viernes, 24 de junio de 2016

LA METAMORFOSIS (1915), DE FRANZ KAFKA. LA TRANSFORMACIÓN DE GREGOR SAMSA.

Para Kafka la peor de las pesadillas que uno pueda imaginarse podía trasladarse al mundo real. Este es el secreto de que La metamorfosis sea una de las mejores novelas de horror - sin que quepa clasificarla estrictamente en este género - jamás escritas. En una carta a Felice Bauer, su prometida de aquel tiempo, le hablaba del proceso de creación del relato:

"Mi amor, ¡pero qué extramadamente repulsiva es la historia que acabo de apartar a un lado para recuperarme pensando en ti! Ha avanzado ya hasta un poco más de la mitad y, en conjunto, no estoy descontento con ella, pero en cuanto a nauseabunda, lo es de un modo ilimitado, y cosas como esta, te das cuenta, provienen del mismo corazón en el tú habitas y toleras como morada."

El despertar de Gregor Samsa, convertido en un enorme y repugnante insecto, es uno de los momentos icónicos de la literatura universal. Kafka no se plantea por qué ha sucedido tal cosa, tampoco lo hace la familia del protagonista. Lo que sucede en realidad es una especie de resignación, una penosa adaptación a la nueva situación por parte de Gregor y su familia, como si la transformación fuera un castigo bíblico, una desgracia que hay que aceptar, aunque sea a regañadientes. El autor de El castillo no obvia ningún detalle desagradable en la descripción del bicho monstruoso que la noche antes era un ser humano. Además del desconcierto inicial, el miedo es el sentimiento imperante en un Gregor que conserva todavía su humanidad, el cariño por su familia, pero se ve asediado por nuevos instintos propios de su recién estrenada condición. Además, su familia, que dependía económicamente de él, intenta obviar su existencia, delegándose en su hermana menor la responsabilidad de llevarle alimento. Poco a poco la situación se va deteriorando. El insecto ya no tiene lugar en el mundo, la existencia es una experiencia absurda, un infierno cotidiano que afecta a Gregor y a los que le rodean. Al final, ni siquiera la diligente hermana soporta enfrentarse a un ser cada día más enfermo y repulsivo.

La metamorfosis puede ser leída como la gran parábola del individuo diferente enfrentado a la imposibilidad de convivir en el seno de una sociedad a cuyos usos no es capaz de adaptarse. Ya antes de la transformación, la existencia de Gregor Samsa estaba presidida por la angustia propia de la profesión de viajante de comercio, la de un joven sometido a las exigencias cotidianas de un trabajo incómodo. También es una especie de alegoría en un momento - el comienzo de la Primera Guerra Mundial - en el que los ciudanos libres eran obligados a ingresar en el Ejército para protagonizar matanzas inauditas hasta la fecha, como si de pronto se hubieran transformado en insectos, cuyas vidas son perfectamente prescindibles. Y hablando de Franz Kafka, es imposible dejar de pensar en las matanzas de judíos que se iniciarían un par de décadas después: otros seres humanos que se vieron, casi de un día para otro, convertidos en seres repulsivos por obra y gracia de unas leyes criminales. Aunque su muerte prematura le evitó la experiencia, ¿qué hubiera podido decir el jurista Kafka si hubiera sobrevivido de alguna manera a la Segunda Guerra Mundial?

domingo, 19 de junio de 2016

LA TARDE DE UN ESCRITOR (1987), DE PETER HANDKE. LAS ENSOÑACIONES DEL PASEANTE SOLITARIO.

Es indudable que un buen paseo, cuando dicha actividad se practica por el mero placer de caminar, tiene un efecto terapeútico. La realidad se muestra ante nuestros ojos repleta de detalles que jamás advertimos cuando nos dirigimos apresuradamente a nuestras ocupaciones.  Y entonces se activa nuestra atrofiada capacidad de asombro. Una flor, el vuelo de un insecto o las complejas construcciones humanas de pronto son enigmas incomprensibles, dignos de una reflexión profunda. El paseo se transforma, inopinadamente, en una actividad filosófica. El mundo al atardeceder se ha convertido en un lugar extraño, fascinante y un poco aterrador. 

