Hasta en las vidas más perfectas de la alta burguesía francesa pueden aflorar los bajos instintos por los que se cometen los mayores errores. Anne vive una existencia plácida con su esposo Pierre. Practican un sexo esporádico, convencional y aburrido dentro de una existencia previsible y sin grandes emociones. Por eso, cuando llegue el hijo de él, fruto de un matrimonio anterior, algo se va a despertar en ella. De un modo absolutamente imprudente empezará a acercarse a él y a filtrear, aunque de forma inconsciente. El joven es un postadolescente que tiene un comportamiento absolutamente irresponsable, como si todo le resbalara y también es un seductor natural, lo cual deslumbra poco a poco a Anne, que se deja caer en una relación prohibida, más movida por el sexo y el morbo que por el amor. Para más inri, ella es una abogada que se dedica a la protección de menores. Sabe lo que está haciendo, pero lo institivo gana la batalla a lo racional. En el último tercio de la película se desatará el auténtico conflicto, cuando todos los personajes tengan que poner sus cartas sobre la mesa y ella deba utilizar sus grandes habilidades como abogada para defender su honorabilidad. El último verano, que es una adaptación de una película danesa de pocos años antes, sabe cómo mantener el interés del espectador en una historia que se vuelve más sórdida e incómoda por momentos. Su mayor defecto se encuentra en las escenas sexuales, ya que no hay diferencia alguna en las que ella protagoniza con su marido y con su hijastro: estas últimas no son creíbles porque no transmiten la presunta pasión que las ha desatado. En cualquier caso, la película es interesante en cuanto no tiene filtros a la hora de mostrar cómo los instintos más bajos pueden derrotar con facilidad a las convenciones sociales más arraigadas.
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