domingo, 1 de marzo de 2015

EL FRANCOTIRADOR (2014), DE CLINT EASTWOOD. EL AMERICANO IMPASIBLE.


A veces me pregunto cómo es posible que la humanidad todavía no haya aprendido, que todavía se recurra a un método tan salvaje como la guerra para solventar los inevitables conflictos de intereses entre países, grupos o etnias. Aunque a veces la apuesta sale muy bien para una de las dos partes, es usual que las cosas no transcurran según los planes previstos por parte del agresor y que lo que se esperaba resolver en pocas semanas se eternice y se convierta en una pesadilla irresoluble. Le sucedió a Napoleón en España, a los alemanes en Francia en la Primera Guerra Mundial, en Rusia en la Segunda y a los americanos en Vietnam. En todo caso, el Clint Eastwood cree tener la respuesta en una entrevista que ofrece la revista Dirigido de febrero de este año:

"(...) creo que la guerra está en nuestro ADN. Una de las cosas que Estados Unidos ha estado haciendo en todos estos años es tratar de introducir la democracia en muchos países del mundo, y la realidad es que no la quieren. Por eso es una buena pregunta cómo se termina y si se termina. Los filósofos siempre han dicho que el fin de la guerra llegará cuando la humanidad recupere la razón, pero eso puede no ocurrir nunca. Pero es un tema sobre el que no vale la pena debatir demasiado, porque la realidad es que la guerra existe, es parte de la vida."

La Guerra de Irak (o cabría decir, la segunda Guerra de Irak en este caso) surgió de unas circunstancias tan especiales como inesperadas. Los ataques del 11 de septiembre, sangrientos y dolorosos, desataron una fiebre de venganza en toda la nación norteamericana, que el presidente George Bush no hizo sino alentar desde su estrado. Por eso no le fue difícil convencer a sus compatriotas (con el resto del mundo no lo consiguió), de que el gobierno iraquí estaba detrás de los atentados. Obviando a la ONU, a las masivas manifestaciones en contra celebradas en cientos de ciudades del mundo y a la más elemental prudencia, Estados Unidos se embarcó en un conflicto que, una década después, ofrece un saldo lamentable: cientos de miles de muertos y de heridos, ciudades arrasadas, una retirada del ejército estadounidense por la puerta de atrás y establecimiento, en una buena franja del país, del llamado Estado Islámico, que cada día ofrece material audivisual a los telediarios del mundo entero con la perpetración de una nueva barbaridad. La última, la destrucción de estatuas asirias y sumerias de milenios de antigüedad.

Todo esto nos pone en antecedentes respecto a la historia que se cuenta en El francotirador. Chris Kyle se hizo famoso en Irak por ser el tirador con más muertes confirmadas en su haber en la historia del ejército estadounidense, unas ciento sesenta. Poco antes de su absurda muerte publicó unas memorias en las que ofrecía una visión de sus experiencias en el conflicto. En el film Kyle aparece - supongo que será un retrato fidedigno - como un joven afectado por los atentados de las embajadas africanas y de las torres gemelas, decidido a vengar a su país a cualquier precio. En ningún momento es capaz de plantearse que no es más que un peón para que unos cuantos contratistas militares, amparados por los criminales Bush y Rumsfeld, ganen cantidades obscenas de dinero a costa de la muerte de mucha gente. Su única perspectiva es la de su deber inmediato, la de proteger a sus compañeros, matando a cualquiera que los ponga en peligro: Kyle está convencido de que está realizando un servicio imprescindible para la seguridad de su país, que la gente a la que combate en Irak está deseando desembarcar en su país para atentar contra su gente y parece no darse cuenta, de que no está dejando otra alternativa a toda esa gente a la que se le bombardea sus casas que la de radicalizarse y unirse a alguno de los grupos de resistencia.

