martes, 29 de julio de 2014

SUNSET PARK (2010), DE PAUL AUSTER. LOS MEJORES AÑOS DE NUESTRA VIDA.

La crisis económica que comenzó en 2008 y que todavía persiste, ha acabado afectando a todo el mundo de un modo u otro. También a los personajes literarios, como al protagonista de Sunset Park, el joven Miles Heller que trabaja para una empresa de Florida que se dedica a limpiar y a desmantelar las viviendas que han sido embargadas a los inquilinos que no podían seguir pagando sus correspondientes hipotecas. Pero Milles podría haber aspirado a algo más. Hasta hace unos años era un brillante universitario con un prometedor futuro, al que solo le quedaba un curso para licenciarse. Un feo incidente que acabó con la muerte de su hermanastro lo cambió todo: el protagonista huyó una noche y su familia solo sabe de él a través de su amigo Bing. Bing es un muchacho un tanto peculiar. Rechaza la forma de vida de la sociedad tradional y ha organizado la ocupación de un edificio vacío en Sunset Park, un barrio de Nueva York. Cuando conoce a Pilar, una menor de edad y se enamora de ella (el amor es mutuo), poco a poco va rehaciendo su vida, hasta que otro incidente le hace huir de Florida y refugiarse en el edificio de Sunset Park.

He de de confesar que Sunset Park me ha parecido el más flojo de los libros de Paul Auster que he leído hasta ahora. Mientras pasaba sus páginas me iba invadiendo la sensación de que el escritor ha improvisado una buena parte de la narración, ya que muchos de sus capítulos están claramente descompensados. Se nos describe pormenorizadamente algunos aspectos de los personajes que no vienen al caso respecto a la historia que se nos está contando y otros que verdaderamente interesan se tratan de manera superficial. Quizá sea, como apuntaron algunos compañeros, para hacer trabajar la mente del lector, para que él mismo sea quien complete ciertas acciones, ciertos pensamientos e intenciones. Puede ser. Pero lo que es evidente es que el final ha sido escrito con bastante prisa, como si quisiera cerrar la historia de cualquier manera, en forma de un círculo (porque parece que Miles no aprende nada de su experiencia) mal dibujado.

Es posible que una de las mayores dificultades de esta novela para el lector español sea la abundancia de metáforas relacionadas con el beisbol, deporte del que aquí existen escasos aficionados. Es como si un estadounidense leyera acerca de una acción que se compara con un gol por la escuadra o con un fuera de juego. Se sentiría algo confuso. Otro de los elementos que no me acaba de encajar es la presencia constante de Los mejores años de nuestra vida, la gran película de William Wyler, en diferentes momentos de la trama. ¿Es que el protagonista está tan desubicado en el mundo como los soldados que vuelven del frente una vez terminada la Segunda Guerra Mundial? Miles Heller no ha librado ninguna guerra. Más bien ha huido por no querer afrontar la responsabilidad de una acción desafortunada, cuyo resultado le ha creado un trauma que es incapaz de superar. Aunque ha alcanzado la madurez suficiente como para sobrevivir por sí mismo, no es capaz de dejar de autocastigarse, aún cuando la presencia de Pilar logre atenuar en parte su constante sentimiento de culpa. Sunset Park se deja leer, la escritura de Auster sigue siendo de calidad, pero deja una poderosa sensación de improvisación y superficialidad.

viernes, 25 de julio de 2014

ROMPER EL HECHIZO (2006), DE DANIEL DENNETT. LA RELIGIÓN COMO FENÓMENO NATURAL.

Desde hace unos años existe una tendencia, cada vez más fuerte en los Estados Unidos y en Europa, de cuestionar intelectualmente el sentido de la religión en la vida humana. Pensadores como Richard Dawkins, Christopher Hitchens o Sam Harris han escrito ensayos muy influyentes sobre un tema que, en pleno siglo XXI, sigue siendo tabú para mucha gente. Las opiniones de la mayoría de la gente en torno a la religión van desde la indiferencia hasta el más profundo significado en la propia existencia, pasando por los practicantes sociales. Pero muy pocos de estos se han cuestionado seriamente por qué existe este fenómeno, más allá de la fe personal que se tenga en un determinado dios.  No es raro encontrar a gente que dedican sus mejores esfuerzos a practicar y fomentar su religión, dejando de lado incluso sus intereses personales y los de su familia. ¿Por qué sucede esto?

