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miércoles, 15 de abril de 2020

EL PRISIONERO DE ZENDA (1894), DE ANTHONY HOPE, DE JOHN CROMWELL (1937) Y DE RICHARD THORPE (1952). LO REAL Y SU DOBLE.

En estos tiempos de preocupación y confinamiento, no hay nada como una buena novela de aventuras para evadirse de la triste realidad. El prisionero de Zenda nos transporta a una época que se extinguió para siempre con la llegada de la Primera Guerra Mundial, la que echaba de menos melancólicamente Stefan Zweig en El mundo de ayer, un tiempo en el que el orden precario de Europa parecía fundamentarse en la existencia de casas monárquicas con siglos de existencia y una aristocracia que se dedicaba a la diversión y a los bailes mientras miraba de reojo a una pujante burguesía que desarrollaba todo su potencial económico y cultural. Era una época todavía romántica, en la que un caballero inglés podía vivir una aventura galante y emocionante en un país exótico de centroeuropa (una nación inventada, para más señas) y salir victorioso de ella sin haber alterado ni un ápice sus valores de honor, integridad e incluso fair play a la hora de enfrentarse a sus enemigos. 

Rudolf Rassendyll pertenece a una familia de la pequeña aristocracia británica. Se considera todavía joven y no sabe todavía qué esperar de la vida, a pesar de los amables consejos de sus familiares para que siente la cabeza. Lo que nunca esperaba Rudolf es que su viaje de placer a Ruritania se convirtiera en la más extraña de las aventuras cuando debe sustituir al rey secuestrado un día antes de su coronación (su increíble parecido al monarca tiene que ver con un affair vivido hace siglos por uno de los miembros de su familia) y mantener la sangre fría en dos asuntos fundamentales: mantener la mascarada ante sus súbditos y rescatar al prisionero sano y salvo para que las aguas vuelvan a su cauce. La novela de Hope contiene todos los ingredientes que hacen de este tipo de lecturas una experiencia irresistible, una vuelta a la infancia y a los valores puros que poco a poco se van perdiendo con la madurez. Aquí encontramos amores tan perfectos como imposibles, honor, fidelidad, valor, emboscadas, tiroteos y abundantes duelos a espada en el entorno inigualable del castillo de Zenda. Queda en la memoria el personaje de Rupert Hentzau, el malvado perfecto, vigoroso, encantador y traicionero a partes iguales.

Precisamente la interpretación de Hentzau, a cargo de James Mason, componiendo uno de los personajes más emblemáticos de su carrera, al que dotó de elegancia y un fino sentido del humor muy malicioso, en competencia con el de Stewart Granger, su vigoroso antagonista. La química entre los dos funcionó perfectamente para el duelo de espadas final se convirtiera en una secuencia mítica, haciendo de la versión de 1952 de El prisionero de Zenda uno de los grandes clásicos del cine de aventuras de una época irrepetible, a la altura de obras maestras como Robin de los bosques, Los tres mosqueteros o Scaramouche. Producciones filmadas en technicolor, perfectamente dirigidas y cuya mejor baza era la promesa al espectador de evadirse a mundos en los que todo era posible. La versión de 1937 también es muy estimable (la de 1952 calca secuencias enteras de ella). Bajo una correcta dirección de John Cromwell, destacan dos secundarios de lujo: David Niven y Douglas Fairbanks jr, que compone a un Hentzau menos matizado que el de Mason, pero muy cercano también al personaje de la novela. Como curiosidad cabe destacar una imagen de la Giralda sevillana en las celebraciones de la coronación del nuevo rey. 

lunes, 20 de febrero de 2012

AVENTURAS DE ARTHUR GORDON PYM (1838), DE EDGAR ALLAN POE. EL ESPEJO DEL MAR.


Leí esta novela por primera vez en la época en la que devoraba a Julio Verne, por lo que su temática me atrajo desde el primer momento. Sabía que Poe era escritor de relatos de terror, pero lo que encontré aquí me pareció un Verne pasado por el tamiz de lo siniestro. El protagonista narraba en primera persona sus aventuras, que a mis ojos eran un conjunto de desgracias a cual más despiadada. El muchacho era atraído por la promesa de aventuras que le ofrecía el mar y se embarcaba, con la complicidad de un amigo, en un barco como polizón, sin sospechar lo que le espera.

Ya desde el principio advertimos el gusto de Poe por los espacios cerrados y asfixiantes, por el terror de ser enterrado en vida. La bodega del barco, un peligroso laberinto de fletes y cajas va a ser el primer hábitat de Arthur, mientras en el exterior, sin que él lo sepa, se desarrolla un motín. Los mejores momentos del libro se dan con la descripción de los padecimientos de los supervivientes en un barco a la deriva sin agua, comida ni provisión alguna, unos capítulos que logran angustiar al lector casi tanto como a sus personajes, a los que se fustiga hasta el punto de hacerles creer que van a ser rescatados, cuando en realidad se cruzan con un auténtico barco fantasma...

La última parte de la novela abunda más en lo fantástico y en cierto modo podría estar firmada por el Joseph Conrad de "El corazón de las tinieblas", al que seguramente influyó esta novela. Los marineros se alejan cada vez más de la civilización y entran en contacto con un pueblo primitivo que no es lo que parece. Como curiosidad decir que en Nantucket, importante puerto ballenero, también comienza el viaje de la tripulación que intenta capturar a Moby Dick en la novela de Herman Melville. Además, esta novela influyó tanto en Julio Verne (sus descripciones de los estados del mar, de los aparejos de navegación, de latitudes y longitudes) que escribió una continuación, "La esfinge de los hielos", que algún día leeré y comentaré por aquí.

A mi parecer, la novela se mantiene tan perturbadora como la primera vez que la leí. Si acaso, está un poco descompensada en algunas partes, demasiado prolijas en descripciones, pero este es un defecto menor en un clásico incontestable.