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domingo, 4 de noviembre de 2012

SKYFALL (2012), DE SAM MENDES. BOND, LA LEYENDA RENACE.


La muy esperada nueva entrega del agente 007 es una película muy irregular: impecablemente dirigida por el prestigioso Sam Mendes, su excesiva ambición hace que su metraje no camine con paso firme hacia lo que quiere narrar, como sí ocurría en la excelente Casino Royale. No obstante, el personaje de Bond sigue creciendo en complejidades. Aquí el artículo:

Que un personaje literario haya sido continuamente adaptado a la pantalla casi ininterrumpidamente durante cincuenta años y llegue a estas cifras con plenas facultades y con su popularidad intacta es una realidad que está al alcance de muy pocos. James Bond, la creación de Ian Fleming conoció su primera versión cinematográfica allá por el año 1962 como una rutinaria cinta de espías con algunos elementos novedosos que fueron perfeccionándose en las entregas posteriores. Si hay una constante en la serie Bond es la capacidad de adaptación a los tiempos que corren.

Una visión cronológica de la saga permite al espectador ir advirtiendo los sutiles cambios que se van sucediendo de una película a otra: desde tramas de espionaje ambientadas en la Guerra Fría al enfrentamiento con enemigos surgidos de la nada que pretenden dominar el mundo. De la seriedad al disparate y de nuevo a la seriedad. El tono de las aventuras de Bond ha estado también marcado por el actor que lo interpretara en todo momento. Si con Sean Connery se buscaba ante todo la calidad del producto, con Roger Moore (obviando el interesante paréntesis de George Lazenby) las tramas se hacían menos serias y lo primordial era un espectáculo de naturaleza cada vez más inverosímil. Con la llegada de Timothy Dalton se intentó un regreso a las esencias literarias del personaje que fue rechazado por el público. Con su sustituto, Pierce Brosnan, en la serie se impusieron de nuevo las fórmulas más comerciales, pero sin descuidar la profundización en el personaje, como en la modélica primera mitad de El mañana nunca muere (Roger Spottiswoode, 1997).

A pesar de haber sido interpretado por tantos actores, que aportaron sus propios matices al protagonista, la esencia de James Bond nunca se ha perdido: un personaje mujeriego y cínico, un asesino que sabe bromear acerca de su trabajo. Daniel Craig ha sabido recoger toda esta tradición del personaje y profundizar en ella, componiendo un Bond mucho más profundo y humano. En manos de Craig el agente secreto ya no es un mero estereotipo, sino un tipo mucho más complejo y reflexivo. Si en Casino Royale (Martin Campbell, 2006) se presentaba como un hombre egocéntrico y seguro de sí mismo (aptitudes que le hacían tropezar constantemente en su misión), en Skyfall (Sam Mendes, 2012) el personaje ha evolucionado y se ha vuelto mucho más reflexivo, pues ha interiorizado el aprendizaje de las dos películas anteriores. Casino Royale era una historia de amor y traición, y en la fallida Quantum of solace (Marc Foster, 2008) primaban la venganza y la destrucción. Skyfall intenta ser una nueva y definitiva vuelta de tuerca en la definición del personaje, a la vez que se homenajean sus cincuenta años de existencia cinematográfica.

La película comienza con un Bond surgiendo de las sombras para ayudar a un compañero que ha quedado malherido en una misión. 007 pretende estabilizarlo para salvar su vida, aún a riesgo de que se escape el objetivo: un adversario que ha conseguido el listado de agentes inflitrados en organizaciones terroristas de todo el planeta. Su jefa M (Judi Dench), le recuerda cual es su cometido y él obedece a regañadientes, hastiado de la estela de muerte y destrucción que conlleva su trabajo. Y este va a ser el tema principal del film: la relación materno-filial de Bond con M, a la que le surge del pasado un hijo díscolo, el agente Silva (Javier Bardem), que pretende vengarse por haber sido utilizado y abandonado por el gobierno británico como si de una pieza de recambio se tratara.

