lunes, 1 de septiembre de 2014

CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN SEPTIEMBRE. EL LECTOR CONTEMPLA LA VIDA DE OTRA MANERA.

"The reader sees life differently", es el título de esta magnífica ilustración de Michael Hirshon. A primera vista cualquiera diría que el protagonista de la imagen muestra aires de superioridad, elevándose por encima de todo, pero no es así. Más bien parece un personaje soñador, de los que son capaces de observar la realidad desde un punto de vista privilegiado y (eso no hace falta que lo diga yo, porque es evidente), de los que no se separa jamás del libro que esté leyendo. Un vividor de múltiples vidas, en suma, que puede contemplar la vida a su manera y a la de otros, sin dejar de ser él mismo. ¿Qué otro invento humano ofrece más a cambio de tan poco?

En los clubes de lectura malagueños toman gozoso protagonismo los clásicos, junto a otros volúmenes más recientes, también de gran calidad:

El club de lectura de la Biblioteca Provincial se reanuda a mediados de mes (cuando por fin parece que se normalizan los horarios de las bibliotecas), comentando la lectura que propusimos para este verano, un nuevo homenaje a Gabriel García Márquez con sus Doce cuentos peregrinos.

En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, un autor habitual en los lotes del Centro Andaluz de las Letras, Sándor Márai con La mujer justa.

Respecto al club de lectura de Más Libros Libres, aún no es seguro si se va a leer este mes Rojo y negro de Stendhal, como estaba programado, o se va a dejar para octubre. Si así fuera, sería sustuido por una selección de cuentos de Julio Cortázar, para conmemorar su centenario. Para quienes requieran información más detallada, pueden escribirme.

En el club de lectura de ensayo de Más Libros Libres, traemos a colación una obra interesantísima, acerca de nuestra idea actual de lo que es arte y cultura en general: La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa.

Y sin dejar Más Libros Libres, en su club de visionado obligatorio (ya saben, hay que traer la película vista en casa), celebraremos un esperado debate en torno a la obra de culto de ciencia ficción, filmada por Alex Proyas, Dark City.

En el club de lectura del Ateneo de Málaga, apuestan por un autor complejo y genial. Juan Benet con su conocida novela Volverás a Región.

En los dos clubes del Centro Andaluz de las Letras se rinde homenaje a uno de nuestros grandes escritores (mi preferido), Benito Pérez Galdós con dos de sus obras más conocidas, dos auténticas obras maestras: Tristana y Miau.

En el club de lectura de la Casa del Libro, una novela del escritor alemán de origen judío Fred Uhlman, que tenía ganas de leer desde hace tiempo: Reencuentro, sobre la difícil amistad entre un muchacho judío y uno ario en la Alemania de los años treinta.

En el club de lectura de la Fnac Málaga, otra obra de un autor que todavía no he leído y tengo pendiente desde hace tiempo: La leyenda del Santo Bebedor, de Joseph Roth.

Y por fin, en el ciclo Literatura y cine de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, debatiremos sobre hombres y máquinas a través de la película de Steven Spielberg Inteligencia artificial, basada en un relato de Brian W. Aldiss. 

Que tengan un buen comienzo de curso. Ya saben que en los clubes de lectura cuentan siempre con un refugio donde contemplar la vida de muchas maneras distintas.

domingo, 31 de agosto de 2014

EN DEFENSA DE LA INTOLERANCIA (2007), DE SLAVOJ ZIZEK. LA TRAMPA DEL PENSAMIENTO ÚNICO.


Un título tan llamativo como En defensa de la intolerancia solo podía venir de manos de Slavoj Zizek, el filósofo que, junto a Zygmunt Bauman, es el más leído y estudiado en la actualidad. Zizek no es un pensador que frene ante lo políticamente correcto. Él puede sacar partido a fragmentos de pensadores tan heterodoxos como Stalin o Robespierre. El cine también es una gran fuente de inspiración para él. Nuestro mundo, tan globalizado y repleto de toda clase de estímulos e información accesible, necesita de gente sabia que ordene nuestra realidad y sea capaz de interpretarla. Para ello hacen falta dos cualidades: inteligencia y falta de escrúpulos (esto último en el mejor sentido del término, falta de escrúpulos para poder escribir la verdad, o al menos lo que sinceramente se estima como cierto).

