miércoles, 16 de abril de 2014

LA CONQUISTA SOCIAL DE LA TIERRA (2012), DE EDWARD O. WILSON. ¿DE DÓNDE VENIMOS? ¿QUÉ SOMOS? ¿ADÓNDE VAMOS?

El hombre es el único animal capaz de estudiarse a sí mismo, el más sorprendente fruto de la evolución de seres vivos sobre el planeta Tierra. Es indudable que la especie humana es la que domina de forma absoluta a todas las demás, sobre todo porque ha desarrollado de manera desmesurada una característica adaptativa imprescindible para tomar ventaja: la inteligencia. Todo esto puede valer para sentirnos orgullosos de pertenecer a esta especie. Pero si estudiamos cómo hemos llegado a este punto, nos daremos cuenta de que en gran parte ha sido producto de la casualidad. La evolución no ha estado guiada por ninguna inteligencia superior, simplemente ha sido un proceso adaptado a las circunstancias cambiantes de la vida en el planeta. De hecho, el germen de la especie humana actual estuvo a punto de extinguirse en un par de ocasiones (como ha sucedido con millones de especies desde la aparición de la vida).

Si en algo es especialista Edward O. Wilson es en la teoría de la eusocialidad, es decir, el comportamiento biológico que implica la coopeeración con los semejantes para asegurar el bienestar y la supervivencia de la especie. Esto implica desde la división del trabajo al cuidado colectivo de un nido común. El hombre es un animal eusocial, pero también lo son las hormigas, las termes y otros insectos. No es común la eusocialidad en la naturaleza, la mayoría de las especies suelen llevar una vida independiente o, si se mueven en manadas, carecen de un lugar estable donde vivir (un nido comunitario), una característica imprescindible del comportamiento eusocial. Bien es cierto que, en el caso de los humanos, esta cooperación ha ido ejercitándose progresivamente. Al principio se daba en grupos pequeños, que rivalizaban con tribus vecinas, aunque a veces se llegara a un grado de cooperación entre ellas por intereses mutuos (aún hoy la especie humana dista mucho de haber llegado a un grado de armonía ideal entre todos sus miembros. Los países a veces parecen cumplir las funciones de las antiguas tribus, con esa división territorial y humana excluyente en diversos grados). 

"La naturaleza humana son las regularidades heredadas del desarrollo mental común de nuestra especie. Son las "reglas epigenéticas", que evolucionaron por la interacción de la evolución genética y cultural que tuvo lugar a lo largo de un prolongado periodo de la prehistoria profunda. Estas reglas son los sesgos genéticos en la manera en que nuestros sentidos perciben el mundo, la codificación simbólica mediante la cual representamos el mundo, las opciones que automáticamente nos abrimos a nosotros mismos, y las respuestas que encontramos que son las más fáciles y las más gratificantes de hacer. (...) Las reglas epigenéticas (...) hacen que adquiramos diferencialmente miedos o fobias relacionadas con peligros del ambiente como serpientes o alturas; que nos comuniquemos mediante determinadas expresiones faciales y formas de lenguaje corporal; que establezcamos lazos con los niños; que establezcamos lazos conyugales y así sucesivamente a través de una extensa gama de otras categorías del comportamiento y del pensamiento. Es evidente que la mayoría de las reglas epigenéticas son muy antiguas y se remontan a millones de años en nuestro linaje de mamíferos. Otras, como las fases de desarrollo lingüístico, solo tienen cientos de miles de años de antigüedad. Al menos una, la tolerancia del adulto a la lactosa de leche, y en consecuencia, el potencial de una cultura basada en los productos lácteos en algunas poblaciones, se remonta a unos pocos miles de años."

Y es que la naturaleza humana es contradictoria. Por un lado es egoísta, pero por otro, los genes altruístas le obligan a cooperar para su propia supervivencia. También existen individuos con un grado especial de altruismo, capaces de sacrificarse por la comunidad, aunque estos son escasos, a no ser que se les obligue (como los soldados que son reclutados para pelear en una guerra). Y es que en realidad, el hombre dista mucho de estar programado para vivir en la civilización, sobre todo porque nuestros genes todavía responden a la llamada selección de grupo. Raramente nos identificamos con toda la humanidad, sino que necesitamos ser parte de un grupo con una determinada identidad - por cuyos miembros podemos sentir intensos grados de empatía - y eso nos hace rechazar al que consideramos diferente, a aquellos con los que tenemos que competir para controlar los recursos necesarios para una existencia cómoda. El nacionalismo y la religión se basan en estas premisas: hay que reforzar la pertenencia al grupo mediante unas determinadas doctrinas que otorgan a sus miembros un sentimiento de superioridad sobre los demás. 

