martes, 28 de julio de 2015

NEUROCIENCIA PARA JULIA (2012), DE XURXO MARIÑO. UN VIAJE DE EXPLORACIÓN A LA MÁQUINA DE LA MENTE.

Hace ya tiempo que se estableció en nuestra industria editorial la necesaria costumbre de editar libros acerca de temas complejos (filosofía, ética, biología, matemáticas...) destinados a un público joven, que necesita que le expliquen estos temas con un lenguaje sencillo y con metáforas adaptadas a su vida cotidiana. Se me ocurren dos ejemplos de este género que gozaron de un gran éxito en su día: Ética para Amador, de Fernando Savater y El mundo de Sofía, de Jostein Gaarder. Se trata de unas excelentes puertas de entrada a disciplinas con fama de difíciles. Por mi parte, me ha venido muy bien este resumen del estado de la cuestión en neurociencia, para emprender con una buena base lecturas un poco más complejas (aunque siempre dentro del campo de la divulgación), de autores como Francisco Mora o Antonio Damasio.

Partiendo de la división del encéfalo en cerebro, tálamo y cerebelo, cada uno con sus propias funciones, Mariño intenta acercar al lector a la increíble complejidad del funcionamiento de nuestro sistema nervioso, formado de cientos de miles de millones de neuronas, cada una de ellas con complejas conexiones que se aseguran que nuestra relación entre nuestro pensamiento y el mundo exterior sea la adecuada. En cualquier caso, algo queda claro casi desde el principio: el mundo que percibimos es una construcción de nuestro cerebro, para ayudarnos a sobrevivir en él:

"¿Existen los colores? ¿Y los sabores? ¿Los sonidos? Existen, desde luego, pero como una construcción de tu encéfalo. Ahí fuera lo que hay es radiación electromagnética, moléculas, ondas de aire, etcétera. Como acabamos de ver, tu mundo es una recreación virtual que se hace en parte tomando esa información, y digo "en parte" porque lo que tú percibes se genera a partir de los datos frescos que entran por los sentidos, junto con la información que está almacenada en la memoria y - ahora viene lo interesante - una buena dosis de imaginación por parte del encéfalo. La percepción no es el reflejo pasivo de lo que entra por los sentidos, como la impresión que hace la luz en una placa fotográfica o en un sensor digital. No. Es una construcción activa en la que también son importantes las "pinceladas" que tus neuronas sacan de la manga."

El famoso caso de Phineas Gage nos muestra que nuestra personalidad, nuestro yo, no es más que una construcción de nuestras conexiones cerebrales y que cualquier accidente podría modificarlo o acabar con él. Gage era un trabajador de la línea de ferrocarril que sufrió un accidente con dinamita, a consecuencia del cual su cráneo fue atravesado por una barra de hierro, produciendo graves daños en su lóbulo frontal izquierdo. Sobrevivió, aparentemente sin consecuencias físicas graves, pero su personalidad cambió radicalmente. De ser un hombre amable y educado, se convirtió en alguien irritable y malhumorado. ¿Seguía siendo la misma persona o no? Sus familiares y amigos no lo reconocían... 

La mente consciente es una maravilla evolutiva de la que gozamos los seres humanos, y es lo que nos permite utilizar instrumentos como el lenguaje y sentimientos como la empatía. Así, nuestra relación con el mundo es muy distinta a la de la mayoría de los animales, mucho más compleja, interesante, placentera y a la vez aterradora, porque se consciente de uno mismo implica a su vez hacerse muchas preguntas. Una de las más interesantes es si algún día lograremos crear una inteligencia artificial con los mismos atributos y capacidades que la del ser humano. Si no somos más que máquinas naturales y conscientes, aunque infinitamente complejas, reproducirnos, una vez que logremos descifrar el enigma de nuestro funcionamiento (y vamos por el buen camino, se han dado pasos de gigante en las últimas décadas), y sepamos reproducir nuestra materia y nuestras conexiones neuronales (incluso creando seres cuya existencia tenga lugar meramente en un programa de ordenador), seguramente será posible. Entonces nos enfrentaremos a mil dilemas éticos y nos preguntaremos si nosotros no seremos a su vez un producto fabricado por una inteligencia superior...

domingo, 26 de julio de 2015

LÍO EN BROADWAY (2014), DE PETER BOGDANOVICH. VIDAS MÁS QUE CRUZADAS.