Pero lo que a Eastwood le interesa más mostrar son las contradicciones de la vida de Kyle mientras sirvió en Irak: lo rutinario de su trabajo, aburrido casi todo el tiempo, hasta que comenzaba la batalla y, sobre todo, su difícil regreso a la rutina del hogar, junto a una mujer y a unos hijos con los que no había convivido lo suficiente, que para él tenían mucho de extraños, ya que, en el fondo, sus auténticos intereses (y por eso es llamado héroe) estaban en el frente, protegiendo a sus compañeros de un enemigo casi siempre invisible. El conflicto con su famila está cinematográficamente bien resuelto, pero de manera un tanto rutinaria para el espectador, al que los problemas de adaptación del protagonista nunca suscitan auténtico interés. Para él parece más difícil sostener a su hijo en sus brazos mientras intenta mantener una conversación con su mujer que disparar desde una azotea en medio de una batalla.

El punto fuerte de El francotirador está en sus escenas bélicas, en las que apreciamos al mejor Eastwood recuperando su pulso, sabiendo cómo crear tensión en las mismas. Lástima que queden un poco descompensadas respecto al resto del metraje, bien intencionado, pero fundamentalmente vacío de contenido. Quizá sería una buena idea, como ya sucedió con la batalla de Iwo Jima, ofrecer una segunda película rodada desde el punto de vista del francotirador del otro bando, que seguramente a su vez sería un héroe para los suyos. Eso conseguiría una perspectiva mucho más completa de un conflicto tan complejo que, una década después, aún sigue siendo un semillero de lo peor del ser humano.

viernes, 27 de febrero de 2015

CAMINANDO (2014), DE VICTORIA HEITZMANN. LA VIDA ES UN PASEO.

Existe una literatura oficial. La que vemos, los que visitamos librerías habitualmente, en las mesas de novedades, de la que leemos reseñas en los periódicos y en los suplementos culturales. Y existe una literatura oculta, de difícil acceso, llevada a cabo por auténticos amantes de la escritura, que no esperan fama ni reconocimiento, sino solo calmar su necesidad de plasmar sus experiencias, ya sean reales o imaginadas, sobre la hoja en blanco.

En uno de los últimos relatos del libro, Victoria Heitzmann habla de elecciones vitales. Se puede elegir pasar por la vida como alguien eminentemente sedentario (lo que hace la mayoría), que se conforma con el hábitat que le ha correspondido y no se interesa demasiado por lo que sucede en otros lugares. O se puede elegir ser un caminante, alguien que pasea incansable por todo el mundo, acumulando experiencias, visitando lugares que no suelen pisar los turistas, lo propio de "personas con muchas ganas de leer, escribir, estar tranquilos; viajeros con tiempo, viajeros de meses, de años". Una vida envidiable, repleta de fatigas e incomodidades que se compensan sobradamente a base de paisajes y experiencias únicas. Los libros pueden otorgar conocimientos, pero si se complementan con abundantes viajes, estos otorgan perspectivas insospechadas, por ejemplo a la hora de escribir impresiones sinceras acerca del movimiento bolivariano:

"El movimiento bolivariano parece adolecer de una base intelectual y cultural. Hay relaciones con la religión, con la sexualidad que rebajan su tono revolucionario, el proyecto de una ley contra la difusión de la homosexualidad o la pornografía, por ejemplo. De nuevo la falta de presencia de la individualidad: la masa de personas que viven en la pobreza, los jóvenes idealistas tanto política como religiosamente... La tradición religiosa y social propia de de esa masa no es fácil que permita una reivindicación posterior de las libertades individuales. ¿Y la utilización de la palabra diginidad? ¿La dignidad siempre reñida con la libertad personal? La dignidad no está reñida con la pobreza. Pero no hay dignidad sin libertad personal."

