sábado, 16 de junio de 2018

EL NOMBRE DEL MUNDO ES BOSQUE (1976), DE URSULA K. LE GUIN. COLONIALISMO PLANETARIO.

El hombre es un animal colonial. Una especie invasora que se apodera de los ecosistemas y los transforma en su propio beneficio (al menos, beneficio a corto plazo), desplazando o exterminando a otros pueblos y a otras especies. En eso no nos diferenciamos de otros animales, aunque nuestra capacidad es la más letal de la naturaleza: seríamos capaces, por ejemplo, de destruir el planeta en pocos minutos. 

El nombre del mundo es bosque es, ante todo una novela que toma partido por una ideología determinada y por una apreciación pesimista de la naturaleza humana. Cuando terminemos de explotar la Tierra, sin duda nuestra rapacidad se dirigirá a otros planetas. En este contexto, Le Guin presenta un pequeño planeta boscoso que ha sido colonizado por nuestra especie, en detrimento de las razas humanoides locales, prácticamente esclavizadas en beneficio de una industria maderera a gran escala que ha de nutrir a la madre Tierra, una vez que ya no quedan bosques en ella. El planteamiento recuerda a muchas de las empresas coloniales que conocemos a través de la historia: un status quo que se mantiene a través de una evidente superioridad militar y tecnológica. 

Los athstianos, la raza oprimida son una especie humanoide pacífica, que ha desarrollado una cultura basada en vivencias mezcladas entre la realidad y los sueños lúcidos que son capaces de tener mientras están aparentemente despiertos. Frente a la injusta situación de su pueblo, se va a alzar Server, un athsiano marcado por la violación y asesinato de su pareja, que va a terminar siendo considerado una especie de dios entre su gente, por haberles transmitido un conocimiento nuevo: el arte de matar.

Se nota que el contexto en el que se desarrolla El nombre del mundo es bosque está muy influido por el momento histórico en el que fue escrita: los todopoderosos Estados Unidos acababan de recibir la más humillante de las derrotas en Vietnam por los miembros de una cultura que muchos consideraban inferior, pero que había logrado usar las condiciones geográficas de su propio país en su beneficio. A pesar de ser una obra digna de la poderosa imaginación de la autora y merecedora de múltiples premios, leída hoy día molesta un poco la moralina que desprende y su maniqueísmo en la descripción de personajes. No obstante, es evidente que ha influido en obras posteriores de la ciencia ficción cinematográfica de vertiente ecologista, como Avatar.

viernes, 1 de junio de 2018

ORDESA (2018), DE MANUEL VILAS. LISTEN TO ME.

"Nunca decimos toda la verdad, porque si la dijéramos romperíamos el universo, que funciona a través de lo razonable, de lo soportable."

A pesar de esta frase lapidaria, el afán de Manuel Vilas es Ordesa, es precisamente el contrario, puesto que la novela está consagrada a hablar de lo que mejor conoce: de sí mismo, según una moda literaria actual cuyo máximo exponente es Karl Ove Knausgård, en una serie de libros publicados bajo el título de Mi lucha. Lo primero que hay que decir es que hablar de la propia existencia con ese nivel de intimidad es algo propio de valientes, un acontecimiento casi dramático, porque esta acción de desnudar el alma no puede ser sino fruto de una necesidad perentoria:
  
"Nos vendría muy bien escribir sobre nuestras familias, sin ficción alguna, sin novelas. Solo contando lo que pasó, o lo que creemos que pasó. La gente oculta la vida de sus progenitores. Cuando yo conozco a una persona, siempre le pregunto por sus padres, es decir, por la voluntad que trajo a esa persona al mundo."

Y la verdad es que los pequeños episodios en los que está estructura Ordesa cuentan con una notable calidad literaria, que consigue que el lector quiera seguir leyendo el siguiente con naturalidad, casi sin esfuerzo alguno. Vilas se muestra a sí mismo como un ser absolutamente imperfecto, un perdedor que ha intentado vivir de la escritura y ha fracasado (aunque paradójicamente, el relato de este fracaso es el que ha dado auténtica fama al escritor, puesto que Ordesa lleva semanas encaramado en la lista de libros más vendidos), mientras recuerda su infancia y adolescencia, evoca a sus padres, describiendo unas imperfecciones que los humanizan y los hace quererlos más cuando ya no puede abrazarlos y se culpabiliza de haber dejado de lado sistemáticamente a su familia. También hay un espacio para la descripción de un descenso - afortunadamente breve - a los abismos del alcoholismo:

"Todo alcohólico llega al momento en que debe elegir entre seguir bebiendo o seguir viviendo. Una especie de elección ortográfica: o te quedas con las bes o con las uves. Y resulta que acabas amando tu propia vida, por insípida y miserable que sea. Hay otros que no, que no salen, que mueren. Hay muerte en el sí al alcohol y en el no al alcohol. Quien ha bebido mucho sabe que el alcohol es una herramienta que rompe el candado del mundo. Acabas viéndolo todo mejor, si luego sabes salir de allí, claro."

No sería aventurado concluir que esta novela está destinada a todo ser humano que cuente ya con cierto bagaje de experiencia en la vida, para todo aquel que transporte una mochila repleta de errores y aciertos y que necesite reflexionar acerca de las relaciones entre la vida y la muerte, en nuestro paso por este mundo y en el de quienes nos rodean y son capaces de dejarnos huella.