viernes, 17 de abril de 2015

CINCUENTA SOMBRAS DE GREY (2015), DE SAM TAYLOR-JOHNSON. ANASTASIA A TRAVÉS DEL ESPEJO.


Resulta curioso que una novela como Cincuenta sombras de Grey, que trata un tema tan presuntamente escabroso como los deseos sexuales de dominación, se haya convertido en uno de los grandes best sellers de la década, y que además gran parte de sus lectoras (porque me parece que esta novela tiene muchas más lectoras que lectores), sean amas de casa que habitualmente prefieren la televisión a la literatura. Una prueba más de cómo una buena campaña de marketing puede llegar a normalizar en pocos meses lo que hasta ese momento era considerado un tema tabú que, por cierto, se había tratado de manera más profunda en una obra literaria mucho más estimable: Historia de O, de Pauline Reage, que fue objeto de una floja adaptacion cinematográfica a cargo de Just Jaeckin. 

Sin poder juzgar de manera directa la calidad literaria de la novela de E.L. James (aunque según me han contado algunas personas de confianza, se trata de una lectura bastante penosa), la versión filmada por la realizadora Sam Taylor Johnson parece un producto elaborado más por un comité de expertos en marketing que por alguien que considere que el cine es un arte que puede enmendar la peor de las narraciones. Lo cierto es que a lo que más se parece Cincuenta sombras de Grey es a uno de esos telefilmes románticos que suelen poner los domingos por la tarde (o en los viajes en AVE) que a una gran producción de Hollywood destinada a recaudar millones de dólares en todo el mundo.

Lo que más llama la atención de este producto es la poca valentía a la hora de abordar su escandaloso asunto principal: todo se reduce a la atracción sexual entre dos jóvenes que provienen de mundos muy diferentes. Christian Grey es una especie de macho alfa, inmensamente rico (aunque poco sepamos del origen de su fortuna), que a los veintiocho años ha conseguido encaramarse en lo más alto del mundo de las finanzas, lo cual en el mundo de hoy es equivalente a ser considerado un amo del universo. Pero Grey no se conforma con el universo y le gusta ser amo también de cuantas más mujeres, mejor y pronto Anastasia se va a convertir en el objeto de sus deseos. Por contra, Anastasia, atraída evidentemente por los encantos de Grey, quiere vivir una historia de amor mucho más tradicional, aunque está dispuesta a acceder a muchos de los deseos presuntamente oscuros de éste, deslumbrada por su exhibición de vehículos caros, helicópteros y hoteles de lujo.

Se ha dicho que Cincuenta sombras de Grey es una especie de apología del machismo y del maltrato. Nada más lejos de la realidad, es casi como decir que que Pretty woman es una apología de la prostitución. En todo momento el trato de Grey hacia su amante es exquisito y jamás le hace nada sin obtener su consentimiento previo. Puede que su posición en la relación sea la más ventajosa, por su experiencia previa y su poder económico y sepa cómo ejercitar algo de chantaje sentimental, pero de ahí a describir su actitud como delictiva, va un mundo. 

Con una trama tan insulsa y un erotismo tan descafeinado, pocas cosas se salvan en la realización de Taylor Jonhson: algún detalle como que Anastasia se despierte en la cama de Grey, después de una noche de borrachera, teniendo en su mesita de noche comida y bebida con los carteles "cómeme" y "bébeme", clara referencia a Alicia en el País de las Maravillas o más bien a su segunda parte, al mundo invertido que va a encontrar detrás del espejo, por el que siente alguna curiosidad, pero donde no quisiera quedarse a vivir.

martes, 14 de abril de 2015

LA HISTORIA DE TU VIDA (2002), DE TED CHIANG. FRAGMENTOS ALTERNATIVOS.

Ted Chiang es uno de los más exquisitos escritores de Ciencia Ficción en la actualidad. Cada uno de sus relatos es un prodigio de imaginación y excelencia literaria, sin olvidar  la especulación científica, auténtica piedra angular del género. Leyéndole, uno nota lo bien que construye sus ficciones especulativas y también algunas influencias, sobre todo la de Jorge Luis Borges, sin llegar a plagiarle en ningún momento.

El primero de los relatos de La historia de tu vida, La torre de Babilonia, nos lleva al relato bíblico de la construcción de la Torre de Babel, para contarnos una especie de parábola acerca de la circularidad del universo. 