Para un escritor, cuya labor fundamental es explicar ese mundo, puede ser terrorífico sentir que la realidad no puede ser explicada con palabras, especialmente en el caso del protagonista, que perdió el uso de las mismas durante algunos meses. Lo que es cierto - y esto también se reflexiona durante este delicioso deambular sin rumbo - es que el hecho de que se haya convertido en un ser solitario puede ser una consecuencia inevitable de su constate colonización de otras realidades, pero también constituye un fracaso existencial sin paliativos:

"Y estando así las cosas, ¿quién podía remitirse al hecho de ser artista y llevar dentro un universo interior? A ese tropel de preguntas hizo frente con la siguiente respuesta: Ya en el hecho de aislarme y hacer mi vida aparte para poder escribir —¿cuántos años hacía ya de ello?—, reconocí mi derrota como persona adscrita a una sociedad; yo mismo me excluí de los demás para el resto de mis días. Y aunque siga aquí sentado hasta el final entre la gente, y me saluden, me abracen y me hagan partícipe de sus secretos, yo nunca seré uno de ellos."

Las contradicciones de este escritor: estar condenado a ser un cronista veraz de la vida social sin formar realmente parte de ella. ¿Es esta una condición necesaria para ser objetivo o más bien un lastre a la hora de crear historias fidedignas? Cuestiones difíciles para alguien que ha triunfado en su profesión, pero que en el fondo arrastra un pozo de inseguridades que se agita en su interior a la vez que camina. Quizá la condición del intelectual sea fascinante, pero también es indudablemente tormentosa. Todas las preguntas acuden al mismo tiempo, preguntas que necesitarían una eternidad dedicada a la reflexión para ser respondidas. Incluso el fruto de su trabajo le suscita dudas:

"Pero ¿qué quería decir «obra»? Una obra era algo en que el material casi no era nada y el ensamblaje casi todo; algo que, estando parado y sin una inercia especial, estaba en movimiento, cuyos elementos se mantenían mutuamente en el aire, algo abierto, abordable a cualquiera y no desgastable con el uso."

Para el escritor creado por el escritor Handke la gran pregunta es si al estar viviendo la tarde asimilando tantos hechos nimios que se desarrollan delante de sus ojos (o imaginándolos), está experimentando el presente o en realidad se está apartando del mismo. ¿Qué es el presente? ¿cómo debe interpretarse lo que sucede en este mismo instante, con un análisis profundo y que puede llegar a ser casi infinito o asimilándolo sin más? Lo mejor que puede hacerse en estos casos es volver a la cotidianidad más prosaica, es decir, seguir viviendo, después de un día en el que no ha sucedido nada especial, pero se ha experimentado todo:

"A pesar de que no había sucedido nada extraordinario, él se sentía como si ese día ya hubiera vivido lo suficiente y tuviera asegurado el mañana. Hoy no le era menester ningún accesorio: ni una mirada ni una conversación y menos aún una novedad. Sólo descansar, cerrar los ojos y no escuchar; no hacer otra cosa que respirar."

jueves, 16 de junio de 2016

VIAJES CON HERÓDOTO (2004), DE RYSZARD KAPUSCINSKI. CRUZAR LA FRONTERA.

El joven Ryszard Kapuscinski estaba obsesionado con una idea: cruzar la frontera. Habiendo nacido en Polonia, vivido la Segunda Guerra Mundial en su niñez y la imposición de un Estado comunista en su juventud, el futuro escritor anhelaba poder conocer mundo, aunque fuera visitando algún país vecino. La oportunidad le llegó cuando la agencia de noticias estatal para la que trabajaba le envió a la India. Para el joven periodista, que no conocía ni el idioma ni las costumbres de aquella nación, la experiencia de entender lo que sucedía en una sociedad tan compleja, que acababa de alcanzar la independencia, fue tan difícil como fascinante. A partir de ahí, el ansia de viajar jamás le abandonaría y los sentimientos que le impulsaban a cruzar nuevas fronteras, a descubrir nuevos paisajes y conocer nuevas gentes jamás le abandonarían:

"También me llamó la atención el silencio que reinaba en las zonas fronterizas. Aquel misterio unido al silencio me atraía y me intrigaba. Me sentía tentado a asomarme al otro lado, a ver qué había allí. Me preguntaba qué sensación se experimentaba al cruzar la frontera. ¿Qué sentía uno? ¿En qué pensaba? Debía de tratarse de un momento de gran emoción, de turbación, de tensión. ¿Cómo era ese otro lado? Seguro que diferente. Pero ¿qué significaba «diferente»? ¿Qué aspecto tenía? ¿A qué se parecía? ¿Y si no se parecía a nada de lo que yo conocía y, por lo tanto, era algo incomprensible e inimaginable?"

