martes, 31 de mayo de 2016

UN DÍA EN LA VIDA DE IVÁN DENISOVICH (1962), DE ALEKSANDR SOLZHENITSYN. EN EL INFIERNO HELADO.

El comienzo del siglo XX fue un momento de gran optimismo en Occidente, pues muchos pensaban que empezaba un tiempo de progreso, que prolongaría los logros científicos y tecnológicos de la centuria precedente, profundizando en la igualdad y en la libertad de los individuos. Dichas ilusiones fueron frustradas en buena parte con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, que prendió una mecha de consecuencias indeseadas - totalitarismo, ultranacionalismo, racismo, regímenes comunistas o fascistas - cuyas consecuencias se prolongan hasta nuestros días. A partir de un determinado momento, Europa se transformó en un gran campo de concentración. Con la caída del nazismo, la Unión Soviética de Stalin siguió reprimiendo a su propia población y a la de los países ocupados. De hecho, la historia de Iván Denisovich es la de un hombre humilde, del pueblo, que tiene la mala suerte de ser capturado por el enemigo alemán, durante la invasión de la Unión Soviética y contar a sus propios mandos que ha podido escapar: un insólito crimen de alta traición que conlleva su inmediata condena al Gulag, la red de campos de trabajo y de castigo que, bajo la bota de Stalin, constituía una amenaza constante para cualquier ciudadano soviético, culpable o inocente, como bien se refleja en la magistral novela de Anatoli Ribakov, Los hijos del Arbat.  

La novela de Solzhenitsyn es una de esas obras que trascienden lo meramente literario, para convertirse en uno de esos iconos que definen una época. En un tiempo en el que muchos intelectuales del occidente europeo todavía defendían el sistema soviético como la materialización de un Estado utópico, la narración desde dentro, de un preso común del Gulag fue recibido con un interés inusitado, tanto en la Unión Soviética (que gobernaba Kruschev cuando fue publicado), como en buena parte del resto del mundo. Según Mario Vargas Llosa, Un día en la vida de Iván Denisovich "es un libro que está más cerca de la historia que de la literatura", un libro altamente influyente, pues fue el primero que se atrevió a denunciar, con conocimiento de causa, la realidad de la URRS de Stalin. Como dice Vargas Llosa en La verdad en las mentiras:

"El efecto del libro fue explosivo. ¿Quién podía, ahora, negar la evidencia? El hombre que testimoniaba lo hacía en la propia Unión Soviética y a partir de la experiencia , pues el universo concentracionario que describía lo había padecido en persona y por causas tan crueles y estúpidas como las que sepultan en el Gulag al oscuro campesino Iván Denisovich Shujov de la novela"

Lo mejor de la narración de Solzhenitsyn es que sigue la jornada de un hombre común enfrentado a una situación límite. condenado por un hecho absurdo, pero que no puede permitirse el lujo de lamentarse, pues todos sus esfuerzos han de estar consagrados a la supervivencia, cada día, cada hora. Aunque existe un Reglamento, los presos del campo están sujetos a la arbitrariedad de sus guardianes y, como es lógico, la tarea de salir adelante incluye grandes dosis de suerte, ingenio y corrupción. Con el duro régimen de trabajo bajo cero y las escasas calorías que aportan las raciones del campo, es necesario procurarse energías adicionales trapicheando con lo que se puede, haciendo favores a los presos que reciben paquetes del exterior o sobornando a los guardianes y a las autoridades. Todo por llegar a las siguientes horas de sueño o a la siguiente comida, el ritual más importante del día, que debe ser celebrado metódicamente:
"Removió la, por tantos motivos, desvirtuada sopa y se aseguró con rapidez de lo que le habían echado en el plato. Regular. No le habían servido de los bordes de la marmita, pero tampoco del fondo. De Fetiukov era de suponer que mientras le había guardado los dos platos, le habría pescado una patata."