Una de las recompensas más gozosas que obtendrá quien se acerque a Caminando será comprobar que su autora intercala historias de pura ficción (siempre inspiradas por sus viajes) con sus auténticas experiencias. La prosa de Victoria es limpia y depurada, de muy grata lectura, con unas estupendas descripciones de paisajes y lugares (por mucho que ella estime lo contrario) y muy evocadora de momentos irrepetibles que se logran transmitir plenamente al lector. El libro merece ser leído y difundido, porque no solo se trata de literatura, sino de una filosofía vital muy especial:  

"No desearía vivir el presente como un segmento de tiempo, sino anularlo como se anula el pasado y el futuro. El tiempo soy yo y yo soy indivisible y yo soy la que pasa. Y ese pasar yo, mi tiempo, me da más libertad, me libera de lo que no me concierne, de lo que no soy yo incluso cuando tengo que mirar un reloj para coger un autobús o para ir a trabajar."

Solo me queda agradecer profundamente el regalo que me hizo Victoria cuando me entregó personalmente este libro, en una visita en la que al fin la pude conocer en persona. Un volumen precioso por fuera y por dentro. También merece mucho la pena acercarse a su blog:

http://victoria-heitzmann.blogspot.com.es/

martes, 24 de febrero de 2015

LAS UVAS DE LA IRA (1939), DE JOHN STEINBECK Y DE JOHN FORD (1940). HACIA LA TIERRA PROMETIDA.

Existen novelas - pocas - que uno lee con un goce extraño, porque incluye un sentimiento que parece contrapuesto: el estremecimiento de leer y sentir que lo que te está contando un maestro como Steinbeck es auténtico, como si fuera nuestro guía en una visita a los años terribles de la Gran Depresión en Estados Unidos. Quizá esto sucede porque Las uvas de la ira trasciende los límites de la novela y llega a ser una narración ética, además de muy necesaria en la época en la que fue escrita.

No es necesario recordar aquí las circunstancias del crack del 29, que a tanta gente arruinó en Estados Unidos y en el extranjero, pero sí conviene mencionar que a estos males se unió la gran sequía de mitad de los años treinta, el llamado dust bowl, tormentas de arena que asolaron especialmente el Estado de Oklahoma y que provocó la emigración forzada de cientos de miles de individuos, que se dirigieron a la desesperada hacia California, con la esperanza de encontrar trabajo en sus ricos campos. Aún hoy se utiliza el término despectivo okie como sinónimo de miseria. La emigración pronto tomó un cariz casi bíblico, como una marcha hacia una tierra prometida que iba a ser la salvación contra el hambre, en la que los parias se hacen compañía en su desgracia:

"Los coches de los emigrantes que salían de las carreteras secundarias fueron desembocando en la gran carretera que atravesaba el país y tomaron la ruta migratoria hacia el oeste. Durante el día corrían como insectos en dirección oeste; y cuando la oscuridad les alcanzaba, se reunían como insectos, refugiándose junto al agua. Se arrimaban juntos porque todos estaban solos y confusos, porque todos provenían de un lugar de tristeza y preocupación y derrota y porque todos se dirigían a un sitio nuevo y misterioso; hablaban juntos; compartían sus vidas, su comida y las esperanzas que tenían puestas en su destino. Así, se daba el caso de que una familia acampaba a la orilla de un arroyo, y otra acampaba allí por el arroyo y por la compañía, y una tercera lo hacía porque dos familias habían sido pioneras en la acampada y habían encontrado que era un buen lugar. Y al ponerse el sol, quizá se hubieran reunido allí veinte familias con sus veinte coches."

Cualquier lector actual de Las uvas de la ira apreciará que el tema tratado constituye un espejo para nuestra época, también de crisis profunda, dominada por la rapacidad de unos bancos que desahucian a familias todos los días y acumulan beneficios después de haber sido rescatados con el dinero de todos. Los Joad son expulsados de su hogar, al igual que sus vecinos, de la manera más humillante, sin defensa posible y sin ningún respaldo de un Estado que en aquella época se encontraba aún más ausente que en la nuestra. El liberalismo salvaje de los años veinte, basado en las ganancias especulativas en la Bolsa, desembocó en una crisis criminal para los más pobres. En el río revuelto de la depresión, algunos supieron realizar buena pesca y engordar sus ganacias, a costa del sufrimiento de la mayoría:

