domingo, 25 de enero de 2015

LA MADRE (1907), DE MAKSIM GORKI Y DE VSÉVOLOD PUDOVKIN (1926). LO VIEJO Y LO NUEVO.

Para la historia el nombre de Maksim Gorki ha quedado como uno de los máximos representantes del realismo socialista. De procedencia muy humilde, conocía de primera mano los padecimientos a los que debían enfrentarse los miembros de las clases populares y trabajadoras en la Rusia zarista, algo que constituyó la materia prima de su literatura. Ya a finales del siglo XIX era un escritor muy popular en toda Europa. Su apoyo decidido a los movimientos comunistas que se estaban organizando en el interior del país le trajo serios problemas con las autoridades, por lo que vivió los años de consolidación del proceso revolucionario desde el exilio, pero para 1917 ya se encontraba de nuevo en Rusia. Aunque al principio apoyó sin fisuras al nuevo poder constituido, poco a poco fue llegando el desencanto, sobre todo porque fue testigo de primera mano de la política represiva hacia los intelectuales ejercida por Lenin y posteriormente por Stalin.

La Madre es quizá la obra más representativa de Gorki, donde se condensa su visión de un pueblo ruso humillado por una clase dirigente explotadora, que está a punto de levantarse para alcanzar lo que se supone será su libertad definitiva. Los hechos que relata la novela están basados en los sucesos de la fábrica de Sornovo durante 1905, fecha que constituyó una especie de ensayo general antes de que los soviéticos tomaran el poder doce años después. El movimiento revolucionario es presentado a conciencia por el autor como algo místico, una organización casi de carácter religioso destinada inevitablemente a redimir al país y liquidar de un plumazo todos sus males. Personajes como Pável, el hijo de la protagonista, no hacen sino corroborar esa impresión. Pável es un ser puro, un obrero que ha ido formándose clandestinamente con gran esfuerzo en los principios del marxismo y que ahora es capaz de ofrecer cualquier sacrificio, incluida su vida, para el triunfo de la causa, en lo que llega a definirse como espasmos de felicidad luchadora. En uno de los diálogos que mantiene con su progenitora, pronuncia estas palabras reveladoras, como un fundamento de la misión para la que se está preparando:

"- Estudiar y, después, enseñar a otros. Nosotros, los trabajadores debemos estudiar. Debemos conocer, debemos entender por qué la vida nos resulta tan dura."

Pero el personaje más interesante de La Madre es la propia protagonista, una sencilla mujer rusa que se ha casado del modo tradicional (es decir, sin mediación de su propia voluntad) con un hombre brutal y borracho, que la maltrata, aunque ella acepte esa realidad como algo natural. Su muerte va a ser para ella una liberación, aunque al principio no la sienta como tal. Poco a poco las cosas irán cambiando de un modo sorprendente e insospechado. Ser testigo de las reuniones de su hijo con sus camaradas serán como una escuela para ella que impulsará una especie de renacer espiritual, consagrado también a la lucha por la causa que cree justa, tomando conciencia de que la vida que ha llevado hasta el momento ha sido casi la de un animal asustado y sumiso. Hasta le tomará gusto a las situaciones arriesgadas y colaborará activamente en el reparto de panfletos en el entorno de la fábrica, auténtico centro neurálgico de la población, el organismo simbólico que esclaviza al obrero y contra el que hay que dirigir la ira colectiva. Al final comprenderá que su maternidad no se limita a su hijo biológico, sino que se extiende a todos los proletarios. 

Porque en el mundo de lucha constante que describe Gorki, se busca sobre todo la creación de una especie de paraíso en la Tierra, una tábula rasa que acabe con lo antiguo y deje paso a lo nuevo. Todos los sacrificios de hoy son necesarios para cimentar la felicidad de mañana:

"- ¡La vida familiar le resta energías al revolucionario, siempre se las resta! Los hijos, la falta de medios, la necesidad de trabajar mucho para ganarse el pan. Y el revolucionario debe desarrollar su energía ininterrumpidamente, cada vez más profunda y ampliamente. Y ello exige tiempo; siempre debemos ir por delante de todos, porque nosotros, los trabajadores, estamos predestinados por la fuerza de la historia a destruir el viejo mundo y crear una vida nueva. Y si nos quedámos rezagados, vencidos por el cansancio, o atraídos por la cercana posibilidad de las cercanas conquistas, eso estaría mal; ¡ello casi viene a ser la traición de la causa! No habría nadie con quien pudiéramos caminar sin deformar nuestra fe, y jamás debemos olvidar que nuestro deber no son las pequeñas conquistas, sino la victoria total."