El alimento, por magro que sea, adquiere en estas condiciones vitales un sentido casi místico, la razón de ser del prisionero:

"A la segunda cuenta de la noche, cuando el preso vuelve a entrar por la puerta del campo, se siente más sacudido por el viento, helado y hambriento, que en todo el resto del día, y el cucharón de sopa de coles ardientes y acuosa no es para él sino una gota de agua sobre una piedra al rojo: absorbida en un segundo. Pero esa sopa es más valiosa para él que la libertad, más que toda la vida anterior y toda la vida por venir juntas."

Después de todo, el día de Iván Denisovich que se describe, no es el peor de todos. El preso logra tomar una ración extra, e incluso termina la jornada probando una loncha de salchichón. Pequeños triunfos que marcan la diferencia entre la vida y la muerte, junto a la esperanza de una pronta liberación, aunque pueda verse truncada. El personaje se convierte así en el símbolo de todos los aplastados por la arbitrariedad de un régimen tiránico que necesitaba mantener un terror constante en sus ciudadanos para conservar su poder absoluto. El mejor resumen de la novela es la pregunta que se hace el prisionero en un determinado momento de la jornada:

"¿Entenderá alguna vez, aquel que está sentado en un lugar caliente al que se hiela de frío?"

sábado, 28 de mayo de 2016

X-MEN: APOCALIPSIS (2016), DE BRYAN SINGER. LA DISTOPÍA MUTANTE.

A partir del enorme éxito que supuso, en plenos años ochenta, la saga Secret Wars, la editorial Marvel encontró la gallina de los huevos de oro en la idea de unir a los principales personajes de su universo en una gran aventura anual que se prolongara por varios números de diversas colecciones. Era todo un regalo para los seguidores, pero también un castigo para el bolsillo de quienes querían seguir las historias completas. Una de las que más éxito tuvo, ya en los noventa, fue La era del Apocalipsis, que nos transportaba a un futuro alternativo en el que el profesor Xavier había sido asesinado y el mundo había sido conquistado por el villano del mismo nombre, un mutante inmortal que tenía las manos libres para crear su utopía de un mundo sin humanos. Lo cierto es que recuerdo haber sido impactado en aquellos años por la originalidad del planteamiento y por las versiones alternativas de los personajes. Recientemente se ha editado un enorme tomo recopilatorio. Casi prefiero no volver a leerlo, para evitar llevarme una decepción frente a la grata memoria.

La saga X-Men siempre ha sido la más filosófica de los cómics Marvel. En realidad el eterno conflicto entre Xavier y Magneto es una lucha de ideas: por un lado la convivencia entre el hombre y su versión evolucionada, los mutantes, también llamados homo superior y por otro la idea de Magneto de someter a la Humanidad, de acuerdo a las leyes de la evolución, de la inexorable victoria de los más fuertes sobre los más débiles, que siempre ha imperado, implacablemente, en la naturaleza. La mejor virtud de la saga cinematográfica filmada por Bryan Singer ha sido preservar la esencia de este planteamiento y adaptarlo para el público en general, evitando las complejas tramas y subtramas que caracterizan la versión dibujada de los personajes. 

Después de la magnífica Días del futuro pasado, se produjo una especie de reinicio para la saga, una oportunidad para renovar a los actores que interpretan a los mutantes y rejuvenecerlos. Hay que decir que este aspecto de X-Men Apocalipsis, ha sido todo un acierto, pues los nuevos personajes ofrecen frescura y hay buena química entre ellos, aunque habrá que esperar a futuras películas para saber con más certeza qué pueden dar de sí. El que sí se consolida como uno de los grandes descubrimientos es Mercurio, que esta entrega vuelve a ofrecer humor y espectáculo a partes iguales y se lleva otra vez la mejor escena, aquella en la que salva a sus compañeros de morir en la explosión de la mansión de Xavier. Bien es cierto que dicha escena no resulta demasiado original, en comparación con la del Pentágono en la entrega anterior, pero en cualquier caso su contemplación es un goce, un ejemplo magnífico de cómo mostrar los poderes de un personaje emblemático en la gran pantalla.