Algo que me llama poderosamente la atención de esta obra es que usa continuamente el término postpolítica para describir la época actual. La postpolítica sería algo así como aplicar a la política la famosa frase de El gatopardo: que todo cambie para que todo siga igual. Los políticos y su frenética actividad tienen más presencia que nunca en nuestras vidas, en nuestros medios de comunicación, inmersos en un debate que no parece terminar nunca y que, al vez, casi siempre adolece de falta de profundidad y es intelectualmente pobre. El objetivo es claro: hablar de todo, también de economía, pero respecto a esta última materia, encogerse de hombros y pronunciar oscuros discursos utilizando eufemismos acerca de los mercados, la austeridad y los sacrificios futuros, siempre desde una impotencia mal disimulada que busca eternizar el status quo, sustituyendo la responsabilidad del Estado por la de unos individuos (los ciudadanos, a los que se define como plenamente libres y responsables) que poco pueden hacer para defenderse de las todopoderosas multinacionales, que dominan el mercado (es decir, el mundo), un mercado que, como sucede con las religiones primitivas, necesita constantemente de sacrificios humanos para aplacar sus ciclos de ira destructiva: 

"La primera generación de los teóricos de la Escuela de Frankfurt llamó la atención, allá por los años treinta, sobre el modo en que, precisamente cuando las relaciones del mercado global empezaban a ejercer toda su dominación, de modo que el éxito o fracaso del productor individual pasaban a depender de los ciclos completamente incontrolables del mercado, se extendió, en la "ideología capitalista espontánea", la idea del "genio de los negocios" carismático, es decir, se atribuía el éxito del empresario a algún misterioso algo más que sólo él tenía. ¿No es cada vez más así, ahora, cuando la abstracción de las relaciones de mercado que rigen nuestras vidas ha alcanzado el paroxismo? El mercado del libro está saturado con manuales de psicología que nos enseñan a tener éxito, a controlar la relación con nuestra pareja o nuestro enemigo: manuales, en definitiva, que cifran la causa del éxito en la "actitud". De ahí que se pueda dar la vuelta a la conocida frase de Marx: en el capitalismo de hoy, las "relaciones entre las cosas" objetivas del mercado suelen adoptar la forma fantasmagórica de las "relaciones entre personas" seudo-personalizadas."

Pero para que todo esto sea posible, es mejor hacerlo con un rostro amable. Se debe garantizar la tolerancia, la libertad de pensamiento, de religión. Todo es debatible... menos la política económica, cuyos arcanos pocos conocen y menos todavía son capaces de controlar. Nuestro mundo se parece mucho más al que vaticinó Huxley que al del Gran Hermano de Orwell. Mientras se apela al multiculturalismo, las multinacionales van colonizando distintos países (también el nuestro) para amoldarlos a su imagen y semejanza. 

Como persona nacida en el bloque del Este, Zizek se lamenta de las oportunidades perdidas después de la caída del muro de Berlín. El vigoroso movimiento en pos de las libertades, que pretendía convertir a los habitantes de estos países en ciudadanos de pleno derecho de Estados democráticos, al final han conseguido que estos, en su mayoría, se hayan transformado en empobrecidos consumidores de bienes occidentales, cuyos políticos rara vez dan con la tecla (si es que la buscan) del bienestar general. Además, el tan cacareado acceso a la información a veces es oscuro. Hay tanto donde mirar, que lo más lógico es perderse bajo el peso de tantas noticias y opiniones. ¿Quién puede estar seguro de lo que realmente está sucediendo en Ucrania o en Irak? ¿De quienes debemos ser partidarios? ¿Quién es el auténtico beneficiario de estos conflictos?