Pero casi tan importante como sus experiencias viajeras y sus aventuras resultó ser su encuentro con Heródoto. Para Kapuscinski el padre de la Historia, que vivió en una época tan remota como el siglo V Antes de Cristo, se configura a través de sus palabras como un alma gemela, como un guía que le dice al periodista cómo debe actuar, como indagar en busca de la verdad, una misión en la que ambos, separados por dos mil quinientos años, se mostraron incansables. La vida de Heródoto es increible. Aunque, como es lógico, existen muchos puntos oscuros en su biografía, la inmensa obra que nos legó es el fruto de un auténtico genio, de un hombre que hizo del mundo entero - el conocido en aquel entonces - su hogar y se consagró a contar su historia. De la pluma de Heródoto, que indaga en sus viajes de todas las fuentes posibles, surgen entonces batallas, amores, crueldades, historias de amistad y de traición. La única condición es que sean verdaderas, que se trate de hechos del pasado que merezca la pena preservar a través de la escritura. Pero es el propio Heródoto el que explica, en el primer párrafo de su libro, la naturaleza de su trabajo:

"Heródoto de Halicarnaso va a presentar aquí frutos de sus investigaciones llevadas a cabo para impedir que el tiempo borre la memoria de la historia de la humanidad, y menos que lleguen a desvanecerse las grandes y maravillosas hazañas, así de los griegos como de los bárbaros. Con este objeto refiere una infinidad de sucesos varios e interesantes, y expone con esmero las causas y motivos de las guerras que se hicieron mutuamente los unos a los otros."

Así pues, durante todos los años en los que trabajó como corresponsal en diversos puntos de África, Asia o América, Kapuscinski emprendió siempre dos viajes al mismo tiempo: el que le ofrecía la misma realidad que podían contemplar sus ojos y el viaje en el que - no menos interesante - se embarcaba cada vez que, en un momento de paz, abría su volumen de Heródoto. El griego es una fuente inagotable de sabiduría, autor de uno de esos libros que pueden acompañarle a uno durante toda su existencia y no acabar jamás de decir todo lo que tiene que decir. Heródoto le estimula y le anima a seguir el camino, un camino que es el verdadero hogar del periodista. El viaje perpetuo es una enfermedad que persigue a Kapuscinski (como lo hizo en su momento con Heródoto), incluso en los periodos prolongados en los que permanecen en un mismo lugar.

Viajes con Heródoto es, quizá, el libro más personal de Kapuscinski, en el que habla más de sí mismo. Con ese estilo tan ameno al que nos tiene acostumbrados, el escritor viaja del siglo XX, en la época de la descolonización, que coincide con sus primeros reportajes, a las épocas más oscuras de la Edad Antigua, que fueron en parte iluminadas por la pluma de Heródoto. Como todos sus otros escritos, éste destila entusiasmo por el ejercicio del que considera mejor oficio del mundo: la búsqueda y el testimonio de la verdad sazonado por una infinita capacidad de asombro:

"A decir verdad, no sabemos lo que incita al hombre a recorrer el mundo. ¿Curiosidad? ¿Anhelo irrefrenable de aventura? ¿Necesidad de ir de asombro en asombro? Tal vez: la persona que deja de asombrarse está vacía por dentro; tiene el corazón quemado."

martes, 14 de junio de 2016

RIMAS (1871), DE GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER. LOS AMORES ETÉREOS.

Uno de mis lugares favoritos de Sevilla es la glorieta dedicada a Gustavo Adolfo Bécquer, en pleno parque de María Luisa. Pocos lugares consiguen, con la sencilla conjunción del grupo escultórico con la naturaleza circundante, hacernos evocar los poemas de romanticismo exaltado que nos regaló este singular escritor decimonónico. Lo que más me interesa son las figuras femeninas que, sentadas, parecen escuchar arrobadas una de las poesías del genio, en las que supo expresar de manera sublime las contradicciones del sentimiento más humano. No habiendo gozado de demasiado éxito literario en vida, después de su muerte las Rimas quedaron como un monumento al Romanticismo del que bebieron posteriormente muchos poetas líricos españoles, como Machado o Cernuda. 

