Como verán, estos últimos días el blog se está inclinando hacia las historias de animales humanizados: mi magnífico relato de los perros en la Segunda Guerra Mundial, la obra maestra de Cervantes "El coloquio de los perros" y ahora este gatito Espejo, una obra tan maravillosa como desconocida en estos lares.
Gottfried Keller es un autor suizo decimonónico, aunque hizo parte de su vida en Alemania. En España se ha editado últimamente "Enrique el verde", quizá su obra más conocida. Esta narración breve que presento aquí constituye una auténtica delicia para cualquier paladar literario y solo puede conseguirse con un poco de suerte en alguna feria del libro de ocasión, por un par de euros. Se trata de la historia de un gatito hedonista, quizá el precedente del popular Garfield, un gatito filósofo, que practica con entusiasmo la máxima del Carpe Diem: "Hay un tiempo para todo. Hoy, una brizna de pasión; mañana un poco de reflexión y descanso. Cada cosa en su tiempo". Y sobre todo se revela al lector como un gato mucho más astuto que su amo y que utiliza las debilidades humanas en su provecho.
Una narración ágil, divertida y bien escrita, que se lee de una sentada y nos deja un grato sabor de boca.

(Libro comentado en el Club de Lectura de la Biblioteca Provincial del jueves pasado).
"Todo el conocimiento, la totalidad de preguntas y respuestas se encuentran en el perro". Franz Kafka.
Cuando leí las Novelas Ejemplares, hace ya muchos años, me enamoré perdidamente de este texto, verdaderamente ejemplar por muchas razones.
Solo por la evocadora imagen que se dibujó en mi mente de dos perros hablando plácidamente a las puertas del Hospital de la Resurrección de Valladolid (creo recordar que la edición que leí en aquella ocasión disponía de un precioso grabado de esta escena, pero no he podido encontrarlo por internet para colocarlo aquí), merecía la pena seguir el diálogo de tan singulares personajes.
El mismo Cervantes, como es sabido, vivió una vida muy perra, pero a él le hizo provecho, o más bien a nosotros, sus lectores. Era un hombre que sabía absorber sus experiencias vitales para luego plasmarlas de manera brillante sobre el papel. Pero no solo de las propias experiencias vive el hombre. Cervantes era un gran lector, llegando a ojear los papeles que se encontraba por la calle, según él mismo confiesa, por el puro vicio de la lectura. Se trata de un escritor que sabe hablar directamente al lector, como en una conversación privada. Te habla de sus propios problemas, de lo que ha conocido en sus viajes, de los tipos humanos que ha ido encontrando y sus costumbres y, sobre todo, de la decadencia absoluta de una España por la que ha puesto su vida en peligro en más de una ocasión. Cervantes era un hombre pesimista, pero seguramente, a tenor de lo que yo he podido leer de él, se trataba de un hombre alegre y divertido (hay un par de episodios en la narración con los que he tenido que reírme a carcajadas). Y también era un filósofo, capaz de escribir cosas tan hermosas como ésta:
"(...) la humildad es la base y fundamento de todas las virtudes, y que sin ella no hay ninguna que lo sea. Ella allana inconvenientes, vence dificultades y es un medio que a gloriosos fines conduce. De los enemigos hace amigos, templa la cólera de los airados y menoscaba la arrogancia de los soberbios; es madre de la modestia y hermana de la templanza. En fin, con ella no pueden atravesar triunfos que les sea de provecho los vicios, porque en su blandura y mansedumbre se embotan y despuntan las flechas de los pecados."
