jueves, 15 de enero de 2009

POLVORÓN


(Relato presentado esta semana en la tertulia de La Casa de las palabras).


La ciudad donde vive Polvorón ofrece un sinfín de posibilidades para ejercitar el espíritu de la Navidad. Por un lado está El Corte Inglés, que ofrece regalos que contienen magia, o los centros comerciales periféricos, todos clónicos e igualmente apetecibles con sus lucecitas que atraen a los automovilistas como moscas a la miel con la promesa de la auténtica felicidad que ofrecen tiendas como Zara, H&M, Women Secret, Cortefiel, Mango y tantas otras que, para que todo resulte más edificante y sencillo, casi todas pertenecen al mismo dueño. Y, como es tradicional en estas fechas, el visitante de uno de estos templos del ocio no debe dejar de asomarse a su correspondiente Carrefour o Eroski, hacer cola para plastificar las compras anteriores y tratar de no cometer el pecado de salir sin compra alguna, soportando la humillación por un arco detector de ladrones. ¿Quién puede tener la sangre fría de marcharse con las manos vacías cuando los responsables del hipermercado se esfuerzan tanto en ofertarnos productos pensados precisamente para nosotros? Pero ahí no acaba la cosa ni mucho menos. Si Polvorón deseara una televisión de alta definición, siempre podría elegir entre Media Mark, donde tras comprar se sentirá extremadamente inteligente o Boulanger, o Urende. Algo tan sencillo como procurarse alimento también supone difíciles elecciones para Polvorón. Puede optar entre los delicatessen de Supercor, la funcionalidad de Mercadona, los precios para decir ¡olé! de Supersol (¿no será porque torean al consumidor?) o el mega-ahorro de Día o Plus Superdescuento, los preferidos por las amas de casa a las que cuesta llegar a final de mes. Si le apetece una hamburguesa podrá optar entre McDonalds y Burguer King ¿no es maravilloso? ¡Ay, si Polvorón se pusiera a pensar en estas cosas cada vez que pisa la calle! Es que a su ciudad no le falta de nada, es una ciudad de primera. Si quisiera comprar libros puede perderse entre las estanterías de Fnac o La Casa del Libro (aunque sabemos que a Polvorón eso de leer no le va mucho) o si necesitara un perfume para agradar a su novia podría acudir con toda tranquilidad a Primor o a Yves Rocher, donde será atendido como solo él se merece por hermosas dependientas (aunque desgraciadamente Polvorón carece en la actualidad de novia a la que sorprender con tan agradable presente).


Precisamente, quizá sea buena idea conocer a Polvorón visitando un centro comercial. A primera vista puede parecernos un hombre muy básico o muy llano, de palabras un tanto brutales y de aspecto sobrecogedor para quién no le conozca: pequeño de estatura, con un cuerpo atrofiado que una vez fue musculoso pero que la dejadez ha convertido en pura grasa. Cabeza pequeña con el cuello cubierto por una gran papada, ojos pequeños y vivaces, pero que denotan poca inteligencia o interés en lo que tiene delante de las narices. Y ya que hablamos de narices, describiremos la suya como extremadamente chata. A pesar de todo Polvorón es un hombre satisfecho con su vida tal y como denotan sus andares chulescos, sus balanceos a izquierda y derecha, parecidos al movimiento de esos graciosos muñecos que tienen una bola en lugar de piernas y que siempre dan la sensación de que van a dar con sus narices contra el suelo, pero que, contradiciendo la ley de la gravedad, al final logran sobreponerse a lo que parecía un triste destino y se balancean hacia el otro lado, consiguiendo un efecto muy celebrado por los niños de antaño. Otra carecterística de nuestro héroe es que siempre camina con los brazos en perpendicular a su tronco, formando un ángulo recto con sus antebrazos, terminando todo este impresionante conjunto en unos puños eternamente cerrados, quizá todo ello reminiscencias de los tiempos en los que Polvorón era todo músculos de acero y acudía a campeonatos de culturismo amateur que, por cierto, según me han contado, siempre terminaban en peleas entre los participantes.