Hay un término que ha hecho fortuna para referirse al mundo de hoy día: la sociedad del riesgo. Jamás el ser humano ha podido controlar los riesgos inesperados a los que se enfrenta en el día a día, pero nunca se ha enfrentado a la destrucción total del planeta provocada por las acciones humanas. Ni siquiera sabemos si es un riesgo real, pero sí que es una posibilidad cierta. No somos omnipotentes y seguramente jamás llegaremos a serlo. Pero sí que podemos organizarnos mejor, comenzar un debate público sin interferencias y, sobre todo, empezar a pensar qué se hace con la economía, esa ciencia gamberra y descontrolada, que provoca desastres sin responsables. Debemos desterrar ese término con el que se nos bombaredea desde hace ya demasiado, ese fin de las ideologías, que solo nos lleva al callejón sin salida de la preponderancia absoluta de las multinacionales. Pregunten a los expertos del FMI qué hay que hacer ante una situación de crisis económica, siempre responderán lo mismo, sea cual sea la naturaleza de dicha crisis: facilitar el despido, flexibilidad laboral y menos impuestos para los más ricos. Ante esta penosa realidad, la economía también debe politizarse y deben establecerse regulaciones y controles a la misma por parte de gente responsable y no nos vuelva a sorprender en pañales una crisis devastadora como la actual:

"La gran novedad de nuestra época post-política del "fin de la ideología" es la radical despolitización de la esfera de la economía: el modo en que funciona la economía (la necesidad de reducir el gasto social, etc.) se acepta como una simple imposición del estado objetivo de las cosas. Mientras persista esta esencial despolitización de la esfera económica, sin embargo, cualquier discurso sobre la participación activa de los ciudadanos, sobre el debate público como requisito de la decisión colectiva responsable, etc. quedará reducido a una cuestión "cultural" en tomo a diferencias religiosas, sexuales, étnicas o de estilos de vida alternativos y no podrá incidir en las decisiones de largo alcance que nos afectan a todos. La única manera de crear una sociedad en la que las decisiones de alcance y de riesgo sean fruto de un debate público entre todos los interesados, consiste, en definitiva, en una suerte de radical limitación de la libertad del capital, en la subordinación del proceso de producción al control social, esto es, en una radical re-politización de la economía."

viernes, 29 de agosto de 2014

14 (2013), DE JEAN ECHENOZ. LA GUERRA ÍNTIMA.

 En un artículo reciente, el crítico de cine Carlos Boyera confesaba la adicción que le produjo Jean Echenoz, después de la lectura de 14, hasta el punto de que tuvo que hacerse con toda la obra del autor francés para, literalmente, devorar una novela tras otra. Y es que, bajo la aparente sencillez de la escritura de Echenoz, de su gusto por el minimalismo, late nada menos que la pasión por describir el pulso de la vida cotidiana en un momento decisivo para el devenir histórico, que sucedía ahora justamente un siglo: el comienzo de la Primera Guerra Mundial.

Es bien conocido que las primeras noticias del conflicto fueron recibidas con alborozo por los ciudadanos de los diversos países implicados. La guerra se veía más como una competición deportiva que duraría unas pocas semanas que como el horror absoluto en el que pronto se iba a convertir:
 
"Todos parecían encantados con la movilización: discusiones enfebrecidas, risas desmesuradas, himnos y fanfarrias, exclamaciones patrióticas entreveradas de relinchos."

La novela de Echenoz comienza de una manera idílica, con el protagonista pedaleando por los montes de la Vendée. En un determinado momento, desde las alturas, advierte que todos los campanarios de los pueblos que divisa desde las alturas comienzan a repicar al unísono: la guerra se ha declarado. No hay vuelta atrás, los dirigentes europeos, afectados por una tremenda miopía y un desprecio infinito por las vidas de sus ciudadanos, prefieren discutir sus diferencia en el campo de batalla, aunque ellos personalmente queden resguardados en sus palacios.

Los primeros momentos del alistamiento oscilan entre la confusión, el nerviosismo y la confianza en una victoria fácil. Todavía es posible el patriotismo, cantar al unísono mientras se marcha al encuentro del enemigo. Pronto toda esta falsa seguridad se desmoronará como un castillo de naipes cuando Anthime, el soldado de a pie, afronte la brutalidad de la guerra industrializada, dominada por armas cada vez más perfeccionadas: la ametralladora, el avión y, lo que es peor, los gases tóxicos. Pronto el conflicto se iba a estabilizar en una red de trincheras que atravesaban Francia de norte a sur. Sus defensores estarían expuestos al peor de los infiernos: bombardeos permanentes, ineptitud de sus propios mandos, falta de higiene (los piojos y las ratas eran uno de los peores tormentos que tenía que afrontar el soldado) y los problemas mentales que indudablemente se derivaban de todo ello, que eran comúnmente calificados como cobardía por unos mandos absolutamente insensibles, a los que solo les interesaba evocar un patriotismo hecho a su medida.