Pero X-Men Apocalipsis no es ni mucho menos una película redonda. A pesar de sus dos horas y media, su técnica narrativa no está nada depurada, informándonos en exceso acerca de algunas de sus circunstancias y dejándonos casi en completa oscuridad respecto a otras muchas. Además, un elemento tan importante como los efectos especiales ha sido tan descuidado que resulta un hecho insólito en una película de estas características. Algunas escenas parecen haber sido concebidas por el programador de un mal videojuego, lo que les resta grandes dosis de verosimilitud, algo fundamental para que el espectador acepte la "realidad" de lo que está sucediendo en la pantalla. También hay grandes personajes desaprovechados, siendo el caso más sangrante el de Magneto. Michael Fassbender hace lo que puede para salvarlo del naufragio, pero su actuación está lastrada por un guión simplón, que necesitaba ser pulido. Pero lo peor, con mucho, de la película, es el villano. Apocalipsis, un Oscar Isaac bajo capas inmensas de maquillaje azul, aparece como una amenaza poco intimidante e inexpresiva, que en una escena muestra poderes propios de un dios, para verse derrotado en la siguiente de manera poco creíble. 

En cualquier caso, lo bueno es que esta película sienta las bases de un nuevo universo mutante que puede desarrollarse de manera muy interesante en el futuro. No estaría mal que se terminara llegando a un acuerdo y pudiéramos ver a los X-Men junto a los Vengadores y Spiderman en próximas entregas. Por el momento, esta ha sido una de las entregas más flojas de una saga que ha sido capaz de entregar pequeñas joyas como X-Men 2, First Class y Días del futuro pasado. Esperemos que próximamente se rectifiquen los evidentes fallos de que adolece X-Men Apocalipsis y se mantengan sus virtudes.

martes, 24 de mayo de 2016

EL ARTE DE LA VIDA (2008), DE ZYGMUNT BAUMAN. SOBRE VIVIR EN UN MUNDO LÍQUIDO.

El témino mundo líquido ha hecho fortuna como descripción de nuestro mundo y nuestra sociedad como algo en permanente cambio, sin demasiadas bases sólidas. Lo que antes eran certezas absolutas, ahora pueden ser discutidas. Incluso el sentido de permanencia a una nación o a una religión determinadas pierde importancia a pasos agigantados. Las fronteras, al menos las virtuales, han desaparecido gracias a la omnipresencia de la red de redes, que regula cada vez más aspectos de la existencia. Los aparatos que nos conectan a internet ya no representan solo algo tremendamente útil, sino una especie de amuleto que siempre ha de estar junto a su usuario, llegando a consultarse cientos de veces al día, en la mayoría de las ocasiones para asuntos banales o de manera inconsciente.

El ciudadano es tratado cada vez más como un consumidor. Las grandes empresas, las verdaderas diseñadoras del mundo líquido, refinan cada vez más sus técnicas de venta, incluso llegando a personalizar su oferta, esperando que cada individuo se sienta como alguien especial, como receptor de un estatus diferenciado, aunque al final todos queramos más o menos lo mismo. Uno de los últimos inventos son los productos exclusivos, aquellos que solo pueden llegar a ciertas personas con un nivel adquisitivo alto. Los productores, en el colmo del cinismo, organizan listas de espera para acceder a dichos productos, para que la fidelización del cliente sea absoluta, por la satisfacción de sentirse especial y agradecido a quien le distingue con la confianza de venderle un vehículo, una ropa o un ordenador con características únicas, aunque en el fondo su utilidad sea la misma que la de los productos más convencionales. El concepto de love marks, puesto de moda hace algunos años, acerca a las multinacionales a una especie de devoción religiosa por parte de unos consumidores fieles que necesitan nuevas dosis del efímero placer que proporciona pasar la tarjeta para ser poseedor de un producto Apple, BMW o Lacoste.

Frente a este panorama, ser libre se vuelve una tarea más difícil que nunca. Aunque las tendencias sociales del momento aboguen por el individualismo, por la idea de personas hechas a sí mismas y autosuficientes, al final, si se rasca un poco la superficie, nos daremos cuenta de que la mayoría de la gente tiene unos gustos y una forma de pensar bastante similares. Si uno es diferente, lo advertirá en el hecho de que se sentirá bastante perdido en ciertas reuniones sociales:

"Como anotó en su diario Max Frisch, el gran novelista y no menor filósofo de la vida, el arte de «ser tú mismo», con seguridad una de las artes más exigentes, consiste en rechazar y repeler con decisión definiciones e «identidades» impuestas o insinuadas por otros; en resistirse a lo actual, escapar a la sujeción incapacitadora del impersonal das Man de Heidegger, nacido de la multitud y poderoso a través de ella,(...); en resumen, en «ser alguien distinto» y no lo que las presiones externas obligan a todo el mundo a ser."