Comprende está escrito en primera persona por alguien que ha sido objeto de un experimento para otorgar superinteligencia y siente que poco a poco se va transformando en un dios en búsqueda constante de una iluminación "no espiritual, sino racional" y se va apartando del resto de seres humanos, hasta su encuentro con un ser similar a él. Puede que el argumento parezca similar a Flores para Algernon, de Daniel Keyes, pero Chiang lleva su narración por otros derroteros. Las descripciones de sus progresos son uno de los puntos fuertes del relato:

"Podría estudiar un nuevo tipo de ecuación, o la gramática de un idioma extranjero, o el funcionamiento de un motor; en cada caso, todo encaja, todos los elementos cooperan de forma hermosa. En cada caso, no tengo que memorizar reglas conscientemente, y luego aplicarlas mecánicamente. Me limito a percibir cómo se comporta el sistema en conjunto, como una entidad. Por supuesto, percibo todos los detalles y los pasos individuales, pero requieren tan poca concentración que casi parecen intuitivos."

Dividido entre cero es una especie de juego matemático-paradójico, que muestra el absurdo de la ciencia y lo racional cuando se lleva hasta sus últimas consecuencias.

La historia de tu vida cuenta la visita a la Tierra de una raza extraterrestre y los esfuerzos de una lingüista por comunicarse con ellos. Entre otras cosas, descubrirá que nuestro concepto lineal del tiempo no tiene por qué ser el único posible.

Setenta y dos letras aprovecha las leyendas judías sobre el Golem para construir un relato ambientado en un mundo en el que las reglas científicas tienen mucho que ver con lo que nosotros podríamos considerar magia.

La evolución de la ciencia humana presenta una realidad futura en la que la raza humana se ha escindido entre los seres humanos normales y los superinteligentes, que poco a poco se han ido separando de los demás y cultivando sus propios intereses, tratando al resto con una condescendencia que se acerca a la indiferencia.

El infierno es la ausencia de Dios, es quizá mi relato favorito del libro. No es el mejor construido, pero su argumento nos presenta un personaje muy humano y entrañable, que vive en una realidad donde las manifestaciones de lo divino son habituales, por lo que no existen las dudas religiosas, aunque las decisiones del altísimo sigan siendo inescrutables. Neil Fisk sabe que su esposa ha muerto y ha ido al cielo. Hay testigos que la han visto subir. Pero no está dispuesto a asumir la vida virtuosa que se supone necesaria para hacerle compañía algún día. Si acaso, tratará de tomar algún atajo...

¿Te gusta lo que ves? (Documental) bien podría ser un capítulo de la extraordinaria serie Black Mirror. Es una especie de experimento social: existe la posibilidad de someterse a una pequeña operación para que el cerebro no sea capaz de reconocer el atractivo físico de las personas. Son tantas las implicaciones, las ventajas y los inconvenientes de tal novedad, que el relato se convierte en una especie de debate en el que diversas voces nos ofrecen sus opiniones al respecto. Una de las muchas posibilidades fascinantes (y potencialmente peligrosas) que nos ofrece el futuro, siendo Ted Chiang uno de sus más reputados especuladores.

lunes, 13 de abril de 2015

EL VUELO (2012), DE ROBERT ZEMECKIS. HÉROE POR ACCIDENTE.

La catástrofe aérea provocada por el piloto Andreas Lubitz ha vuelto a recordarnos que la seguridad absoluta no existe en la navegación aérea ni en ningún otro medio de transporte. Una vez que uno se sube en el avión, se convierte en un ser pasivo, en un pasajero encerrado con la confianza de que los pilotos y demás responsables del vuelo sabrán realizar correctamente su trabajo y depositarlo en su destino. A veces - muy muy pocas veces, todo hay que decirlo - las cosas salen mal y los telediarios se abren con la espantosa noticia de un avión estrellado o desaparecido. En el caso de German Wings todo ha sido aderezado por la circunstancia excepcional de que el copiloto estrelló voluntariamente el aparato, después de que le hubieran sido detectados problemas psíquicos que deberían haberle impedido ejercer tales responsabilidades. Intentar encontrarle sentido a este asunto es una tarea muy complicada. 

Esta actualidad le ha otorgado una nueva dimensión a la muy estimable película El vuelo, que precisamente intenta ofrecer un discurso acerca de la responsabilidad de un piloto frente a circunstancias adversas, tanto provocadas por el azar, como por su propio comportamiento irresponsable. 