Pero también Cervantes es enormemente sincero en sus opiniones, o "políticamente incorrecto", como diríamos hoy día, tal y como nos recordó un compañero. En "El coloquio de los perros", moriscos y gitanos no salen muy bien parados, aunque al menos el autor admite excepciones en su mala impresión general acerca de estos colectivos humanos. La descripción de la España de su tiempo que realiza no deja títere con cabeza: un país miserable, donde todo el mundo intenta bregar a costa de los demás que, por desgracia, tienen un pensamiento parecido. Un auténtico desastre que debía hacer echarse las manos a la cabeza a cualquier extranjero que la leyese y que seguramente pasó la censura por milagro, quizá porque el censor creyó que se trataba de una inocente fábula y no de esta tremenda crítica que, por desgracia, puede prolongarse a nuestro tiempo en muchos aspectos.
"El coloquio de los perros" puede inscribirse sin problemas en la magnífica tradición española de la novela picaresca, quizá el equivalente a la novela realista en aquellos tiempos sombríos. Berganza va pasando de un amo a otro, con lo cual se convierte en un espectador privilegiado de las miserias de todos ellos, exponiendo sus vivencias con una lucidez admirable, pero desde el punto de vista de un observador perruno que saca consecuencias muy humanas a tales experiencias.
Hay que leer este librito con suma atención, no perderse ningún detalle y tratar de sacar conclusiones de todo ello. Aún así, en la siguiente lectura veremos que se nos han escapado infinidad de pormenores que engrandecen aún más el texto y que son capaces de enriquernos a nosotros mismos. Las dimensiones de los clásicos son inabarcables.
Cuando un cineasta estadounidense echa una mirada lúcida sobre su propia sociedad, a veces salen obras redondas como esta. Años setenta. Sam Bicke conjuga en su existencia las características esenciales de la definición de perdedor: separado, pero aún enamorado de una esposa que le ignora, avasallado en el trabajo, sin apenas amigos y sin posibilidad de cumplir su sueño de montar su propio negocio. Esta cara oscura del sueño americano se materializa en un odio creciente al sistema, que permite sus desgracias y las de miles de sus compatriotas. Tras un intento de acercamiento a los Panteras Negras, decide actuar solo y planea un delirante secuestro aéreo con el fín de destruir la Casa Blanca con todo el gobierno dentro.
Basada en hechos reales, la película se sostiene ante todo en la poderosa interpretación de Sean Penn, del que desconozco si estuvo o no nominado al oscar por este papel, aunque poco me interesa saberlo. He de reconocer que me equivoqué con este actor. La primera vez que tuve noticia de él era novio de Madonna o algo así. Aparte de su mal gusto escogiendo pareja, me pareció que tenía cara de cretino y que podría dedicarse a cualquier cosa menos a ser actor. Luego se fue convirtiendo en uno de los pocos actores que sabe escoger siempre buenos papeles, con lo cual su presencia en una película es casi garantía de calidad. Como digo, uno de los mejores intérpretes de su generación.
Como Sam Bicke nos transmite desesperación y ansiedad, como hombre que no sabe encajar los golpes de la vida y va descendiendo paulatimamente hacia la locura. El guión no se centra tanto en la crítica social (que la hay) sino en el retrato de un hombre enfrentado a unas circunstancias que le sobrepasan y a las cuales reacciona de la peor manera posible, estando convencido de que es la respuesta más honrosa a su problema, que considera un problema generalizado entre sus compatriotas, por otra parte. Contiene también un interesante retrato de las relaciones de poder en el mundo laboral.
Un film inspirado, de duración normal, pero cuyo visionado lo hace muy corto al espectador. Muy buena señal.
(Libro comentado el jueves en el Club de Lectura de la librería Cincoechegaray).
Lo primero que llama la atención acerca de esta obra es la precocidad de su autora. Parece increible, teniendo en cuenta su dura temática, la escribiera una joven de veintitrés años, impresión generalizada entre todos los miembros del club. Lo segundo es que esté tan bien escrita y nos haga sentir el grito interior que parecen llevar consigo todos los protagonistas: la imposibilidad de comunicación.
