sábado, 28 de febrero de 2026

UN SIMPLE ACCIDENTE (2025), DE JAFAR PANAHI.

Como ya sabemos por obras como La muerte y la doncella, de Roman Polanski, los torturadores de la vida real no suelen dejar que sus víctimas los vean, por lo que les vendan los ojos durante largos periodos de tiempo. Pero para éstas, la voz de sus verdugos y otros rasgos que puedan ser escuchados durante las largas horas de cautiverio quedan grabados a fuego en su memoria y en el futuro, si sobreviven, quizá podrán reconocer a su torturador de la forma más insospechada. Esto es lo que sucede al comienzo de Un simple accidente, en el que el empleado de un taller mecánico reconoce al responsable de su tormento por el ruido de su pierna metálica. A partir de aquí la película se convierte en una fábula sobre el pasado (y presente) traumático de Irán, una sociedad represiva que no duda en considerar rehenes a sus propios ciudadanos, sobre todo si no cumplen con las estrictas normas del Régimen. Es curioso que Un simple accidente se convierta a ratos en tragicomedia, como si su director no quisiera llevar demasiado la sangre al río y optar por la opción de la reconciliación y el perdón, aunque con el matiz de que llevar a cabo una muerte en frío no es tarea fácil para cualquiera. Si bien Hannah Arendt nos demostró que cualquier persona puede convertirse en un verdugo si se dan las circunstancias organizativas y estatales adecuadas, eso no quiere decir que cualquiera puede convertirse de repente en un asesino, por mucho que le mueva un afán irresistible de venganza. Precisamente hoy Irán protagoniza otro capítulo de su negra historia, un país que cuenta con mucha gente de talento, también en el mundo del cine y que debe huir de allí para poder expresarse con libertad. Tan avanzado el siglo XXI, estas circunstancias deberían tan solo ser un triste recuerdo del pasado.

P: 7

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