viernes, 30 de octubre de 2009

ROMA, CIUDAD ABIERTA (1945), DE ROBERTO ROSSELLINI. LA ÉPICA DE LA RESISTENCIA.


El cuarto artículo que he publicado en Suite 101 está dedicado a la obra maestra del neorrealismo de Rossellini, una crónica veraz y muy dura de la ocupación nazi de la capital italiana. Intento establecer su contexto histórico y analizar su significado. Para quien no la haya visto, informarles de que hace un par de semanas salió en el ABC por un euro, en un magnífico pack junto a "Alemania, año cero". Quizá aún ande por algún kiosko. Aquí el enlace:

El neorrealismo italiano fue un movimiento cinematográfico realmente sorprendente., surgido entre las ruinas de la guerra. Después de años de guerra devastadora y humillante para el país, hubiera sido lógico pensar que los italianos necesitaban ir al a ver una película para evadirse de la realidad cotidiana.

Sin embargo, la tendencia dominante en la cinematografía de la época ofrecía justamente lo contrario: un análisis casi obsesivo y documental de lo que estaba sucediendo en la calle en aquellos momentos. Indudablemente, el espectador se identificaba con los personajes y situaciones que veía en pantalla. "Roma, ciudad abierta" (1945) es junto a "Ladrón de bicicletas" (1948) de Vittorio de Sica, la película más significativa de este movimiento.

En 1940, extasiado por los fulminantes éxitos de la Werchmatch en Europa, Mussolini, temiendo llegar tarde al reparto del continente, decidió la entrada de Italia en la Segunda Guerra Mundial. Su participación fue en desastre, ya que el Ejército italiano no se hallaba preparado para afrontar una contienda de esas características.

En 1943 los Aliados pusieron pie en Europa e iniciaron su invasión desde Sicilia. Los acontecimientos se precipitaron y el país quedó dividido en dos: el sur, liberado por americanos y británicos y el norte, controlado por los alemanes (a través de un Estado títere gobernado por Mussolini, que se hacía llamar República Social Italiana). Las redadas contra judíos y disidentes estaban a la orden del día. En este clima, miles de personas se unieron a la resistencia, en lo que puede considerarse una auténtica guerra civil entre italianos.

Desde luego, no resulta sorprendente que la atmósfera de la película esté tan conseguida, ya que se rodaba en el lugar de los hechos pocos meses después de la liberación y por personas que habían sido testigos de los mismos. Al espectador se le transmite la mezcla de hartazgo y desesperación que provocaba la prolongación de la guerra y la despiadada ocupación de los nazis.

Los aliados estaban en aquellos momentos empantanados en la sangrienta batalla de Montecassino, al sur de Roma y los únicos indicios que recibían los romanos de su cercanía eran esporádicos bombardeos, que provocaban muertos inocentes y destrucción en los barrios más populares. No obstante, y por suerte, la ciudad eterna no fue de las más afectadas en la Segunda Guerra Mundial, aunque sí que sufrió en sus carnes el hambre, la miseria y el desprecio del ejército alemán, que consideraba al italiano miembro de una raza inferior, tal y como había probado su actuación en la guerra.

El clima en la capital italiana era de máxima tensión para los alemanes. A la amenaza de invasión inminente por parte de los Aliados (que fracasaron en un intento de desembarco cerca de Roma, la llamada batalla deAnzio), se sumaban los atentados casi diarios por parte de la resistencia, a los que se consideraba meramente terroristas y cuyos miembros, al ser capturados, eran torturados y ejecutados sin piedad por parte de la Gestapo. Las represalias de los alemanes eran realmente brutales.

Aún escuece en Italia la famosa matanza de las fosas Ardeatinas, en la que fueron ejecutados 335 civiles italianos en venganza por la muerte de 33 miembros de las SS en la vía Rasella de Roma. La ciudad fue finalmente liberada un día antes del desembarco de Normandía, el 5 de junio de 1944.

La obra maestra de Rossellini parte de este escenario para contarnos la historia de dos colaboradores de la resistencia: Manfredi, un dirigente clandestino que es salvajemente torturado por la Gestapo para que delate a sus compañeros y el padre Pietro, un cura valiente que será fusilado. El director no ahorra detalles de los terribles suplicios de Manfredi, que se aparece al espectador como un nuevo Jesucristo que se enfrenta heroicamente a las fuerzas opresoras.

