viernes, 15 de julio de 2016

EL PABELLÓN DE LOS OFICIALES (1998), DE MARC DUGAIN. ADRIEN COGIÓ SU FUSIL.

Hace un siglo, la guerra se convirtió inesperadamente en una excitante realidad para millones de jóvenes franceses, que fueron movilizados para lo que se preveía iba a ser un conflicto corto. Esta excitación ante lo desconocido se transformó bien pronto en un sentimiento permanente de miedo: la realidad de la lucha en las trincheras superaba en horror a todo lo visto hasta el momento en el arte de la guerra. 

El destino ahorra esa experiencia al protagonista de la novela, pues es gravemente herido el primer día. En compensación, la bomba le ha dejado desfigurado, le ha arrancado toda la parte baja del rostro: Adrien inaugurará un pabellón en un hospital de París dedicado a casos como el suyo, a víctimas que tienen que sumar al dolor de sus heridas, la terrible realidad de perder la propia identidad, de convertirse en héroes monstruosos, que van a ser respetados por la comunidad (el protagonista terminará formando parte de la comitiva del Tratado de Versalles y recibiendo la Legión de Honor), pero marcados de por vida y, en cierta forma, marginados cuando la situación empiece a normalizarse en los años veinte. Ellos responderán de la mejor manera posible: con la unidad inquebrantable entre los miembros de la pequeña sociedad de los desfigurados de guerra.

Lo mejor de la novela de Marc Dugain es que se trata de una narración plenamente humanista, muy respetuosa con la memoria de toda una generación a la que le tocó vivir el peor de los infiernos y que jamás cae en lo morboso, por mucho que el tema pudiera invitar a ello. Es interesante también acercarse a las difíciles relaciones entre médicos y pacientes, unos heridos que constituían todo un desafío para una ciencia médica que debía desarrollarse a pasos agigantados para atender unos casos tan singulares:  

"Todavía son ustedes muy pocos... Si viera las salas de la tropa; estamos al completo. La primera sala, la de cuarenta y ocho camas está llena. No se había visto nada parecido en la historia de la cirugía. Sobre todo, en cuanto a heridas en la cara. Por la artillería. Los boches no se andan con chiquitas... Eso sí, la medicina avanza a pasos agigantados. De aquí al final de la guerra dejaremos las caras como nuevas, como si nada hubiera pasado. La destrucción masiva ayuda a aumentar el nivel de nuestros conocimientos, qué paradoja... (...) Cuando se trata de piernas, de brazos, es sencillo, se cortan y ya está. Con las caras no hay amputación que valga, tenemos que recuperar y eso es precisamente lo apasionante. Más para nosotros que para ustedes, la verdad."

Para quienes terminaban en el pabellón de los desfigurados comenzaba una lentísima etapa de recuperación, jalonada por numerosas operaciones, de cuyas posibilidades de éxito jamás se estaba seguro. Los soldados entraban en una especie de limbo, en una realidad sin tiempo a la que llegaban confusas noticias de los frentes de guerra. Las relaciones con el exterior eran escasas, pues todos se hallaban marcados por el miedo a mostrar su rostro ante los demás. Además, estaba el dolor, compañero permanente de casi todos los convalecientes, el dolor y la sensación de extrañeza, de amputación de la propia personalidad, inevitable en quienes han sufrido un trauma semejante:

"Nuestra relación con el tiempo iba cambiando. La idea de futuro se difuminaba. Vivíamos en el presente inmediato. Y en el dolor, que entra sin llamar, en cualquier momento del día y de la noche, juega con nosotros, simula que se marcha definitivamente para acabar regresando, imponiéndose con una violencia que sorprende cada vez. (...) A cada una de las veces que esta guerra de posiciones retomaba el movimiento, le seguía tal oleada de muertos que ninguno de los que estábamos en la sala nos librábamos de las malas noticias acerca de un padre, un hermano o un amigo caído en la batalla. Era mucha la desdicha que se añadía a la propia de nuestro estado." 

El pabellón de los oficiales, novela poco conocida en España, resulta ser un respetuoso y humanista acercamiento a un asunto poco tratado de la Primera Guerra Mundial. En realidad el protagonista jamás se arrepiente de haber salido a defender su país, aunque en sus palabras siempre está presente el fondo de amargura de quien ha sacrificado demasiado. Escrita con un estilo sencillo y poco grandilocuente, en sus páginas está presente todo el horror del más absurdo de los conflictos, aquel que inauguró el siglo XX y sirvió de precedente para uno todavía peor que debía ocurrir dos décadas más tarde.  

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