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domingo, 1 de marzo de 2026

LOS TIGRES (2025), DE ALBERTO RODRÍGUEZ.

Los hermanos protagonistas de Los tigres poseen un halo de perdedores visible desde la primera vez que aparecen en escena. Se dedican a un oficio muy duro que desgasta cuerpo y alma: a la reparación submarina de buques, una actividad peligrosa que ya ha quebrado la salud de Antonio, un tipo ya muy veterano a quien todas las señales le dicen que debería retirarse del oficio. Pero Antonio tiene un problema: ha tenido un divorcio traumático y apenas puede afrontar las obligaciones económicas que conlleva frente a una ex-esposa hostil. En un determinado momento aparece la posibilidad de acabar con este naufragio vital permanente por la vía rápida, al detectar la posibilidad de quedarse con parte de la droga con la que trafica un barco del que realiza un mantenimiento habitual. A partir de aquí Antonio y su hermana se las tienen que ver con un mundo del que apenas conocen las reglas y que les puede dejar mucho más vapuleados de lo que ya se encuentran. Como es costumbre en él, Alberto Rodríguez es capaz de asomarse con sumo realismo a la parte más oscura de la sociedad y ofrecer un retrato de la misma muy verosímil para el espectador. Los tigres dibuja las características de esa otra España que vive al margen del discurso triunfalista de los distintos gobiernos, poblada por seres que viven a salto de mata y que son prácticamente esclavos de su trabajo, ya que se atrevieron a a pensar que fundar una familia era una buena idea y tuvieron mala suerte al respecto. Aunque quizá Los tigres no está a la altura de sus mejores obras, Rodríguez sigue siendo de los cineastas españoles más auténticos y sus estrenos siguen siendo garantía de calidad.

P: 7

sábado, 29 de noviembre de 2025

ANATOMÍA DE UN INSTANTE (2025), DE ALBERTO RODRÍGUEZ.

Nuestro país tiene una historia impresionante que no se ha aprovechado lo suficiente como material para realizar buenas películas y series. Uno de los hechos contemporáneos capitales es el asalto al Congreso el 23 de febrero de 1981, unos hechos que todavía suscitan controversia, sobre todo por la participación (o al menos inspiración) del Rey en los mismos. Aquí se parte de un material tan valioso como el libro de Javier Cercas para ofrecer el retrato de tres personajes que el escritor define como "héroes de la retirada": Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo, tres hombres que tuvieron que traicionar sus ideales, con lo que ello conlleva en términos de descrédito, con el fin de fomentar un bien mayor: la consolidación de la democracia en nuestro país. La perfecta elección de los actores que los interpretan y la cuidada ambientación hacen que esta serie refleje de manera perfecta no solo unos hechos, sino el ambiente de una época en la que España se asomaba al abismo de un nuevo régimen autoritario y quien sabe si a una nueva Guerra Civil. Suárez es retratado como el hombre clave de la Transición que fue desechado por el Rey una vez que había cumplido su misión. Carrillo es el viejo político que vuelve a España poniendo en peligro su vida para que su partido pueda aprovechar el momento histórico para volver a ser hegemónico en la izquierda. Gutiérrez Mellado es el militar que traiciona los principios franquistas por fidelidad a una idea de democracia y - sobre todo - a quien se está dejando el pellejo por construir la misma. Estas vidas confluyen en el momento decisivo del asalto al Congreso: ninguno de los tres se amedrentó cuando los guardias civiles empezaron a disparar al techo y permanecieron impasibles (quizá salvaguardando la dignidad de un país en sus peores horas) frente a su posible muerte. Una de las mejores series españolas de los últimos años que debería servir de guia acerca de cómo contar nuestros numerosos episodios históricos de una manera imparcial y verosímil.

P: 8

lunes, 18 de marzo de 2024

MODELO 77 (2022), DE ALBERTO RODRÍGUEZ.

