe Von Trotta.
3.- La noche más oscura, de Kathryn Bigelow
4.- Rush, de Ron Howard.
5.- No, de Pablo Larraín.
6.- Gravity, de Alfonso Cuarón.
7.- Blue Jasmine, de Woody Allen.
8.- El consejero, de Ridley Scott.
9.- Stoker, de Park Chan-Wook.
10.- Pacific Rim, de Guillermo del Toro.
11.- Los Miserables, de Tom Hooper.
12.- Expediente Warren, the conjuring, de James Wan.
13.- Oblivion, de Joseph Kosinski.
14.- Hitchcock, de Sacha Gervasi.
15.- Star Trek, en la oscuridad, de J.J. Abrams.
16.- El hombre de acero, de Zack Snyder
17.- The Master, de Paul Thomas Anderson.
18.- Ayer no termina nunca, de Isabel Croixet.
19.- El mayordomo, de Lee Daniels.
20.- Django desencadenado, de Quentin Tarantino.
21.- Monstruos University, de Dan Scanlon.
22.- Un invierno en la playa, de Josh Boone.
23.- Elysium, de Neill Blomkamp.
24.- Quince años y un día, de Gracia Querejeta.
25.- Iron Man 3, de Shane Black.
26.- El lado bueno de las cosas, de David O. Russell.
27.- Tesis sobre un homicidio, de Hernán Goldfrid.
28.- Lobezno inmortal, de James Mangold,
29.- Thor, el reino oscuro, de Alan Taylor.
30.- Séptimo, de Patxi Amezcua.
LITERATURA Y EMOCIÓN
Un pequeño texto que he escrito para despedir el año en el blog de Más Libros Libres, un proyecto que crece en personas, ilusiones y libros día a día:
http://blog.maslibroslibres.com/la-emocion-de-la-literatura/
http://blog.maslibroslibres.com/la-emocion-de-la-literatura/
sábado, 28 de diciembre de 2013
HISTORIA DEL TIEMPO (1988), DE STEPHEN HAWKING. EL HOMBRE ANTE LA INMENSIDAD.
Por mucho que la ciencia nos haya explicado ya, el simple hecho de mirar al cielo nocturno sigue siendo una fuente de misterios para el hombre. Si fuera verdad que somos los reyes de la creación, como hemos creído durante muchos siglos ¿a qué viene colocarnos en un pequeño planeta perdido en un rincón de una inmensa galaxia, que es solo una más entre miles de millones? Somos una pequeña mota de existencia no solo en el espacio, sino también en el tiempo. Si las últimas estimaciones aseguran que han transcurrido unos 15.000 millones de años desde el Big Bang ¿qué es una vida humana sino menos que una gota en este océano de tiempo?
El ensayo de Stephen Hawking, uno de los más populares libros de ciencia que se han escrito nunca, intenta arrojar luz sobre algunos de estos enigmas dirigiéndose a un público profano, aunque a veces no pueda evitar que lectores profanos como yo se pierdan un poco cuando habla de las propiedades de las ondas o de las partículas. En cualquier caso, la mayor parte del tiempo Hawking tiene cuidado de explicarse con claridad, al igual que lo hacía en la magnífica serie de documentales que tuve ocasión de ver no hace mucho. Para los científicos está bastante claro que el tiempo y el universo no son eternos, sino que hubo un primer instante, una gran explosión resultante de una gran masa de energía que englobaba en un solo punto al universo entero. También está probado que en el momento actual el universo se halla en expansión, extendiendo sus fronteras en todas direcciones. Lo que es más discutible es si en algún momento entrará en contracción, volviendo al momento inicial y si eso tendría repercusiones en el tiempo.
