martes, 14 de junio de 2016

RIMAS (1871), DE GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER. LOS AMORES ETÉREOS.

Uno de mis lugares favoritos de Sevilla es la glorieta dedicada a Gustavo Adolfo Bécquer, en pleno parque de María Luisa. Pocos lugares consiguen, con la sencilla conjunción del grupo escultórico con la naturaleza circundante, hacernos evocar los poemas de romanticismo exaltado que nos regaló este singular escritor decimonónico. Lo que más me interesa son las figuras femeninas que, sentadas, parecen escuchar arrobadas una de las poesías del genio, en las que supo expresar de manera sublime las contradicciones del sentimiento más humano. No habiendo gozado de demasiado éxito literario en vida, después de su muerte las Rimas quedaron como un monumento al Romanticismo del que bebieron posteriormente muchos poetas líricos españoles, como Machado o Cernuda. 

Las Rimas son un festín para los sentidos. Repletas de fragmentos inolvidables y mil veces citados, han servido de inspiración (y directamente plagiadas) por miles de cortejadores, que advierten en las palabras de Bécquer la traducción exacta al lenguaje de esa conmoción amorosa que todo el mundo, de un modo u otro, acabará experimentando a lo largo de su existencia.

Resulta magistral la definición de poesía por parte del escritor sevillano, aprovechando para identificarla con la belleza absoluta:

 
¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.

Además, defiende el género literario como algo que trasciende lo meramente humano:

No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira:
podrá no haber poetas; pero siempre
habrá poesía.

El romanticismo de Bécquer se concentra en estos versos, evocadores y altamente sugerentes:

Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueño tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.

Es famosa la preferencia del poeta por los amores imposibles, su búsqueda del sufrimiento, la elección del amor etéreo frente al material:

—Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz
soy incorpórea, soy intangible:
no puedo amarte.
—¡Oh, ven; ven tú!

Y también la alegría absoluta frente a cualquier modesto triunfo en sus eternas campañas amorosas:

Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
hoy llega al fondo de mi alma el sol,
hoy la he visto…, la he visto y me ha mirado…
¡Hoy creo en Dios!

Otro ejemplo de lo anterior:

Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso… yo no sé
qué te diera por un beso.

Pero lo verdaderamente sorprendente es su gusto por la muerte, por la eterna juventud de los cadáveres que dejan quienes mueren a temprana edad, en el culmen de su belleza. Dejo un fragmento del que quizá es mi poema favorito, el LXXIII:

Cerraron sus ojos
que aun tenía abiertos,
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.
 
La luz que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho,
y entre aquella sombra
veíase a intérvalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.
 
Despertaba el día,
y a su albor primero
con sus mil ruidos
despertaba el pueblo.
 
Ante aquel contraste
de vida y misterios,
de luz y tinieblas,
medité un momento:
 
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
 
De la casa, en hombros
lleváronla al templo
y en una capilla
dejaron el féretro.
 
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.
 
Al dar de las ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos,
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron,
y el santo recinto
quedose desierto.
 
De un reloj se oía
compasado el péndulo,
y de algunos cirios
el chisporroteo

Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba
que pensé un momento:
 
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

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