Las Rimas son un festín para los sentidos. Repletas de fragmentos inolvidables y mil veces citados, han servido de inspiración (y directamente plagiadas) por miles de cortejadores, que advierten en las palabras de Bécquer la traducción exacta al lenguaje de esa conmoción amorosa que todo el mundo, de un modo u otro, acabará experimentando a lo largo de su existencia.

Resulta magistral la definición de poesía por parte del escritor sevillano, aprovechando para identificarla con la belleza absoluta:

 
¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.

Además, defiende el género literario como algo que trasciende lo meramente humano:

No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira:
podrá no haber poetas; pero siempre
habrá poesía.

El romanticismo de Bécquer se concentra en estos versos, evocadores y altamente sugerentes:

Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueño tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.

Es famosa la preferencia del poeta por los amores imposibles, su búsqueda del sufrimiento, la elección del amor etéreo frente al material:

—Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz
soy incorpórea, soy intangible:
no puedo amarte.
—¡Oh, ven; ven tú!

Y también la alegría absoluta frente a cualquier modesto triunfo en sus eternas campañas amorosas:

Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
hoy llega al fondo de mi alma el sol,
hoy la he visto…, la he visto y me ha mirado…
¡Hoy creo en Dios!

Otro ejemplo de lo anterior:

Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso… yo no sé
qué te diera por un beso.

Pero lo verdaderamente sorprendente es su gusto por la muerte, por la eterna juventud de los cadáveres que dejan quienes mueren a temprana edad, en el culmen de su belleza. Dejo un fragmento del que quizá es mi poema favorito, el LXXIII:

Cerraron sus ojos
que aun tenía abiertos,
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.
 
La luz que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho,
y entre aquella sombra
veíase a intérvalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.
 
Despertaba el día,
y a su albor primero
con sus mil ruidos
despertaba el pueblo.
 
Ante aquel contraste
de vida y misterios,
de luz y tinieblas,
medité un momento:
 
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
 
De la casa, en hombros
lleváronla al templo
y en una capilla
dejaron el féretro.
 
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.
 
Al dar de las ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos,
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron,
y el santo recinto
quedose desierto.
 
De un reloj se oía
compasado el péndulo,
y de algunos cirios
el chisporroteo

Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba
que pensé un momento:
 
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

jueves, 9 de junio de 2016

LA MAGIA DE LOS DÍAS (2016), DE ANTONIO BÁEZ. EL MAESTRO DE LOS GESTOS INÚTILES.

Los perros son los seres más nobles de la creación. Y existe una relación especial entre el escritor Antonio Báez y estos animales, al igual que le sucede a su última criatura literaria, un Adán que, a pesar de su tendencia a evadirse de la realidad o, más bien de crear la suya propia, es un personaje que sabe ganarse al lector desde las primeras páginas. A Adán cabría definirlo como uno de esos seres que pasa por la existencia de manera discreta, sin pretender dejar huella alguna, porque sabe que la vida es un fragmento insignificante que transcurre entre la nada infinita. 

Quizá por todo eso Adán es un personaje perezoso y a la vez inquieto, capaz de ser repulsivo y adorable a la vez. Es un sabio irrreverente que conoce el gran secreto de la vida: su absoluto absurdo y por eso hace con ella lo que le da la gana, sin pasar por el aro de los usos sociales convencionales. Él se queda en su habitación, sale fuera a caminar o se sienta a esperar acontecimientos. Y el milagro es que siempre pasa algo, la vida evoluciona y él sigue su carrera de superviviente, de maestro socrático levemente traumatizado por una mala experiencia infantil. Adán es un chucho manso que a veces se deja acariciar por la vida y en otras ocasiones asume con absoluta naturalidad su papel de perro vagabundo.