Respecto al tiempo, las teorías científicas del último siglo han sido tan sorprendentes que han destruido el concepto tradicional de tiempo. Ya no es algo absoluto, sino que depende de la posición del observador. Por ejemplo, al situarnos junto a un objeto de gran masa (un agujero negro, por ejemplo, aunque nadie sobreviviría si se situara demasiado cerca) el tiempo transcurre más despacio. Dentro del agujero negro, está también el final del tiempo, o al menos una frontera que no puede volver a cruzarse hacia el exterior. También, como es conocido, si alguien fuera capaz de viajar a la velocidad de la luz, su tiempo sería muy distinto del de los que quedaran atrás y, de volver a la Tierra alguna vez, habrían transcurrido siglos, mientras que para el viajero habrían transcurrido solo pocos años. A día de hoy tenemos pocas esperanzas de alcanzar las estrellas. Aun si consiguieramos viajar a la velocidad de la luz, los viajes serían demasiado largos. La física nos asegura que superar dicha velocidad es imposible, porque la masa del objeto se haría infinita y haría falta una cantidad de energía impensable para mover a ese objeto. Nuestra única esperanza serían los agujeros de gusano, una anomalía del universo que (en teoría) podría funcionar como un tubo que uniera dos puntos muy distantes. Lo malo es que estos agujeros suelen tener un tamaño extremadamente pequeño, pero quien sabe si la tecnología de dentro de varios siglos nos permitirá obtener la suficiente energía como para ensancharlos...
El mismo Hawking bromea a veces acerca de sus propias teorías. Una de las más interesantes es la posibilidad de viajes en el tiempo que nos ofrecerían estas anomalías espaciales. Desde luego, el viaje hacia el pasado es altamente improbable, si no hubiéramos ya recibido a algún viajero del futuro. Hacia el futuro siempre estamos viajando pero, teóricamente, sería posible acelerar la velocidad de este viaje. Por no hablar de la posibilidad de universos paralelos y de la existencia de otras dimensiones que no podemos apreciar a simple vista... Es difícil, incluso para los especialistas, estar al día en todos los avances científicos, puesto que estas materias se han singularizado tanto, que es imposible ser experto en todas ellas. Al menos los que tenemos poca idea de ciencia podemos echar mano de autores como Hawking, Sagan o Dawkins para que iluminen un poco nuestra ignorancia.
El ensayo de Stephen Hawking, uno de los más populares libros de ciencia que se han escrito nunca, intenta arrojar luz sobre algunos de estos enigmas dirigiéndose a un público profano, aunque a veces no pueda evitar que lectores profanos como yo se pierdan un poco cuando habla de las propiedades de las ondas o de las partículas. En cualquier caso, la mayor parte del tiempo Hawking tiene cuidado de explicarse con claridad, al igual que lo hacía en la magnífica serie de documentales que tuve ocasión de ver no hace mucho. Para los científicos está bastante claro que el tiempo y el universo no son eternos, sino que hubo un primer instante, una gran explosión resultante de una gran masa de energía que englobaba en un solo punto al universo entero. También está probado que en el momento actual el universo se halla en expansión, extendiendo sus fronteras en todas direcciones. Lo que es más discutible es si en algún momento entrará en contracción, volviendo al momento inicial y si eso tendría repercusiones en el tiempo.
Respecto al tiempo, las teorías científicas del último siglo han sido tan sorprendentes que han destruido el concepto tradicional de tiempo. Ya no es algo absoluto, sino que depende de la posición del observador. Por ejemplo, al situarnos junto a un objeto de gran masa (un agujero negro, por ejemplo, aunque nadie sobreviviría si se situara demasiado cerca) el tiempo transcurre más despacio. Dentro del agujero negro, está también el final del tiempo, o al menos una frontera que no puede volver a cruzarse hacia el exterior. También, como es conocido, si alguien fuera capaz de viajar a la velocidad de la luz, su tiempo sería muy distinto del de los que quedaran atrás y, de volver a la Tierra alguna vez, habrían transcurrido siglos, mientras que para el viajero habrían transcurrido solo pocos años. A día de hoy tenemos pocas esperanzas de alcanzar las estrellas. Aun si consiguieramos viajar a la velocidad de la luz, los viajes serían demasiado largos. La física nos asegura que superar dicha velocidad es imposible, porque la masa del objeto se haría infinita y haría falta una cantidad de energía impensable para mover a ese objeto. Nuestra única esperanza serían los agujeros de gusano, una anomalía del universo que (en teoría) podría funcionar como un tubo que uniera dos puntos muy distantes. Lo malo es que estos agujeros suelen tener un tamaño extremadamente pequeño, pero quien sabe si la tecnología de dentro de varios siglos nos permitirá obtener la suficiente energía como para ensancharlos...
