miércoles, 1 de octubre de 2014

EL NIÑO (2014), DE DANIEL MONZÓN. CRUZAR EL ESTRECHO.

Una de las frases más celebradas del muy popular sitio de Twitter de la Policía Nacional aseveraraba algo así como que quien juega a Breaking bad acaba convirtiéndose en protagonista de Prison break. Bajo la ingeniosa afirmación late una gran verdad: la mayoría de los que se dedican al lucrativo negocio del narcotráfico acaba entre rejas. Esto no quiere decir que este probable destino sea disuasorio para la mayor parte de los que se dedican a esto, que seguramente lo hacen porque ya han tenido previo contacto con este mundo como consumidores. Supongo que simplemente asumen el riesgo, esperando tener suerte y no piensan demasiado en esa posibilidad. Además, la sensación de peligro queda compensada por la posibilidad de ganar enormes cantidades de dinero de forma relativamente rápida y sencilla. 

Como expone Araceli Manjón-Cabeza en La solución, la principal responsabilidad de que se mantenga esta guerra despiadada contra el narcotráfico recae en los Estados. Que el comercio de un producto tan demandado como la droga esté en manos de bandas criminales, que se enriquecen de manera escandalosa, no es una buena idea, como ya se probó en los años de la prohibición de alcohol en Estados Unidos. En México, por ejemplo, los narcos controlan regiones enteras, desafiando al ejército en capacidad militar. Todos los días mueren inocentes en un escenario de violencia despiadada, entre las bandas rivales y éstas contra el ejército. Muchos funcionarios se corrompen, ya sea por ganar dinero o porque temen por su vida. La legalización no sería la panacea que acabaría de un plumazo con todos los problemas, pero sí que podría convertirse en el mejor instrumento para acabar con la financiación de las mafias y velar por la salud pública: quien quiera drogas, que al menos consuma un producto controlado, no adulterado y se le ofrezca información y la posibilidad de rehabilitarse.

En España, el punto más caliente de este problema se encuentra en el Estrecho de Gibraltar, donde en pocos kilómetros cuadrados, como se nos informa al principio de la película, conviven tres soberanías: la española, la marroquí y la británica. Los pocos kilómetros de océano que separan ambas costas son un campo de batalla, a veces secreto, pero intenso. En ocasiones los telediarios se abren con imágenes del último alijo: miles de kilos de estupefacientes que hubieran alcanzado millones de euros en el mercado. Siempre que veo una noticia así, pienso en cuantos cargamentos arribarán con éxito a nuestras costas por cada uno que se captura. También me hace mucha gracia que Europa haya adoptado la medida de contabilizar (supongo que a ojo de buen cubero), para calcular el PIB de cada país, el tráfico ilegal de drogas y la prostitución. Supongo que gracias a estas actividades, España es ahora un país oficialmente más rico.

Hace ya bastante que la costa de Cádiz es un lugar económicamente deprimido, con los niveles de paro más altos de la Unión Europea. La única posibilidad para muchos jóvenes de ganarse la vida consiste en emigrar o unirse a las redes de contrabando ilegal, de tabaco o de droga. Esta es la situación en la que se encuentran los dos protagonistas de El Niño. Cuando se les concede una oportunidad de demostrar que son capaces de hacer el viaje de ida y vuelta a Marruecos, comienzan una carrera en un mundo del que es muy difícil salir, aún cuando ellos consiguen vivir unos meses de gloria cuando se montan su propia pequeña empresa, con la ayuda de Rachid, un adolescente de origen marroquí, que cuenta con sobrada experiencia en estas lides. Por otra parte, la policía del Estrecho libra su particular guerra contra el tráfico. Guerra inútil, por otra parte, pero de la que esperan resultados, al menos de cara a la galería. Jesús (Luis Tosar) es el típico miembro del cuerpo que vive para su trabajo. En el fondo sabe que las batallas diarias que protagoniza no son más que una especie de juego de ajedrez, amenizado de vez en cuando con espectaculares persecuciones, un juego que no se acaba nunca, porque por cada sospechoso capturado, otros dos están deseando ocupar su lugar.