En cualquier caso - ¡estamos en un mundo líquido! - encontrar puntos de referencia verdaderamente fiable es tarea harto complicada. Habría que reformular los conceptos de términos como individualismo y cooperación, para hacerlos compatibles. Como bien dice Bauman, es hora de que el mundo se vuelva menos economicista, que el PIB no solo mida una serie de cifras que apenas dan idea del bienestar y la felicidad de la gente. La creación de cierta solidez empieza por abandonar paulatinamente el culto a la satisfacción inmediata y efímera y empezar a valorar y sacar todo su jugo a un consumo mucho más responsable.

lunes, 16 de mayo de 2016

EL LIBRO DE LA SELVA (1894), DE RUDYARD KIPLING Y DE JON FAVREAU (2016). EL PEQUEÑO SALVAJE.

Pocos escritores representan el espíritu - ideológico e histórico - de una época con tanta claridad como Rudyard Kipling. Ganador del Premio Nobel en 1907, la escritura de Kipling es la esencia del imperialismo británico, la justificación del paternalismo del hombre blanco que invade las tierras de las razas inferiores para gobernarlas sabiamente. No en vano, Christopher Hitchens lo calificó como un hombre de contradicciones permanentes, porque también en las novelas y relatos del autor de Kim encontramos una indudable simpatía por la gente humilde, por los que tienen que ganarse el pan honradamente con el sudor de su frente. Se acusa comúnmente a Kipling de escritor fascista, y es cierto que la ideología que se percibe en sus escritos inspiró a muchos fascistas. Sin ir más lejos, el famoso poema If, era el favorito de José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange. 

Acerca de la fama que adquirió en su tiempo, que hizo del escritor casi una institución del Imperio Británico, escribió George Orwell en sus Ensayos:  

"Rudyard Kipling fue el único escritor inglés popular de su siglo que no era al mismo tiempo un escritor rematadamente malo. Su popularidad, por descontado, era básicamente de clase media. En la típica familia de clase media de antes de la guerra, en particular en las familias anglo-indias, tenía un prestigio al que ningún autor de nuestros días ni siquiera se acerca. Era una especie de divinidad familiar con la que uno crecía y que uno aceptaba sin cuestionársela, tanto si le gustaba como si no."

A revitalizar la popularidad de El libro de la selva contribuyó poderosamente la película de Disney de 1967, que aprovechó la abundancia de poemas que contienen los cuentos para componer una serie de canciones hoy día muy famosas. En realidad la versión recién estrenada es una versión de ésta, más que del libro. Lo que está edulcorado en sus versiones cinematográficas, para reducirlo a una historia más asequible para los más pequeños, es la constante lucha por la supervivencia y la permanente presencia de la muerte de los relatos de Kipling. Por mucho que en esta selva imaginada existan leyes que todos deben respetar, los animales siguen matándose unos a otros para sobrevivir. Mowgli, el bebé perdido y criado por lobos, se convierte en un ser superior, porque en su naturaleza coexiste lo mejor del instinto animal con la racionalidad propia del ser humano. No importa que otros animales, como su enemigo, el tigre Shere Khan sea más fuerte y más ágil que él. El humano podrá vencerlo gracias a su paciencia y su astucia. 

Bien pudiera ser Mowgli un representante de la raza superior que acaba gobernando a los habitantes de la tierra que lo acoge, por poseer un sentido común y una sabiduría a la que los animales no pueden aspirar. Pero Mowgli también representa el permanente conflicto entre sus dos naturalezas. Aunque se siente a gusto en la selva, que es un medio al que se ha adaptado a la perfección, no puede sino sentir curiosidad por la civilización en la que nació. También hay que apuntar que Kipling no pierde oportunidad de lanzar un ataque directo contra las costumbres de la India profunda, en el episodio en el que los padres de Mowgli están a punto de ser quemados en la hoguera, acusados de brujos. Y justifica la presencia imperial con estas palabras irónicas:

"Los ingleses (...) eran gente de tan poco seso que no querían permitir que honrados labradores mataran en paz a sus brujos."