Hemos buscado a Polvorón hoy domingo en algún centro comercial, pero no lo hemos visto, a pesar de la convocatoria general a consumir que ha debido llegar a todos los hogares. Y es que Polvorón está faltando hoy a su obligación de contribuir al sostenimiento de la economía y por ende, de la Navidad. Pero no lo hace por su gusto, pues de buena gana pasaría la tarde probándose gorras, una de sus grandes aficiones, sino porque, y he aquí su tragedia, se quedó sin trabajo hace meses y no se le ocurrió echar los papeles del paro, no por despiste, sino por total desconocimiento. ¡Qué candidez la de este hombre, creyendo que el gobierno iba a ocuparse de él sin ni tan siquiera solicitarlo! Y es que nuestro héroe es un ingenuo al que las cosas no le salen bien por creer que todo es más sencillo de lo que en realidad es.

Pero veo que ya más de un lector se me está impacientando y se hace una pregunta ávidamente en su cabeza: "Pero ¿quién es realmente Polvorón?". Intentaré contestarla con la concisión y claridad que ustedes se merecen: Polvorón es un parado (bueno, eso ustedes ya lo saben), una de las tantas víctimas de la crisis económica que no saben qué hacer con su vida. Nuestro héroe nació siendo albañil y siempre ha estado en la obra, desde que tiene uso de razón. Su vida ha quedado ligada al oficio de los ladrillos con una sólida argamasa que ninguna circunstacia había conseguido despegar hasta ahora. Y en este momento, un gran vacío se adueña del interior de Polvorón, que es lo que intento tratar en este relato que, si sigue así se convertirá en una novela épica. Pero ¿qué estoy escuchando ahora? ¡Ah sí! Es evidente, no he contado todavía de donde le viene el nombre a nuestro personaje. Está claro que no es un nombre cristiano, pero no se preocupen los que sospechen que no es bautizado. No, no de ningún modo, el protagonista de nuestra historia pertenece, como Dios manda, a la estirpe de los católicos. Lo que sucede es que "Polvorón" es un mote que lleva como un sambenito desde tiempos inmemoriales, desde tan antiguo que no está claro a causa de qué le fue impuesto ni por quién. Para eso hay teorías para todos los gustos: las más verosímiles aseguran que deriva de su oficio, por ir siempre sucio del polvo que desprende su lugar de trabajo. Otros dicen que le viene de una memorable ocasión en que se exhibió en su ciudad el polvorón más grande del mundo y que él, excitado enormemente por el deseo de probarlo, decía a sus amigos y conocidos: "Vamos a ir a ver el polvorón, vamos a ir a ver el polvorón...". Para finalizar, hay otros teóricos, los más picantes, que atestiguan que el apodo viene de una noche que lo vieron echando el que él mismo definió más tarde como "un peazo polvo" con una prostituta de pechos gigantescos en el puticlub de moda de la ciudad. Sea como fuere, Polvorón le pusieron y Polvorón se quedó. Si le preguntas a él qué opina de todo este asunto, encogerá los hombros con indiferencia.

El caso es que Polvorón se atormentaba. No sabía estar sin hacer nada y nada sabía hacer que no fuera su digno oficio. El BMW tuneado que tanto le estaba costando pagar aguardaba en la puerta de su casa un pronto embargo contra el que poco podía hacer la pensión no contributiva que cobraba su anciana madre, que apenas daba para sofocar el hambre gargantuesca de nuestro buen Polvorón. Hacía días que no pisaba la calle y en su cabeza se repetía la escena que vivió hace unos meses, cuando se enteró de sopetón de que se quedaba sin trabajo, de que su empresa había quebrado y no podía pagarle más. Apenas llevaba unos días poniendo ladrillos en aquellos adosados y el encargado fue quien se lo dijo. "Pues como dejemos la obra a medio hacer, nadie va a querer comprar", fue la lúcida reflexión de nuestro héroe. Pero ni por esas. Siguió volviendo todos los días, por si aquello se arreglaba y podía continuar con su tarea, hasta que se cansó de visitar aquel páramo con aquella obra que parecía llevar siglos abandonada, una estructura de hormigón que se iba ennegreciendo por su exposición a los elementos. En una última mirada la comparó lúcidamente con el esqueleto de una ballena varada en la playa al que nadie tenía intención de retirar.