La adaptación de Pudovkin, rodada bajo los auspicios del régimen comunista, es una película que aúna vanguardismo con expresionismo, consiguiendo una obra redonda y soprendente para el espectador de hoy. Sus mayores logros están en el tramo final, en las secuencias de masas en paralelo con la fuga de prisión de Pável. Se nota en su director la vocación propagandística, pero ante todo la ambición de conseguir una obra de arte perdurable, como sucedía con el otro gran representante del cine soviético primitivo: Seguéi Eisenstein. 

Es evidente que desde la privilegiada posición que otorga el conocer qué sucedió después uno no puede evitar pensar que el niño que aparece casi al final de la película, quizá como símbolo de esperanza en el futuro, tendrá que vivir la Primera Guerra Mundial, la Revolución, la Guerra Civil, la hambruna de Ucrania, el terror de Stalin y la Segunda Guerra Mundial. Quizá incluso sobreviva para ser testigo del desmoronamiento del régimen comunista, que se cimentó con sangre e ilusiones y al final resultó ser uno de los grandes espejismos del siglo XX.

miércoles, 21 de enero de 2015

GARAGE OLIMPO (1999), DE MARCO BECHIS. EN LAS ENTRAÑAS DE LA BESTIA.

Es la segunda vez que veo esta película estremecedora en pocos meses y me doy cuenta de algunos detalles en los que no había reparado: unos instantes antes de que los militares irrumpan en su casa, la muchacha se pone el vestido de una muerta, como si anticipara su cruel destino. Quizá esta sea la mejor realización acerca de los mecanismos de represión de la dictadura argentina. El sufrimiento de una sola persona, de una sola familia, sirve como símbolo y homenaje a las víctimas de unos crímenes que jamás deberían quedar impunes. Aquí el artículo:

http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2015/01/garage-olimpo.html

martes, 20 de enero de 2015

LA TEORÍA DEL TODO (2014), DE JAMES MARSH. HAWKING ENAMORADO.

Stephen Hawking es una especie de santo laico que arrastra grandes simpatías allá por donde va. Es el científico más conocido del mundo, autor del best seller Breve historia del tiempo, un volumen que dista mucho de ser apto para todos los públicos en algunos aspectos, sobre todo cuando habla de ondas o partículas. No obstante, constituye un esfuerzo admirable para explicar el concepto de tiempo no como algo absoluto, sino como un fenómeno que depende de la posición del observador, por mucho que nos cueste entenderlo. Pero lo más sorprendente de todo es que este trabajo intelectual ha sido realizado por un hombre que desde hace años es prisionero de su propio cuerpo, víctima de una de las más crueles enfermedades: una esclerosis lateral amiotrófica que fue dejando sus músculos sin movilidad de manera paulatina. Por suerte su cerebro quedó intacto y su espíritu científico se avivó ante las dificultades, centrándose en desarrollar una obra intelectual reconocida como una de las más brillantes de nuestro tiempo. 

Pero el interés de Marsh a la hora de abordar La teoría del todo no es tanto aproximarse al aspecto intelectual de Stephen Hawking, sino a cómo afectó su enfermedad a la relación amorosa que mantuvo durante veinte años con Jane, su primera mujer. No he tenido ocasión de leer el libro en el que se basa, pero supongo que ofrecerá más información que una adaptación cinematográfica con algunas lagunas que dejan varios interrogantes al espectador. 

