Resulta muy difícil adaptar cinematográficamente la vida de Franz Kafka, ya que, en realidad, fue una existencia anodina (a pesar de sus numerosos amores) y el verdadero interés, lo que hacía de él una persona singunlar, se encontraba en su interior. Las opciones entonces son filmar una película tradicional y lineal en tono biográfico y realizar algo parecido a lo que ha rodado Holland: una especie de collage con distintos momentos de la vida de Kafka no necesariamente ordenados cronológicamente. Además, se añaden imagénes de la Praga actual en las que se muestra la repercusión que sigue teniendo el escritor en la actualidad, siendo su recuerdo uno de los grandes activos turísticos de la capital checa. Entonces tenemos a un Kafka con varias vertientes: la íntima, la literaria y la popular, la que lleva a miles de turistas a hacerse las mismas fotos en los mismos lugares, ya que el autor de La metamorfosis es un personaje famoso y reconocible. Lo mejor de la película es la interpretación de Idan Weiss, quien físicamente da perfectamente el papel y transmite la angustia vital que define al personaje. Pero, en cualquier caso, la película es un experimento que a veces se mueve hacia el documental y que no acaba de funcionar del todo. Hay que conocer un poco de la biografía de Kafka para darle sentido a muchos de sus momentos y eso resulta muy arriesgado cuando estamos hablando del medio cinematográfico.
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