sábado, 25 de febrero de 2017

MOONLIGHT (2016), DE BARRY JENKINS. EL ENTORNO HOSTIL.

Es de sentido común saber que estamos condicionados no solo por nuestra genética, sino también por las circunstancias de nuestro nacimiento, por la familia a la que pertenecemos y muy especialmente por el ambiente en el que crecemos. Muchos de nosotros hemos nacido en barrios de nivel social medio-bajo y hemos tenido compañeros en el colegio cuya existencia se intuía mucho más difícil que la nuestra. Nacer en un suburbio, en un gueto puede ser un condicionante del que no nos podamos librar durante el resto de nuestra existencia. En Estados Unidos existen barrios inmensos que son un foco de pobreza o delincuencia, habitados en gran parte por personas por afroamericanos que son incapaces de atisbar perspectivas de futuro más allá de los muros imaginarios de la comunidad en la que están acostumbrados a vivir. Muchos de ellos podrían intentar emigrar a lugares más prósperos y fabricarse una nueva existencia desde cero - en Estados Unidos esto es mucho más fácil que en España - pero a la mayoría ni siquiera se les ocurre que esto sea posible. Supongo que adaptarse a las normas del barrio es difícil, pero también lo es renunciar para siempre a las mismas.

Chiron es uno de esos niños que deben desenvolverse en un medio tan hostil. Para él es especialmente difícil, porque sus circunstancias son especialmente dramáticas: vive con una madre drogadicta y en el colegio sufre un acoso continuado y violento por parte de sus compañeros. Además, se trata de un chico retraído que no está seguro de cual es su verdadera identidad. Con este material Jenkins podría haberse decantado por realizar un drama social, pero se decanta más bien por una película de carácter intimista, ahondando en la personalidad del protagonista y en su evolución en tres momentos diferenciados de su vida, culminando en una ruptura con su pasado, que se manifiesta con su traslado de Miami a Georgia. La homosexualidad, cuando aparece de forma sorpresiva y sin información previa en un ambiente como aquel, es el otro gran tema de la película. Chiron, un joven con baja autoestima deberá enfrentarse también a un secreto íntimo que no debe ser divulgado si no quiere que sus sufrimientos se incrementen más aún.

Pero si algo falla en Moonlight es su final, tan anticlimático. La frialdad que ha imperado en el relato, el retrato tan preciso de escenas muy duras, pero ese reencuentro que debía ser la culminación de la evolución de Chiron resulta demasiado desangelado. En cualquier caso la película de Jenkins resulta una de las propuestas más estimulantes de la cartelera actual, a pesar de que, desde mi punto de vista, se hayan exagerado demasiado sus virtudes. Para mí lo mejor de la película es que pretende ser pequeña, aunque esa esa falta de ambiciones la lastre un tanto.

miércoles, 22 de febrero de 2017

EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS (2016), DE ALBERTO RODRÍGUEZ. UN ESPÍA PERFECTO.

Para los que tenemos ya cierta edad, el caso Roldán es un asunto que recordamos como relativamente reciente, pero resulta que han pasado ya casi veinticinco años de aquella tragicomedia que tuvo en vilo a todo el país y que fue la puntilla para un gobierno socialista ya debilitado por anteriores casos de corrupción. Aquella época que empezó en el año 82 no ha sido todavía sufientemente explotada por el cine, la televisión o la literatura. Fue un periodo de grandes contrastes, aunque visto en perspectiva parece que en general fue positivo para consolidar nuestra democracia, aunque los responsables políticos de aquella época no pudieron evitar que de vez en cuando las alcantarillas del Estado, con todo su hedor y podredumbre, salieran a la palestra pública, dando lugar a telediarios muy entretenidos y a especulaciones en todos los bares de España acerca del destino de Roldán, que se vieron sazonadas por exclusivas tan llamativas como las fotos que llegaron a salir en la revista Interviu en la que el ex director de la Guardia Civil posaba en calzoncillos en plena orgía - bastente cutre, por cierto - con unas cuantas prostitutas.