Peter Bogdanovich es una de las personalidades más singulares que ha dado el mundo del cine. Históricamente, ha sido uno de los más importantes críticos cinematográficos estadounidenses. A base de insistencia y tesón, logró entrevistar a genios consagrados como John Ford, Fritz Lang u Orson Welles, con quien mantuvo una fecunda amistad. Sus libros son conversaciones muy inteligentes que abren al lector el alma de estos directores y desvelan muchos de sus secretos. Bogdanovich también fue realizador. Un realizador muy irregular, capaz de maravillas como ¿Qué me pasa doctor? o Luna de papel y de mediocridades como Por fin, el gran amor. El gran crítico ha debido enfrentarse en muchas ocasiones a los compañeros de profesión. El poco éxito de sus últimas obras motivó que haya estado casi quince años sin dirigir. Ahora vuelve con su género favorito, la comedia.

Lío en Broadway es una película sin una personalidad definida, puesto que bebe de fuentes variadas, siendo las más evidentes la screwball comedy (a la que se rinde homenaje reproduciendo una escena de El pecado de Cluny Brown, de Lubitsch) y el cine de Woody Allen en su vertiente de comedia enloquecida y de personajes pasionales y poco reflexivos. El guión es un gran enredo que comienza trenzando bien sus hilos, pero que pronto se convierte en algo más irreal y carnavalesco que otra cosa. Las situaciones que Woody Allen sabe reconducir tan bien aquí se transforman en callejones sin salida que desconciertan al espectador, que se siente un tanto incómodo con tanto encuentro casual y tanta reiteración de las mismas circunstancias. Además hay personajes tan disparatados (en el peor sentido del término) y fuera de lugar como el juez, cuya presunta pasión ciega no es nada nada creíble.

No es que la película sea una completa pérdida de tiempo. La baza cronológica está bien jugada, hay muchas actuaciones solventes y alguna que otra situación graciosa, pero el conjunto termina tambaleándose y casi se desmorona al final. Y una pequeña reflexión. Si en el cine se han desterrado las bofetadas a las mujeres como algo políticamente incorrecto ¿por qué siguen manteniéndose a la inversa, como algo completamente natural? Ni siquiera como recurso humorístico tienen gracia, por muy afrentadas que se sientan las agresoras. Nada nuevo bajo el Sol: Lío en Broadway solo es recomendable si buscan aire acondicionado en una de estas calurosas tardes de julio.

viernes, 24 de julio de 2015

MATAR A UN RUISEÑOR (1960), DE HARPER LEE Y DE ROBERT MULLIGAN (1962). LA MIRADA INOCENTE.

En las últimas semanas, la escritora Harper Lee, de ochenta y ocho años, ha sido noticia por la publicación de un antiguo manuscrito, Ve y pon un centinela. Esta novela, concebida según la autora antes que Matar a un ruiseñor, según parece se había dado por perdida hasta que apareció el año pasado. Paradójicamente cuenta los acontecimientos que transcurren veinte años después de Matar a un ruiseñor y ha causado bastante polémica, por presentar a un Atticus Finch con unos valores muy distintos a los que hicieron de él un icono de la lucha por los derechos civiles.

Alejándonos del debate acerca de si esta novedad literaria ha dañado la valoración casi unánime de que gozaba el clásico que nos ocupa, lo primero que hay que apuntar sobre Matar a un ruiseñor es que su voz narrativa es la de una madura Scout, una niña de ocho años cuando transcurren los acontecimientos que van a marcar su niñez y el resto de su existencia. De hecho, toda la primera parte de la novela está protagonizada casi en exclusiva por el mundo de la infancia: sus juegos, sus puntos de vista y su peculiar mirada a los asuntos de los adultos, sobre todo a los de su padre, el viudo Atticus Finch, un abogado que cree en la igualdad de todos ante la ley y al que no le importa defender a un joven negro acusado injustamente de violar a una muchacha blanca de familia humilde. Atticus se nos presenta, tanto en la novela como en su adaptación cinematográfica, como un hombre de carácter tranquilo, afable y laborioso, amante del sentido común y de la justica. Una continua escuela de vida para sus hijos, con los que prefiere razonar antes que imponer su criterio ante cualquier conflicto:

"No hacía las mismas cosas que los padres de nuestros compañeros de clase: jamás iba de caza, no jugaba póker, ni pescaba, ni bebía, ni fumaba. Se sentaba en la sala y leía."

Pero en Maycomb, la pequeña ciudad sureña donde viven, persiste un acentuado racismo, que contamina también a la administración de justicia. La gente (y los niños de la escuela) empiezan a acusar a los hermanos Finch de tener un progenitor que es amante de los negros, uno de los peores insultos posibles en esos años oscuros para los derechos civiles. Por suerte, ellos intuyen que Atticus es el que está del lado de la auténtica justicia y que está asumiendo su papel con tanto valor como modestia. Algo que les será probado ante sus propios ojos cuando sean testigos de su serenidad ante la turba que pretende linchar al acusado la noche antes del juicio, una escena magistralmente resuelta tanto en la novela como en su versión cinematográfica, porque prueba que la psicología de las masas se diferencia claramente de las psicologías individuales.