El punto fuerte de la película es, sin duda, la extraordinaria interpretación de Eddie Redmayne, absolutamente brillante y conmovedora. El Hawking de Redmayne tiene un poco del típico científico despistado, que vive más en las estrellas que en la Tierra, pero que tiene que adaptar sus sueños intelectuales a la cruel realidad de un diagnóstico médico devastador. Para nuestra suerte, la esperanza de vida de dos años que se le otorgaba se fue alargando hasta los más de setenta que tiene hoy día. Además, Hawking parece un tipo feliz, a pesar de todo, apasionado por la divulgación científica, bromista y entusiasta. Una persona realizada que inspira a muchos desde su silla de ruedas. Por eso, por el interés que despierta un personaje tan popular, me hubiera gustado que se profundizara en su relación amorosa, más allá de las creencias religiosas de cada uno de los miembros de la pareja. Me hubiera gustado ver la auténtica lucha que supone convivir día a día con la enfermedad y cómo eso acaba destruyendo la relación más sólida.

Al salir del cine yo iba pensando si no hubiera sido mejor que Marsh rodara un documental (un género que domina a la perfección, como demostró en la magnífica Man on wire). Y me encuentro su respuesta en una entrevista publicada por El cultural de El Mundo: 

"Creo que un documental no hubiera logrado extraer el aspecto emocional de la historia en caso de la vida privada de Hawking. Pero hay un deber en el cineasta a la hora de lograr que los sentimientos de la historia sean los correctos, y el gran reto de Eddie fue precisamente incorporar a la persona desde el absoluto respeto, sobre todo cuando tienes que mantener vivo a un personaje, con todas sus emociones, en una situación de degradación física tan extrema como la que padece. Hemos sido muy cuidadosos para que la representación sea lo más fidedigna posible."

Así pues, La teoría del todo contiene mucho romance y unas pocas gotas de ciencia que más bien sirven para adornar una historia de amor singular, de muchos matices, que consigue conmover, pues conocemos el destino del personaje, pero a la que podría haberse sacado mucho más jugo. Da la impresión de que Marsh ha puesto el piloto automático academicista a su película y no es capaz de arriesgarse, volcando el peso de su propuesta a la interpretación de Redmayne. Sigo pensando que un documental hubiera sido mucho más interesante para los seguidores de Hakwing. 

viernes, 16 de enero de 2015

UNA MISMA NOCHE (2012), DE LEOPOLDO BRIZUELA. UN HOMBRE EN LA OSCURIDAD.

Los que hemos nacido y vivido en democracia - con todas sus imperfecciones - no podemos siquiera imaginar lo que debe ser la convivencia diaria con el miedo y la incertidumbre. En Argentina fue así durante años. La gente desaparecía de un día para otro y los familiares los buscaban en vano. En muchas ocasiones los secuestrados por el poder estaban cautivos en edificios tan a la vista como el Garage Olimpo o la infame Escuela Mecánica de la Marina, el Auswitch argentino. Día y noche se torturaba, en el afán de que los detenidos, muchos de ellos destinados a la muerte desde el principio, delataran a sus presuntos compañeros.

A raíz de un asalto aparentemente criminal, debido a la inseguridad del Buenos Aires actual, en la mente del protagonista de Una misma noche saltan como en un resorte, los recuerdos de una noche similar casi cuarenta años atrás, cuando fueron los militares los que buscaban a una subversiva en esa casa y visitaron la suya en busca de información. Los fragmentos de memoria van poco a poco recomponiéndose hasta lograr una reconstrucción más o menos nítida de lo que sucedió entonces y del destino de la muchacha. Como la propia Argentina, que trató de olvidar (menos los más ardientes defensores de la memoria contra la infamia), en el microcosmos espaciotemporal de la narración de Brizuela la verdad de los hechos está cubierta como de una especie de neblina que, al disiparse, deja ver todo el horror legado por la dictadura:

"¿Por qué era tan difícil recordar esa época? ¿Simplemente porque en ella sucedían cosas monstruosas? ¿O porque yo había sido testigo de que cualquiera puede convertirse en un monstruo y eso es intolerable?"

