La anécdota es bien conocida: la concepción de La barraca tuvo lugar en unas circunstancias muy peculiares: en 1895 cuando Blasco Ibáñez, que siempre fue un activo militante político en pro de los más desfavorecidos, huía de la autoridad por haber participado en una manifestación contra la guerra colonial que terminó en enfrentamientos con la fuerza pública, tuvo que esconderse en los altos de una taberna portuaria. Mientras transcurrían los días de su forzado encierro, se le fue ocurriendo el germen de esta historia y se dedicó a escribirla en forma de cuento. Le puso el contundente título de Venganza moruna. Como él mismo cuenta en el prólogo de 1925 de La barraca:
"Era la historia de unos campos forzosamente yermos, que vi muchas veces, siendo niño, en los alrededores de Valencia, por la parte del Cementerio: campos utilizados hace años como solares por la expansión urbana; el relato de una lucha entre labriegos y propietarios, que tuvo por origen un suceso trágico y abundó luego en conflictos y violencia."
Lo primero que se pone de manifiesto al comenzar la lectura de la novela es la inmensa deuda del autor con el movimiento naturalista, con Zola a la cabeza, basado en la observación directa de los ambientes, objetos y personas que van a ser plasmados lo más fielmente posible en la narración, que en caso toma unos matices impresionistas que inevitablemente remiten a los cuadros de Sorolla, el maestro valenciano de la luz. Pero bajo esa aparente claridad que otorga la luminosidad del Mediterráneo se ocultan zonas de sombra, cuya exhibición es una de las misiones de Blasco. La tradición de la huerta valenciana es conflictiva. Trabajada duramente, la tierra es objeto de permanentes enfrentamientos entre propietarios y arrendatarios. No en vano el detonante de la historia es un trágico desahucio, que provoca que los campesinos de los alrededores organicen una especie de resistencia pasiva para que esa franja de tierra quede sin cultivar. Diez años después, llega un nuevo arrendatario, Batiste, un hombre trabajador pero marcado por la mala suerte, que espera, junto a su familia, poder establecerse definitivamente en esa pequeña hacienda.
La presencia de Batiste y su familia es recibida como una intrusión entre los cultivadores de las huertas de alrededor. Poco a poco se irá creando una atmósfera de tensión, que podría compararse con la de los mejores westerns, si obviamos la vocación social de la novela. La familia forastera se ve cada vez más acorralada por el crimen de haberse establecido en la que es considerada por todos como una tierra maldita. Resulta peculiar que el líder de esta revuelta silenciosa sea el vago y valentón Pimentó, un hombre cuya existencia transcurre en la taberna, mientras deja que su mujer se encargue de las tareas más duras. La huerta es un personaje más de la narración. A primera vista los fértiles campos lucen como un pequeño paraíso en la Tierra, pero sus
habitantes deben seguir las normas que les imponen los
diosecillos-propietarios, que son quienes verdaderamente rigen este
jardín del Edén, por mucho que algunos, como Pimentó, se salten algunas
normas a las bravas. Pero también constituyen un laberinto de caminos y recovecos bien conocidos para los autóctonos, que pueden ser una trampa mortal para Batiste en las ocasiones en las que se aventura a salir de su barraca. La tierra es bienechora, proveedora de bienes y a la vez objeto de disputas que a veces se cobran su tributo de sangre.
Blasco Ibáñez se comporta como un narrador omniscente en La barraca. Al novelista todo le interesa y así se lo transmite continuamente al lector: desde el amor inocente y puro de la hija de Batiste hasta la mezquindad de Pimentó, el héroe que embosca a su enemigo a traición y es capaz de concitar enormes cantidades de odio irracional en los corazones de sus seguidores. En el fondo de todo estás las sempiternas luchas sociales en las que está en juego la supervivencia de los más humildes, mientras los propietarios ociosos gastan en lujos el producto de unas tierras que jamás trabajarían con sus propias manos. El escritor valenciano dedica sus mejores esfuerzos a la magnífica pretensión de explicar de la manera más veraz posible la dura vida en el entorno en el que ha nacido. Y lo consigue de forma magistral. Es lógico que durante el franquismo, que no quería oir hablar de conflictos sociales, sus libros fueran prohibidos y se intentara borrar cualquier rastro de su memoria.
jueves, 17 de julio de 2014
martes, 15 de julio de 2014
SUPERFICIALES (2010), DE NICHOLAS CARR. ¿QUÉ ESTÁ HACIENDO INTERNET CON NUESTRAS MENTES?
Es un hecho que existe un antes y un después de internet. Los que hemos vivido más o menos la mitad de nuestra existencia adulta en una sociedad analógica y la otra mitad en una digital, conocemos bien la diferencia. Todavía recuerdo cuando había que hacer un trabajo escolar consultando el diccionario enciclopédico de casa o de la biblioteca o cuando uno solo estaba localizable a través del teléfono fijo. Está claro que internet ha facilitado en muchísimos aspectos nuestra vida, nos ha hecho sencillos muchos trámites antaño engorrosos, nos ha dado vías de comunicación gratuitas e insospechadas, además del acceso casi infinito a toda clase de formas de conocimiento. Está claro que, a día de hoy, es inimaginable una sociedad sin acceso a la red. Pero no es a celebrar todas estas evidentes ventajas a lo que está destinado el ensayo de Nicholas Carr. Superficiales, cuyos argumentos se hiceron muy populares en Estados Unidos, hasta el punto de hacer candidato al autor al Premio Pulitzer, quiere ser un serio toque de atención acerca de la presencia constante de internet en nuestras vidas.
