sábado, 27 de junio de 2020

MOMENTOS ESTELARES DE LA HUMANIDAD (1927), DE STEFAN ZWEIG. CATORCE MINIATURAS HISTÓRICAS.

La historia es aquello que transcurre mientras la gente común intenta sacar adelante sus vidas de la mejor manera posible. La mayoría de los días son monótonos, rutinarios, pero de vez en cuando se producen acontecimientos, más o menos esperados, que producen cambios importantes. A veces dichos acontecimientos derivan en auténticos cataclismos históricos que hacen que todo cambie, que países y sociedades se tornen irreconocibles. Zweig, fascinado por esos momentos decisivos, recoge en este famoso libro, ayudado por una escritura vigorosa y muy literaria, algunos de estos episodios:

"Lo que por lo general transcurre apaciblemente de modo sucesivo o sincrónico, se comprime en ese único instante que todo lo determina y todo lo decide. Un único «sí», un único «no», un «demasiado pronto» o un «demasiado tarde» hacen que ese momento sea irrevocable para cientos de generaciones, determinando la vida de un solo individuo, la de un pueblo entero e incluso el destino de toda la humanidad.

Tales momentos dramáticamente concentrados, tales momentos preñados de fatalidad, en los que una decisión destinada a persistir a lo largo de los tiempos se comprime en una única fecha, en una única hora y a menudo en un solo minuto, son raros tanto en la vida del individuo como en el curso de la Historia. Aquí he tratado de evocar, a partir de las más variadas épocas y regiones, algunos de esos momentos estelares."

Así, asistimos a los últimos días de Cicerón, un político y pensador que se enfrentó a circunstancias extraordinarias después del asesinato de Julio César e intentó mantener su decencia ética en un escenario muy peligroso. Leemos una descripción muy emocionante de la caída de Bizancio en 1453, el último vestigio del Imperio Romano, que intentó resistir inútilmente a un ejército muy superior comandado por el decidido sultán otomano Mehmed II, que no dudó en prometer a sus hombres el libre saqueo de bienes y personas de la ciudad conquistada, para motivar su vigor combativo. Al final, como sucede en tantas ocasiones, fue la mera casualidad provocada por un error fatal y absurdo la que decantó el resultado final en favor de los otomanos. 

También se ocupa Zweig de la vida de exploradores que consiguieron hazañas imposibles, como la de Núñez de Balboa llegando al Océano Pacífico junto a un puñado de hombres exhaustos, o el inglés Scott llegando al Polo Sur en segundo lugar, para sucumbir en el regreso, un relato en el que el fracaso se transforma en algo glorioso, en un ejemplo formidable de lo mejor del espíritu humano. Además, desfilan por sus páginas genios como Dostoievski, en una evocación poética del famoso episodio de la simulación de su fusilamiento o la muerte real del otro gran escritor ruso, Tolstói, y su extraña decisión de huir de su hogar en sus últimas horas de existencia. En Momentos estelares de la humanidad, también hay espacio para batallas como la de Waterloo, cuya balanza de la victoria se decidió por unos acontecimientos nimios o el improbable viaje en tren de Lenin a través de Alemania, en plena Primera Guerra Mundial, que le llevaría a su liderazgo decisivo de la Revolución Rusa. A destacar el capítulo dedicado a La Marsellesa. Cómo una canción compuesta en una sola noche, que estaba destinada al olvido, se convirtió en un fenómeno viral y ayudó a establecer una moral ganadora en los ejércitos de la Revolución en Francia. 

martes, 16 de junio de 2020

EL CISNE NEGRO (2007), DE NASSIM NICHOLAS TALEB. EL IMPACTO DE LO ALTAMENTE IMPROBABLE.

Vivimos en el caos. A veces creemos tener todo bajo control, pero los pequeños eventos inesperados que perturban nuestra existencia (también los hay positivos) hacen que la mejor de las planificaciones se haga añicos a través de eventos que jamás hubiéramos imaginado. Estamos instalados en un pequeño y confortable paraíso y de pronto un despido, una ruptura o una enfermedad nos ponen entre la espada y la pared, mientras nos preguntamos dónde fue nuestra felicidad. No estamos preparados para eso, porque un optimismo mal entendido nos lleva a confundir los términos inesperado e imposible. Muchos dicen que la llegada del coronavirus es un cisne negro, pero para la teoría de Taleb no lo es, porque lo que está sucediendo ante nuestros incrédulos ojos, acostumbrados a un orden de las cosas que creíamos eternamente sólido, es un evento relativamente esperable, aunque todo el mundo creyera que iba a suceder dentro de mucho tiempo. El hombre siempre ha convivido con pandemias y para nosotros no tenía por qué ser distinto. Bastante suerte hemos tenido con el hecho que durante un siglo Europa se ha librado de las mismas, al menos en sus formas más graves.

