Repasando los imprescindibles documentales que Victoria Prego realizó sobre la Transición española, uno advierte la ingenuidad y la inocencia de la que estaban dotados buena parte de nuestros compatriotas en la época. Cuando un periodista salía a la calle a encuestar a la gente sobre algún tema político, la mayoría se inhibía, no sabía que decir o respondía alguna barbaridad pero, eso sí, tomándose la atención al entrevistador casi como un deber ciudadano. No se sabía nada o se hacía como que no se sabía, pero en el fondo de todo esto había un anhelo de aprendizaje, de mejora. Hoy día seguimos sin saber, pero no somos tan retraídos, por lo que no nos importa exhibir nuestra ignorancia e incluso estamos orgullosos de ella. De la oportunidad de cambio que traía la democracia, se aprovecharon muchos, pero la mayoría siguieron con sus vidas y sus trabajos (los que no lo perdieron), pero no se produjo el necesario esfuerzo colectivo por dotar a este país de su gran carencia histórica: una sociedad civil ilustrada e influyente.
José, el protagonista de Asignatura pendiente, es un buen representante de una tipología social de la España de la época. Abogado laboralista (lo que inevitablemente nos remite a la matanza de los abogados laboralistas en Atocha, perpetrada en enero del año del estreno de la película), es un hombre comprometido en la lucha contra el franquismo, pero trata de exponerse en la misma lo menos posible. Lo suyo es ayudar a quienes sí se arriesgan, ya que en aquellos tiempos tenebrosos, lo laboral y lo penal estaban estrechamente unidos. José es un hombre felizmente casado, pero parece más enamorado de su trabajo que de su mujer. Un día, precisamente la jornada histórica en la que Franco iba a ofrecer su último y patético discurso en la plaza de Oriente, encuentra por casualidad a su primera novia, Elena, una mujer atrapada en un matrimonio gris y aburrido y, después de un par de citas clandestinas, le propone que hagan el amor, terminar la asignatura pendiente, que les dejó un tiempo mucho más represivo. Sorprende la facilidad con la que José engaña a su ingenua mujer, inventándose viajes de trabajo y hablando por teléfono con Elena delante de ella con torpe disimulo, sin que albergue la más mínima sospecha acerca de la fidelidad de su marido.
José acaba viviendo dos existencias paralelas, dividiendo su tiempo entre la convivencia con su amante y con su mujer. Ambas se vuelven igualmente rutinarias. La ilusión del principio se ha convertido pronto en monotonía, en problemas y reproches. Mientras tanto España también está cambiando. Franco muere y el país entra en una etapa de incertidumbre que coincide con la que estaban viviendo los espectadores de la época. ¿Los anhelos de libertad van a volverse pronto rutina? Quizá la historia sea la misma que la de Elena y José: la felicidad de lo novedoso podría transformarse en una aplastante apatía, tal y como él había vaticinado al principio. Es posible que en este país haya sucedido algo parecido, que todo cambiara presuntamente en aquella época, para que todo siguiera igual, que los privilegiados siguieran siendo los mismos y la gente corriente todavía no haya llegado a la mayoría de edad que se supone a una sociedad madura.
Garci realizó una acertada crónica de las ilusiones y miedos de los españoles de hace cuarenta años que, vista hoy, a pesar de haber envejecido mal en algunos aspectos (como algunos diálogos demasiado artificiosos, sobre todo al final), puede servir de instrumento para que hagamos balance y reflexionemos acerca de lo que ha cambiado y lo que sigue igual en este país.
sábado, 11 de julio de 2015
miércoles, 8 de julio de 2015
TODAS LAS NOCHES SE OYERON DISPAROS (2015), DE MIGUEL RAMOS MORENTE. EL TIEMPO DE LOS ASESINOS.
Érase una vez un pueblecito llamado Alameda, enclavado en el centro de Andalucía, entre las provincias de Málaga, Sevilla y Córdoba. Con una economía basada fundamentalmente en la explotación del olivar, la vida era dura. Como en tantos otros lugares, el trabajo dependía de la voluntad y el capricho de los propietarios de la tierra. El jornal era escaso y el hambre siempre estaba acechando en los hogares más humildes: había muchas bocas que alimentar y pocos recursos. Poco a poco al pueblo fueron llegando aires de cambio y la gente empezó a organizarse: aparecieron sindicatos y partidos políticos. Muchos empezaban a creer en escenarios utópicos en los que la tierra se repartía equitativamente entre todas las familias. La Segunda República fue una bocanada de aire fresco en estas calurosas tierras. A pesar del conflicto político permanente, la esperanza de mejoras para el obrero era algo siempre presente en todos los debates. El dieciocho de julio de 1936 estas esperanzas se vinieron abajo: la sublevación de muchos militares contra la República obtuvo un éxito parcial en Andalucía, pero pronto amenazó a todos los pueblos del entorno de Alameda.
Antes de esto, en el pueblo han sido posibles biografías tan sorprendentes como la de Manuel Romero Luque, gran aficionado a la lectura desde joven, estudiante de Magisterio por las noches e interesado en todas las formas de conocimiento. Queriendo mejorar la vida de sus vecinos, montó una escuela elemental en su propio domicilio. Además era aficionado al teatro y escribió algunas obras de este género literario, representándose las mismas por un grupo de actores aficionados dirigidos por él mismo. Siempre decía que "la única batalla que vale la pena es la del conocimiento" y su mayor sueño era acabar con el analfabetismo secular de aquellas tierras. También era vegetariano y, a la manera de Thoreau, un atento observador de la naturaleza. Su militancia en las Juventudes Socialistas le costó la vida a este hombre incapaz de matar a una hormiga.