Por desgracia, este intento de linchamiento, no será la única muestra de la perversidad de los adultos que tendrán que contemplar Scout y Jem, pero seguramente estas experiencias emocionales se van a ver compensadas con creces por el altruismo entusiasta de su padre, sobre todo en la apasionada defensa que hace del injustamente acusado Tom Robinson, pronunciando este último alegato ante el jurado:

"No soy un idealista que crea firmemente en la integridad de nuestros tribunales ni del sistema de jurado; esto no es para mi una cosa ideal, es una realidad viviente y operante. Caballeros, un tribunal no es mejor que cada uno de ustedes, los que están sentados delante de mí en este Jurado. La rectitud de un tribunal llega únicamente hasta donde llega la rectitud de su Jurado, y la rectitud de un Jurado llega sólo hasta donde llega la de los hombres que lo componen. Confío en que ustedes, caballeros, repasarán sin pasión las declaraciones que han escuchado, tomarán una decisión y devolverán este hombre a su familia. En nombre de Dios, cumplan con su deber."

Publicada en 1960, cuando comenzaba el auge de la lucha por los derechos civiles, que acabaría provocando el asesinato de uno de sus líderes, Martin Luther King, Matar a un ruiseñor se convirtió en un clásico instantáneo, en la voz de la conciencia de un país que debía examinar urgentemente su tradicional tolerancia con el racismo, sobre todo en los Estados del sur. Su adaptación cinematográfica, rodada tan solo dos años después, no hizo sino afianzar la figura de Atticus Finch como ejemplo de integridad, algo que se aprecia de manera nítida en la magistral interpretación de Gregory Peck del personaje que sería más recordado de su carrera cinematográfica.

jueves, 23 de julio de 2015

FOXCATCHER (2014), DE BENNETT MILLER. SUEÑOS DE SUPREMACÍA.

Si durante el siglo XVI español, el de los sueños imperiales, existian aquellos a los que se denominaba cristianos viejos, la clase social más respetada, en los Estados Unidos de los ochenta, al amparo del conservadurismo de Reagan, floreció como nunca una especie de aristocracia de familias que habían estado forjando su fortuna durante décadas. John Du Pont es un perfecto representante de estas élites, el último representante de una estirpe que se hizo rica en la fabricación y venta de armas, que quiere ser llamado "el águila dorada de América". Desde el primer instante, intuimos que la familia de Du Pont no solo está revestida de dólares, sino que cuenta con un rancio abolengo que le permite de manera natural ejercitar una gran influencia política y social. Son el vivo ideal del sueño americano y quienes se relacionan con ellos los tratan con veneración, como cegados por el fulgor que emana de sus personas.

En realidad, de la estirpe de los Du Pont solo quedan madre e hijo. Se nota que existe una relación de amor-odio entre ellos. La anciana impide que su hijo se sienta un ser pleno, criticando la mayor parte de sus iniciativas, sobre todo las que tienen que ver con una de sus grandes aficiones, la lucha greco-romana. En este sentido, John Du Pont desea desarrollar una de las múltiples facetas de su sentido del patriotismo patrocinando al equipo nacional, captando para su causa al medallista olímpico Mark Schultz, otro ser que vive a la sombra de un familiar, en este caso su hermano. La relación que se establece entre John y Mark podría ser definida como paterno-filial, si no fuera por la actitud inquietante del primero, su seriedad, su humor cambiante. Hay algo extraño en Du Pont, pero el brillo de la riqueza es capaz de ocultarlo todo.

Foxcatcher representa a una forma de entender el cine pausada, que se toma su tiempo para narrar la historia y, para describir a los personajes, sugiere más que muestra. Aunque está basada en hechos reales, se nota que Miller ha realizado su propia interpretación de estos hechos para hablar de lo que le interesa: los poderes ocultos de una América que se han manifestado en todo su esplendor en los tiempos actuales con el auge de la ideología neocon. Para esta gente, no importa tanto el bienestar de los ciudadanos como el honor de la patria y el fomento de sus propios valores, que representarían la decencia de su manera de entender el sueño americano. Por eso el prestigio olímpico equivale a la superioridad armamentística de los Estados Unidos: ambos conceptos pueden ser percibidos como un orgullo para el país, ambos se venden primorosamente envueltos en la bandera de las barras y estrellas. La turbadora mirada de John Du Pont (un magnífico e irreconocible Steve Carell) resume todas las ambigüedades y objetivos ocultos de un patriotismo que al final puede devenir en un deseo totalitario de supremacía. Y todos sabemos que dicha supremacía equivale al gobierno de los ricos, a la simulación de la democracia.

miércoles, 22 de julio de 2015

ORSON WELLES (1978), DE ANDRÉ BAZIN. EL CINEASTA DEL RENACIMIENTO.