Una mera anécdota, una mera vida trastocada puede ser suficiente para entender los mecanismos de poder de una época. Para muchos la dictadura no acabó, sino que se sigue repitiendo todas las noches en la ausencia e incertidumbre acerca del destino de los seres queridos. El de Brizuela es un libro de evocaciones de un tiempo cuya barbarie es aún hoy negada por algunos de sus responsables. Como explica el autor en una entrevista publicada en la página Culturamas:

" (...) hace poco y por primera vez, después de más de treinta años, Videla admitió que existían los desaparecidos, que era verdad. Durante todo ese tiempo, ha estado negando la evidencia. Responde por su parte a una necesidad de enmascarar las muertes, pero quien responde por esos treinta y cuatro años de tormento e incertidumbre de los familiares. Está claro que todavía queda mucho, más incluso que rabia o rencor. La negación de las desapariciones produjo un daño que se ha ido prolongando hasta nuestros días. No es que esté el pasado, la nada y el presente… No, es todo una misma noche. De ahí el título. Y luego está también la culpa y el pudor por sobrevivir ante aquellos que han perdido a algún familiar. De esa culpa nace el personaje de Diana, con un pudor terrible por haber desaparecido y luego poder volver, de no haber muerto, quizás de no haber sido tan combatiente. La culpa se hace entonces tan terrible como el miedo, la culpa de haber tenido miedo. Todo el mundo tiene vergüenza a la hora de reconocer el miedo."

Una misma noche es una novela corta y muy intensa, que va a dejar un recuerdo perdurable en un lector que quizá no llegue a comprender del todo los mecanismos del terrorismo de Estado, pero sí que va a ser testigo de sus terribles consecuencias."Quizá solo la literatura podía perdonar. La literatura, ese lector futuro."

martes, 13 de enero de 2015

CORAZONES DE ACERO (2014), DE DAVID AYER. MÁQUINAS DE GUERRA.

Para muchos el conocimiento de la intervención de Estados Unidos contra los alemanes en la Segunda Guerra Mundial se reduce prácticamente al episodio del Desembarco de Normandía, que tan magistralmente supo retratar Steven Spielberg en Salvar al soldado Ryan. Pero, por supuesto, hubo mucho más. Un comienzo titubeante en África, allá por el año 1942, con alguna derrota sonrojante, una campaña muy complicada en Italia y una invasión de Alemania, ya a finales del 44 y principios del 45, que a punto estuvo de convertirse en un desastre si hubiera triunfado la contraofensiva alemana en las Ardenas. Corazones de acero nos remite a abril de 1945, cuando faltaba solo un mes para que Hitler se suicidara y pusiera fin a la guerra en Europa. Pero no nos llevemos a engaño: a pesar de lo desesperado de su situación, las tropas alemanas - en parte formadas por ancianos y niños - constituían todavía un enemigo formidable que no se rendía fácilmente. Los soldados aliados se debatían entre su deseo de acabar cuanto antes con sus enemigos y la lógica necesidad de volver a casa de una pieza, sobre todo cuando faltaba tan poco para acabar.

En esta situación encontramos al sargento Collier (Brad Pitt) y a sus hombres, tripulantes de un carro Sherman, que llevan ya demasiados años de guerra a sus espaldas. Cada uno se las compone como puede para resistir a la experiencia del combate prolongado. Algunos de ellos han caído en un estado semisalvaje que apenas pueden ocultar. Otros, como el mismo sargento, tratan de mostrar un atisbo de humanidad y civilización que se desmorona cuando piensan en el enemigo, con quien no pueden tener piedad. El mejor alemán es el alemán muerto, sobre todo si pertenece a las SS. No hay que arriesgarse y ante la menor duda, la mejor política es disparar primero y preguntar después. Este es el ambiente al que llega el bisoño soldado Ellison, que estaba destinado a ejercer labores administrativas, pero que acaba formando parte de la primera línea de combate en la tripulación del Sherman. Con su llegada se va a destapar una especie de conflicto moral, puesto que todavía no conoce la crudeza de la guerra. Collier va a ejercer la labor de padre severo para el muchacho: cuanto antes aprenda a matar sin piedad, más posibilidades de supervivencia tendrán él y el resto de la tripulación. Las hermandades bélicas lo son simplemente para matar o no morir. Así de simple y así de complicado.