La otra cara de la moneda de estas realidades es el desarrollo de la cultura, del arte, que une a los distintos pueblos y crea lazos de entendimiento y de cooperación, eliminando la desconfianza al diferente y potenciando el altruísmo. Incluso los que, dentro del grupo, son diferentes, como los homosexuales, tienen mucho que aportar al mismo, también desde un punto de vista biológico:

"La homosexualidad puede conferir ventajas al grupo mediante talentos especiales, cualidades de personalidad insólitas y los papeles y profesiones especializados que genera. Existen abundantes pruebas de que tal es el caso, tanto en sociedades prealfabetizadas como en las modernas. Sea como sea, las sociedades se equivocan al censurar la sexualidad porque los gays tienen preferencias sexuales diferentes y se reproducen menos. Por el contrario, su presencia debiera valorarse por aquello que aportan de forma constructiva a la diversidad humana. Una sociedad que condena la homosexualidad se daña a sí misma".

Así pues, la sociedad humana a la que tenemos que tender en el futuro es aquella que refuerce nuestros genes altruístas y cooperativos, en detrimento de los egoístas (algo que está lejos de las doctrinas neoliberales que imperan en el presente) y que acorrale las doctrinas religiosas y nacionalistas como algo excéntrico y excluyente. Dichas doctrinas cumplieron su papel de cohesión social en el pasado pero hoy día, en una sociedad en la que se ha desarrollado la ciencia hasta niveles increíbles, han perdido su sentido. Como dice Wilson: "El poder de las religiones organizadas se basa en su contribución al orden social y a la seguridad personal, no a la búsqueda de la verdad. El objetivo de las religiones es la sumisión a la voluntad y al bien común de la tribu". Cuanto mejor sería que esta tribu acabara abarcando a la humanidad entera, sujeta a las leyes racionales de la igualdad, la libertad y el conocimiento.

lunes, 14 de abril de 2014

SOBRE LA FELICIDAD (h 58 D.C.) DE LUCIO ANNEO SÉNECA.EL PLACER DE LA VIRTUD.

Hace un par de meses, paseando por Córdoba, pasé junto a la estatua de Séneca que está al lado de la muralla del Alcázar. Y advertí que hasta ahora no había leído más que algunos fragmentos de la obra de este autor, testimonio de la importancia que tuvieron estas tierras en la época de esplendor del Imperio romano. En Andalucía, como es sabido, se dice que alguien es un Séneca cuando da muestras de sabiduría, aunque a veces ésta tenga más que ver con la sapiencia popular que con la ciencia de los libros.

En una época en la que el cristianismo todavía era una doctrina marginal, los filósofos romanos compartían en buena parte el pensamiento estoico, una doctrina de la Grecia clásica que en buena parte se recoge en los pensamientos de Sobre la felicidad. Para Séneca la auténtica felicidad consiste en aceptar lo que se tiene en cada momento y no temer al futuro, pues debemos aprender a adaptarnos a circunstancias cambiantes. La libertad es la indiferencia por la fortuna, lo cual deriva en un espíritu sereno, que sabe gestionar los bienes que esta fortuna ha dispuesto en cada ocasión. La búsqueda ciega de placer es la gran enemiga del hombre. El placer no es malo en sí mismo, pero solo se producirá un verdadero disfrute del mismo si va unido a la virtud. Y esto implica apartarse del juicio de la mayoría para adoptar uno propio que estimemos éticamente irreprochable:

"Es feliz, por tanto, el que tiene un juicio recto; es feliz el que está contento con las circunstancias presentes, sean las que quieran, y es amigo de lo que tiene; es feliz aquel para quien la razón es quien da valor a todas las cosas de su vida."