Es posible que resulte extraño para un espectador que conozca un poco la historia observar a prácticamente toda la población romana conspirando de un modo u otro contra los alemanes, cuando hasta hacía poco habían celebrado a Mussolini, pero hay que tener en cuenta que los nazis eran unos maestros en el arte de granjearse antipatías, ya su método de gobierno en los países ocupados no solía ser la colaboración con la población, sino el establecimiento de un régimen de terror que paralizara las ansias de resistencia.

Es evidente que tal fórmula erró, sobre todo cuando los vientos de la guerra empezaron a soplar a favor de los Aliados, por lo que las filas de la resistencia en Italia, al igual que en el resto de los países ocupados, se nutrieron en la misma proporción que iban desapareciendo los colaboracionistas. Ya lo advierte el único oficial alemán que, borracho, se ve dotado de una extraña lucidez para decir lo que realmente piensa: que los alemanes van a terminar aniquilados por el odio que han ido generando, a la vez que destroza el mito de la raza superior.

"Roma, ciudad abierta", constituye en suma un hermoso homenaje a la resistencia y un recuerdo a los héroes cuyos cadáveres estaban todavía calientes. Un testimonio de la contienda mundial que funciona casi como un documental y que impresiona al espectador por su mirada descarnada y cruelmente realista.

HERTA MÜLLER: LITERATURA Y UTOPÍA.


A todos nos gustaría que el premio Nobel de literatura recayera cada año en nuestros autores favoritos. A mí me hubiera encantado que se le hubieran concedido a Antonio Muñoz Molina, Philip Roth o Mario Vargas Llosa, pero que no suceda así tiene una clara ventaja: el descubrimiento de nuevos autores. Y en este caso parece ser que merece la pena acercarse a la obra de la hasta ahora desconocida Herta Müller, a tenor de la interesantísima entrevista que mantuvo con ella Carlos A. Aguilera en el ABC Cultural de la semana pasada. Müller habla con gran lucidez de la experiencia comunista y de las sociedades totalitarias en general. Aquí un fragmento:

"La literatura no es una utopía. La utopía es algo que uno se imagina y aún no existe, no ha sucedido. Uno quiere que pase: un deseo, un sueño. Menos aún me gusta el concepto de utopía feliz. La mayoría de las veces, cuando las utopías se tornan reales, son horribles. Stalin, Hitler, Ceaucescu, todos ellos perseguían utopías; Castro aún persigue la suya. Cuando alguno empieza a soñar y luego traslada su sueño del papel a la realidad, siempre destruye a seres humanos. Yo no quiero tener nada que ver con las utopías.

Lo dicho: creo que la literatura no es ninguna utopía, sino parte integrante de la sociedad, obra de las personas. Hasta se la puede tomar con las manos, es un producto. Un producto también puede ser algo malo, pero es preferible que la literatura sea un producto, un producto de la fantasía y no una utopía. La fantasía es algo muy distinto a la utopía. La fantasía está contra la utopía, pues la utopía es muy propensa a los totalitarismos. Tan pronto pretende hacerse realidad se vuelve rígida. Por fuerza debe restringirse a una sola variante. Y a partir de ahí aplicarle a la realidad aquello que tal vez sobre el papel aún no ha podido ser del todo explicado o resulta ambivalente. No creo que haya nada peor ni más temerario que la realidad transformada en utopía. ¡Terrible! De ahí las dictaduras."

jueves, 29 de octubre de 2009

ENRIC GONZÁLEZ: AUTOAYUDA EN POCAS PALABRAS.