Whip Whitaker (interpretado por un muy solvente Denzel Washington) es un piloto divorciado, mujeriego, alcohólico y de vuelta de todo, pero que de cara a su profesión intenta mantener una imagen profesional intachable, aunque algunos de su compañeros sospechen que esto no es más que una fachada. Por eso, cuando logra evitar una catástrofe aéra con una maniobra imposible, se convierte enseguida en un héroe para los medios de comunicación. La cuestión es que la situación de peligro no parece haberla creado él, a pesar de que su estado no parece ser el mejor en cuanto a la definición de lo que debería ser un piloto responsable. Pero en la historia que plantea el director todo es tan incierto que es posible que la euforia provocada por el alcohol y las drogas le hayan proporcionado el valor y la sangre fría suficientes como para salvar la situación. De esta ambigüedad moral que impregna El vuelo habla Zemeckis en una entrevista que concedió a la revista Dirigido:

"Lo cierto es que una de las cosas que me atrajeron del guión es que la ambigüedad moral está en todas partes. No solo en Whip, sino en todos los otros personajes, no hay blancos y negros, son todos grises. Esto te obliga como espectador a cuestionarte en dónde estás parado y cuál es tu posición frente a lo que están haciendo estos personajes. La ambigüedad moral me resulta muy atractiva, y yo creo que la vida real es así. Sin embargo, raramente un guión la presenta con tanta fidelidad como en este caso."

Este debate actual sobre responsabilidades y ocultamiento de datos médicos, es un buen contexto para repasar El vuelo, para comprobar que la verdad y la mentira tienen muchas más caras que las que habitualmente percibimos. La historia de este hombre solitario y autodestructivo puede servir como reflexión acerca de cómo los seres humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor. Y a veces en la misma jornada.

jueves, 9 de abril de 2015

HIJOS DE LA IRA (1944), DE DÁMASO ALONSO. DEL MUNDO Y SUS INCÓGNITAS RADICALES.

Finalizada la Guerra Civil, España quedó como un páramo cultural, en el que todo el pensamiento estaba regido por la ideología de los vencedores y de la iglesia católica. Nuestros más importantes poetas e intelectuales o habían muerto o se habían exiliado y los que aquí quedaron estaban demasiado conmocionados como para ser verdaderamente creativos. Las prioridades eran otras: disimular antiguas simpatías políticas y no morir de hambre. No obstante, a veces se producían milagrosas excepciones en este ambiente grisáceo: una novela como Nada, de Carmen Laforet y un conjunto de poemas tan prodigioso como los que conforman Hijos de la ira, obras que destilan libertad y valentía expresiva en un contexto de miedo y privaciones.

En cualquier caso, Dámaso Alonso siempre decía que su libro no era solo hijo de una situación histórica determinada, sino que podía abarcar cualquier momento de la existencia de la especie humana:

"He dicho varias veces que Hijos de la ira es un libro de protesta escrito cuando en España nadie protestaba. Es un libro de protesta y de indignación... Es una protesta universal, cósmica que incluye, claro está, esas otras iras parciales."

Como lector de estos poemas, mi principal sentimiento es el estremecimiento, por su profunda exploración de un alma humana absolutamente dominada por la angustia de la existencia, por el misterio de la vida y por la inevitabilidad de la muerte. Su única solución ante esta especie de extrañeza o incluso asco por la realidad es un autoexilio a su mundo exterior que, como acabo de decir, es eminentemente exploratorio, aunque sean muchas más las preguntas que las respuestas.

El poema La injusticia es un alegato pesimista, aunque con un atisbo de esperanza:

Podrás herir la carne.
No morderás mi corazón,
madre del odio.
Nunca en mi corazón
reina del mundo.

En Preparativos del viaje, intenta describir el terrible momento de la muerte, preguntándose que se siente y qué se ve al final:

No hay mirada más triste.
Sí, no hay mirada más profunda ni más triste.

Ah, muertos, muertos  , ¿qué habéis visto
en la esquina cruel , en el terrible momento del tránsito?
Ah, ¿qué habéis visto en ese instante del encontronazo con
el camión gris de la muerte?