Es curioso que Séneca emplee tanto esfuerzo en explicar por qué su propia abundancia de bienes materiales contradice su doctrina filosófica. El pensador aduce que, como humano, él prefiere una vida cómoda a una dominada por la indigencia. Pero aporta dos matices. El primero es que si la fortuna se mostrara un día adversa, su espíritu no se vería alterado por ello y aceptaría con serenidad las nuevas circunstancias. Y el otro es que su patrimonio ha sido ganado por medios lícitos. Jamás aceptaría un solo denario procedente del crimen o la corrupción. Es seguro que estas circunstancias, aparentemente contradictorias, le harían objeto de numerosas críticas, puesto que estos capítulos tienen un tono defensivo. Qué sensaciones tan extrañas se obtienen de la lectura de un pensador de hace dos mil años, que trata de asuntos humanos que siguen de plena actualidad.

domingo, 13 de abril de 2014

NO SÉ QUIÉN ERES (2013), DE MIGUEL TORRES LÓPEZ DE URALDE. EL SUEÑO Y LA REALIDAD.

Memorable la tarde del viernes en la Biblioteca Cristóbal Cuevas. A una amplia asistencia de público, se unió la presencia de dos grandes artistas: el escritor Miguel Torres López de Uralde y el dibujante Marcos Reina. Una sesión muy especial de nuestro club de lectura:

http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2014/04/no-se-quien-eres-miguel-torres-lopez-de.html

viernes, 11 de abril de 2014

NOÉ (2014), DE DARREN ARONOFSKY. UN DIOS SALVAJE.

"Viendo Yahveh que la maldad del hombre cundía en la tierra, y que todos los pensamientos que ideaba su corazón eran puro mal de contínuo, le pesó a Yahveh de haber hecho el hombre en la tierra y se indignó en su corazón. Y dijo Yahveh: "Voy a exterminar de sobre el haz del suelo al hombre que he creado (...) porque me pesa haberlos hecho". Pero Noé halló gracia a los ojos de Yahveh."

Así se inicia el relato bíblico del diluvio universal, una tradición que al parecer tiene sus orígenes remotos en Babilonia, en recuerdo, seguramente, de varias inundaciones desastrosas en el valle del Tigris y del Eúfrates, que fueron exageradas hasta el punto de darle rasgos de cataclismo universal. Curiosamente esta historia también aparece en textos de culturas tan diferentes como la hindú, la griega o la maya. En la tradición judeo-cristiana nos encontramos con el típico Dios del Antiguo Testamento, un Todopoderoso eterno fiscalizador de la conducta del hombre, al que exige contínuos homenajes  y que elige a un pueblo como favorito, al que otorga carta blanca para exterminar a sus enemigos.

En la extraña visión de Darren Aronofsky de esta historia, se nos presenta a Noé viviendo con su mujer e hijos en una tierra desértica y aparentemente devastada, parecida a la que se nos presenta en películas postapocalípticas del estilo de Mad Max (George Miller, 1979). Noé evita el contacto con el resto de los hombres y no duda en matarlos cuando tiene un encontronazo con ellos. Al parecer la humanidad está corrupta, imbuida de puro mal, tal y como dice la Biblia y Noé es el único ser puro que queda en la Tierra. Pero, oh sorpresa. El hombre no está solo. Coexiste con una extraña raza de ángeles caídos, que a ojos del espectador son un híbrido entre criaturas del universo de El señor de los anillos y los Transformers. Estos seres son un testimonio vivo de la crueldad divina. Al parecer, bajaron a la Tierra a ayudar al hombre cuando se produjo su expulsión del paraíso y por ello fueron castigados. La caída del hombre en el jardín del Edén es una obsesión en esta película: representada en los sueños de Noé (la manzana, la serpiente), es un eficaz recuerdo del anhelo inconsciente del ser humano de alcanzar un día un paraíso eterno.

Por lo demás Noé es un film que se puede calificar de fallido. Precedido por la ya tradicional polémica religiosa que acompaña a este tipo de producciones, resulta que la visión de Aronofsky no satisface a los líderes de las principales creencias que mantienen que este episodio es un dogma de fe. Y si nos atenemos a la antipatía que despierta el personaje de Dios, es muy lógico que así sea. Yahveh es un sin escrúpulos, capaz de programar el exterminio de millones de seres humanos y animales con el argumento de su corrupción moral. Claro que, como se observa desde las primeras imágenes, la tierra que han heredado estos pobres humanos no mana precisamente leche y miel. Es un lugar con poquísimos recursos, por lo que es natural que estos se hallen en permanente disputa y que estas disputas engendren guerras, esclavitud y muerte. La solución divina es la misma que en muchas averías informáticas: formatear y reiniciar el sistema.  