En este ámbito sombrío se movía como pez en el agua un personaje que los españoles conocieron por aquella época. Se trata de Francisco Paesa, un colaborador de los Servicios Secretos españoles del que se decía que había estado implicado en los GAL y en otros mil turbios asuntos. Seguramente las palabras que lo definen mejor son unas que pronuncia en un diálogo de la propia película: "Mi única patria es el dinero". Paesa era, más que un hombre de mil caras, un hombre del que jamás conoceremos su verdadero rostro, su verdadero carácter y las verdaderas intenciones de sus actos, más allá de su provecho personal. Quizá ni él mismo sabía muy bien quien era y se dedicaba a improvisar. Ahora bien, en eso era magistral. Su mejor obra es que, habiendo salido en todos los telediarios de la época, al español medio no le haya quedado la más mínima reminiscencia de su figura. Quizá la película de Rodríguez retrate la verdadera dimensión del personaje y su protagonismo en la penumbra en un caso en el que se implicó plenamente: su olfato le advirtió desde el primer instante que podía ser el mayor pelotazo de su vida.

El propio Alberto Rodríguez, en una entrevista que concedió a la revista Dirigido, explica cuales eran sus motivaciones al rodar El hombre de las mil caras:

"La memoria inmediata histórica parece que se nos ha borrado, había que recuperar la idea del terrorismo de qué significaba en nuestro país, de los GAL, incluso la propia historia de Roldán que parece diluida en el colectivo popular. Era un sobreesfuerzo tratar de incluir toda esta información  dentro de la película y que al mismo tiempo no perdiese su elemento cinematográfico."

El propio Roldán (Carlos Santos), es un secundario dentro de su propia trama, absorbido por el absoluto protagonismo de un Paesa, del cual es rehén a su pesar. Roldán aparece con una eterna cara de perplejidad, la de aquel que ha caído en un pozo profundo precipitándose desde las alturas. En un determinado momento, cuando comprende que no solo es el villano, sino también el hazmerreír de toda una nación comprende que es el más absoluto de los perdedores y que los millones que ha ido acumulando durante años con sus tropelías en las arcas públicas, van a acabar en manos de un tipo mucho más listo que él, el tipo al que le gustaría parecerse. Junto a ellos, Jesús Camoes (José Coronado), es una especie de hombre muy distinto. Si está metido hasta el fondo en todo este embrollo es más por espíritu de aventura que por otra cosa. Camoes es uno de esos seres que disfrutan con el peligro, con esa sensación de incertidumbre que se produce cuando lo arriesgamos todo a una sola carta. Y la carta de Paesa (magistral Eduard Fernández) era una que ni siquiera se podía interpretar aunque se mirara de frente.

Con El hombre de las mil caras, el director de La isla mínima sigue la senda de sus magistrales retratos de la España más reciente, la del milagro económico que esconde entre su subsuelo muchos más cadáveres y muchas más vergüenzas de las que podemos imaginar. 

viernes, 17 de febrero de 2017

NAUFRAGIOS (1555), DE ALVAR NÚÑEZ CABEZA DE VACA. EN EL CORAZÓN DE LA DESGRACIA.

Basta con echar un vistazo al mapa que abarca el sur de los actuales Estados Unidos y el Norte de México para advertir la verdadera dimensión de la hazaña de supervivencia que protagonizó el jerezano Alvar Núñez Cabeza de Vaca, uno de los protagonistas de las crónicas del descubriminto de América, no precisamente por conquistador, como Hernán Cortés, sino más bien como explorador y antropólogo, muy a su pesar. La medida de la pobreza imperante en la España de la época, a pesar de las glorias imperiales que se estaban viviendo, podemos reconocerla en la abundancia de voluntarios para embarcarse para las Indias, hacia unas tierras que empezaban a explorarse y que estaban infestadas de peligros. Para unos, como el nombrado Hernán Cortés, fue un viaje glorioso, que abrió las puertas a riquezas insospechadas. Para Cabeza de Vaca, que parecía viajar con la desgracia como compañera, fue una auténtica odisea repleta de sufrimientos.

Quien se acerca hoy día a los Naufragios tiene garantizada una lectura fascinante, no solo por la narración del viaje en sí, sino por el lenguaje que utiliza Cabeza de Vaca, tan rico y variado como el del más consumado de los escritores. El explorador por fin descansa, después de una aventura que ha durado años. Y necesita contar - también se lo han pedido, como es lógico, a través de las instancias oficiales - lo vivido. Evocar una desgracia resulta una tarea dura para cualquiera, pero cuando se trata de un rosario de trabajos, penosidades y mala suerte, sobre todo cuando se buscaba la riqueza y la gloria, debe ser un ejercicio tremendamente difícil. El autor no se priva en describirnos con todo lujo de detalles los dolores, los miedos y las fatigas padecidas:

"Ya he dicho cómo por toda esta tierra anduvimos desnudos; y como no estábamos acostumbrados a ello, a manera de serpientes mudábamos los cueros dos veces en el año, y con el sol y el aire hacíansenos en los pechos y en las espaldas unos empeines muy grandes, de que rescíbiamos muy gran pena por razón de las muy grandes cargas que traíamos, que eran muy pesadas; y hacían que las cuerdas se nos metían en los brazos; y la tierra es tan áspera y tan cerrada, que muchas veces hacíamos leña en montes, que cuando la acabábamos de sacar nos corría por muchas partes sangre, de las espinas y matas con las que topábamos, que nos rompían por donde alcazaban. A las veces que acontesció hacer leña donde, después de haberme costado mucha sangre, no la podía sacar ni a cuestas ni arrastrando. No tenía, cuando en estos trabajos me veía, otro remedio ni consuelo sino pensar en la pasión de nuestro redemptor Jesucristo y en la sangre que por mí derramó, y considerar cuanto más sería el tormento que de las espinas él padesció que no aquel que entonces yo sufría."

Una de las características que más llaman la atención del relato de Cabeza de Vaca, y que lo definen como un hombre de su época, es su profunda religiosidad. El explorador pasa continuamente por malos tragos, pero jamás se deja vencer totalmente por la desesperación, pues su fe en el Dios de los cristianos siempre le sirve de consuelo y cualquier alivio a la situación padecida, por pequeño que sea, siempre será motivo de agradecimiento a aquel que siempre vela por los creyentes. La vacilación de la propia fe parece cosa imposible, hasta el punto de que una de las mayores preocupaciones del narrador es convertir a los ingenuos indios que va encontrando por el camino. Por supuesto que dicha ruta es tan larga y tan accidentada que todos no se van a comportar amigablemente, en especial los que ya han tenido contacto previo con el invasor. 

En cualquier caso lo más importante aquí - y ojalá el narrador se diera cuenta de ello mientras escribía tan impresionante crónica - no era la gloria militar, sino que Cabeza de Vaca fue el primer europeo que pudo contemplar esos enormes horizontes del Oeste que siglos después seguirían fascinando a los pioneros norteamericanos. El explorador murió algunos años después en Sevilla. ¿Sentiría nostalgia de su odisea en sus últimos días?

jueves, 16 de febrero de 2017

LAS PEQUEÑAS VIRTUDES (1962), DE NATALIA GINZBURG. EL OFICIO DE VIVIR Y DE ESCRIBIR.

Quizá sea un tópico decir que la mejor manera de afrontar la vida sea saborerar las pequeñas cosas, los pequeños placeres en los que uno puede deleitarse en el día a día. Tener expectativas o sueños demasiado grandiosos puede llevar con mucha facilidad a decepciones enormes. Si a Ginzburg se le repochó a menudo no atreverse a abordar los grandes temas en su literatura, Las pequeñas virtudes puede considerarse como una especie de declaración de principios, como un retrato personal e íntimo de alguien que solo usaba la escritura como instrumento de placer, como una necesidad de definirse a sí misma sin la presión de contentar a nadie. No he tenido oportunidad de leer ninguno de sus relatos, pero estos ensayos ya me dan la medida de una mujer muy interesante y con una capacidad de observación fuera de toda duda. A modo de ejemplo, la siguiente descripción, sencilla y a la vez precisa de la ciudad donde vivió un tiempo:

"Nuestra ciudad, en verano, está desierta y parece muy grande, clara y sonora como una plaza. El cielo está limpio pero no luminoso, tiene una palidez lechosa. El río fluye llano como un camino, sin emanar humedad ni frescura. De las calles se levantan ráfagas de polvo; desde el río llegan grandes carros cargados de arena; el asfalto del paseo está recubierto de piedrecillas que se cuecen en el alquitrán. Al aire libre, bajo los parasoles a rayas, las mesitas de los cafés están abandonadas y ardiendo."

Con estas pocas palabras podemos no solo visualizar, sino también sentir los latidos de la ciudad calurosa y abandonada como si estuviéramos nosotros mismos paseando por ella. Los ensayos de Ginzburg poseen una inevitable pulsión literaria y supongo que sus relatos acturarán a su vez como transmisores de ideas. Las propias experiencias vitales son la principal fuente que alimenta la escritura de la autora de Querido Miguel. En muchos de sus pasajes laten los sufrimientos padecidos - no solo por ella, sino por la inmensa mayoría de la población italiana - durante la Segunda Guerra Mundial, hasta el punto que confiesa que es difícil adaptarse a vivir en paz cuando se ha experimentado en carne propia un conflicto tan terrible:

"Una vez que se ha padecido, la experiencia del mal ya no se olvida. Quien ha visto derrumbarse las casas sabe demasiado bien de qué está hecha una casa. Una casa está hecha de ladrillos y cal y puede derrumbarse. Una casa no es muy sólida. Puede derrumbarse de un momento a otro. Detrás de los serenos jarrones con flores , detrás de las teteras, las alfombras, los suelos lustrados con cera, está el otro aspecto verdadero de la casa, el aspecto atroz de la casa derrumbada."