Porque si echamos una mirada al pequeño periodo (un mes escaso) en el que una comisión de líderes políticos y sindicales gobernó Alameda desde el 18 de julio hasta la llegada de las fuerzas del general Varela, el pueblo puede sentirse orgulloso de no haber ocasionado ni una sola muerte entre los que se consideraban enemigos de los trabajadores. Hubo saqueos, quema de imágenes religiosas, humillaciones, maltratos e insultos, pero jamás se permitió cruzar la línea del asesinato, algo que jamás fue tomado en cuenta por la justicia franquista, decidida a llevar a cabo una política de depuración y venganza implacable. Alameda tuvo la mala suerte de ser un pueblo ocupado desde prácticamente los primeros momentos de la Guerra Civil, cuando más condenas a muerte se dictaban. Cualquier testimonio de las personas de bien era suficiente para condenar a un hombre. El que hubiera militado en partidos republicanos o de izquierda era automáticamente considerado enemigo y su destino más probable en aquellos días trágicos era el fusilamiento:
"Era una Alameda áspera, dura, trágica, azotada por el hambre, donde ser pobre era motivo de sospecha y persecución. Una Alameda paralizada por el miedo a lo sufrido, donde estallan las acusaciones y en la que los vencedores no conocen límites en su intento de aniquilar a los derrotados. Eran momentos en los que la vida dependía de un hilo, de una envidia, de una delación. Tiempos propicios para las flaquezas y los resquemores, capaces de agrietar los sentimientos, en los que un dolor se une a otro dolor. Es la hora de vengarse de viejas ofensas recibidas. Tiempos para el terror y la estulticia."
Todas las noches se oyeron disparos rinde homenaje a todos y cada uno de los represaliados en Alameda, muchos de los cuales - historias que se repiten a lo largo de toda la geografía nacional, para nuestra vergüenza - aún se encuentran enterrados en fosas comunes. A pesar de las leyes de Memoria Histórica y similares, este país todavía no ha superado del todo un episodio tan lejano en el tiempo como suscitador de profundas emociones. Gentes como Manuel Romero, José Lozano, el laterillo o Dolores la Riega y tantos otros merecen ser recordadas como protagonistas y víctimas de un tiempo de depravación e injusticia extrema que se cebó con los más desfavorecidos, que habían tenido la insolencia de soñar con tiempos mejores. La represión llevó a un largo tiempo de silencio en el que los propietarios de las flechas imponían los yugos a las clases más humildes, para que trabajaran y pasaran hambre sin rechistar. Además debían ser testigos mudos de algunos episodios dignos de pasar a la historia universal de la infamia:
"Con los ojos cerrados veo la pira de libros que arde en la puerta del centro obrero, saqueado por una horda incendiaria que terminará por arrojar todos los volúmenes de su biblioteca al fuego. Un fuego que alcanza ya la altura de los tejados de la calle Álamos y oscurece el cielo de Alameda. Junto a los libros de Tolstoi, Dickens, Gorki, Cervantes, Baroja, Blasco Ibáñez, Galdós, Víctor Hugo, Bakunin, Marx, Engels o Kropotkin, arden los retratos del líder socialista, Pablo Iglesias, del presidente Azaña, de los capitanes de Jaca, Fermín Galán y Ángel García Hernández, estampas con la alegoría de la República, la efigie de la Marianne y las banderas sindicales de los gremios obreros. (...) La quema pública de libros emprendida por los cachorros del fascismo prendió otras hogueras, éstas encendidas en el interior de muchas casas donde la gente fue arrojando en el fondo de los pozos los libros que creían sospechosos, quemaban postales, cartas, fotografías, dedicatorias, gorros frigios, todo ello en medio del vértigo enloquecido desatado por los vencedores. El fuego quema las palabras escritas y enciende la infamia. Va cayendo la noche y Alameda se hace oscura. Ya no quedan libros raros que quemar. Con los ojos cerrados oigo las palabras del poeta alemán Heinrich Heine: "Allí donde queman libros, acaban quemando hombres".
Por supuesto que se quemaron hombres. Y junto con sus restos, se intentó hacer desaparecer su memoria. Libros como el de Miguel Ramos Morente, una lectura realmente estremecedora, del que tuve la suerte de asistir a su presentación, son necesarios para recordar. Para recordar que hasta en los más humildes puntos de la geografía nacional hay historias dignas de ser contadas, que no deben perderse en el olvido. Recuperar la memoria histórica no debe servir para vilipendiar a nadie, sino para conocer la verdar estricta de los hechos, que siempre debería ser la tarea del historiador. Lo que sucedió en Alameda en aquellos días no es más que un reflejo de lo que estaba sucediendo en demasiados lugares en ese mismo momento y que poco después acabaría ocurriendo en toda Europa. Reflejo aquí el hermoso y terrible poema El enemigo, de Mahmud Darwix con el que se abre el volumen:
Los asesinados no se parecen.
Cada uno tiene sus rasgos propios,
su propia talla, sus ojos, un nombre y una edad
diferente.
Son los asesinos los que se parecen.
Son el mismo, repartido en artefactos metálicos.
Apretando botones electrónicos.
Mata y desaparece.
Nos ve y no lo vemos, no porque sea un fantasma,
sino porque es una máscara de acero imperturbable...
Sin rasgos, sin ojos, sin edad, sin nombre.
Él, él es el que ha elegido tener un solo nombre:
el enemigo.
Antes de esto, en el pueblo han sido posibles biografías tan sorprendentes como la de Manuel Romero Luque, gran aficionado a la lectura desde joven, estudiante de Magisterio por las noches e interesado en todas las formas de conocimiento. Queriendo mejorar la vida de sus vecinos, montó una escuela elemental en su propio domicilio. Además era aficionado al teatro y escribió algunas obras de este género literario, representándose las mismas por un grupo de actores aficionados dirigidos por él mismo. Siempre decía que "la única batalla que vale la pena es la del conocimiento" y su mayor sueño era acabar con el analfabetismo secular de aquellas tierras. También era vegetariano y, a la manera de Thoreau, un atento observador de la naturaleza. Su militancia en las Juventudes Socialistas le costó la vida a este hombre incapaz de matar a una hormiga.
Porque si echamos una mirada al pequeño periodo (un mes escaso) en el que una comisión de líderes políticos y sindicales gobernó Alameda desde el 18 de julio hasta la llegada de las fuerzas del general Varela, el pueblo puede sentirse orgulloso de no haber ocasionado ni una sola muerte entre los que se consideraban enemigos de los trabajadores. Hubo saqueos, quema de imágenes religiosas, humillaciones, maltratos e insultos, pero jamás se permitió cruzar la línea del asesinato, algo que jamás fue tomado en cuenta por la justicia franquista, decidida a llevar a cabo una política de depuración y venganza implacable. Alameda tuvo la mala suerte de ser un pueblo ocupado desde prácticamente los primeros momentos de la Guerra Civil, cuando más condenas a muerte se dictaban. Cualquier testimonio de las personas de bien era suficiente para condenar a un hombre. El que hubiera militado en partidos republicanos o de izquierda era automáticamente considerado enemigo y su destino más probable en aquellos días trágicos era el fusilamiento:
"Era una Alameda áspera, dura, trágica, azotada por el hambre, donde ser pobre era motivo de sospecha y persecución. Una Alameda paralizada por el miedo a lo sufrido, donde estallan las acusaciones y en la que los vencedores no conocen límites en su intento de aniquilar a los derrotados. Eran momentos en los que la vida dependía de un hilo, de una envidia, de una delación. Tiempos propicios para las flaquezas y los resquemores, capaces de agrietar los sentimientos, en los que un dolor se une a otro dolor. Es la hora de vengarse de viejas ofensas recibidas. Tiempos para el terror y la estulticia."