Lo primero que hay que hacer es buscar una definición lo más precisa posible para determinar de qué hablamos cuando hablamos de religión:

"Tentativamente, propongo definir las religiones como sistemas sociales cuyos participantes manifiestan creencias en agentes sobrenaturales o en agentes cuya aprobación ha de buscarse. Ésta, por supuesto, es una rebuscada manera de articular la idea de que la religión sin Dios o sin dioses es como vertebrado sin espina dorsal."

Daniel Dennett repite en varias ocasiones a lo largo del libro que Romper el hechizo está destinado a no creyentes y a creyentes, especialmente a estos últimos, que deberían tener la valentía de pensar con profundidad en sus propias creencias, con toda la racionalidad que sea posible. Hay una especie de consenso no escrito que impide estudiar el hecho religioso con la misma profundidad y objetividad que cualquier otra actividad humana o natural. Pero esta es una tarea de difícil aceptación para los prosélitos de una determinada creencia, ya que buena parte de sus postulados se basa en fenómenos invisibles, en esa palabra tan oportuna llamada fe. Los teólogos apelarán a la condición de sagrados de los misterios que quieren investigarse a la luz de la ciencia. Se sentirán ofendidos, atacados en sus dogmas e incluso apelarán al diablo para enfriar las aspiraciones de sus adeptos de racionalizar sus creencias. Por eso deben comprender que haya gente escéptica que no pueda compartir la interiorización de su fe:

"Las personas religiosas, y que creen que la religión es la mejor esperanza para la humanidad, no pueden, sensatamente, esperar que los que somo escépticos al respecto nos abstengamos de expresar nuestras dudas si ellas mismas no están dispuestas a poner sus convicciones bajo el microscopio."

Bien es cierto que la religión ha dado esperanza a mucha gente, a la vez que otorga grandes dosis de humildad al creyente. Gracias a ella se han realizado muchas obras de bien a cargo de personas que, de otra manera, se hubiera abstenido de hacerlas. La promesa de una recompensa eterna es demasiado tentadora como para ser despreciada. También es verdad que, gracias a la religión, se han establecido mecanismos de poder casi invencibles (el poder material unido al espiritual), que han anulado el pensamiento independiente sustituyéndolo por el dogma irracional y, en demasiadas ocasiones, injusto de la fe ciega (y esta situación podríamos equipararla a doctrinas como el comunismo y el fascismo, que manifiestan un componente también dogmático y de culto al líder). Son doctrinas altamente seductoras, basadas en un sistema de recompensas y castigos que solo requieren obediencia ciega o, al menos, que no se cuestionen sus verdades fundamentales, que están muy por encima del pensamiento individual.

Es evidente que quien se acomoda a una religión difícilmente se cuestionará por qué hace lo que hace. Puede ser por convicción personal, por tradición familiar o simplemente por miedo a la exclusión social, pero está claro que si el fenómeno religioso ha tenido tanto éxito es porque ha sabido adaptarse a las más íntimas necesidades humanas, respondiendo con seguridad a todas las preguntas:

"Los tres propósitos de la religión son:

1. Consolarnos en nuestro sufrimiento y aquietar nuestro temor a la muerte.
2. Explicar cosas que no podemos explicar de otros modos.
3. Promover la cooperación grupal cuando se enfrentan duras pruebas y enemigos."

Como ya he apuntado, las religiones tal y como las conocemos son producto de la evolución de muchos siglos, desde al animismo, pasando por el chamanismo, profesionalizándose progresivamente haste derivar en las grandes creencias multinacionales. Aunque las creencias religiosas no se heredan de padres a hijos genéticamente (son producto de la cultura), sí que existe una predisposición a la fe en lo sobrenatural. Todos los días nacen y mueren varias religiones, por lo que solo sobreviven las que saben adaptarse a las necesidades de su tiempo:

"Al igual que otras muchas maravillas naturales, en cierta medida la mente humana es una bolsa de trucos, armada un poco a la carrera, a lo largo de miles de años, por el proceso, ciego y carente de prospección, de la evolución por selección natural. Forzada por las demandas de un mundo peligroso, la mente humana está profundamente sesgada en favor del reconocimiento de aquellas cosas que más importaban para el éxito reproductivo de nuestros ancestros."