Si tomamos este texto de manera literal, nos podemos imaginar qué terrible experiencia debe ser sobrevivir a un bombardeo para un ser pacífico. Pero también la casa puede tomarse como metáfora de la vida misma, de los males inesperados que nos pueden acechar a la vuelta de la esquina, de cómo una existencia razonablemente satisfactoria y feliz puede tornarse en minutos, por mor de las circunstancias, en el más temible de los infiernos. 

Pero en ningún momento olvida Ginzburg su humilde vocación de escritora, llegando a confesar que plasmar sus pensamientos en un papel es casi la única actividad que sabe hacer bien, por lo que prácticamente no podría haberse ganado la vida de otra manera (es divertida en este sentido la comparación a la que somete en uno de sus artículos con su perfecto esposo). Además, son impagables las palabras que dedica al eterno dilema acerca de si, para ser buen escritor, es mejor ser desgraciado o feliz:

"Cuando somos felices, nuestra fantasía tiene más fuerza; cuando somos infelices, nuestra memoria actúa entonces con más brío. El sufrimiento hace que la fantasía se vuelva débil y perezosa; funciona, pero con desgana y languidez, con los movimientos débiles de los enfermos. (...) En las cosas que escribimos afloran entonces, continuamente, recuerdos de nuestro pasado, nuestra propia voz resuena de continuo y no conseguimos imponerle silencio. (...) Hay un peligro en el dolor, así como hay un peligro en la felicidad, respecto a las cosas que escribimos. Porque la belleza poética es un conjunto de crueldad, de soberbia, de ironía, de ternura carnal, de fantasía y de memoria, de claridad y de oscuridad, y si no conseguimos obtener todo esto junto, nuestro resultado es pobre, precario y escasamente vital."

viernes, 10 de febrero de 2017

SPQR (2016), DE MARY BEARD. UNA HISTORIA DE LA ANTIGUA ROMA.

Cuando se evoca la antigua Roma, muchos piensan en la grandeza de sus monumentos, en su poderío militar, su capacidad de expansión y en la crueldad de sus diversiones públicas. Pero el legado que nos dejó aquella época es mucho más complejo que todo eso: de ahí han salido nuestro derecho, buena parte de nuestra literatura, los fundamentos de nuestra organización política y la base de buena parte de las lenguas europeas. Cuando la Unión Europea está en horas bajas, algunos abogan por implementar el latín como lengua oficial y común de los países que la conforman, quizá para buscar inspiración en unos hombres que, a pesar de que lo hicieran en muchas ocasiones con violencia, llevaron la civilización a muchos lugares remotos y sus habitantes acabaron por beneficiarse del hecho de ser conquistados. Pero la historia de Roma no se resume en el éxito de un pueblo belicoso y conquistador. Los sucesos históricos, que nosotros desde el presente podemos apreciar como inevitables, jamás siguen una línea clara y casi siempre están influidos por las circunstancias más azarosas. El paso de la República al Imperio, que tantos debates ha suscitado, es retratado aquí como el enfrentamiento entre un puñado de hombres ambiciosos, de entre los cuales salió triunfante uno de los que a priori parecía más débil, el futuro emperador Augusto:

"Cuando se destripa la historia hasta sus fundamentos más básicos y brutales, vemos que consiste en una serie de momentos y conflictos clave que condujeron a la disolución del Estado libre, en una secuencia de momentos críticos que marcaron las etapas de una progresiva degeneración del proceso político y una sucesión de atrocidades que durante siglos poblaron la imaginación de los romanos."

Obviando la excelente síntesis de los acontecimientos más importantes del primer milenio de Roma, uno de los aspectos más interesantes del ensayo de la flamante premio Princesa de Asturias es su descripción de la vida cotidiana de los habitantes del Imperio. Para la gran mayoría la existencia era pura supervivencia diaria. Los que habitaban las ciudades solían vivir en grandes bloques de apartamentos en los que se acinaban gran número de familias. Las muertes por incendios o por riadas eran frecuentes, puesto que aquella época no existía nada parecido a la planificación urbanística moderna, hasta el punto de que las villas de los ricos se mezclaban con las construcciones más humildes. Seguramente la ciudad de Roma estaba rodeada de barrios de chabolas, construidas con materiales tan precarios que nada nos ha quedado de ellos. 