Y es que la incomunicación humana es el tema principal de la novela. Se retrata la vida en una ciudad pequeña del sur de Estados Unidos, los abusos laborales, la discriminación y racismo cotidanos. La incultura y falta de expectativas de sus personajes es evidente, algo que los deshumaniza y a veces llega a transformarlos en fieras salvajes. Mick, una de las protagonistas, es una joven extremadamente inteligente y sensible, con un gran talento musical, pero que se encuentra atrapada en las redes de una sociedad vulgar y pobre, que no le va a dar oportunidades y a veces prefiere exiliarse a su mundo interior, donde es ella misma. Mr. Singer es un mudo de aspecto bondadoso que saca, sin proponérselo, los mejores sentimientos de cuantos se acercan a él. Pero su pasión es otro mudo, al que considera su amigo, aunque este no le corresponde siempre como tal. El doctor Copeland es un médico entregado a la causa de la emancipación de su raza, pero que ni siquiera es capaz de que sus seres queridos más cercanos entiendan su mensaje... Una galería de seres humanos, perfectamente retratados tanto interna como exteriormente, enfrentados al muro de la realidad que intentan sobrevivir a una gran depresión que aún perdura diez años después del crack del 29.
Jake es otro personaje interesante, quizá el más atormentado junto al doctor Copeland, con el que intentará un entendimiento imposible ya que las pequeñas diferencias parecen más poderosas en esta novela que los grandes intereses comunes. Es un pionero en la implantación del comunismo en América, pero se siente solo en su misión. Sabe que es dueño de la verdad, pero ha aprendido a ser excéptico, pese a su furiosa indignación:
"¡Las cosas que nos han hecho! Las verdades que han convertido en mentiras. Los ideales que han manchado y envilecido. Fíjate en Jesús. Él era uno de los nuestros. Él sabía. Cuando decía que le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de los cielos, sabía condenadamente bien lo que decía. Pero mire lo que la Iglesia ha hecho con Jesús durante los últimos dos mil años. Qué han hecho de él. Como han desfigurado cada palabra que pronunció para servir a sus malvados propósitos. Jesús estaría en la cárcel, si viviera hoy. Jesús sería uno de los que realmente saben. (...) Los hombres que lucharon por la Revolución Americana (...) Sabían lo que significaba libertad. Luchaban por una auténtica revolución. Luchaban para que éste pudiera ser un país donde todos los hombres fueran libres e iguales. ¡Ah! Y eso quería decir que todo hombre era igual a los ojos de la Naturaleza: con iguales posibilidades. Esto no quería decir que el veinte por ciento de la gente fuera libre de robar al otro ochenta por ciento restante sus medios de vida. (...) Esto no quería decir que los tiranos tuvieran libertad de llevar a este país a una situación en la que millones de personas están dispuestas a hacer lo que sea - engañar, mentir o lo que sea - con tal de trabajar por cuatro cuartos. (...)"
Setenta años después, este discurso sigue tristemente de plena actualidad. La brecha entre ricos y pobres se ha agrandado enormemente, aunque el Estado le presta asistencia a aquellos, culpables de la crisis, para que todo siga igual. Las ilusiones perdidas de los fundadores, tanto de los Estados Unidos como del Cristianismo. ¿Dónde fueron a parar? Se fueron perdiendo por el camino.
Wolf deliraba en medio de un páramo helado. Recordaba con dulzura los momentos de su infancia junto a sus hermanos, recordaba el cariño de su madre y anhelaba volver con ellos. Seguía siendo un perro fuerte. Sufriendo una agonía infinita se levantó con lentitud y echó a andar. Durante las siguientes semanas, Wolf se asilvestró y cazó toda clase de animales para sobrevivir. La guerra había terminado hacía días, pero él ya no se acordaba de eso. Una mañana, cuando ya se había acostumbrado a su nueva vida, entreabrió los ojos y se encontró con una figura que le observaba detenidamente. Era un pastor alemán como él, pero de mirada mucho más noble. "Mi nombre es Stubby, perro paracaidista de la 101 División Aerotransportada del Ejército de los Estados Unidos, procedente del destacamento Lackland para la formación de perros combatientes de San Antonio, Texas. Está usted detenido por crímenes de guerra, perro nazi." Wolf no salía de su asombro. Su primer instinto fue lanzarse sobre la garganta de su enemigo, pero Stubby era un soldado entrenado a conciencia: con un rápido movimiento esquivó el ataque y le inmovilizó. Pronto llegaron los amos del perro americano, que colocaron a Wolf en una jaula y le transportaron a Nuremberg para ser juzgado, pues su nombre estaba en una lista de perros criminales.