"Y las compañías, los bancos fueron forjando su propia perdición sin saberlo. Los campos eran fértiles y los hombres muertos de hambre avanzaban por los caminos. Los graneros estaban repletos y los niños de los pobres crecían raquíticos, mientras en sus costados se hinchaban las pústulas de la pelagra. Las compañías poderosas no sabían que la línea entre el hambre y la ira es muy delgada. Y el dinero que podía haberse empleado en jornales se destinó a gases venenosos, armas, agentes y espías, a listas negras e instrucción militar. En las carreteras la gente se movía como hormigas en busca de trabajo, de comida. Y la ira comenzó a fermentar."

Cuando fue publicada la novela, a Steinbeck se le tildó de agitador y muchos ejemplares ardieron en piras, pero pronto el éxito de la novela acalló a estas voces malintencionadas. En realidad al autor no le interesa adoctrinar acerca de ninguna ideología concreta. Él solo describe unas determinadas circunstancias que vio con sus propios ojos y deja que los hechos hablen por sí mismos. Quizá la versión cinematográfica de John Ford sea algo más política, sobre todo cuando muestra el campamento organizado por el gobierno y el cartel de la puerta deja claro que aquel sitio civilizado y semiutópico es responsabilidad del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, como apoyo al New Deal y a las políticas keynesianas de Rooselvelt, que empezaban a dar sus resultados por aquella época, impulsadas, por desgracia, por la necesidad de preparar al país para la Segunda Guerra Mundial.

Fue una suerte para los emigrantes que el gobierno habilitara esos refugios temporales, porque fuera de ellos reinaba la esclavitud laboral y la opresión de las fuerzas del orden compradas por los terratenientes. Los primeros intentos de organizar huelgas son duramente reprimidos. Lo único que interesa es un trabajador dócil, que gane poco y que desaparezca cuando acabe la época de la cosecha. Las condiciones de vida de los campesinos importaban poco, ni siquiera si sus hijos pasaban un hambre atroz que mataba a muchos. Era como un regreso a las condiciones del medievo, a las figuras de siervo y señor. Además, los pobres eran constantemente deshumanizados, un método muy efectivo para evitar empatizar con su situación: 

"Esos condenados okies no tienen sensatez ni sentimiento. No son humanos. Un ser humano no podría vivir como viven ellos. Un ser humano no resistiría tanta suciedad y miseria. No son mucho mejores que gorilas."

Steinbeck aboga por la Justicia Social, por la dignidad de los oprimidos, en contra de la idea de caridad porque, como dice uno de los personajes "cuando uno acepta caridad, eso deja una señal que no se va". Uno no puede estar más de acuerdo con esta afirmación, sobre todo porque en cierta forma experimenta el sufrimiento de una familia a la que el autor ha dotado de unos rasgos muy humanos y creíbles, quitando la razón a quienes acusan a la narración de exceso de sentimentalismo. Entre todos los personajes, es la madre (y esto la película de John Ford lo refleja de manera sublime) la que constituye el nexo de unión de la familia, la que hace que todos salgan adelante y no pierdan la esperanza, aun con las pérdidas humanas que se suceden. El mismo autor explicó el sentido de su narración en una entrevista en la radio de aquella época:

"He puesto por escrito lo que amplias capas de nuestra sociedad hacen y buscan, y simbólicamente lo que todo el mundo en cualquier tiempo hace y busca. Esta emigración Okie es, simplemente, la manifestación o signo externo de esa búsqueda."

