viernes, 3 de julio de 2015

EL SHA O LA DESMESURA DEL PODER (1982), DE RYSZARD KAPUSCINSKI. EL HOMBRE QUE LO TENÍA TODO, TODO, TODO.

Los libros de Ryszard Kapuscinski tienen algo especial. Además de ser el testimonio de uno de los mejores periodistas del siglo XX, viajero y aventurero como pocos, constituyen un completo fresco, muy reflexivo, acerca del ser humano y sus miserias. Kapuscinski posee la cualidad del testigo que es capaz de hacer notar al lector hasta el más mínimo detalle de los acontecimientos que describe y ponderar su importancia para el desarrollo de hechos posteriores. Leer al autor polaco es un auténtico placer, imprescindible si se quiere, no solo conocer, sino también comprender en profundidad episodios clave del siglo pasado o las formas de vida en distintos países, sobre todo del Tercer Mundo.

En El sha, el autor no traza un relato lineal de los hechos que narra, sino que va analizando distintas fotografías, notas recogidas a pie de campo o testimonios y a partir de ellos desarrolla una historia que, tristemente, se repite en muchas naciones, aunque en cada una de ellas posea matices distintos. Durante casi cuatro décadas, Mohammad Reza Pahlevi fue el soberano absoluto de Irán, estableciendo un gobierno basado en el culto a la personalidad y en el enriquecimiento desmesurado de una pequeña parte de la población, frente a la miseria de la mayoría. Jamás dudó en reprimir los brotes de descontento masacrando a los manifestantes a través de la policía o el ejército. Gobernó siempre tratando de hacer progresar al país por la vía rápida, comprando compulsivamente toda clase de bienes y material militar, gracias a los ingresos del petróleo, un maná, que se preveía inagotable, de dinero fácil:

"Y es que el petróleo crea la ilusión de una vida completamente diferente, una vida sin esfuerzo, una vida gratis. El petróleo es una materia que envenena las ideas, que enturbia la vista, que corrompe. La gente de un país pobre deambula pensando: ¡Ay Dios, si tuviéramos petróleo…! La idea del petróleo refleja a la perfección el eterno sueño humano de la riqueza lograda gracias a un azar, a un golpe de suerte, y no a costa de esfuerzo y de sudar sangre. Visto en este sentido, el petróleo es un cuento y, como todos los cuentos, una mentira. El petróleo llena al hombre de tal vanidad que éste empieza a creer que fácilmente puede destruir ese factor tan resistente y reacio que se llama tiempo. Teniendo el petróleo, solía decir el último sha, en el período de una generación ¡crearé otra América! No la creó. El petróleo es fuerte pero también tiene sus puntos débiles: no sustituye a la necesidad de pensar, tampoco sustituye a la sabiduría. Una de las cualidades más tentadoras del petróleo y que más atrae a los poderosos es que refuerza el poder. El petróleo da grandes ganancias y, al mismo tiempo, no crea graves conflictos sociales porque no genera grandes masas de proletariado ni tampoco importantes capas de burguesía, con lo cual un gobierno no tiene que compartir las ganancias con nadie y puede disponer de ellas libremente, de acuerdo con sus ideas o como le dé la gana."

Durante algunos años, sobre todo en los setenta, cuando los precios del petróleo subieron desmesuradamente, a Irán llegaron toda clase de bienes de equipo para construir fábricas, de vehículos y de productos de lujo, además del armamento más avanzado del momento. Reza pretendía, a través del programa de la Gran Civilización, llegar a ser la tercera potencia mundial. La cruda realidad fue que gran parte de este material se perdió por la falta de infraestructuras en el país para conservarlos, la ausencia de puertos capaces de absorber el enorme tráfico marítimo generado por tanto pedido y asimismo la mala calidad de la red de carreteras del país. Además, el país carecía de todos los especialistas, ingenieros o conductores necesarios para poner en marcha tan ambiciosos planes. Ni siquiera en el ejército existía personal capaz de manejar armas tan sofisticadas. Así que hubo que traer a una gran cantidad de extranjeros, que cobraban sueldos desmesurados en relación a los iraníes, otro motivo de gran descontento con el régimen. Mientras tanto, alrededor del sha se organizaba entre los privilegiados un mercadillo privado de corruptelas, negocios y prebendas, en el que el objetivo último era la ostentación más descarada de riqueza, lujo y poder.