Todas las noches se oyeron disparos rinde homenaje a todos y cada uno de los represaliados en Alameda, muchos de los cuales - historias que se repiten a lo largo de toda la geografía nacional, para nuestra vergüenza - aún se encuentran enterrados en fosas comunes. A pesar de las leyes de Memoria Histórica y similares, este país todavía no ha superado del todo un episodio tan lejano en el tiempo como suscitador de profundas emociones. Gentes como Manuel Romero, José Lozano, el laterillo o Dolores la Riega y tantos otros merecen ser recordadas como protagonistas y víctimas de un tiempo de depravación e injusticia extrema que se cebó con los más desfavorecidos, que habían tenido la insolencia de soñar con tiempos mejores. La represión llevó a un largo tiempo de silencio en el que los propietarios de las flechas imponían los yugos a las clases más humildes, para que trabajaran y pasaran hambre sin rechistar. Además debían ser testigos mudos de algunos episodios dignos de pasar a la historia universal de la infamia:
"Con los ojos cerrados veo la pira de libros que arde en la puerta del centro obrero, saqueado por una horda incendiaria que terminará por arrojar todos los volúmenes de su biblioteca al fuego. Un fuego que alcanza ya la altura de los tejados de la calle Álamos y oscurece el cielo de Alameda. Junto a los libros de Tolstoi, Dickens, Gorki, Cervantes, Baroja, Blasco Ibáñez, Galdós, Víctor Hugo, Bakunin, Marx, Engels o Kropotkin, arden los retratos del líder socialista, Pablo Iglesias, del presidente Azaña, de los capitanes de Jaca, Fermín Galán y Ángel García Hernández, estampas con la alegoría de la República, la efigie de la Marianne y las banderas sindicales de los gremios obreros. (...) La quema pública de libros emprendida por los cachorros del fascismo prendió otras hogueras, éstas encendidas en el interior de muchas casas donde la gente fue arrojando en el fondo de los pozos los libros que creían sospechosos, quemaban postales, cartas, fotografías, dedicatorias, gorros frigios, todo ello en medio del vértigo enloquecido desatado por los vencedores. El fuego quema las palabras escritas y enciende la infamia. Va cayendo la noche y Alameda se hace oscura. Ya no quedan libros raros que quemar. Con los ojos cerrados oigo las palabras del poeta alemán Heinrich Heine: "Allí donde queman libros, acaban quemando hombres".
Por supuesto que se quemaron hombres. Y junto con sus restos, se intentó hacer desaparecer su memoria. Libros como el de Miguel Ramos Morente, una lectura realmente estremecedora, del que tuve la suerte de asistir a su presentación, son necesarios para recordar. Para recordar que hasta en los más humildes puntos de la geografía nacional hay historias dignas de ser contadas, que no deben perderse en el olvido. Recuperar la memoria histórica no debe servir para vilipendiar a nadie, sino para conocer la verdar estricta de los hechos, que siempre debería ser la tarea del historiador. Lo que sucedió en Alameda en aquellos días no es más que un reflejo de lo que estaba sucediendo en demasiados lugares en ese mismo momento y que poco después acabaría ocurriendo en toda Europa. Reflejo aquí el hermoso y terrible poema El enemigo, de Mahmud Darwix con el que se abre el volumen:
Los asesinados no se parecen.
Cada uno tiene sus rasgos propios,
su propia talla, sus ojos, un nombre y una edad
diferente.
Son los asesinos los que se parecen.
Son el mismo, repartido en artefactos metálicos.
Apretando botones electrónicos.
Mata y desaparece.
Nos ve y no lo vemos, no porque sea un fantasma,
sino porque es una máscara de acero imperturbable...
Sin rasgos, sin ojos, sin edad, sin nombre.
Él, él es el que ha elegido tener un solo nombre:
el enemigo.
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martes, 7 de julio de 2015
UN VERANO CON MÓNICA (1953), DE INGMAR BERGMAN. CUANDO HARRY ENCONTRÓ A MÓNICA.
La vida es un don que viene sin manual de instrucciones. Nacemos sin experiencia alguna y en muchas ocasiones solo se aprende a través de los errores. Además, hay una eterna lucha entre la razón y el instinto y en cuestiones sexuales, la victoria suele decantarse hacia el segundo, sobre todo cuando somos jóvenes. Esto es lo que le sucede a Harry Lund, un muchacho trabajador de Estocolmo, cuando conoce a Mónica, una adolescente hastiada de su labor en un almacén, donde el acoso a una mujer atractiva como ella es una práctica común. Mónica es una soñadora optimista y quiere escapar de su opresiva realidad, porque tampoco en casa encuentra acomodo, una vivienda masificada gobernada por un progenitor borracho. Harry puede ser una vía de escape: basta con dejarse llevar por el sentimiento amoroso y la vida empezará a tene sentido. Pero para eso hay que huir de la ciudad y pasar el verano en el campo. Solos los dos, rompiendo radicalmente con el trabajo y con la familia.
Y ellos pasan un verano maravilloso, los instantes de mayor felicidad en sus vidas: sin obligaciones, entregados a la holganza y al erotismo. Ojalá la entera vida fuera así, luminosa y plena de libertad. Pero las sombras de la realidad van cerniéndose poco a poco sobre el amor de los dos jóvenes. El dinero se acaba y también llega cierto hastío, porque también lo novedoso acaba trocándose en cotidiano. Hay problemas, hay discusiones y, lo peor de todo, ella queda embarazada. El paraíso se convierte en purgatorio. Hay que volver a la realidad, buscar trabajo, organizar una existencia en el Estocolmo del que huyeron hace apenas tres meses: el brutal desencanto de los locos sueños juveniles. La luz poderosa del verano se transforma en la oscuridad del invierno. A propósito de Un verano con Mónica, escribió Terenci Moix en La gran historia del cine:
"(...) espacios exuberantes, potenciados por una fotografía luminosa, son características de actitudes vitales y periodos de realización plena; así la culminación erótica de Un verano con Mónica. En este filme, que tuvo el valor de escandalizar a Europa, la pareja protagonista pasa de una realidad urbana mediocre y agobiante a los esplendores de la naturaleza, transmitidos mediante una estética propia de producto naturista, pero ampliamente evocativa de una atmósfera de erotismo liberado y, lo que es más importante, de los fugaces esplendores de la juventud."
