abarca casi enteramente el siglo XX y se nutrió en gran parte de los
acontecimientos de los que fue testigo. El filósofo inglés gozó de
tiempo en su larga vida (98 años) para estudiar y escribir acerca de una
gran variedad de temas: matemáticas, lógica, ética, religión,
historia... En su producción destacan sus escritos divulgativos,
dirigidos al gran público. Los artículos suelen versar sobre asuntos de
actualidad, escritos con sencillez, rigor y valentía, siempre bajo el
prisma de su gran sabiduría y sentido común. Ganador del Premio Nobel de
Literatura de 1950, fue definido como
El título de este conjunto de ensayos,
"Elogio de la ociosidad"
puede parecer un contrasentido viniendo de un autor tan prolífico.
Partiendo del manido refrán que asegura que "la ociosidad es la madre de
todos los vicios", Russell realiza un análisis crítico de la carga de
trabajo que soportan sus contemporáneos. Distingue entre ociosidad
negativa, la de los terratenientes que viven del trabajo de los demás y
la positiva, la del trabajador que, una vez cumplida su obligación,
puede dedicarse a cultivar sus aficiones o a atender a su familia:
"El
tiempo libre es esencial para la civilización, y, en épocas pasadas,
sólo el trabajo de los más hacía posible el tiempo libre de los menos.
Pero el trabajo era valioso, no porque el trabajo en sí fuera bueno,
sino porque el ocio es bueno. Y con la técnica moderna sería posible
distribuir justamente el ocio, sin menoscabo para la civilización."
En estos tiempos de altas tasas de
paro,
donde la carga de trabajo de los que conservan su empleo es cada vez
mayor, sería bueno asomarse a las palabras de Russell, que postula las
cuatro horas diarias como la jornada ideal que debe encomendarse a cada
trabajador. Esto solo es posible a través de un sistema socialista de
corte democrático, en el que el Estado tenga poder planificador sobre la
economía y establezca las prioridades de bienestar de sus ciudadanos,
algo parecido a lo conseguido por la socialdemocracia en los países del
norte de Europa.
"Elogio de la ociosidad" parece haberse escrito
ayer mismo, pero es un artículo de 1932. Desde hace años, muchos
pensadores políticos vienen abogando por el reparto de un bien escaso
como es el
trabajo. Se conseguiría abolir el
paro
y dotar de mayor libertad a los trabajadores, cambiando la competencia
feroz de las empresas por una cierta planificación dirigida por el
Estado, lo cual evitaría escándalos económicos como los que el mundo
padece desde hace unos años.
El Estado sería el garante del
bienestar de sus ciudadanos, a los que se les asignaría de un equilibrio
entre sus ganancias dinerarias y su disfrute del tiempo libre e incluso
se incrementarían de manera notable sus posibilidades de formación y de
participación democrática (aunque es razonable pensar que habría quien
usaría su ocio para su embrutecimiento personal). Russell se atreve a
hablar incluso de
felicidad:
"Para
que una población ociosa sea feliz, tiene que ser población educada y
educada con miras al placer intelectual, así como a la utilidad directa
del conocimiento técnico".
Resulta
curioso constatar que para la consecución de esta razonable utopía
Russell estudia incluso cual sería la arquitectura ideal de las
viviendas de trabajadores: se trataría de grandes edificios dotados de
un gran patio central donde se establecerían servicios comunitarios,
como cocina o guardería para los niños, con lo cual las parejas
ahorrarían mucho trabajo al volver a casa diariamente, y se fomentaría
la vida vecinal.
Una
de las obsesiones de Russell, de gran actualidad en los años treinta,
cuando estos escritos fueron publicados, es la confrontación entre
fascismo y
comunismo. El filósofo es impecablemente crítico por los dos. Respecto al fascismo, se trata de un régimen
racista,
violento e irracional, fundamentado en la supremacía de unos hombres
sobre otros. Tampoco se deja seducir por los cantos de sirena en los
cayeron otros intelectuales de su tiempo respecto a la Unión Soviética.
Russell entiende que el comunismo soviético se trata de una forma más de
autoritarismo, en la que la explotación de los trabajadores se desplaza
del patrón al Estado, que promete en todo momento una felicidad utópica
en un futuro que no acaba de llegar nunca:
"Por mi parte, aun
cuando soy un socialista tan convencido como el más ardoroso marxista,
no considero el socialismo como un evangelio de la venganza proletaria,
ni aun, primordialmente, como un medio para asegurar la justicia
económica. Lo considero, en principio, como un ajuste a la producción
mecanizada exigido por consideraciones de sentido común y calculado para
incrementar la felicidad no sólo de los proletarios, sino de todos,
excepto una exigua minoría de la raza humana."
La
realidad económica de este momento tiene más que ver con la ficción que
con los bienes materiales. Como si de un vidente se tratara, Russell
dejó escrita estas reveladoras palabras, que engloban el gran problema
de nuestro tiempo:
"No se consiente a un hombre que practique
la medicina a menos que sepa algo del cuerpo humano, pero se consiente a
un financiero que opere libremente sin el menor conocimiento de los
múltiples efectos de sus actividades, con la única excepción del efecto
que tengan sobre su cuenta bancaria."
Quizá vaya siendo hora
de dejar atrás una economía basada en la especulación y en burbujas de
deuda que acaban reventando y mirar hacia una economía mucho más
sostenible, la economía basada en los bienes materiales, una economía
verdaderamente democratizada, en la que sean partícipes todos los
ciudadanos y no sólo unos pocos iluminados capaces de crear desastres
globales con tal de obtener lucro personal. ¿Es esto compatible con el
capitalismo? Quizá esta era la refundación de la que hablaba Sarkozy en los primeros momentos del desastre.