El mismo Hawking bromea a veces acerca de sus propias teorías. Una de las más interesantes es la posibilidad de viajes en el tiempo que nos ofrecerían estas anomalías espaciales. Desde luego, el viaje hacia el pasado es altamente improbable, si no hubiéramos ya recibido a algún viajero del futuro. Hacia el futuro siempre estamos viajando pero, teóricamente, sería posible acelerar la velocidad de este viaje. Por no hablar de la posibilidad de universos paralelos y de la existencia de otras dimensiones que no podemos apreciar a simple vista... Es difícil, incluso para los especialistas, estar al día en todos los avances científicos, puesto que estas materias se han singularizado tanto, que es imposible ser experto en todas ellas. Al menos los que tenemos poca idea de ciencia podemos echar mano de autores como Hawking, Sagan o Dawkins para que iluminen un poco nuestra ignorancia.
jueves, 26 de diciembre de 2013
UP IN THE AIR (2001), DE WALTER KIRN Y DE JASON REITMAN (2009). LIGERO DE EQUIPAJE.
Segunda vez que veo la película de Jason Reitman (esta vez después de leer la novela) y segunda vez que tiene mi admiración, sobre todo después de comprobar el inteligente uso que realiza de un material literario que no resultaba a priori demasiado cinematográfico. De hecho, partiendo del mismo personaje, lo que cuentan ambas obras no tiene mucho que ver. Aquí el artículo:
http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2013/12/up-in-air.html
domingo, 22 de diciembre de 2013
DOÑA PERFECTA (1876), DE BENITO PÉREZ GALDÓS. LAS DOS ESPAÑAS DE ORBAJOSA.
Hasta hace poco era bastante reticente a emprender segundas lecturas, salvo casos muy especiales, pero este año, que ha sido pródigo en ellas, me ha enseñado que en realidad lo que se vuelve a leer tiene poco que ver con los recuerdos que me habían dejado ciertas novelas leídas hace años. Doña Perfecta, cuyo redescubrimiento ha venido patrocinado por el club de lectura de la Biblioteca Provincial, no ha sido una excepción. Donde yo había advertido a un personaje noble que tiene la mala suerte de caer en un lugar donde no es bienvenido, veo ahora una metáfora de las dos Españas, con Galdós ejerciendo de profeta muy a su pesar. En cierto modo, Doña Perfecta es una obra de contenido político en la que el escritor canario nos describe la escisión casi irreconciliable (como tristemente certificaron las Guerras Carlistas) entre dos maneras de entender el país: una moderna que mira a la ciencia y a Europa y que quisiera acabar con los inmensos privilegios de la Iglesia católica y otra absolutamente conservadora que vive mirando a un presunto pasado glorioso de la nación y quisiera volver a los tiempos del teocentrismo, siendo el catolicismo y España una misma cosa. En el discurso de don Inocencio, el sacerdote de Orbajosa, hay reminiscencias de la España de la Reconquista mezcladas con un falso deseo de martirio, puesto que en realidad lo que anhela su corazón es lo que acabaría sucediendo varias décadas más tarde: el surgimiento de una cruzada contra la anti-España:
"En aquel centro de corrupción (Madrid), de escándalo, de irreligiosidad y descreimiento, unos cuantos hombres malignos, comprados por el oro extranjero, se emplean en destruir en nuestra España la semilla de la fe... (...) Sé muy bien que nos aguardan días terribles; que cuantos vestimos el hábito sacerdotal tenemos la vida pendiente de un cabello, porque España, no lo duden Vds, presenciará escenas como aquellas de la Revolución Francesa en que perecieron miles de sacerdotes piadosísimos en un mismo día... Mas no me apuro. Cuando toquen a degollar presentaré mi cuello: ya he vivido bastante. ¿Para qué sirvo yo? Para nada, para nada, para nada."