Es mejor leer El libro de la selva sin prejuicios ideológicos, disfrutando tan solo de la prosa de Kipling y de la originalidad de sus historias. Respecto a la adaptación cinematográfica de Favreau, a pesar de su escasa originalidad, merece la pena por el buen espectáculo que ofrece, por su perfecta integración de una selva virtual alrededor de un actor real, un Neel Sethi que se convierte en la auténtica estrella de la función.     

jueves, 12 de mayo de 2016

TECHO Y COMIDA (2015), DE JUAN MIGUEL DEL CASTILLO. EL HOGAR DE LOS DESHEREDADOS.

Hace una década, la construcción tiraba del carro de la economía con un vigor tal, que al final, por exceso de fuerza, se salió del camino y se estrelló. Mientras duró la época de vacas gordas, todo el mundo se beneficiaba de un modo u otro del dinero fácil que generaba la venta de pisos, cada vez más caros, pero, paradójicamente, más accesibles gracias a la masiva concesión de hipotecas que duraban toda una vida. Cuando la burbuja estalló, el mal llamado Estado del bienestar empezó a colapsar. Fueron cientos de miles los que quedaron al borde del camino, en situación lamentable. Juan Miguel del Castillo cuenta en Techo y comida la crónica de una de ellas, Rocío, una madre soltera que debe muchos meses de alquiler y vive, junto a su hijo de ocho años, una situación de auténtica pesadilla ya que, aunque ella no quiera ser muy consciente de ello, la cuenta atrás para su desahucio ha comenzado.

En realidad Techo y comida puede ser vista como una denuncia social o como una película de terror muy peculiar, pues narra las consecuencias del miedo lanzado por el colapso económico que, con epicentro en Estados Unidos, alcanzó a todo occidente, con gravísimas consecuencias en el Sur de España. Rocío aparece como la víctima perfecta, un ser absolutamente desamparado y desbordado por una situación que no comprende bien. Su única defensa - pobre defensa - son los leves rezos a un Dios que no va a escucharla. Alrededor de ella se va desatando un proceso imparable, del que difícilmente va a lograr salir. Ha sido sentenciada como pobre, con el agravante de no tener estudios y de criar un hijo en solitario. La sociedad, paralizada también por el pánico, poco puede hacer por ella (es loable que exista gente como su vecina de arriba, que la socorre siempre que puede sin pedir nada a cambio), pero es que tampoco el Estado es capaz de responder ante una situación de emergencia, más allá de regar a los bancos de dinero público. Cuando Rocío acude a Servicios Sociales, la respuesta a sus demandas es muy tibia: una escueta paga que llegará (o no) en más de un año y se acabará en seis meses. También puede acudir al comedor de Cáritas, pero debe sufrir la humillación, mientras espera una cola junto a decenas de personas, de que una monja les recite el Padrenuestro (una escena un tanto irreal, por otra parte).

A pesar de tratarse de una obra muy bien filmada, que no engaña al espectador respecto a sus intenciones, la película de Del Castillo adolece de un gran defecto: aunque conocemos las tremendas circunstancias a las que se enfrenta la protagonista, nunca llegamos a saber nada de las razones últimas que le han llevado a tal situación límite, cómo es que no cuenta con familia a la que acudir, qué sucedió con el padre del niño... El director se limita a exponer la peor de las realidades posibles, con la que el espectador no puede sino solidarizarse, pero a la vez el guión no deja de ser la exposición de un cúmulo de desgracias con trágico final, a las cuales la protagonista asiste cada vez más pasivamente, reaccionando solo con repentinos ataques de rabia, algo bastante lógico, por otra parte, respecto a alguien que no cuenta con guía ni modelo alguno en el que apoyarse.

