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sábado, 18 de febrero de 2023

COSMÉTICA DEL ENEMIGO (2001), DE AMÉLIE NOTHOMB Y DE KIKE MAÍLLO (2O2O). EN UN NO-LUGAR DE LA MENTE.

La trama de Cosmética del enemigo transcurre en uno de esos no-lugares en los que la gente pasa numerosas horas muertas a la espera de ir a otro lugar: aeropuertos, estaciones de ferrocarril... Lugares de tránsito en los que uno puede quedar atrapado si se producen retrasos o cancelaciones del transporte que se había contratado. Esa es precisamente la situación de partida del protagonista de la novela, que se dispone a pasar unas largas y aburridas horas de espera después de que su vuelo se haya retrasado. Para conseguir que su situación sea menos llevadera, se sienta junto a él un tipo con muchas ganas de conversación, frente al protagonista, que prefiere estar solo. No obstante, el misterioso sujeto es capaz de describir con precisión el pequeño e incómodo drama que está viviendo:

"Sí, la vida está llena de estos pequeños sinsabores que perturban de un modo negativo. Mucho más que los problemas metafísicos, son las ínfimas contrariedades las que nos muestran el lado absurdo de la existencia."

A partir de aquí el hombre, que dice llamarse Texel Textor, empieza a contar a Jérome, el viajero varado, la historia de su vida, una historia estrambótica pero que al rato empieza a tener puntos en común con la propia biografía del protagonista. No puedo contar más, pero la narración de Nothomb está orientada hacia una sorpresa final que me ha parecido un poco decepcionante, por lo que el conjunto me parece muy inferior a otras novelas que he leído de la autora.

La adaptación cinematográfica de Kike Maíllo es cuanto menos, cuestionable, partiendo de la base de que la trama del libro es difícilmente adaptable al medio cinematográfico, si no es ilustrando de manera continua los discursos de Texel - en esta ocasión convertida en una mujer joven con un comportamiento que recuerda al de Harley Quinn - a través de imágenes que nos hacen alejarnos y volver en numerosas ocasiones al escenario del aeropuerto. Una adaptación que se hace larga y aburrida, que intenta añadir misterio e incluso dosis de terror a la trama, pero que resulta muy inferior a un material literario que tampoco pedía a gritos ser trasladado al cine.

P: 3

sábado, 22 de octubre de 2016

TORO (2016), DE KIKE MAILLO. EL ANTIHÉROE CANSADO.

Tenía curiosidad por ver esta película, que tanto se anunció en el pasado festival de Málaga, precisamente porque no proliferan las producciones que enseñen nuestra ciudad, una urbe que puede ser tan cinematográfica como cualquier otra, pero que tiene ese acusado contraste entre zonas urbanas, algunas razonablemente adecentadas, otras directamente miserables y concebidas como barrios obreros allá por los años setenta y ochenta la mayoría, que pueden dar mucho juego a la hora de ambientar cualquier historia. En el caso de Toro, el guión se decanta por el cine negro: una historia de venganzas y pasiones encendidas. El planteamiento en principio parece interesante, sostenido por un diseño de producción sólido. Pero bien pronto el guión empieza a hacer aguas, a delirar y se decanta por lo decidamente ridículo, por lo que hace reir al espectador, cuando el director pretende que se estremezca.

Y ni siquiera el que pretende ser el gran punto fuerte de la producción, su ambientación, acaba funcionando. Hay una escena que parece que va a dar pie a un planteamiento interesante. Romano (un José Sacristán que realiza una interpretación muy gris), el capo de la mafia de Torremolinos - o algo así - es nombrado hermano mayor de una de esas cofradías de Semana Santa cuyos cargos pueden constituir una plataforma para establecer relaciones con las personas más influyentes - a nivel económico o político - de la sociedad malagueña. El momento evoca al comienzo de El Padrino III, pero Maillo, en vez de explorar las posibilidades de este contraste entre mafia y religión, utiliza el nombramiento únicamente desde un punto de vista estético: para justificar la decoración decididamente kitsch, repleta de cristos y vírgenes barrocos, del apartamento del jefe mafioso. Y no se conforma con eso, sino que también utiliza música inspirada en las marchas de Semana Santa para ambientar todavía más una vivienda absolutamente orientada a los gustos obsesivos de su morador. Nada más. No sabemos cómo compagina Romano tanto fervor con la dirección de un grupo criminal, ni con la facilidad con la que ordena matar a aquel que quiere retirarse del mismo, más allá de su afición por revivir las procesiones de su cofradía en pantalla gigante.

No sé cómo andarán los asuntos mafiosos en la Costa del Sol. Supongo que es una especie de santuario para ciertos criminales y los negocios turbios se llevarán con cierta discrección por ramificaciones de grupos rusos o sudamericanos. El caso de Romano es muy singular, puesto que en la película se nos muestra la pobreza de medios con los que parece poder erigirse en la piedra angular de la criminalidad de esta zona geográfica. No creo que anden tan mal las cosas entre los mafiosos de mi tierra para que a Romano le baste con una decena de tipos con armas tan improbables como palos, hachas y escopetas de cañones recortados de los años setenta - de las de un solo tiro -  para protegerse. El final pretende ser una especie de homenaje al de El precio del poder, pero todo resulta un poco más ridículo que sublime en la escena que se desarrolla en el interior de ese edificio de Torremolinos tan psicodélico. Mención aparte merece un mal endémico de muchas películas de nuestro cine: la dicción de sus actores. Estando presente Mario Casas como protagonista el espectador tiene garantizado que no se enterará del sentido de la mitad de las frases que pronuncie. Algunos de los diálogos con su pareja cinematográfica, Ingrid García Jonsson, parecen directamente hablados en otro idioma. En resumen, Toro es una película que tenía todos los ingredientes para convertirse en una sólida producción de cine negro, pero al final resulta un título fallido, debido a que mezcla que se realiza de aquellos resulta decidamente indigesta.