Taleb es un hombre acostumbrado a lidiar con lo inesperado. De joven asistió como, de la noche a la mañana, un país próspero y occidentalizado como Beirut se sumía en una terrible guerra civil que muchos vivieron en principio como un malentendido que se acabaría en pocos meses. Después profundizó en sus teorías estudiando los mercados financieros, expuestos siempre a las crisis más inesperadas y a las recuperaciones más insólitas. También se ha acercado a los estudios históricos, solo para concluir que "el análisis aplicado y minucioso del pasado no nos dice gran cosa sobre el espíritu de la historia; solo nos crea la ilusión de que la comprendemos". Taleb no es alguien que le tenga mucha devoción al método académico ni al platonismo. Prefiere la curiosidad intelectual que otorga la afición a la lectura, muchas de ellas escogidas al azar:

" Permítame el lector que insista en que para mí la erudición es muy importante. Es signo de una genuina curiosidad intelectual. Es compañera de la actitud abierta y del deseo de valorar las ideas de los demás. Ante todo, el erudito sabe sentirse insatisfecho de sus propios conocimientos, una insatisfacción que a la postre constituye un magnífico escudo contra la platonicidad, las simplificaciones del gestor de cinco minutos, o contra el filisteísmo del estudioso exageradamente especializado. No hay duda de que estudio que no va acompañado de erudición puede llevar al desastre."

Para Taleb, los hombres habitamos un territorio que podría llamarse Extremistán, aunque muchas veces queramos ignorar este hecho. Pocos están preparados para afrontar esos sucesos inesperados que a casi todos sorprenden en un rictus de incredulidad. Eso no quiere decir que no debamos correr riesgos, pero es mejor hacerlo de una manera informada, conociendo las auténticas probabilidades de que nuestros planes salgan mal y contando con algún sano plan de contingencia alternativo. A esto se llega estudiando los límites de nuestra racionalidad, que pueden ser bastante más alarmantes de que lo comúnmente se piensa. El asumir riesgos puede llevarnos al éxito, pero también puede acabar con nosotros. La clave está en ir un poco más allá de los esquemas conocidos y no confirmemos nuestras expectativas con demasiada ligereza, aunque en demasiadas ocasiones sea más fácil la teoría que la práctica. Por ejemplo, es complicado recordar, a quien quiere casarse con toda la ilusión del mundo, la tasa de fracasos matrimoniales de la mayoría de países de occidente.

El autor expone que nos fiamos demasiado de los conocimientos acumulados por científicos y sabios a través de la historia, pero tenemos tendencia a olvidar que es mucho más lo que desconocemos que lo que sabemos. Las personas que poseen grandes bibliotecas saben bien que jamás podrán leer todos los libros que atesoran, pero siempre tienen la esperanza de dar con la lectura justa en el momento adecuado, aunque lo más normal sea que el volumen adecuado se nos escape y que solo podamos realizar una lectura retrospectiva del mismo, cuando ya no podemos evitar el mal, pero si aprender a evitar futuras situaciones similares:

"Se trata de la idea de los resultados asimétricos, que es la idea central de este libro: nunca llegaremos a conocer lo desconocido ya que, por definición, es desconocido. Sin embargo, siempre podemos imaginar como podría afectarme, y sobre este hecho debería basar mis decisiones."

domingo, 7 de junio de 2020

DIOS, UNA HISTORIA HUMANA (2017), DE REZA ASLAN. A SU IMAGEN Y SEMEJANZA.

