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martes, 28 de febrero de 2023

MANHATTAN SUR (1985), DE MICHAEL CIMINO.

Años después de ese sonado fracaso que fue La puerta del cielo a Michael Cimino se le dio la oportunidad de demostrar que era uno de los mejores directores de su generación. Manhattan Sur, película mítica para los que nos aficionamos al cine allá en los ochenta, tiene ecos de El cazador, puesto que su protagonista, un Mickey Rourke que jamás ha estado mejor, es un policía veterano del Vietnam. Stanley White es un tipo racista pero íntegro. No tolera la corrupción, y menos cuanto esta implica un pacto implícito entre los dirigentes de la mafia china que controlan el sur de Manhattan y la policía. Se trata de uno de estos personajes que vive para su trabajo y acaba pagando un alto precio por ello en lo personal. Su rival, un joven dirigente de la mafia, se parece a él en su ambición y la falta de escrúpulos - incumpliendo las reglas no escritas de su organización - con tal de lograr su objetivo de llegar a lo más alto de la misma. El enfrentamiento entre estos dos personajes que juegan al todo o nada es el alma de una película en la que hay altas dosis de violencia y algo de erotismo. White es de origen polaco, pero se ha integrado bien en las cotumbres de Estados Unidos, algo que contrasta con los miembros de la mafia china, que han llevado sus prácticas y sus tradiciones al mismo corazón de New York y no piensan desprenderse de ellas. Quizá Manhattan Sur peca un poco de un efectismo propio de la época en la que fue filmada, pero lo cierto es que la película ha envejido muy bien.

P: 7

martes, 24 de enero de 2017

EL CAZADOR (1978), DE MICHAEL CIMINO. UNA BALA EN LA CABEZA.

Cuando somos niños nos gusta jugar a la guerra. No por la idea de matar al prójimo, sino para sentirnos como héroes. La mentalidad infantil necesita identificarse con un modelo que resuma una especie de idea de perfección a la que se aspira. Y nada mejor que ser alguien temido y respetado al mismo tiempo, un virtuoso de la violencia, pero que solo usa ésta para impartir justicia. Así se sienten muchos jóvenes cuando son llamados a filas. En muchas ocasiones su entorno participa de este entusiasmo dando ánimos al futuro héroe, al defensor de la patria, de la familia, del modo de vida occidental. Esto hace que en muchos casos, el encuentro con la realidad del campo de batalla, con el auténtico rostro de una violencia infernal que no respeta a nadie sea un golpe demasiado amargo de digerir. 

De esto trata en parte El cazador, de la brutal pérdida de la inocencia por parte de tres amigos que parten a la guerra de Vietnam. Quizá Michael (Robert de Niro), un joven serio que busca la excelencia en todos sus actos, sea el que esté a priori más preparado para tan dura prueba. Sus otros dos amigos van a quedar desquiciados y su destino va a ser muy oscuro. Antes de la brusca inmersión en el averno de Vietnam Cimino se recrea - quizá demasiado - en un retrato costumbrista de un episodio de la vida de los jóvenes en la pequeña ciudad en la que habitan: la celebración de la boda de uno de ellos y la juerga, casi de adolescentes, que se corren para celebrarlo, además de servir también de despedida ante la inminencia de la partida hacia la guerra. Es relevante que por allí se encuentren algunos veteranos de la Segunda Guerra Mundial. Esta fue la guerra buena, de la que todo el mundo comprendía su sentido. Aunque todavía no lo saben, los jóvenes van a partir a un conflicto absolutamente impopular, cuyos veteranos van a ser, para muchos, unos auténticos apestados, unos asesinos de niños.