Con estas perspectivas, con un Estado que solo es capaz de invertir dinero en una zona deprimida para luchar contra el narcotráfico, la vida de estos jóvenes debe transcurrir deprisa. Saben que las posibilidades de acabar en la cárcel son altas, pero también quieren ganar dinero para acceder a una vida digna, aunque se sepan meros peones en el gran tablero del Estrecho. El Niño y sus socios son los herederos de la mejor tradición de la novela picaresca española, víctimas de un sistema que los ningunea y después pone todos los medios para aplastarlos.

Hay que felicitar a Daniel Monzón, porque ha crecido aún más como director desde la muy interesante Celda 211. En El Niño, los elementos que conforman la acción, aparte de estar desarrollados de una forma mucho más creíble, encuentran un perfecto equilibrio entre comedia y tragedia. Todos los intérpretes están magníficos, destacando el debutante Jesús Castro (aunque uno no se lo puede imaginar en otro tipo de papel) y el siempre solvente Luis Tosar. Si algo demuestra la película de Monzón, es que en la realidad de la España actual sobran tramas para inspirar buenas muestras de género negro y policial.

domingo, 28 de septiembre de 2014

DESTEJIENDO EL ARCO IRIS (1998), DE RICHARD DAWKINS. CIENCIA, ILUSIÓN Y DESEO DE ASOMBRO.

En una entrevista reciente publicada en Babelia, a raíz del lanzamiento del primero de volúmenes de su autobiografía, Richard Dawkins seguía mostrándose como un luchador irredento en el campo de las ideas, abogando por la responsabilidad de las familias en la educación de sus hijos respecto a las ideas irracionales. "No eduquen a sus hijos ni en dioses ni en hadas", recomendaba encarecidamente Dawkins. Ni siquiera le parecía correcto hacerlos creer en Papa Noel. Para él, uno de los fundamentos de la inteligencia durante la edad adulta va a ser el escepticismo temprano. Cuanto antes nos planteemos el funcionamiento del mundo, antes obtendremos las herramientas para reflexionar acerca de él. La ciencia nos ofrecerá unas respuestas mucho más complicadas que las religiosas, pero tendrán la ventaja de poder ser probadas, de contener un halo de autenticidad que jamás podrán ofrecer los distintos credos. Además, la ciencia raramente cuenta con dogmas absolutos: todas sus teorías están sometidas a falsación o, al menos, a su perfeccionamiento. A cambio de este esfuerzo, nos ofrece soluciones prácticas para vivir mejor: la medicina, la biología, las energías alternativas o internet:

"El asombro reverencial que la ciencia puede proporcionarnos es una de las más grandes experiencias de la que es capaz la psique humana. Es una profunda pasión estética comparable a la música y a la poesía más sublimes. Es, ciertamente, una de las cosas que hacen que valga la pena vivir, y lo hace de manera más efectiva, si cabe, al convencernos de que nuestro tiempo de vida es finito."

El título del ensayo, Destejiendo el arco iris, hace referencia a un poema de Keats. Contra lo que han escrito muchos poetas y filósofos, Dawkins no cree que la ciencia, al explicar ciertos fenómenos, acabe con la belleza y el misterio del universo. La experiencia nos dicta más bien que la resolución de un enigma nos lleva a hacernos nuevas preguntas: nuestra generación no verá desentreñados todos estos misterios. Tampoco las siguientes. Por eso, aunque el libro cuenta con abundantes citas poéticas, y su autor admire profundamente a sus inspirados autores, eso no quiere decir que esté de acuerdo con algunas de las afirmaciones que se esconden tras tan hermosos versos:

"¿Acaso no vuelan todos los encantos
Al mero toque de la fría filosofía?