El hombre, como creador de las religiones, es también el creador de los diversos dioses que han jalonado la historia humana, dioses de características y talantes muy diferentes, creados en las más diversas épocas y sociedades:

"De hecho, la historia de la espiritualidad humana en su conjunto puede verse como un esfuerzo constante, interconectado, en permanente evolución y con una notable capacidad cohesionadora para dar sentido a la divinidad otorgándole nuestras emociones y personalidades, atribuyéndole nuestros rasgos y nuestros deseos, proporcionándole nuestras fortalezas y nuestras debilidades, incluso nuestro propio cuerpo; en resumen, haciendo que Dios seamos nosotros. Lo que quiero decir es que muy a menudo, aunque no nos demos cuenta, y con independencia de si somos creyentes o no, lo que la gran mayoría imagina cuando piensa en Dios es una versión divina de nosotros mismos: un ser humano con poderes sobrehumanos."

Desde luego ha existido una evolución desde el animismo primitivo, el sistema de creencias que atribuye poderes sobrenaturales a diversos elementos de la naturaleza (un árbol, por ejemplo), hasta las complejas organizaciones religiosas que han sobrevivido muchos siglos, adaptándose para llegar a nuestra época. Quizá el origen de los sentimientos religiosos está en la necesidad humana de dar sentido a la existencia en un mundo hostil, de aferrarse a algunas explicaciones que otorguen luz a lo que se desconoce. Durkheim anotó también que la religión fue un elemento esencial para la cohesión de las primeras sociedades, aunque los antropólogos han acabado descubriendo que el parentesco es un elemento mucho más fuerte en este sentido. Desde el punto de vista competitivo y adaptativo de la teoría de la evolución, la religión tiene tanto ventajas - unir a los hombres bajo unas creencias comunes -, como inconvenientes, ya que los rituales y la organización religiosa conllevan una inversión en recursos que deben ser sustraídos de otras necesidades más perentorias, con el consiguiente desgaste físico y emocional.

La respuesta quizá esté en nuestros impulsos neurológicos. Como los primeros seres humanos solo tenían su propia existencia como referente, es lógico que buscaran explicaciones a todo a su medida: un árbol o un animal con rasgos que se parecían a una cara debían tener algo similar a nosotros mismos, una especie de alma. Es algo parecido a un niño que atribuye vida a sus juguetes favoritos, porque necesita humanizar la experiencia del juego. Si toda la comunidad aceptaba que algún objeto era sagrado (una montaña, un árbol, ciertos animales), el origen de las religiones está servido. A partir de ahí, cuando es posible que la tecnología humana actúe para construir templos en lugares sagrados, surgen estructuras tan complejas como Göbekli Tepe, un santuario al que debían acudir tribus de muchos kilómetros a la redonda.

A pesar del temprano intento de Akenatón, durante siglos y siglos la práctica religiosa implicaba la creencia en muchos dioses. Ganar una batalla importante, por ejemplo, significaba que el dios o dioses propios eran más poderosos que los de los vecinos, aunque si se perdía, siempre podía justificarse con la excusa de que dios estaba enfadado o poniendo a prueba a su pueblo elegido. La revolución cristiana - religión que sufrió muy importantes modificaciones doctrinales mucho después de los tiempos de Cristo - viene sobre todo por el hecho de que no se reconoce otro dios que el propio. Además, su hijo, que es a la vez dios, estuvo con nosotros en la Tierra para salvarnos. En cualquier caso, el politeísmo de griegos y romanos siguió presente en la doctrina de la Trinidad y en la veneración de cientos de santos y mártires que se especializaban en las peticiones de un determinado gremio o un asunto concreto. 

Si bien Dios, una historia humana, no es ensayo original, puesto que lo narra es bien conocido, su lectura concita interés porque Aslan sabe de lo que habla y lo expone muy bien. Además, el autor es un creyente que ha pasado por varias religiones y por eso entiende bien la tendencia del hombre a humanizar lo divino:

"La gente sencillamente no sabe comunicarse con un Dios que no posea características, atributos o necesidades humanas. ¿Cómo puede uno establecer una relación significativa con un Dios semejante? Al fin y al cabo, la evolución nos lleva a conceptualizarlo en términos humanos. Es una función de nuestro cerebro, y por eso quienes han logrado abandonar este impulso humanizador lo han hecho de manera deliberada y con gran esfuerzo."

jueves, 28 de mayo de 2020

HAMLET (1603), DE WILLIAM SHAKESPEARE, DE LAURENCE OLIVIER (1948) Y DE KENNETH BRANAGH (1996). EL RESTO ES SILENCIO.