Este párrafo, que me gusta mucho, lo define de manera mucho más memorable que mis palabras:

"Algunas veces él mismo, puesto que no era imbécil, pensaba en sus manías, en sus extravagancias de desocupado, en aquellos caprichos que lo aproximaban al comportamiento de los hombres con temperamento artístico (y neurótico), llegando a la conclusión, con una indulgencia inaudita, pero muy en consonancia con cierta faceta de su personalidad,  de que quizás era uno de los últimos ejemplares de bohemio vivo sobre la faz de la tierra, uno de los últimos hombres con curiosidad por los gestos inútiles."

Como en su libro de cuentos anterior, Griego para perros, Antonio Báez sigue practicando una escritura gamberra, un estilo que es compatible con una indudable calidad literaria. Báez continúa teniendo cierto gusto por lo sórdido, por los mundos ocultos que anidan preferentemente en la periferia de nuestras ciudades, aunque a veces también podamos contemplarlos en los centros históricos de las mismas, en un tono que a veces recuerda a las obsesiones del autor de cómic Daniel Clowes. Además es destacable su inusitada habilidad para pasar de un tema a otro, al hilo de la inestabilidad de la que suelen hacer gala sus personajes. La magia de los días se complementa con varios relatos cortos, de tono nostálgico e imbuidos de realismo sucio, entre los que destacaría Cumpleaños, que contiene, entre otras muchas cosas, un homenaje al voyeurismo, esa afición cuya práctica es obligada por cualquier novelista de talento:

"Desde allí observaba una ventana en la que en cierta ocasión había visto la sombra de alguien. Cualquier variación en la altura de la persiana o en el hueco de las cortinas me parecía sugerente y si por casualidad descubría el fugaz paso de un cuerpo al otro lado, el corazón me pegaba un salto en el pecho y sentía como si me fuese a empezar a latir de nuevo."

La magia de los días es un paso adelante en la carrera de Antonio Báez, al que conocí hace pocas semanas de una manera un tanto azarosa y literaria, como se conocerían dos personajes de sus cuentos. Me quedo con esta definición de la existencia, lúcida, filosófica y a la vez terrible:

"Siempre me pareció evidente que la vida era un trasiego de ir y venir entre no ser y volver a la nada. "

domingo, 5 de junio de 2016

CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN JUNIO. LA LECTURA NOS ATRAPA.

El calor se ha instalado ya entre nosotros. Las altas temperaturas son a la vez amigas y enemigas del lector. Por un lado, las largas tardes invitan a pasar buena parte de ellas con un libro entre las manos. Pero también existe la tentación de aprovechar el buen tiempo para salir, pasear y tomar algo. Este conflicto imaginario lo resolvemos decantándonos por la primera de las opciones cuando un libro nos atrapa. Y es que hay volúmenes -igual sucede con películas y series- que no pueden abandonarse hasta que no llegamos a la última página. En ocasiones sucede con el libro más inesperado. Otras veces, sabemos que vamos a quedar cautivos irresversiblemente cuando nos acercamos a ciertos autores, algo que sucede con dos grandes maestros (Kafka y Kapuscinski) que serán protagonistas de un mes en el que inevitablemente algunos clubes de lectura van perdiendo fuelle, pero las ganas de leer permanecen intactas.

Respecto a los clubes de lectura que celebramos en Más Libros Libres, pueden obtener información detallada pinchando en este enlace:


En el club de lectura de la Biblioteca Provincial se acercarán a una novela icónica que, personalmente, siempre he tenido muchas ganas de leer: Alguien voló sobre el nido del cuco, de Ken Kesey, adaptada brillantemente al cine hace algunas décadas por Milos Forman.

En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, todo un clásico americano, redescubierto recientemente en España: Stoner, de John Williams.

En los clubes de lectura del Centro Andaluz de las Letras, por un lado El caso Collini, la primera novela que escribió Ferdinand Von Schirach, un especialista en desentrañar las interioridades de la administración de justicia y por otro El malogrado, del difícil, pero altamente estimulante Thomas Bernhard.

En el club de lectura de la Casa del Libro de Málaga, una sesión dedicada a un magnífico libro de cuentos, acerca del cual hemos hablado ya en esta página: La chica de los ojos manga, de José Antonio Sau.  

En el club de lectura del Ateneo de Málaga, una de las primeras novelas de la recientemente ganadora del Premio Málaga de novela: Herminia Luque con Al sur de la nada.