Godard dijo que "solo Bergman puede filmar a los hombres tal y como las mujeres los aman, pero los odian, y a las mujeres tal y como los hombres las odian, pero las aman". Un verano con Mónica contiene un mensaje cruel, porque las esperanzas de felicidad juveniles son efímeras. Pero haber alcanzado esos momentos de dicha absoluta ya es un triunfo. Quizá un desencantado Harry pueda pensar que al menos los recuerdos de ese verano merecen la pena.
Y ellos pasan un verano maravilloso, los instantes de mayor felicidad en sus vidas: sin obligaciones, entregados a la holganza y al erotismo. Ojalá la entera vida fuera así, luminosa y plena de libertad. Pero las sombras de la realidad van cerniéndose poco a poco sobre el amor de los dos jóvenes. El dinero se acaba y también llega cierto hastío, porque también lo novedoso acaba trocándose en cotidiano. Hay problemas, hay discusiones y, lo peor de todo, ella queda embarazada. El paraíso se convierte en purgatorio. Hay que volver a la realidad, buscar trabajo, organizar una existencia en el Estocolmo del que huyeron hace apenas tres meses: el brutal desencanto de los locos sueños juveniles. La luz poderosa del verano se transforma en la oscuridad del invierno. A propósito de Un verano con Mónica, escribió Terenci Moix en La gran historia del cine:
"(...) espacios exuberantes, potenciados por una fotografía luminosa, son características de actitudes vitales y periodos de realización plena; así la culminación erótica de Un verano con Mónica. En este filme, que tuvo el valor de escandalizar a Europa, la pareja protagonista pasa de una realidad urbana mediocre y agobiante a los esplendores de la naturaleza, transmitidos mediante una estética propia de producto naturista, pero ampliamente evocativa de una atmósfera de erotismo liberado y, lo que es más importante, de los fugaces esplendores de la juventud."
Godard dijo que "solo Bergman puede filmar a los hombres tal y como las mujeres los aman, pero los odian, y a las mujeres tal y como los hombres las odian, pero las aman". Un verano con Mónica contiene un mensaje cruel, porque las esperanzas de felicidad juveniles son efímeras. Pero haber alcanzado esos momentos de dicha absoluta ya es un triunfo. Quizá un desencantado Harry pueda pensar que al menos los recuerdos de ese verano merecen la pena.
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THREADS (1984), DE MICK JACKSON. EL LARGO Y FRÍO INVIERNO NUCLEAR.
El gran miedo de nuestro tiempo es ser víctima de un atentado terrorista, una acción violenta que llega sin previo aviso y que puede ocurrirle a cualquiera en cualquier parte. Hace tres décadas el gran miedo de occidente tenía un cariz un poco distinto: la posibilidad cierta de una guerra nuclear entre las dos superpotencias. Revistas como Muy interesante, ofrecían amplios dossieres acerca de cómo sobrevivir a la explosión y organizar la próspera existencia que vendría tras ella. En este sentido también aparecieron algunos documentales y películas para televisión, que seguramente no eran muy apreciadas por las autoridades, por la ansiedad que podían crear en la población. La más conocida de ellas es El día después (Nicholas Meyer, 1983), pero también es muy interesante asomarse a esta Threads, porque, sin llegar a ser una gran obra, sí que se trata de una de esas películas que recogen el espíritu de una época.
El incidente con el empieza la Tercera Guerra Mundial en Threads comienza con la entrada de tropas soviéticas en Irán, pero eso no es más que una anécdota. Lo relevante es que todo termina con un ataque nuclear a nivel mundial que - suponemos - arrasa con todas las grandes ciudades del planeta. Aquí se nos muestran las consecuencias de la explosión de varias bombas termonucleares sobre la ciudad de Sheffield, en Gran Bretaña, que alberga una base de la OTAN: la tensión de los habitantes antes de que todo comience, que deriva en pánico y saqueo de establecimientos y por fin el ataque, que provoca en un primer momento cientos de miles de víctimas y que poco a poco irá sumando muchas más.
Lo que más me gusta de la película televisiva de Mick Jackson es la frialdad con la que está rodada. Hay un par de familias protagonistas, pero no existe ningún héroe entre ellas, todos sus miembros son víctimas pasivas de los acontecimientos y son sobrepasados por un horror mucho peor que el de Hiroshima o Nagasaki, puesto que los habitantes de Sheffield no pueden esperar recibir ayuda del exterior, ya que todo el país ha retrocedido a la era medieval en unos minutos. Threads está rodada en un tono semidocumental e instructivo, haciendo uso abundante de textos explicativos que nos informan de las condiciones imperantes en la ciudad: número de víctimas, escasez de alimentos, abundancia de enfermedades y destrucción de edificios. Además no ahorra críticas al propio gobierno británico, que carece de infraestructuras para enfrentar una situación semejante. El frágil orden es mantenido por un puñado de soldados que reparten los escasos alimentos almacenados, pero el caos y la anarquía asoman amenazantes en el horizonte.
Al final incluso podemos echar un vistazo a la vida de los pocos supervivientes y sus hijos una década después de los ataques. Se trata de una sociedad desoladora, en la que casi ha desaparecido la agricultura, casi todos los adultos están enfermos y los niños son seres semisalvajes que apenas conocen algunos términos básicos de comunicación. La cultura humana y el medio ambiente en el que siempre ha vivido han quedado arrasados. El futuro de la especie es incierto... Podemos estar agradecidos de que la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética nos ahorrara un panorama semejante, aunque estuviéramos a punto de experimentarlo en un par de ocasiones.
El incidente con el empieza la Tercera Guerra Mundial en Threads comienza con la entrada de tropas soviéticas en Irán, pero eso no es más que una anécdota. Lo relevante es que todo termina con un ataque nuclear a nivel mundial que - suponemos - arrasa con todas las grandes ciudades del planeta. Aquí se nos muestran las consecuencias de la explosión de varias bombas termonucleares sobre la ciudad de Sheffield, en Gran Bretaña, que alberga una base de la OTAN: la tensión de los habitantes antes de que todo comience, que deriva en pánico y saqueo de establecimientos y por fin el ataque, que provoca en un primer momento cientos de miles de víctimas y que poco a poco irá sumando muchas más.