Aunque los americanos se encontraban en situación de privilegio respecto a su enemigo, que carecía casi de todo en esta fase agonizante de la guerra, para entender bien la situación de los protagonistas de Corazones de acero, hay que explicar que los carros de combate americanos eran muy superiores en número a los alemanes, pero muy inferiores técnicamente, así que eran necesarios muchos Sherman para vencer a un Tiger y en ocasiones no bastaban. Si bien en la película aparece una escena en la que los soldados contemplan a cientos de bombarderos aliados dirigiéndose a martirizar alguna ciudad alemana, la situación en tierra no parece ser de una superioridad tan apabullante. No sé si esta escasez de recursos que parece atenazar a los americanos describe una situación puntual o generalizada en esta época, pero más bien me parece lo primero, aunque los protagonistas padezcan de primera mano la misión de enfrentarse a los alemanes con demasiado poco apoyo de otros blindados.

Para la tripulación de Collier el carro Sherman que manejan, Fury, es casi un hogar, aunque un hogar claustrofóbico, en el que en cualquier momento puede sobrevenir la más espantosa de las muertes: ser abrasado vivo por un proyectil enemigo. Por eso llama tanto la atención, por contraste, la magnífica escena que transcurre en una casa alemana en la que Collier y su pupilo Ellison pueden vivir unas horas de engañosa paz hogareña junto a dos jóvenes germanas. La llegada del resto de compañeros parece traer consigo toda la barbarie del conflicto que había quedado más allá del umbral: aquellos instantes no han sido más que un espejismo, bien pronto va a volver a reinar la crueldad.

Así pues Corazones de acero puede ser interpretada como una recreación de la eterna lucha entre civilización y barbarie, entre la luz y la oscuridad. El personaje más puro, el joven Ellison pronto va a tener que empantanarse en acciones que considera totalmente incompatibles con su conciencia limpia y sus creencias religiosas. Lástima que una película que había funcionado razonablemente bien hasta el momento, naufrague en su tercio final, una mala imitación de Salvar al soldado Ryan, que sirve para glorificar lo que hasta ese instante había sido mostrado como sucio y deplorable. Quizá sea una especie de rito de paso para Ellison, pero a mí como espectador me deja frío y decepcionado respecto a lo que podría haber sido la obra de Ayer.

sábado, 10 de enero de 2015

CHARLIE HEBDO.

En El nombre de la rosa la trama aludía a un libro perdido de Aristóteles sobre la comedia e incluso se llegaba a discutir si Jesucristo y los santos habían reído alguna vez. Las religiones rara vez se han llevado bien con la risa, porque la falta de respeto a lo sagrado disipa el miedo y la sumisión, que son sus atributos fundamentales. Y sin temor de Dios, la religión pierde su esencia. Por eso, al atentar contra un medio como Charlie Hebdo los terroristas sabían muy bien lo que estaban haciendo: estaban clavando una estaca en el corazón de las libertades democráticas.

Personalmente, nunca he confiado en nadie que no es capaz de reirse de sí mismo. El fundamentalismo es odioso no solo porque atrapa las mentes de jóvenes y los convierte en asesinos en nombre de dios, sino porque es imposible discutir con él: quien posee la verdad sagrada será impermeable a todo argumento racional. Son como niños que se obstinan en una sola idea y se enrabietan contra quienes les contradicen. El problema es que estos niños cuentan con armas sofisticadas y la firme voluntad de morir por su doctrina, vengando a Alá. Hay quien dice que habría que hacerles alguna concesión, ser más respetuoso con el islam y evitar en este caso cualquier tratamiento burlesco, porque hay gente muy susceptible por ahí, que matará para vengar estas afrentas. Pero eso sería un error. Cualquier concesión a esta gente generaría nuevas exigencias y pronto reclamarían, por ejemplo (es realmente lo que les gustaría ver alguna vez) que todas las europeas vistan con el burka y los demás recemos todos los días mirando a La Meca. Por muy terroríficas que sean sus acciones, debemos pensar que rendirnos a sus exigencias sería mil veces peor. Lo mejor que podemos hacer ahora es rendir homenaje a estos valientes defensores de la libertad de expresión, que han muerto realizando la más noble de las funciones sociales: hacernos reir, aun cuando llevaban años trabajando bajo una amenaza cierta que, desgraciadamente, se ha consumado.