Una de las barreras más formidables a la hora de emprender un estudio científico y antropológico acerca del hecho religioso está en evaluar la sinceridad de las declaraciones de los adeptos a una religión. ¿Cómo se puede estar seguro de que la fe de alguien es tan firme como dice ser? ¿Cómo sobrellevan las lógicas dudas que surgen tan espontáneamente como la fe? Imposible saberlo. ¿Se puede establecer si son más éticas las personas religiosas que las no creyentes? Sería una empresa formidable:

"Quizás un estudio podría mostrar que, como grupo, los ateos y los agnósticos respetan más la ley, son más sensibles a las necesidades de los otros y tienen un comportamiento más ético que el de las personas religiosas. Lo cierto es que hasta ahora no se ha realizado un estudio fiable que muestre lo contrario."

Sin la colaboración plena de las propias instituciones religiosas para ofrecerse enteramente desnudas al ojo crítico de los científicos - algo que difícilmente sucerá nunca - es difícil llegar a conclusiones definitivas al respecto, aunque el hecho de resistirse a ser estudiadas desde un punto de vista racional, ya resulta bastante elocuente. Quizá el examen enteramente objetivo de esta materia solo pudiera ser realizado por seres que vinieran de otro mundo y jamás hubieran sido afectados por el hecho religioso. Prácticamente todos hemos sido adoctrinados o hemos sufrido intentos de adoctrinamiento de diferente intensidad, algo que marca de una manera u otra la trayectoria vital de la persona. Para la mayoría de la gente, la práctica religiosa se percibe como algo tan natural que nadie osa plantearse acerca de, por ejemplo, el derecho que tenemos a imponer el bautismo a un recién nacido. A veces la situación recuerda un poco al cuento El traje nuevo del emperador, en el que todos disimulan por seguir la corriente de la mayoría:

"Acaso somos como esas familias en las que los adultos actúan como si creyeran en Papá Noel por el bien de los niños, y los niños pretenden que aún creen en Papá Noel para no arruinar la diversión de los adultos?"

Nadie sabe como evolucionaremos en el futuro. Si la religión seguirá formando parte de nosotros, si cambiará para adaptarse o será definitivamente apartada de nuestras costumbres.  Lo que está claro es que la ciencia ha ido ganándose poco a poco el lugar prevalente que se merece y que los dogmas religiosos no pueden ya frenar su avance, como sucedía hasta hace solo un par de siglos (y como sigue sucediendo en algunos países). Es mejor juzgar por uno mismo lo que ofrece la ciencia y lo que ofrece la religión, si son compatibles y de qué manera apelan una y otra a la inteligencia humana. Si usted enferma ¿en qué confía más, en acudir a su hospital más cercano o en ir a la iglesia a ponerle una vela a un santo?:

" (...) nadie le prestaría respetuosa atención, si siquiera por un momento, a un científico que apelara a «¡si usted no entiende mi teoría es porque no tiene fe en ella!», o «sólo los miembros oficiales de mi laboratorio tienen la habilidad de detectar estos efectos», o «la contradicción que usted cree encontrar en mis argumentos es simplemente un signo de las limitaciones de la comprensión humana. Hay algunas cosas que están más allá de cualquier comprensión». Una declaración tal no sería más que una intolerable abdicación de su responsabilidad en tanto que investigador científico, una mera confesión de bancarrota intelectual."

jueves, 24 de julio de 2014

ANTOLOGÍA (1968-2003), DE JUAN LUIS PANERO. DE LA VIDA DE LOS FANTASMAS.


El año pasado tuve oportunidad de ver El desencanto, de Jaime Chavarri, una de las películas más singulares que ha dado el cine español. Se trata del retrato descarnado de la familia Panero, una visión cruda y brutal de la decadencia de una familia bien del franquismo. Lo más terrible es que en esta obra no hay censuras ni hipocresías, no existen los velos que suelen tapar de cara al exterior las miserias familiares. Está claro que después de acercarme a esta obra maestra, el interés por la obra de los hermanos Panero, gente genial y a la vez autodestructiva, se tornó irresistible.