Hay escenas en Techo y comida (y quien no haya visto la película que no siga leyendo este párrafo) muy logradas, como el contraste brutal entre la gente celebrando la victoria de España en la Eurocopa de 2012 mientras Rocío y su hijo lloran porque a la mañana siguiente deben abandonar su hogar. Junto a ellas hay otras un poco más absurdas, como aquella en la que la protagonista rebusca en la basura y encuentra enseguida en una bolsa comida embasada y lista para consumir (quizá recién caducada). He visto a gente rebuscando en los bidones de basura y esos no son hallazgos habituales... Lo que sí es realmente brutal es el contraste de cómo se moviliza el Estado cuando tiene que ejecutar un desahucio - policía, agentes y secretario judicial... - y la indiferencia casi absoluta que ha mostrado para remediar la situación que lo ha provocado. También da para reflexionar el hecho de que en nuestro país algunos derechos básicos, como la Sanidad, estén garantizados - a pesar de los brutales recortes en este ámbito - y otros, como los que recoge el título de la película, sean auténtico papel mojado para el sector más débil de la población. 

En fin, aunque imperfecto, Techo y comida es un retrato de la espeluznante España de la crisis de la que muchos, como Rocío, han sido víctimas sin comprender muy bien por qué. 

miércoles, 11 de mayo de 2016

DIOSES ÚTILES (2016), DE JOSÉ ÁLVAREZ JUNCO. NACIONES Y NACIONALISMOS.

La historia no es una ciencia exacta, más bien es una disciplina maleable, de la que se usa y abusa con el fin de defender las posturas más variadas. Junto a las religiones, el nacionalismo es un fenómeno que depende en gran medida de la interpretación del pasado, narrado casi siempre como un paraíso idílico conformado por la esencia de la nación, una esencia que hay que recuperar. Lo peor de estos temas es que son altamente emocionales. Discutir con un nacionalista convencido (y hablo de nacionalismo español, catalán o serbio) es cómo intentar desentrañar las razones por las que alguien es seguidor de un equipo de fútbol y se alegra intensamente con las victorias y sufre con las derrotas de su equipo: un asunto que está más allá de lo racional. Por eso, el mejor intérprete del fenómeno nacionalista siempre será el historiador imparcial, el que está alejado de los distintos intereses políticos, cuyo único aliciente es la búsqueda de la interpretación de los hechos pretéritos que más se acerque a la verdad, eliminando la tendencia - inevitable, por otra parte - de explicarlos a la luz del presente, en vez de indagar en las formas de vida y de gobierno de nuestros antepasados, que en demasiados aspectos poco tenían que ver con las nuestras.

El propio Álvarez Junco explica su posición ante un asunto que suscita tantas sensibilidades:

"Evitar la emoción es justamente lo que intento hacer aquí: racionalizar un problema que es presa habitual de la emocionalidad; someter los sentimientos a la razón, en lugar de, como tantas veces ocurre, poner la razón al servicio de los sentimientos. (...) Aunque sé bien que jamás se equivoca tanto el ser humano como cuando opina sobre sí mismo, tengo la firme creencia de no ser nacionalista (...) Mi única lealtad, cuando escribo, es hacia el conocimiento riguroso, y si la nación se opone a la ciencia, me alineo desde luego con la ciencia y no con la nación; es decir, que si una verdad histórica es antipatriótica, lo lamento, pero no lo oculto."

Como se demuestra en Dioses útiles, el surgimiento del nacionalismo ha seguido muy diferentes caminos en distintas partes del mundo. Lo que está claro es que el Estado-nación es una construcción del siglo XIX. En la Edad Media y Moderna, aunque ya existía en algunas partes la idea de Estado, en realidad era algo que usaban los señores que se iban haciendo más poderosos, hasta el punto de proclamarse reyes. La representación del sacrificio por un ideal que ofrece la patria, es un caldo de cultivo inigualable para consolidar el poder político.