Una vez había en el cielo un arco iris tremendo;
Conocemos su trama, su textura; está indicada
En el insulso catálogo de las cosas comunes.
La filosofía cercenará las alas de un Ángel,
Conquistará todos los misterios con la regla y la línea,
Vaciará el aire de fantasmas, y la mina de gnomos…
Destejerá un arco iris…"


La poesía no se acaba en lo que captan nuestros sentidos. También existe en lo que nos está vedado y vamos descubriendo progresivamente y en los nuevos misterios que se generan. El autor de El espejismo de Dios, aprovecha algunos capítulos para hablarnos  de algunos de los temas de los que es especialista desde su Cátedra de Divulgación Científica de la Universidad de Oxford, por ejemplo reflexionando acerca de como fue posible la evolución, de como un pariente directo de los simios se convirtió, gracias al sorprendente desarrollo de su cerebro, en la especie preponderante en la Tierra. También explica qué son exactamente nuestros genes, como los heredamos, como llevamos inscrito el código de las que serán nuestras mejores capacidades y la aplicación práctica que tiene el conocimiento de la genética, por ejemplo, ante los tribunales de justicia. 

Pero los capítulos más interesantes del libro son los que se dedican a denunciar a las pseuciencias, a los astrólogos, espiritistas e iluminados que se aprovechan de la necesidad natural de la gente de creer en algo, de poseer evidencias de que la vida tiene un sentido:

"La decadencia de las religiones occidentales tradicionales ha creado un vacío que parece estar siendo ocupado no por la ciencia, con su visión más clarividente y grandiosa del cosmos, sino por lo paranormal y la astrología. Cabía esperar que, a finales del siglo xx, el más fecundo de todos desde el punto de vista científico, la ciencia se hubiera incorporado a nuestra cultura y nuestro sentido estético se hubiera ampliado para ir al encuentro de su poesía. Sin revivir el pesimismo de C.P. Snow en los años cincuenta, veo con disgusto que, a las puertas del fin de siglo, estas esperanzas no se han materializado. Los libros de astrología se venden más que los de astronomía. La televisión allana el camino a magos de segunda categoría que se hacen pasar por médiums y clarividentes. Este capítulo intenta explicar la superstición y la credulidad, así como la facilidad con que pueden explotarse."

Realmente parece un contrasentido que en la época en que la ciencia ha adquirido su mayor prestigio (aunque algunos países se dediquen a recortar en las partidas dedicadas a investigación), y se han popularizado como nunca las revistas y los libros divulgativos, persistan unas creencias que no resisten el más sencillo análisis racional. Es gracioso, por ejemplo, que la astrología se base en unas constelaciones que nosotros podemos ver en el cielo, cuando las estrellas que supuestamente las forman se encuentran a veces a cientos de miles de años luz entre sí y es solo nuestra limitada perspectiva (ni que decir tiene, respecto a las luces nocturnas que vemos cada noche en el cielo, que la mayoría pertenecen a un pasado remoto), la que nos hace agruparlas, como si eso significara algo. Lo mismo sucede con la ufología o el espiritismo. Son disciplinas populares porque excitan la imaginación y ofrecen respuestas esperanzadoras. La ciencia tiene la misión de desenmascarar todos estos fraudes y activar el escepticismo y el espíritu crítico de la gente. Todos podemos ser engañados y manipulados, pero es más difícil hacerlo con quienes tienen algunas nociones acerca del auténtico funcionamiento de la naturaleza, mucho más complicado, pero también más maravilloso y sorprendente de lo que jamás explicó religión o sistema de creencias alguno.

jueves, 25 de septiembre de 2014

LOS MEJORES RELATOS DE CIENCIA FICCIÓN (1955-1986), DE BRIAN W. ALDISS E INTELIGENCIA ARTIFICIAL (2001), DE STEVEN SPIELBERG. YO, ROBOT.