Lo que más me gusta de la película televisiva de Mick Jackson es la frialdad con la que está rodada. Hay un par de familias protagonistas, pero no existe ningún héroe entre ellas, todos sus miembros son víctimas pasivas de los acontecimientos y son sobrepasados por un horror mucho peor que el de Hiroshima o Nagasaki, puesto que los habitantes de Sheffield no pueden esperar recibir ayuda del exterior, ya que todo el país ha retrocedido a la era medieval en unos minutos. Threads está rodada en un tono semidocumental e instructivo, haciendo uso abundante de textos explicativos que nos informan de las condiciones imperantes en la ciudad: número de víctimas, escasez de alimentos, abundancia de enfermedades y destrucción de edificios. Además no ahorra críticas al propio gobierno británico, que carece de infraestructuras para enfrentar una situación semejante. El frágil orden es mantenido por un puñado de soldados que reparten los escasos alimentos almacenados, pero el caos y la anarquía asoman amenazantes en el horizonte.
Al final incluso podemos echar un vistazo a la vida de los pocos supervivientes y sus hijos una década después de los ataques. Se trata de una sociedad desoladora, en la que casi ha desaparecido la agricultura, casi todos los adultos están enfermos y los niños son seres semisalvajes que apenas conocen algunos términos básicos de comunicación. La cultura humana y el medio ambiente en el que siempre ha vivido han quedado arrasados. El futuro de la especie es incierto... Podemos estar agradecidos de que la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética nos ahorrara un panorama semejante, aunque estuviéramos a punto de experimentarlo en un par de ocasiones.
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viernes, 3 de julio de 2015
EL SHA O LA DESMESURA DEL PODER (1982), DE RYSZARD KAPUSCINSKI. EL HOMBRE QUE LO TENÍA TODO, TODO, TODO.
Los libros de Ryszard Kapuscinski tienen algo especial. Además de ser el testimonio de uno de los mejores periodistas del siglo XX, viajero y aventurero como pocos, constituyen un completo fresco, muy reflexivo, acerca del ser humano y sus miserias. Kapuscinski posee la cualidad del testigo que es capaz de hacer notar al lector hasta el más mínimo detalle de los acontecimientos que describe y ponderar su importancia para el desarrollo de hechos posteriores. Leer al autor polaco es un auténtico placer, imprescindible si se quiere, no solo conocer, sino también comprender en profundidad episodios clave del siglo pasado o las formas de vida en distintos países, sobre todo del Tercer Mundo.
En El sha, el autor no traza un relato lineal de los hechos que narra, sino que va analizando distintas fotografías, notas recogidas a pie de campo o testimonios y a partir de ellos desarrolla una historia que, tristemente, se repite en muchas naciones, aunque en cada una de ellas posea matices distintos. Durante casi cuatro décadas, Mohammad Reza Pahlevi fue el soberano absoluto de Irán, estableciendo un gobierno basado en el culto a la personalidad y en el enriquecimiento desmesurado de una pequeña parte de la población, frente a la miseria de la mayoría. Jamás dudó en reprimir los brotes de descontento masacrando a los manifestantes a través de la policía o el ejército. Gobernó siempre tratando de hacer progresar al país por la vía rápida, comprando compulsivamente toda clase de bienes y material militar, gracias a los ingresos del petróleo, un maná, que se preveía inagotable, de dinero fácil:
"Y es que el petróleo crea la ilusión de una vida completamente diferente, una vida sin esfuerzo, una vida gratis. El petróleo es una materia que envenena las ideas, que enturbia la vista, que corrompe. La gente de un país pobre deambula pensando: ¡Ay Dios, si tuviéramos petróleo…! La idea del petróleo refleja a la perfección el eterno sueño humano de la riqueza lograda gracias a un azar, a un golpe de suerte, y no a costa de esfuerzo y de sudar sangre. Visto en este sentido, el petróleo es un cuento y, como todos los cuentos, una mentira. El petróleo llena al hombre de tal vanidad que éste empieza a creer que fácilmente puede destruir ese factor tan resistente y reacio que se llama tiempo. Teniendo el petróleo, solía decir el último sha, en el período de una generación ¡crearé otra América! No la creó. El petróleo es fuerte pero también tiene sus puntos débiles: no sustituye a la necesidad de pensar, tampoco sustituye a la sabiduría. Una de las cualidades más tentadoras del petróleo y que más atrae a los poderosos es que refuerza el poder. El petróleo da grandes ganancias y, al mismo tiempo, no crea graves conflictos sociales porque no genera grandes masas de proletariado ni tampoco importantes capas de burguesía, con lo cual un gobierno no tiene que compartir las ganancias con nadie y puede disponer de ellas libremente, de acuerdo con sus ideas o como le dé la gana."
Durante algunos años, sobre todo en los setenta, cuando los precios del petróleo subieron desmesuradamente, a Irán llegaron toda clase de bienes de equipo para construir fábricas, de vehículos y de productos de lujo, además del armamento más avanzado del momento. Reza pretendía, a través del programa de la Gran Civilización, llegar a ser la tercera potencia mundial. La cruda realidad fue que gran parte de este material se perdió por la falta de infraestructuras en el país para conservarlos, la ausencia de puertos capaces de absorber el enorme tráfico marítimo generado por tanto pedido y asimismo la mala calidad de la red de carreteras del país. Además, el país carecía de todos los especialistas, ingenieros o conductores necesarios para poner en marcha tan ambiciosos planes. Ni siquiera en el ejército existía personal capaz de manejar armas tan sofisticadas. Así que hubo que traer a una gran cantidad de extranjeros, que cobraban sueldos desmesurados en relación a los iraníes, otro motivo de gran descontento con el régimen. Mientras tanto, alrededor del sha se organizaba entre los privilegiados un mercadillo privado de corruptelas, negocios y prebendas, en el que el objetivo último era la ostentación más descarada de riqueza, lujo y poder.
