David y Jo componen un matrimonio ya maduro que viajan en coche al Marruecos profundo invitados a la fiesta de unos amigos. Su relación con el mundo (y entre ellos) se conduce a través del desdén y la ironía. Al principio de la película son seres superiores introduciéndose en un territorio salvaje a la búsqueda del trocito de civilización que representa el palacio de la pareja gay que los han invitado. David intenta superar su vacío vital bebiendo abundantes dosis de alcohol, lo que puede ser un factor decisivo en el accidente nocturno que sufren, en el que atropellan y matan a un menor. A partir de aquí, y una vez llegados a la fortaleza de sus amigos, Los perdonados transmite con bastante acierto el contraste entre dos mundos: uno lujoso, libidinoso y decadente y el otro pobre de solemnidad aferrado a las costumbres religiosas. Destaca la evolución, muy bien retratada, del personaje que interpreta Ralph Fiennes, que se va interesando paulatinamente por esas formas de vida consideradas por él inferiores, aunque sin abandonar jamás el deseo de salir corriendo y volver a la seguridad de su vida tan opulenta como insustancial. Mientras tanto asistimos al inmenso egoísmo de Jo, un ser que solo busca el placer inmediato sin preocuparse lo más mínimo por lo que le pueda estar sucediendo al que presuntamente es su ser más cercano. La película de McDonagh es arriesgada, ya que juega casi en todo momento con la incomodidad del espectador, que no puede reflejarse en las acciones inmorales de cada uno de los personajes, incluídos los más oprimidos. Ayuda a ese desasosiego el retrato del brutal contraste entre la vida de los extranjeros que habitan en aquella región remota casi como señores feudales y la miseria absoluta y sin esperanzas de unos marroquíes que solo pueden esperar algo positivo de la vida si logran introducirse en occidente.
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