Wolf apenas se defendió durante su proceso: en su fuero interno sabía que había obrado mal, pero lo achacaba todo a la obediencia debida a sus amos, obligación de todo perro desde tiempos inmemoriales. Fue condenado a ser reeducado. Stubby, su captor, fue designado como su profesor. Durante los siguientes meses se dedicó a enseñarle las virtudes de todo buen perro: disciplina, corazón, valentía y lealtad. Le hizo ver que los perros combatientes debían servir para matar, que para eso se bastaban los hombres, sino para salvar vidas gracias a su poderoso olfato y a su especial visión nocturna, que le servían para localizar a los soldados heridos. Le enseñó a ser silencioso y a apuntar el peligro con el hocico. Stubby era un perro cariñoso y pronto entabló amistad con Wolf, que aprendía muy deprisa sus lecciones. Le contó que él procedía de una ilustre estirpe de perros combatientes que arrancaba de la Guerra Civil Americana. Finalmente, por recomendación de su amigo, Wolf fue admitido en el Ejército de Estados Unidos y se distinguió en la Guerra de Corea, alcanzando el grado de Teniente. Las siguientes generaciones de la familia Stubby siguieron la noble tradición hasta que..."
En este punto, Harpo, mi narrador, comenzó a llorar de la forma más lastimera del mundo. Me confesó que hasta hace poco había sido profesor en el destacamento de Lackland de San Antonio (quién lo hubiera dicho de este dulce yorkshire) y había tenido como alumno a un descendiente de los Stubby. "Ha debido ser un gran honor", le dije. Harpo volvió a sus lloros. Me confesó que su alumno había sido enviado a Guantánamo, a intimidar a prisioneros indefensos. Indignado, había desertado y se había lanzado a recorrer mundo. Según él, generaciones de buenos perros habían sido mancilladas y no podía soportarlo, ya que se estaba repitiendo la historia de Wolf. Yo consolé como pude a mi nuevo amigo. Le acaricié, le calmé con nuevas palabras y me lo llevé a casa. Desde entonces he tratado de inculcarle un sentimiento eminentemente humano: la esperanza.
"Sus primeros recuerdos estaban poseidos de una inmensa ternura. Se pasaba el día jugando con los otros siete cachorros, sus hermanos, aprendiendo a usar su sentido del olfato para seguirles el rastro y siendo mimado por su bondadosa madre. Wolf era un cachorro de pastor alemán de pura raza, fuerte y despierto, nacido en el mejor criadero de Berlín, por lo que en seguida llamó la atención de su futuro dueño. Conrad era un rudo oficial de las SS que necesitaba un animal apto para un adiestramiento especial. En aquel momento Wolf se sintió orgulloso por haber sido elegido. Meneó el rabo y lamió la mano del oficial. Echó una última mirada de despedida a su madre. Ella contempló como su hijo partía junto a aquel hombre vestido de negro, con una calavera decorando su gorra, que dejó un aroma durante días. Un aroma de los que solo puede exhalar el ser humano: a crueldad. Y sintió una tristeza infinita.
Los dos años siguientes resultaron muy duros para Wolf. El entrenamiento al que fue sometido en la escuela de Grunheide era extremadamente exigente y algunos de sus compañeros murieron. Por la noche se acostaba agotado en su pequeño lecho, pero feliz, porque le inculcaron que estaba sirviendo a su patria. El día de la graduación fue muy especial para todos aquellos perros alemanes. Les felicitó nada menos que Blondie, la perra de Hitler. Todos, especialmente Wolf, quedaron enamorados de su porte y distinción.