Las uvas de la ira es una narración ética y fuertemente simbólica. La odisea de sus personajes adquiere un sentido casi religioso en muchas de sus escenas y especialmente en su final, muy distinto al de la versión de Ford, que, a pesar de todo, resulta muy fiel al original y una obra maestra que le hace plena justicia al contenido de la novela. Cine y literatura que utilizan los sentimientos humanos de los más desfavorecidos en pos de su mejora social. Pocas veces una obra ha servido tanto como ésta para concienciar y para actuar en consecuencia, tratando de que el Estado sea el garante de la redistribución más justa de la riqueza, algo hoy tan prioritario como hace ochenta años.

domingo, 22 de febrero de 2015

TIMBUKTU (2014), DE ABDERRAHMANE SISSAKO. LA PIEDRA DE LA PACIENCIA.

La ciudad de Tombuctú, en la actual Malí, ha gozado durante buena parte de su historia de una posición de privilegio como enclave estratégico en las rutas de comercio que atravesaban el Sahara. La llegada en 2012 a la población de la organización islámica radical Ansar Dine, después de que el ejército de Malí se retirara sin prácticamente ofrecer resistencia, llevó el nombre de Tombuctú a los telediarios, que recordaron ante todo el rico patrimonio cultural que atesoraba la ciudad, destruido por los bárbaros invasores. Especialmente dolorosa fue la desaparición de cientos de manuscritos que se remontan a la época medieval, un legado cultural irrecuperable. Aunque durara solo un año, el periodo en el que Ansar Dine gobernó los destinos de Tombuctú, no será olvidado fácilmente por los habitantes que no huyeron de la ciudad.

Lo que nos muestra Sissako desde los primeros minutos de esta magistral película es la llegada de unos extraños a un lugar que, si bien no resulta ser el paraíso en la Tierra, sigue manteniendo las alegrías primordiales que dan sabor a la existencia humana. Un ejemplo es la familia de Kidane, que vive a las afueras de la ciudad, viviendo un tanto al margen de la nueva realidad, aunque al final no puedan evitar un encontronazo con los que se acaban de proclamar dueños de Tombuctú. Y no serán los únicos. Si algo nos deja claro Timbuktu, es que las principales víctimas del terror islámico son los habitantes de aquellos países, que deben dotarse de unos niveles de paciencia y aguante para sobrevivir, difílmente concebibles por nosotros. Por cada zarpazo de estos iluminados a occidente, ellos reciben cien. Por eso lo primero que hacen los militantes de Ansar Dine a su llegada es recorrer las calles con un megáfono, proclamando que ellos son guerreros de la yihad y dando a conocer las rigurosas leyes que van a ser de aplicación a partir de ahora, como la obligación por parte de las mujeres de llevar guantes o la prohibición de jugar al fútbol o de tocar música.

Lo más grave es que esta gente cree estar practicando la más perfecta de las virtudes amargándole la vida a los demás. En otras circunstancias serían considerados unos payasos y nadie les haría el menor caso, pero por desgracia tienen la costumbre de sustentar sus razones con la exhibición permanente de sus fusiles. La única resistencia posible - muy tibia, eso sí - es tratar de vencerles en su terreno, en el de la discusión teológica. Y eso solo puede hacerlo el imán de Tombuctú, un hombre que practica una versión mucho más tolerante y flexible del islam. Aún así, es muy difícil hacer que un iluminado siga otro camino que el marcado por su secta. Enseñorearse de una ciudad, sentirse importante y provocar miedo en los demás son sensaciones a las que difícilmente se puede renunciar. Es la droga del poder otorgada a unos muchachos que seguramente hasta hace poco eran unos parias en su tierra.

Con su película Sissako pone de manifiesto una de las características más peligrosas de las religiones: cuando las palabras de cualquier libro considerado sagrado pueden utilizarse para justificar cualquier barbaridad: latigazos, lapidaciones, destrucción del patrimonio cultural y prohibiciones absurdas. Mientras el espectador se estremece con la visión de un horror que solo atisba de vez en cuando durante algunos minutos en el telediario y es capaz de identificarse con el sufrimiento kafkiano de los habitantes de la hermosa ciudad de la República de Mali, el director le ofrece también dos hermosos regalos: la fotografía preciosa de un paisaje único en el mundo y algunos momentos en los que la una música realmente mágica, aún más valiosa por estar prohibida, se adueña de la pantalla. Todavía existen muchos lugares en este planeta en los que se puede ser rebelde tocando una melodía o jugando un partido de fútbol sin balón. La película de Sissako ayuda a que los occidentales seamos conscientes de la inmensa suerte que tenemos al haber nacido a este lado del Mediterráneo y a concienciarnos de lo frágiles que resultan estas libertades que damos por hechas todos los días.