En los poemas de Juan Luis Panero encontramos una constante evocación del pasado como algo sin sustancia, una materia tan solo de recuerdos de lo que se perdió para siempre. Es absurdo evocarlos, porque no volverán, y sin embargo el poeta no puede evitarlo. Especialmente la rememoración de episodios amorosos, píldoras de fugaz e ilusoria felicidad en una existencia absurda:

Nuestros dos cuerpos juntos, los que ahora llegan,
actores sin trabajo, estandartes inútiles,
derrotada ficción en la guerra del tiempo. 

Quizá lo que se esté evocando no sean más que fantasmas que solo consiguen hacer más insoportable la realidad de quien ha sido alcanzado por el deterioro de la edad, por la más espantosa derrota que a todos nos espera. La muerte, la nada, siempre está acechante, escondida tras cualquier esquina. Como se describe en este poema magistral:

LA MUERTE Y SUS DISFRACES

Un viejo en camiseta, sudoroso y solitario,
espera, como todos los atardeceres,
que la noche o la muerte lleguen,
mientras se abanica incansable frente al televisor.
En su tejado - el viejo lo ignora - una paloma,
aplastada por el calor, la enfermedad o la vejez,
resbala y tropieza, intentando inútilmente levantar el vuelo,
hasta derrumbarse, montón de plumas polvorientas,
entre las rojas tejas de latón.
Enfrente, bebiendo en la terraza, contemplo el espectáculo
de su común miseria, de su desolación,
pero ¿que vio la paloma antes de caer?
y sobre todo, ¿qué es lo que ve el viejo
cuando a veces mira, disimuladamente, mi terraza?

El final como juego de espejos: la muerte, que llega bajo muchas formas, siempre devuelve la mirada:

Vivir es ver morir, nada nos protege,
nada tuvo su ayer, nada su mañana,
y de pronto anochece.

Noches de insomnio, de alcohol. Evocación de viajes, de momentos solitarios en silenciosas habitaciones de hotel, de amores profundos o apenas saboreados. Leer a Juan Luis Panero es intentar penetrar en el extraño oficio de vivir y encontrar de frente el muro del absurdo, que solo puede ser atravesado si asumimos nuestra condición fantasmal. La conclusión solo puede ser resumida con uno de sus últimos poemas, lúcido, amargo y oscuro a la vez:

LA MEMORIA Y LA MUERTE
 
Sólo son tuyas - de verdad - la memoria y la muerte
la memoria que borra y desfigura
y la sombra de la muerte que aguarda.
Sólo fantasmales recuerdos y la nada
se reparten tu herencia sin destino.
Después de sucios tratos y mentiras,
de gestos a destiempo y de palabras
- irreales palabras ilusorias -,
sólo un testamento de ceniza
que el viento mueve, esparce y desordena.

martes, 22 de julio de 2014

ÉLISA (2003), DE JACQUES CHAUVIRÉ. EL VERDE PARAÍSO DE LOS AMORES INFANTILES.

"Entre la más tierna infancia y la muerte de quienes hemos amado transcurre la vida. Poca cosa, en resumidas cuentas", asegura el protagonista de esta novela corta, cuando ya hemos conocido el episodio que marcó su niñez. La infancia es un periodo extraño. El niño (hablo de familias normales y estructuradas) se siente protegido, va descubriendo poco a poco sus dominios en el mundo y cada vez se encuentra en una posición más segura en el mismo. Pero a la vez va notando que hay muchos asuntos que escapan a su innata curiosidad. El mundo adulto es mucho más complejo que el suyo y las acciones de sus mayores a veces son tan incomprensibles que hay que dedicar horas a intentar resolver el rompecabezas que otorgue sentido a las mismas, aunque a veces no se obtenga un éxito completo en esta tarea. 

Ante todo Élisa es una narración autobiográfica que parte de un recuerdo imborrable: la joven criada que acompañó a Chauviré cuando éste tenía apenas cinco años. Puede definirse su relación como una peculiar historia de amor, aunque entendido éste de forma diferente por cada una de las partes. La fascinación que él siente por la muchacha puede ser definida como amor puro, aunque con una pizca de insólita atracción sexual. En ella el amor se manifiesta simplemente en forma de cariño hacia un niño al que considera especial por su dulzura y por estar marcado por la prematura muerte del padre en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