Enric González es siempre la primera firma a la que acudo cuando abro "El País". Creo que no es la primera vez que lo digo, pero hay cosas que gusta repetir. Se ve que es un periodista honesto, con un historial que le permite escribir con entera libertad sobre lo que le place. Siempre utiliza una mezcla de sinceridad, humor e ironía que consigue que su lectura sea una actividad muy placentera. El fragmento que pongo hoy, aunque el tema del artículo haya sido una referencia a la debacle madrilista del martes, es mucho más útil y motivante que todos esos libros de autoayuda clónicos que pululan por las librerías:

"(...) el trabajo tiene mucho que ver con la dignidad, por ejemplo, y el trabajo nunca es inútil. Y la prepotencia, en cambio, no es digna y no lleva a ninguna parte. Los niños acabarán aprendiendo, casi siempre por las malas, que los fuertes suelen ganar y los débiles suelen perder. Convendría que tuvieran muy claro, sin embargo, que en algunas ocasiones no es así, y que la historia no está predeterminada, y que el cinismo disminuye el dolor, pero incapacita para el placer.

Otra lección apropiada tiene que ver con la autoestima. Hay que ser valiente, hay que mirar de frente al peligro. Hay que saber que siempre hay alguien más listo o más poderoso, pero no hay nadie superior a nadie. Hay que recordar que las jerarquías son simples convenciones sociales. Hay que tener muy presente que por mal que esté uno no deja de merecer el amor de los suyos. Y que el desprecio que pueda recibir de otros es eso, algo de otros, y no vale la pena perder el tiempo con los asuntos ajenos. Algo más, muy importante: la honradez vale más, muchísimo más, que el dinero."

martes, 27 de octubre de 2009

EXPOSICIÓN "ANTIGUOS INSTRUMENTOS DE TORTURA", EN TOLEDO. LOS TORMENTOS DE LA INQUISICIÓN.


El tercer artículo que he publicado en Suite 101 está dedicado a una exposición sobre la Inquisición y sus métodos que ví en Toledo. Para los más morbosos, sí, describo algunos de los aparatos de tortura. El pasado de la Iglesia Católica es aún más edificante que su presente. Aquí el enlace:




http://suite101.net/article/los-tormentos-de-la-inquisicion-a4034

SI LA COSA FUNCIONA (2009), DE WOODY ALLEN. UN BUEN AÑO.


Cuando ví por primera vez el título y el cartel de la nueva película de Woody Allen, me temí lo peor, es decir, que lo de "Vicky Cristina Barcelona" no se tratara de un patinazo sino de una nueva tendencia en su cine.

Afortunadamente, los temores eran infundados. El gran director neoyorkino ha vuelto a las esencias de su cine y nos vuelve a ofrecer una buena comedia, sostenida esta vez por el buen hacer del protagonista: el comediante Larry David, que interpreta al típico personaje que suele reservarse el director para sí, pero de un modo mucho más radical y virulento, que incluso ejerce de suicida ocasional.

Si habitualmente los personajes de las comedias neoyorkinas de Woody Allen viven en apartamentos de clase alta, en esta ocasión el personaje de Boris habita un bohemio cuchitril, aunque eso no parece importarle demasiado. En realidad Boris está de vuelta de todo y va a ser una sorpresa para él vivir un romance con su jovencísima huésped accidental. El guión está plagado de críticas demasiado evidentes al conservadurismo de la América profunda, opuesto al liberalismo de la gran ciudad, que, de manera ciertamente insólita, va a transformar radicalmente a los padres de la chica que, habiendo salido de su pueblo para buscarla, al final lo que van a encontrar es su verdadero yo.

Aunque si que es cierto que la película puede clasificarse como algo tópica dentro de la carrera del director, sí que es observable una mayor libertad de estilo de lo habitual en su concepción. Aunque ya había sucedido en "Annie Hall" o en "La rosa púrpura del Cairo", donde los personajes cinematográficos salían de la pantalla para incorporarse a la vida real, aquí se riza más el rizo si cabe y los protagonistas son conscientes de que son observados por el público en una sala de cine y hacen comentarios al respecto. Woody Allen cada vez contempla menos barreras entre cine y vida. Muy propio de un director que entrega puntualmente una película al año. Y parece que este es un buen año. Muy recomendable ir a verla acompañado, para reir en comunidad y, si es posible, evitar el horrible doblaje.

lunes, 26 de octubre de 2009

SIEMPRE ES 11 DE MARZO EN BAGDAD.