Carr parte de las investigaciones neurológicas que confirmaron la plasticidad de nuestro cerebro para describir los cambios neuronales que provocan la exposición continua a los variados estímulos con los que la red nos bombardea tratando de captar nuestra atención de mil formas: redes sociales, publicidad, e-mails, ofertas personalizadas, blogs, noticias, pornografía... consiguiendo que nuestra atención esté tan dividida que en realidad no le saquemos auténtico provecho a nada de lo que estamos haciendo. Logramos efectuar muchas tareas a la vez, pero al precio de no concentrarnos realmente en ninguna ellas. Yo mismo, mientras escribo este artículo, consulto facebook, el whatsapp y el correo electrónico de manera regular y casi inconsciente, como si de un acto reflejo se tratara, en una búsqueda ávida de novedades intrascendentes, que quedarán olvidadas al instante:
"Así que le pedimos a Internet que siga interrumpiéndonos, de formas cada vez más numerosas y variadas. Aceptamos de buen grado esta pérdida de concentración y enfoque, la división de nuestra atención y la fragmentación de nuestro pensamiento, a cambio de la información atractiva o al menos divertida que recibimos. Desconectar no es una opción que muchos consideremos."
Lo más grave es que en los dos últimos años se han generalizado los iphone, por lo que la mayoría llevamos toda esa carga atractiva con nosotros a todas partes. La cosa ha llegado a tal punto que una desconexión temporal provoca ansiedad en los usuarios, derivada de una relación de dependencia que actúa como un arma de doble filo: por un lado nos sentimos partícipes de una red global, pero a su vez esa red nos absorbe y condiciona profundamente nuestras vidas. Uno de los ejemplos más sangrantes es el de la lectura. Es prácticamente imposible leer con atención un texto en una pantalla de ordenador. Pronto comprobamos que nos vamos saltando palabras, líneas enteras y acabamos repasando lo escrito en diágonal y pinchando en los enlaces, hasta perdernos en los laberintos de la red, hasta el punto de terminar mirando páginas que nada tienen que ver con nuestro propósito original cuando nos conectamos. Y a veces transcurren las horas en este plan sin que apenas tengamos sentido del tiempo. "La investigación ha demostrado que el acto cognitivo de la lectura no se basa sólo en el sentido de la vista, sino también en el del tacto", asegura el autor. Así pues, está claro que no es lo mismo leer un libro de papel, sentado cómodamente en el sillón y sin más estímulo que la hoja que tenemos delante que hacerlo en una tablet, conectada a un sistema que incita a todo lo contrario, a navegar y a visitar cuantas más páginas mejor:
"Cuando nos conectamos a la Red, entramos en un entorno que fomenta la lectura somera, un pensamiento apresurado y distraído, un pensamiento superficial. Es posible pensar profundamente mientras se navega por la Red, como es posible pensar someramente mientras se lee un libro, pero no es éste el tipo de pensamiento que la tecnología promueve y recompensa."
El asunto ha llegado a tal extremo que hay profesores universitarios que aseguran no necesitar leer libros para seguir desarrollando su trabajo. Les basta con seguir algunos blogs y acceder a resúmenes de las obras más importantes. Un ejemplo de lo que Carr denuncia como "una evolución inversa, desde el cultivo de conocimiento personal a cazadores recolectores en el bosque de datos electrónicos". Y es que para muchos internet no es otra cosa que una extensión infinita de nuestros cerebros, una idea peligrosa que adormece nuestra capacidad de almacenar datos, de recordar y de establecer relaciones entre los mismos en beneficio de Google, un instrumento que difícilmente podrá sustituir alguna vez a la sabiduría que otorga la lectura atenta de un buen libro, ya sea en papel, ya sea en la pantalla con tinta electrónica de un ebook sin acceso a internet:
"A medida que el uso de la Web dificulta el almacenamiento de información en nuestra memoria biológica, nos vemos obligados a depender cada vez más de la memoria artificial de la Red, con gran capacidad y fácil de buscar, pero que nos vuelve más superficiales como pensadores."
Quizá sea cierto lo que aseguran muchos analistas, cuando dicen que gracias a la red, ahora se lee más que nunca. Pero ¿cómo se lee? ¿se saca algún provecho de estas lecturas superficiales? Y, sobre todo ¿a quien le interesa que pasemos el tiempo libando de flor en flor sin pararnos demasiado tiempo en ninguna de ellas? Sin ceñirnos del todo al mensaje apocalíptico de Carr, disfrutemos de las indudables ventajas de internet con moderación, utilizándolo sabiamente, sin dejar que la red nos manipule de esa forma tan sutil que todos conocemos y acabemos perdiendo el tiempo banalmente, dedicándolo a engordar las cuentas de Google:
"Cada clic que hacemos en la Web marca un descanso en nuestra concentración, una interrupción de abajo hacia arriba de nuestra atención; y redunda en el interés económico de Google el asegurarse de que hagamos clic, cuantas más veces, mejor. Lo último que la empresa quiere es fomentar la lectura pausada o lenta, el pensamiento concentrado. Google se dedica, literalmente, a convertir nuestra distracción en dinero."
