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sábado, 7 de octubre de 2023

EL CONDE (2023), DE PABLO LARRAÍN.

Presentar al impresentable dictador Pinochet como un vampiro que nació en la Francia prerrevolucionaria es una idea genial. Otra cosa es cómo se desarrolle esa idea. El conde es el retrato de una familia grotesco, con unos hijos deplorables que solo piensan en la herencia que deben recibir de su siniestro padre, mientras éste sigue chupando - literal y figuradamente - la sangre a Chile. Quizá Larrain quiere imprimir a tan excéntrico relato una lógica buñuelesca, pero le sale una película muy extraña, tan gris como su fotografía, con un guion que se mueve entre la comedia bufa y el relato de terror puro, pero sin decantarse jamás por un tono claro. También quiere ser, por supuesto, un film de denuncia política, sobre todo con la revelación final, pero se queda una obra que está muy lejos de ser redonda. Quizá un personaje tan siniestro de por sí como Pinochet no necesita ser presentado como vampiro. Un retrato realista de su vida y obra hubiera bastado para mostrarlo al espectador como un monstruo mucho más terrible que cualquier invención humana.

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lunes, 2 de mayo de 2022

SPENCER (2021), DE PABLO LARRAIN.

Larrain es siempre un director interesante y aunque a priori la vida de la familia real británica me interesase bien poco, acercarme a esa magnífica serie llamada The Crown me hizo ver las cosas de otra manera y acoger este proyecto con interés desde que se anunció hace un par de años. Aquí no se trata de rodar una biografía de Diana, sino de retratar un único fin de semana navideño en la época en la que princesa era ya una mujer desquiciada por las descaradas infidelidades de su marido y sentía cualquier convivencia con la familia real como un auténtico infierno. Kristen Stewart se esfuerza en interpretar a un personaje lleno de matices que se mueve entre su repugnancia a su familia política, la nostalgia por los tiempos de su niñez y adolescencia y el amor a sus hijos, los cuales no quiere que se corrompan. El problema de Spencer es que es una película demasiado pequeña e intimista y falla a la hora de ser original en el retrato de un personaje del cual se ha dicho prácticamente todo ya. Debemos tener siempre en cuenta que esta es una historia inventada, solo basada en lo que pudo pasar en ese fin de semana en el que una ya psicológicamente desequilibrada Diana decidió romper definitivamente amarras con la familia de la que había pasado a formar parte hacía solo diez años. El triunfo del final es solo engañoso: todos sabemos el triste final de quien pasó a ser demasiado pronto un juguete roto de una familia real deshumanizada.

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sábado, 12 de agosto de 2017

JACKIE (2016), DE PABLO LARRAIN. LA LEYENDA DE CAMELOT.

Las imágenes del asesinato de John Fitzgerald Kennedy son parte de la historia del siglo XX, una película de horror impactante y real que marcó a una generación de estadounidenses que ya se habían acostumbrado al uso generalizado del medio televisivo. En cualquier caso, para el público fue un acontecimiento observado a cierta distancia, pero para Jacqueline Kennedy, la esposa del presidente, que iba sentada junto a él cuando fue asesinado, resultó un horror tan absoluto, que su vestido y su cabello quedaron empapados de sangre y trozos del cerebro de su marido. ¿Qué pasó por la cabeza de esa mujer en las horas posteriores y en los días siguientes? Esa es la pregunta que se hace Larrain y para intentar responderla dará voz a la joven viuda durante toda la película, a través de la entrevista privada que concede a un conocido periodista.

Las primeras horas después del asesinato se movieron entre lo trágico y lo patético, con una Jackie sumida en el estupor, todavía con la ropa manchada de sangre, mientras los miembros del gobierno y la seguridad se movían nerviosos a su alrededor, organizando la inmediata transición política. De pronto Jacqueline ya no era la primera dama, sino la primera viuda, pero nadie parecía darle prioridad a su dolor. Pronto se vio obligada a reaccionar, a proteger a sus hijos y, ante todo, a poner en valor el legado de su marido, un presidente joven al que alguien - todavía se especula sobre si detrás del crimen existieron poderes ocultos - había asesinado por motivos inexplicables. 

