jueves, 22 de septiembre de 2016

LA CAMPANA DE CRISTAL (1963), DE SYLVIA PLATH. AUTOBIOGRAFÍA DE LA CAÍDA.

Existen narraciones a las que el lector llega después de haber tenido noticia de su fama terrible, de la sordidez y a la vez fascinación que va a implicar acercarse a ellas. Pocas vidas han tenido tanto significado después de una muerte trágica como la de Sylvia Plath, escritora misteriosa, de la cual buena parte de su obra permanece oculta y quizá jamás salga a la luz. Cuando uno lee La campana de cristal uno no puede sustraerse un cierto sentimiento morboso, el que cruelmente surge al leer acerca de los sufrimientos ajenos mientras está cómodamente echado en el sofá, embargado por esa sensación de falsa seguridad que nos convence de que jamás tendremos que enfrentar nuestra existencia a avatares semejantes.

Porque la única novela que nos dejó Plath es ante todo una narración autobiográfica, una especie de grito de una escritora sensible ante el absurdo de un mundo que es incapaz de acoger en su seno a quien muestra las dificultades de adaptación propias de una mente problemática. Lo más estremecedor es que Esther Greenwood se nos muestra al principio como una joven normal y muy talentosa, interesada por la literatura y que intenta abrirse paso en un mundo que ya intuye muy competitivo. Esther ha ganado una beca y está pasando unos meses en Nueva York, asomándose al gran mundo e intentando ingresar en la vida adulta. Poco a poco se irá dando cuenta de que es incapaz de seguir el ritmo que le llevará a la vida soñada. Ni siquiera las oportunidades amorosas la satisfacen. Tampoco consigue escribir, su gran ambición. Las puertas de una devastadora depresión están abiertas.

Y pasamos a la segunda parte de la novela. Esther Greenwood es ahora otra persona, un ser inapetente cuyo máximo anhelo es lograr un suicidio poco doloroso. Tampoco le ayuda para nada, a la hora de salir de ese pozo negro, el tratamiento por choques eléctricos elegido por el doctor asignado en la clínica donde ha sido ingresada, solo va a lograr estimular su ansia por dejar la vida. Plath lo describe con la crudeza de quien ha vivido la experiencia en sus carnes: 
 
"El doctor Gordon estaba ajustando dos placas de metal a cada lado de mi cabeza. Las ajustó en su posición con una correa que me apretaba la frente y me dio una pieza de metal para que la mordiera.
Cerré los ojos.
Un breve silencio, como una inspiración.
Entonces algo bajó y se apoderó de mí y me sacudió como si fuera el fin del mundo. Ay, ay, chirriaba, en un aire que chisporroteaba con luz azul, y con cada destello un gran impulso me castigaba hasta que pensé que mis huesos se romperían y creía que saltaría toda mi savia, como una planta partida en dos.
Me preguntaba que terrible pecado había cometido yo."

Mientras todo esto sucede, los seres queridos de Greenwood no saben cómo acercarse a ella. Los sentimientos de la madre fluctúan entre la culpa propia y la de su hija. Enfrentarse a lo incomprensible, a lo irracional, no es tarea fácil. Plath lo describe de forma cruda y transparente, tanto como esa campana que al final parece dejar un poco de aire fresco, aunque es posible que esa sensación sea de falsa esperanza. Lo más sorprende - y paradójico - de todo es comprobar la perfecta cordura de Plath a la hora de describir su propia locura.

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