lunes, 24 de junio de 2013

LA HISTORIA DEL CRISTIANISMO (1999), DE PAUL JOHNSON. SOMBRAS Y LUCES DE UNA RELIGIÓN.

Un ensayo monumental, este de Paul Johnson, reconocido cristiano que intenta ser objetivo en su análisis de dos mil años de evolución de la religión cristiana. A mi entender, poco tiene que ver la iglesia católica de nuestros días con el mensaje original de Jesucristo (si es que lo que nos ha llegado es verdaderamente su voz), pero he leído este libro desde un punto de vista historiográfico e incluso antropológico, no religioso. Al fin y al cabo las diferentes iglesias que han surgido de la doctrina cristiana no son más que obras humanas y adolecen de los defectos de cualquier institución terrenal, por muy divina que se proclame. La historia del cristianismo es una lectura apasionante, repleta de datos desconocidos y que incita a seguir profundizando en los diversos capítulos de la existencia de esta religión. Aquí el artículo:



Condesar la historia del cristianismo, que abarca veinte siglos, en un ensayo de poco más de setecientas páginas de apretada letra, es una tarea complicada. Paul Johnson, el historiador británico, no solo consigue salir airoso de la prueba, sino que logra algo aún más complejo: que su fe católica no interfiera en la objetividad del relato. Así pues La historia del cristianismo es el magnífico compendio de un proceso histórico muy complicado, que ha sido fundamental para modelar el mundo que hoy conocemos.

Lo primero que hay que tener presente a la hora de abordar los orígenes de esta religión es que los primeros testimonios escritos acerca de Jesús que nos han llegado se datan al menos dos décadas después de su muerte y los evangelios son bastante posteriores. Fue Pablo de Tarso, que no conoció al Jesús histórico, quien empezó a conformar al cristianismo como religión independiente del judaísmo, no como una mera rama de éste (aunque sí que hubo seguidores de Cristo, como la iglesia judeocristiana de Jerusalén que se sintieron identificadas con el judaísmo más nacionalista) expandiendo la idea de que la búsqueda del Estado judío carecía de importancia, puesto que el reino de Dios no era de este mundo: lo espiritual por encima de lo material y la vista siempre puesta en la perfección que el alma alcanza tras la muerte, después de una vida virtuosa.

No obstante, los comienzos del cristianismo como religión universal fueron titubeantes. Durante los siglos I y II de nuestra era, el Mediterráneo era un gran bazar en el que distintas ofertas religiosas competían entre sí para extenderse, en una situación que el propio Johnson califica como darwiniana. Solo la religión que lograra unificar sus criterios dogmáticos, hasta hacerlos atractivos a grupos sociales cada vez más numerosos, triunfaría. Y este fue un proceso largo y penoso, pues al principio ni siquiera existía una organización eclesiástica centralizada propiamente dicha. Además, todavía en aquella época se esperaba la inminente parousia, la segunda llegada de Jesucristo.

Respecto a sus relaciones con el Imperio romano, a pesar de que existieron persecuciones, lo cierto es que, en general, el cristianismo era tolerado como una religión más. Tenían sus propias iglesias y normalmente no necesitaban reunirse clandestinamente. Ya San Pablo había aconsejado que se obedeciera a la autoridad debidamente constituida. Al final la identificación entre cristianismo e imperio fue casi inevitable. Una creada una estructura religiosa firme, casi era un reflejo del propio Estado, una organización de pretensiones universales que se regía por una serie de leyes, por lo que ambas partes se dieron cuenta de que solo mediante una alianza podían garantizar su mutua supervivencia. En realidad las creencias cristianas – que incluían los milagros, el poder de las reliquias y, sobre todo la idea del Dios único y de la salvación eterna – habían seducido sobre todo a las clases más humildes del imperio. La resistencia del paganismo fue sobre todo estimulada por las clases altas, que lo identificaban con la grandeza de Roma. 