Hamlet comienza con un elemento sobrenatural: el padre del protagonista, el rey asesinado por su propio hermano, es un alma en pena que reclama venganza y así consigue transmitírselo a su hijo. Hamlet, que seguramente ya se encontraba atormentado por la sospecha, confirma de esta manera el crimen. Su siguiente paso lógico es el asesinato del traidor, pero antes quiere desenmascararlo. Y aquí es donde comienzan sus dilemas acerca de cual es el mejor momento y método de actuación. Hamlet está solo y además no se siente libre: es prisionero de un mandato sagrado y familiar, pero duda acerca de como llevarlo a cabo. Su único alivio, paradójicamente, está en el espectador, a quien se dirige con soliloquios dominados por emociones contradictorias: está encerrado en su propio yo y su única salida temporal es el juego con el lenguaje. De ahí surgen sus inmortales palabras:

"Ser o no ser... He ahí el dilema
¿Qué es mejor para el alma,
sufrir insultos de Fortuna, golpes, dardos,
o levantarse en armas contra el océano del mal,
y oponerse  a él y que así cesen? Morir, dormir...
Nada más, y decir así que con un sueño
damos fin a las llagas del corazón
y a todos los males herencia de la carne,
y decir: ven consumación, yo te deseo. Morir, dormir,
dormir... ¡Soñar acaso! ¡Qué difícil! Pues en el sueño
de la muerte ¿qué sueños sobrevendrán
cuando despojados de ataduras mortales
recobremos la paz? He ahí la razón
por la que tan longeva llega a ser la desgracia."

Hay que decir que la lógica de Hamlet está impregnada por la moral cristiana de la época. El fallecimiento del rey ha sido especialmente dramático, puesto que ha muerto sin confesarse, teniendo que expiar en el otro mundo los pecados que no ha tenido tiempo de confesar en éste. Además, el protagonista se ve tentado por el suicidio como huida definitiva de sus problemas, pero es frenado de recurrir al "descanso en el filo desnudo del puñal" por la incertidumbre acerca de las consecuencias de dicho acto, al terror a los males desconocidos que conllevarían la disposición de la propia vida, una de las prohibiciones fundamentales de la doctrina cristiana. Confundido por las dudas, tiene incluso la posibilidad de matar limpiamente a su tío, pero éste se encuentra rezando, por lo que presuntamente moriría con el alma limpia, lo que no conseguiría la venganza completa que pretende, a pesar de que lleve el usurpador lleve en sí la marca de Caín. La solución temporal, que le permite ganar tiempo, es fingirse loco, aunque se trate de una locura con método, que le permite ir dejando pistas de sus verdaderas intenciones. Su mejor arma en ese momento son las palabras, a las que intenta impregnar de un profundo sentido moral. En Shakespeare, el lenguaje de los personajes y sus múltiples interpretaciones son extremadamente importantes.

Uno de los momentos más geniales de la obra de Shakespeare es cuando el protagonista decide denunciar públicamente al rey haciendo que los artistas que han llegado al castillo representen una obra que refleje los luctuosos sucesos que le llevaron al trono. Es teatro dentro del teatro, los espectadores de la obra pasan a ser espectadores de otros espectadores, que son los que han sido hasta ahora los protagonistas de la obra y la atención recae en la representación dentro de la representación. Antes de que esto ocurra, Hamlet alecciona a los actores acerca de cual ha de ser el tono de la obra, un verdadero tratado teatral:

"(...) Ajustad en todo la acción a la palabra, la palabra a la acción, procurando además no superar en modestia a la propia naturaleza, pues cualquier exageración es contraria al arte de actuar, cuyo fin - antes y ahora - ha sido y es - por decirlo así - poner un espejo ante el mundo; mostrarle a la virtud su propia cara, al vicio su imagen propia y a cada época y generación su cuerpo y molde."

En la última parte de la obra domina la muerte, la gran igualadora, desde el absurdo asesinato de Polonio, que no parece hacer mella en el ánimo de Hamlet, a pesar del enorme error cometido, hasta la apoteosis final. La muerte aquí es la gran igualadora, que convierte en polvo a reyes y villanos, ya que "puede un hombre pescar con el gusano que comió de un rey, y comerse el pez que se nutrió del gusano". Entre lenguaje y violencia, el héroe trata de llegar a lo considera la justicia, cegado de cualquier otra consideración, centrado solo en su objetivo, aunque tenga que caer el reino en su afán. El orden que debía ser restituido se transforma en un caos de muertes. La verdadera tragedia de Hamlet es no haber sabido elegir la mejor manera de obedecer las imperiosas órdenes del espectro de su padre.