El gran pilar que sostenía el gobierno del sha era la temible policía secreta, la Savak. La Savak era una institución oculta y a la vez omnipresente en la vida de los habitantes de Irán. Cualquiera podía ser un savakista o un informador, por lo que el mero hecho de mantener una conversación ya era peligroso. Cualquier alusión, aunque fuera inocente o metafórica (o que pudiera interpretarse como tal) al malestar que provocaba el régimen, era duramente reprimida. Mucha gente desaparecía y era sometida a horribles torturas, muchos de ellos por mero capricho de sus verdugos. Este miedo constante provocaba un clima parecido al que podía vivirse durante el nazismo, el estalinismo, la Rumanía de Ceaucescu, la República Dominicana de Trujillo o la Alemania comunista, entre otros muchos tristes ejemplos. Había que elegir muy bien las palabras que se utilizaban en cualquier diálogo:

"La experiencia les había enseñado que debían evitar pronunciar en voz alta palabras como agobio, oscuridad, peso, abismo, trampilla, ciénaga, descomposición, jaula, rejas, cadena, mordaza, porra, bota, mentira, tornillo, bolsillo, pata, locura, y también verbos como tumbarse, asustarse, plantarse, perder (la cabeza), desfallecer, debilitarse, quedarse ciego, sordo, hundirse, e incluso expresiones (que comienzan por el pronombre algo) como algo no cuadra, algo no encaja, algo va mal, algo se romperá, porque todos estos sustantivos, verbos, adjetivos y pronombres podrían constituir una alusión al régimen del sha, por tanto eran un campo semántico minado que bastaba pisar para saltar por los aires. Por unos instantes (pero pocos) la duda asaltó a la gente de la parada: ¿no sería el enfermo también un savakista?, porque ¿el que hubiera criticado al régimen (ya que en la conversación había usado la palabra sofocante) no querría decir que tuviese permiso para criticar? Si no estuviese autorizado a hacerlo, se habría quedado callado o hubiese hablado de cosas agradables, por ejemplo de que hacía sol o que el autobús iba a llegar de un momento a otro. Y ¿quién tenía derecho a criticar? Sólo los de la Savak, que de ese modo provocaban a los incautos charlantes para después llevárselos a la cárcel. El miedo omnipresente trastornó muchas cabezas y despertó tales sospechas que la gente dejó de creer en la honestidad, en la pureza y en la valentía de los demás."

Ante este panorama, mucha gente optaba por buscar refugio en las mezquitas, el único lugar donde podía obtenerse un poco de paz de espíritu y donde fue fermentándose la revolución que se personificó en el ayatolá Jomeini, que llevaba en el exilio desde 1964. Fue una revolución sangrienta, repleta de masacres, pero alimentada por el fervor religioso de unos y la esperanza democrática de otros. El sha huyó hacia su exilio dorado y al final se estableció una república teocrática, algo que debió desesperar a los seguidores del fallecido dirigente democrático Mohammad Mosaddeq y a quienes habían soñado con un Irán verdaderamente moderno, laico y garante de la justicia social. Al pueblo iraní le esperaban nuevos sufrimientos y horrores, como la guerra con el vecino Irak, como si de una maldición bíblica se tratara. Pero esa es otra historia... 

jueves, 2 de julio de 2015

CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN JULIO. ¿CUÁL FUE TU PRIMERA VEZ?

Una de las primeras conversaciones que mantuvimos en nuestra tertulia Fahrenheit 154 se basó en tratar de evocar como empezó cada uno de nosotros a aficionarse a la lectura y qué libro era el primero que recordaba haber leído. Por supuesto, hubo respuestas para todos los gustos, pero todos coincidimos en la importancia que tiene tener en casa algunas estanterías con libros que llamen la atención al niño. Si es posible, que sean uno de los centros de la vida hogareña, destronando al televisor (que herejía acabo de escribir aqui...) y que los padres practiquen el hábito de la lectura con naturalidad. Aunque sea por imitación, es posible que el niño acabe aficionándose a los libros también. Un futuro aficionado incondicional a los clubes de lectura, que este mes de julio, como es tradicional, disminuyen en número, pero no en calidad.

Los clubes de lectura de Más Libros Libres pueden consultarse aquí:

http://maslibroslibres.com/clubes-de-lectura-en-mas-libros-libres-en-julio/

En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, una novela que se convirtió en una estupenda película de Stephen Frears: Alta fidelidad, de Nick Horbny.