A veces la lectura de relatos resulta más exigente que la de una novela. No por su dificultad intrínseca, sino porque a veces uno entra en el mundo narrativo propuesto en una novela con tal facilidad, que se instala a vivir temporalmente en él sin problemas. Con los cuentos uno practica más bien el nomadismo: tiene que ir visitando muchos lugares y acostumbrarse rápidamente a nuevos escenarios, personajes y situaciones, que abandonará enseguida, para conocer a otros nuevos. Esta sensación es especialmente acusada en la literatura de ciencia-ficción, donde una antología de cuentos puede llevarnos a diferentes épocas, planetas, e incluso a presentarnos a razas extraterrestres. El lector debe realizar una lectura muy atenta para asimilar tanta variedad de imaginativas propuestas.

Aunque su literatura no sea tan popular como la de Arthur C. Clarke o Isaac Asimov, Brian W. Aldiss siempre ha sido considerado un autor de primera línea en el difícil género de la ciencia ficción. En sus relatos podemos atisbar algunas de sus principales obsesiones, como la convivencia, en un futuro muy próximo, de los seres humanos con réplicas suyas dotadas de inteligencia artificial, que se pone de manifiesto en relatos como Todas las lágrimas del mundo o el célebre Los superjuguetes duran todo el verano. Hay otros que exploran el tema de los viajes en el tiempo y en el espacio como Los hombres fracasados, muy pesimista en cuanto a nuestro futuro como especie. En los últimos, este pesimismo se acentúa, sobre todo por la influencia del recrudecimiento de la Guerra Fría en los años ochenta y la posibilidad de un conflicto nuclear. La colección de Aldiss es muy irregular, alternando verdaderas joyas con otros relatos no muy inspirados o poco originales, pero merece la pena conocer los temas principales a los que dedica su literatura el autor del ciclo Heliconia

Como es bien sabido, Los superjuguetes duran todo el verano fue el germen del que surgió la obra maestra de Steven Spielberg, Inteligencia Artificial, a la que se dedicó la última sesión del ciclo Literatura y cine. Aquí el artículo:

http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2014/09/inteligencia-artificial-de-steven.html

martes, 23 de septiembre de 2014

ANTES DEL FRÍO INVIERNO (2013), DE PHILIPPE CLAUDEL. ASÍ EMPIEZA LO MALO.

Hay profesiones que demandan una especial sangre fría por parte de quienes las ejercen. Pocas se me ocurren más exigentes que la de neurocirujano. A los profundos conocimientos médicos deben unirse una capacidad artesana poco común. Porque, después de todo, una operación no es más que la recomposición, por medio de una serie de sofisticadas herramientas, de un organismo enfermo. El profesional sabe que todos los días la gente pone su vida en sus manos, que un error de cálculo de unos pocos milímetros puede ser fatal. Por eso me imagino que habrán desarrollado alguna técnica especial para dejar los problemas en la puerta del quirófano.

A pesar de su prestigiosa profesión, de su supuesta frialdad, al menos en horas de trabajo, hay algo extraño en la mirada de Paul (Daniel Auteuil), que enseguida detecta el espectador. Paul pertenece a la alta burguesía profesional y se ha rodeado de todos sus atributos: una casa espléndida, exquisita cortesía y una bella esposa. Pero detrás de esa fachada parece habitar la nada más absoluta. Su relación con su mujer es poco menos que gélida. Cenan juntos, se sientan a leer en el salón, pero es como si su hogar estuviera habitado por fantasmas. Lo que en cualquier otro matrimonio derivaría en gritos y peleas, en este se transforma en un eterno compás de espera. Quizá algo nuevo suceda, o quizá todo permanezca inmutable. Lo cierto es que a Paul le surge la oportunidad de añadir algo de emoción a su anodina existencia cuando conoce casualmente a Lou, una joven que asegura que fue operada por él en su infancia. Lo que podría haber sido un encuentro insignificante y pronto olvidado, se convierte en algo muy extraño: empiezan a llegar ramos de flores al domicilio y a la oficina de Paul y éste tiene nuevos encuentros con la muchacha, nada casuales.