En esa obra maestra plena de sensibilidad llamada Elegía a un moscardón azul, podemos encontrar esta aparente simpleza en la descripción del mundo, como un conglomerado de seres y objetos:

Eso que viste desde mi ventana,
eso es el mundo.
Siempre se agolpa igual: luces y formas,
árbol, arbusto, flor, colina, cielo
con nubes o sin nubes,
y, ya rojos, ya grises, los tejados
del hombre. Nada más: siempre es lo mismo.
Es una granazón, una abundancia,
es un tierno pulgar de jugos hondos, 
que levanta el amor y Dios ordena
en nódulos y en haces,
un dulce hervir no más.

Pero todo se desmorona cuando el poeta da muerte a un moscardón, con un poder divino sobre la muerte que no puede ser rectificado. Aún matar a un ser tan insignificante como un insecto es una acción terrible, una manifestación de esa lucha por la existencia que ha regido nuestro planeta desde hace millones de años: 

Estabas en mi casa,
mirabas mi jardín, eras muy bello.
Yo te maté.
¡Oh si pudiera ahora
darte otra vez la vida,
yo que te dí la muerte!

Hijos de la ira es un libro para disfrutar con una lectura sosegada y reflexiva, el grito de un alma que quisiera comprender el mundo y no puede, escrito en uno de los momentos más negros de nuestra historia, por lo que, inevitablemente, recoge en parte el espíritu de esa época. Como el propio Alonso dijo su intención principal era "condensar esa vaga ráfaga de terror que pasa por el hombre cada vez que por un instante abandona su conducta práctica y se detiene a considerar sus incógnitas radicales y las del mundo".

martes, 7 de abril de 2015

EN EL ENJAMBRE (2013), DE BYUNG-CHUL HAN. EL PANÓPTICO DIGITAL.

Si algo caracteriza a nuestra época es la dependencia de un número creciente de personas de las nuevas tecnologías, presentadas en aparatos cada vez más pequeños y sofisticados. Lo que se nos vende como una absoluta conexión con el resto de la humanidad a veces esconde la trampa de la más absoluta soledad del individuo, aunque se trate de una soledad expuesta a la mirada pública. No es que el hombre del siglo XXI llegue a sentirse solo, pero el narcicismo continuo al que invitan las redes sociales hace que nos aislemos en nuestros propios intereses y obsesiones y que palabras como solidaridad vayan desapareciendo del vocabulario más común. Así solo queda un ansia constante de experiencias nuevas y expectativas casi en exclusiva a corto plazo: nada de pensamientos complejos, nada de actividades que requieran la dedicación de muchas horas, pero a su vez dependencia absoluta de unos aparatos que, a la vez que nos conectan al mundo, nos crean toda la ansiedad del mundo.

Byung-Chul Han, el filósofo de moda, resulta ser un lúcido observador de estos excesos contemporáneos y denuncia que estas presuntas libertades al final pueden trocar en algo muy distinto:

"Hoy, en efecto, estamos libres de las máquinas de la era industrial, que nos esclavizaban y explotaban, pero los aparatos digitales traen una nueva coacción, una nueva esclavitud. Nos explotan de manera más eficiente por cuanto, en virtud de su movilidad, transforman todo lugar en un puesto de trabajo y todo tiempo en un tiempo de trabajo. La libertad de la movilidad se trueca en la coacción fatal de tener que trabajar en todas partes. En la época de las máquinas el trabajo estaba ya delimitado frente al no-trabajo por la inmovilidad de las máquinas. El lugar de trabajo, al que había que desplazarse, se podía separar con claridad de los espacios de no trabajo. En la actualidad esta delimitación está suprimida por completo en muchas profesiones. El aparato digital hace móvil el trabajo mismo. Cada uno lleva consigo de aquí para allá el puesto de trabajo como un campamento. Ya no podemos escapar del trabajo."

Tampoco podemos escapar del ocio, de la novedad constante, de los cambios de estado y de las valoraciones que puedan tener en facebook nuestras más nimias acciones. Todos estos estímulos aplastan nuestra capacidad crítica, nos domestican y nos vuelven seres aislados y previsibles. A veces un exceso de información es tan perjudicial como la falta de la misma, puesto que los detalles importantes se pierden en el mar de datos:

"El exceso de información hace que se atrofie el pensamiento. La capacidad analítica consiste en prescindir, en el material de la percepción, de todo lo que no pertenece esencialmente a la cosa. En definitiva, es la capacidad de distinguir lo esencial de lo no esencial. El diluvio de información al que hoy estamos expuestos disminuye, sin duda, la capacidad de reducir las cosas a lo esencial. Y, de hecho, pertenece esencialmente al pensamiento la negatividad de la distinción y la selección. Así, el pensamiento es siempre exclusivo.