En el club de lectura de Fnac Málaga, una curiosa novela acerca de lo que sucedería si Hitler se despertara en nuestro tiempo: Ha vuelto, de Timur Vermes.

En el club de lectura de la librería Luces,  El amigo del desierto, de Pablo d´Ors, acerca de la aventura interior del ser humano y la poética del vacío.

Y por fin, en nuestro veterano ciclo Literatura y cine, celebraremos una interesante tertulia en torno a una de las últimas obras de uno de los grandes directores de nuestro tiempo: El escritor, de Roman Polanski, la película definitiva en torno a los negros literarios.

Aguanten la ola de calor con un buen libro entre las manos... ¡Felices lecturas!

miércoles, 1 de julio de 2015

EL AVIADOR (2004), DE MARTIN SCORSESE. HUGHES, UN HOMBRE Y SUS SUEÑOS.

En el breve prólogo de El aviador, en el que podemos contemplar una escena de la infancia del protagonista, la madre de Hughes lo baña, mientras lo alecciona respecto a las obsesivas normas de higiene que iban a marcar el resto de su existencia: el peligro constante de los gérmenes, la posibilidad de tener que establecer cuarentenas para evitar contagios. El mundo como un lugar hostil, con el que deberiamos relacionarnos idealmente detrás de un traje aislante, que nos impidiera nuestra relación cotidiana con virus y bacterias.

No obstante, en su juventud Hughes supo disimular estas obsesiones y se convirtió en uno de los playboys más míticos de Estados Unidos, relacionándose con actrices como Ava Gadner, Bette Davis, Rita Hayworth y Olivia de Havilland, entre otras muchas representantes de la época dorada de Hollywood, aunque quizá la relación más profunda fue la que mantuvo con Katharine Hepburn, que siguió siendo su amiga fiel después de su ruptura sentimental. Scorsese nos presenta a Hughes en su plenitud, volcado en un proyecto que aunaba sus dos grandes pasiones, la aviación y el cine, el mítico filme Hell´s Angels (1930), un prodigio técnico para la época, cuya realización le llevó cuatro largos años.

Pero si por algo quería ser recordado el magnate era por sus aportaciones innovadoras al desarrollo de la aviación, una industria en auge durante la Segunda Guerra Mundial. Precisamente el incumplimiento de algunos contratos con el Ejército le llevó a ser investigado por el Congreso, aunque Hughes supo defenderse con vehemencia. El episodio de su pasión por la aviación que habría de marcarle verdaderamente se produjo el 7 de julio de 1946, cuando estrelló, durante una prueba, el prototipo de avión espía en el que estaba trabajando. El accidente fue terrible y estuvo a punto de acabar con su vida. La modélica planificación con la que Scorsese nos muestra el episodio - en la que casi podemos sentir el dolor de las heridas del protagonista - es un ejemplo de por qué el neoyorkino es uno de los mejores directores de cine de todos los tiempos. 

A partir del accidente y después de una larga y penosa recuperación la vida de Hughes se volvió mucho más sombría. Pasaba largos periodos de tiempo aislado, dominado por sus obsesiones y por una progresiva locura que ya no podía ocultar del todo en sus apariciones en público. El magnate se convirtió así en héroe y villano al mismo tiempo en la imaginación popular. Sus conquistas amorosas, su pasión innovadora en la ingeniería aeronáutica y la imagen que quería transmitir de hombre hecho a sí mismo (en este sentido es revelador el episodio en casa de la familia Hepburn), casa muy bien con el ideal del sueño americano. Pero todo esto convivía con un carácter irascible, obsesivo y egocéntrico. Además era un hombre absolutamente corrupto, capaz de pagar grandes cantidades para acallar voces críticas o librarse de ser juzgado en un oscuro episodio - que no se trata en la película - en el que atropelló a un peatón cuando circulaba a gran velocidad con su coche, visiblemente bebido. Un personaje sin moral, amigo de dictadores y que era capaz de cualquier artimaña para no pagar impuestos.