Es curioso el contraste entre unas páginas que desprenden sensibilidad y el telón de fondo, siempre presente, de la reciente tragedia de la Gran Guerra. La madre del protagonista no ha superado la muerte de su marido. Sigue vistiendo de luto en un hogar en el que no hay lugar para muchas alegrías. Obsesionada por este hecho, decide visitar el frente donde cayó su esposo. Necesita vivir su experiencia, impregnarse del paisaje lunar que dejó el conflicto, quizá para sentirse más cerca de él. Lo curioso es que a la vez, en su recorrido, llega a banalizar lo que intuimos, debe ser un lugar sagrado para ella, recogiendo algunos souvenirs: 

"(...) A continuación se dirigió a Suippes y empezó a descubrir el paisaje lunar y caótico de árboles caídos o despedazados sobre una tierra blanquecina y perforada de trincheras y hoyos dejados por proyectiles. 

(...)Llegada la noche mamá estaba ocupadísima. Había traído el casquillo de un obús "que podría servir de jarrón para las flores", cargadores con sus balas y dardos de acero de los que lanzaban los aviones. Etiquetaba cada objeto que había traído del campo de batalla y anotaba el lugar donde había encontrado cada cosa."

Élisa es la crónica del amor puro, de la vida, que transcurre en un suspiro en el que la infancia y la vejez apenas se diferencian en el espíritu del autor. Una lectura de un instante, que deja un excelente regusto a agradable confitura. Como siempre, una hermosa edición por parte de Errata Naturae y muy acertada traducción de Regina López, especialista en darnos a conocer clásicos modernos inéditos en España.

domingo, 20 de julio de 2014

EL AMANECER DEL PLANETA DE LOS SIMIOS (2014), DE MATT REEVES. HISTORIA DE LA DECADENCIA Y CAÍDA DEL GÉNERO HUMANO.

Existe una esperanzadora tendencia en las películas que Hollywood diseña para que sean sus grandes éxitos de la temporada a tratar con bastante más inteligencia al espectador que hace unos años. Para que se me entienda: es la inclinación a filmar productos mucho más parecidos al Batman de Nolan que al de Schumacher. Esto no significa que el resultado sea siempre de calidad, pero al menos uno no sale del cine pensando que le han intentado estafar. Personalmente, no me importa gastarme el dinero en ir a ver un reboot, una nueva versión de una historia ya conocida, porque en cualquier caso, cuando leemos a autores como Joseph Campbell aprendemos que las narraciones de carácter épico suelen contar con esquemas muy definidos que casan muy bien con manifestaciones de nuestra mente basadas en arquetipos. Lo importante es que estos elementos sean usados con inteligencia y que el espectador, por un par de horas, sea parte del universo que propone la película.

Cierto es que en este caso no nos encontramos exactamente ante un relanzamiento, sino ante una precuela del film original, El planeta de los simios (Franklin Schaffner, 1968), una obra mítica de la historia del cine que contiene uno de los finales más maravillosos con los que puede rematarse un guión (que por cierto, difiere en bastantes puntos de la novela original de Pierre Boulle). Recientemente la serie Mad Men mostró en una de sus escenas el impacto que dicho final causaba en los espectadores de una época que estaba mucho más libre de spoilers que la nuestra, lo que denota que nos encontramos ante un historia que entró en su momento por la puerta grande en el imaginario colectivo y nunca lo ha abandonado.  Es posible que quien vio la película en el año de su estreno se preguntara como sucedió que la especie simiesca sustituyó a la humana como dueña absoluta de nuestro planeta. Precisamente lo que se cuenta en este nuevo ciclo. 

En El origen del planeta de los simios se nos contaba como la inteligencia le llegaba a la que está destinada a ser nueva raza predominante en el planeta a través de experimentos realizados por seres humanos. Al principio de esta nueva entrega se nos informa de que la población humana ha sido diezmada en la última década por el llamado virus de los simios. Solo quedan un puñado de hombres y mujeres resguardados en las ciudades. La colonia de San Francisco, que vive a pocos kilómetros del bosque en el que habita la cada vez más populosa comunidad simiesca no va a tener más remedio que encontrarse con ellos y tratar de llegar a un acuerdo de supervivencia. Es de agradecer que El amanecer del planeta de los simios se tome su tiempo para presentar a los personajes y el subsiguiente conflicto. Sus primeros minutos, que recuerdan poderosamente las imágenes que inauguraban 2001, una odisea del espacio de Kubrick, están dedicados a presentarnos la vida cotidiana de los nuevos seres inteligentes, que todavía se encuentran en un estadio primitivo, pero evolucionando rápidamente a la vez que su población va creciendo. Aquí se nota que no se ha dejado nada al azar y se ha realizado un impresionante trabajo antropológico para otorgar una impronta de verosimilitud al comportamiento de los miembros de esta insólita comunidad. A la perfección de los efectos especiales, con unos simios de apariencia tan real como los propios humanos hay que sumar lo elaborado de su lenguaje gestual, al que poco a poco van incorporando palabras. Así debió ser - salvando las distancias - el despertar a la inteligencia del hombre primitivo.