No importa que la construcción nacional se base en gran medida en patrañas - en el País Vasco se empezó justificando la pureza de la raza porque su fundador fue uno de los nietos de Noé - y manipulaciones descaradas de la historia. Lo importante es el sentimiento, el amor a la patria sin más razones que el patriotismo mismo, y el rechazo del enemigo, ya sea éste interior o exterior. Además, es fácil crear, muchas veces de la nada, símbolos sagrados y aleccionar a la población a respetarlos a través de la idea de honor: la bandera, el escudo, la tumba del soldado desconocido... Elementos abstractos si se analizan fríamente, pero por los que el patriota debe estar dispuesto a matar y morir. Es preciso también tener en cuenta que no siempre los fenómenos nacionales siguen los mismos rumbos o tienen las mismas finalidades:

"(...) los nacionalismos son construcciones culturales, "comunidades imaginadas", que pueden servir para los objetivos políticos más diversos: la modernización y la economía y la sociedad o, por el contrario, el mantenimiento de tradiciones heredadas; la formación de espacios políticos más grandes o, al revés, la fragmentación de imperios multiétnicos en unidades más pequeñas y homogéneas; la ampliación territorial del Estado frente a sus vecinos o rivales o la expansión interna por la asunción de áreas o competencias que previamente le eran ajenas."

El caso español tiene particularidades muy interesantes, puesto que, a diferencia de Francia, la construcción identitaria nacional no parte de un hecho tan rupturista con el pasado como una Revolución. Si la bandera española es rechazada, o al menos le es indiferente, a buena parte de la sociedad es porque se identifica con un régimen dictatorial, que se apropió durante cuarenta años de los símbolos nacionales y los identificó con una determinada ideología, mientras que destruía otra manera de ser patriota, la visión republicana. Nuestra mitología incluye al Cid, a los Reyes Católicos, a Don Pelayo, a Santiago Matamoros e incluso a Viriato (la mayoría son personajes históricos, pero sus acciones se interpretan de manera interesada en la construcción nacional), pero en realidad el auténtico despertar nacional tuvo lugar durante la Guerra de la Independencia, concretamente con la redacción de la Constitución de Cádiz, en la que por primera vez se expresa la soberanía como algo que procede de la voluntad del pueblo, y no de la del rey o de Dios. Estas dos visiones de España se enfrentaron durante todo el siglo XIX, culminando en la Guerra Civil de 1936. Si bien la Constitución actual ha vuelto a otorgar la soberanía al pueblo, en nuestro país persisten algunos usos más propios del Antiguo Régimen, como los privilegios otorgados a la iglesia católica, la desigualdad en el reparto de la renta o la escasa cultura parlamentaria. 

Por suerte la idea de la nación como un ente abstracto, eterno e inmutable a través de los siglos ha sido ya superada, sobre todo después de que, tras la Segunda Guerra Mundial, se comprobara lo que sucede si se lleva esa idea hasta las últimas consecuencias. A pesar de todo, los independentismos siguen nutriéndose de tergiversaciones de la historia y quejas por los agravios permanentes a los que un pueblo originariamente libre está sometido. Personalmente, siempre me hago la misma pregunta. ¿Un hipotético Estado catalán estaría dispuesto a respetar el derecho de autodeterminación dentro de su territorio, si por ejemplo los leridanos deciden que cuentan con una identidad propia y diferenciada del resto de Cataluña? ¿Hasta donde puede llegarse en la construcción de una nueva nación? Lo cierto es que en el mundo actual tiene mucho más sentido la unión económica y política, de manera cada vez más sólida, entre Estados, que la fragmentación de los mismos.

José Álvarez Junco ha escrito un ensayo muy lúcido y erudito, donde se demuestra con pruebas incontrovertibles que las naciones son entes imaginados, no construídos de forma natural, sino forjadas por el devenir de la historia y los hombres que la protagonizan. Como se ha demostrado a través de los siglos ninguna nación es eterna y la mayoría de las que existen hoy, en la forma cómo las conocemos, no tienen más que dos o tres siglos. Por eso es peligroso centrar el debate político en la consecución de derechos colectivos, tan pasionales como vacíos de contenido y centrar el mismo en los derechos individuales, mucho más prosaicos y útiles para el bienestar diario del ciudadano. Hubiera sido bueno que el autor de Mater dolorosa escribiera un último capítulo, a modo de epílogo, con un pequeño resumen interpretativo de las ideas expuestas, pero este pequeño defecto no desmerece ni un ápice la oportunidad de un libro tan necesario para nutrir un debate muy de actualidad.

domingo, 8 de mayo de 2016

LA CHICA DE LOS OJOS MANGA (2016), DE JOSÉ ANTONIO SAU. LAS EDADES DEL AMOR.