Aunque últimamente la tenemos en el cajón de los conflictos olvidados, la guerra de Irak todavía existe. Normalmente aparece en alguna noticia fantasmal de la sección internacional del periódico, cuando los muertos del atentado del día no pasan de veinte o así. Cuando la franja de muertos está entre los 20 y los 50, la tipografía se amplía un poco y el lector tiene más posibilidades de fijarse en ella, aunque le parezca algo irreal, de otro mundo. Cuando los muertos sobrepasan los cien, el atentado del día tiene el honor de ser puesto en portada, con foto en color y todo. El lector habitual no tendrá más remedio que reflexionar, aunque sea brevemente: "¡vaya!, todavía siguen las cosas mal por allí" y pasar seguidamente a las últimas y jugosas declaraciones en torno a una guerra más soterrada, pero no por ello menos sanguinaria: la declarada entre Alberto Ruíz Gallardón y Esperanza Aguirre. El periódico huele muy mal algunas mañanas.

Realmente, también en eso de ser víctima del terrorismo hay jerarquías. Un pequeño atentado de ETA en España provocará debates y sesudos análisis que engrandecerá sus efectos. Los atentados de Bagdad necesitan un determinado número de muertos para ser noticia y, aún así, solo son flor de un día. La prensa no nos va a bombardear con la lista de los muertos, con pequeñas biografías y declaraciones de sus familiares. Los muertos son iraquíes y eso basta. Muertos que pasan a formar parte de una enorme montaña que cualquier día se desmoronará sobre nuestras cabezas. Porque resulta que eran personas iguales a nosotros, por mucho que no lo queramos creer, con carne, sangre, nervios y capacidad de sentir dolor y sufrimiento infinitos. Decenas de personas que murieron definitivamente ayer después de haberse pasado muchísimos meses experimentando una muerte lenta: la del miedo, el caos y la falta de esperanzas que atenazan a un país conquistado triunfalmente por un personaje al que últimamente le hemos perdido la pista. Seguramente estará gozando de su jubilación dorada, sin leer periódicos.

viernes, 23 de octubre de 2009

CÁNDIDO O EL OPTIMISMO (1759), DE VOLTAIRE. EN EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES.


El segundo artículo que he publicado en Suite 101 se dedica a analizar el último libro que hemos leído en club de lectura de la Biblioteca Provincial, enmarcándolo en el contexto de la época. Voltaire es uno de mis autores favoritos, nunca me he cansado de leer sus cuentos, unos escritos divertidísmos, obras maestras de la ironía y la reflexión filosófica. "Cándido" es una de sus obras cumbre, dedicada a combatir el optimismo antropológico de quienes creen que todo lo que sucede es lo mejor que podría suceder y la idea de Dios como Ser infinitamente bueno y poderoso. Aquí el artículo:

El pensamiento ilustrado se caracteriza por la curiosidad, por querer abarcar todos los conocimientos de la época y fomentar la investigación científica sin interferencias políticas o religiosas (buena muestra de ello la constituye laEnciclopedia deDiderot y d´Alembert y ante todo por la idea de tolerancia: la idea revolucionaria de que todos los hombres nacen iguales en derechos y deberes. Durante todo el siglo XVIII fue germinando la semilla que daría lugar a la Revolución Francesa.

Voltaire es el representante perfecto del pensamiento ilustrado del Siglo de las Luces. A comienzos de su carrera el teatro y la poesía fueron sus intereses primordiales. Sus intentos de medrar entre la nobleza fueron infructuosos, hasta que fue tomando conciencia de lo injusto de la organización social de su tiempo y de la intolerancia que la sustentaba. A partir de ese momento, entre exilios y regresos a Francia, se dedicó a combatir en pos de la racionalidad contra elfanatismo imperante. Los derechos dinásticos de la nobleza, lo absurdo de las guerras y la irracionalidad de las religiones fueron algunos de los principales blancos de sus afilados dardos. Una de sus ambiciones principales fue conseguir respeto y protección a las figuras del intelectual y del científico por parte del Estado.

