viernes, 24 de julio de 2015

MATAR A UN RUISEÑOR (1960), DE HARPER LEE Y DE ROBERT MULLIGAN (1962). LA MIRADA INOCENTE.

En las últimas semanas, la escritora Harper Lee, de ochenta y ocho años, ha sido noticia por la publicación de un antiguo manuscrito, Ve y pon un centinela. Esta novela, concebida según la autora antes que Matar a un ruiseñor, según parece se había dado por perdida hasta que apareció el año pasado. Paradójicamente cuenta los acontecimientos que transcurren veinte años después de Matar a un ruiseñor y ha causado bastante polémica, por presentar a un Atticus Finch con unos valores muy distintos a los que hicieron de él un icono de la lucha por los derechos civiles.

Alejándonos del debate acerca de si esta novedad literaria ha dañado la valoración casi unánime de que gozaba el clásico que nos ocupa, lo primero que hay que apuntar sobre Matar a un ruiseñor es que su voz narrativa es la de una madura Scout, una niña de ocho años cuando transcurren los acontecimientos que van a marcar su niñez y el resto de su existencia. De hecho, toda la primera parte de la novela está protagonizada casi en exclusiva por el mundo de la infancia: sus juegos, sus puntos de vista y su peculiar mirada a los asuntos de los adultos, sobre todo a los de su padre, el viudo Atticus Finch, un abogado que cree en la igualdad de todos ante la ley y al que no le importa defender a un joven negro acusado injustamente de violar a una muchacha blanca de familia humilde. Atticus se nos presenta, tanto en la novela como en su adaptación cinematográfica, como un hombre de carácter tranquilo, afable y laborioso, amante del sentido común y de la justica. Una continua escuela de vida para sus hijos, con los que prefiere razonar antes que imponer su criterio ante cualquier conflicto:

"No hacía las mismas cosas que los padres de nuestros compañeros de clase: jamás iba de caza, no jugaba póker, ni pescaba, ni bebía, ni fumaba. Se sentaba en la sala y leía."

Pero en Maycomb, la pequeña ciudad sureña donde viven, persiste un acentuado racismo, que contamina también a la administración de justicia. La gente (y los niños de la escuela) empiezan a acusar a los hermanos Finch de tener un progenitor que es amante de los negros, uno de los peores insultos posibles en esos años oscuros para los derechos civiles. Por suerte, ellos intuyen que Atticus es el que está del lado de la auténtica justicia y que está asumiendo su papel con tanto valor como modestia. Algo que les será probado ante sus propios ojos cuando sean testigos de su serenidad ante la turba que pretende linchar al acusado la noche antes del juicio, una escena magistralmente resuelta tanto en la novela como en su versión cinematográfica, porque prueba que la psicología de las masas se diferencia claramente de las psicologías individuales.

Por desgracia, este intento de linchamiento, no será la única muestra de la perversidad de los adultos que tendrán que contemplar Scout y Jem, pero seguramente estas experiencias emocionales se van a ver compensadas con creces por el altruismo entusiasta de su padre, sobre todo en la apasionada defensa que hace del injustamente acusado Tom Robinson, pronunciando este último alegato ante el jurado:

"No soy un idealista que crea firmemente en la integridad de nuestros tribunales ni del sistema de jurado; esto no es para mi una cosa ideal, es una realidad viviente y operante. Caballeros, un tribunal no es mejor que cada uno de ustedes, los que están sentados delante de mí en este Jurado. La rectitud de un tribunal llega únicamente hasta donde llega la rectitud de su Jurado, y la rectitud de un Jurado llega sólo hasta donde llega la de los hombres que lo componen. Confío en que ustedes, caballeros, repasarán sin pasión las declaraciones que han escuchado, tomarán una decisión y devolverán este hombre a su familia. En nombre de Dios, cumplan con su deber."

Publicada en 1960, cuando comenzaba el auge de la lucha por los derechos civiles, que acabaría provocando el asesinato de uno de sus líderes, Martin Luther King, Matar a un ruiseñor se convirtió en un clásico instantáneo, en la voz de la conciencia de un país que debía examinar urgentemente su tradicional tolerancia con el racismo, sobre todo en los Estados del sur. Su adaptación cinematográfica, rodada tan solo dos años después, no hizo sino afianzar la figura de Atticus Finch como ejemplo de integridad, algo que se aprecia de manera nítida en la magistral interpretación de Gregory Peck del personaje que sería más recordado de su carrera cinematográfica.

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