El aviador es un gran retrato de época y un vehículo de lucimiento para su estrella, Leonardo DiCaprio. Es una película extraordinariamente bien planificada, dinámica y entretenida, pero constituye un retrato imperfecto de Howard Hughes, una personalidad demasiado complicada, que vivió tantas vidas que es imposible reflejarlas todas en casi tres horas de película. A destacar, entre otros muchos elementos, la sugestiva interpretación de Cate Blanchett, que compone a una Katharine Hepburn muy creible, fruto seguramente de un trabajo interpretativo previo muy intenso.

lunes, 29 de junio de 2015

EL FIN DE LA INFANCIA (1953), DE ARTHUR C. CLARKE. LA UTOPÍA DE LOS SUPERSEÑORES.

En las décadas de la Guerra Fría, sobre todo en los cincuenta y los sesenta, muchos intelectuales estaban convencidos de que el enfrentamiento nuclear entre las dos superpotencias era inevitable. De hecho, el apocalipsis estuvo a punto de suceder en un par de ocasiones. Si la humanidad se salvó fue porque el sentido común se impuso en el último instante. En este contexto, los autores de ciencia ficción especulaban con la llegada de extraterrestres a nuestro planeta para advertirnos de nuestra locura suidida. Una de las visitas más famosas fue la de Klaatu en Ultimátum a la Tierra, película de Robert Wise estrenada dos años antes de la publicación de El fin de la infancia. Muchos no creían, vista la historia bélica del ser humano, que la solución pudiera venir de nosotros mismos e imaginaban la llegada de una raza extraterrestre humanista y redentora.

Este es más o menos el planteamiento de inicio de la novela de Clarke. Los extraterrestres llegan en enormes naves y someten a los gobiernos mediante el uso de su poder blando, es decir haciendo ver que cuentan con una poderosa tecnología, milenios más avanzada que la nuestra, pero usando de medios más suaves para imponernos su utopía. Hay episodios excepcionales, por supuesto, como aquel que transcurre en la plaza de Las Ventas, en Madrid. Karellen, el líder de los llamados superseñores, decreta el fin del maltrato a los animales. Los amantes de la fiesta nacional hacen caso omiso y se reúnen, como es habitual, para celebrar una corrida. El toro recibe su primer puyazo y, de pronto, los espectadores sienten el mismo dolor. Desde ese preciso instante, acaba el sangriento espectáculo. 

Las fronteras entre países van desapareciendo y poco a poco el nivel de vida de los habitantes de la Tierra se eleva, hasta que se llega a una especie de edad de oro, en la que prácticamente se han extirpado la pobreza y la violencia. Hasta las religiones tradicionales, que han opuesto la mayor resistencia a los cambios, dejan de tener sentido, rindiéndose a la evidencia científica. Karellen lo expresa de esta manera, refiriéndose a quienes se oponen a los superseñores:

"Usted sabe por qué Wainwright y los hombres como él me tienen miedo, ¿no es así? —preguntó Karellen. Hablaba ahora con una voz apagada, como un órgano que deja caer sus notas desde la alta nave de una catedral—. Hay seres como él en todas las religiones del universo. Saben muy bien que nosotros representamos la razón y la ciencia, y por más que crean en sus doctrinas, temen que echemos abajo sus dioses. No necesariamente mediante un acto de violencia, sino de un modo más sutil. La ciencia puede terminar con la religión no sólo destruyendo sus altares, sino también ignorándolas. Nadie ha demostrado, me parece, la no existencia de Zeus o de Thor, y sin embargo tienen pocos seguidores ahora. Los Wainwrights temen, también, que nosotros conozcamos el verdadero origen de sus religiones. ¿Cuánto tiempo, se preguntan, llevan observando a la humanidad? ¿Habremos visto a Mahoma en el momento en que iniciaba su hégira o a Moisés cuando entregaba las tablas de la ley a los judíos? ¿No conoceremos la falsedad de las historias en que ellos creen?"

Al tiempo que el bienestar se generaliza, se produce un general desinterés por la producción de obras artísticas, quizá porque las mejores suelen ser más hijas de la desgracia que de la abundancia. De pronto "la holganza no era algo pecaminoso y la pereza no era signo de degenaración". Solo algunos seres humanos, románticos e inconformistas, se oponen al gobierno de los extranjeros, aunque su rebeldía tiene más que ver con la creación de una comuna propia, donde se desarrolle una auténtica cultura humana, que con una oposición violenta a los superseñores.