La llegada de Pepe Rey, el protagonista, a Orbajosa, es ya premonitoria. Encuentra un paisaje desolado habitado por gentes tan ignorantes como orgullosas, que estiman que su tierra es la mejor del mundo. Algo de eso había advertido ya en sus viajes por España George Borrow, que detectó esa absurda soberbia en los pueblos más miserables. En Orbajosa, el único ser interesado por el conocimiento es don Cayetano, que resulta ser una caricatura de intelectual, un hombre un poco ido, empeñado en demostrar que los hijos de Orbajosa han estado presentes en todos los episodios de la historia patria a través de un método tan erudito como absurdo. La auténtica autoridad cultural del pueblo es don Inocencio, cuyas palabras cargadas de razones teológicas, conmueven el corazón de todo hijo de vecino. Pepe Rey se ha criado en ambientes más liberales y cuenta con estudios universitarios y un espíritu práctico y científico que choca de manera contundente con los usos tradicionales de un pueblo en el que la más mínima chispa va a hacer saltar las ganas de organizar partidas para rebelarse contra el gobierno central.
Hay una fuerza poderosa que mueve a los personajes, a doña Perfecta, a don Inocencio y a doña Remedios y esta no es otra que la ambición, la voluntad de dominio a través de la pureza que otorga la religión y la propiedad. Doña Perfecta está cómoda en su papel de cacique del pueblo y la llegada de su sobrino no es más que una molestia en su irreprochable vida. Entre ella y el cura manejan en la sombra los hilos del pueblo y saben insertar en las mentes simples las ideas de levantamiento y violencia sin que parezca que son ellos los que incitan, tan solo mostrando que la presencia de tropas gubernamentales en Orbajosa conspira contra sus intereses. Todo ello lo mezclan con la natural exaltación religiosa y la idea de guerra santa, conceptos que, como he dicho antes, sobrevivirían en ciertos círculos durante décadas y luego serían empleados como excusa para lanzar una guerra fraticida en nuestro país.
Me quedo con una de las frases del sabio don Inocencio, un maestro de las evasivas y de las indirectas de relamido discurso, en la que lanza sus dardos contra la ciencia moderna, ante el peligro de que acabe desbancando a los postulados de la teología como verdades indiscutibles:
"(...)la ciencia, tal como la estudian y propagan los modernos, es la muerte del sentimiento y de las dulces ilusiones. Con ella la vida del espíritu se amengua; todo se reduce a reglas fijas, y los mismos encantos sublimes de la Naturaleza desaparecen. Con la ciencia destrúyese lo maravilloso en las artes, así como la fe en el alma. La ciencia dice que todo es mentira y todo lo quiere poner en guarismos y rayas, no solo maría ac terras, donde estamos nosotros, sino también aelumque profundum, donde está Dios... Los admirables sueños del alma, su arrobamiento místico, la inspiración misma de los poetas. El corazón es una esponja, el cerebro una gusanera."
"En aquel centro de corrupción (Madrid), de escándalo, de irreligiosidad y descreimiento, unos cuantos hombres malignos, comprados por el oro extranjero, se emplean en destruir en nuestra España la semilla de la fe... (...) Sé muy bien que nos aguardan días terribles; que cuantos vestimos el hábito sacerdotal tenemos la vida pendiente de un cabello, porque España, no lo duden Vds, presenciará escenas como aquellas de la Revolución Francesa en que perecieron miles de sacerdotes piadosísimos en un mismo día... Mas no me apuro. Cuando toquen a degollar presentaré mi cuello: ya he vivido bastante. ¿Para qué sirvo yo? Para nada, para nada, para nada."