Respecto a las múltiples adaptaciones cinematográficas de la obra, hay dos especialmente interesantes. La de Laurence Olivier es la versión canónica, la que viene primero a la cabeza cuando pensamos en la gravedad de una pieza literaria como Hamlet. El clima general de la película es sombrío y la arquitectura del castillo donde se desarrolla, convenientemente opresiva. Mucho más luminosa y espectacular es la versión de Kenneth Branagh, que traslada la acción a una Dinamarca decimonónica, rodada en el palacio de Blenheim. De cuatro horas de duración, la producción sigue estrictamente el texto de Shakespeare, aunque se toma libertades que no serían posibles en un escenario, haciendo que los personajes hablen mientras recorren los pasillos de palacio y puedan moverse de unas estancias a otras, e incluso mostrar escenas del pasado, como las relaciones sexuales entre Hamlet y Ofelia. A pesar de su duración, Branagh consigue una película ciertamente entretenida, dando una nueva vida a una obra tan conocida a través de un elenco impresionante, que incluye nombres como Derek Jacobi, Julie Christie, Gerard Depardieu, Charlton Heston, Kate Winslet o Robin Williams, consiguiendo una versión a la vez original y fiel al espíritu de Shakespeare. 

lunes, 25 de mayo de 2020

RASHOMON Y OTROS CUENTOS (1915-1922), DE RYUNOSUKE AKUTAGAWA, RASHOMON (1950), DE AKIRA KUROSAWA Y LA COMMARE SECA (1962), DE BERNARDO BERTOLUCCI. VERSIONES DE UN CRIMEN.

Que el premio Akutagawa sea el más prestigioso galardón literario de Japón dice mucho de la importancia de este autor para establecer las bases de la moderna literatura nipona, en la que introdujo un toque neorrealista que la acercaba al estilo de las literaturas occidentales. Sin duda el más famoso relato de Akutagawa es Rashomon, al que dio fama universal la película de Kurosawa, aunque ésta se basa más bien en otro de los cuentos incluidos en esta antología, En el bosque, en el que se relata el famoso crimen desde el punto de vista divergente de varios testigos. No todos ellos tienen por qué estar mintiendo: las apreciaciones subjetivas de un determinado hecho pueden ser totalmente contrarias, aunque hay algunos elementos en algunos relatos que hacen sospechar de algunos de los testimonios. De todo esto surgió un término psicológico: el efecto Rashomon.

La versión de Kurosawa es una de las cumbres del cine japonés. Desde la primera escena, en la derruida puerta que da nombre al filme, el director crea una atmósfera malsana y casi sobrenatural, rodeada de una lluvia persistente. El crimen no tiene interés por ser tal crimen (desde el principio uno de los personajes dice que un crimen no supone ninguna novedad en el Kioto de la época), sino por las circunstancias del mismo y por las diversas versiones existentes, que quizá logren reconstruir la verdad, pero que probablemente no lo consigan, quizá porque el concepto de verdad absoluta no existe desde el punto de vista de unos hombres que contemplan los hechos con su propia visión distorsionada. Destaca, como es habitual, la interpretación de un enérgico Toshiro Mifune, que llena la pantalla en cada una de sus apariciones.

En 1962, y a través de un proyecto de su maestro Pasolini, un jovencísimo Bertolucci rodó su primer largometraje, siendo también la primera de sus grandes películas. Aunque influido por el estilo del autor de Mamma Roma, Bertolucci imprime un sello personal a la sólida dirección de la cinta. Además de contar los diferentes puntos de vista, geolocalizados, como diríamos ahora en unas determinadas horas en las que está a punto de ocurrir un crimen, al director le interesa ofrecer un retrato costumbrista de la existencia cotidiana de gente que vive al borde de la marginalidad: gigolós de poca monta, ladronzuelos o un militar de pocas luces de permiso por la ciudad eterna. Todos viven al filo del delito y todos son potenciales candidatos a autores de un crimen absurdo en aquel parque lleno de vida que se convierte en un lugar muy siniestro cuando llega la noche.