En el club de lectura todos éramos nativos de la era analógica. Nos hubiera gustado contar con el testimonio de algún joven que se haya criado entre pantallas de ordenador, tablets y móviles. Pero es que ellos no son aficionados a este tipo de eventos. Hubiera sido curioso verlo a cada instante interrumpir su atención para mirar el iphone. Aunque, ahora que lo pienso, también nosotros lo hicimos más de una vez. Les dejo esta frase, la que más me ha gustado del libro, para que reflexionen:
"Intenten leer un libro mientras resuelven un crucigrama: tal es el entorno intelectual de Internet."
Carr parte de las investigaciones neurológicas que confirmaron la plasticidad de nuestro cerebro para describir los cambios neuronales que provocan la exposición continua a los variados estímulos con los que la red nos bombardea tratando de captar nuestra atención de mil formas: redes sociales, publicidad, e-mails, ofertas personalizadas, blogs, noticias, pornografía... consiguiendo que nuestra atención esté tan dividida que en realidad no le saquemos auténtico provecho a nada de lo que estamos haciendo. Logramos efectuar muchas tareas a la vez, pero al precio de no concentrarnos realmente en ninguna ellas. Yo mismo, mientras escribo este artículo, consulto facebook, el whatsapp y el correo electrónico de manera regular y casi inconsciente, como si de un acto reflejo se tratara, en una búsqueda ávida de novedades intrascendentes, que quedarán olvidadas al instante:
"Así que le pedimos a Internet que siga interrumpiéndonos, de formas cada vez más numerosas y variadas. Aceptamos de buen grado esta pérdida de concentración y enfoque, la división de nuestra atención y la fragmentación de nuestro pensamiento, a cambio de la información atractiva o al menos divertida que recibimos. Desconectar no es una opción que muchos consideremos."
Lo más grave es que en los dos últimos años se han generalizado los iphone, por lo que la mayoría llevamos toda esa carga atractiva con nosotros a todas partes. La cosa ha llegado a tal punto que una desconexión temporal provoca ansiedad en los usuarios, derivada de una relación de dependencia que actúa como un arma de doble filo: por un lado nos sentimos partícipes de una red global, pero a su vez esa red nos absorbe y condiciona profundamente nuestras vidas. Uno de los ejemplos más sangrantes es el de la lectura. Es prácticamente imposible leer con atención un texto en una pantalla de ordenador. Pronto comprobamos que nos vamos saltando palabras, líneas enteras y acabamos repasando lo escrito en diágonal y pinchando en los enlaces, hasta perdernos en los laberintos de la red, hasta el punto de terminar mirando páginas que nada tienen que ver con nuestro propósito original cuando nos conectamos. Y a veces transcurren las horas en este plan sin que apenas tengamos sentido del tiempo. "La investigación ha demostrado que el acto cognitivo de la lectura no se basa sólo en el sentido de la vista, sino también en el del tacto", asegura el autor. Así pues, está claro que no es lo mismo leer un libro de papel, sentado cómodamente en el sillón y sin más estímulo que la hoja que tenemos delante que hacerlo en una tablet, conectada a un sistema que incita a todo lo contrario, a navegar y a visitar cuantas más páginas mejor:
"Cuando nos conectamos a la Red, entramos en un entorno que fomenta la lectura somera, un pensamiento apresurado y distraído, un pensamiento superficial. Es posible pensar profundamente mientras se navega por la Red, como es posible pensar someramente mientras se lee un libro, pero no es éste el tipo de pensamiento que la tecnología promueve y recompensa."
El asunto ha llegado a tal extremo que hay profesores universitarios que aseguran no necesitar leer libros para seguir desarrollando su trabajo. Les basta con seguir algunos blogs y acceder a resúmenes de las obras más importantes. Un ejemplo de lo que Carr denuncia como "una evolución inversa, desde el cultivo de conocimiento personal a cazadores recolectores en el bosque de datos electrónicos". Y es que para muchos internet no es otra cosa que una extensión infinita de nuestros cerebros, una idea peligrosa que adormece nuestra capacidad de almacenar datos, de recordar y de establecer relaciones entre los mismos en beneficio de Google, un instrumento que difícilmente podrá sustituir alguna vez a la sabiduría que otorga la lectura atenta de un buen libro, ya sea en papel, ya sea en la pantalla con tinta electrónica de un ebook sin acceso a internet:
"A medida que el uso de la Web dificulta el almacenamiento de información en nuestra memoria biológica, nos vemos obligados a depender cada vez más de la memoria artificial de la Red, con gran capacidad y fácil de buscar, pero que nos vuelve más superficiales como pensadores."
Quizá sea cierto lo que aseguran muchos analistas, cuando dicen que gracias a la red, ahora se lee más que nunca. Pero ¿cómo se lee? ¿se saca algún provecho de estas lecturas superficiales? Y, sobre todo ¿a quien le interesa que pasemos el tiempo libando de flor en flor sin pararnos demasiado tiempo en ninguna de ellas? Sin ceñirnos del todo al mensaje apocalíptico de Carr, disfrutemos de las indudables ventajas de internet con moderación, utilizándolo sabiamente, sin dejar que la red nos manipule de esa forma tan sutil que todos conocemos y acabemos perdiendo el tiempo banalmente, dedicándolo a engordar las cuentas de Google:
"Cada clic que hacemos en la Web marca un descanso en nuestra concentración, una interrupción de abajo hacia arriba de nuestra atención; y redunda en el interés económico de Google el asegurarse de que hagamos clic, cuantas más veces, mejor. Lo último que la empresa quiere es fomentar la lectura pausada o lenta, el pensamiento concentrado. Google se dedica, literalmente, a convertir nuestra distracción en dinero."