Las escenas bélicas se centran en el trauma de la captura de los tres amigos por el Vietcong: son obligados a participar en un juego macabro, una ruleta rusa en la que son el objeto de diversión de los enemigos, que apuestan quién será el primero en meterse una bala en el cerebro. Estos son los momentos más míticos de la película, los que se han instalado en el inconsciente colectivo. Los que querían ser héroes son vilipendiados y utilizados como meros juguetes. Los cazadores se han convertido en la presa y, aunque sobrevivan a la experiencia, su existencia jamás volverá a ser la misma. A pesar de cierta descompensación en su narrativa, del dibujo un poco difuminado de sus personajes, El cazador es una de las más hermosas obras que se han realizado acerca de la amistad. El posible sacrificio personal que asume Michael cuando vuelve a Vietnam a rescatar a su amigo es un gesto absolutamente noble. Al final, todo se ha vuelto más oscuro. Las risas, la juerga han perdido su razón de ser. Ahora, los ojos de un ciervo que está a punto de morir por mano del hombre adquieren pleno sentido.

sábado, 19 de enero de 2013

LA PUERTA DEL CIELO (1980), DE MICHAEL CIMINO. LAS MASACRES QUE CONSTRUYERON AMÉRICA.

Más que por su valores cinematográficos, que los posee en abundancia, esta película es conocida ante todo por haber sido uno de los grandes fracasos comerciales del cine, hasta el punto de que hundió a su productora, la United Artist y, quizá en cierto modo acabó una forma de hacer cine arriesgada de la que surgieron obras tan grandes como la anterior película de Michael Cimino, El cazador, que le otorgó tanta fama y prestigio como para abordar una obra de la desmesura de La puerta del cielo.

La primera versión que se estrenó de esta película duraba más de tres horas y media. Sólo se estrenó en Nueva York en una única sala y se retiró en seguida. Crítica y público la destrozaron sin piedad. Luego Cimino redujo una hora de metraje (la versión que yo he visto) intentando agilizar la trama, pero no dió resultado. La puerta del cielo quedó convertida en una de esas películas malditas del cine: su director lo arriesgó todo y perdió. Es una lástima, porque esta partida también la perdió la libertad de los realizadores, que en adelante tuvieron que amoldarse a fórmulas que dieran resultado en taquilla y no arriesgar: el resultado fue una década de los ochenta muy floja en cuanto a calidad en el cine norteamericano (con notables excepciones).

Yo he intentado visionar la película sin esa aureola de malditismo que la precede. El resultado es una obra a ratos fascinante, a ratos fallida. En todo su metraje se aprecia la ambición de su director de entregar una obra maestra a cualquier precio. Quizá el escuchar demasiadas veces la palabra genio a raíz de El cazador produjo un efecto perverso en la mente de Cimino. La pelíciula comienza de una manera un tanto extraña para tratarse de un western: encontramos a su protagonista en la fiesta de graduación de una prestigiosa universidad del este. No se comprende muy bien como Jim Averill, un estudiante brillante procedente de una familia rica ha acabado de sheriff en un poblacho del oeste ni la auténtica relación que le une a Ella (la madame de un prostíbulo de mala muerte) y a su antiguo compañero Irvine, un ser ambiguo cuyas lealtades no parecen estar del todo claras.

A pesar de su ritmo a veces cansino y del difuminado dibujo de personajes, lo mejor de La puerta del cielo es la mirada valiente sobre un episodio olvidado de la historia de Estados Unidos: el enfrentamiento de los terratenientes anglosajones contra los inmigrantes del este de Europa. Cimino nos muestra una nación forjada en la violencia de las armas, en la ley del más fuerte, donde la única ambición es la posesión de la tierra (mucho de esto hay en esa obra maestra llamada Deadwood, una de las mejores series de los últimos años) y la vida vale bien poco. Son impresionantes las escenas de esas familias llegando en oleadas a su particular tierra prometida sin saber que van a ser recibidas a tiros por aquellos que los perciben como una amenaza a su hegemonía. Si Cimino hubiera profundizado en los personajes y la narrativa hubiera sido más ágil, nos encontrariamos ante una obra mucho más sólida.