Se quiera o no, Los pecadores es una película que ya ha entrado en la historia del cine, dado que es la que mayor número de nominaciones al Oscar ha recibido. Este hecho es una prueba de que vivimos un tiempo extraño, en el que obras como Todo a la vez en todas partes o ésta misma son elogiadas por críticos de todo el mundo, mientras buena parte de los espectadores miran con suspicacia. Es indudable que la película de Ryan Coogler goza de buen aspecto visual y buena dirección, pero su trama no hay por donde cogerla. Se trata de una mezcla de géneros (musical, drama, terror, negro) cuyo fin es más reivindicativo que coherente con la historia que se intenta narrar. Ni siquiera se trata de una película entretenida. Es una de estas producciones en las que puede suceder cualquier cosa, pero todo sucede porque sí. Además, Los pecadores se hace larguísima. Tarda casi una hora en arrancar y, cuando lo hace, es para mostrar una acción desenfrenada protagonizada por unos vampiros que aparecen de la nada, sin ninguna lógica interna. A partir de ahí el único afán de la cinta es impactar como sea a un espectador que acaba harto de escenas presuntamente impactante. Es posible que la película de Coogler se lleve todos los Oscars habidos y por haber, pero si esto sucede, se acentuará más la nostalgia por esa época clásica en la que auténticas obras maestras se disputaban las estatuillas.
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