La libertad de expresión constituye la piedra de toque de cualquier sistema político que quiera definirse como democrático. Es la libertad más importante de todas. Sin ella, las demás quedan lastradas, porque ésta es la que las personas se sientan ciudadanas, parte del sistema, confiadas en que su voz se puede escuchar o, al menos, que no va a ser censurada. Por ello, gobiernos de toda índole han intentado siempre imponer límites, basándose en valores presuntamente superiores, como la seguridad nacional, los valores religiosos, la igualdad o la protección de la dignidad de colectivos vulnerables.
El libro de McHangama no es un ensayo de teoría política, sino una obra muy densa dedicada a exponer la historia de la libertad de expresión, una historia que arranca en la Grecia clásica. Se trataba de un derecho a la palabra muy parecido al que concebimos hoy, pero restringido a los ciudadanos varones, por lo que esclavos y mujeres quedaban excluídos del mismo, así como los extranjeros residentes en Atenas. Hay que recordar también que no se trataba de un derecho absoluto ya que Sócrates, por ejemplo, fue condenado a muerte por impiedad. En cualquier caso, el precedente griego demuestra que la libertad de expresión se encontraba limitada por los mismos problemas que seguimos teniendo hoy: la necesidad de protección frente a ideas que van en contra de la misma o en contra de los valores fundamentales del Estado.
El libro relata una lucha de siglos entre intolerancia y tolerancia. Se puede decir que el péndulo se decantó a favor de esta última con el desarrollo de las ideas del Siglo de la Luces, que culminaron con la imposición violenta de un nuevo régimen a través de la Revolución Francesa. Pero fue el invento de la imprenta el que ayudó a difundir todo tipo de ideas unos siglos antes. Y esta difusión de ideas sin control la que suele poner nerviosos a los gobiernos. Al igual que hoy día en que los contenidos de internet son inabarcables y caben todo tipo de teorías de la conspiración e ideas delirantes, en siglos precedentes Europa se inundó de todo tipo de panfletos que podían expresar las ideas más peregrinas. Los Estados, que tienden a considerar el orden interno como el más importante de los valores, han intentado reprimir las ideas disidentes, considerándolas peligrosas, hasta que el ideal democrático se consolidó en numerosos países.
Pero aquí surge uno de los dilemas más importantes entre los que plantea el libro. ¿Cómo se defiende de manera más eficaz a una democracia? ¿deben establecerse restricciones a la libertad de expresión con la finalidad de no dar voz a los enemigos de la misma? Tenemos un ejemplo reciente en la Alemania de Weimar. Las leyes que intentaban frenar la libertad de expresión frente a los totalitarios no hicieron más que victimizarlos y además pudieron aprovecharlas en su beneficio una vez se instalaron en el poder. Esto nos recuerda que nuestras libertades, que creemos inamovibles, son frágiles y pueden ser limitadas, cuando no destruídas, si se dan las circunstancias adecuadas.
Por eso Mchangama es partidario de un desarrollo lo más extenso posible de la libertad de expresión, que evite periodos oscuros en las democracias más consolidadas como la caza de brujas del senador McCarthy en los Estados Unidos, pero que también proteja a los ciudadanos frente a propaganda hostil, bulos o ataques concretos a personas o colectivos. La libertad de expresión no puede ser un derecho absoluto, pero tampoco puede ser un sistema que acalle voces incómodas. Las restricciones a la misma deben ser excepcionales y bien argumentadas:
"La verdadera tolerancia exige comprensión. La comprensión surge de la escucha. Escuchar presupone conversar. Relacionando las controversias del pasado con las más apremiantes del presente, espero demostrar lo mucho que la humanidad ha ganado con la difusión gradual del derecho a la libertad de expresión, y lo mucho que podemos perder si permitimos que continúe erosionándose durante esta nueva fase digital del viejo conflicto que mantiene con la autoridad."
Los retos del futuro resultan mucho más complejos, con la irrupción de la Inteligencia artificial y la posibilidad de elaborar mentiras cada vez más sofisticadas a través de la misma. También se van a seguir desarrollando amenazas clásicas, como la intolerancia religiosa, la influencia de regímenes antidemocráticos como Rusia y China y la llegada de personajes cada vez más estrambóticos a la cima del poder con el favor de unos ciudadanos cada vez más desencantados con un sistema democrático que no parece abogar por los derechos de las personas más desfavorecidas. La tentación totalitaria, aunque se quiera enmascarar con diversas denominaciones, va a seguir presente, amenazando siempre a las libertades humanas más íntimas: aquellas que tienen que ver con la elección de las propias ideas, de las propias lecturas o la manera de expresar a los demás las mismas. Solo una apuesta por una formación crítica de la ciudadanía puede salvaguardar estas libertades en las próximas décadas.
