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sábado, 24 de diciembre de 2022

SUBURBICON (2017), DE GEORGE CLOONEY.

En muchas ocasiones, cuando el cine norteamericano quiere retratar el alma de los años cincuenta, traslada sus historias a los barrios que empezaban a surgir en las afueras de las grandes ciudades, barrios de casas individuales con una pequeña parcela en la que las clases medias podían empezar a vivir el sueño americano pagando una hipoteca en cómodos plazos. Se esperaba que los vecinos fueran familias blancas con varios hijos, educación exquisita y trabajos de oficina que requirieran traje y corbata. Cualquier elemento distorsionador de la vida del barrio - por ejemplo, una familia negra - era mal recibido. Ya nos enseñó David Lynch que bajo la apariencia de existencia perfecta laten los peores males y por esos derroteros transcurre este guion de los hermanos Coen, un proyecto que no rodaron en su primera época y que retomó George Clooney en una comedia negra bastante inspirada pero a la que le falta algo de ritmo narrativo - y un ensamblaje más sólido entre sus dos historias principales - para ser redonda. A destacar el papel que asume Matt Damon, muy alejado de los de gran héroe americano y que aquí encarna a un ser absolutamente egoísta, pero bastante estúpido. Aparece también Oscar Isaac en un papel que parece salido del mundo de Perdición de Billy Wilder. Dicho esto, Suburbicon se ve con agrado, pero da la impresión de que con ese material los hermanos Coen hubieran firmado una obra mucho más sólida cuando se encontraban en plena forma en los años noventa. 

P: 6

domingo, 16 de marzo de 2014

MONUMENTS MEN (2014), DE GEORGE CLOONEY. SALVAR A LA VIEJA EUROPA.

Conforme la humanidad ha ido avanzando en el arte de la guerra, los progresos han sido espectaculares, hasta el punto de que un conflicto mundial que se produjera en nuestros días podría resolverse en pocas horas con el resultado de la destrucción casi total de la vida en nuestro planeta. La Segunda Guerra Mundial fue un paso decisivo en esa dirección. Si bien la artillería del conflicto del catorce había probado ya su poder de devastación, en esta ocasión los daños se limitaron prácticamente a la zona de combate, que fue inamobible durante casi toda la guerra. Eso sí, cuando terminaron los combates la línea de trincheras, desde el norte hasta el sur de Francia, quedó como un paisaje lunar. A partir de 1939 las cosas fueron distintas, debido a la mayor movilidad de los ejércitos y, sobre todo, al perfeccionamiento de los bombardeos aéreos, que podían acabar con cientos de miles de víctimas en una ciudad en una sola noche. Así pues, con estos medios de destrucción masiva en manos de los gobiernos, el patrimonio histórico de Europa estaba en peligro. Solo hay que dar un paseo por el centro de Budapest, repleto de antiguos palacios con marcas de balazos y detonación de explosivos para comprobar que las cicatrices de la Segunda Guerra Mundial son aún visibles en muchas ciudades. Además, los nazis habían saqueado las colecciones de arte de los potentados judíos (sobre todo en Francia) y Hitler planeaba construir un museo en Linz con estos fondos, que mientras tanto se hallaban ocultos.

Sin haber leído todavía el ensayo de Robert Edsel en el que se basa la película de Clooney, la premisa de Monuments Men daba para filmar una obra muy interesante. Y mis anteriores experiencias con este director me hacían estar muy esperanzado en cuanto al resultado, a pesar de las críticas negativas que ya había leído. Desgraciadamente, tengo que unirme a los que opinan que se trata de una película fallida. Su tono general es extraño: parece que se quiera ofrecer un homenaje al cine bélico clásico en clave de comedia con un gran toque patriótico. En general, todo resulta poco creíble en Monuments Men, empezando por el personaje protagonista, interpretado por el propio Clooney, una especie de Hannibal del Equipo A, siempre sonriente, que primero convence a sus superiores para organizar una brigada que se encargue de proteger el arte europeo con una lección de historia digna de un colegio de Primaria y luego recluta a sus hombres de la manera más burda. Más tarde el guión se subdivide en varias tramas, a cual más absurda, protagonizadas por grandes actores en su momento más bajo de carisma, pues no transmiten nada prácticamente en ningún momento y la química entre ellos resulta inexistente, siendo especialmente sangrante el caso de Matt Damon, que parece estar interpretando a su personaje con total desgana.

