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domingo, 18 de septiembre de 2016

LOS ODIOSOS OCHO (2015), DE QUENTIN TARANTINO. EL JUEGO DE LA SOSPECHA.

A lo largo de las tres últimas décadas Quentin Tarantino a logrado el sueño de todo cineasta: hacer las películas que quiere, cuando quiere y de la manera que a él le parezca mejor. A Tarantino se le puede amar u odiar, pero lo que es indudable es que ha establecido un estilo propio apuntalado por millones de seguidores incondicionales. Sus películas, a pesar de transcurrir en diversas épocas, parecen pertenecer a un universo propio, dotado de reglas peculiares entre las que destacan dos: los personajes están dotados para los diálogos ingeniosos y estas largas escenas de conversaciones al final derivarán inevitablemente en una orgía de violencia marca de la casa. 

Que el cineasta tenga el control absoluto sobre su producto explica que Tarantino se haya permitido el lujo de entregar un western de casi tres horas de duración en el que la acción se concentra en la última media hora. El resto del metraje sirve para retratar con precisión a los distintos personajes que se van a citar en un refugio aislado en la nieve y para ir creando un clima de tensión que casi entronca con la literatura de Agatha Christie: ¿quién quiere asesinar a quién? ¿cuáles son las verdaderas intenciones e identidad de cada uno de los personajes? La película se sostiene precisamente gracias a una compleja arquitectura construida a base de un juego de equívocos a varios niveles. Eso no quiere decir que Los odiosos ocho sea una obra redonda. Su principal lastre es el exceso de metraje, quizá porque Tarantino necesita que todo el elenco tenga su momento - o sus momentos - de gloria y puedan lucir su capacidad para la réplica brillante en unos diálogos tan improbables como cinematográficamente efectivos.

Uno de los grandes aciertos de Los odiosos ocho es la creación de un clima propio, y no me refiero a la nieve incesante y al frío que inundan la película. Nos encontramos en un momento histórico muy peculiar, cuando la Guerra Civil Americana ha terminado hace pocos años y los personajes arrastran todavía heridas muy sangrantes obtenidas en los diversos avatares sufridos en la misma. Aunque el Norte ha ganado, el Sur conserva su orgullo y la presencia de un hombre de color que se exhibe como un macho dominante - antiguo oficial y cazarecompensas - no hace sino elevar la tensión en el espacio cerrado y asfixiante - a pesar de las bajas temperaturas - en el que transcurre la mayor parte del metraje: la intrahistoria de cada uno de los personajes se mezcla con la Historia con mayúsculas de una manera sutil y efectiva. Mención especial también a la actuación de Jennifer Jason Leigh, que interpreta al personaje quizá más odioso de todos, pero que se desenvuelve a la perfección entre un reparto en el que todos los demás son hombres.

martes, 26 de marzo de 2013

DJANGO DESENCADENADO (2012), DE QUENTIN TARANTINO. VIDA DE UN ESCLAVO LIBRE.


La reciente lectura de la autobiografía del antiguo esclavo Frederick Douglass me hace valorar esta película desde un prisma muy distinto. Algunos han criticado su visión un tanto frívola de un tema tan delicado como la trata de esclavos, que todavía provoca escozor en los Estados Unidos, a pesar de haber transcurrido más de un siglo desde su abolición (aunque en muchos Estados del Sur siguiera vigente el racismo cotidiano amparado desde el gobierno). El comienzo de Django desencadenado es muy de Tarantino: una larga escena en la que nos presenta magistralmente a los personajes: Django, un esclavo encadenado a la desesperanza y el doctor King Schultz, un cazarrecompensas de origen alemán que ofrece un nuevo horizonte a Django. No es que el doctor Schultz sea un hombre humanitario, pero al menos es lo suficientemente inteligente como para comprender que su nuevo compañero de aventuras, al que necesita para llevar a buen puerto su empresa, es también un ser humano y sólo tratándole así va a conseguir que dé lo mejor de sí mismo.

Para muchos la película no será más que otra visión particular de la historia por parte de Tarantino, un director que se inspira en clásicos de videoclub y al que le faltaba filmar un western al estilo de los italianos de los años setenta para continuar con su particular homenaje a las películas que amó en su infancia y juventud. Lo que más me gusta de Tarantino es que jamás renuncia a su estilo, por muy obsceno que pueda parecer en ocasiones. La violencia es la marca de la casa. Y si en su anterior trabajo le reprocharon que hubiera alterado la historia, situando la muerte de Hitler en un cine parisino, (él se defendió como mejor sabe, recordando que sólo hace películas de evasión, no documentales del Canal de Historia) en ésta nos cuenta la improbable historia de un esclavo reconvertido en pistolero que desencadena una auténtica masacre cuya principal motivación es la venganza: venganza por las horribles vejaciones sufridas por él y por su esposa, para demostrarse a sí mismo que es un ser humano que puede ser tan habilidoso y cruel como sus verdugos.

Si bien Django desencadenado es irregular, alternando buenos momentos con otros demasiado tópicos, cuando el espectador entra en el juego que le propone Tarantino solo cabe disfrutar. Sobre todo cuando aparece en escena un irónico Leonardo DiCaprio que mantiene muy buena química con Christoph Waltz. Calvin Candie (DiCaprio) no es más que la representación de los peores demonios de los Estados Unidos: el terrateniente amante del dinero y que no tiene escrúpulos en aprovechar la mano de obra esclava (es terrible como azuza a sus esclavos mandingos para que luchen hasta destrozarse) para ser cada día un poco más rico y poderoso. Una película que deja buen sabor de boca si, como he dicho antes, aceptamos las reglas de juego del director.