La llegada de Pepe Rey, el protagonista, a Orbajosa, es ya premonitoria. Encuentra un paisaje desolado habitado por gentes tan ignorantes como orgullosas, que estiman que su tierra es la mejor del mundo. Algo de eso había advertido ya en sus viajes por España George Borrow, que detectó esa absurda soberbia en los pueblos más miserables. En Orbajosa, el único ser interesado por el conocimiento es don Cayetano, que resulta ser una caricatura de intelectual, un hombre un poco ido, empeñado en demostrar que los hijos de Orbajosa han estado presentes en todos los episodios de la historia patria a través de un método tan erudito como absurdo. La auténtica autoridad cultural del pueblo es don Inocencio, cuyas palabras cargadas de razones teológicas, conmueven el corazón de todo hijo de vecino. Pepe Rey se ha criado en ambientes más liberales y cuenta con estudios universitarios y un espíritu práctico y científico que choca de manera contundente con los usos tradicionales de un pueblo en el que la más mínima chispa va a hacer saltar las ganas de organizar partidas para rebelarse contra el gobierno central.
Hay una fuerza poderosa que mueve a los personajes, a doña Perfecta, a don Inocencio y a doña Remedios y esta no es otra que la ambición, la voluntad de dominio a través de la pureza que otorga la religión y la propiedad. Doña Perfecta está cómoda en su papel de cacique del pueblo y la llegada de su sobrino no es más que una molestia en su irreprochable vida. Entre ella y el cura manejan en la sombra los hilos del pueblo y saben insertar en las mentes simples las ideas de levantamiento y violencia sin que parezca que son ellos los que incitan, tan solo mostrando que la presencia de tropas gubernamentales en Orbajosa conspira contra sus intereses. Todo ello lo mezclan con la natural exaltación religiosa y la idea de guerra santa, conceptos que, como he dicho antes, sobrevivirían en ciertos círculos durante décadas y luego serían empleados como excusa para lanzar una guerra fraticida en nuestro país.
Me quedo con una de las frases del sabio don Inocencio, un maestro de las evasivas y de las indirectas de relamido discurso, en la que lanza sus dardos contra la ciencia moderna, ante el peligro de que acabe desbancando a los postulados de la teología como verdades indiscutibles:
"(...)la ciencia, tal como la estudian y propagan los modernos, es la muerte del sentimiento y de las dulces ilusiones. Con ella la vida del espíritu se amengua; todo se reduce a reglas fijas, y los mismos encantos sublimes de la Naturaleza desaparecen. Con la ciencia destrúyese lo maravilloso en las artes, así como la fe en el alma. La ciencia dice que todo es mentira y todo lo quiere poner en guarismos y rayas, no solo maría ac terras, donde estamos nosotros, sino también aelumque profundum, donde está Dios... Los admirables sueños del alma, su arrobamiento místico, la inspiración misma de los poetas. El corazón es una esponja, el cerebro una gusanera."
Etiquetas:
benito pérez galdós,
literatura,
literatura española,
literatura siglo XIX
DOCE AÑOS DE ESCLAVITUD (2013), DE STEVE MCQUEEN. LA BANALIDAD DEL LÁTIGO.
Hace unos meses leí una obra de esas que dejan marcada la conciencia para siempre: Vida de un esclavo escrita por él mismo, de Frederick Douglass. Se trataba de un libro autobiográfico en el que un antiguo esclavo contaba su vida en los Estados Unidos de mitad del siglo XIX. Luego descubrí que este tipo de obras se convirtieron en todo un género en aquella época, con el fin principal de ayudar a la causa abolicionista, haciendo ver a los lectores que los negros con los que se comerciaba impunemente eran también seres humanos.