Pero este exquisito afán de veracidad a la postre resulta un lastre para un guión que nunca termina de arrancar y deja al espectador con ganas de más, precisamente porque no sucede mucho más que una escaramuza local que podría haber sido sacada de cualquier episodio de The walking dead. Está muy bien la trama de la rivalidad entre el prudente César y el belicoso Koba, que se mueve entre las amenazas de conflicto abierto - que a la vez se da entre los propios simios y entre simios y humanos - y frágiles pactos diplomáticos, pero la última parte del filme, tan esperado, resulta absolutamente decepcionante y nada concluyente. Es un poco lamentable decirlo, pero en El amanecer del planeta de los simios son más convincentes los simios que los actores humanos (destacando negativamente la labor de Gary Oldman). Parece ser que se han dejado las auténticas emociones fuertes para la tercera ¿y última? parte. 

jueves, 17 de julio de 2014

LA BARRACA (1898), DE VICENTE BLASCO IBÁÑEZ. LA VENGANZA DE LA HUERTA.

La anécdota es bien conocida: la concepción de La barraca tuvo lugar en unas circunstancias muy peculiares: en 1895 cuando Blasco Ibáñez, que siempre fue un activo militante político en pro de los más desfavorecidos, huía de la autoridad por haber participado en una manifestación contra la guerra colonial que terminó en enfrentamientos con la fuerza pública, tuvo que esconderse en los altos de una taberna portuaria. Mientras transcurrían los días de su forzado encierro, se le fue ocurriendo el germen de esta historia y se dedicó a escribirla en forma de cuento. Le puso el contundente título de Venganza moruna. Como él mismo cuenta en el prólogo de 1925 de La barraca:

"Era la historia de unos campos forzosamente yermos, que vi muchas veces, siendo niño, en los alrededores de Valencia, por la parte del Cementerio: campos utilizados hace años como solares por la expansión urbana; el relato de una lucha entre labriegos y propietarios, que tuvo por origen un suceso trágico y abundó luego en conflictos y violencia."

Lo primero que se pone de manifiesto al comenzar la lectura de la novela es la inmensa deuda del autor con el movimiento naturalista, con Zola a la cabeza, basado en la observación directa de los ambientes, objetos y personas que van a ser plasmados lo más fielmente posible en la narración, que en caso toma unos matices impresionistas que inevitablemente remiten a los cuadros de Sorolla, el maestro valenciano de la luz. Pero bajo esa aparente claridad que otorga la luminosidad del Mediterráneo se ocultan zonas de sombra, cuya exhibición es una de las misiones de Blasco. La tradición de la huerta valenciana es conflictiva. Trabajada duramente, la tierra es objeto de permanentes enfrentamientos entre propietarios y arrendatarios. No en vano el detonante de la historia es un trágico desahucio, que provoca que los campesinos de los alrededores organicen una especie de resistencia pasiva para que esa franja de tierra quede sin cultivar. Diez años después, llega un nuevo arrendatario, Batiste, un hombre trabajador pero marcado por la mala suerte, que espera, junto a su familia, poder establecerse definitivamente en esa pequeña hacienda.