A Echenoz le interesa sobre todo mostrar los sentimientos de aquellas personas de vidas ordinarias que de pronto se vieron atrapadas en un callejón sin salida de atrocidades. Las posibilidades de salir indemne de aquello eran escasas - sobre todo en ciertos sectores del frente - por lo que quien, por ejemplo, perdía un brazo por la explosión de un proyectil y era evacuado, suscitaba la envidia de sus compañeros. Poco más se puede decir que nos pueda dar una idea de la pérdida creciente de lo que cotidianamente conocemos como humanidad que sufrieron estos hombres. En cualquier caso, por mucho que leamos sobre ello, jamás podremos hacernos una idea de lo que significaba realmente vivir esa realidad día tras día. Si las guerras suelen tener poca justificación, la del 14 fue particularmente innecesaria, sobre todo porque todos los bandos salieron perdiendo y los odios quedaron en barbecho hasta veinte años después, cuando Hitler desató un nuevo apocalipsis que tenía mucho de revancha. Sirva la narración de Echenoz para homenajear a tanta gente corriente que fue engullida por un conflicto cuyo sentido jamás pudieron entender del todo, más allá de la intolerable agresión a sus propias personas.

martes, 26 de agosto de 2014

LA CAVERNA (2000), DE JOSÉ SARAMAGO. EL ARTESANO Y EL TEMPLO.

A casi todo el mundo le gustan los centros comerciales. Nos atraen porque son edificios hechos a escala humana, para satisfacer necesidades humanas y estimular nuestro siempre latente apetito consumista. Cuando entramos en un día especialmente caluroso o frío nos reconforta su temperatura perfecta. Mientras paseamos por sus pasillos, nos sentimos seguros, porque hay personal de vigilancia bien visible. Nadie nos presiona directamente para comprar. Podemos recrearnos en las tiendas y supermercados cuanto queramos, aunque en el fondo sepamos que estamos rodeados de estímulos que nos incitan a consumir. Uno puede pasar una tarde muy agradable sin salir de los muros de este templo del consumo, sin ni siquiera enterarse del tiempo que hace fuera. Puede almorzar, tomar café, ir a visitar tiendas de moda, ver una película, hacer la compra de la semana en el supermercado y aun pasar un rato jugando con máquinas recreativas, tomando copas en un pub o bailando en una discoteca. Saramago ha imaginado un enorme centro comercial, en continua expansión, como personaje a la vez seductor y amenazante en su novela:

" (...) no exagero nada afirmando que el Centro, como perfecto distribuidor de bienes materiales y espirituales que es, acaba generando por sí mismo y en sí mismo, por pura necesidad, algo que, aunque esto pueda chocar a ciertas ortodoxias más sensibles, participa de la naturaleza de lo divino, También se distribuyen allí bienes espirituales, señor, Sí, y no se puede imaginar hasta qué punto los detractores del Centro, por cierto cada vez menos numerosos y cada vez menos combativos, están absolutamente ciegos para con el lado espiritual de nuestra actividad, cuando la verdad es que gracias a ella la vida adquiere un nuevo sentido para millones y millones de personas que andaban por ahí infelices, frustradas, desamparadas, es decir, se quiera o no se quiera, créame, esto no es obra de materia vil, sino de espíritu sublime."

Frente al centro comercial, encontramos al protagonista de La caverna, el maduro artesano Cipriano Algor, representante de las formas de vida de tradicionales, alfarero que depende del centro para vender su trabajo y que a la vez intenta mantenerse lo más alejado posible de su principal y único cliente (su contrato con el centro exige que no venda a nadie más el producto de su trabajo), por lo que solo hace sus visitas al mismo cuando es estrictamente necesario. Los representantes del centro no mantienen una relación desagradable con él, sino simplemente de negocios y, como todos, Cipriano Algor debe someterse a la ley de la oferta y la demanda. Y su producto, la cerámica manufacturada, se está quedando obsoleto. Pero esto no quiere decir que las relaciones de Cipriano con el centro vayan a darse por concluidas. Muy al contrario, se verá obligado a trasladarse a vivir dentro de sus inmensas instalaciones junto a su hija, cuando su yerno sea nombrado vigilante interno.