En esta corriente se enmarca Doce años de esclavitud, adaptación de un libro de Solomon Northup, que cuenta su infernal experiencia después de ser engañado y vendido como esclavo. A diferencia de Douglass, que nació de padres esclavos y no conoció otra vida hasta su madurez, Northup era un hombre libre y próspero, que había fundado una familia en Saratoga, además de un excelente músico. Es difícil imaginar lo que debió sentir este hombre cuando fue separado de su familia, trasladado al Sur y vendido como si fuera un animal a un amo que tendría derecho a tratarlo como a un objeto de su propiedad. Decía Aristóteles en su Política que la humanidad se divide en dos, amos y esclavos. Pues bien, la condición de esclavo implicaba el trabajo sin descanso para un amo que podía tratar a su mercancía con mayor o menor humanidad, pero su principal preocupación al respecto era de índole capitalista: cómo sacar la mayor rentabilidad a su inversión en una economía (la sureña de Estados Unidos) eminentemente rural y cuya explotación de de estos trabajadores forzados producía enormes beneficios. Cuanto más se portara el esclavo como un animal dócil, más posibilidades tenía de seguir viviendo y no ser castigado. Lo que más odiaba la mayoría de los propietarios es que sus bestias mostraran signos de inteligencia. Y para el esclavo culto, conocer la injusticia a la que estaba siendo sometido era el mayor de sus tormentos, como escribía Frederick Douglass:
“(…) aprender a leer había sido una maldición más que una bendición. Me había permitido apreciar la desgracia de mi condición, sin proporcionar un remedio. Me abrió los ojos al espantoso pozo, pero sin darme una sola escalerilla por la que salir. En momentos de angustia envidiaba a mis compañeros de esclavitud por su ignorancia. He deseado muchas veces ser un animal. Prefería la condición del más mísero reptil a la mía. ¡Cualquier cosa, fuese la que fuese, con tal de librarme de pensar!”
En la magistral película de Steve McQueen las imágenes son el testimonio del espíritu de una época en la que la esclavitud era algo tan natural, tan insertado en la vida cotidiana, que resultaba difícil que quien hubiera crecido en aquel ambiente se cuestionara el status quo. Además, la interpretación interesada de ciertos pasajes de la Biblia (la Biblia sirve también para reforzar las ideologías más inhumanas) daba alimento espiritual a quienes creían en la superioridad de ciertas razas sobre otras, cuyos miembros ni siquiera tenían alma. Esta cotidianidad infame me recuerda mucho a lo que expresaba Hannah Arendt en su crónica del juicio en Jerusalén de Adolf Eichmann: la banalidad del mal ejercitado por gente normal que no es capaz de ver el horror que desencadenan sus acciones. Fustigar la piel de una mujer negra hasta arrancarsela a tiras no es más que una consecuencia lógica de las seducciones que ha ejercicido sobre su amo, el cual no tiene más remedio que redimir su pecado de lujuria castigando al objeto del mismo.
Si Doce años de esclavitud estremece es precisamente por eso, porque los espectadores podemos vernos reflejados en los privilegiados, en los que se aprovechan de leyes injustas para cumplir la ley del mercado que estipula la consecución de máximos beneficios al mínimo coste. La trata de esclavos era más un asunto económico que otra cosa, una competencia del derecho mercantil. La mirada del propietario (un espléndido Michael Fassbender, como de costumbre) sobre su mercancía lo dice todo. Él es el amo, el que regula los ritmos de trabajo y la vida y la muerte de sus negros. La oscuridad del alma humana está condensada en esa mirada. Quizá dentro de un siglo podamos ver una película acerca de cómo nos aprovechamos los privilegiados de hoy en día del trabajo semiesclavo de tantos asiáticos que entierran sus vidas en talleres subterráneos. Y volveremos a estremecernos de horror y a cuestionarnos cómo tal sistema era posible.