Una semana después de los hechos, el duelo se transforma en obsesión por la posteridad, por rememorar los días felices de esa definición un poco cursi de su mandato, Camelot, obviando la sórdida historia de unos Kennedy que se movían en algunos ámbitos como una familia dominada por una desmesurada sed de poder. Al público estadounidense se le quiso vender la imagen dorada de un matrimonio joven que vive la culminación del sueño americano, pero la realidad era mucho más prosaica, puesto que el relato de Jackie debe omitir los continuos devaneos sexuales de su marido, un hombre cuyo comportamiento distaba mucho del de un esposo ejemplar. La posición de la protagonista era muy difícil, pues debía sobreponerse a su dolor, al trauma que le suponía haber vivido en primera persona un acontecimiento tan terrible y proteger al menos la imagen de una presidencia y una familia ejemplares. Algo que logró conseguir, al menos en parte. Larrain explica así los sentimientos de la ex primera dama:

"Creo que es el estudio de la sensibilidad de una persona, un estudio de su vida, de su duelo y es la historia de cómo una mujer supo unir a una nación. (...) Simplemente intenté mostrar circunstancias específicas sobre cómo una mujer y una familia pudieron superar momentos tan oscuros como los que les tocó vivir." 

Jackie no es fime convencional. Todo se sostiene en la excepcional actuación de Natalie Portman, llena de matices, en la intuición de su personaje de que lo verdaderamente importante en la era de la imagen no es la estricta verdad, sino la versión de la misma que más conviene a la percepción que queremos obtener del público.

viernes, 11 de marzo de 2016

EL CLUB (2015), DE PABLO LARRAÍN. LA CASA DEL PURGATORIO.

Los últimos casos de pederastia en el seno de la iglesia católica que se encuentran de actualidad, el de los Maristas en Barcelona y el clan de los Romanones en Granada, son solo la punta del iceberg de un fenómeno que hubiera destruído cualquier otra institución. La iglesia católica, con dos milenios de historia, está hecha de una pasta especial, por lo que sus dirigentes son capaces de relativizar los hechos más graves, después de haberlos tratado de encubrir durante décadas. Lo peculiar de todo este asunto es que muchos obispos pretenden que la iglesia debe ejercer la justicia en su propio seno y que los tribunales laicos no deberían entrometerse en lo que definen como sus asuntos internos. En demasiadas ocasiones los pastores han tratado (y conseguido) que las víctimas guarden silencio, para no "provocar escándalo". Como el asesino que guarda los cadáveres en el armario y al final es descubierto por el olor que éstos desprenden, la iglesia no ha podido sustraerse de sus responsabidades, pero la impresión general es que es que la mayoría de los encubridores cuentan con una impunidad de la que carecen el resto de los ciudadanos (salvo si has nacido en la familia real).

El club nos presenta una siniestra residencia junto al mar donde languidecen unos pocos curas, como penitencia por haber cometido pecados de la carne. Para la iglesia violar a un niño o mantener relaciones homosexuales son actitudes igualmente reprobables y que concitan la misma pena de destierro, que más bien aparenta ser una manera de sacar de la circulación a aquellos curas a los que el traslado de una parroquia a otra no ha sido obstáculo para reincidir en las mismas conductas. En realidad la residencia tiene más aspecto de una casa de reposo para jubilados que otra cosa. Se supone que los internos deben reflexionar acerca de sus pecados, pero más bien parecen estar resignados con su situación y su principal castigo es el aburrimiento de los días organizados siempre según la misma rutina. Más que monstruos, los seres que habitan la casa son personas que un buen día sintieron la llamada de lo divino, para descubrir un poco más tarde que jamás podrían sustraerse de sus vulgares deseos humanos, algo que para el resto de los mortales resulta natural, a no ser que, como sucede demasiado a menudo, dichos deseos tengan como objetivo a seres inocentes.

El propio director habla, en una entrevista concedida a Caimán, cuadernos de cine, acerca de ese club privado que constituye la iglesia católica:

"Bueno, es un club. Y los clubes tienen miembros, reglas, lógicas internas, sistemas y requisitos para ingresar. (...) Lo que queríamos era dar a conocer un problema desde un espacio de la ficción y, a través de eso, intentar encontrar una atmósfera, un tono y una poética que permitiera generar un discurso cinematográfico en el que el espectador pudiera estar y sentirse cómodo o incómodo. Cuando el cine intenta ser muy discursivo se convierte en un cine de batalla ideológica y nosotros lo que estamos haciendo acá es un cine de batalla humana."