En este punto uno espera de Claudel derive su propuesta hacia el cine de intriga, o que se ponga siniestro y desagradable al estilo de Haneke. Pero el director prefiere seguir explorando a Paul, el espécimen al que ha decidido diseccionar. Y entonces es cuando nos damos de bruces con su pasado. Lou no es más que un instrumento para que conozcamos mejor al protagonista, lo verdaderamente interesante es la luz que se arroja sobre las verdaderas circunstancias en las que basa su existencia. Lo malo es que Claudel nos lo muestra con tal desapasionamiento, que el espectador acaba desconcertado acerca de sus verdaderas intenciones. Antes del frío invierno es un film de planteamiento interesante y arriesgado, pero fallido, dotado de buen estilo visual e impecables actuaciones, pero sin alma.

lunes, 22 de septiembre de 2014

LA ÚLTIMA TENTACIÓN DE CRISTO (1951), DE NIKOS KAZANTZAKIS Y DE MARTIN SCORSESE (1988). DE LO DIVINO Y DE LO HUMANO.

En el prólogo de esta novela, magnífica y desconcertante a la vez, Kazantzakis apunta que su trabajo no es más que un intento de responder a la angustia que le poseía desde la juventud cuando se planteaba la doble naturaleza humana y divina de Cristo, por lo que su historia adopta un punto de vista adopcionista. El adopcionismo sostiene que Jesucristo era simplemente un hombre común que en un determinado momento se vio poseído por la gracia divina, que le encomendó una misión que era casi superior a sus fuerzas.

Jesucristo es un joven galileo corriente que vive en el Israel ocupado por los romanos de hace veinte siglos. Como es lógico, su existencia no podía ser ajena a las preocupaciones de la época. Pocas regiones bajo el dominio de las legiones del César eran tan conflictivas como aquella. Los judíos seguían considerándose un pueblo elegido, por lo que para ellos resultaba una humillación intolerable encontrarse gobernados por un pueblo extranjero. Muchos rezaban esperando un Mesías que los liberase. Otros, como los zelotes, organizaban una resistencia violenta, aunque con pocas posibilidades de éxito frente a la potencia militar romana. Mientras tanto Jesucristo se ve asaltado por dolorosos requerimientos divinos de cada vez mayor intensidad. Él intenta resistirse. Quiere ser impuro, pecador, para apartar de él unas fuerzas poderosas y agresivas que no puede entender. Puede que la mejor manera sea convertirse en el fabricante de las cruces en las que los romanos sacrifican a los rebeldes. Lo único que consigue el joven es ser tachado de traidor ante su pueblo.

Pero las exigencias de Dios no pueden rechazarse tan fácilmente. Entre dudas y sufrimiento, Jesús irá aceptando que ha sido elegido para algo excepcional. Como hombre, le cuesta mucho desprenderse de sus pasiones humanas, de su amor por María Magdalena, de su deseo de casarse y fundar una familia y es presa del demonio de la duda. ¿En qué puede beneficiar a la humanidad que él se sacrifique? Finalmente logrará centrarse en su misión y comenzar su predicación, consiguiendo que le sigan algunos discípulos, aun cuando su mensaje entra directamente en conflicto con los fundamentos de la religión judía.