En esta corriente se enmarca Doce años de esclavitud, adaptación de un libro de Solomon Northup, que cuenta su infernal experiencia después de ser engañado y vendido como esclavo. A diferencia de Douglass, que nació de padres esclavos y no conoció otra vida hasta su madurez, Northup era un hombre libre y próspero, que había fundado una familia en Saratoga, además de un excelente músico. Es difícil imaginar lo que debió sentir este hombre cuando fue separado de su familia, trasladado al Sur y vendido como si fuera un animal a un amo que tendría derecho a tratarlo como a un objeto de su propiedad. Decía Aristóteles en su Política que la humanidad se divide en dos, amos y esclavos. Pues bien, la condición de esclavo implicaba el trabajo sin descanso para un amo que podía tratar a su mercancía con mayor o menor humanidad, pero su principal preocupación al respecto era de índole capitalista: cómo sacar la mayor rentabilidad a su inversión en una economía (la sureña de Estados Unidos) eminentemente rural y cuya explotación de de estos trabajadores forzados producía enormes beneficios. Cuanto más se portara el esclavo como un animal dócil, más posibilidades tenía de seguir viviendo y no ser castigado. Lo que más odiaba la mayoría de los propietarios es que sus bestias mostraran signos de inteligencia. Y para el esclavo culto, conocer la injusticia a la que estaba siendo sometido era el mayor de sus tormentos, como escribía Frederick Douglass:
“(…) aprender a leer había sido una maldición más que una bendición. Me había permitido apreciar la desgracia de mi condición, sin proporcionar un remedio. Me abrió los ojos al espantoso pozo, pero sin darme una sola escalerilla por la que salir. En momentos de angustia envidiaba a mis compañeros de esclavitud por su ignorancia. He deseado muchas veces ser un animal. Prefería la condición del más mísero reptil a la mía. ¡Cualquier cosa, fuese la que fuese, con tal de librarme de pensar!”
En la magistral película de Steve McQueen las imágenes son el testimonio del espíritu de una época en la que la esclavitud era algo tan natural, tan insertado en la vida cotidiana, que resultaba difícil que quien hubiera crecido en aquel ambiente se cuestionara el status quo. Además, la interpretación interesada de ciertos pasajes de la Biblia (la Biblia sirve también para reforzar las ideologías más inhumanas) daba alimento espiritual a quienes creían en la superioridad de ciertas razas sobre otras, cuyos miembros ni siquiera tenían alma. Esta cotidianidad infame me recuerda mucho a lo que expresaba Hannah Arendt en su crónica del juicio en Jerusalén de Adolf Eichmann: la banalidad del mal ejercitado por gente normal que no es capaz de ver el horror que desencadenan sus acciones. Fustigar la piel de una mujer negra hasta arrancarsela a tiras no es más que una consecuencia lógica de las seducciones que ha ejercicido sobre su amo, el cual no tiene más remedio que redimir su pecado de lujuria castigando al objeto del mismo.
Si Doce años de esclavitud estremece es precisamente por eso, porque los espectadores podemos vernos reflejados en los privilegiados, en los que se aprovechan de leyes injustas para cumplir la ley del mercado que estipula la consecución de máximos beneficios al mínimo coste. La trata de esclavos era más un asunto económico que otra cosa, una competencia del derecho mercantil. La mirada del propietario (un espléndido Michael Fassbender, como de costumbre) sobre su mercancía lo dice todo. Él es el amo, el que regula los ritmos de trabajo y la vida y la muerte de sus negros. La oscuridad del alma humana está condensada en esa mirada. Quizá dentro de un siglo podamos ver una película acerca de cómo nos aprovechamos los privilegiados de hoy en día del trabajo semiesclavo de tantos asiáticos que entierran sus vidas en talleres subterráneos. Y volveremos a estremecernos de horror y a cuestionarnos cómo tal sistema era posible.
Una de las más gratas sorpresas de mi vida de lector ha sido
el descubrir la existencia de toda una literatura autobiográfica del siglo XIX escrita
por los antiguos esclavos de Estados Unidos, que lograban escapar de su
cautiverio y que publicaban los abolicionistas del Norte para ganar adeptos a
su causa. Dichos escritos poseen un particular valor histórico y literario, son
testimonios de primera mano de una de las más terribles lacras que asoló
durante muchas décadas a la joven nación estadounidense y que solo logró
abolirse (sobre el papel, pues la discriminación siguió existiendo muchas
décadas más) después de una cruenta guerra civil.
