Resulta muy curioso el comienzo de esta película, pues ofrece imágenes de un grupo de jóvenes bañándose desnudas en un lago en Alemania. No son imágenes muy explícitas, más bien eróticas y sugerentes, pero sirven para que reflexionemos acerca de cómo habría sido la historia del cine de no haberse impuesto poco después el tristemente famoso Código Hays. Pero el resto de la cinta no tiene intención de ser tan pícaro, a excepción de algunos números musicales protagonizados por Dietrich, que en el fondo tienen intención de reforzar el conflicto dramático de fondo. Aquí la alemana interpreta a una mujer con pasado que se redime con su matrimonio con un joven norteamericano, con el que tiene un hijo. Con él comienza una existencia humilde pero honrada que se pone en peligro ante una enfermedad del marido, que necesita una gran cantidad de dinero para curarse. La única solución es que ella vuelva temporalmente a su antigua vida como estrella en espectáculos de dudosa moral que pueden derivar en desviaciones aún más graves. Aquí vemos que el personaje de Helen tiene dos almas: la de madre de familia entregada al bienestar de su marido y su hijo y el alma de artista seductora capaz de revolucionar a una ciudad entera en su papel de Venus rubia. Una vida a la que el ambiguo personaje de Cary Grant, un hombre elegante y muy adinerado, ofrece una salida diferente. Aunque su final sea poco creíble, La Venus rubia es un ejemplo de cine que todavía en esa época era capaz de tocar los temas más sórdidos (con clara influencia del expresionismo en algunos tramos) sin miedo a los reproches morales.
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