Cuando yo era pequeño me contaron más de una vez en clase de religión la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro. Aparece en el evangelio de Lucas y es muy conocida. Trata de un hombre rico que se regalaba de copiosas comidas y de un pobre, llamado Lázaro, que vivía en su puerta, ansiando comer las sobras de sus banquetes. Cuando murieron ambos, Lázaro fue al cielo y el rico al infierno. Fue un castigo sin piedad. El profesor que nos contaba la historia la adornaba con los esfuerzos del condenado por aliviar un poco los tormentos del fuego eterno pidiendo que al menos le mojaran un poco los labios, pero no obtenía piedad alguna de los bienaventurados que gozaban de las delicias del cielo. La fábula era un hito en cualquier educación cristiana que se precie: hablaba de los enormes riesgos que corría quien no siguiera la doctrina. No habría piedad. Por eso, me sorprende el final que da a la narración el Cristo de Kazantzakis, que denota su condición humana y piadosa: 

"«Dios mío —se dijo para sus adentros— ¿cómo puede ser uno feliz en el paraíso cuando sabe que hay un hombre, un alma que arde por toda la eternidad? Refréscalo, Señor, para que yo me sienta refrescado. Libéralo, Señor, para que yo me sienta liberado. De lo contrario, yo también comenzaré a quemarme». Dios oyó su pensamiento, se regocijó y le dijo: «Amado Lázaro, baja y toma de la mano al sediento. Mis fuentes son inagotables y tráelo contigo para que beba y se refresque. Así tú podrás refrescarte con él». «¿Por toda la eternidad?», preguntó Lázaro. «Por toda la eternidad», respondió Dios."

Pero no todo es tan hermoso en las prédicas del futuro Salvador. Pronto llegan las contradicciones, las dudas en la interpretación de los deseos de un Dios que parece jugar con sus criaturas. Jamás se ha visto a un Jesucristo más desorientado, más discordante con su propio discurso y más atormentado por sus deseos humanos. Paulatinamente su mensaje se vuelve más radical e incendiario. Mientras tanto, descubrimos que sus discípulos no carecen de intereses mundanos, apostando su pobreza temporal a la certeza de una posición de poder en el nuevo orden de cosas que sin duda instaurará su maestro: 

"Pronto se sentará en el trono del Universo y todos nosotros, que fuimos suficientemente inteligentes para seguirlo, nos repartiremos los honores y las riquezas. Ya no andarás descalzo, sino que llevarás sandalias de oro y los ángeles se agacharán para anudártelas. Te digo, Natanael, que es un buen negocio; no dejes que se te escape entre los dedos."

En la narración de Kazantzakis el personaje de Judas se revela como alguien casi tan importante como el propio Jesucristo. Se tratade un apostol de la violencia que al final va a ser una pieza imprescindible para que se consume el sacrificio que ha de llevar a la salvación del género humano. El plan de Dios se puede definir como utilitarista: busca el máximo de felicidad para el mayor número posible de beneficiarios, pero a costa del sacrificio de algunos. Es posible que la misión de Judas, un hombre mucho más decidido que el propio Cristo, sea la más difícil:


"—Tendrás la fuerza necesaria, hermano Judas, Dios te la dará porque es necesario que yo muera y que tú me traiciones. Nosotros dos debemos salvar el mundo. Ayúdame.

Judas bajó la cabeza y, al cabo de un momento, preguntó:

  —Si tú debieras traicionar a tu maestro, ¿lo harías?

  Jesús permaneció largo tiempo pensativo. Al fin dijo:

  —No, me temo que no. No podría hacerlo. Por eso, Dios me confió la misión más fácil: la de dejarme crucificar."


Otro personaje de gran interés en este drama es el de Mateo. Mateo es un escriba que se dedica a recopilar los hechos de los que es testigo. Claro que, como buen literato, no se priva de adornar la verdad, exagerando algunos episodios y eludiendo otros. El escritor no tiene reparos en manipular algunos eventos para que coincidan con los vaticinios de los profetas, usando del argumento típicamente religioso de que la verdad divina no tiene por qué coincidir con la verdad humana: la adulteración de los evangelios comienza en el mismo momento de su elaboración.