No hay que olvidar que, como ya se apuntó en el Casino Royale cinematográfico, James Bond es huérfano. Así lo transcribe el M (masculino) de las novelas de Ian Fleming en el obituario que le dedica en Solo se vive dos veces (1964), en el episodio de la presunta muerte de Bond que es rememorado en Skyfall:

"James Bond nació de padre escocés, Andrew Bond, de Glencoe y de madre suiza, Monique Delacroix, natural del catón de Vaud. (...) Cuando tenía once años sus progenitores murieron en un accidente de alpinismo en las Aiguilles Rouges (...) La naturaleza de los deberes del capitán de navío Bond debe seguir siendo confidencial (...), pero sus colegas del ministerio quieren reconocer que los cumpía con un valor y una distinción sobresalientes, aunque ocasionalmente, debido a un rasgo impetuoso de su naturaleza, con una vena temeraria que lo ponía en conflicto con las autoridades superiores." (Solo se vive dos veces, de Ian Fleming, Editorial RBA, pag. 197).

Precisamente ese déficit de amor que conlleva la orfandad es lo que aprovecha el M16 a la hora de reclutarlo como agente: un conflicto no resuelto para el personaje que le lleva a no encontrar su lugar en el mundo, y más aún después del dolorosísimo episodio del amor frustado por Vesper Lynd, que fue su última posibilidad de redención de la realidad violenta en la que se mueve habitualmente. Silva más que huérfano se siente rechazado por su madre adoptiva y así se lo manifiesta a Bond en el perturbador primer encuentro que mantienen, en el que incluso se le llega a insinuar sexualmente, no sabemos si realmente o más bien como juego para descolocar a 007.

Hasta la escena de la captura de Silva la película ha sido impecable: se nos ha mostrado a un Bond más débil y confundido que nunca y a un oponente a su altura, que sabe utilizar la fragilidad de su estado en su contra. Pero una vez establecidas estas bases, la historia gira hacia terrenos demasiado conocidos, aunque no necesariamente dentro de la serie de James Bond. El mismo Sam Mendes ha declarado en varias entrevistas su admiración por la trilogía de Batman de Christopher Nolan, una influencia muy evidente, puesto que el personaje de Silva es demasiado deudor del Joker de El caballero oscuro y el origen de 007 tiene muchos puntos en común con el del hombre murciélago.

La segunda mitad del film es demasiado ambiciosa y tiene problemas a la hora de definirse. Mendes intenta volver a las esencias del personaje, montando un continuo homenaje a la saga Bond, para que 007 regrese a sus orígenes (tanto familiares como cinematográficos) y tome nuevas energías de cara a sus futuras aventuras, tomando como base un enfrentamiento entre tradición y modernidad. Pero además, para no despegarse de la realidad, de los miedos del mundo moderno, se muestra una insólita escena que remite a los dolorosos atentados del metro de Londres de julio de 2005: una herida en el corazón de la capital inglesa, que es como una herida en el alma de Bond.

El del director de Jarhead es un planteamiento muy interesante, pero parcialmente fallido por querer abarcar demasiado. Hubiera sido mejor utilizar imágenes del pasado de los personajes (tanto de Bond como de Silva) para potenciar los aspectos dramáticos del presente, que llegan lastrados al espectador. En cualquier caso, la originalidad del enfoque y el trabajo de definición del personaje hacen que el resultado final sea meramente positivo, sobre todo porque se ha disipado el antiguo miedo a buscar nuevos caminos para un 007 que llega a la cincuentena rebosante de salud en su tarea de seguir siendo un icono en el siglo XXI, como lo fue en el XX.

jueves, 1 de septiembre de 2011

CASINO ROYALE (1953), DE IAN FLEMING. UN MITO DEL SIGLO XX.

Hacía mucho tiempo que tenía gran curiosidad por leer algo de Ian Fleming, cuyos libros, curiosamente, no son fáciles de encontrar en España, a pesar de la inmensa popularidad de su personaje. Al fín, gracias al e-book he podido asomarme a su primera aventura literaria. Se trata de una novela de espias muy convencional, a ratos aburrida, con alguna buena idea desaprovechada, pero de una gran importancia por ser la primera aparición de un personaje que, queramos o no, forma parte de la cultura popular del siglo XX (y del XXI). Realmente, tiene mucho mérito la adaptación cinematográfica de la novela, pues partía de un material demasiado pobre. Martin Campbell (ayudado por el sensacional trabajo de Daniel Craig, que humaniza a James Bond) supo extraer lo mejor de la novela y trabajar a partir de ahí en una historia actual, pero que recoge perfectamente la esencia del personaje. Aquí el artículo:

 James Bond, uno de los grandes mitos del siglo XX, no fue creado para el cine, sino que apareció por primera vez en esta novela mediocre que, sin embargo, tiene su hueco en la historia de la literatura por ser el debut de un personaje que, sesenta años después, sigue siendo uno de los preferidos del gran público.