Noé, presentado como modelo de virtud, no es más que, a los ojos del espectador, que el instrumento de un ser infinitamente poderoso y tiránico. El patriarca no se cuestiona sus decisiones, sino que las aprueba de inmediato con una mezcla de miedo y adoración, con la misma lógica con la que los hombres de hoy son capaces de obedecer las órdenes de los peores dictadores, justificándolas en la infalibilidad de su juicio. Todos estos aspectos éticos y de filosofía de la religión son reflexiones interesantes una vez que se ha visto la película, pero mientras esta se está proyectando, lo que prima es el aburrimiento, la sensación de que Aronofsky naufraga por una historia demasiado bien conocida y que quizá se toma demasiado en serio, con el resultado de hastiar a los no creyentes y enfurecer a los que sí lo son. Claro que, como estamos hablando de un buen director, hay escenas que pueden salvarse del sinsentido general, a las que logra dotar de un sutil misterio, como aquella en la que Noé narra la Creación, que nos remite directamente a las más hermosas palabras de la Biblia, aquellas con las que comienza el Génesis, cuando todo eran promesas de felicidad y armonía eternas. Es una lástima que el resto del metraje sea pura espectacularidad para extender un relato que apenas ocupa un par de páginas en la Biblia. 

miércoles, 9 de abril de 2014

LA INVENCIÓN DE MOREL (1940), DE ADOLFO BIOY CASARES Y EL AÑO PASADO EN MARIENBAD (1961), DE ALAIN RESNAIS. BREVE HISTORIA DE UN AMOR ETERNO.

Un hombre llega a una isla aparentemente desierta. En realidad es un fugitivo y no le importa que le hayan contado que una misteriosa enfermedad gobierna ese pequeño territorio. De pronto, una aparición inexplicable: grupos de personas que habitan un edificio. Otro día el edificio parece abandonado. Y otro, una visión aún más perturbadora: una hermosa mujer tomando el Sol. Cuando por fin se decide a tomar contacto, las apariciones no le hacen caso, siguen a lo suyo como si él no existiera. Pero no parecen fantasmas, son reales y conversan sobre temas terrenales. Poco a poco el protagonista se va enamorando de la figura de la mujer, que aparece en días alternos en el mismo punto y con las mismas actitudes. ¿Cuál es el misterio de esa mujer y de la isla entera? Bioy Casares nos va llevando poco a poco por un in crescendo sorpresivo hasta que descubrimos las causas de lo que allí sucede. Y lo hace de manera magistral, haciendo que el lector vaya estableciendo hipótesis, aún sin quererlo, ayudado por la perplejidad del narrador-protagonista. Aunque universalmente reconocida como una de las joyas de la literatura fantástica, Borges, en su prólogo, se decanta por añadir el género policial al fantástico, quizá por la estupenda sensación de intriga que produce su lectura:

"Las ficciones de índole policial (...) refieren hechos misteriosos que luego justifica e ilustra un hecho razonable; Adolfo Bioy Casares, en estas páginas, resuelve con felicidad un problema acaso más difícil. Despliega una Odisea de prodigios que no parecen admitir otra clave que la alucinación o que el símbolo, y plenamente los descifra mediante un solo postulado fantástico pero no sobrenatural."

Hay mucho de Borges en La invención de Morel. Pero también de Robert Louis Stevenson o de Herbert George Wells. A pesar de ello la voz narrativa de Bioy Casares es lo suficientemente poderosa y original como para que estos autores sean, más que influencias directas de su prosa, objeto de homenaje en la trama de la novela. Al final lo que queda es una sensación de extrañeza. Aunque se nos ha dado la solución al enigma, esta solución parece entrañar un enigma aún mayor. ¿Es el amor absoluto lo que da fuerzas a su protagonista para tomar su decisión final? La conclusión moral de este acto, que también la hay, es que anhelamos ser felices, pero preferimos que los demás crean que lo somos. 

