jueves, 25 de febrero de 2016

EL SECRETO DE LA FAMA (2008), DE GABRIEL ZAID. POSTUREOS LITERARIOS.

Leer a Gabriel Zaid es un auténtico placer, pues es uno de esos raros ensayistas que son capaces de interpretar la realidad que tenemos ante nuestros ojos (la realidad cultural en este caso) y exponernos con una claridad muy lúcida sus conclusiones acerca de la misma. Bajo el título El secreto de la fama, se agrupan una serie de artículos de Zaid en los que trata temas parecidos a los abordados en su libro más famoso, Los demasiados libros. Y es que el individuo enfrentado a la capacidad casi infinita de elegir propia de estos tiempos es siempre un tema fascinante y el autor mexicano sabe tratarlo con las justas dosis de erudición e ironía para que cada uno de sus capítulos resulte una delicia para el lector, sobre todo para quien es ya un veterano en esto de la elección de libros y todo el proceso que conlleva.

Especialmente llamativos resultan capítulos como el titulado Organizados para no leer, que cuenta las veleidades del mundo de la literatura y la edición desde dentro, descrita más bien como una carrera de fondo en busca de fama y dinero que como una noble empresa de difusión cultural. Como lo verdaderamente importante es darse a conocer, autores, editores, críticos y demás protagonistas del mundillo, apenas tienen tiempo de leer. Lo que cuenta es estar presente en las múltiples presentaciones, cócteles y todo tipo de actos de carácter cultural, cuyo eco puede multiplicarse hasta el infinito con la presencia de las nuevas tecnologías. Basta con saber más o menos de qué va el libro que se presenta y poder establecer un diálogo al respecto. La lectura tradicional, reflexiva y en solitario no casa bien con estos tiempos en los que todo se define con esa palabra que se ha puesto tan de moda en los últimos años, el postureo. Posar y hacer ver ante los demás que uno es un ser cultural es mucho más importante que serlo en realidad:

"Algunos monjes creen que la oración sostiene el mundo: que en todo momento, hay cuanto menos un alma piadosa que reza desde el fondo de su corazón, y por eso el mundo no se vuelve nada. Creamos, inocentemente, que si el mundo del libro no se reduce a la circulación de celulosa, es porque nunca falta un lector de verdad."

Como bien sabemos a través de múltiples entrevistas concedidas a celebridades, la fama no es una compañera piadosa, sino exigente y acaparadora de todos los aspectos de la existencia del famoso, empezando por su privacidad. No obstante, siguen existiendo legiones de aspirantes a escritor, actor o modelo que sueñan con ser reconocidos a cada instante, con ese poder de atracción que despierta el reconocimiento del otro. No importa que dicha fama se fundamente en la más absoluta mediocridad, sobre todo cuando hoy la notoriedad puede fundamentarse simplemente en la nada más absoluta: se es célebre porque se aparece en los medios y se aparece en los medios porque se es célebre. Si bien los antiguos recomendaban huir de los excesos en todos los campos y optar por el justo medio, la palabra mediocridad se usa hoy en otro sentido mucho más peyorativo. Lo curioso es que las críticas al famoso, tan inanes como el personaje mismo, no hacen más que engradecerlo, porque el objetivo es que hablen de uno, aunque sea bien. Desde que Eróstrato quemó el templo de Artemisa en Éfeso para conseguir una fama (que no gloria) inmortal, muchos son los que han soñado con imitarlo, quizá no con actos tan radicales, pero tampoco mucho más meritorios.

En cualquier caso, y volviendo a la literatura, Zaid dedica otro magistral capítulo, Obras tontamente completas, a la obsesión contemporánea por acaparar, por conservarlo todo, que puede llegar a extremos ridículos cuando se publican obras inéditas de autores fallecidos con una calidad ínfima y que hubieran hecho mejor servicio a la humanidad quedándose en el cajón del que nunca debieron salir. Nuestro tiempo es limitado, sin embargo la posibilidad de acceder a infinitos libros, artículos, entrevistas, películas y todo tipo de productos culturales nos otorga una especie de sensación de poder voluptuoso, como si por poseer algo adquiriésemos automáticamente la presunta sabiduría que posee el objeto (material o virtual). El autor mexicano recomienda más bien la virtud de saber escoger, e incluso de volver continuamente a las mismas obras, a aquellas que nunca van a terminar de decirnos todo lo que nos tienen que decir. El descubrimiento siempre es tentador y lanzarse en el océano de lo desconocido resulta muy estimulante, pero la cruda realidad es que, si no se poseen unas criterios muy concretos y personales, podemos acabar naufragando en un mar de infinitas posibilidades. Y aprender a diferenciar el trigo de la paja - con los errores y dificultades que esto conlleva - es una de las virtudes más valiosas que puede atesorar un buen lector, aunque jamás llegue a conocer sino un ínfimo porcentaje de todo lo que es digno de ser leído:  

"Sería fantástico que la tecnología de hoy hubiese conservado toda la cultura desde la prehistoria. En las obras completas de la humanidad, no faltaría ninguna de las maravillas hoy perdidas. Pero lo más fantástico de todo sería localizarlas, entre millones de toneladas de basura. (...) En el archivo de Babel, las obras valiosas estarían conservadas, pero tan perdidas como si no existieran. Haría falta una eternidad para ponerse a ver todo y descartar, una por una, las infinitas obras que merecen el eterno descanso de seguir perdidas."

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