El Estado Mayor alemán tenía reservado un alto destino para nuestro protagonista. Fue enviado a Rusia, en apoyo de una compañía de las SS que luchaba en aquellas interminables estepas. Desde el primer día el comportamiento de Wolf se ajustó a lo que de él se esperaba: penetraba por las noches en los pueblos con sus compatriotas humanos y localizaba a los judíos en sus escondites. En la escuela le habían enseñado especialmente a distinguir el olor del miedo. Wolf se excitaba y ladraba cuando las SS reunían a unos cuantos cientos de judíos para que cavaran su propia fosa común. Si alguno intentaba escaparse se lanzaba presto a su garganta y ahorraba una bala a sus amos. El sabor de la sangre le enaltecía. En otras ocasiones los judíos eran utilizados para limpiar las carreteras de minas. Caminaban varios metros por delante de sus captores y de vez en cuando saltaban por los aires, víctimas de una explosión. El olor a carne quemada de judío no le disgustaba. Los amos de Wolf valoraban mucho menos las vidas de aquellos hebreos que la de sus entrenados perros.
Una tarde Wolf y sus amos sufrieron una escaramuza de partisanos soviéticos. Por primera vez, el bravo animal sintió el terror en sus propias carnes y, para su vergüenza, no pudo evitar echarse a temblar. Las balas silbaban sobre su cabeza, las explosiones retumbaban a su alrededor. No comprendía por qué el miedo de sus amos olía exactamente igual que el de los judíos, pero, en cualquier caso, no dispuso de mucho tiempo para meditar sobre tan grave cuestión, pues una bala perdida le rozó la base del cráneo y le dejó inconsciente en el campo de batalla.
Despertó muchos días más tarde en una sala de los servicios veterinarios de Berlín. Había sido evacuado a Alemania. Durante las semanas que estuvo internado en aquella habitación limpia y luminosa gozó de los mejores cuidados. Echó de menos una visita de su madre. Por primera vez en años se acordaba de ella, aunque esa debilidad duró poco. El era un perro de las SS, adiestrado para obedecer y no quería defraudar a sus amos. Su cicatriz en la cabeza le confería un halo de dignidad, significaría para sus compañeros caninos que él había sido un perro combatiente. Desgraciadamente, pronto se olvidó de su presunta dignidad y volvió el sentimiento de terror cuando comenzaron los bombardeos nocturnos sobre Berlín. Los humanos huían precipitadamente al sonido de las sirenas y Wolf pasaba noches terribles tratando de evitar los resplandores de los incendios. El alba le sorprendía aullando sobre un montón de escombros humeantes. En aquellos momentos lamentaba haber sido enseñado solamente a capturar fugitivos y no a salvar personas.
Las noches de Wolf bajo la granizada de bombas duraron algunas semanas. Cuando la situación se calmó, porque el enemigo eligió otra ciudad como objetivo, alguien debió acordarse de él y le envió a un nuevo destino. El campo de exterminio de Auswitch era ideal para un perro con su entrenamiento. Olía a miedo, pero a miedo ajeno, un olor que ni siquiera lograba disipar la lluvia. Inmediatamente se puso a las órdenes de Barry, el perro jefe del campo, que pronto le dio una lección acerca de como debía tratarse a los prisioneros, arrancando los genitales de un mordisco a un judío que intentaba escapar.
La guerra iba muy mal para Alemania, tan mal que pronto llegaron noticias de que el enemigo soviético se encontraba a pocos kilómetros del campo. Se organizó la evacuación. A Wolf le fue encargada la importante misión de custodiar a un numeroso grupo de prisioneros en un infernal marcha sobre la nieve. Al principio todo fue bien, su fiereza mantenía a raya a los judíos cautivos, muchos de los cuales caían por puro agotamiento para no volver a levantarse. A los pocos días Wolf sintió que se estaba quedando sin fuerzas. Un grupo de prisioneros debió advertir su debilidad, le rodearon y, armados con palos y estacas, le golpearon hasta dejarle medio muerto.