Entre los relatos de la antología de Akutagawa hay uno que constituye una auténtica obra maestra del género de terror: se trata de El biombo del infierno, la historia de un artista que quiere que el último encargo que ha recibido (pintar un biombo que refleje las penas de los distintos infiernos), en una obra de arte que refleje lo sobrenatural de manera hiperrealista, aunque dichos términos parezcan contradictorios. Para ello no dudará en torturar a sus discípulos para dibujar sus expresiones de sufrimiento ni en sacrificar lo más preciado. Un relato verdaderamente asfixiante y que deja al lector con una persistente sensación de desasosiego ante su terrible conclusión.

miércoles, 20 de mayo de 2020

LA CONDICIÓN HUMANA (1958), DE HANNAH ARENDT. VITA ACTIVA.

Los hombres nacen libres, pero unos nacen más libres que otros. Todo depende del orden político y de la época en la que a uno le ha tocado vivir. La condición humana tiene mucho que ver con el cuerpo político bajo el cual se desarrolla el cuerpo humano. Bajo las condiciones de un totalitarismo extremo, la libertad se ahoga y el individuo pasa a formar parte de una masa homogénea, cuyas funciones estarán dirigidas desde el Estado. En una sociedad más liberal, la capacidad de elegir será más amplia, sobre todo en cuanto a lo que Arendt considera las tres actividades más importantes que se ha dado el hombre para hacer tolerable y mejorar su existencia en la Tierra: labor, trabajo y acción.

La labor se referiría a las actividades más básicas para la supervivencia del ser humano, cuya producción ha de consumirse de inmediato (el ejemplo más obvio es la agricultura). En el trabajo, mucho más sofisticado, el hombre utiliza los materiales de su entorno para transformarlos en bienes duraderos. Aquí se va construyendo un mundo artificial a la medida de las necesidades e incluso del confort de los seres humanos, cada vez más sofisticado. La acción se relaciona con la actividad política, con aquella fuerza transformadora que se organiza desde el trabajo intelectual, algo que debe realizarse públicamente para que el mensaje llegue a todos los semejantes. En circunstancias ideales, el poder en este espacio público debería ser dividido entre iguales, aunque lógicamente sabemos que no siempre es así. El totalitarismo ahoga esta iniciativa e impide el pensamiento innovador: toda la actividad humana debe estar subordinada a la que es presentada como única ideología posible.

La esfera pública es la única que puede garantizar el desarrollo de la libertad, teniendo siempre en cuenta el hecho de que el individuo necesita también esferas de estricta privacidad para poder desarrollarse plenamente como tal:

"Un hombre que sólo viviera su vida privada, a quien, al igual que al esclavo, no se le permitiera entrar en la esfera pública, o que, a semejanza del bárbaro, no hubiera elegido establecer tal esfera, no era plenamente humano. Hemos dejado de pensar primordialmente en privación cuando usamos la palabra «privado», y esto se debe parcialmente al enorme enriquecimiento de la esfera privada a través del individualismo moderno. Sin embargo, parece incluso más importante señalar que el sentido moderno de lo privado está al menos tan agudamente opuesto a la esfera social —desconocida por los antiguos, que consideraban su contenido como materia privada— como a la política, propiamente hablando."

Evidentemente, la labor y el trabajo no siempre han gozado de la consideración positiva que tienen hoy en día. El trabajador es reconocido como parte esencial en el funcionamiento de la sociedad, se le paga un salario regular, se le dan vacaciones y en casi todos los países las bajas y el desempleo son protegidas por el Estado como dos males que es obligado ayudar a remediar a quienes los padecen. En la Antigüedad, buena parte de los trabajos más duros eran desempeñados por esclavos a quienes raramente se reconocía su esfuerzo, para que las élites sociales pudieran dedicarse a la acción política o meramente al ocio. El trabajo duro era algo propio de seres inferiores cuya desgracia era la condición humana menos deseable, pues eran equiparados a animales domésticos. 