En el club de lectura todos éramos nativos de la era analógica. Nos hubiera gustado contar con el testimonio de algún joven que se haya criado entre pantallas de ordenador, tablets y móviles. Pero es que ellos no son aficionados a este tipo de eventos. Hubiera sido curioso verlo a cada instante interrumpir su atención para mirar el iphone. Aunque, ahora que lo pienso, también nosotros lo hicimos más de una vez. Les dejo esta frase, la que más me ha gustado del libro, para que reflexionen:
"Intenten leer un libro mientras resuelven un crucigrama: tal es el entorno intelectual de Internet."
lunes, 14 de julio de 2014
LOS ENAMORAMIENTOS (2011), DE JAVIER MARÍAS. UN ASESINATO PIADOSO.
Con Los enamoramientos, mi experiencia ha tenido algunos puntos en común con el reciente visionado de La gran belleza. Ambas son obras que han tenido una gran repercusión crítica y de público en un pasado reciente y ambas han sido calificadas de obra maestra por numerosas voces. Pero (y la impresión es más acentuada en el caso de Marías), mi impresión es que en el actualidad se abusa demasiado del término. Parece como si el mercado, ese ente omnipresente que lo domina todo, necesitara clásicos instantáneos, cuantos más mejor, éxitos fulminantes de taquilla y de ventas con un halo de prestigio que las convierta en obras incontestables.
Inicé la lectura de la novela de Javier Marías con la devoción de quien sigue fielmente todos los domingos la columna semanal que publica en la revista de El País. Bien pronto las expectativas se fueron desinflando, hasta transformarse en una importante decepción. Narrada desde un punto de vista femenino, Los enamoramientos parte de una anécdota - la existencia de una pareja casi perfecta, que es observada casi a diario por la protagonista, en la que el miembro masculino de la misma muere asesinado absurdamente - para contar una historia que quiere acercarse a las complejidades del alma humana, a las mezquindades que un hombre puede cometer para aplacar sus deseos insatisfechos, pero que finalmente deviene en una narración banal adornada por muchos abalorios. Porque si de algo abusa Marías es de unas diálogos que acaban convirtiéndose en largas parrafadas artificiosas en las que los personajes reflexionan sobre lo divino y lo humano como si fueran auténticos filósofos de la Grecia antigua.
La prosa del autor de Todas las almas, es excelente, pero en esta ocasión no está al servicio de una buena estructura narrativa. Más bien al lector puede parecerle en ocasiones que la obra, sin salir nunca de su argumento principal, se estira de manera artificial desarrollando en demasía todas sus posibles aristas. E incluso trata algunos asuntos que, aún siendo de interés, se salen por completo de la trama sin aportar nada a la misma, como cuando se habla prolijamente de las interioridades del mundillo editorial en el que trabaja la protagonista o la gran broma privada que se permite Marías con la presencia como personaje del filólogo Francisco Rico. Mayor interés supone la referencia continuada a dos grandes obras de la literatura: El coronel Chabert, de Honoré de Balzac y Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, que se insertan bien en las materias que el autor intenta desarrollar.
Pero lo que realmente lastra la lectura de la novela es la voz en primera persona de la testigo-protagonista, una mujer muy pasiva que deja que los acontecimentos transcurran a su alrededor sin apenas intervenir, incluso cuando la materia de estos son sus más íntimos sentimientos (uno de los enamoramientos del título). No es una voz muy convincente, ni un personaje que pueda ser abanderado de la sensibilidad femenina. Así pues, Los enamoramientos, dotada de un sentido de la profundidad mal planteado, es una novela fallida, cuyo argumento bien podría haber sido la materia prima de un estupendo relato.
Inicé la lectura de la novela de Javier Marías con la devoción de quien sigue fielmente todos los domingos la columna semanal que publica en la revista de El País. Bien pronto las expectativas se fueron desinflando, hasta transformarse en una importante decepción. Narrada desde un punto de vista femenino, Los enamoramientos parte de una anécdota - la existencia de una pareja casi perfecta, que es observada casi a diario por la protagonista, en la que el miembro masculino de la misma muere asesinado absurdamente - para contar una historia que quiere acercarse a las complejidades del alma humana, a las mezquindades que un hombre puede cometer para aplacar sus deseos insatisfechos, pero que finalmente deviene en una narración banal adornada por muchos abalorios. Porque si de algo abusa Marías es de unas diálogos que acaban convirtiéndose en largas parrafadas artificiosas en las que los personajes reflexionan sobre lo divino y lo humano como si fueran auténticos filósofos de la Grecia antigua.
La prosa del autor de Todas las almas, es excelente, pero en esta ocasión no está al servicio de una buena estructura narrativa. Más bien al lector puede parecerle en ocasiones que la obra, sin salir nunca de su argumento principal, se estira de manera artificial desarrollando en demasía todas sus posibles aristas. E incluso trata algunos asuntos que, aún siendo de interés, se salen por completo de la trama sin aportar nada a la misma, como cuando se habla prolijamente de las interioridades del mundillo editorial en el que trabaja la protagonista o la gran broma privada que se permite Marías con la presencia como personaje del filólogo Francisco Rico. Mayor interés supone la referencia continuada a dos grandes obras de la literatura: El coronel Chabert, de Honoré de Balzac y Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, que se insertan bien en las materias que el autor intenta desarrollar.