martes, 17 de febrero de 2015

ANATOMÍA DEL MIEDO (2006), DE JOSÉ ANTONIO MARINA. UN INCÓMODO COMPAÑERO DE VIAJE.

El miedo ha sido desde siempre un compañero inseparable del ser humano. A diferencia del resto de animales, nosotros contamos con la capacidad extraordinaria de evocar el pasado y de representarnos el futuro. Esta aptitud para no vivir solo en el presente amplía nuestras expectativas y es un mecanismo imprescindible para el desarrollo de nuestra principal arma de supervivencia: la inteligencia. Pero a la vez también supone una enorme carga para el hombre: ser consciente de los peligros que nos rodean continuamente, reales o imaginarios, es un enorme lastre. Todos sentimos miedo de vez en cuando, ya sea en forma de ansiedad, de pánico o fobia. Algunos lo sienten casi todo el tiempo.  Las cuatro respuestas posibles ante el mismo a veces resultan una difícil elección: la huida, el ataque, la inmovilidad o la sumisión.

Lo cierto es que uno de los asuntos que producen mayor temor es la falta de explicación de nuestra misma existencia. Somos arrojados al mundo sin propósito, sin saber exactamente qué se espera de nosotros. Además, tenemos fecha de caducidad y tampoco estamos seguros de si nos espera algo después de la muerte, uno de los terrores más universales. Respecto a las relaciones sociales entre seres humanos, el miedo es un instrumento de poder. Nada como la intimidación, el temor al castigo, para conseguir la obediencia de los semejantes. En épocas pasadas (y también presentes, por desgracia) la tortura fue moneda corriente para cualquiera que cuestionara el poder o la religión establecida:

 "Uno de los hilos que trenzan la historia de la humanidad es el continuo afán por librarse del miedo, una permanente búsqueda de la seguridad y, recíprocamente, el impuro deseo de imponerse a los demás aterrorizándolos. Hobbes descubrió en el miedo el origen del Estado. Maquiavelo enseñó al príncipe que tenía que utilizar el temor para gobernar, le proporcionó un manual de instrucciones. La terribilitá como herramienta. Ambos coincidían en una cosa, a saber, que el miedo es la emoción política más potente y necesaria, la gran educadora de una humanidad indómita y poco de fiar. «Es terrible que el pueblo pierda el miedo», advertía Spinoza, un cauteloso."

Conseguir un sentimiento de seguridad, aunque sea falso, aún a costa de la propia esclavitud, es el deseo de la mayoría de los hombres. Por eso en épocas de miedo, cuando se agitan amenazas como el terrorismo o la crisis, es más fácil que la gente renuncie a sus derechos. Marina dice con gran acierto que la obediencia es un buen antídoto contra la ansiedad. Si no tengo que decidir por mí mismo, no seré el responsable de mi futuro, ya que se lo estoy confiando a otra persona que estimo más sabia. Más grave es cuando un sentimiento nacionalista o religioso fanatiza a la persona hasta el punto de estar dispuesto a dar su vida en nombre de estas creencias irracionales.

El autor también se acerca al existencialismo, a la visión de la realidad como un gran absurdo sin sentido. Es el peligro de perder el norte, las motivaciones vitales que, sin saber si son verdaderas o falsas, distraen al hombre mientras transcurren sus días. La angustia vital es un gran peligro, en muchas ocasiones inevitable:

"Hay un sentimiento de angustia peculiar que nos acomete ante la pérdida de sentido. Es una vivencia del absurdo, de la insignificancia, de la finitud. Nuestro asiduo Kafka lo cuenta: «Me encuentro sobre la plataforma de un tranvía, y advierto una incertidumbre respecto a mi posición en el mundo, en esta ciudad, en la familia. No sé dar justificación clara al hecho de encontrarme en pie sobre esta plataforma, de agarrarme a esta correa, de dejarme llevar por este tranvía». Se parece al brusco sentimiento de extrañeza que experimentan algunas personas."