En cualquier caso, existe un hecho que inquieta a la mayoría de los seres humanos: los superseñores jamás se han mostrado en público y rehusan hacerlo, al menos hasta que hayan transcurrido un par de generaciones humanas bajo su gobierno. ¿Qué secretos esconden los extraterrestres? ¿cuáles son sus verdaderas intenciones? ¿qué significado tiene ese extraño altruismo, a la vez autoritario y desinteresado?

Si bien El fin de la infancia no es una novela dotada de grandes alardes literarios, su fuerza reside en la inmensa imaginación y coherencia filosófica de la que la dotó Clarke. Como no podía ser de otra manera, la narración cuenta con giros sorprendentes, en los que se está jugando el destino de la humanidad. Se trata de una obra muy reflexiva, con bastantes puntos en común con 2001, una odisea del espacio, aunque las intenciones del autor sean muy distintas en una y otra. Lo mejor es disfrutar y dejarse llevar por esta fábula moderna, plena del sentido de la maravilla que caracteriza a la mejor ciencia ficción. 

sábado, 27 de junio de 2015

DIENTES BLANCOS (2000), DE ZADIE SMITH. LONDRES MULTIÉTNICO.

Si bien no hemos dejado de reconocer el inmenso mérito que constituye la concepción de una novela de estas características para una escritora tan joven como la Zadie Smith de hace quince años, a la mayoría de los miembros del club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas se nos ha hecho un poco indigesta la lectura de Dientes blancos, una narración tan ambiciosa como parcialmente fallida. Aquí el artículo:

http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2015/06/dientes-blancos-de-zadie-smith.html

jueves, 25 de junio de 2015

EX MACHINA (2015), DE ALEX GARLAND. EL FANTASMA DE LA MÁQUINA.

¿Qué harías ante la mirada de súplica de un rostro movido por una inteligencia artificial? ¿Por qué los protagonistas de las películas se enamoran con tanta facilidad de sistemas operativos que simulan emociones humanas? ¿Quizá son emociones genuinas, seremos capaces de eso? Reproducir la vida tal y como la entendemos a base de cables y circuitos es uno de los anhelos más antiguos del ser humano en general y de los amantes de la ciencia ficción en particular. En el cine existe todo un subgénero dedicado a este asunto. A veces se han logrado obras sublimes, como 2001, una odisea en el espacio, Her o Blade Runner y a veces desastres como Chappie, pero sigue siendo un tema fascinante, sobre todo porque, poco a poco, el avance tecnológico camina irreversiblemente hacia computadoras cada vez más avanzadas. Quizá lo que vemos en estas realizaciones es, en cierto modo, un anticipo de lo que nos espera en el futuro inmediato.

El planteamiento inicial de Ex Machina es hijo de nuestro tiempo: Nathan, un genio de la informática, multimillonario gracias al desarrollo de un buscador de internet, que vive en una enorme finca privada, rodeado de naturaleza, organiza un concurso entre sus empleados cuyo premio es pasar una semana con él y quizá tener la oportunidad de conocer algunos de los secretos de su éxito. El afortunado ganador es Caleb, un brillante programador, emocionado ante la perspectiva de conocer en la intimidad a quien considera su ídolo. Pronto van a ser reveladas las verdaderas intenciones de Nathan: pretende que su empleado trabaje esa semana con Ava, su último prototipo de inteligencia artificial y lo someta al test de Turing, para saber si es un ente con emociones propias, si tiene conciencia de sí mismo, en suma.

A partir de esta sencilla premisa, con solo tres personajes (más una sirvienta que esconde algún secreto), Garland construye una intriga en la que poco a poco se van desvelando piezas de un puzzle tan complejo, que Caleb deberá ir cambiando sus más arraigadas convicciones casi sobre la marcha. La relación que establece con Ava pasa rápidamente de fascinante a desconcertante, gracias a una cualidad muy humana, a la que el robot parece saber sacarle provecho: la empatía.