Bond debe muchos de sus rasgos al carácter y a las experiencias personales de su creador, Ian Fleming, sobre todo las relacionadas con sus tareas como asistente de los Servicios Secretos de la Marina Británica durante la Segunda Guerra Mundial, lo que le permitió conocer de primera mano los entresijos del mundo del espionaje. Algunos historiadores señalan que la famosa operación Carne Picada, en la que se abandonó un cadáver con documentación en las costas españolas para hacer creer a los alemanes que los Aliados no desembarcarían en Sicilia, estuvo inspirada por una idea suya.

La misión que se le encarga en esta primera novela es bastante rutinaria y poco espectacular y, si no estuviera condimentada con algunos intentos de matar al personaje, se podría decir que resulta hasta anodina. En plena Guerra Fría, 007 debe viajar al Casino Royale de Francia para enfrentarse en una partida de cartas al agente comunista Le Chiffre, que intenta recuperar una importante cantidad de dinero que le confió la organización SMERSH.

Aunque ya cuenta con algunas de las características que definen al personaje, lo cierto es que el James Bond de Casino Royale todavía no puede ser identificado con el Bond cinematográfico. Se le presenta como a un jugador nato, idóneo para la misión, pero el lector aprecia como Bond no se encuentra muy convencido del oficio que ha elegido y vive en un estado de alerta casi paranoico, algo que poco tiene que ver con la actitud más relajada de su versión cinematográfica. Además, cuando se le informa de que va a ser acompañado en su misión por una mujer, contra todo pronóstico, se molesta. Precisamente su exceso de confianza con este personaje va a estar a punto de perderle. Además, Fleming nos ofrece algunas claves de las relaciones de 007 con el sexo femenino:

"Con la mayoría de las mujeres su actitud era una mezcla de reserva y apasionamiento. Los largos prolegómenos de cada seducción lo aburrían casi tanto como la posterior complicación del desenredo. Veía algo odioso en el patrón ineludible de cada aventura amorosa. La parábola convencional - el cariño, el roce de las manos, el beso, el beso apasionado, el contacto de los cuerpos, el clímax en la cama, después más cama, después lágrimas y al final la amargura - le resultaba vergonzosa e hipócrita. Y rehuía aún más la puesta en escena de cada uno de los actos de la obra: la fiesta en que se conocían, el restaurante, el taxi, el piso de él, el piso de ella, después el fín de semana junto al mar, otra vez los pisos, luego las coartadas furtivas y, al final, la desagradable despedida en algún umbral bajo la lluvia."

Es este uno de los párrafos más interesantes de la novela, en cuanto que define muy bien a Bond como a un hombre hastiado que quizá ha entrado en el servicio secreto en busca de emociones que no encuentra en la vida convencional. Por ello resulta insólito y emocionante que cometa el pecado de enamorarse precisamente de la mujer menos indicada, Vesper Lynd, un enamoramiento que más que nunca puede definirse como un atontamiento temporal del alma, en palabras de Ortega y Gasset, ya que un hombre perspicaz como Bond no es capaz de ver el engaño que se presenta ante sus propios ojos de manera cada vez más evidente.

Uno de los momentos más interesantes de la novela es la escena de la tortura a la que Bond es sometido por caer en una trampa de Le Chiffre de la manera más ingenua, momento que es recreado magistralmente por Daniel Craig en la reciente versión (alargada y mejorada, pero manteniendo la esencia del original) dirigida por Martin Campbell. Parece ser que en su experiencia profesional, Fleming había escuchado algunos testimonios de torturas de primera mano:

"Algunos colegas que habían sobrevivido a las torturas de alemanes y de japoneses le habían contado que, hacia el final, llegaba un maravilloso momento de calor y languidez que conducía a una especie de semiexcitación sexual en la que el dolor se convertía en placer y el odio hacia los torturadores en adicción masoquista. La prueba de voluntad más difícil, le dijeron, era saber ocultar aquella fase de embriaguez, porque, en cuanto lo sospechaban, te mataban al momento para ahorrarse más esfuerzos inútiles, o dejaban que te recuperaras lo suficiente para que los nervios se contrajeran y regresaran al otro lado de la parábola. Entonces volvían a empezar."