El gran pilar que sostenía el gobierno del sha era la temible policía secreta, la Savak. La Savak era una institución oculta y a la vez omnipresente en la vida de los habitantes de Irán. Cualquiera podía ser un savakista o un informador, por lo que el mero hecho de mantener una conversación ya era peligroso. Cualquier alusión, aunque fuera inocente o metafórica (o que pudiera interpretarse como tal) al malestar que provocaba el régimen, era duramente reprimida. Mucha gente desaparecía y era sometida a horribles torturas, muchos de ellos por mero capricho de sus verdugos. Este miedo constante provocaba un clima parecido al que podía vivirse durante el nazismo, el estalinismo, la Rumanía de Ceaucescu, la República Dominicana de Trujillo o la Alemania comunista, entre otros muchos tristes ejemplos. Había que elegir muy bien las palabras que se utilizaban en cualquier diálogo:
"La experiencia les había enseñado que debían evitar pronunciar en voz alta palabras como agobio, oscuridad, peso, abismo, trampilla, ciénaga, descomposición, jaula, rejas, cadena, mordaza, porra, bota, mentira, tornillo, bolsillo, pata, locura, y también verbos como tumbarse, asustarse, plantarse, perder (la cabeza), desfallecer, debilitarse, quedarse ciego, sordo, hundirse, e incluso expresiones (que comienzan por el pronombre algo) como algo no cuadra, algo no encaja, algo va mal, algo se romperá, porque todos estos sustantivos, verbos, adjetivos y pronombres podrían constituir una alusión al régimen del sha, por tanto eran un campo semántico minado que bastaba pisar para saltar por los aires. Por unos instantes (pero pocos) la duda asaltó a la gente de la parada: ¿no sería el enfermo también un savakista?, porque ¿el que hubiera criticado al régimen (ya que en la conversación había usado la palabra sofocante) no querría decir que tuviese permiso para criticar? Si no estuviese autorizado a hacerlo, se habría quedado callado o hubiese hablado de cosas agradables, por ejemplo de que hacía sol o que el autobús iba a llegar de un momento a otro. Y ¿quién tenía derecho a criticar? Sólo los de la Savak, que de ese modo provocaban a los incautos charlantes para después llevárselos a la cárcel. El miedo omnipresente trastornó muchas cabezas y despertó tales sospechas que la gente dejó de creer en la honestidad, en la pureza y en la valentía de los demás."
Ante este panorama, mucha gente optaba por buscar refugio en las mezquitas, el único lugar donde podía obtenerse un poco de paz de espíritu y donde fue fermentándose la revolución que se personificó en el ayatolá Jomeini, que llevaba en el exilio desde 1964. Fue una revolución sangrienta, repleta de masacres, pero alimentada por el fervor religioso de unos y la esperanza democrática de otros. El sha huyó hacia su exilio dorado y al final se estableció una república teocrática, algo que debió desesperar a los seguidores del fallecido dirigente democrático Mohammad Mosaddeq y a quienes habían soñado con un Irán verdaderamente moderno, laico y garante de la justicia social. Al pueblo iraní le esperaban nuevos sufrimientos y horrores, como la guerra con el vecino Irak, como si de una maldición bíblica se tratara. Pero esa es otra historia...
En El sha, el autor no traza un relato lineal de los hechos que narra, sino que va analizando distintas fotografías, notas recogidas a pie de campo o testimonios y a partir de ellos desarrolla una historia que, tristemente, se repite en muchas naciones, aunque en cada una de ellas posea matices distintos. Durante casi cuatro décadas, Mohammad Reza Pahlevi fue el soberano absoluto de Irán, estableciendo un gobierno basado en el culto a la personalidad y en el enriquecimiento desmesurado de una pequeña parte de la población, frente a la miseria de la mayoría. Jamás dudó en reprimir los brotes de descontento masacrando a los manifestantes a través de la policía o el ejército. Gobernó siempre tratando de hacer progresar al país por la vía rápida, comprando compulsivamente toda clase de bienes y material militar, gracias a los ingresos del petróleo, un maná, que se preveía inagotable, de dinero fácil:
"Y es que el petróleo crea la ilusión de una vida completamente diferente, una vida sin esfuerzo, una vida gratis. El petróleo es una materia que envenena las ideas, que enturbia la vista, que corrompe. La gente de un país pobre deambula pensando: ¡Ay Dios, si tuviéramos petróleo…! La idea del petróleo refleja a la perfección el eterno sueño humano de la riqueza lograda gracias a un azar, a un golpe de suerte, y no a costa de esfuerzo y de sudar sangre. Visto en este sentido, el petróleo es un cuento y, como todos los cuentos, una mentira. El petróleo llena al hombre de tal vanidad que éste empieza a creer que fácilmente puede destruir ese factor tan resistente y reacio que se llama tiempo. Teniendo el petróleo, solía decir el último sha, en el período de una generación ¡crearé otra América! No la creó. El petróleo es fuerte pero también tiene sus puntos débiles: no sustituye a la necesidad de pensar, tampoco sustituye a la sabiduría. Una de las cualidades más tentadoras del petróleo y que más atrae a los poderosos es que refuerza el poder. El petróleo da grandes ganancias y, al mismo tiempo, no crea graves conflictos sociales porque no genera grandes masas de proletariado ni tampoco importantes capas de burguesía, con lo cual un gobierno no tiene que compartir las ganancias con nadie y puede disponer de ellas libremente, de acuerdo con sus ideas o como le dé la gana."
Durante algunos años, sobre todo en los setenta, cuando los precios del petróleo subieron desmesuradamente, a Irán llegaron toda clase de bienes de equipo para construir fábricas, de vehículos y de productos de lujo, además del armamento más avanzado del momento. Reza pretendía, a través del programa de la Gran Civilización, llegar a ser la tercera potencia mundial. La cruda realidad fue que gran parte de este material se perdió por la falta de infraestructuras en el país para conservarlos, la ausencia de puertos capaces de absorber el enorme tráfico marítimo generado por tanto pedido y asimismo la mala calidad de la red de carreteras del país. Además, el país carecía de todos los especialistas, ingenieros o conductores necesarios para poner en marcha tan ambiciosos planes. Ni siquiera en el ejército existía personal capaz de manejar armas tan sofisticadas. Así que hubo que traer a una gran cantidad de extranjeros, que cobraban sueldos desmesurados en relación a los iraníes, otro motivo de gran descontento con el régimen. Mientras tanto, alrededor del sha se organizaba entre los privilegiados un mercadillo privado de corruptelas, negocios y prebendas, en el que el objetivo último era la ostentación más descarada de riqueza, lujo y poder.