Ex Machina da en todo momento la sensación de realización bien meditada en todos sus aspectos: desde el escenario, que cada vez se hace más claustrofóbico, hasta un guión que funciona como un mecanismo de relojería pleno de lógica interna y que trata al espectador como a un ser inteligente, al que no hay que explicarle más de lo necesario. Uno de los grandes aciertos es la elección de su elenco interpretativo. Nathan (Oscar Isaac) parece un hombre a la vez brillante y de vuelta de todo, con un evidente problema de alcoholismo. Sabe que la obra que está llevando a cabo - el desarrollo de la inteligencia artificial - es tan inevitable como peligrosa, pero tampoco parece que el amor a la humanidad sea una de sus mayores cualidades. Caleb (Domhnall Gleeson) debe transformar su actitud de joven entusiasta y un poco ingenuo para poder afrontar con garantías la ambigua situación a la que se ve sometido. Y por fin Alicia Vikander, la estrella de la función, debe realizar una interpretación basada tan solo en su expresividad facial para componer a una Ava que hace suyo el mito del fantasma de la máquina, puesto que su alma puede ser intercambiable con cualquiera de los cuerpos robóticos que Nathan ha desarrollado. Un brillante debut para Alex Garland, un director que podría seguir ofreciéndonos en el futuro obras tan inspiradas como ésta. 

miércoles, 24 de junio de 2015

CINECLUB (2007), DE DAVID GILMOUR. UNA EDUCACIÓN CINEMATOGRÁFICA.

La educación de los hijos es una de las tareas más difíciles de la labor de ser padre. Me imagino que las malas notas escolares o las malas compañías se viven, desde el punto de vista del progenitor, como un fracaso personal. Eso es precisamente lo que le sucedió a David Gilmour, un escritor y crítico de cine canadiense, cuando contempló una tarde de domingo la desesperanza de su propio hijo frente a las tareas escolares. En aquel instante percibió su hastío, su absoluta falta de interés y tomó una decisión drástica: ofrecerle dejar el instituto a cambio de una sola condición: que viera junto a él al menos tres películas a la semana.

En principio la medida puede parecer desacertada: la educación que ofrece un centro escolar no puede compararse con el visionado de unas cuantas películas, por buenas que estas sean. Pero el lector intuye que la auténtica intención del señor Gilmour es un acercamiento a su hijo que hasta aquel momento había sido una labor muy complicada. Quizá el cine le enseñara unas cuantas lecciones de vida y a la vez consiguiera que se conocieran mutuamente mucho mejor. Era la reacción desesperada de un padre que ve como camina rápidamente hacia el fracaso vital o hacia un destino mucho peor. 

Desde un punto de vista estrictamente cinematográfico, la selección de películas es muy básica y obvia, desde clásicos como El padrino o Los cuatrocientos golpes (es muy revelador que esta sea la primera obra seleccionada) hasta los llamados placeres inconfesables como Showgirls, una pésima película que cuenta con un numeroso club de fans. Y llama la atención el hecho de que casi nunca busquen lecciones morales en las películas que ven, sino que se centren más en aspectos técnicos y artísticos: lo verdaderamente importante es pasar un rato juntos como padre e hijo y, de paso, que la relación entre ambos se enriquezca hasta el punto de poder abordar la caótica vida amorosa y social de Jesse, un adolescente que pide a gritos que le orienten en esta jungla que es el mundo.

En realidad, como lector, a mí me parece insólita la solución educativa que el autor ofrece a su hijo, el cual, por cierto, es una especie de tábula rasa que ni siquiera sabe situar en el mapa a Sudamérica (sin saber tampoco si se trata de un país o un continente ni importarle lo más mínimo). Se trata de sustituir el instituto por la contemplación de tres buenas películas semanales, sin muchas más exigencias a una persona que se encuentra en los años cruciales de su formación. Un muchacho que todavía tiene que aprender a bregar con sus fracasos amorosos y que está empezando a vivir un peligroso romance con la cocaína. Que al final todo salga bien (o eso parece) tiene más que ver con el azar que con otra cosa, aunque hay que reconocer que el cineclub ha servido para que Jesse tenga algo donde aferrarse en sus momentos de más desesperación. Porque el cine y la literatura no son solo evasión: se trata de la contemplación de vidas ajenas cuya experiencia podemos atesorar sin haber arriesgado nada personalmente. Y esto puede ser muy valioso ante ciertas tesituras. 

Cineclub es un libro sin grandes pretensiones literarias, que se lee con mucho agrado, sobre todo si uno ha visionado previamente la gran mayoría de las películas que salen a colación. Su mayor virtud es esa sencillez apegada a la realidad, esa sinceridad que hace que el relato sea verosímil. Es bueno saber que existen las segundas oportunidades, incluso para quien está tirando su vida por la borda y que, a veces, los planes más desatinados, si están condimentados con grandes dosis de entusiasmo, salen bien.