Al final el joven Bond aprenderá la lección de no confiar en nadie, se convertirá en mejor agente secreto pero también perderá algo de su humanidad en el camino. La novela de Fleming expresa todo esto de manera algo tosca. La versión cinematográfica narra este proceso de manera mucho más verosímil. Como curiosidad cabe añadir que existen otras versiones de la novela, la primera de ellas realizada para la pequeña pantalla, es de 1954, James Bond es interpretado por Barry Nelson y Le Chiffre por el gran Peter Lorre. La segunda es de 1967 y se trata de una comedia surrealista protagonizada por Peter Sellers y David Niven. Lo que no saben muchos amantes del cine es que Howard Hawks estuvo flirteando con la idea de adaptar Casino Royale. Su James Bond habría sido Cary Grant.

viernes, 4 de diciembre de 2009

007 ALTA TENSIÓN (1987), DE JOHN GLEN. REGRESO A LAS ESENCIAS.


He de reconocer que desde pequeño soy un fan acérrimo de las aventuras de James Bond. El año pasado me tragué seguidas las veintiuna películas oficiales más la no oficial "Nunca digas, nunca jamás" y este año acudí puntualmente a mi cine a ver la horrorosa "Quantum of solace". Ciertamente, si examinamos la filmografía de Bond, hay películas que dejan mucho, pero que mucho, que desear. Pero los fans de Bond somos bastante irracionales y admitimos prácticamente cualquier cosa, que luego será objeto de sesudos debates en los foros correspondientes. A mí personalmente prácticamente todas las películas me entretienen y a todos les saco algo positivo, hasta a las más absurdas como "Moonraker", que me hace reir mucho más que cualquier comedia de las de ahora.

A mitad de los ochenta, la fructífera etapa de Roger Moore en la serie se había agotado por el envejecimiento del actor, que era ya patente en su última película "Panorama para matar", donde parecían actuar más los dobles que él mismo, reservándose su presencia para los primeros planos. Su etapa había sido caracterizada por la ligereza y simpatía que supo imprimir al personaje, bastante alejado de la concepción original de Ian Fleming, que había imaginado un personaje más atormentado y complejo (cuyo origen interpretó con brillantez Daniel Craig en "Casino Royale"). Para recoger el testigo de Moore fue seleccionado Timothy Dalton, un actor de sólido prestigio teatral que ya había sido anteriormente candidato al papel.

El Bond de Dalton es un personaje frío y calculador, muy alejado de la socarronería de Moore y bastante emparentado con la visión del personaje que aportó Sean Connery, el primer Bond. Su presentación, en la magníficamente planificada escena de Gibraltar, resulta espectacular. Luego le vemos iniciando una misión en Bratislava irradiando una profesionalidad como espía que nunca le habiamos visto a Moore. Me gusta especialmente la tensa escena de la deserción de Koskov: el clima del otro lado del telón de acero está perfectamente conseguido y la interpretación de Dalton, como un Bond un poco amargado y cansado de su rutina resulta impecable y coherente con el personaje de las novelas. Además es un Bond educado con el sexo femenino y prácticamente monógamo, lo nunca visto. Claro que ya nos encontrábamos en los tiempos del sida...

Lo cierto es que la película va de más a menos y llega al final desinflada. La culminación de su misión en Afganistán lleva a Bond nada menos que a aliarse con los talibanes en su lucha contra los soviéticos, como lo hará posteriormente el inefable Rambo. Como cambian los tiempos... En cualquier caso, para mi gusto, esta parte ya resulta aburrida y rutinaria, con las típicas y anodinas escenas de acción. Me quedo con las imágenes del Bond más íntimo, el que seduce lentamente a la chica y se pasea con elegancia por las calles de Tánger.

Cierto es que la siguiente película de Timothy Dalton resultó un desastre mayúsculo y cerró la franquicia por varios años, pero creo que se trata de una etapa a reivindicar, por el esfuerzo del actor en dotar de humanidad y credibilidad a un personaje que había ido perdiéndola a pasos agigantados en las entregas precedentes.