jueves, 10 de diciembre de 2015

SOBRE EL MAL (2010), DE TERRY EAGLETON. PRISIONEROS DE UN MUNDO HOSTIL.

El problema del mal ha ocupado las mentes de filósofos y teólogos durante siglos y siglos. El pensandor aleman Rüdiger Safranski lo definió como "el drama de la libertad". Y es que ciertamente los creyentes solo pueden explicar su presencia en el mundo como una capacidad de elegir del hombre otorgada por Dios: tenemos la capacidad de ser buenos y también la de desviarnos del camino marcado por la autoridad divina, pero siempre en uso de nuestra libertad. Esta explicación deja fuera a la naturaleza, cuyo devenir es siempre indiferente a las vicisitudes humanas. Un terremoto o la erupción de un volcán no pueden ser explicados como consecuencia del pecado de los hombres, por mucho que muchos se esforzaran en verlo así. Ni siquiera la evolución de nuestra especie ha seguido un camino lineal, es más fruto de la circunstancias casuales que de un plan preconcebido.

Después de todo, seguimos siendo animales, aunque con capacidad de raciocinio, que no siempre utilizamos de la mejor manera. El egoísmo es la condición natural del ser humano. La bondad tiene que ser aprendida, pues casi siempre tiene que ver con la ética, con el cumplimiento de las normas que regulan la convivencia o con preceptos morales o religiosos. Por eso existe el derecho penal, para disuadir a quienes pretender atacar al contrato social o castigar a quienes se atreven a hacerlo. El derecho penal es un reconcimiento implícito de la existencia del mal por parte del Estado, aunque regule solo las conductas más graves y reprobables. A diferencia de lo que dijo Rosseau, el estado natural del hombre no es la bondad, sino una especie de guerra perpetua entre tribus que se asemeja más a la doctrina de Hobbes. La religión también ha sido usada como instrumento para deshumanizar al enemigo:

"El mal, como el fundamentalismo religioso, es, entre otras cosas, una forma de nostalgia de una civilización más antigua y simple, en la que había certezas como la salvación y la condenación, y en la que siempre se sabía el lugar que se ocupaba."

Una de las características más desconcertantes del mal  es que puede tener utilidad para alguien o ser completamente absurdo, aunque Eagleton señala agudamente que la mayoría de las perversidades son de origen institucional. Son anónimas, nadie se hace responsable de ellas, pero responden a intereses creados que se aprovechan de las situaciones creadas para adquirir riquezas y poder. Para el autor, un caso prototípico son los Estados Unidos, cuyos dirigentes practican una especie de doblepensar, algo que también nos podemos aplicar a título individual en demasiadas ocasiones. Actuamos a favor de nuestros intereses, para proteger a nuestras familias, por el bienestar de los que tenemos cercanos, pero no nos paramos a pensar en las consecuencias que suponen para otros nuestras formas de vida:

"Los angélicos son como los políticos, optimistas e ilusos incurables: el progreso avanza, se superan retos, se cumplen cuotas y Dios sigue teniendo a Texas en un rinconcito de su corazón. Los demoníacos, por el contrario, son unos burlones y cínicos innatos cuyo lenguaje se aproxima más a lo que los políticos murmuran en privado que a lo que sostienen en público. Creen en el poder, los apetitos, el interés propio, el cálculo racional y nada más. Estados Unidos, en un caso nada habitual entre las naciones del mundo, es angélico y demoníaco al mismo tiempo. Pocos países más conjuntan una retórica pública tan exagerada con ese flujo sin sentido de materia conocido como capitalismo de consumo. La función de la primera es proporcionar cierta legitimación para el segundo."

Sobre el mal es un estudio interesante, escrito por uno de los más influyentes ensayistas británicos de la actualidad, que conjuga en su pensamiento marxismo y cristianismo. Quizá la obra tenga un tono demasiado metafísico, influida por la visión de unos seres humanos constreñidos en el límite de sus cuerpos. que se mueven en un mundo ciertamente hostil. A tenor de la violenta historia del hombre, si estas condiciones nos han sido impuestas por un ser superior, parecen más el fruto de un castigo o de una prueba que de una recompensa.

2 comentarios:

  1. "El egoísmo es la condición natural del ser humano. La bondad tiene que ser aprendida, pues casi siempre tiene que ver con la ética, con el cumplimiento de las normas que regulan la convivencia o con preceptos morales o religiosos. "

    Eso no es exacto. La bondad: la prosocialidad, simpatía o altruismo es tan innata como el egoísmo. Pero su influencia es menos poderosa y por eso debe ser potenciada por el entorno cultural.

    http://unpocodesabiduria21.blogspot.com.es/2015/12/el-comportamiento-altruista-1998-sober.html

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  2. Bueno, yo me refería al egoísmo y la hostilidad contra otros grupos humanos rivales, aunque también existían en buena medida en la propia comunidad, porque, como bien apuntas, la influencia del altruísmo es menos poderosa y solo puede cobrar pleno sentido con la constitución de una sociedad más o menos justa, que reprima al malvado.

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