Más información no conduce necesariamente a mejores decisiones. Hoy se atrofia precisamente la facultad superior de juicio por la creciente cantidad de información. Con frecuencia un menos de información produce un más. La negatividad de la omisión y del olvido es productiva. Más información y comunicación no esclarecen el mundo por sí solas. Y la transparencia tampoco lo hace clarividente. El conjunto de información por sí solo no engendra ninguna verdad. No lleva ninguna luz a la oscuridad. Cuanta más información se pone a disposición, más impenetrable se hace el mundo, más aspecto de fantasma adquiere. En un determinado punto, la información ya no es informativa, sino deformativa; la comunicación ya no es comunicativa, sino acumulativa."

Con estas premisas, incluso se pone en peligro la visión tradicional de la politica como un proyecto para desarrollar el interés general, tutelado por la vigilancia constante de los ciudadanos a las actividades de sus representantes. Ahora, al contrario, son los ciudadanos los que se encuentran constantemente vigilados y manipulados sin saberlo. Mucha gente preferiría dejar de tener que acudir a las urnas si su poder de decisión se redujera a darle a me gusta o no me gusta en su ordenador respecto a las resoluciones de los gobernantes.

Pero de lo que poca gente es consciente es de la monstruosa maraña de datos que todos y cada uno de nosotros como un rastro que, quien sabe seguirlo, va a llevar directamente a nuestros gustos, a nuestros hábitos y, a veces, a nuestras más estricta intimidad. Los llamados Big Data se van sofisticando a pasos agigantados:

"Cada clic que hago queda almacenado. Cada paso que doy puede rastrearse hacia atrás. En todas partes dejamos huellas digitales. Nuestra vida digital se reproduce exactamente en la red. La posibilidad de una protocolización total de la vida suplanta enteramente la confianza por el control. En lugar del Big Brother aparecen los big data (grandes datos). La protocolización total, sin lagunas, de la vida consuma la sociedad de la transparencia."

Un terrorífico ejemplo que el filósofo de origen coreano expone en su ensayo: Acxiom es una empresa que posee datos personales de 300 millones de ciudadanos, prácticamente todo Estados Unidos. Sabe más que el FBI. Es como un servicio secreto que se vende a quien esté dispuesto a contratar sus servicios. ¿Qué pasará cuando los algoritmos del Big Data sean capaces de predecir tendencias sociales o actos individuales? ¿Existirá la justicia preventiva, como en Minority Report de Steven Spielberg? Internet de las cosas hará que cada aparato, cada electrodoméstico esté conectado a la red. Las neveras de un futuro inmediato nos dirán cuando tenemos que volver a comprar comida, o quizá los mismos botes de refresco sean los que nos digan que hay que ir al supermercado para reponer. Las Google Glass, están a un paso de esos implantes que llevan los personajes de Black Mirror, que les permiten estar permanentemente conectados a la red a través de sus ojos y a su vez grabar todo lo que ven. Byung-Chul Han define nuestra existencia como la de los prisioneros del Panóptico de Bentham, con la diferencia de que nuestras cómodas celdas son de cristal.

Chris Anderson, redactor jefe de Wired, la Biblia de la tecnología. Define una nueva ciencia, capaz de arrastrar a muchas otras disciplinas, la psicopolítica digital:

"Queda atrás toda teoría de la conducta humana, desde la lingüística hasta la sociología. Olvide usted la taxonomía, la ontología y también la psicología. ¿Quién puede decir por qué los hombres hacen lo que hacen? Lo hacen simplemente, y podemos constatarlo y medirlo con exactitud sin parangón. Cuando disponemos de suficientes datos, los números hablan por sí mismos." 

En el enjambre es una de las visiones más lúcidas del futuro inmediato que nos espera, que en gran parte ya está entre nosotros. Un futuro en el que los conceptos de intimidad y privacidad tendrán que ser redefinidos, ya que difícilmente podrán ser protegidos de la maraña tecnológica que nos facilitará la vida y que también nos creará nuevas servidumbres.

lunes, 6 de abril de 2015

CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN ABRIL. IMPRESIONES DE MADRID.

