sábado, 1 de octubre de 2016

EL RENACIDO (2015), DE ALEJANDRO GONZÁLEZ IÑÁRRITU. LA FRIALDAD DE LA NATURALEZA.

En las primeras décadas del siglo XIX los actuales Estados Unidos constituían una enorme extensión de tierras salvajes en la que un puñado de europeos se iban adentrando poco a poco, con el fin de conquistarlas y, sobre todo, explotarlas económicamente. Ni que decir tiene que estos pioneros se encontraban expuestos a todo tipo de peligros y que el porcentaje de mortandad por hechos violentos entre ellos era enorme. En esta época la base de la economía de estos territorios no era el oro - lo sería posteriormente - sino el comercio de pieles. Los hombres que querían enriquecerse se arriesgaban en territorio hostil para reunir grandes cantidades de las mismas. Quizá éstos fueron también pioneros en la explotación desmedida de la naturaleza en los años de expansión de la Revolución Industrial, aunque no fueran conscientes de este hecho, pues bastante tenían con intentar conservar intacta su piel día tras día. Como dice el director en una entrevista concedida a la revista Dirigido:

"En este periodo que marcó el inicio del capitalismo no vemos seres humanos, vemos simplemente naturaleza. Peros los seres humanos toman, quitan, cortan y se comen lo que encuentran. Toman las cosas para ganar dinero sin ver cuáles van a ser las consecuencias de lo que están haciendo."

El renacido comienza con una escena verdaderamente espectacular, el ataque de unos indios a un grupo de cazadores de pieles, que son sorprendidos y diezmados y deben huir dejando atrás la mayor parte de su valiosa carga. Pronto descubrimos que los atacantes también tienen intereses económicos, pues venden las pieles a un grupo de franceses, que aparecen como los seres más ruines de la creación. La supuesta pureza en la que vivían los nativos americanos ha quedado hecha añicos hace tiempo, pues después de haber conocido la forma de vida de los visitantes europeos, ellos no carecen de ambiones en este sentido y han aceptado las reglas del capitalismo más salvaje de forma natural. 

Pero El renacido no contiene solo una reflexión acerca de la relación del hombre con la naturaleza el abuso de éste sobre aquella, sino también sobre la capacidad de supervivencia de un hombre al que le guían sus pasiones, desatadas por un deseo obsesivo de venganza. No podemos hablar de esta película sin referirnos a la escena del ataque del oso, una de las más estremecedoras y realistas de la historia del cine, concebida para que el espectador se sienta  partícipe de la misma y casi sienta el dolor y la angustia del protagonista. La madre naturaleza no aparece aquí como un ente amable, sino con un mecanismo frío e indiferente dominado por las leyes que Darwin iba a estudiar varias décadas después. El ataque del animal no se percibe como algo personal, sino como una reacción institiva de defensa que se viene produciendo en el medio natural desde hace millones de años, exterminando así de manera sistemática a los seres débiles que no son capaces de adaptarse al medio.

Pronto veremos que, a pesar de todo, Hugh Glass es un superviviente, alguien a quien mantiene vivo su deseo de venganza y que es capaz de enfrentarse a sus terribles heridas, a la belleza y a la crueldad de la naturaleza en pos de consumarla. Una de las grandes virtudes de El renacido es el equilibrio que existe entre la pura narración cinematográfica y la descripción del espectacular paisaje norteño, que actúa como un personaje más en la película, acentuada por la espectacular fotografía de Emmanuel Lubezki. La obra de González Iñárritu, que con este título se consolida como uno de los grandes directores de nuestro tiempo, es una auténtica joya, una especie de inmenso lienzo en el que el hombre, a pesar de su inmeso espíritu, de su inmensa inventiva y sus grandes dosis de crueldad, queda reducido a la mínima expresión cuando se confronta con los infinitos espacios dominados por la naturaleza.

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