La presencia de Batiste y su familia es recibida como una intrusión entre los cultivadores de las huertas de alrededor. Poco a poco se irá creando una atmósfera de tensión, que podría compararse con la de los mejores westerns, si obviamos la vocación social de la novela. La familia forastera se ve cada vez más acorralada por el crimen de haberse establecido en la que es considerada por todos como una tierra maldita. Resulta peculiar que el líder de esta revuelta silenciosa sea el vago y valentón Pimentó, un hombre cuya existencia transcurre en la taberna, mientras deja que su mujer se encargue de las tareas más duras. La huerta es un personaje más de la narración. A primera vista los fértiles campos lucen como un pequeño paraíso en la Tierra, pero sus habitantes deben seguir las normas que les imponen los diosecillos-propietarios, que son quienes verdaderamente rigen este jardín del Edén, por mucho que algunos, como Pimentó, se salten algunas normas a las bravas. Pero también constituyen un laberinto de caminos y recovecos bien conocidos para los autóctonos, que pueden ser una trampa mortal para Batiste en las ocasiones en las que se aventura a salir de su barraca. La tierra es bienechora, proveedora de bienes y a la vez objeto de disputas que a veces se cobran su tributo de sangre.

Blasco Ibáñez se comporta como un narrador omniscente en La barraca. Al novelista todo le interesa y así se lo transmite continuamente al lector: desde el amor inocente y puro de la hija de Batiste hasta la mezquindad de Pimentó, el héroe que embosca a su enemigo a traición y es capaz de concitar enormes cantidades de odio irracional en los corazones de sus seguidores. En el fondo de todo estás las sempiternas luchas sociales en las que está en juego la supervivencia de los más humildes, mientras los propietarios ociosos gastan en lujos el producto de unas tierras que jamás trabajarían con sus propias manos. El escritor valenciano dedica sus mejores esfuerzos a la magnífica pretensión de explicar de la manera más veraz posible la dura vida en el entorno en el que ha nacido. Y lo consigue de forma magistral. Es lógico que durante el franquismo, que no quería oir hablar de conflictos sociales, sus libros fueran prohibidos y se intentara borrar cualquier rastro de su memoria.

martes, 15 de julio de 2014

SUPERFICIALES (2010), DE NICHOLAS CARR. ¿QUÉ ESTÁ HACIENDO INTERNET CON NUESTRAS MENTES?

Es un hecho que existe un antes y un después de internet. Los que hemos vivido más o menos la mitad de nuestra existencia adulta en una sociedad analógica y la otra mitad en una digital, conocemos bien la diferencia. Todavía recuerdo cuando había que hacer un trabajo escolar consultando el diccionario enciclopédico de casa o de la biblioteca o cuando uno solo estaba localizable a través del teléfono fijo. Está claro que internet ha facilitado en muchísimos aspectos nuestra vida, nos ha hecho sencillos muchos trámites antaño engorrosos, nos ha dado vías de comunicación gratuitas e insospechadas, además del acceso casi infinito a toda clase de formas de conocimiento. Está claro que, a día de hoy, es inimaginable una sociedad sin acceso a la red. Pero no es a celebrar todas estas evidentes ventajas a lo que está destinado el ensayo de Nicholas Carr. Superficiales, cuyos argumentos se hiceron muy populares en Estados Unidos, hasta el punto de hacer candidato al autor al Premio Pulitzer, quiere ser un serio toque de atención acerca de la presencia constante de internet en nuestras vidas.

Carr parte de las investigaciones neurológicas que confirmaron la plasticidad de nuestro cerebro para describir los cambios neuronales que provocan la exposición continua a los variados estímulos con los que la red nos bombardea tratando de captar nuestra atención de mil formas: redes sociales, publicidad, e-mails, ofertas personalizadas, blogs, noticias, pornografía... consiguiendo que nuestra atención esté tan dividida que en realidad no le saquemos auténtico provecho a nada de lo que estamos haciendo. Logramos efectuar muchas tareas a la vez, pero al precio de no concentrarnos realmente en ninguna ellas. Yo mismo, mientras escribo este artículo, consulto facebook, el whatsapp y el correo electrónico de manera regular y casi inconsciente, como si de un acto reflejo se tratara, en una búsqueda ávida de novedades intrascendentes, que quedarán olvidadas al instante:

"Así que le pedimos a Internet que siga interrumpiéndonos, de formas cada vez más numerosas y variadas. Aceptamos de buen grado esta pérdida de concentración y enfoque, la división de nuestra atención y la fragmentación de nuestro pensamiento, a cambio de la información atractiva o al menos divertida que recibimos. Desconectar no es una opción que muchos consideremos."