Copio aqui unas líneas de un lúcido artículo que publica hoy en El País el periodista David Brooks: 

"Los humoristas y los caricaturistas exponen nuestras debilidades y vanidad cuando nos sentimos orgullosos. Minan el autobombo de los triunfadores. Reducen la desigualdad social al bajar a los poderosos de su pedestal. Cuando son eficaces, nos ayudan a enfrentarnos a nuestras flaquezas en grupo, ya que la risa es una de las experiencias cohesivas por antonomasia.
  
Es más, los expertos en provocación y ridiculización ponen de relieve la estupidez de los fundamentalistas. Los fundamentalistas son gente que se lo toma todo al pie de la letra. Son incapaces de adoptar puntos de vista diversos. Son incapaces de ver que, aunque su religión pueda ser digna de la más profunda veneración, también es cierto que la mayoría de las religiones son un tanto extrañas. Los humoristas señalan a quienes son incapaces de reírse de sí mismos y nos enseñan a los demás que probablemente deberíamos hacerlo también. En resumen, al pensar en quienes provocan y ofenden, deseamos mantener unas normas de civismo y respeto y, al mismo tiempo, dejar espacio a esos tipos creativos y desafiantes que no tienen las inhibiciones de los buenos modales y el buen gusto."

LA CONQUISTA DE LA FELICIDAD (1930), DE BERTRAND RUSSELL. MÁS ALLÁ DE LA AUTOAYUDA.

Durante muchos siglos la doctrina oficial religiosa, que todo el mundo debía acatar, predicaba que el concepto de felicidad no era algo que debía ganarse en este mundo, sino que había que esperar a la otra vida, en la que seríamos recompensados con una dicha eterna en compensación por el sufrimiento terrenal. Llegar a la conclusión de que la creencia en el cielo y el infierno ha sido utilizada por unos pocos como un instrumento de poder ha costado mucho tiempo, mucha infelicidad y muchos muertos. En nuestros días al fin se fomenta la búsqueda de la felicidad. En cualquier librería, los libros que nos proponen una vida mejor en pocos y sencillos pasos, tienen una sección propia, que suele denominarse autoayuda. El libro de Russell podría inscribirse en este género, sin lugar a dudas, pero con muchos matices. No se trata de un volumen que ofrece recetas mágicas, sino que apela más a los amplios conocimientos filosóficos y psicológicos de su autor y a su experiencia como agudo observador de la especie humana.

La conquista de la felicidad está dedicada a la gente normal de occidente. Gente con sus trabajos, con sus preocupaciones cotidianas y con un nivel razonable de salud y que no ha aprendido a gestionar de manera razonable su posición en el mundo. Hace ya muchas generaciones que la lucha por la vida no es, como antaño, la lucha por la mera supervivencia día a día. Mucho de lo que damos por sentado (tener un techo, comida todos los días, asistencia médica...) eran bienes impensables para nuestros antepasados. Nuestros combates cotidianos son muy distintos y se centran más en el prestigio social, en dar una buena imagen de nosotros mismos, así como adquirir cada vez más bienes, aunque no nos sean útiles:

"El animal humano, igual que los demás, está adaptado a cierto grado de lucha por la vida, y cuando su gran riqueza permite a un homo sapiens satisfacer sin esfuerzo todos sus caprichos, la mera ausencia de esfuerzo le quita a su vida un ingrediente imprescindible de la felicidad. El hombre que adquiere con facilidad cosas por las que solo siente un deseo moderado llega a la conclusión de que la satisfacción de los deseos no da la felicidad. Si tiene inclinaciones filosóficas, llega a la conclusión de que la vida humana es intrínsecamente miserable, ya que el que tiene todo lo que desea sigue siendo infeliz. Se olvida de que una parte indispensable de la felicidad es carecer de algunas de las cosas que se desean."