La cárcel Modelo de Barcelona es un espacio impresionante, un centro penitenciario ya en desuso que forma parte de la historia de la ciudad. Está estructurada siguiendo como modelo el panóptico de Jeremy Bentham, una forma de control en la que todos los espacios son visibles para el vigilante, situado en un lugar central. La película describe, a través de su protagonista, el ambiente en la cárcel durante la época de la Transición, cuando muchos presos comunes tenían la esperanza de que la amnistía de la que tanto se hablaba también les alcanzara a ellos. La recreación que ha logrado Alberto Rodríguez de los espacios interiores de la cárcel hace que Modelo 77 destaque por su ambientación, con lo que el espectador puede identificarse con la sensación de falta de libertad de los distintos personajes en un espacio que en aquella época ya se encontraba decrépito por su falta de cuidados. Además, los presos se movían en aquellos años entre la esperanza sobre el nuevo régimen - una de cuyas asignaturas pendientes era la reforma de la ley de régimen penitenciario - y los abusos perpetrados por funcionarios que todavía pertenecían a la vieja escuela franquista. Una película estupenda que nos hace volver a unos ambientes poco explorados en una de las épocas más evocadas de nuestra historia reciente.

P: 7

miércoles, 22 de febrero de 2017

EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS (2016), DE ALBERTO RODRÍGUEZ. UN ESPÍA PERFECTO.

Para los que tenemos ya cierta edad, el caso Roldán es un asunto que recordamos como relativamente reciente, pero resulta que han pasado ya casi veinticinco años de aquella tragicomedia que tuvo en vilo a todo el país y que fue la puntilla para un gobierno socialista ya debilitado por anteriores casos de corrupción. Aquella época que empezó en el año 82 no ha sido todavía sufientemente explotada por el cine, la televisión o la literatura. Fue un periodo de grandes contrastes, aunque visto en perspectiva parece que en general fue positivo para consolidar nuestra democracia, aunque los responsables políticos de aquella época no pudieron evitar que de vez en cuando las alcantarillas del Estado, con todo su hedor y podredumbre, salieran a la palestra pública, dando lugar a telediarios muy entretenidos y a especulaciones en todos los bares de España acerca del destino de Roldán, que se vieron sazonadas por exclusivas tan llamativas como las fotos que llegaron a salir en la revista Interviu en la que el ex director de la Guardia Civil posaba en calzoncillos en plena orgía - bastente cutre, por cierto - con unas cuantas prostitutas.

En este ámbito sombrío se movía como pez en el agua un personaje que los españoles conocieron por aquella época. Se trata de Francisco Paesa, un colaborador de los Servicios Secretos españoles del que se decía que había estado implicado en los GAL y en otros mil turbios asuntos. Seguramente las palabras que lo definen mejor son unas que pronuncia en un diálogo de la propia película: "Mi única patria es el dinero". Paesa era, más que un hombre de mil caras, un hombre del que jamás conoceremos su verdadero rostro, su verdadero carácter y las verdaderas intenciones de sus actos, más allá de su provecho personal. Quizá ni él mismo sabía muy bien quien era y se dedicaba a improvisar. Ahora bien, en eso era magistral. Su mejor obra es que, habiendo salido en todos los telediarios de la época, al español medio no le haya quedado la más mínima reminiscencia de su figura. Quizá la película de Rodríguez retrate la verdadera dimensión del personaje y su protagonismo en la penumbra en un caso en el que se implicó plenamente: su olfato le advirtió desde el primer instante que podía ser el mayor pelotazo de su vida.

El propio Alberto Rodríguez, en una entrevista que concedió a la revista Dirigido, explica cuales eran sus motivaciones al rodar El hombre de las mil caras:

"La memoria inmediata histórica parece que se nos ha borrado, había que recuperar la idea del terrorismo de qué significaba en nuestro país, de los GAL, incluso la propia historia de Roldán que parece diluida en el colectivo popular. Era un sobreesfuerzo tratar de incluir toda esta información  dentro de la película y que al mismo tiempo no perdiese su elemento cinematográfico."

El propio Roldán (Carlos Santos), es un secundario dentro de su propia trama, absorbido por el absoluto protagonismo de un Paesa, del cual es rehén a su pesar. Roldán aparece con una eterna cara de perplejidad, la de aquel que ha caído en un pozo profundo precipitándose desde las alturas. En un determinado momento, cuando comprende que no solo es el villano, sino también el hazmerreír de toda una nación comprende que es el más absoluto de los perdedores y que los millones que ha ido acumulando durante años con sus tropelías en las arcas públicas, van a acabar en manos de un tipo mucho más listo que él, el tipo al que le gustaría parecerse. Junto a ellos, Jesús Camoes (José Coronado), es una especie de hombre muy distinto. Si está metido hasta el fondo en todo este embrollo es más por espíritu de aventura que por otra cosa. Camoes es uno de esos seres que disfrutan con el peligro, con esa sensación de incertidumbre que se produce cuando lo arriesgamos todo a una sola carta. Y la carta de Paesa (magistral Eduard Fernández) era una que ni siquiera se podía interpretar aunque se mirara de frente.