Los mejores libros de relatos son siempre los que nos ofrecen una cierta coherencia temática entre sus distintas propuestas narrativas. Si José Antonio Sau ya nos ofreció una estupenda muestra de lo que es capaz de hacer, literariamente hablando, en Cuentos de la cara oscura, la grata impresión producida en aquel momento se confirma y se agudiza con La chica de los ojos manga, un conjunto de relatos cuyo hilo conductor son las distintas vertientes del amor, una palabra que puede tener tantos significados y matices como personas embriagadas por un sentimiento tan universal.

¿Y qué es el amor? Para muchos autores clásicos era lo que daba sentido a una existencia. Un filósofo como Ortega y Gasset lo definía como una especie de atontamiento temporal del alma. Para la ciencia más vanguardista, se trata de un mecanismo evolutivo necesario para el éxito y la reproducción de la especie. Un poco de todo esto hay en los relatos de José Antonio Sau, que utiliza su aguda capacidad analítica (no en vano, su profesión es la de periodista) para contarnos que el amor no siempre es un sentimiento grato, ni siquiera noble, sino que depende de la situación, del punto de vista de quien lo experimenta (o lo padece) y de si el objeto del enamoramiento responde positivamente, con asco o con indiferencia. Un ejemplo muy significativo de lo que digo se encuentra en el relato que da título al libro, en el que su protagonista, absolutamente hechizado por una mujer desde su adolescencia, sabe que su papel va a ser meramente el del adorador oculto, llegando a contar con la aquiescencia del objeto amado, como si la vida fuera un juego macabro que, aunque pasen los años, sigue poniendo a cada jugador en el lugar que le corresponde.

En otros relatos, como Sonia ya no está en el oasis, la temática es más compleja si cabe, puesto que el amor consensuado, el que está a punto de cristalizar, a veces se encuentra con los obstáculos más insospechados, con circunstancias crueles que hacen de su materialización un ejercicio muy complicado. Los hay también con un gran componente social y humanístico (y esto nos retrotae a Cuentos de la cara oscura) como El cuidador, sobre un hombre que debe enfrentarse a una situación en la que está en juego la percepción social del amor como sacrificio absoluto - "en la salud y en la enfermedad", se recita en las bodas - frente a la ilusión de un nuevo comienzo. La peor cara de nuestra Guerra Civil, de la que este año conmeramos el ochenta aniversario de su comienzo, se encuentra presente en el estremecedor Dolores, o el amor que debe enfrentarse con la crueldad de la Historia. Además, entre otros muchos retratos de ese poliedro de infinitos prismas que es el amor, recomiendo leer con mucha atención No habrá más flores para Elena, en el que la protagonista intenta atisbar qué hubiera sido de su vida si esta no hubiera estado marcada por un episodio dramático sucedido a su primer amor, todo ello envuelto en una atmósfera de misterio muy sugerente.

Es preciso comentar también que, desde un punto de vista estrictamente literario, los relatos de Sau se destacan por la agilidad de su lectura, por esa característica, tan difícil de conseguir por cualquier escritor, de hacer que el lector se sustraiga por unos minutos de la realidad circundante e ingrese plenamente en un mundo de ficción que jamás abandona su íntimo anclaje con la materialidad de la propia existencia y la de los otros. La chica de los ojos manga es todo un ejemplo de cómo alcanzar la madurez literaria. Pero dejemos que la última palabra la tenga el autor o, mejor dicho, el narrador de El Sol de agosto:

"Siempre pienso en el instante decisivo de Borges cuando escribo. Todos estamos aquí por algo y cada uno de nosotros, esa chiquilla, la señora de voluminosa humanidad, el vendedor de pasteles, el camarero o ese que no soy yo, existimos por una razón superior y hay un minuto decisivo, un instante puntual que justifica nuestra vida."