La atmósfera de misterio de La invención de Morel se mantiene en El año pasado en Marienbad, que más que una adaptación de la novela, es una película inspirada por esta, pero con la suficiente entidad propia como para ser una obra casi independiente a su fuente de inspiración. En la obra de Resnais la isla se convierte en un elegante palacio, lo que parece ser un hotel de lujo. Por él deambulan una serie de personajes que parecen salidos de un sueño buñuelesco, como atrapados en un extraño bucle temporal. En el edificio y los jardines de El año pasado en Marienbad parece hacerse realidad aquel mito del eterno retorno del que habló Nietzsche, basándose en antiquísimas tradiciones provenientes de Oriente y que también fascinaron a Borges. Las imágenes de la película destilan un aire enfermizo, dominadas claramente por el concepto de anacronía, es decir, de la alteración cronológica de las partes de una historia. Pero es, al igual que en la historia de Bioy, el amor lo que lo domina todo, un amor al que no le importa que el marco temporal y los recuerdos sean confusos. Un amor que está condenado a repetirse por toda la eternidad.

martes, 8 de abril de 2014

ADOLFO SUÁREZ, AMBICIÓN Y DESTINO (2009), DE GREGORIO MORÁN. LA VOLUNTAD DE PODER.

La reciente muerte de Adolfo Suárez ha desatado, desde que fuera anunciada por su hijo dos días antes de producirse, un auténtico vendaval de elogios, a veces sonrojantes. Voces de todos los ámbitos políticos, periodísticos y cortesanos se han ido sumando a este festival hagiográfico de un hombre que, en su momento, fue insultado y despreciado con esa misma unanimidad. Leyendo cualquier periódico de hace un par de semanas era muy difícil hacerse una idea objetiva de la auténtica medida del personaje. Lo mismo sucedía si uno visitaba una librería o una biblioteca, donde se habían colocado precipitadamente pequeños altarcitos en forma de volúmenes dedicados a la memoria de Adolfo Suárez. Evaluando los que aparentaban tener mayor calidad, me decanté por el que me parecía el estudio más riguroso de todos, el firmado por Gregorio Morán, que ya había trazado un retrato de Suárez, muy vendido en su tiempo, cuando éste llevaba apenas un par de años en el poder. 

Lo primero que hay que recordar, cuando se aborda la vida del primer presidente de nuestra democracia, son sus orígenes. Y estos no pueden ser otros que su estrechísima relación con grupos tan afines al Franquismo como Acción Católica, el Opus Dei o la Falange. De hecho, su auténtico padrino político fue Fernando Herrero Tejedor, que le introdujo en la sede central de calle Alcalá, donde llegó a convertirse en Ministro Secretario General del Movimiento en el gobierno de Arias Navarro, tras la muerte de Franco. Bien es verdad que hay que decir a su favor que después, cuando ya era él mismo el presidente, tuvo la osadía de dinamitar el Movimiento desde dentro. 

Cuando Adolfo Suárez fue nombrado presidente por sorpresa, el panorama que se encontraba ante sus ojos no era nada alentador. Por un lado estaban los continuistas del bunker, que querían seguir adelante con el régimen a toda costa. Por otro, los reformistas, que pretendían una puesta al día de las instituciones y una apertura democrática y de derechos más o menos controlada. Y por otro, los partidos clandestinos, que luchaban por una ruptura total con el régimen y el advenimiento de un nuevo Estado democrático. La muerte de Franco, el auténtico sostén de todo el tinglado de su régimen, había dejado perlas periodísticas como ésta (con Suárez en la actualidad nadie se ha atrevido a tanto), firmada por Cristóbal Páez, director del diario Arriba:

"Francisco Franco está ya subiendo las impresionantes gradas que conducen ante Dios y ante la Historia. Sin escolta, sin oropeles, sin fanfarria, sin siquiera la mínima sombra de un corneta de órdenes. Va despacioso, humilde y un poco encorvado porque no lleva las manos vacías. Guarda - sospecho - cinco palabras en su boca. Pueden ser éstas: "Sin novedad, Señor, en España".