La versión cinematográfica de Martin Scorsese, con toda la polémica que suscitó (que no consiguió más que otorgar publicidad gratuita a la película), resulta ser la mejor versión que se ha filmado nunca de lo que pudo ser la vida de Jesucristo. Ya desde el primer minuto, un mensaje nos advierte de que se trata de una interpretación libre. En cualquier caso, aceptando que Jesús fue un personaje histórico, hay que concluir que en su época debió ser bastante irrelevante, dado que no existen testimonios fiables de su existencia por parte de los cronistas de la época. Así que, a pesar de los evangelios que fueron elegidos por la Iglesia como canónicos, lo cierto es que a un personaje tan oscuro históricamente como Jesucristo es lícito observarlo desde diversos prismas, sobre todo desde un punto de vista experimental y literario

 Lo mejor de la visión de Scorsese es que no se limita a ser fiel a la novela de Kazantzakis, sino que ofrece su propia versión de un personaje literario fascinante, con la ayuda de unos actores excepcionales. Si bien padece dudas constantes acerca de su condición divina, jamás lo hace respecto a su parte humana: Jesucristo es capaz de reir, de llorar, de enfadarse, de errar, de bailar en una boda y es presa de deseos sexuales, como cualquiera de nosotros. Pero ante todo le aterra la exigencia de tener que ser torturado y sacrificado, renunciar a la felicidad de un vida corriente en pos de un fin superior. Además, su existencia es campo de batalla entre Dios y el diablo, lo cual hace que muchas de sus elecciones sean confusas. ¿Cómo saber que quien habla no es el demonio disfrazado de Dios? Este es un problema que trajo de cabeza a los teólogos medievales y que casi le cuesta a la humanidad su presunta salvación. Magistal libro de Kazantzakis y magistral obra de Scorsese.

jueves, 18 de septiembre de 2014

DOCE CUENTOS PEREGRINOS (1992), DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. LATINOAMERICANOS EN EUROPA.

En el magnífico prólogo de Doce cuentos peregrinos, Gabriel García Márquez cuenta el azaroso proceso de creación de este libro, que duró casi dos décadas. Los cuentos se escribían, se reescribían, se perdían entre otros papeles y volvían a encontrarse, practicando siempre el insaciable y abrasivo vicio de escribir de manera compulsiva, hasta alcanzar la perfección que siempre marca su estilo. Porque cada relato constituye una pequeña obra maestra de estilo que consigue el milagro de enlazar temáticamente con el resto. Se trata de narraciones que siempre tienen por eje las andazas de gente de Latinoamérica en Europa, ya hayan viajado al viejo continente por placer, por negocios, por devoción o exiliándose de su país. Son muy interesantes las palabras del escritor colombiano acerca de las diferencias entre cuento y novela:

" (...) el esfuerzo de escribir un cuento corto es tan intenso como empezar una novela. Pues en el primer párrafo de una novela hay que definir todo: estructura, tono, estilo, ritmo, longitud, y a veces hasta el carácter de algún personaje. Lo demás es el placer de escribir, el más íntimo y solitario que pueda imaginarse, y si uno no se queda corrigiendo el libro por el resto de la vida es porque el mismo rigor de fierro que hace falta para empezarlo se impone para terminarlo. El cuento, en cambio, no tiene principio ni fin: fragua o no fragua. Y si no fragua, la experiencia propia y la ajena enseñan que en la mayoría de las veces es más saludable empezarlo de nuevo por otro camino, o tirarlo a la basura."