El gran pilar que sostenía el gobierno del sha era la temible policía secreta, la Savak. La Savak era una institución oculta y a la vez omnipresente en la vida de los habitantes de Irán. Cualquiera podía ser un savakista o un informador, por lo que el mero hecho de mantener una conversación ya era peligroso. Cualquier alusión, aunque fuera inocente o metafórica (o que pudiera interpretarse como tal) al malestar que provocaba el régimen, era duramente reprimida. Mucha gente desaparecía y era sometida a horribles torturas, muchos de ellos por mero capricho de sus verdugos. Este miedo constante provocaba un clima parecido al que podía vivirse durante el nazismo, el estalinismo, la Rumanía de Ceaucescu, la República Dominicana de Trujillo o la Alemania comunista, entre otros muchos tristes ejemplos. Había que elegir muy bien las palabras que se utilizaban en cualquier diálogo:
"La experiencia les había enseñado que debían evitar pronunciar en voz alta palabras como agobio, oscuridad, peso, abismo, trampilla, ciénaga, descomposición, jaula, rejas, cadena, mordaza, porra, bota, mentira, tornillo, bolsillo, pata, locura, y también verbos como tumbarse, asustarse, plantarse, perder (la cabeza), desfallecer, debilitarse, quedarse ciego, sordo, hundirse, e incluso expresiones (que comienzan por el pronombre algo) como algo no cuadra, algo no encaja, algo va mal, algo se romperá, porque todos estos sustantivos, verbos, adjetivos y pronombres podrían constituir una alusión al régimen del sha, por tanto eran un campo semántico minado que bastaba pisar para saltar por los aires. Por unos instantes (pero pocos) la duda asaltó a la gente de la parada: ¿no sería el enfermo también un savakista?, porque ¿el que hubiera criticado al régimen (ya que en la conversación había usado la palabra sofocante) no querría decir que tuviese permiso para criticar? Si no estuviese autorizado a hacerlo, se habría quedado callado o hubiese hablado de cosas agradables, por ejemplo de que hacía sol o que el autobús iba a llegar de un momento a otro. Y ¿quién tenía derecho a criticar? Sólo los de la Savak, que de ese modo provocaban a los incautos charlantes para después llevárselos a la cárcel. El miedo omnipresente trastornó muchas cabezas y despertó tales sospechas que la gente dejó de creer en la honestidad, en la pureza y en la valentía de los demás."
Ante este panorama, mucha gente optaba por buscar refugio en las mezquitas, el único lugar donde podía obtenerse un poco de paz de espíritu y donde fue fermentándose la revolución que se personificó en el ayatolá Jomeini, que llevaba en el exilio desde 1964. Fue una revolución sangrienta, repleta de masacres, pero alimentada por el fervor religioso de unos y la esperanza democrática de otros. El sha huyó hacia su exilio dorado y al final se estableció una república teocrática, algo que debió desesperar a los seguidores del fallecido dirigente democrático Mohammad Mosaddeq y a quienes habían soñado con un Irán verdaderamente moderno, laico y garante de la justicia social. Al pueblo iraní le esperaban nuevos sufrimientos y horrores, como la guerra con el vecino Irak, como si de una maldición bíblica se tratara. Pero esa es otra historia...
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jueves, 2 de julio de 2015
CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN JULIO. ¿CUÁL FUE TU PRIMERA VEZ?
Una de las primeras conversaciones que mantuvimos en nuestra tertulia Fahrenheit 154 se basó en tratar de evocar como empezó cada uno de nosotros a aficionarse a la lectura y qué libro era el primero que recordaba haber leído. Por supuesto, hubo respuestas para todos los gustos, pero todos coincidimos en la importancia que tiene tener en casa algunas estanterías con libros que llamen la atención al niño. Si es posible, que sean uno de los centros de la vida hogareña, destronando al televisor (qué herejía acabo de escribir aqui...) y que los padres practiquen el hábito de la lectura con naturalidad. Aunque sea por imitación, es posible que el niño acabe aficionándose a los libros también. Un futuro aficionado incondicional a los clubes de lectura, que este mes de julio, como es tradicional, disminuyen en número, pero no en calidad.
Los clubes de lectura de Más Libros Libres pueden consultarse aquí:
http://maslibroslibres.com/clubes-de-lectura-en-mas-libros-libres-en-julio/
En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, una novela que se convirtió en una estupenda película de Stephen Frears: Alta fidelidad, de Nick Horbny.
En el club de lectura de Fnac Málaga, una curiosa novela acerca de lo que sucedería si Hitler se despertara en nuestro tiempo: Ha vuelto, de Timur Vermes.
En el club de lectura de la librería Luces, El amigo del desierto, de Pablo d´Ors, acerca de la aventura interior del ser humano y la poética del vacío.
Y por fin, en nuestro veterano ciclo Literatura y cine, celebraremos una interesante tertulia en torno a una de las últimas obras de uno de los grandes directores de nuestro tiempo: El escritor, de Roman Polanski, la película definitiva en torno a los negros literarios.
Aguanten la ola de calor con un buen libro entre las manos... ¡Felices lecturas!
Los clubes de lectura de Más Libros Libres pueden consultarse aquí:
http://maslibroslibres.com/clubes-de-lectura-en-mas-libros-libres-en-julio/
En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, una novela que se convirtió en una estupenda película de Stephen Frears: Alta fidelidad, de Nick Horbny.
En el club de lectura de Fnac Málaga, una curiosa novela acerca de lo que sucedería si Hitler se despertara en nuestro tiempo: Ha vuelto, de Timur Vermes.
En el club de lectura de la librería Luces, El amigo del desierto, de Pablo d´Ors, acerca de la aventura interior del ser humano y la poética del vacío.
Y por fin, en nuestro veterano ciclo Literatura y cine, celebraremos una interesante tertulia en torno a una de las últimas obras de uno de los grandes directores de nuestro tiempo: El escritor, de Roman Polanski, la película definitiva en torno a los negros literarios.
Aguanten la ola de calor con un buen libro entre las manos... ¡Felices lecturas!
miércoles, 1 de julio de 2015
EL AVIADOR (2004), DE MARTIN SCORSESE. HUGHES, UN HOMBRE Y SUS SUEÑOS.
En el breve prólogo de El aviador, en el que podemos contemplar una escena de la infancia del protagonista, la madre de Hughes lo baña, mientras lo alecciona respecto a las obsesivas normas de higiene que iban a marcar el resto de su existencia: el peligro constante de los gérmenes, la posibilidad de tener que establecer cuarentenas para evitar contagios. El mundo como un lugar hostil, con el que deberiamos relacionarnos idealmente detrás de un traje aislante, que nos impidiera nuestra relación cotidiana con virus y bacterias.