Hay que recordar que lo de colocar a Suárez en la presidencia del gobierno fue una operación auspiciada por el rey y por Torcuato Fernández-Miranda. Y fue todo un acierto, vistos los resultados. Se necesitaba ser audaz para conseguir que las Cortes franquistas se suicidaran, legalizar el Partido Comunista un sábado santo y convocar elecciones solo un año después de haber sido elegido, todo ello con una creciente presión en todos los ámbitos, incluyendo el terrorista. Y es aquí cuando llega el momento decisivo del personaje porque, si bien había sido nombrado por sus promotores para culminar la transición, en este punto se rebela e intenta ampliar su papel fundando su propio partido polítco y presentándose él mismo a las elecciones. Este movimiento le va a suponer ganarse a muchos y poderosos enemigos. Además, la organización política que crea, la UCD, jamás será un partido cohesionado, sino más bien una amalgama de diferentes familias que van desde la socialdemocracia a la derecha más rancia y que acabarán peleándose entre ellos y echando a su propio secretario general. A pesar de todo, lograría ganar dos elecciones, en 1977 y 1979, consolidando así el proceso democrático y concitando cada vez más odios sobre su persona. La Transición fue la que fue (y ahora estamos viendo que tuvo muchas carencias, sobre todo porque los poderes económicos y sociales herederos del franquismo siguieron donde estaban y siguen ahí hoy día) gracias al pilotaje de Suárez. Un periodo tan contradictorio como él mismo. La intentona golpista del 23 de febrero fue la culminación de su carrera. Se mantuvo en pie frente a los Guardias Civiles, salvando, junto a Gutiérrez Mellado y Carrillo, la dignidad del Parlamento en aquella infausta jornada. Después de esto intentó que su dimisión (cuyos motivos auténticos nunca han sido aclarados del todo), no tuviera efecto, pero ya era demasiado tarde.

Los años ochenta serán los de su travesía en el desierto con su nuevo partido, el CDS, intentando volver a tocar el anhelado poder. A pesar de que su prestigio y el verdadero valor de su trabajo en la Transición iban siendo reconocidos paulatinamente, esto no se traducía en votos. Esta fue también una época de amistades peligrosas para Suárez: Ruiz Mateos, Mario Conde... Porque existe otra versión de Adolfo Suárez que ahora se intenta olvidar, la del Suárez poco escrupuloso con sus negocios, con sus tratos en la sombra... Ya en los años setenta estuvo involucrado en algún escándalo feo, que se tapó como se tapaban esas cosas en la dictadura, como el asunto de ENTURSA o algún otro. En los periodos en los que no ejercía cargos políticos de importancia, nuestro protagonista se entregaba a todo tipo de negocios que le hicieran ganar dinero fácil y rápido. Así lo expresa Gregorio Morán:

"(Sus negocios) para un experto económico tenían las características de singularidad de los negocios rápidos, lucrativos y arriesgados, sin olvidar que siempre que se acumulan tales virtudes aparecen también como primos hermanos, la oscuridad, el amiguismo y el privilegio como forma de lograr fortuna."

Necesitaba el dinero para desarrollar su estilo y tácticas para llegar al poder, que no eran otros que el acercamiento a ciertos personajes (llegó, en los sesenta, a comprar una casa junto a la que veraneaba el almirante Carrero Blanco) como Fernández Miranda o el propio príncipe Juan Carlos, los que, según su intuición, iban a ser influyentes en un futuro próximo. Los seducía con una combinación de simpatía, cercanía y peloteo que casi siempre le funcionó. Porque en realidad Adolfo Suárez no era un hombre, en lo intelectual, excesivamente preparado. Había sacado su carrera de derecho sin brillantez y no se lo conocía afición alguna a la lectura. Por contra, era un animal político, con un gran valor personal y una gran capacidad para aceptar el riesgo calculado. Un hombre repleto de contradicciones al que Gregorio Morán ha sabido retratar muy acertadamente, lejos de los escritos adulatorios que hemos tenido que padecer en los últimos días. Merece la pena su lectura, para tener una imagen más ecuánime de un hombre al que tenemos que estar agradecidos por muchas cosas, pero al que también se le podrían haber reprochado otras.

lunes, 7 de abril de 2014

DALLAS BUYERS CLUB (2013), DE JEAN-MARC VALLÉE. SIDA Y EMPRENDIMIENTO SOCIAL.