Pero lo que realmente lastra la lectura de la novela es la voz en primera persona de la testigo-protagonista, una mujer muy pasiva que deja que los acontecimentos transcurran a su alrededor sin apenas intervenir, incluso cuando la materia de estos son sus más íntimos sentimientos (uno de los enamoramientos del título). No es una voz muy convincente, ni un personaje que pueda ser abanderado de la sensibilidad femenina. Así pues, Los enamoramientos, dotada de un sentido de la profundidad mal planteado, es una novela fallida, cuyo argumento bien podría haber sido la materia prima de un estupendo relato.
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martes, 8 de julio de 2014
LA GRAN BELLEZA (2013), DE PAOLO SORRENTINO. LA DULCE DECADENCIA.
A veces uno no puede evitar verse influido por lo que ha leído acerca de una película que no ha visto todavía cuando debería haberlo hecho hace tiempo. La gran belleza, ganadora de grandes premios, incluido el Oscar a la mejor película extranjera y habiendo suscitado todo género de críticas elogiosas, es una de esas producciones que a las que no puede uno acercarse con total objetividad. Precisamente eso fue lo que intenté ya que, después de todo, tampoco estaba completamente seguro de lo que Paolo Sorrentino iba a ofrecerme.
Si hay alguna ciudad capaz de provocar en el visitante brotes prolongados de síndrome de Stendhal - obviando Florencia, donde se originó - esta es Roma. Ya en la primera escena la capital italiana provoca el colapso de un turista que no puede aguantar la visión de tanta belleza. Pero existe otra Roma, una ciudad oculta, accesible solo para un puñado de privilegiados, que son los personajes que retrata esta película. Son gente que prefiere vivir de noche, moverse de fiesta en fiesta y, de vez en cuando, expresar sus quejas por lo aburrida que es la existencia. Son seres herederos de Fellini, pero con un poso bastante evidente de amargura. Jep Gambardella (Toni Servillo) es una suerte de maestro de ceremonias para el espectador, un guía que nos va mostrando las grandezas y miserias de este submundo en decadencia, poblado por gente que quisiera fundirse con la eternidad de su ciudad, pero que no se da cuenta de que su discurso es vano y pedante. Nada que ver con los que le precedieron. Son una clase en franca retirada, que habita en un limbo en el que se fusionan de mala manera tradición y modernidad.
Desde mi punto de vista lo mejor, con diferencia, de la propuesta de Sorrentino es el retrato que hace de la ciudad de Roma, ayudado por la fotografía exquisita de Luca Bigazzi. Hay películas que no pueden ocultar su enorme vocación estética y esta es una de ellas. La ciudad es un personaje más, un personaje inmortal que empeñece al resto, unos meros parásitos que solo han tenido que heredar lo que tienen de sus antepasados. Ayer en nuestra gastroquedada, hubo división de opiniones. A la mayoría el film les pareció sublime, una auténtica obra maestra. Otros pusimos algunas objeciones, en cuanto al retrato de los personajes y respecto a la excesiva duración de la película, que se recrea demasiado en detalles artísticos sin establecer una auténtica trama más allá de las banalidades de los protegidos de la fortuna. En lo que sí estuvimos todos de acuerdo es en que se trata de una obra que requiere más de un visionado. Sin duda la abordaremos de nuevo, dentro de un tiempo.
Si hay alguna ciudad capaz de provocar en el visitante brotes prolongados de síndrome de Stendhal - obviando Florencia, donde se originó - esta es Roma. Ya en la primera escena la capital italiana provoca el colapso de un turista que no puede aguantar la visión de tanta belleza. Pero existe otra Roma, una ciudad oculta, accesible solo para un puñado de privilegiados, que son los personajes que retrata esta película. Son gente que prefiere vivir de noche, moverse de fiesta en fiesta y, de vez en cuando, expresar sus quejas por lo aburrida que es la existencia. Son seres herederos de Fellini, pero con un poso bastante evidente de amargura. Jep Gambardella (Toni Servillo) es una suerte de maestro de ceremonias para el espectador, un guía que nos va mostrando las grandezas y miserias de este submundo en decadencia, poblado por gente que quisiera fundirse con la eternidad de su ciudad, pero que no se da cuenta de que su discurso es vano y pedante. Nada que ver con los que le precedieron. Son una clase en franca retirada, que habita en un limbo en el que se fusionan de mala manera tradición y modernidad.
Desde mi punto de vista lo mejor, con diferencia, de la propuesta de Sorrentino es el retrato que hace de la ciudad de Roma, ayudado por la fotografía exquisita de Luca Bigazzi. Hay películas que no pueden ocultar su enorme vocación estética y esta es una de ellas. La ciudad es un personaje más, un personaje inmortal que empeñece al resto, unos meros parásitos que solo han tenido que heredar lo que tienen de sus antepasados. Ayer en nuestra gastroquedada, hubo división de opiniones. A la mayoría el film les pareció sublime, una auténtica obra maestra. Otros pusimos algunas objeciones, en cuanto al retrato de los personajes y respecto a la excesiva duración de la película, que se recrea demasiado en detalles artísticos sin establecer una auténtica trama más allá de las banalidades de los protegidos de la fortuna. En lo que sí estuvimos todos de acuerdo es en que se trata de una obra que requiere más de un visionado. Sin duda la abordaremos de nuevo, dentro de un tiempo.