Lo más grave es que en los dos últimos años se han generalizado los iphone, por lo que la mayoría llevamos toda esa carga atractiva con nosotros a todas partes. La cosa ha llegado a tal punto que una desconexión temporal provoca ansiedad en los usuarios, derivada de una relación de dependencia que actúa como un arma de doble filo: por un lado nos sentimos partícipes de una red global, pero a su vez esa red nos absorbe y condiciona profundamente nuestras vidas. Uno de los ejemplos más sangrantes es el de la lectura. Es prácticamente imposible leer con atención un texto en una pantalla de ordenador. Pronto comprobamos que nos vamos saltando palabras, líneas enteras y acabamos repasando lo escrito en diágonal y pinchando en los enlaces, hasta perdernos en los laberintos de la red, hasta el punto de terminar mirando páginas que nada tienen que ver con nuestro propósito original cuando nos conectamos. Y a veces transcurren las horas en este plan sin que apenas tengamos sentido del tiempo. "La investigación ha demostrado que el acto cognitivo de la lectura no se basa sólo en el sentido de la vista, sino también en el del tacto", asegura el autor. Así pues, está claro que no es lo mismo leer un libro de papel, sentado cómodamente en el sillón y sin más estímulo que la hoja que tenemos delante que hacerlo en una tablet, conectada a un sistema que incita a todo lo contrario, a navegar y a visitar cuantas más páginas mejor:

"Cuando nos conectamos a la Red, entramos en un entorno que fomenta la lectura somera, un pensamiento apresurado y distraído, un pensamiento superficial. Es posible pensar profundamente mientras se navega por la Red, como es posible pensar someramente mientras se lee un libro, pero no es éste el tipo de pensamiento que la tecnología promueve y recompensa."

El asunto ha llegado a tal extremo que hay profesores universitarios que aseguran no necesitar leer libros para seguir desarrollando su trabajo. Les basta con seguir algunos blogs y acceder a resúmenes de las obras más importantes. Un ejemplo de lo que Carr denuncia como "una evolución inversa, desde el cultivo de conocimiento personal a cazadores recolectores en el bosque de datos electrónicos". Y es que para muchos internet no es otra cosa que una extensión infinita de nuestros cerebros, una idea peligrosa que adormece nuestra capacidad de almacenar datos, de recordar y de establecer relaciones entre los mismos en beneficio de Google, un instrumento que difícilmente podrá sustituir alguna vez a la sabiduría que otorga la lectura atenta de un buen libro, ya sea en papel, ya sea en la pantalla con tinta electrónica de un ebook sin acceso a internet:

"A medida que el uso de la Web dificulta el almacenamiento de información en nuestra memoria biológica, nos vemos obligados a depender cada vez más de la memoria artificial de la Red, con gran capacidad y fácil de buscar, pero que nos vuelve más superficiales como pensadores."

Quizá sea cierto lo que aseguran muchos analistas, cuando dicen que gracias a la red, ahora se lee más que nunca. Pero ¿cómo se lee? ¿se saca algún provecho de estas lecturas superficiales? Y, sobre todo ¿a quien le interesa que pasemos el tiempo libando de flor en flor sin pararnos demasiado tiempo en ninguna de ellas? Sin ceñirnos del todo al mensaje apocalíptico de Carr, disfrutemos de las indudables ventajas de internet con moderación, utilizándolo sabiamente, sin dejar que la red nos manipule de esa forma tan sutil que todos conocemos y acabemos perdiendo el tiempo banalmente, dedicándolo a engordar las cuentas de Google:

"Cada clic que hacemos en la Web marca un descanso en nuestra concentración, una interrupción de abajo hacia arriba de nuestra atención; y redunda en el interés económico de Google el asegurarse de que hagamos clic, cuantas más veces, mejor. Lo último que la empresa quiere es fomentar la lectura pausada o lenta, el pensamiento concentrado. Google se dedica, literalmente, a convertir nuestra distracción en dinero."

En el club de lectura todos éramos nativos de la era analógica. Nos hubiera gustado contar con el testimonio de algún joven que se haya criado entre pantallas de ordenador, tablets y móviles. Pero es que ellos no son aficionados a este tipo de eventos. Hubiera sido curioso verlo a cada instante interrumpir su atención para mirar el iphone. Aunque, ahora que lo pienso, también nosotros lo hicimos más de una vez. Les dejo esta frase, la que más me ha gustado del libro, para que reflexionen:

"Intenten leer un libro mientras resuelven un crucigrama: tal es el entorno intelectual de Internet."