Ron Woodroof es un tipo del montón, más bien desagradable. Machista y homófobo en grado sumo, dedica su tiempo libre a apostar en rodeos, al sexo con prostitutas (sin protección), y al consumo desmesurado de drogas y alcohol. En suma, es una de estas personas cuya sociabilidad se reduce a tomar cervezas con individuos como él y no espera más de la vida que la experiencia de placeres inmediatos y básicos. Por eso, cuando en un examen médico efectuado después de un accidente laboral, a Ron le comunican que es portador del virus del Sida, su reacción no puede ser otra que la rabia y la negación. Estamos a mitad de los años ochenta, en la peor época de esta enfermedad. Por aquel entonces estaba muy extendida la creencia de que este mal afectaba casi en exclusiva a la comunidad homosexual (algunos iluminados llegaron a calificar a la enfermedad como castigo divino), por lo que el protagonista, que se sabe muy macho, está seguro de que se trata de un error. Hasta que investiga un poco y advierte que también forma parte de los grupos de riesgo, por no usar preservativos en su promiscua vida sexual. 

Así pues, una vez conocida la irreversibilidad de su enfermedad, Ron va a dar lo mejor de sí mismo para luchar contra ella. Es como si su vida hubiera sido un largo sueño inútil en espera de este momento decisivo, cuando va a tener que concentrarse y dar lo mejor de sí mismo en su afán de supervivencia. Lo primero que advierte es que la medicación que le proporcionan en el hospital no hace más que agravar su estado, así que acude a centros alternativos y comienza a experimentar en sí mismo los efectos de medicamentos que aún no han sido aprobados para su uso público. Con una buena dosis de suerte (es lo que supongo como espectador) da con una combinación de fármacos que parece mejorar su estado. Como no es ningún santo, ni la película pretende reflejarlo como tal, funda el Dallas buyers club, una especie de asociación de carácter alegal que proporciona medicamentos alternativos a sus miembros a cambio de una cuota mensual. Como vemos, la iniciativa de Woodroof, aunque muy bien acogida por quienes viven desesperados por el enfermedad, contiene un importante componente de ánimo de lucro. No en vano está luchando contra el poder de las empresas de medicamentos, que copan el mercado para colocar sus productos, aunque no sean los más eficientes. Y para tener posibilidad de éxito en la tarea, hay que usar algunas de sus armas en la medida de lo posible. Ron es un héroe improbable, un tipo desagradable al que le ha costado tolerar a su compañero de aventuras, un homosexual travesti al que solo unos meses antes no le hubiera importado pegar una paliza. Pero su experiencia al límite parece darle nueva vida, un espíritu emprendedor del que no sabía su existencia y que le hace recorrer el mundo en busca de medicamentos que estén prohibidos en Estados Unidos para introducirlos ilegalmente en el país. 

Dallas buyers club sería una película convencional, casi de sobremesa televisiva si no fuera por un factor importante, que ha sido recompensado con sendos Oscars: la fabulosa interpretación de sus dos protagonistas. Tanto Matthew McConaughey como Jared Leto afrontan papeles muy difíciles, que requieren una prepación física y mental muy importante. Además, en el caso del protagonista, su personaje sufre una evolución muy importante a lo largo del metraje. McConaughey, uno de los actores que mejor está eligiendo papeles en la actualidad (no hay más que verlo en ese portento llamado True detective), lo hace de manera sutil, gradual, consiguiendo que el espectador se crea esta transformación y a la vez la acepte como verosímil, ya que no la lleva hasta el punto de hacer que Woodroof caiga simpático al espectador. Aparte de eso, de la originalidad a la hora de abordar a sus personajes, Vallée no logra firmar una realización que justifique haber estado entre las mejores del año para la Academia de Hollywood. Porque en realidad el esquema básico está mil veces visto: el ciudadano-Quijote que pelea contra el gigante de la administración americana, denunciando alguna injusticia, con procedimiento judicial incluido. Bien es verdad que en esta ocasión el Quijote no es tan desprendido como el de Cervantes, porque este ha nacido en la tierra de las oportunidades. ¿Por qué no lucrarse a la vez que se defiende una causa justa?