(Dedicado a Begoña y Franjamares).
Atardecía en el día más caluroso del verano. Los árboles de alrededor comenzaban a darme sombra y yo sentía cierto alivio. Llevaba desde mediodía en mi puesto de trabajo como vigilante de seguridad. Tenía que pasarme diez horas en una garita de vigilancia en uno de los aparcamientos del aeropuerto, sin aire acondicionado, con un Sol inmisericorde, que a esas horas transformaba la caseta en un verdadero horno. Recuerdo que salí de mi prisión para dar unos pasos. Estaba chorreando por el sudor y los pies me ardían por la incomodidad de los zapatos, que eran los mismos en cualquier estación del año. El pisar un asfalto recalentado no constituía precisamente un bálsamo, pero necesitaba respirar un poco de aire fresco. En aquel momento lo ví por primera vez. Avanzaba penosamente desde el horizonte, pues debía encontrarse extremadamente cansado. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para oirme lo llamé. Al principio parecía asustado y se acercaba con muchas precauciones, así que fui yo el que me aproximé a él lentamente y con palabras suaves hasta que pude acariciarlo. Los perros son mi debilidad y aquel me dio mucha lástima por el estado en que venía. Era un pequeño yorkshire que me miraba con ojos inteligentes y suplicantes. Estaba macilento, sucio y despeinado y llevaba todo el día vagabundeando por ahí, padeciendo hambre y sed. Cuanto más le acariciaba, más me lloriqueaba, seguramente para despertar aún más compasión. Lo acerqué a la caseta y le ofrecí buena parte de mi cena. Rajé con el cuchillo una botella de agua vacía y le fabriqué un bebedero improvisado, para que se saciara.
Cuando terminamos de cenar salimos a dar unos pasos y a contemplar la puesta de Sol. Todavía me quedaban unas cuantas horas de destierro diario, pero al menos las pasaría en compañía. El animal ya no estaba triste, más bien al contrario, me movía el rabo y me hacía saltos y cabriolas, en un intento de que me apiadara de él y lo tomara como mascota. Me senté a meditar un poco y distraidamente tomé el libro que estaba leyendo. Entonces sucedió un hecho nunca visto. El perro me miró con ojos inteligentes y me dijo: "Veo que estás interesado en la Segunda Guerra Mundial. Yo podría contarte algunos hechos de los que no están en los libros..." En realidad no me habló con estas palabras, sino con unos elegantes ladridos que, con gran sorpresa por mi parte, yo podía entender a la perfección. Dejé mi volumen sobre Stalingrado en la mesa y me agaché para hablarle: "Pero ¿cómo es posible esto? ¿Es verdad que me estás hablando tú?". "Claro que sí", contestó, "somos pocos los perros que sabemos comunicarnos con los humanos y pocos los humanos que pueden entender nuestro lenguaje, pero por una vez parece que hemos coincidido." Un fuerte bocinazo interrumpió sorpresivamente tan interesante conversación. Un vehículo quería salir del aparcamiento y reclamaba mi presencia para que le levantara la barrera. Yo debía ofrecer un aspecto muy cómico agachado y manteniendo un serio coloquio con el pequeño animal, porque conductor y pasajeros soltaron una fuerte risotada al salir del recinto. Lo cierto es que no llegué ni siquiera a sentir vergüenza, sino que me apresuré a volver con mi nuevo amigo. "¿Quieres que te cuente una historia que me contaron? Así te distraeré", me espetó. "Claro, como no", le contesté. ¿Cómo podría negarme? Nos acomodamos dentro de la garita y Harpo, como más tarde decidí llamara a mi mascota, no sin cierta ironía, adoptó una actitud de seriedad y comenzó a hablar, o más bien a ladrar:"