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domingo, 16 de enero de 2022

FUE LA MANO DE DIOS (2021), DE PAOLO SORRENTINO.

La nueva película de Sorrentino, estrenada directamente en la plataforma Netflix, constituye todo un homenaje al maestro Federico Fellini, además de a la ciudad de Nápoles. El director de Amarcord es nombrado en varias ocasiones a lo largo de la trama, pero nunca es mostrado. El joven protagonista, un trasunto del propio Sorrentino, quiere ser cineasta y para ello necesita vivir intensamente esos años para luego tener algo que contar. Con todos estos elementos y conociendo los precedentes del irregular director, cabía la esperanza de que Fue la mano de Dios se revelara como una gran película, pero nada más lejos de la realidad. La nueva obra de Sorrentino, a pesar de su prometedor comienzo, no consigue engancharme en ningún momento como espectador, asistiendo así a una historia anecdótica llena de humorismos sin mucha inspiración, basados casi siempre en la comicidad de los personajes napolitanos que presenta. Como conjunto cinematográfico Fue la mano de Dios se presenta como un proyecto deslavazado y sin alma y el intento de acercarse a la forma de hacer cine de Fellini naufraga, aunque queda como salvable la preciosa fotografía y composición de planos marca de la casa. Para conocer la realidad del Nápoles de la época es casi mejor acercarse al magnífico documental de Asif Kapadia dedicada a la estancia de Maradona en la ciudad del sur de Italia. Personalmente me pareció mucho más sólida la película que dedicó Sorrentino a Berlusconi.

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miércoles, 13 de septiembre de 2017

EL JOVEN PAPA (2016), DE PAOLO SORRENTINO. LOS SÓTANOS DEL VATICANO.

Fue Benedicto XVI, el papa que renunció, el que dijo que la Iglesia era una viña devastada por jabalíes. Desde luego, acercarse al Vaticano y contemplar el despliegue de lujo y tesoros que alberga en su interior es constatar que esa idea de Iglesia de los pobres y para los pobres que el marketing del papa actual trata de vender, está muy lejos de hacerse realidad. El Vaticano, a pesar de fomentar la entrada en su territorio de miles de turistas - previo pago, eso sí - sigue siendo un lugar lleno de secretismo, donde muchos delitos graves siguen quedando impunes, en pos de evitar el escándalo, que solo actúa cuando el escándalo (como el de los abusos a menores) desbordan todas las previsiones.

Pues bien, Paolo Sorrentino, director de La gran belleza, ha ideado una serie que nos adentra en las intimidades del pequeño Estado, que a la vez es la sede de la religión que - todavía - cuenta con más millones de adeptos en el mundo. La trama se inicia con la elección de Pío XIII (Jude Law), un papa de solo cuarenta y siete años, que algunas facciones de la Iglesia estiman joven y manipulable. Pronto el nuevo pontífice se revelará al mundo como un dirigente revolucionario, en el peor sentido del término. Además de instaurar un reino de terror y espionaje en el propio Vaticano, enfrentando a sus enemigos entre sí, Pío XIII se encierra tras los muros de la Santa Sede y, en apariencia, renuncia a saber del mundo. Su pretensión es no aparecer nunca en público y su primera aparición en el balcón de San Pedro la realiza en penumbra, con discurso que resulta ser cualquier cosa, menos esperanzador para los creyentes.

Con esta premisa y sus magníficos secundarios, la serie podría haberse convertido en una profunda reflexión acerca de lo que significa ser creyente en nuestros días, pero Sorrentino deja que su protagonista se atrinchere en el Vaticano y deje pasar los días y los meses sin hacer nada, al menos aparentemente. Casi podría decirse, medio en broma, que Pío XIII es el Rajoy de los papas, un hombre que deja madurar los problemas hasta que estos caen de la rama y terminan pudriéndose. Su única pretensión es volver a la doctrina del Concilio de Trento: luchar contra la herejía, contra la homosexualidad, el aborto y cualquier atisbo de apertura eclesial. En una entrevista con el presidente de Italia (una de las mejores escenas de la serie), llega a decirle que su pretensión es volver a obtener los territorios que conformaban antiguamente los Estados Vaticanos. Todo esto puede parecer desmesurado, pero el joven papa se va revelando en la serie como un hombre tan paciente como inteligente, lo cual lo hace muy peligroso.

