Pero unos años antes de que esto sucediera, París se había convertido en la capital mundial del lujo y del placer, gracias a las radicales y polémicas reformas urbanísticas del barón Haussmann, que convirtieron a la capital de Francia en la ciudad que es hoy, un impresionante conjunto de boulevares que conjugan monumentalidad y elegancia, mientras se expulsaba a la gente más humilde a vivir en la periferia. París en la época de Napoleón III era también la capital cultural de Europa. Entre otros muchos atractivos, el Salón se había convertido en el escaparate oficial de los artistas franceses, aunque era controlado de manera estricta por la Academia de Bellas Artes y era poco propenso a permitir exhibir un arte tan revolucionario como el de los futuros impresionistas, aunque Manet consiguió presentar en el mismo cuadros tan polémicos como Olympia. Finalmente, en 1874 los impresionistas organizaron por su cuenta su propia muestra.
Pero antes de que esto sucediera París tuvo que pasar por su "año terrible" que abarcó la segunda mitad de 1870 y la primera de 1871. La capital francesa hubo de soportar dos asedios, el primero por parte de los prusianos y el segundo organizado por el ejército francés una vez que se declaró la República. Manet y Morisot permanecieron en París durante estos acontecimientos y esto acabó influyendo en su carácter y en su pintura posterior. También les impresionó la muerte en combate contra los prusianos de Frédéric Bazille, uno de los pintores más prometedores del movimiento impresionista. La resistencia durante el sitio de 1870 fue notable y, entre otras cosas, fue sostenida por los vuelos en globo que comunicaban a la capital con el exterior y también por la utilización de numerosas palomas mensajeras. En cualquier caso, la situación terminó siendo insostenible y la falta de víveres terminó decidiendo al gobierno a capitular, siendo una derrota especialmente amarga, pues a la pérdida de territorios y la idemnización económica al vencedor se unió la unificación definitiva de alemania, que se convirtió a partir de entonces en la gran potencia continental.
Frente a estos acontecimientos, numerosos miembros de la guardia nacional parisina no aceptaron la derrota y proclamaron la Comuna de París frente al gobierno de Thiers. Francia se vio abocada a una dolorosa guerra civil mientras los prusianos presionaban para que los combates se resolvieran pronto, ya que querían cobrarse lo antes posible los frutos de su victoria:
"No es fácil explicar qué fue la Comuna. Al igual que un cuadro impresionista visto desde muy cerca, nunca llegó a cuajar. En esencia, era un gobierno urbano improvisado, paralizado desde el principio por unos recursos limitados y una seguridad muy precaria, pero con grandes ambiciones. Era radical, en el sentido de que, si se promulgaba lo que proponía, el cambio sería drástico. Pero en otros aspectos era sorprendentemente prosaico. Más que una revolución global, sus partidarios querían la autonomía municipal."
La Comuna fue un periodo terrible, conducido por un idealismo suicida, que dejó una honda huella y que influyó poderosamente en los movimientos de izquierda. Después de unos acontecimientos tan atroces, la pintura impresionista terminó de eclosionar como la explosión de la luz, de la naturaleza, como si fuera una respuesta vital frente a la negrura del año terrible. Numerosos museos del mundo contienen el testimonio de estos artistas, cuya génesis es tan estupendamente narrada por Sebastian Smee.