En aquella época los padecimientos de los pobres o los esclavos (algunos de estos últimos gozaban de una calidad de vida mejor que los primeros) eran objeto de la más absoluta indiferencia por parte de las clases sociales altas, cuya única política social consistía en hacer sobrevivir al pueblo a base del famoso panem et circenses. En cualquier caso, ni siquiera recintos tan enormes como el Coliseo bastaban para que todo el mundo asistiera a los espectáculos y tampoco el reparto de pan llegaba a toda la gente. Ya Cicerón escribió unas líneas despreciando el trabajo manual, unas ideas que son extrañas en los emprendedores tiempos actuales:

"El dinero que proviene de la venta de tu trabajo es vulgar e inaceptable para un caballero... porque los sueldos son efectivamente las cadenas de la esclavitud"

Claro que solo podían expresarse así quienes habían tenido el lujo de nacer en una familia antigua y rica. La gran mayoría de los habitantes del Imperio apenas cambió su vida con la conquista romana, aunque los beneficios a medio plazo fuesen indudables: para los que trabajaban la tierra la vida era tan dura como siempre, situación que se prolongó hasta siglos después de la caída de Roma. 

Mary Beard ha tenido el acierto de escribir un libro dirigido al gran público, entretenido y a la vez riguroso. Un buen complemento a su lectura es el visionado de la serie Roma, producida por la HBO, que refleja muy bien las formas de vida descritas en SPQR, en concreto los dramáticos acontecimientos de la segunda mitad del siglo I antes de Cristo.   

Y para terminar, un apunte que nos lleva a una comparación histórica entre nosotros y ellos, en concreto respecto a la política de inmigración actual, comparada con la de una Roma que recibía - casi siempre - a los habitantes de culturas ajenas, a sus costumbres y a sus religiones y las integraba en las suyas propias. Como dijo la propia autora en una entrevista promocional:

"En el imperio romano jamás existió el concepto de "inmigrante ilegal", aunque no quiero decir con esto que tengamos que hacer las cosas como los romanos, pero es verdad que somos muy rígidos a la hora de conceder la ciudadanía."

miércoles, 8 de febrero de 2017

WESTWORLD, TEMPORADA 1 (2016), DE JONATHAN NOLAN Y OTROS. ALMAS DE METAL.

Dejo aquí el artículo que acabo de publicar acerca de una de las mejores y más filosóficas series de los últimos años:

TARDE PARA LA IRA (2016), DE RAÚL ARÉVALO. LA FURIA DEL HOMBRE PACIENTE.

El tema de la España negra, nuestra presunta propensión a tomarnos la justicia por nuestra mano - sobre todo en ambientes rurales - ha sido tema recurrente en la literatura y el cine de nuestro país. La sabiduría popular dicta que debajo de la capa de un hombre en apariencia tranquilo pueden latir las pasiones más insospechadas si se dan las circunstancias adecuadas. Este es el tema principal de la película de Raúl Arévalo, flamante ganadora del premio Goya a la mejor producción del año, un thriller que puede hablar de tú a tú a muchas de las recientes producciones estadounidense y cuya mayor virtud es el buen provecho que se ha sacado de su escaso presupuesto.

Lo que comienza siendo un retrato costumbrista de los personajes que pululan por un bar de un barrio humilde de Madrid, poco a poco se va transformando en algo mucho más inquietante, en la historia de una venganza planificada durante años, de cuyos detalles Raúl Arévalo va ofreciendo pequeñas pinceladas al espectador, para que vaya poco a poco armando las piezas del puzzle. Conforme avanza el metraje, la historia se va volviendo más cruda hasta que se resuelve con una moraleja muy obvia: el ser más peligroso es el que no tiene nada que perder. Lo que siempre se ha dicho, que las apariencias engañan.

Tarde para la ira se beneficia de una sólida puesta en escena y de la magnífica interpretación de todos sus protagonistas, destacando la de un Antonio de la Torre al que quizá le cueste en el futuro que no le encasillen en papeles similares (ya ha interpretado a algunos parecidos). A pesar de su merecido éxito de público y de crítica, la obra de Arévalo no es redonda. En su debe cabría colocar su falta de originalidad y algunos pequeños fallos de guión, que hacen que ciertos hechos se desarrollen de forma demasiado conveniente para las pretensiones del protagonista. En cualquier merece la pena acercarse al cine y visionar esta primera obra de un cineasta que promete muchas alegrías para el futuro.