Aparte de todas las intrigas palaciegas, mejor o peor resueltas a lo largo de los capítulos, lo que verdaderamente interesa a Sorrentino es su visión estética del mundo de la Iglesia. Y en este campo, el director de La juventud resulta un artista insuperable. Jamás cineasta alguno ha retratado al Vaticano con tanto acierto, con la visión artística que requiere uno de los lugares más hermosos del planeta. Y no solo la arquitectura, los trajes y las ceremonias que se realizan en su interior son mostrados de manera impresionante, llevando al espectador a escenarios tan emblemáticos como una Capilla Sixtina engalanada para una ocasión solemne. El joven papa es una serie adictiva, quizá más estética que filosófica, pero toda una delicia para los paladares más refinados.

martes, 8 de julio de 2014

LA GRAN BELLEZA (2013), DE PAOLO SORRENTINO. LA DULCE DECADENCIA.

A veces uno no puede evitar verse influido por lo que ha leído acerca de una película que no ha visto todavía cuando debería haberlo hecho hace tiempo. La gran belleza, ganadora de grandes premios, incluido el Oscar a la mejor película extranjera y habiendo suscitado todo género de críticas elogiosas, es una de esas producciones que a las que no puede uno acercarse con total objetividad. Precisamente eso fue lo que intenté ya que, después de todo, tampoco estaba completamente seguro de lo que Paolo Sorrentino iba a ofrecerme.

Si hay alguna ciudad capaz de provocar en el visitante brotes prolongados de síndrome de Stendhal - obviando Florencia, donde se originó -  esta es Roma. Ya en la primera escena la capital italiana provoca el colapso de un turista que no puede aguantar la visión de tanta belleza. Pero existe otra Roma, una ciudad oculta, accesible solo para un puñado de privilegiados, que son los personajes que retrata esta película. Son gente que prefiere vivir de noche, moverse de fiesta en fiesta y, de vez en cuando, expresar sus quejas por lo aburrida que es la existencia. Son seres herederos de Fellini, pero con un poso bastante evidente de amargura.  Jep Gambardella (Toni Servillo) es una suerte de maestro de ceremonias para el espectador, un guía que nos va mostrando las grandezas y miserias de este submundo en decadencia, poblado por gente que quisiera fundirse con la eternidad de su ciudad, pero que no se da cuenta de que su discurso es vano y pedante. Nada que ver con los que le precedieron. Son una clase en franca retirada, que habita en un limbo en el que se fusionan de mala manera tradición y modernidad.

Desde mi punto de vista lo mejor, con diferencia, de la propuesta de Sorrentino es el retrato que hace de la ciudad de Roma, ayudado por la fotografía exquisita de Luca Bigazzi. Hay películas que no pueden ocultar su enorme vocación estética y esta es una de ellas. La ciudad es un personaje más, un personaje inmortal que empeñece al resto, unos meros parásitos que solo han tenido que heredar lo que tienen de sus antepasados. Ayer en nuestra gastroquedada, hubo división de opiniones. A la mayoría el film les pareció sublime, una auténtica obra maestra. Otros pusimos algunas objeciones, en cuanto al retrato de los personajes y respecto a la excesiva duración de la película, que se recrea demasiado en detalles artísticos sin establecer una auténtica trama más allá de las banalidades de los protegidos de la fortuna. En lo que sí estuvimos todos de acuerdo es en que se trata de una obra que requiere más de un visionado. Sin duda la abordaremos de nuevo, dentro de un tiempo.