En La caverna, el centro comercial es presentado como la catedral de la nueva religión del consumo. Es un edifico inmenso, voraz e insaciable, que va devorando calles de la ciudad en su infinita expansión. Los que viven dentro de sus muros son los afortunados, los que tienen de todo a su alcance, los que cuentan con protección. Fuera, la vida es decadente, hay barrios de chabolas y delincuencia. En los pasillos climatizados del centro uno puede pasear durante años y descubrir siempre nuevas diversiones, nuevas actividades que realizar, incluso acudir a simuladores de lluvia, nieve y viento sin tener que salir al exterior. Es un descubrimiento subterráneo el que va a golpear definitivamente la vida de los personajes, que se van a sentir como aquel prisionero desencadenado del mito de la caverna de Platón que descubre de pronto la verdad, o más bien la falsedad en la que ha estado viviendo hasta ese momento junto a sus compañeros, prisioneros sin ser conscientes de ello. Pero el drama del que atisba la verdad es el mismo que el de Casandra en La Eneida: sus palabras provocarán hostilidad y será tomado por necio o loco extravagante.

La de Saramago es claramente una narración simbólica, repleta de metáforas alusivas a un tiempo de primacía absoluta del mercado sobre el individuo, una distopía que a veces se disfraza de retrato costumbrista, a la par que filosófico y que tiene mucho más que ver con Aldous Huxley que con George Orwell. No hay que tomar muy en serio los diálogos de los personajes, en el sentido de que son poco realistas y demasiado elevados, en consonancia con dicho simbolismo. Respecto al estilo del escritor portugués, como de costumbre, es heterodoxo, pero en mi caso, me parece una lectura fluida y cómoda, a pesar de que sus páginas, a primera vista, puedan parecer muy densas. La caverna no llega al nivel de otras novelas de Saramago, como Ensayo sobre la ceguera, pero acercarse a este libro sigue siendo una experiencia recomendable, porque siempre se acaba sacando provecho de sus lúcidas reflexiones.

domingo, 24 de agosto de 2014

LAS ISLAS DE LA PRUDENCIA.

Como todos hemos nacido como seres morales y jamás sentimos atrofiada nuestra capacidad de juzgar, es lógico que, ante cualquier caso que llame nuestra atención, nos lancemos a la menor ocasión a opinar acerca de hechos recién sucedidos - nuestra sociedad exige cada vez más inmediatez y menos reflexión - de los que no hemos sido testigos y de los que carecemos de los más mínimos elementos de juicio. Nos basta con que los medios, ansiosos de ofrecer noticias que generen una súbita indignación, aseguren que algo ha sucedido, sin haber contrastado información alguna, para que lo que debería tratarse con la más elemental prudencia, se convierta en hechos probados y condenados y sus autores en unos monstruos merecedores de un castigo ejemplar, dado lo evidente del delito, dado que sus propios rostros criminales son la mayor evidencia del mismo.

El mismo día de la supuesta violación múltiple de la feria de Málaga empecé a ver en facebook y otras redes sociales fotos de los supuestos criminales, conminando a que se compartieran, quizá para que los ciudadanos de bien tengan más fácil ejercitar la justicia por su mano si se los encuentran por la calle. La ola de indignación creció con las imágenes de los familiares de los acusados acudiendo a apoyarlos a las puertas del juzgado. A veces me pregunto que es lo que mueve a tanta gente a maldecir públicamente a cualquier presunto autor de los crímenes que consideramos más abominables - violaciones, asesinatos, pederastia - y a su vez a apoyar a políticos del partido propio cuando son acusados de corrupción. Parece que hay ciertos delitos que producen una especial fascinación y morbosidad en gran número de personas, que reaccionan expresando públicamente su repudio y maldiciendo a sus presuntos autores. Siempre limpia la propia conciencia comprobar que por ahí se mueven personas mucho peores que uno mismo, que dejan nuestras malas acciones en meras anécdotas. Quizá esa es la causa de tanto grito en internet y en la puerta de los juzgados. La gente quiere que se sepa que ellos están del lado de la decencia. Podría ser una reminiscencia de los tiempos inquisitoriales, cuando convenía que los demás nos vieran como buenos cristianos, por nuestras acciones e incluso por nuestros pensamientos, pero más bien me parece una exhibición muy propia de estos tiempos, en los que toca publicar fotos de lo que hacemos en cada instante, retuitear frases de autoayuda e indignarse colectivamente ante determinadas noticias.