Y en el club de lectura de la Librería Luces (que ha sido noticia en estos últimos días por estar amenazada de cierre, esperemos que esto no suceda nunca), recurren a una apuesta segura: un clásico del japonés Yukio Mishima: El rumor del oleaje.

Déjense atrapar por buenos libros como los que componen la selección de los clubes de lectura de este mes. Pero dejen tiempo también para pasear, para disfrutar del buen tiempo y de los paisajes todavía primaverales que podemos encontrar en muchos puntos de la provincia. ¡Felices lecturas!

Ilustración de Björn Griesbach.

LA NOCHE DEL CAZADOR (1955), DE CHARLES LAUGHTON. UN MONSTRUO VIENE A VERME.

Los cuentos infantiles clásicos, en su versión original, suelen ser mucho más crueles que las versiones edulcoradas que nos contaban a nosotros de niños. En cualquier caso los temas que se trataban eran aleccionadores: lo único seguro para que nada te pase es obedecer a tus padres y permanecer en casa, jamás te vayas con extraños, no hagas caso a tus impulsos primarios. Pero ¿qué sucede cuando el monstruo, el ogro de los cuentos que devora a los niños, aparece vestido con piel de cordero? ¿Con qué señales podemos identificarlo, cómo protegernos de quien es capaz de engañar fácilmente a los adultos? 

Porque el falso predicador Harry Powell se viste con un traje capaz de aturdir a casi todos, sobre todo en tiempos más ingenuos que los actuales, los años treinta. Quien se proclamaba a sí mismo hombre de Dios y supiera hilvanar un discurso medianamente agresivo adornado con frases de la Biblia, podía contar con el respeto de la comunidad a la que se acercase. Powell (un aterrador Robert Mitchum), lo sabe y utiliza su disfraz para perpetrar los crímenes más salvajes allá por donde pasa. Pero lo peor de todo es que es un perturbado, que cree estar en contacto directo con un creador que le ordena asesinar y robar a través de sus designios inexcrutables. Harry Powell es uno de esos personajes que solo pueden ser retratados a través de una poderosa fotografía en blanco y negro, pues la oscuridad es su elemento. Uno de los momentos más inquietantes, en una cinta repleta de ellos, es la escena de la noche de bodas, en la que se acaba de definir la personalidad del protagonista y cómo es capaz de utilizar a su antojo la autoridad que le otorga la religión.

Con La noche del cazador, su única película como director, Charles Laughton logró crear una obra maestra inclasificable, incomprendida en su época y valorada mucho después como un ejemplo único de lo que puede lograrse a través de una sabia utilización del lenguaje cinematográfico. Todo en esta película está construido para resultar perturbador. La religión no es un instrumento de conciliación y paz para los hombres, sino una herramienta de opresión y engaño, el disfraz perfecto para un monstruo (y hemos conocido a lo largo de la historia a muchos monstruos que se han amparado en la religión para cometer sus crímenes) que quiere devorar a unos niños inocentes. El carácter de Powell es cambiante, según los intereses del momento. Puede mostrarse encantador, seductor incluso, pero su verdadera condición es la propia de un patriarca del antiguo testamento: severo e implacable. Toda la narración de La noche del cazador está salpicada por metáforas memorables, como la de los animales que van viéndose en primer plano cuando los niños huyen por el río o la lucha entre el bien y el mal, simbolizada en los famosos tatuajes que adornan las manos del falso predicador. Pero lo que más inquieta, incluso a un nivel subliminal, son las canciones infantiles que se insertan de manera magistral en momentos clave de la historia. 

La noche del cazador es un perfecto cóctel, donde podemos encontrar elementos que remiten a otras películas, ya realizadas en aquella época o que estaban por realizar, como El fuego y la palabra, de Richard Brooks, El cabo del miedo, de J. Lee Thompson y Martin Scorsese, Furia, de Fritz Lang o Matar a un ruiseñor, de Robert Mulligan. Es una lástima que en us tiempo no fuera valorada como merecía y su director no se animara a emprender nuevos proyectos detrás de las cámaras. Quizá Charles Laughton sea el único caso de realizador cuya filmografía consiste en una sola e irrepetible obra maestra.