No obstante, en su juventud Hughes supo disimular estas obsesiones y se convirtió en uno de los playboys más míticos de Estados Unidos, relacionándose con actrices como Ava Gadner, Bette Davis, Rita Hayworth y Olivia de Havilland, entre otras muchas representantes de la época dorada de Hollywood, aunque quizá la relación más profunda fue la que mantuvo con Katharine Hepburn, que siguió siendo su amiga fiel después de su ruptura sentimental. Scorsese nos presenta a Hughes en su plenitud, volcado en un proyecto que aunaba sus dos grandes pasiones, la aviación y el cine, el mítico filme Hell´s Angels (1930), un prodigio técnico para la época, cuya realización le llevó cuatro largos años.
Pero si por algo quería ser recordado el magnate era por sus aportaciones innovadoras al desarrollo de la aviación, una industria en auge durante la Segunda Guerra Mundial. Precisamente el incumplimiento de algunos contratos con el Ejército le llevó a ser investigado por el Congreso, aunque Hughes supo defenderse con vehemencia. El episodio de su pasión por la aviación que habría de marcarle verdaderamente se produjo el 7 de julio de 1946, cuando estrelló, durante una prueba, el prototipo de avión espía en el que estaba trabajando. El accidente fue terrible y estuvo a punto de acabar con su vida. La modélica planificación con la que Scorsese nos muestra el episodio - en la que casi podemos sentir el dolor de las heridas del protagonista - es un ejemplo de por qué el neoyorkino es uno de los mejores directores de cine de todos los tiempos.
A partir del accidente y después de una larga y penosa recuperación la vida de Hughes se volvió mucho más sombría. Pasaba largos periodos de tiempo aislado, dominado por sus obsesiones y por una progresiva locura que ya no podía ocultar del todo en sus apariciones en público. El magnate se convirtió así en héroe y villano al mismo tiempo en la imaginación popular. Sus conquistas amorosas, su pasión innovadora en la ingeniería aeronáutica y la imagen que quería transmitir de hombre hecho a sí mismo (en este sentido es revelador el episodio en casa de la familia Hepburn), casa muy bien con el ideal del sueño americano. Pero todo esto convivía con un carácter irascible, obsesivo y egocéntrico. Además era un hombre absolutamente corrupto, capaz de pagar grandes cantidades para acallar voces críticas o librarse de ser juzgado en un oscuro episodio - que no se trata en la película - en el que atropelló a un peatón cuando circulaba a gran velocidad con su coche, visiblemente bebido. Un personaje sin moral, amigo de dictadores y que era capaz de cualquier artimaña para no pagar impuestos.
El aviador es un gran retrato de época y un vehículo de lucimiento para su estrella, Leonardo DiCaprio. Es una película extraordinariamente bien planificada, dinámica y entretenida, pero constituye un retrato imperfecto de Howard Hughes, una personalidad demasiado complicada, que vivió tantas vidas que es imposible reflejarlas todas en casi tres horas de película. A destacar, entre otros muchos elementos, la sugestiva interpretación de Cate Blanchett, que compone a una Katharine Hepburn muy creible, fruto seguramente de un trabajo interpretativo previo muy intenso.
No obstante, en su juventud Hughes supo disimular estas obsesiones y se convirtió en uno de los playboys más míticos de Estados Unidos, relacionándose con actrices como Ava Gadner, Bette Davis, Rita Hayworth y Olivia de Havilland, entre otras muchas representantes de la época dorada de Hollywood, aunque quizá la relación más profunda fue la que mantuvo con Katharine Hepburn, que siguió siendo su amiga fiel después de su ruptura sentimental. Scorsese nos presenta a Hughes en su plenitud, volcado en un proyecto que aunaba sus dos grandes pasiones, la aviación y el cine, el mítico filme Hell´s Angels (1930), un prodigio técnico para la época, cuya realización le llevó cuatro largos años.
Pero si por algo quería ser recordado el magnate era por sus aportaciones innovadoras al desarrollo de la aviación, una industria en auge durante la Segunda Guerra Mundial. Precisamente el incumplimiento de algunos contratos con el Ejército le llevó a ser investigado por el Congreso, aunque Hughes supo defenderse con vehemencia. El episodio de su pasión por la aviación que habría de marcarle verdaderamente se produjo el 7 de julio de 1946, cuando estrelló, durante una prueba, el prototipo de avión espía en el que estaba trabajando. El accidente fue terrible y estuvo a punto de acabar con su vida. La modélica planificación con la que Scorsese nos muestra el episodio - en la que casi podemos sentir el dolor de las heridas del protagonista - es un ejemplo de por qué el neoyorkino es uno de los mejores directores de cine de todos los tiempos.
A partir del accidente y después de una larga y penosa recuperación la vida de Hughes se volvió mucho más sombría. Pasaba largos periodos de tiempo aislado, dominado por sus obsesiones y por una progresiva locura que ya no podía ocultar del todo en sus apariciones en público. El magnate se convirtió así en héroe y villano al mismo tiempo en la imaginación popular. Sus conquistas amorosas, su pasión innovadora en la ingeniería aeronáutica y la imagen que quería transmitir de hombre hecho a sí mismo (en este sentido es revelador el episodio en casa de la familia Hepburn), casa muy bien con el ideal del sueño americano. Pero todo esto convivía con un carácter irascible, obsesivo y egocéntrico. Además era un hombre absolutamente corrupto, capaz de pagar grandes cantidades para acallar voces críticas o librarse de ser juzgado en un oscuro episodio - que no se trata en la película - en el que atropelló a un peatón cuando circulaba a gran velocidad con su coche, visiblemente bebido. Un personaje sin moral, amigo de dictadores y que era capaz de cualquier artimaña para no pagar impuestos.
El aviador es un gran retrato de época y un vehículo de lucimiento para su estrella, Leonardo DiCaprio. Es una película extraordinariamente bien planificada, dinámica y entretenida, pero constituye un retrato imperfecto de Howard Hughes, una personalidad demasiado complicada, que vivió tantas vidas que es imposible reflejarlas todas en casi tres horas de película. A destacar, entre otros muchos elementos, la sugestiva interpretación de Cate Blanchett, que compone a una Katharine Hepburn muy creible, fruto seguramente de un trabajo interpretativo previo muy intenso.
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