viernes, 18 de diciembre de 2015

EL CHICO DE LA ÚLTIMA FILA (2006), DE JUAN MAYORGA. EL OJO DE LA CERRADURA.

Germán, el profesor de lengua se encuentra, como se dice vulgarmente, quemado. Hace tiempo que tiró la toalla en su eterna lucha contra la mediocridad del alumnado. Los trabajos que les manda son despachados por éstos a través de la ley del mínimo esfuerzo. Pero un buen día, una redacción destaca sobre las demás. Es la de Claudio, un alumno invisible que se sienta en la última fila, no tanto para pasar desapercibido, sino para practicar la actividad vital que más le gusta: observar tranquilamente el comportamiento de los demás. Nadie se fija en él y él puede fijarse en todos. Quizá ese es uno de los atributos más importantes para desarrollar la pasión que está empezando a descubrir, la de narrar historias. Pero como todas las pasiones llevadas hasta el extremo, esta puede resultar enfermiza, sobre todo si es estimulada por un profesor que no puede sustraerse a una malsana curiosidad por todo lo que escribe su pupilo. Ha nacido una relación nociva entre dos seres que no se encuentran a gusto en el mundo real, en la que acaban confundiendo la realidad con las ficciones.

Porque en la novela por entregas que Claudio va desarrollando para Germán está presente el morbo de lo cotidiano, de la descripción objetiva de la vida de una familia normal de clase media, con su existencia un poco aburrida, repleta de conflictos de baja intensidad. Además, explica por qué ha elegido a la familia (o la casa) de su amigo Rafa:

"¿Por qué Rafa?, ¿por qué lo elegí a él? Porque él es normal. Él está en el extremo opuesto. Hay otros de clase que están en el extremo opuesto, pero hubo algo que, el curso pasado, me hizo fijarme en Rafa: a menudo, al salir de clase, vi a sus padres esperándolo, cogidos de la mano. A otros chicos les avergüenza que sus padres vayan por allí, porque les avergüenza la situación o porque se avergüenzan de sus padres. Rafa no. Rafa parecía conforme con aquello. Y yo me preguntaba: ¿Cómo será su casa?; ¿cómo será la casa de una familia normal?"

En su trabajo, el escritor se comporta casi como un antropólogo, pormenorizando detalles que pueden parecer banales, pero que van cobrando sentido cuando él mismo empieza a implicarse en la historia. Lo que cuenta Claudio ¿empieza siendo realidad y se convierte en ficción? ¿es ficción desde el principio? ¿o se trata de un escritor tan ingenuo que no sabría desplegarse ni un ápice de los hechos de los que es testigo? Nosotros, como lectores o espectadores de la adaptación cinematográfica (En la casa, de François Ozon) , jamás podremos estar seguros, pero sí que asistiremos al proceso de degradación de ambos protagonistas, atrapados por la magia de una historia intrascendente pero absolutamente adictiva. Como sucedía con Sherezade, la narradora de Las mil y una noches, que fascinaba al Sultán con un cuento que nunca finalizaba, el profesor, un hombre adulto y respetable, queda tan prendado de la historia que es capaz hasta de robar un examen, con tal de que la narración siga su curso.

Juan Mayorga resume muy bien el sentido de su obra en una entrevista que se publicó en su día en el diario Abc:

" (...)está lleno de misterios, de contradicciones, de conflictos, de grandes pasiones... En él se juega con la pasión de mirar la vida de los otros, y se invita a los espectadores a mirar la vida de esa familia a través del ojo de una cerradura."

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