martes, 2 de agosto de 2016

SUAVE ES LA NOCHE (1934), DE FRANCIS SCOTT FITZGERALD. DOLOR Y DINERO.

Los años que siguieron a la catástrofe que supuso la Primera Guerra Mundial fueron alegres, como si la gente quisiera pasar página lo antes posible. Los muertos y los heridos seguían presentes, pero la vida seguía y el carácter lúdico de la misma se puso de moda, al menos para quien podía permitírselo. El escritor Francis Scott Fitzgerald es el autor paradigmático de esta época, cuyo espíritu está recogido en sus novelas y cuentos. Su vida fue tan interesante como sus narraciones y pocas tan autobiográficas como Suave en la noche, en la que la conciencia del escritor se transfiere al carismático y algo misterioso Dick Diver, un personaje que, como veremos, mantiene una lucha interior de la que no saldrá bien parado.

En los años veinte no era raro encontrar grupos de americanos adinerados exiliados en las costas del sur de Francia. La fascinación por la vieja Europa, que algunos ya habían conocido como soldados y la calidad de vida que podían obtener por un precio razonable, se unían para conformar estas pequeñas comunidades. La novela empieza presentándonos la vida cotidiana de una de ellas, una existencia aparentemente perfecta, repleta de jornadas en la playa, hoteles caros y buenas bebidas alcohólicas. En este contexto, la figura de Dick Diver destaca como una especie de guía espiritual, aunque él no se haya postulado para este papel. Pero la aparente perfección de Dick - guapo, con esposa rica, de carácter mesurado y con estudios - guarda un secreto: la antigua enfermedad mental de su mujer, una circunstancia que cree controlada, pero de la que sabe en secreto que es una bomba de relojería que puede estallar en cualquier momento.

La aparente felicidad de los Diver, su perfección física y moral, no es más que una fachada que el lector va viendo desmoronarse ladrillo a ladrillo, desde las infidelidades de la pareja hasta una especie de angustia vital que embarga a ambos, como si su existencia se conformara a través de intervalos vacíos, como si estuviera repleta de pequeñas prisiones, de las que se pueden escapar solo para caer en otra más desasosegante aún. Una muestra de su tormento cotidiano:

"A Dick le invadió una sensación de angustia. Era terrible que una torre tan hermosa no se mantuviera firme en el suelo, sino sólo suspendida, suspendida de él. Hasta cierto punto aquello era justo. Para eso estaban los hombres, para ser puntal e idea, viga maestra y logaritmo. Pero en cierto modo Dick y Nicole habían pasado a ser uno y el mismo, no seres opuestos y complementarios; ella era también Dick, era la médula de sus huesos. Él no podía ver cómo Nicole se desintegraba sin ser parte de esa desintegración. Su intuición se desbordó en ternura y compasión."

Aunque sabe mantener el interés del lector casi en todo momento, Suave es la noche no es una narración perfecta. Se nota que el autor tenía que pulirla todavía, pues muchos de sus pasajes están literariamente muy descompensados (famosa es la polémica, creada por el propio autor, acerca de si los capítulos debían seguir una línea temporal firme o viajar al pasado en un determinado momento). Hay que decir que gran parte del valor de esta ficción proviene precisamente porque parte de un elemento autobiográfico muy acusado, por lo que los alicientes para su lectura se ven muy acentuados.

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