En estos relatos García Márquez sigue fundamentalmente explorando las posibilidades que ofrece el realismo mágico, tanto que si se nos diera a leer alguno de ellos sin saber el autor, seguramente podríamos adivinarlo sin muchos problemas. Existe una constante en muchos de ellos: la presencia agazapada de la muerte, esa dama que a veces nos visita en el momento menos esperado, como en el relato El rastro de tu sangre en la nieve, donde asalta a una bella recién casada, después de que esta se pinchara accidentalmente el dedo con la espina de una rosa. En otros como La santa, la muerte se muestra de forma insólita, dejando incorrupto el cuerpo de una niña, cuyo padre sacrifica su existencia para ver reconocido el milagro por el papa de una iglesia desbordada por peticiones similares. También se coquetea con el género de terror, ejecutando una pieza tan inquietante como Solo vine a hablar por teléfono, en el que una situación cotidiana se transforma en una auténtica pesadilla. Otro de los más destacables es Buen viaje, señor presidente, cuyos protagonistas se hacen entrañables al lector por diversos motivos y que contiene una nada grata reflexión sobre la realidad de Hispanoamérica:

"El presidente suspiró. «Así somos, y nada podrá redimirnos», dijo. «Un continente concebido por las heces del mundo entero sin un instante de amor: hijos de raptos, de violaciones, de tratos infames, de engaños, de enemigos con enemigos»."

Merece la pena acercarse a estos Doce cuentos peregrinos, sin más pretensiones que la de leer literatura de exquisita calidad, comprobando que, a pesar de su fijación por ciertos temas y asuntos, la escritura de García Márquez posee la misma maestría cuando aborda un relato corto que cuando lo hace con una novela.

EL SECRETO DE LOS HERMANOS GRIMM (2005), DE TERRY GILLIAM. MALDICIONES ANCESTRALES.


Las narraciones orales, a las que posteriormente se denominó cuentos de hadas, aparecen prácticamente en todas las culturas humanas. Si bien en principio eran relatos de aprendizaje que se transmitían oralmente de generación en generación y empezaron a compilarse por escrito desde la Antigüedad. Los hermanos Grimm, que trabajaron ambos como bibliotecarios, se dedicaron a reunir leyendas del folklore alemán y a editarlas en forma escrita, quizá como una forma de reafirmación nacionalista frente al ocupante francés en la época de Napoleón. Lo más curioso es que paulatinamente tuvieron que ir cambiando el sentido de las narraciones para adaptarlas al público infantil. Los cuentos en su estado originario estaban repletos de crueldad y alusiones sexuales.


Decía Paco Alcázar, en una de las magníficas tiras que publica en la revista Cinemanía que el cine de Terry Gilliam es como “una empanada gigantesca que está buena y mala a la vez, que tiene efectos alucinógenos y que cuesta muchísimo de hacer”. Algo de eso hay en El secreto de los hermanos Grimm, el particular homenaje del director de Doce monos al mundo de los cuentos de hadas. Partiendo de una visión apócrifa de la biografía de los hermanos, nos los presenta como unos embaucadores que se ganan la vida engañando a la gente, salvándolos de espíritus y maldiciones imaginarias. El esquema que sigue Gilliam es similar al que describía el estudioso de los mitos Joseph Campbell en su ensayo El héroe de las mil caras:


"El héroe inicia su aventura desde el mundo de todos los días hacia una región de prodigios sobrenaturales, se enfrenta con fuerzas fabulosas y gana una victoria decisiva; el héroe regresa de su misteriosa aventura con la fuerza de otorgar dones a sus hermanos."


El secreto de los hermanos Grimm adolece de lo mejor y lo peor del cine de Terry Gilliam. La historia está bien planteada, con dos timadores que de pronto se encuentran con que se enfrentan a  verdadera magia, a una auténtica maldición que no tiene nada que ver con los trucos que ellos usan habitualmente frente a los crédulos campesinos, pero la apuesta por una presunta espectacularidad en vez de por el desarrollo de los personajes lastra constantemente su ritmo. Es una lástima que este viaje a los orígenes del folklore popular, que sabe crear un adecuando clima de terror y misterio, al final acabe devorado por sus propios excesos. Además, dos actores de la categoría de Matt Damon y, sobre todo un Heath Ledger que pocos años después nos deleitaría con su interpretación del Joker en El caballero oscuro, no están a la altura, demasiado perdidos, sin encontrar jamás el tono de sus personajes.