La iglesia medieval va a estar absolutamente influenciada por el pensamiento de San Agustín, cuya visión de la misma como una sociedad perfecta, reflejo de la misión impuesta por la divinidad, donde no caben doctrinas discrepantes. La herejía va a estar en el punto de mira de la iglesia, lo cual va a terminar justificando cualquier método para obligar a venir a los desviados, en una época en la que, con la caída del imperio, el centralismo de la iglesia oficial estaba en peligro. Uno de los mejores métodos para lograr la preponderancia en los oscuros siglos del primer Medievo fue la monopolización de la cultura, que quedó salvaguardada en gran parte gracias a la labor de las nuevas órdenes religiosas. El hecho más impactante de aquellos años fue la ruptura con la iglesia bizantina y la alianza de Roma con los francos, que acogerá a Carlomagno como su gran protector, iniciándose así la gran obsesión eclesiástica, que llega casi a nuestros días, de influir, o incluso de ser el poder preponderante del Estado. El cristianismo lo impregnaba todo en occidente y había ciudades que se enriquecían gracias al culto a las reliquias, una auténtica obsesión en la Edad Media, hasta el punto de que la práctica del cristianismo sufrió una especie de mecanización, que distaba mucho de sus esperanzadores orígenes:

“Pero sobre todo, lo que el campesino deseaba de la Iglesia era la esperanza de la salvación. Ésta era la razón abrumadora por la que el cristianismo reemplazó al paganismo: el cristianismo tenía una teoría muy bien definida acerca de lo que sucedía después de la muerte y del modo de alcanzar la felicidad eterna. Esta cuestión atraía a todas las clases y era el factor que permitía que la Iglesia mantuviese la unión social. Pero también este aspecto de la cristiandad varió sutilmente en el curso de los siglos, rompiéndose el equilibrio a favor de las clases poseedoras; sin duda se convirtió en el rasgo fundamental de la religión mecánica.”

La preponderancia cultural de la iglesia católica (que, entre otras cosas prohibía la lectura privada de la Biblia), va a ser quebrantada con la llegada de la imprenta. Durante algunas décadas, Erasmo de Rotterdam va a ser el primer escritor con la categoría de best seller en la historia de la humanidad. En sus escritos propugnaba una fe unitaria, basada en la difusión libre de las escrituras. Pronto este sueño será quebrantado por la Reforma Protestante y la intolerante reacción de la Iglesia católica a través del Concilio de Trento. En España, la religión católica se va a identificar con el Estado y surge la Inquisición, para perseguir cualquier desviación en la doctrina oficial, creándose un clima cultural irrespirable. Rodrigo Manrique escribió al respecto unas palabras tristísimas:

“Nuestro país es una tierra de orgullo y de envidia, y podría agregarse que de barbarie; allí uno no puede producir ninguna forma de cultura sin hacerse sospechoso de herejía, error y judaísmo. Así, se ha impuesto el silencio a los que saben.”

No obstante, junto a la intolerancia de las religiones, un movimiento subterráneo se irá gestando poco a poco, al socaire de la tímida apertura a la tolerancia del algunos Estados, el iluminismo o ilustración, cuyo momento culminante llegó con la Revolución Francesa, que negó la legitimidad de un cristianismo al que oponía la idea de razón, aunque bien pronto se advertiría que es muy difícil buscar un sustitutivo de la fe para el pueblo. 

En el último siglo la iglesia ha oscilado entre un repliegue sobre sí misma y una apertura hacia el ecumenismo. Aunque ya acepta universalmente la preponderancia del Estado en el ámbito temporal, nunca ha renunciado a ejercer su influencia sobre la ley, sobre todo en materia de moral y educación. Lo que constituye una auténtica revolución es que en la actualidad profesar una religión sea una decisión personal y libre, por lo que la fe de los que la practican es auténtica. En España, las iglesias vacías y la práctica de devociones populares (semana santa, romerías…) que se basan más en la costumbre que una auténtica fe religiosa son los principales problemas que debe afrontar una iglesia católica que goza todavía de los privilegios económicos y sociales de un Concordato firmado hace treinta y cinco años. 

Para Paul Johnson, católico practicante, la fe cristiana surgió de una necesidad clara de esperanza en un futuro más allá de la muerte, una doctrina que puede aplicarse a muchas culturas diferentes, por lo que pudo extenderse por gran parte del mundo. El libro resume a la perfección las distintas etapas por las que transcurrió la fe cristiana y sus diversas derivaciones. Para cualquier aficionado a la historia, constituye un excelente punto de partida para profundizar en diversos aspectos de este tema inagotable: el cristianismo primitivo, los templarios, la inquisición, las órdenes monacales, la Reforma… Un proceso de búsqueda histórica y teológica que sigue vigente para muchos. Ya sea desde el punto de vista del creyente o el del aficionado a la historia, la crónica de la religión cristiana es fundamental para conocer la conformación del mundo occidental.

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