Hay que apelar al valor de la prudencia, intentar ahorrar estos espectáculos de desgarramiento de vestiduras, de falta de juicio. Es mejor contenerse un poco y, ante las ganas de indignarse, tener siempre a mano Furia, de Fritz Lang, para reflexionar acerca de lo irracional que se vuelve a veces el poder de la masa. Todavía hoy, una semana después, sigo leyendo opiniones indignadas con la decisión de la jueza (la califican de oscura jueza), como si ellos hubieran sido testigos directos de los hechos o hubieran visto el vídeo y asistido a los interrogatorios de los implicados. Yo no me voy a irritar más o menos si estos muchachos son declarados culpables o no. Lo único que me interesa es que se indague en la verdad de los hechos de una forma totalmente objetiva, que es el ideal de la justicia. Lo peor de todo es que, para rematar, hemos tenido que escuchar una de esas frases memorables del baboso del alcalde de Valladolid, que debe ver a George Clooney cada vez que se mira al espejo... Cuánto daño se le ha hecho a las mujeres durante esta semana... Las agresiones sexuales que tantas soportan, no son un asunto que deba sujetarse a tanta frivolidad.

GUARDIANES DE LA GALAXIA (2014), DE JAMES GUNN. LOS CINCO MAGNÍFICOS DEL ESPACIO.

De entre los muchos cómics de superhéroes que leí en mi adolescencia, apenas recuerdo haber tenido mucho conocimiento de estos Guardianes de la galaxia, más allá de alguna referencia en algún número de Los Vengadores. Por eso, a diferencia de otras ocasiones, acudí a ver la película sin una idea preestablecida. Perteneciendo de pleno de derecho al universo Marvel, los Guardianes de la Galaxia son un grupo aparte, pues se mueven a muchos años luz de nuestro planeta, aunque de vez en cuando los conflictos en los que median, como la famosa guerra Kree-Skrull, pongan a la Tierra en peligro.

Desconozco si los productores de esta película pretenden enlazar a sus personajes con el universo Marvel que han ido creando en la última década - Vengadores, Thor, Iron Man - aunque me imagino que sí, puesto que Thanos, el gran enemigo que se oculta en las sombras, ya había aparecido en la escena post-créditos de la exitosa Los Vengadores. Independientemente de estas consideraciones, Guardianes de la Galaxia constituye por sí misma un sólido entretenimento que, prescindiendo de cualquier pretensión trascendental, se inscribe de lleno en la tradición del space opera, esas narraciones a las que no les importan las improntas científicas o sociológicas del relato, sino simplemente la aventura. La película de James Gunn debe bastante a La Guerra de las Galaxias. Su protagonista es una especie de híbrido entre Luke Skywalker (por su secreto origen y sus dones ocultos) y Han Solo (más evidente aún, por la medida desvergüenza que exhibe el personaje).

Guardianes de la Galaxia supone la distracción perfecta para pasar una agradable tarde de verano. Personajes bien trazados, que caen enseguida en gracia al espectador, buena química entre ellos, excelentes efectos especiales, grandes dosis de humor y falta de pretensiones grandilocuentes. Un buen cóctel que recupera la tradición de las grandes aventuras espaciales. Un detalle: si a Star Lord, en vez de ser aficionado a la música de los setenta y los ochenta, le hubiera gustado el reaggeton, ¿hubiera cambiado mucho la película?

martes, 19 de agosto de 2014

LA SEÑORA MINIVER (1942), DE WILLIAM WYLER. SANGRE, SUDOR Y LÁGRIMAS.

La Segunda Guerra Mundial, como es lógico, generó una ola de películas de propaganda de uno u otro signo. Los nazis apelaban a la superioridad de la raza aria y al peligro judío, los italianos se asomaban a su gloriosa historia, los rusos prometían vengar la agresión sufrida por la madre patria y americanos e ingleses intentaban convencer al mundo de la integridad de su lucha por la democracia. Si ayer hablaba de cómo algunas multinacionales promocionan sus productos a través de ciertas producciones cinematográficas, hoy hay que apuntar que los países, sea por motivos políticos o bélicos, también han utilizado con largueza este medio para defender sus intereses y promover una determinada visión del mundo. En 1942, cuando se estrenó La señora Miniver, la guerra se encontraba en su apogeo. Estados Unidos acababa de entrar en la contienda, después del bombardeo de Pearl Harbour e Inglaterra empezaba a respirar, a pesar de que los alemanes, que ya se encontraban en serias dificultades en su campaña contra la Unión Soviética, todavía eran capaces de lanzar algún que otro latigazo en forma de bombardeo contra las ciudades británicas.