Los cuentos de Voltaire pueden calificarse como "literatura de combate", ya que su fín primordial es la lucha contra el Antiguo Régimen. Una de las armas principales en este combate es la ironía: los escritos de Voltaire suelen ser burlescos e irrespetuosos con el orden establecido. En contra de lo esperado por el propio autor, sus farragosos ensayos históricos o sus poemas apenas tienen vigencia en la actualidad. Son sus narraciones lo más leido y celebrado de Voltaire, donde mejor se manifiesta su espíritu libre. Realmente es el género literario en el que las ideas pueden llegar a mayor número de personas, una inteligente manera de "instruir deleitando". Por desgracia, aún se necesita de las ideas de Voltaire en el mundo actual, todavía salpicado de intolerancia y fanatismo.

El principal resorte que llevó a Voltaire a escribir "Cándido" fueron las noticias que le llegaron acerca del terromoto de Lisboa, en 1755. Una de sus Cartas es el mejor testimonio de su perturbación ante la gravedad de los hechos:

"Ahí tenéis, señor, una física muy cruel. Ha de costar mucho trabajo adivinar cómo las leyes del movimiento provocan desastres tan espantosos en el mejor de los mundos posibles. Cien mil hormigas, nuestro prójimo, aplastadas de golpe en nuestro hormiguero, y la mitad pereciendo sin duda en angustias inexpresables en medio de cascotes de los que no se le puede sacar. (...) ¡Qué triste juego de azar! (...) ¿Qué dirán los predicadores?" (Recogida en el prólogo de Mauro Armiño a "Cuentos completos en prosa y verso", de Voltaire. Círculo de Lectores, 2006).

El "Poema sobre el desastre de Lisboa o examen de este axioma: "Todo está bien" ", publicado el año siguiente va a constituir su primer testimonio en contra de la idea del orden divino. El poema constituye un auténtico grito contra el absurdo de la existencia, del azar que mata a inocentes y hace tambalear la idea de un Dios justiciero. Aunque Voltaire no llegó a declararse ateo, algo impensable en su época, sin duda tuvo dudas acerca de la existencia de Dios. Lo que sí tuvo claro es que no podía aceptar las ideas filosóficas de Leibniz que presentaban a un Dios perfecto, todopoderoso e infinitamente sabio, bondadoso y justo.

En "Cándido", el autor va a hilar mucho más fino y va a presentar a un protagonista que hace honor a su nombre. Educado por su maestro Pangloss en la idea de que se vive en el mejor de los mundos posibles y que todo lo que sucede es lo mejor que puede ocurrir, el protagonista va a afrontar una auténtica espiral de desgracias con el firme optimismo heredado de su preceptor sirviéndole como escudo que poco a poco se va resquebrajando, hasta oírle decir en un determinado momento:
"- ¿Qué es el optimismo?, decía Cacambo. - ¡Ay!, dijo Cándido, "es el empeñarse rabiosamente en sostener que todo está bien cuando todo está mal" (Cándido o el optimismo, traducción de Elena Diego, pag. 120. Ediciones Cátedra).

No hay mejor definición del orden social imperante hasta aquel momento: los poderosos invocan la idea del mundo perfecto sostenido por la voluntad de Dios para estimular el conformismo y la ausencia de críticas de los oprimidos. Para los voces disidentes ya existen la represión y la intolerancia. A Cándido lo vemos convertido en un ser patético sosteniendo sus ideas optimistas contra viento y marea, engañandose a sí mismo. Aunque con un estilo exagerado y narrando hechos inverosímiles, el autor transmite a la perfección la idea de un mundo imperfecto, fuente de continuas desgracias, provocadas por el ser humano o por la naturaleza. Se presenta a los hombres como seres rapaces, siempre a la búsqueda de bienes materiales, continuamente aprovechándose de las ingenuidades de Cándido.

Al final, el protagonista a duras penas consigue lo que quiere, una vida tranquila junto a su amada, aunque tal condición no llega a satisfacerle del todo (ni a sus compañeros de penalidades), comprende que el mejor destino del hombre es ambicionar una vida sencilla, resumida en la expresión "cultivar el propio huerto". Una conclusión un poco triste: el hombre, que es incapaz de cambiar el mundo, dedicado exclusivamente al trabajo, sin razonamiento alguno, aislado de esta manera de la sociedad, de la que únicamente cabe esperar vicio, maldad y fanatismo. El optimismo transformado en un pesimismo resignado y sereno.