En cualquier caso, su apacible existencia, que quizá se vea asaltada de cuando en cuando por leves remordimientos, se va a ver alterada por la presencia en los alrededores de un joven víctima de abusos, cuyo comportamiento medio demente no es óbice para las venenosas verdades que salen de su boca, un lenguaje descarnado, que a la vez sirve de denuncia y de resignación frente a la profanación sufrida de niño en su propio cuerpo, un estigma que le ha marcado para el resto de su vida. El ambiente que se crea ante esa nueva situación, y con la llegada de un sacerdote-psicólogo con atribuciones de inspector eclesiástico, hace que la película vaya volviéndose más sórdida, si cabe, por momentos. Una atmósfera malsana va envolviendo la historia, como si las circunstacias de pronto quisieran vengarse de los pecadores.

Retomando el discurso de Larraín, como espectador me siento muy incómodo ante las imágenes que se muestran en la pantalla, no solo por la naturaleza escabrosa de las mismas, sino por la forma en la que se ha abordado la historia, sin profundizar demasiado en los personajes ni en su pasado. Más que una denuncia concreta a los males propagados por la iglesia católica, El club parece ser un manifiesto contra la condición humana en su conjunto, afectado por dosis excesivas de elementos simbólicos. A pesar de su indudable interés, en ningún momento llega al nivel de la anterior producción de Larraín, ese No, que sí que acertaba a la hora de retratar el verdadero rostro del régimen dictatorial de Augusto Pinochet. 

viernes, 22 de febrero de 2013

NO (2012), DE PABLO LARRAÍN. EL OTOÑO DEL PATRIARCA.


El otro día estuve viendo una entrevista con Augusto Pinochet, quizá la última que concedió antes de su muerte. En ella, el ex-dictador chileno intentaba presentarse como un viejecito entrañable que había hecho lo mejor para su país, sacrificándose por él en circunstancias muy duras. El clásico discurso del salvador de la patria al que los cadáveres le asoman por debajo de una abultada alfombra.

En 1988, con la intención de lavar su imagen internacional, el gobierno chileno convocó un plebiscito acerca de la continuidad de Pinochet en el poder. Es evidente que, gozando de un poder absoluto sustentado en el miedo y controlando todos los medios de comunicación, la victoria estaba asegurada. No obstante, para legitimar el proceso, se decidió conceder una franja diaria de quince minutos a la oposición al régimen: un oasis de libertad de expresión impensable apenas unas semanas antes.

Como reflejo de una época oscura, No es una película de visión incómoda, como si el espectador se asomara a una ventana desde la que se atisba la esperanza, a medio abrir. El formato de pantalla elegido no se usa habitualmente para el cine, sino que era el que se usaba para filmar reportajes televisivos en los años ochenta, por lo que la pantalla se encuentra constreñida, atrapada, mientras los personajes se mueven en este espacio limitado esperando ensanchar los horizontes de un país entero. 

La historia podemos leerla en los libros de texto: el dictador convocó un plebiscito y perdió. Pero ¿cómo fue esto posible? Los cambios políticos y sociales a veces son provocados por acciones pequeñas inspiradas por héroes cotidianos. Solo el cine o la literatura son capaces de contarnos con el nivel de detalle exigido estas hazañas casi invisibles que acaban desmoronando a las más férreas dictaduras. René Saavedra (Gael García Bernal) es un joven publicista contratado por la oposición para que les asesore en la campaña antipinochetista. La idea de la oposición es ensañarse con el tirano mostrando sus crímenes y su violenta toma del poder. René sabe que esa es una estrategia equivocada, que lo único que va a conseguir es amedrentar aún más a la gente. Resulta paradójico que sean las técnicas publicitarias eficaces para vender un refresco o un detergente las mismas que resultan efectivas a la hora de convencer a los chilenos de que deben mirar hacia el futuro con esperanza. En realidad este discurso es muy parecido al de nuestra transición, aunque al menos en Chile se consiguió humillar al dictador y que abandonara el poder por la puerta trasera. El intento por parte del juez Baltasar Garzón de procesarlo por crímenes contra la humanidad quedará como un hito en el camino kantiano de establecer una justicia universal.

También es verdad que, si bien la oposición realizó una brillante campaña propagandística, las huestes del dictador, mientras se relamían esperando el momento en que los focos internacionales se apartaran de Chile para volver a la política habitual de represión, desarrollaron un trabajo desastroso con el producto que tenían que vender: las bondades de vivir bajo la bota de un dictador que cuando aparece en pantalla no puede disimular su aspecto de vampiro. Que pena que tipos como él y su admirado Franco acaben muriendo en la cama rodeados por la admiración de sus fieles. Aquí tienen ustedes el vídeo al que me refería al principio:

 http://www.youtube.com/watch?v=FyFsEKXF9XA