Con Anatomía del miedo, José Antonio Marina pone otra piedra en su gran proyecto de divulgación filosófica, equivalente al que lleva años realizando Punset con la ciencia. El libro no contiene ideas originales, pero sabe sintetizar las de los más importantes pensadores en torno al miedo y la angustia. La primera parte del libro es mucho más coherente con el título que la segunda, que se centra más en el concepto de heroísmo, vinculándolo al comportamiento ético. Me quedo con esta frase, que habla de la dignidad para con uno mismo:

"La obligación de comportarnos justa, respetuosa, valientemente no afecta sólo a nuestro trato con los demás, sino también al trato con nosotros mismos. Si no debemos atentar contra la dignidad de otra persona, tampoco debemos atentar contra la nuestra. Si la dignidad implica libertad, no podemos abdicar de nuestra libertad, por ejemplo mediante las adicciones o la cobardía; si la dignidad implica conocimiento, no podemos permanecer en la ignorancia; si la dignidad implica rechazar la tiranía, no podemos claudicar ante nuestros tiranos interiores."

jueves, 12 de febrero de 2015

THE INTERVIEW (2014), DE EVAN GOLDBERG Y SETH ROGEN. EL DICTADOR ES LA ESTRELLA.

Casi todo lo poco que sé acerca de Corea del Norte lo aprendí leyendo un cómic excepcional: Pyongyang, de Guy Delisle. En él se describía la visita que un occidental realiza a la capital de Corea del Norte por motivos de trabajo y sus impresiones de un país que puede considerarse como la gran distopía de nuestro tiempo. Un lugar en el que la gente es adoctrinada en el culto al líder desde el mismo instante en que empieza a tener uso de razón, como si de una inmensa secta se tratara. La gran pregunta que se hacía Delisle en su obra era la siguiente: ¿son conscientes los coreanos de estar siendo manipulados o han sufrido tal lavado de cerebro que obedecen las consignas con sumo gusto?

Como en Pyongyang, en el film del que nos ocupamos, también hay dos occidentales que se desplazan a Corea del Norte por motivos laborales, aunque en este caso sean mucho más relevantes: entrevistar en exclusiva a un Kim Jong-Un que, como buen dictador, es toda una estrella mediática. Nada como una buena ración de amenazas diarias para despertar el interés de la prensa. De existir hoy, Hitler también sería una estrella codiciada por los programas de mayor audiencia. Porque en realidad al presentador Dave Skylark y a su productor y amigo Aaron Rapoport no se les puede considerar ni por asomo como periodistas. Son más bien hijos de nuestro tiempo, profesionales al servicio del espectáculo más zafio (hurgando en los secretos más escabrosos de sus entrevistados) al servicio de la audiencia más amplia posible. En cierto sentido su modo de manipular se parece al del dictador de Corea del Norte, con la salvedad de que el caso de éste último, no hay manera de apagar el televisor para librarse de él: Kim Jong-Un está presente las veinticuatro horas del día en la vida de sus súbditos: ha de ser amado y venerado en cada instante y en cada acción.