Madrid es una de esas ciudades en las que la vida cultural y literaria se respira en sus calles. No solo por la cantidad de librerías de todo tipo que atesora o por sus museos, sino por la dilatada nómina de autores que han residido en ella y han ambientado allí sus historias. Galdós, por ejemplo, cuenta con varios discretos homenajes que es entretenido buscar mientras uno pasea por allí. Pero lo más sorprendente de todo son las exposiciones temporales de primerísima categoría de las que uno puede gozar en cualquier momento del año: la espiritualidad de Rogier Van der Weyden, cuyas fastuosas crucifixiones parecen recién pintadas, después de las cuidadosas restauraciones de las que han sido objeto o la increíble colección de los siglos XIX y XX del museo de Basilea: Picasso, Ernst, Giacometti, Klee, Munch, Léger, Wharhol, Van Gogh, Monet, Manet, Gaughin, Pissarro, Modigliani... Distintas formas de expresar lo mejor y lo peor del espíritu humano, de reflejar la belleza de la naturaleza o lo absurdo de la existencia.

También merece la pena subir a la terraza del remodelado Ayuntamiento (vamos a excluir de aquí la polémica sobre el altísimo coste de la obra) en la plaza de Cibeles y contemplar la amplísima extensión de la ciudad, reconociendo la silueta de los edificios más importantes, sobre todo en un día tan claro como fue el domingo pasado. Uno no puede dejar de evocar al Diablo Cojuelo de Luis Vélez de Guevara levantando los tejados de Madrid para que los espectadores oteemos los vicios de sus habitantes, como si fueran personajes de la comedia de la vida.

En el club de lectura de la Biblioteca Provincial, comienza el mes con la lectura de un clásico moderno: La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera.

En el club de lectura de Más Libros Libres, una de las distopías más terribles jamás escritas, que siempre está de actualidad: 1984, de George Orwell.

En el club de ensayo de Más Libros Libres abordamos un interesante volumen que ya se presentó hace un par de meses en La Noria: Las caras de Bélmez ¿fantasmas o fantasmadas? de nuestro amigo Juan Manuel Alonso.

En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, una novela de uno de los escritores españoles más relevantes de este momento: Absolución, de Luis Landero.

En los clubes de lectura del Centro Andaluz de las Letras, propuestas de lo más variado: La isla de la última verdad, de Flavia Company, Las vidas de las mujeres, de la premio Nobel Alice Munro y El trapero del tiempo, de Rafael García Maldonado.

En el club de lectura del Ateneo de Málaga, una novela excelentemente construída del maestro Onetti: El astillero.

En el club de lectura de Casa del Libro un clásico moderno que aborda el problema de la culpa: El cabellero provisional, de Sebastian Barry.

En el club de lectura de la Librería Luces, Tierra desacostumbrada, de Jhumpa Lahiri, excelentes cuentos sobre emigrantes de La India en Estados Unidos.

En el club de lectura de Fnac Málaga, todo un clásico de nuestra literatura, que fue objeto de una recordada adaptación cinematográfica por parte de José Luis Cuerda: El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flórez. 

En el club de lectura Encuentro con los clásicos, de Arroyo de la Miel, se viaja a los orígenes del teatro con Las suplicantes, de Esquilo.

En el club de visionado obligatorio, una película portuguesa que rinde homenaje al lenguaje del cine mudo: Tabú, de Miguel Gomes.

Y por fin, dentro de las actividades del Festival de Cine de Málaga, veremos la interesante Grupo 7, de Alberto Rodríguez (director de La isla mínima) y debatiremos acerca de los fundamentos de la lucha contra el narcotráfico en España y en el mundo.

Quiero recomendarles también un evento del que seguramente seré moderador, a celebrar en el Salón de Actos de La Noria: se trata de una Mesa Redonda en la que jóvenes autores y creadores debatirán acerca de cómo ha afectado la crisis al mundo cultural. Más información aquí:

http://www.slideshare.net/MasLibrosLibres/mesa-redonda-nuevos-autores-ms-libros-libres-46684464

¡Felices lecturas!

martes, 31 de marzo de 2015

EL PAÍS DEL MIEDO (2008), DE ISAAC ROSA. NUESTROS TERRORES COTIDIANOS.