Con El hombre de las mil caras, el director de La isla mínima sigue la senda de sus magistrales retratos de la España más reciente, la del milagro económico que esconde entre su subsuelo muchos más cadáveres y muchas más vergüenzas de las que podemos imaginar. 

viernes, 17 de octubre de 2014

LA ISLA MÍNIMA (2014), DE ALBERTO RODRÍGUEZ. LOS FANTASMAS DEL SUR.

Como sucedía con su anterior trabajo, Grupo 7, la nueva película de Alberto Rodríguez parte de unas claras premisas históricas y geográficas. Si aquella nos trasladaba a una Sevilla marginal de la época en la que se preparaba la Exposición Universal del 92, esta nos retrotrae a diez años antes, cuando la famosa transición democrática estaba por consolidarse y España caminaba a trompicones deslumbrada por la modernidad de las nuevas libertades mientras oía a sus espaldas un ruido de sables apenas disimulado. Pero si estos cambios eran bastantes obvios en las ciudades, llegaban con mucha más prudencia al ámbito rural, todavía dominado por el caciquismo, por el señorito que hacía y deshacía a su antojo la vida laboral de los jornaleros más humildes. Si en algo se notan los nuevos aires en el pueblo marismeño al que van a parar los dos protagonistas es en la presencia, ya sin miedo, de sindicalistas agrarios que incitan a los vecinos a ejercitar el flamante derecho de huelga que recoge la flamante Constitución, aprobada un par de años antes y de la cual nadie apostaría que vaya a durar otro bienio. 

Pedro y Juan son dos policías tan antagónicos que casi pueden servir como representantes de las dos Españas del momento. Pedro es un detective joven y prometedor, que se toma en serio su trabajo e intenta ser cumplidor de la legalidad vigente. Siente grandes suspicacias respecto a su compañero, un policía con un turbio pasado franquista, bebedor y dado a la violencia. Pero, después de todo, hay algo que los une: su aspecto de seres atormentados, nada felices, como si al ejercer la tarea de buscar a dos jóvenes desaparecidas conllevara una especie de condena personal. Quizá porque intuyen que el final del asunto no va a ser nada agradable. Mientras investigan, descubren el microcosmos de un pueblo de la España profunda, donde el único anhelo de la gente más joven es marcharse, porque intuyen que en aquel lugar el futuro es tan inamovible como el pasado. Las imágenes que imprime Alberto Rodríguez a la narración sugieren una violencia latente bajo la superficie de la naturaleza salvaje del lugar, salvo las hermosas tomas aéreas del principio, que evocan la idea de una pureza distante, porque a esas alturas, los hombres parecen hormiguitas. No es raro que un sitio como aquel atraiga a un periodista del periódico El Caso, muy popular en aquella época, quizá la única persona a la que le interesa que el final de la historia sea lo más truculento posible.

Puede que el moraleja de la película sea simple: la mejor manera de atraer a la gente hacia su perdición es apelar a sus más profundos deseos, ya sean estos desaparecer de su pueblo y obtener un trabajo en la Costa del Sol (tierra de la gran promesa en aquel entonces) o tener una pequeña aventura con el muchacho más guapo de los alrededores. Aquí estos deseos sirven como catalizador de la vileza más absoluta. Todo recuerda a la repugnancia de asuntos como el de las niñas de Alcàsser o el de Rocío Wanninkhof, alimentados por el morbo de la gente que desea conocer los menores detalles y recrearse en ellos. En 1980 era El Caso el que cumplía esta labor social. Hoy serían las televisiones privadas las que mandarían a sus mejores profesionales a cubrir el suceso, estableciendo conexiones en directo con el pueblo de las niñas desaparecidas cada cinco minutos para conocer las novedades y tratando de mostrar las imágenes más sórdidas a su público. 