Polvorón se había atrincherado en su habitación, fumando sus últimos cigarrillos, anhelando el sabor de unos porros que ya no se podía permitir y realizando frecuentes expediciones a la cocina para picotear algo o dar cuenta de las comidas que le preparaba su madre. De todos modos, esto no duró mucho. Nuestro héroe era un hombre de acción, alguien que no podía contemplar pasivamente el desmoronamiento de su existencia. Con una firme determinación salió a la calle y, haciendo honor a su propio mote, entró al Polvero más próximo y, con sus últimos euros, compró ladrillos, un saco de cemento, un cubo para mezclas y una carretilla para llevarlo todo. "¿Te ha salido algún chapú Polvorón?", le preguntó el dueño. "Si, si...", contestó él mientras salía apresuradamente.

Volvió a su cuarto con sus flamantes compras. Sin dudar ni un momento de lo que estaba haciendo (una vez que tomaba una decisión, la voluntad de Polvorón era inquebrantable), llenó de agua el cubo, vertió el contenido del saco y removió la mezcla no sin placer, producido por el regreso a su antigua y anhelada pasion. Como si de un cocinero se tratara, una vez comprobó que el mortero estaba en su punto, comenzó a colocar ladrillos en la puerta de su habitación para tapiarla. El trabajo solo le supuso unos minutos, pues los ladrillos los cortaba con presteza gracias a la radial que poseía. Una vez tapiada la puerta, respiró aliviado por vez primera en meses. El mundo exterior quedaba fuera, ya no podía afectarle. Ahora podía fabricarse su propia realidad y volver a ser el de antes. Subióse a una silla y sacó una caja de encima del armario. Vertió su contenido en el suelo. Cientos de pieza de un antiguo mecano yacían a sus pies. De otra caja sacó otros viejos juguetes: miniaturas de excavadoras, grúas, apisonadoras, camiones y otras máquinas habituales de su hábitat natural. Ahora tenía mucho trabajo por delante y no tenía tiempo que perder. Había que empezar a excavar los cimientos. Nada más ponerse a ello se dio cuenta de que algo se le había olvidado, ¿quién le iba a dar de comer? Recordó, remontándose con esfuerzo a los tiempos de su primera comunión, que había escuchado algún relato de santos ermitaños a los que Dios proveía de alimento cada mañana. Decidió hacer lo mismo, pedirle al Señor que le mandara lo que tuviera a bien proveer. La duda le surgió enseguida. Y es que la ciudad donde vive Polvorón ofrece un sinfín de posibilidades para ejercitar una petición de esa naturaleza. Por un lado está el Cristo de los faroles, de fama acreditada por los cientos de milagros que concede cada año, o el Cristo de la Soledad, de nombre tan apropiado a su situación actual, o el Santo Chiquito, o el de la Redención, entre tantos otros... Tendría que pensarlo un buen rato. Como consumidor, no debe tomar su decisión a la ligera.

2 comentarios:

  1. buñuelo de viento22 de enero de 2009, 23:05

    Si el relato de Polvorón se hiciera pelicula, el actor ideal sería Quique Sanfrancisco.

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  2. Bueno, Quique Sanfrancisco tendría que engordar un poco para hacer de Polvorón, pero seguro que un actor de su talla no tendría problemas, para hacerse con el papel.

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