Hay muchos libros que hablan de eso: vivimos en la sociedad del miedo. Paradójicamente, cuanto más evolucionamos, cuando la vida se va haciendo más confortable y segura respecto a la de nuestros antepasados, más temores acumulamos. Quizá porque tenemos más que perder y no sabríamos como enfrentarnos a ello. A ésto contribuye también nuestro cada vez más permanente acceso a toda clase de informaciones y opiniones. Cualquier hecho que antes solo tenía cabida en un pequeño espacio de la página de sucesos del periódico local hoy puede ser acrecentado y provocar una desmesurada alarma social. Una catástrofe aérea, por ejemplo, provoca un irracional miedo a volar, porque el hombre es un animal muy impresionable, capaz de representarse un hipotético futuro en carne propia, de ser empático en cuanto a los sufrimientos y los miedos ajenos. 

En mi ciudad, por ejemplo, en los ochenta la gente vivía con miedo a los tirones de bolsos y a los atracos: era algo muy habitual, eran los años duros de la heroína, pero aún así los niños seguíamos saliendo a jugar solos a la calle. Y alguna vez recibíamos algún susto, pero al día siguiente estábamos otra vez dándole patadas al balón en el asfalto. Hoy, que han disminuido este tipo de delitos, la obsesión está en las intrusiones en el hogar, ya sea por la fuerza, ya sea por la astucia del ladrón, que puede disfrazarse, por ejemplo, de inspector de la compañía del gas y entrar impunemente en la casa del confiado propietario. Hay programas muy alarmistas en televisión que advierten de nuevos tipos de delitos, que instan al espectador a mantenerse siempre alerta. Algo muy típico de nuestro tiempo. Así lo expresaba el propio Isaac Rosa en una entrevista que concedió a El País cuando fue publicada su novela:

"Cuando uno alcanza ciertos niveles de seguridad y de protección aspira a una seguridad absoluta. Y esa búsqueda genera ansiedad. Vivimos un tiempo de incertidumbres que nos hacen sentir vulnerables, que a lo mejor no sabemos nombrar ni definir, que tiene que ver con lo social, lo económico, lo afectivo, y al final lo derivamos a otro tipo de inseguridades o amenazas más evidentes, cuando realmente la incertidumbre es otra.

(...) Nos sentimos amenazados hacia el futuro, sobre todo por cuestiones que generaban más seguridad y ahora están menos estructuradas, como el trabajo. Los asuntos relacionados con los afectos o la familia que no somos capaces de ponerlos en claro y buscamos fantasmas ya identificados."

Carlos, el protagonista de El país del miedo, vive obsesionado por este tipo de temores de carácter urbano. Es un hombre extremadamente civilizado y a la vez extremadamente prudente, hasta el punto de que examina los pros, los contras y los peligros implícitos en cada acción, incluso en las más cotidianas. Por eso, cuando su hijo empieza a tener problemas con un compañero del colegio, que abusa de él, no sabe cómo reaccionar. Su situación tiene algo de pesadillesca, aunque de pesadilla leve: no sabe cómo reaccionar ante las amenazas verbales y físicas de un adolescente. No puede enfrentarse directamente a él, porque se arriesga a ser acusado de agresión a un menor y además teme que el muchacho pueda con él. Tampoco puede acudir a la policía, porque imagina que no tomarán en serio la presunta amenaza. La única solución que se le ocurre es intentar aplacar a la bestia a base de ofrendas en forma de dinero, aunque, como es lógico, esta solución no hace más que acrecentar el problema.

Carlos sabe que hay formas más expeditivas de enfrentar el asunto, pero nunca se atrevería: su mente no funciona por impulsos, sino por la más estricta racionalidad, la racionalidad que hace que todos podamos convivir pacíficamente en sociedad. Sin embargo, la gente así necesita sentirse protegida, sobre todo los más aprensivos a la violencia, como el protagonista. Ahí es donde aparece el conflicto: ¿debe renunciarse alguna vez a los principios más sagrados para proteger el bienestar familiar? 

El país del miedo es una obra original e interesante, aunque de estructura algo desproporcionada. Empieza con una interminable descripción de miedos y tarda en entrar en materia, pero una vez asentada en la historia, la novela va de menos a más. Quizá la clave de su interés estribe en que todos podemos sentirnos identificados en cierto modo con un protagonista un tanto pánfilo, pero a la vez tan prudente, racional y civilizado como la mayoría de nosotros.