La isla mínima es una de las mejores películas que ha dado el cine español en los últimos años. De una factura técnica perfecta, funciona a varios niveles y deja al espectador, cuando abandona la sala, con una dulce sensación de desasosiego. Rodríguez consigue dotar a su historia de un toque muy personal, aunque beba de fuentes tan obvias como el cine de David Lynch o la reciente serie True detective. Si esta producción marca el camino de lo que va a ser nuestro cine en los próximos años, bienvenida sea. Ya iba siendo hora que una nueva hornada de directores empiece a explorar temas distintos a los habituales. Nuestro pasado y nuestras vicisitudes como país son una materia prima excepcional para hilvanar buenas historias.

lunes, 13 de octubre de 2014

GRUPO 7 (2012), DE ALBERTO RODRÍGUEZ. SEVILLA CONNECTION.

A principios de los años noventa, cuando aún no había sido inaugurada la Exposición Universal de 1992, realicé en solitario un par de viajes a Sevilla. Con la excitación de pasear por tan hermosa ciudad, recorrí amplias zonas del centro histórico y advertí que algunos de sus barrios más antiguos se encontraban muy deteriorados, hasta el punto de que era peligroso pasear por ellos, algo que también sucedía en aquella época en Málaga. A mí, dominado por esa sed voraz de contemplar a mis anchas una ciudad distinta a la mía, no me importó demasiado. Más bien me parecía muy sugestivo el contraste entre esas viviendas tradicionales apuntaladas y a punto de derruirse con el esplendor decadente de aquellos conventos y templos barrocos. Recuerdo que cerca de la iglesia de San Luis me sucedió un incidente desagradable, cuando se me acercaron un par de tipos a pedirme dinero, pero aceleré el paso y no pasó nada. La ciudad estaba viviendo todavía años complicados, los años que refleja Grupo7, cuando el gobierno encargó a la policía que limpiara las calles de tráfico de drogas, con vistas a ese escaparate mundial que iba a ser la Expo, ese proyecto pionero que abrió la veda de las obras faraónicas y de escasa utilidad en nuestro país.

Si hay algo que refleje con acierto la película de Alberto Rodríguez es que la lucha contra la droga es algo sucio, que impregna de corrupción todo lo que toca, incluidos los paladines de la justicia, algo que ya habíamos visto en toda suerte de producciones extranjeras. Pero verlo reflejado aquí, en un lugar que uno conoce muy bien, produce una sensación extraña, como un reconocimiento de verosimilitud respecto a lo que se está contemplando en la pantalla. Volviendo la vista atrás, uno se espanta al reflexionar acerca del impacto de la heroína en las calles en aquel tiempo, las vidas que lastró y los problemas de inseguridad que causó en barrios enteros. Que la respuesta de las autoridades fuera casi exclusivamente represiva, dice mucho de los errores que se han ido acumulando en todas estas décadas de lucha contra la droga. Para realizar su tarea con un mínimo de efectividad, los miembros del Grupo 7 no tienen más remedio que anticiparse a los métodos de los grupos de traficantes que infestaban Sevilla: ser más violentos que ellos, exhibir más mala leche, amenazar y torturar sin prejuicios para obtener información y entrar de lleno en su mundo, aprovechando de paso para ganar algún dinero a través de alianzas con unos clanes en detrimento de otros.

Si se piensa bien, eran los únicos métodos que podían funcionar si se quería limpiar la ciudad en un tiempo récord: sembrar el terror entre los criminales, obviando las garantías judiciales y constitucionales. Lo mejor de Grupo 7 es haber reflejado a la perfección el ambiente de esa época y de la vida cotidiana de estos soldados, que se juegan la vida todos los días para que sus jefes puedan ofrecer ruedas de prensa, orgullosos de los grandes alijos capturados. Rodríguez filma a la perfección persecuciones en los ambientes degradados en los que se movía la droga, testigos del infierno cotidiano en el que tanta gente se movía. Hay algunas escenas impactantes, filmadas con mucho oficio: la lluvia de objetos contra los policías, cuando llegan a un enorme y decrépito bloque de viviendas a realizar una redada o la vejación de la que son objeto cuando son capturados por uno de los clanes. Todo rodado con pasión y un oficio que va a verse corroborado con la magnífica La isla mínima.  

Grupo 7 destila autenticidad por los cuatro costados. Muestra aquella cara de la sociedad que los políticos quisieran esconder y la existencia cotidiana de los antihéroes encargados de limpiarla. Ni que decir tiene que las imágenes de las obras de la Expo 92 van sucediéndose para recordarnos que la corrupción se movía también en niveles mucho más elevados. Mención especial para todos sus intérpretes, incluido un Mario Casas que demuestra que está preparado para cualquier tipo de papel, y no solo los que se basan en su físico.