Uno de los males que detectó Russell en la sociedad del tiempo en el que fue escrito el libro, hace ochenta años, es el culto al dinero, que en nuestra época se ha multiplicado. La mayoría de la gente dedica sus mejores esfuerzos (hablo de quienes no trabajan meramente para subsistir) y casi todo su tiempo en ganar cuanto más dinero mejor. Nadie parece darse cuenta de que el tiempo libre, libre de angustias y de obligaciones, es un capital tan valioso como cualquier otra riqueza. El autor, en este tema como en otros muchos, tiende a la moderación: es mucho más feliz quien vive una vida desahogada, con un salario modesto y es capaz de pasar su tiempo de ocio de manera despreocupada que quien está absorbido por la preocupación constante de ganar más dinero (o perder el que ya tiene). La obsesión por el estatus economico es como una droga: produce grandes satisfacciones, que duran muy poco, a costa de una infelicidad duradera.

Hay en La conquista de la felicidad un pequeño párrafo que me ha llamado la atención, puesto que se refiere a la moda (esencialmente femenina) de asistir a clubes de lectura en Estados Unidos, pero no como fuente de placer o de ampliación de conocimientos:

"El hábito mental competitivo invade fácilmente regiones que no le corresponden. Consideremos, por ejemplo, la cuestión de la lectura. Existen dos motivos para leer un libro: una, disfrutar con él; la otra, poder presumir de ello. En Estados Unidos se ha puesto de moda entre las señoras leer (o aparentar leer) ciertos libros cada mes; algunas los leen, otras leen el primer capítulo, otras leen las reseñas de prensa, pero todas tienen esos libros encima de sus mesas (...) En consecuencia, se leen exclusivamente libros modernos mediocres, y nunca obras maestras. Esto también es un efecto de la competencia, puede que no del todo malo, ya que la mayoría de las señoras en cuestión, si se las dejara a su aire, lejos de leer obras maestras, leería libros aún peores que los que seleccionan para ellas sus pastores y maestros literarios."

Nada debe ser más penoso que leer algo porque es lo que toca en este momento, o porque todo el mundo lo hace. Lo mismo sucede con otros muchos aspectos de nuestra vida. Nosotros mismos nos esclavizamos: a la irracionalidad de ciertos preceptos religiosos o de ciertos usos sociales, a costumbres sociales ancestrales que resultan absurdas, pero que acatamos sin cuestionarlas jamás. Creemos vivir más hacia fuera, de cara al mundo, pero en el fondo nuestro gran mal es estar obsesionados con nosostros mismos, con la imagen que ofrecemos al exterior y toda nuestra vida interna se reduce a eso. Solo existe la realidad que gira alredor nuestra y no queremos ir más allá. 

En cierto modo La conquista de la felicidad es también un libro contra el mal del egocentrismo, tratando de que nos quitemos de encima la sensación de ser el centro del universo y relativicemos nuestra posición en el mundo. Esto tiene también mucho que ver con el concepto de pecado que nos han inculcado desde la infancia, como si el universo se conmoviera cada vez que obramos mal (según los preceptos de nuestra religión o moral), cuando la mayoría de las veces estos errores apenas tienen importancia, pero nos angustian de forma desmesurada, como si estuviéramos siendo juzgados en cada instante. Cada uno de nosotros es importante, pero nadie es imprescindible. Una vez interiorizado esto, quizá podamos ver la realidad con ojos mucho más serenos, restando importancia a esos contratiempos triviales que suelen amargarnos la existencia, ya sean evitables o no:

"La felicidad auténticamente satisfactoria va acompañada del pleno ejercicio de nuestras facultades y de la plena comprensión del mundo en que vivimos."

"El secreto de la felicidad es éste: que tus intereses sean lo más amplios posible y que tus reacciones a las cosas y personas que te interesan sean, en la medida de lo posible, amistosas y no hostiles."

Esta tarea de conquista, heroíca en ocasiones, se enfrenta a cinco retos fundamentales: el miedo, la envidia, el sentimiento de pecado, la autocompasión y la autoadmiración. Nuestra felicidad depende de que sepamos dominarlos, de que afrontemos los malos momentos relativizando nuestra fortuna y administremos la buena suerte con mesura. Bien es cierto que ciertos aspectos - muy pocos en realidad - La conquista de la felicidad es un libro hijo de su época (su elogio del tabaco, la excesiva diferenciación entre hombres y mujeres, sus esperanzas en el comunismo soviético...), pero sigue estando plenamente vigente para nuestra forma de vida. Apliquémonos los sabios consejos del señor Russell y gozaremos un poco más de la existencia.