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martes, 27 de agosto de 2019

NOVECENTO (1976), DE BERNARDO BERTOLUCCI. EL PATRÓN SIGUE VIVO.

Pocas películas hay en la historia del cine tan ambiciosas y desmesuradas como este Novecento. Partiendo de su deseo de contar la historia de Italia de la primera mitad del siglo XX - el auge del comunismo entre las clases populares y la llegada y caída del fascismo de Mussolini -, Bertolucci cuenta la historia de la amistad a través de los años del campesino Olmo (Gérard Depardieu) y de su patrón Alfredo (Robert de Niro), en una explotación agrícola situada en el centro de Italia. Muchos de los campesinos empiezan ya a comienzos de siglos a ser atraídos por la ideas comunistas que se están difundiendo en esos años. La reacción frente a este peligro será el advenimiento del fascismo, que tomará el poder consumando la marcha sobre Roma.

Una de los sentimientos más intensos que he sentido como espectador de esta larguísima cinta (más de cinco horas), es la sensación desperdicio: una historia que podía haber tenido un aliento épico se queda en mero costumbrismo, muy bien filmado, pero extensamente vacío de contenido. Bertolucci quiere contar su historia a base de anécdotas, a base de escenas truculentas o escandalosas, pero que poco aportan a lo que debería ser una trama histórica sobre los conflictos políticos de la época. La producción contaba con talento y con medios más que suficientes para haber sido otra cosa muy distinta y de vez en cuando se atisba algún momento memorable dentro del pequeño caos que constituye la narración. Tampoco ayuda que se hayan dibujado unos personajes demasiado maniqueos e irreales, unos tipos humanos poco creíbles, protagonistas de más de una escena esperpéntica.

Bertolucci intentó, en suma, filmar un lujoso homenaje a la lucha del Partido Comunista frente a unos fascistas retratados como malvados sin ambages (solo hay que fijarse en el histriónico personaje que compone Donald Sutherland), obviando que la política de aquellos años tuvo muchos otros protagonistas. Además, lo hace en los años en los que las Brigadas Rojas ponían en peligro la misma esencia de la democracia italiana. El final es interesante: el campesinado triunfante se dispone a implantar el comunismo con las armas en la mano, pero dichas armas son rápidamente requisadas por representantes del gobierno provisional, entre los que están los mismos dirigentes comunistas. La lucha ha servido para que todo cambie y todo permanezca igual. El patrón ha sido humillado, pero ha salido vivo de la prueba.

jueves, 16 de marzo de 2017

EL CONFORMISTA (1951), DE ALBERTO MORAVIA Y DE BERNARDO BERTOLUCCI (1970). LA NORMALIDAD SEGÚN MARCELLO CLERICI.

Desde muy joven a Marcello se ha visto sorprendido por unos impulsos vitales tendentes a cierto sadismo: los descubre cuando obtiene placer destrozando plantas y matando lagartijas en el jardín de sus padres. Estos impulsos le llevarán a protagonizar una sórdida historia que marcará su niñez: el intento de violación por parte de un hombre que, mediante engaños, intenta violarlo y su asesinato por parte de Marcello. Este episodio va a marcarle, por supuesto, pero de una manera muy singular: intentando por todos los medios superarlo a través de una apuesta personal por la normalidad, por fundirse con las ideas y las costumbres de la masa para poder ser uno más. Por eso se casa con una mujer de la que no está enamorado: fundar una familia convencional le parece la mejor manera de llegar a su meta. Pero ser normal en unas circunstancias históricas como las de la Italia fascista requería un precio, requería hacer cualquier cosa por el bien del Estado: la nación, como le dice en un determinado momento un personaje, está por encima de la propia individualidad, incluso de la propia familia.

Para demostrar su adaptación plena a una sociedad que le exige ante todo obediencia, Marcello acepta realizar una misión, que habrá de culminar con el asesinato de un disidente, en plena luna de miel. Para ello deberá visitar a un antiguo profesor en París y señalar su presencia en la capital francesa para que unos sicarios se encarguen de matarlo. La extrema inmoralidad de esta actuación no debe plantearse. Pertenecer a un Estado totalitario significa que la individualidad está subordinada a un fin superior. Así pues, tomar parte de un asesinato que va a - presuntamente - favorecer al propio país es una buena manera de asegurarse una vida tan confortable como ordinaria: un piso de una zona de clase media para criar a cuantos hijos tengan que venir, la existencia gris propia de un funcionario de la época.

Pero los remordimientos se acentúan con la caída del fascimo. De pronto la masa empieza a adorar a nuevos ídolos. Los que veneraban a Mussolini de pronto escupen sobre sus esculturas con la misma naturalidad. La posición de Marcello, sus modestos logros de normalización social y económica, están comprometidos:

"Para él se necesitaba un éxito completo del gobierno, de aquella sociedad y de aquella nación; y no sólo un éxito exterior, sino también íntimo y preciso. Sólo de este modo, lo que normalmente estaba considerado como un delito común, se convertiría, en cambio, en un paso positivo en una dirección necesaria. En otros términos, gracias a fuerzas que no dependían de él, tenía que operarse una transmutación completa de los valores: lo injusto tenía que volverse justo; la traición, heroísmo; la muerte, vida. En este punto sintió la necesidad de expresar con palabras llanas y sarcásticas su propia situación y pensó con frialdad: "En conclusión, si el fascismo fracasa, si todos los canallas, los incompetentes y los imbéciles que están en Roma llevan la nación italiana a la ruina, entonces yo no soy más que un asesino." Pero de inmediato corrigió mentalmente: "Y, sin embargo, estando como están las cosas, no podía actuar de otro modo"."

Pero El conformista no es solo una novela moral, sino también psicológica. Aunque el protagonista absoluto es Marcello y prácticamente todo lo vemos a través del filtro de sus pensamientos, los personajes secundarios adquieren gran importancia en la trama, sobre todo el triángulo tan frustante que llega a formarse entre él, su mujer y la del profesor Quadri, el hombre que debe ser aseinado, algo que se refleja también en la adaptación cinematográfica filmada por Bertolucci. El director italiano intenta realizar una obra que refleje los ecos morales de la novela de Moravia, pero también aprovecha para entregar un producto estéticamente fascinante: cada encuadre, cada escenario (con gran importancia de la arquitectura fascista en la primera parte del filme) está primorosamente llevado a cabo y la fotografía de Vittorio Storaro, con esa preponderancia de los tonos azules y rojos, es realmente llamativa, hasta el punto de que Coppola lo llamaría unos años más tarde para Apocalypse Now. Para quien acaba de leer la novela, empaparse de su complejidad psicológica, la película resulta un complemento muy estimulante, una visión muy personal del mundo creado por uno de los mejores escritores europeos del siglo XX.