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domingo, 6 de julio de 2014
LA REALIDAD OCULTA (2011), DE BRIAN GREENE. EL MULTIVERSO ELEGANTE.
Aunque ya me habían llamado la atención algunos de los libros de Brian Greene, he de confesar que el impulso de leer uno de ellos me ha venido por el cameo que realizó el científico en uno de los episodios de la divertidísima serie The Big Bang Theory, en la que se interpretaba a sí mismo presentando este mismo ensayo. Pero anécdotas aparte, lo que propone este texto es algo de lo que estamos oyendo hablar desde hace tiempo y que tiene unas implicaciones increíbles: la posibilidad teórica de la existencia de universos paralelos al nuestro, quizá en número infinito.
Bien es cierto que al hablar de estas posibilidades, incluso el método científico no resulta suficiente a la hora de verificar su autenticidad, ya que, como bien sabemos, si el acceso que poseemos a día de hoy a nuestro propio universo es limitado, asomarnos a otros es una misión imposible. Pero la tarea del científico consiste en especular, en teorizar matemáticamente lo quizá algún día pueda probarse. La verdad es que todas estas teorías no hacen sino dejar al hombre en un lugar aún más insignificante. Uno puede salir al campo y mirar las estrellas en una noche clara pensando en que la inmensidad de lo que está contemplando no es más que una pequeña fracción de su propia galaxia y que en el universo existen miles de millones más como ella y que quizá este universo se repita en diversas versiones hasta el infinito. Ante estas ideas, uno no sabe si maravillarse u horrorizarse. Las estrellas de ahí arriba pesan mucho más de lo que creíamos.
En La realidad oculta el doctor Greene repasa las distintas posibilidades teóricas del multiverso: las que especulan con un universo mosaico (nuestro propio universo infinito, en el que necesariamente han de repetirse infinitamente todas las cosas), las que apuestan por universos-burbuja, el multiverso brana en el que, estableciendo una comparación un poco prosaica, los universos se sucederían entre sí como rebanadas unidas en una gran barra de pan. Nosotros no podríamos salir de nuestra brana, pero quizá sí sería posible captar las señales de existencia de las otras branas, a través de su fuerza gravitatoria. Otras se basan en la teoría de cuerdas a través de la especulación (o la certeza) de la existencia de dimensiones desconocidas que darían lugar a universos-burbuja. Las más fascinantes tienen más que ver con la ciencia-ficción que con pruebas científicas. La del universo holográfico consistiría en que nuestra existencia no es más que el reflejo de los hechos que están sucediendo en un universo paralelo. Y la del multiverso simulado se referiría a la posibilidad de que no seamos más que una simulación por ordenador realizada por una inteligencia superior capacitada para crear inteligencia artificial. Hasta hay quien asegura que esta posibilidad es la más probable, dado que si el hombre alguna vez es capaz de esta hazaña - y probablemente algún día seamos capaces - serán muchos más los universos artificiales dotados de vida inteligente que los reales. Aunque, después de todo esto ¿quién puede asegurar lo que es la realidad?
Lo mejor de la lectura de este libro es que Brian Greene se ha esforzado en dotarlo de un lenguaje clarificador y metafórico para explicar teorías muy complejas. Esto no es suficiente para que un profano como yo a veces se pierda en los pasajes más intrincados, pero basta para darme una idea bastante completa de los caminos actuales de la astrofísica. Se ve que el autor se ha divertido bastante escribiéndolo y que disfruta con la divulgación científica, como prueban sus propias palabras:
"Me encanta la posibilidad de que existan copias de la Tierra en los confines lejanos del espacio, o que nuestro universo sea una de las muchas burbujas en un cosmos de inflación, o que vivamos en una de las muchas mundobranas que constituyen una barra de pan cósmica gigante. No se puede negar que éstas sean ideas provocativas y atractivas."
Bien es cierto que al hablar de estas posibilidades, incluso el método científico no resulta suficiente a la hora de verificar su autenticidad, ya que, como bien sabemos, si el acceso que poseemos a día de hoy a nuestro propio universo es limitado, asomarnos a otros es una misión imposible. Pero la tarea del científico consiste en especular, en teorizar matemáticamente lo quizá algún día pueda probarse. La verdad es que todas estas teorías no hacen sino dejar al hombre en un lugar aún más insignificante. Uno puede salir al campo y mirar las estrellas en una noche clara pensando en que la inmensidad de lo que está contemplando no es más que una pequeña fracción de su propia galaxia y que en el universo existen miles de millones más como ella y que quizá este universo se repita en diversas versiones hasta el infinito. Ante estas ideas, uno no sabe si maravillarse u horrorizarse. Las estrellas de ahí arriba pesan mucho más de lo que creíamos.