Frederick Douglass no conoció durante sus veinte primeros
años de existencia otro estado que el de la esclavitud. Para los propietarios
sureños estos seres se asemejaban a animales, no eran considerados seres
humanos completos, sino posesiones materiales destinadas a obtener un beneficio
económico para el amo. Por eso era importante que el esclavo estuviera conforme
con su situación y no pensara nunca en escapar, que se sintiera inferior, como
una bestia de carga a la que se le ofrece un granero para dormir y comida. Si
Douglass tomó conciencia de su estado fue porque tuvo la suerte de que una de
sus amas, más compasiva que la mayoría, le enseñara algunas nociones de
lectura. Cuando el marido se enteró, reaccionó escandalizado: le espetó a su
esposa que estaba cometiendo el mayor pecado en el que se puede incurrir con un
esclavo: ofrecerle conocimientos, ampliar sus horizontes. En resumen, que
estaba estropeando un bien valioso, pues la expansión mental que ofrece la
lectura acabaría por llevarle a anhelar la libertad.
Pero a Douglass ya se le había presentado una pequeña
abertura de luz en su oscuro mundo y se las ingenió para terminar de aprender a
leer y a escribir por su cuenta. Incluso llegó a fundar una escuela clandestina
en la que preparaba a sus hermanos de cautiverio para una figurada vida en
libertad. No obstante para las personas de su condición, tomar conciencia de la
injusticia a la que estaban sometidos era particularmente duro:
“(…) aprender a leer
había sido una maldición más que una bendición. Me había permitido apreciar la
desgracia de mi condición, sin proporcionar un remedio. Me abrió los ojos al
espantoso pozo, pero sin darme una sola escalerilla por la que salir. En
momentos de angustia envidiaba a mis compañeros de esclavitud por su
ignorancia. He deseado muchas veces ser un animal. Prefería la condición del
más mísero reptil a la mía. ¡Cualquier cosa, fuese la que fuese, con tal de
librarme de pensar!”
A partir de ese momento el esclavo necesita la libertad
sobre todas las cosas. Ya sabe lo que es la vida libre y comprende que él no es
un ser humano inferior, sino un igual, tan inteligente como el amo. Y comprende
también que es un instrumento indispensable en un sistema económico criminal
basado en la más perversa explotación. El relato de Douglass no elude escenas
realmente duras protagonizadas por el instrumento más odioso: un látigo que
dejaba marcas indelebles en la piel de quienes lo probaban, una experiencia que
sufrían todos los esclavos en uno u otro momento.
El testimonio de Frederick Douglass, como el de otros muchos
esclavos que testificaron contra las costumbres del Sur a través de la palabra
escrita, era muy importante para refutar aquellas voces paternalistas que
justificaban esta institución como una forma de encauzar las energías de una
raza inferior que mostraba una disposición particular para el trabajo físico y
no era capaz de desarrollarse intelectualmente. Los estados sureños también
justificaban dicho status quo con
argumentos religiosos, algo que el propio Douglass califica como el más
escandaloso y cínico de los
razonamientos. En Vida de un esclavo,
hay constantes apelaciones a un Dios muy distinto al que decían adorar los
esclavistas, un Dios que ama a todos los seres humanos, no el instrumento de
unos cuantos hipócritas fariseos.
El libro de Douglass conoció un gran éxito desde la fecha de
su publicación, 1845, y su autor sigue siendo recordado como uno de los grandes
impulsores del fin de la esclavitud en el país, junto a pensadores de la talla
de Henry David Thoreau, Harriet Beecher Stowe o Ralph Waldo Emerson,
habiéndosele dado su nombre a numerosos colegios e instituciones en todo el
país. Cabe recordar, para terminar, las nobles palabras con las que cierra su
escrito, toda una declaración de intenciones:
“Esperando sincera y
encarecidamente que este librito pueda contribuir a algo e informar sobre el
sistema esclavista estadounidense, y adelantar el día gozoso de la liberación
de mis millones de hermanos encadenados, confiando fielmente en el poder de la
verdad, del amor y la justicia para el éxito de mis humildes esfuerzos, y
comprometiéndome de nuevo yo mismo con la causa sagrada, yo mismo firmo.”
Etiquetas:
cine,
cine actual,
cine estadounidense,
historia siglo XIX,
steve mcqueen
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