A falta, como ya he dicho, de leer la fuente original en la que se basa el film, la premisa narrativa que ha seguido Clooney me parece poco creíble, quizá porque su guión quiere abarcar demasiado y no profundiza en nada, dejando al espectador con muchísimas preguntas, sobre todo porque la película parece pretender no ir más allá del elogio del ejército estadounidense en la guerra, que no solo se preocupaba de acabar con el nazismo, sino que también se esforzaba en salvaguardar la cultura europea, para que la sociedad que surgiera en la postguerra pudiera preservar su pasado. Todo esto está muy bien, pero en estos tiempos el tono patriótico que impregna toda la película (especialmente vergonzoso en la escena final) parece querer abundar en una idea, ya felizmente superada, de que los estadounidenses ganaron la guerra casi en solitario. No está de más recordar que esos rusos a los que se retrata en la única escena en la que aparecen casi como estúpidos perdieron veinticinco millones de personas en la lucha contra Alemania, aunque su dirigente fuera casi tan criminal como el propio Hitler. Y, tampoco estaría mal hacer memoria y reflexionar acerca de otras actuaciones del ejército americano respecto al patrimonio europeo a las que no se alude en ningún momento en la película. Solo nombraré la ciudad de Dresde, la llamada Florencia del Elba, una urbe indefensa con un rico patrimonio artístico que desapareció en un par de noches de bombas incendiarias. Mientras la brigada de Monuments Men realizaba su loable trabajo en busca de patrimonio desaparecido, una ciudad patrimonio de la humanidad dejaba de existir por orden de los mismos patrocinadores. Y es que las guerras no son un ejercicio tan limpio de buenos contra malos, como se nos quiere hacer ver. Y los soldados no mueren tan elegantemente, con una sonrisa en los labios, como lo hace el miembro francés del equipo. Qué diferencia con Salvar al soldado Ryan, un film también patriótico, pero a la vez realista, que no toma atajos a la hora de retratar la crueldad de lo que estaba sucediendo en la vieja Europa en aquellos meses.

domingo, 1 de abril de 2012

LOS IDUS DE MARZO (2011), DE GEORGE CLOONEY. EL CANDIDATO PERFECTO.


¿Existen los políticos honestos? Cuando yo era estudiante y alguien me hacía esta pregunta, no dudaba en responder que sí. Opinaba que la política era una profesión como cualquier otra y que debía estar compuesta de gente de toda condición. Ahora ya no soy tan idealista: sigo pensando que sin duda hay gente honesta trabajando en estos menesteres, pero sin duda nunca llegarán a las cimas de su profesión. Hay tantos poderosos intereses rondando al poder que es inconcebible que quien llega a saborear el mismo no haya tenido antes que ensuciarse de lodo en mayor o menor medida.

En esta inteligente película de Clooney, él mismo interpreta a un candidato que opta a ser el elegido para representar al Partido Demócrata en la carrera presidencial estadounidense. A primera vista parece el hombre perfecto: un gran comunicador que tiene respuestas para los retos a los que se enfrentan los Estados Unidos en la actualidad, el típico hombre de familia que encandila a los votantes, siempre dispuestos a dejarse manipular, aunque en esta ocasión (para deleite dirigido a los que nos gustaría que ciertos asuntos se normalizaran en aquel poderoso país) quien pretende ser presidente no es alguien especialmente religioso. Ni siquiera Obama, que seguramente es ateo en su fuero íntimo, ha podido sustraerse de la obligación de aparecer como alguien devoto.

Pero sólo basta con rasgar un poco la piel de un hombre para asomarse a sus debilidades, que en este caso no tienen que ver con el poder o el dinero, sino con el sexo. Y el descubrimiento de una debilidad conlleva enseguida el uso de la mentira. Y la mentira engendra corrupción. Un círculo vicioso que explica a la perfección esta película, cuyo mayor acierto es ser minimalista, lo cual realza la tragedia del homo politicus: al que sus seguidores no le exigen que sea perfecto, pero sí que de la apariencia de serlo. Me recuerda todo esto a la tragedia del pobre Bill Clinton, que organizó unos absurdos bombardeos en Irak para tratar de desviar la atención del vergonzoso (aunque el sentido común me dice que estas cosas debieran quedar siempre en el ámbito de lo privado) escándalo con cierta becaria. Debilidades humanas que, en manos de personas con un poder desmesurado, pueden tener consecuencias trágicas.