El triunfo del cristianismo en occidente puso en el centro del debate ideológico y teológico la sacralidad de la vida humana, un concepto que ha sobrevivido en nuestros días, reforzándose con la doctrina de los Derechos Humanos. Por contra, la religión impregnó su moral, en muchos aspectos intolerante, a la acción política. El concepto de libertad suprema humana pasó a la esfera de la vida contemplativa, puesto que el paso del hombre por el mundo no era más que una etapa hacia su verdadero objetivo: la vida eterna. Bien es cierto que las democracias occidentales han recogido toda esta tradición filosófica y política y han intentado adaptarla, con todas sus imperfecciones, a Estados cuyas constituciones se basan en el desarrollo de derechos y libertades de los individuos sujetos a leyes creadas por partidos políticos elegidos en elecciones libres. Pero, como bien nos enseñó el siglo XX (y esta una de las obsesiones de la autora de Eichmann en Jerusalén), la historia humana no siempre avanza en línea recta hacia el progreso, el retorno a la barbarie siempre es una posibilidad cierta y cualquier excusa que se haga presente en el incierto devenir histórico, puede servir para justificar cualquier retroceso.

viernes, 15 de mayo de 2020

LA CUARTA MANO (2001), DE JOHN IRVING. EL HOMBRE DEL LEÓN.

Patrick Wallingford es un periodista y presentador televisivo de éxito. Trabaja para una de esas cadenas estadounidenses que basan su programación en presentar historias humanas cuyo componente principal sea la tragedia, noticias que contengan el suficiente morbo como para movilizar una amplia audiencia durante sus veinticuatro horas de emisión. Lo que no podía imaginar Patrick es que él mismo iba a protagonizar la noticia más espectacular jamás emitida por la cadena: su propio accidente, un evento horrible que se produce cuando imprudentemente, durante la grabación de un reportaje en un circo indio, acerca su mano izquierda a la jaula de unos leones hambrientos. La grabación del incidente es repetida por la cadena hasta la saciedad y la popularidad de Patrick, después de una lenta recuperación, aumenta enormemente, hasta el punto de que en todo el país se le conoce como el hombre del león.

Olvidaba otra de las características principales de Patrick: se trata de un hombre muy atractivo, hasta el punto de que atrae a prácticamente todas las mujeres con las que se relaciona profesionalmente. Este punto hace de él una especie de don Juan caricaturesco: la redacción donde trabaja es como una especie de harem donde Patrick puede elegir la fémina que más le guste para esa noche, mientras las demás se quedan comentando la jugada. Pero he aquí que el destino tiene reservada una sorpresa al protagonista: el doctor Zajac, un médico tan prestigioso como excéntrico se ofrece para encontrar un donante para que Wallingford pueda volver a tener una mano izquierda. Lo encontrará en Otto, un joven que muere en un estúpido accidente y cuya viuda utilizará literalmente en su primer encuentro a Patrick (en el despacho de Zajac) para tener el hijo que nunca pudo con su difunto esposo. El protagonista empezará a tener una atracción inmediata por esa mujer, basada en los instintos de su nueva mano. Y he aquí al eterno ligón obsesionado por un tipo de mujer a la que no está acostumbrado, alguien cuya mayor ilusión es ser una madre sin más ambición que una vida tranquila, familiar y provinciana:

"Patrick Wallingford nunca había querido a una mujer de una manera tan abnegada. Le bastaba que la señora Clausen amara a su mano izquierda. A ella le encantaba ponérsela sobre el abdomen hinchado y dejar que la mano notara el movimiento del feto."

A pesar de no haber leído otras obras de este famoso escritor, intuyo que La cuarta mano no debe ser de sus mejores novelas. Aunque está magníficamente bien escrita, se trata de una historia afectada por una notable falta de credibilidad, que no se compensa con el leve elemento sobrenatural que produce la mano trasplantada: la facilidad de Patrick para utilizar a las mujeres para su placer y la facilidad con la que él se deja utilizar por ellas cuando quieren tener descendencia, la extensa presentación de un personaje como Zajac, que después desaparece prácticamente del resto del relato... Es una novela que hay que leer voluntariosamente, esperando que los acontecimientos deriven en algo sugestivo, pero Patrick es un personaje demasiado pasivo, con una personalidad demasiado vaga como para que su destino suscite excesivo interés. Además su pretendido tono tragicómico no acaba de funcionar. Quizá la idea de Irving, que no es mala, se hubiera adaptado mejor a una narración bastante más breve.