En La realidad oculta el doctor Greene repasa las distintas posibilidades teóricas del multiverso: las que especulan con un universo mosaico (nuestro propio universo infinito, en el que necesariamente han de repetirse infinitamente todas las cosas), las que apuestan por universos-burbuja, el multiverso brana en el que, estableciendo una comparación un poco prosaica, los universos se sucederían entre sí como rebanadas unidas en una gran barra de pan. Nosotros no podríamos salir de nuestra brana, pero quizá sí sería posible captar las señales de existencia de las otras branas, a través de su fuerza gravitatoria. Otras se basan en la teoría de cuerdas a través de la especulación (o la certeza) de la existencia de dimensiones desconocidas que darían lugar a universos-burbuja. Las más fascinantes tienen más que ver con la ciencia-ficción que con pruebas científicas. La del universo holográfico consistiría en que nuestra existencia no es más que el reflejo de los hechos que están sucediendo en un universo paralelo. Y la del multiverso simulado se referiría a la posibilidad de que no seamos más que una simulación por ordenador realizada por una inteligencia superior capacitada para crear inteligencia artificial. Hasta hay quien asegura que esta posibilidad es la más probable, dado que si el hombre alguna vez es capaz de esta hazaña - y probablemente algún día seamos capaces - serán muchos más los universos artificiales dotados de vida inteligente que los reales. Aunque, después de todo esto ¿quién puede asegurar lo que es la realidad?
Lo mejor de la lectura de este libro es que Brian Greene se ha esforzado en dotarlo de un lenguaje clarificador y metafórico para explicar teorías muy complejas. Esto no es suficiente para que un profano como yo a veces se pierda en los pasajes más intrincados, pero basta para darme una idea bastante completa de los caminos actuales de la astrofísica. Se ve que el autor se ha divertido bastante escribiéndolo y que disfruta con la divulgación científica, como prueban sus propias palabras:
"Me encanta la posibilidad de que existan copias de la Tierra en los confines lejanos del espacio, o que nuestro universo sea una de las muchas burbujas en un cosmos de inflación, o que vivamos en una de las muchas mundobranas que constituyen una barra de pan cósmica gigante. No se puede negar que éstas sean ideas provocativas y atractivas."
jueves, 3 de julio de 2014
CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN JULIO. A LA SOMBRA DE LAS LECTURAS.
No soy muy amante de la playa, a no ser que acuda a ella o muy temprano o muy tarde. A pesar de la cercanía del mar, en la arena suele hacer un calor asfixiante y el Sol se mueve tan rápido que a cada instante hay que estar cambiando la orientación de la sombrilla o de uno mismo para refugiarse en la escueta sombra. Leer, a pesar de lo que digan, es misión difícil. La cubierta y las páginas del libro se cuartean, se doblan por la acción del calor, cuando no se mojan dejando una marca indeleble. Pero puede producirse un fenómeno aún peor: el viento. Entonces tendremos que sostener el volumen con fuerza para que no salga volando, mientras lo limpiamos de arena (nada más horrible que un libro de arena, pese a Borges). Lo más seguro es que la cosa termine con unos niños jugando cerca con pistolas de agua y rematando a nuestro sufrido libro con un chorro de líquido salado. Qué delicia, la playa.
Después de este comentario desacostumbradamente nihilista, paso a resumir las menguadas citas para julio:
El club de lectura de la Biblioteca Provincial ha decidido un parón hasta septiembre, aunque sus miembros sigan en contacto y manteniendo una lectura en común para el verano: Doce cuentos peregrinos, del recientemente fallecido Gabriel García Márquez.
En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, una novela española muy premiada hace un par de años: Los enamoramientos, de Javier Marías.
En el club de lectura de Más Libros Libres, una de las últimas obras de Paul Auster: Sunset Park.
En el club de lectura de ensayo de Más Libros Libres, una propuesta muy interesante, que tiene que ver con la lectura y con internet: Superficiales, de Nicholas Carr.
En el club de visionado obligatorio de Más Libros Libres, una gastroquedada para homenajear al cine italiano y hablar sobre su último gran éxito: La gran belleza, de Paolo Sorrentino.
En el club de lectura en inglés, una auténtica obra maestra, a la vez que uno de mis libros favoritos: 1984, de George Orwell. ¿Seremos capaces de comentarlo en inglés?
Y en el club de lectura de Fnac Málaga, una obra muy reciente de Rosa Montero: La ridícula idea de no volver a verte.
Si apareciera algún club más entre la calima veraniega, tendrán cumplida información en la columna de la derecha. Aprovechen el tiempo libre (los que lo tengan) y lean mucho sin exponeerse a insolaciones. ¡Felices lecturas!
Después de este comentario desacostumbradamente nihilista, paso a resumir las menguadas citas para julio:
El club de lectura de la Biblioteca Provincial ha decidido un parón hasta septiembre, aunque sus miembros sigan en contacto y manteniendo una lectura en común para el verano: Doce cuentos peregrinos, del recientemente fallecido Gabriel García Márquez.
En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, una novela española muy premiada hace un par de años: Los enamoramientos, de Javier Marías.
En el club de lectura de Más Libros Libres, una de las últimas obras de Paul Auster: Sunset Park.
En el club de lectura de ensayo de Más Libros Libres, una propuesta muy interesante, que tiene que ver con la lectura y con internet: Superficiales, de Nicholas Carr.
En el club de visionado obligatorio de Más Libros Libres, una gastroquedada para homenajear al cine italiano y hablar sobre su último gran éxito: La gran belleza, de Paolo Sorrentino.
En el club de lectura en inglés, una auténtica obra maestra, a la vez que uno de mis libros favoritos: 1984, de George Orwell. ¿Seremos capaces de comentarlo en inglés?