Tal es el poder del cine que, tan solo tres años atrás, en 1939, el estreno de Lo que el viento se llevó había reforzado las posiciones aislacionistas de Estados Unidos frente al conflicto que estaba a punto de desatarse en Europa. Hizo falta un suceso tan dramático como el bombardeo de Pearl Harbour para que esta mentalidad cambiara de repente, a pesar de que ya había muchas voces que clamaban frente al peligro de una victoria fascista. La señora Miniver se inscribe en el esfuerzo por presentar al aliado británico como un pueblo de ciudadanos trabajadores y decentes - muy parecido al estadounidense - que ve su forma de vida agredida por un enemigo implacable. La película tuvo un éxito inmediato y se hizo acreedora de seis premios Oscar. El mismísimo Winston Churchill, el alma de la resistencia británica, dejó dicho que La señora Miniver había contribuido más al esfuerzo bélico de su país que si le hubieran mandado una flotilla de destructores.

Y es que el film de William Wyler es como un mecanismo de relojería preparado para que el ciudadano medio se identifique con unos personajes que gozan de una vida acomodada que han construido por medio de su trabajo. Todo comienza con la existencia feliz del verano de 1939, en el que las inquietantes noticias que llegaban del otro lado del canal no podían ser tomadas totalmente en serio. Londres es una ciudad dinámica, repleta de las tentaciones propias de la sociedad de consumo, en las que caen fácilmente la señora Miniver y su marido, que habitan una casa idílica en la campiña inglesa. Sin dejar de apuntar algún detalle interesante, como que la censura del Hollywood de la época les hace dormir en camas separadas, hay también que señalar el hecho de que su hijo mayor ha empezado a estudiar en Oxford y vuelve de su primer año con algunas ideas de corte socialista, muy críticas con las clases altas, pero la película solo esboza esta situación, pues le interesa progresar por otros derroteros: la unidad del pueblo británico contra la agresión nazi, como ejemplo edificante para los Estados Unidos.

Es en este sentido en el que La señora Miniver funciona con plena eficacia y se convierte a ratos en una película absolutamente magistral. Si el espectador se ha identificado con los personajes con facilidad en el primer acto, no será difícil que se solidarice de inmediato con sus sufrimientos cuando la ofensiva aérea alemana arrecia contra el aeródromo cercano a la población en la que viven. Los Miniver tienen que convertirse en héroes a su pesar, a través de secuencias tan poderosas como la salida de toda clase de embarcaciones de Inglaterra para rescatar a sus soldados copados en Dunkerque o la terrible escena del matrimonio refugiado con sus hijos pequeños en un precario bunker casero mientras el bombardeo arrecia en el exterior y ellos intentan abstraerse leyendo Alicia en el país de las maravillas

La conclusión que podía sacar el espectador medio norteamericano es que la guerra es terrible, pues destruye casas y personas. Pero también dignifica al ser humano, que actúa como eslabón imprescindible de la unidad de la patria contra el enemigo común. Para lograr esto no hay que mostrar la cara más sucia de la guerra. Las muertes deben ser asépticas y los daños materiales reparables. Además, la religión ha de cumplir su papel de otorgar significación al sacrificio, acercando aún más entre sí a los miembros de la comunidad, sin distinción de clases sociales: la fórmula perfecta para que dichos sacrificios sean aceptables y se inscriban en la lucha heroica de un pueblo por su libertad. No puede acusarse a La señora Miniver de ser una película manipuladora, sino de ser hija de tiempos oscuros, en los que era necesario movilizar a los ciudadanos por todos los medios y convencerlos de la justicia de su causa. Lo verdaderamente milagroso es que, setenta años después, el film de William Wyler siga siendo una historia conmovedora, que no ha perdido ni un ápice de su fuerza ni de su sentido.