Con estos ingredientes, The interview podría haber derivado en una gran película de sátira política. Ridiculizar al régimen de Corea del Norte no es algo demasiado difícil: posee una mezcla de arrogancia y pensamiento infantil irresistible para cualquier humorista, pero la propuesta de Goldberg y Rogen prefiere centrarse más en el retrato de sus dos protagonistas y en sus relaciones personales, aunque tampoco profundice demasiado en ellas. La vocación principal de The interview es la de ser una película gamberra, en la que se pronuncien muchas frases escatológicas y en la que el dictador coreano no sea más que un juguete en manos de estos dos impresentables. Es innegable que hay muy buena química entre los personajes y que algunas escenas me han provocado carcajadas muy gozosas, pero en todo momento está presente la sensación de que la película prefiere quedarse en lo anecdótico y no posar su mirada en lo que debería importar más, aunque lo hiciera desde un punto de vista cómico: el bienestar de cartón piedra al que está sometido el pueblo coreano, más allá del retrato del ridículo ambiente cortesano que rodea a Kim Jong-Un, un tipo capaz de caer bien en las distancias cortas: gordito, poco inteligente, acomplejado, pero con ganas de agradar a su interlocutor.

Si me preguntaran si merece la pena gastar el dinero de una entrada de cine en ir a ver The interview, respondería que sí, pero sin esperar nada trascendente en torno a un tema tan interesante, solo a pasar el rato con un espectáculo que no tiene más pretensiones que el de ser divertido. Como el programa que presenta Skylark, que sube su audiencia cuando anuncia la entrevista con el dictador, la película se ha beneficiado enormemente del ataque informático del régimen coreano a Sony Pictures, amenazando con todos los males a Estados Unidos si se estrebaba la cinta. Como es lógico, esta polémica no ha hecho más que impulsar la taquilla de una producción que seguramente en otras circunstancias hubiera pasado bastante desapercibida. Quizá después de todo Kim Jong-Un tenga derecho a un porcentaje de la recaudación... 

martes, 10 de febrero de 2015

BIG HERO 6 (2014), DE CHRIS WILLIAM Y DON HALL. CÓMO ENTRENAR A TU ROBOT.

Uno de los grandes logros del cine de animación de los últimos años es haber huido de los estereotipos típicos de este género y haber convertido muchas de sus producciones en auténticas cajas de sorpresas, repletas de imaginación, en las que a veces incluso cabe alguna complicidad secreta con el público más adulto de la sala. Así sucedía con la magnífica Rompe Ralph, que aludía a la generación que pasó buena parte de su adolescencia en las salones recreativos, jugando y - sobre todo - viendo cómo jugaban otros. 

Los superhéroes están de moda desde hace tiempo y Disney, propietaria de los derechos de Marvel, no podía ser ajena a esa tendencia en su división de animación. Con el ilustre precedente que constituye la ya clásica Los increíbles, Big Hero 6 se decanta más hacia un estilo manga, que se constata incluso en la concepción de la urbe donde habitan sus personajes: san Fransokyo, una ciudad fusionada donde encontramos rasgos de la cultura occidental y de la oriental conviviendo con toda naturalidad, como una anticipación de un futuro próximo altamente probable.

Pero si de lo que hablamos es de futuro, nuestro interés debemos centrar nuestro interés en la auténtica estrella de la película, el robot Baymax. Baymax es una creación de carácter radicalmente asimoviano. No solo cumple a rajatabla las tres leyes de la robótica, sino que está programado para curar al ser humano de toda enfermedad o herida física y espiritual. De ahí su aspecto sencillo e inofensivo, con esa sonrisa bonachona. Baymax es el robot que todos quiséramos tener en nuestras vidas. Por eso no nos gusta el uso que hace de él Hiro (el héroe), entrenándolo para que sea un arma ofensiva en su venganza personal. A pesar de todo, el robot nunca va a lucir demasiado amenazante.

Big Hero 6 funciona como espectáculo, pero falla en el dibujo de personajes, demasiado pasional el protagonista humano y demasiado grises sus compañeros superheroicos. En ningún momento consiguen empatizar con el espectador, algo que incluso llega a conseguir mejor Baymax. Por tanto, nos encontramos ante una obra entretenida, visualmente impecable, aunque falta de alma. Se nota la intención de sus directores de crear una especie de franquicia a partir de esta historia. Si así fuera, no creo que la siguiente película de la saga despertara demasiado mi interés.