Y en el club de lectura de Fnac Málaga, una obra muy reciente de Rosa Montero: La ridícula idea de no volver a verte.
Si apareciera algún club más entre la calima veraniega, tendrán cumplida información en la columna de la derecha. Aprovechen el tiempo libre (los que lo tengan) y lean mucho sin exponeerse a insolaciones. ¡Felices lecturas!
martes, 1 de julio de 2014
EN LA ORILLA (2013), DE RAFAEL CHIRBES. LOS RESCOLDOS DEL CREMATORIO.
El lunes pasado en la terraza del hotel Molina Lario las condiciones climatológicas parecían haberse conjurado para que la tarde-noche que estábamos a punto de comenzar fuera memorable. Mientras esperábamos al invitado teníamos oportunidad de contemplar una de las mejores vistas del centro de la capital malagueña, mientras una hermosa puesta de Sol se definía en el horizonte. La catedral, que casi parecía poder tocarse con las manos componía un hermoso cuadro junto a las torres de otras iglesias que se reconocían surgiendo entre los edificios. Y, para completar el cuadro, del mar llegaban rumores de la inminente celebración de la noche de San Juan. Pero lo que nos había llevado a este ambiente casi íntimo era otro tipo de fiesta, la fiesta de la literatura, cuyo maestro de ceremonias iba a ser nada menos que el pasado ganador del Premio Nacional de la Crítica, el escritor Rafael Chirbes, que iba a contar con el mejor maestro de ceremonias posible, nuestro querido Pablo Aranda.
Desde sus primeras palabras Chirbes se mostró como un tipo humilde, al que de ningún modo se le ha subido el éxito a la cabeza. Según nos contó no es un escritor con método. Simplemente se guía por sus intuiciones, capta conversaciones en la calle, reflexiona un poco y luego intenta encontrar su tono, su música y el libro casi sale solo. Envidiable. "Escribo porque quiero aprender", nos dice. Luego matiza que con su trabajo su mayor objetivo es buscar su posición en el mundo. Cuando llega el turno de preguntas, aprovecho de inmediato la oportunidad para felicitarle por su valentía literaria, por el pesimismo que impregna cada una de sus páginas sin poner cuidado en que éste no salpique al lector. También le pregunto acerca de su obsesión con la herencia económica del franquismo, aquella que dejó todo atado y bien atado para muchas familias que pudieron seguir haciendo sus negocios sin que nadie se cuestionara el origen de su riqueza. En este punto el escritor entra de lleno en la temática de En la orilla cuando dice que "el ascenso social del dinero tiene poder detergente", una frase muy parecida a la que pronuncia uno de los personajes del libro:
"Si para algo sirve el dinero es para comprarles inocencia a tus descendientes. No está mal. No es poca cosa. Te saca del reino animal y te mete en el reino moral. Te humaniza."
Porque una de las propiedades del dinero es la impronta que produce en quien lo posee. Ese orgullo, esa superioridad y esa seguridad que otorga la sensación de libertad de quien se sabe por encima de los demás. De quien sabe que va a poder una vida digna, mientras otros se desloman para sobrevivir. La burbuja inmobiliaria fue sobre todo una gran fiesta del dinero. El protagonista de En la orilla, que ha regentado toda la vida una carpintería familiar, quiso apuntarse y perdió, porque apostó sus ahorros en el peor momento a una promoción inmobiliaria que no se construyó y cuyo valedor ha desaparecido. Ahora se enfrenta a la desolación de una vejez sin futuro, acosado por los fantasmas de sus impagos, que pronto se le echarán encima de manera implacable. Mientras tanto, a su alrededor, las personas que tuvieron que ver con él se enfrentan a una realidad desoladora, sin trabajo y sin dignidad, como se describe magistralmente a través de sus monólogos interiores:
"Cómo se te va a ocurrir que tu infierno pueda ser quedarte fuera de a maldición de Yahvé, en un lugar que está en el exterior de las páginas del libro de anotaciones de pedidos, del bloc de albaranes, lejos de las máquinas y las herramientas, y que es inversa expresión contemporánea de la maldición bíblica: No podrás ganarte el pan con el sudor de tu frente."
Porque la crisis no ha sido más que el resultado de una competición extrema de la que no solo han surgido perdedores. Muchos de los poderosos han aprovechado para afianzar su posición, y se alzan orgullosos sobre el paisaje devastado de grúas oxidadas y obras a medio construir del microcosmos de Misent:
"Hace siglos que sabemos que no hay rico que sea generoso, los generosos encallan en el estadio previo a la riqueza, bracean, hacen señales en dirección a la costa durante algún tiempo y a continuación se ahogan. Sus cadáveres desaparecen para siempre sepultados en el mar de la economía, o en el mar de la vida, que vienen a ser lo mismo. Mueren en la indigencia."
El relato de Chirbes es el relato de una España que se parece a una novela de Balzac, en la que el protagonista, que vive una vida disipada de placeres, termina ahogado por las deudas. El pesimismo es el que me hace decir que nadie ha aprendido realmente de la burbuja inmobiliaria y sus efectos. En realidad, muchos están esperando para disfrutar la próxima:
"A la gente todo le da igual; mientras no le tiren la basura del otro lado de la tapia, ni le llegue el olor de podredumbre a la terraza, se puede hundir el mundo en mierda."
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