Orson Welles es uno de esos nombres que jamás deben faltar en la agenda de todo cinéfilo que se precie de serlo. Sus películas están realizadas para poder ser visionadas una y otra vez, descubriendo en cada ocasión nuevos aspectos técnicos, narrativos o ideológicos de joyas como Ciudadano Kane o Sed de mal. Partiendo de una extensa experiencia en el mundo del teatro, Welles revolucionó el concepto del cine. Pero los reformadores, los revolucionarios, siempre han de pagar un precio y en su caso fue un cierto ostracismo por parte de la industria de Hollywood. Su estilo de autor total nunca encajó bien allí, por lo que hubo periodos en los que debió ganarse la vida probando suerte en Europa.

Lo que es indiscutible es que al cineasta de Wisconsin se le definió como genio desde muy temprana edad, no solo por la espectacularidad y originalidad de sus montajes teatrales, en los que explotaba todas las posibilidades que podían ofrecer autores como Shakespeare, sino por la popularidad que le otorgó la famosa emisión radiada, en 1938, de la novela de H.G. Wells, La guerra de los mundos, que provocó el pánico en buena parte de la población. Lo curioso del caso es que la decisión de elegir esta obra fue más bien improvisada y que el responsable de la emisión solo se enteró al día siguiente de la magnitud del impacto causado, que llegó a ser causa de algún fallecimiento. A partir de aquí tuvo acceso al mayor de sus deseos: filmar una película innovadora junto al elenco que siempre le había acompañado en su Mercury Theatre.

El resultado de Ciudadano Kane marcaría en cierto modo la pauta del tortuoso trabajo de Welles en los años posteriores. Recepcionada con asombro por la crítica y parte del público, la película no fue el éxito que se esperaba y aunque su obra posterior, El cuarto mandamiento hizo más dinero, tampoco llegó a un nivel que pudiera satisfacer a los productores. A partir de aquí el cineasta debía emplear buena parte de sus energías en buscar financiación para sus proyectos, unos proyectos siempre grandiosos y originales. ¿Cómo hubiera sido su soñada adaptación de El corazón de las tinieblas, de Conrad, rodada con cámara subjetiva? ¿Y la de Moby Dick, de Melville? Lo cierto es que en muchas ocasiones debía trabajar como actor en producciones mediocres para ganar dinero con el que continuar obras que se iban rodando poco a poco, en los periodos en los que podía reunir a su elenco interpretativo, como Otelo o Mr. Arkadin. Welles, un amante de los planos largos (no hay más que recordar el asombroso comienzo de Sed de mal), debía renunciar a esta técnica por falta de medios económicos. Además, tampoco pudo acceder al montaje definitivo de muchas de sus obras. Las únicas que consideraba totalmente suyas, ya que para él era en el montaje donde el director se convierte verdaderamente en un artista, eran Ciudadano Kane, Otelo y Macbeth. Hubo casos sangrantes, como el de El cuarto mandamiento, que se montó a sus espaldas, mientras él rodaba un documental en Sudamérica.

Welles es un caso único de autor total: actor, director de cine y de teatro, guionista, montador, mago aficionado... Nunca dejó de ser del todo un niño prodigio, mimado y odiado a partes iguales. Buena parte de su obra quedó sin terminar, como esas esculturas de Miguel Ángel en las que una figura humana parece luchar contra la piedra con el objetivo de tomar forma definitiva. André Bazin, que representó para la crítica prácticamente lo que Welles para el cine, escribió un estudio ejemplar de la figura del cineasta, centrado más en la obra que en el hombre. La vida privada de Welles le interesa poco, excepto los episodios que tuvieron repercusión en su arte cinematográfico, un arte que define como centrado en la búsqueda de la identidad. Nos quedamos con las palabras del propio cineasta, definiendo en qué consiste su oficio:

"No me interesan las obras de arte, la posteridad, la fama, únicamente el placer de la experimentación en sí misma, es sólo en este terreno donde me encuentro verdaderamente honesto y sincero. No siento devoción alguna por lo que hago: no tiene ningún valor para mí. Soy profundamente cínico con respecto a mi trabajo y a la mayor parte de las obras que veo en el mundo, pero no soy cínico en cuanto al acto de trabajar sobre un material. Es difícil de explicar. Nosotros, los que hacemos profesión de experimentadores, somos herederos de una antigua tradición; de entre nosotros han surgido importantísimos artistas, pero nunca hemos hecho de las musas nuestras amantes. Por ejemplo, Leonardo se consideraba un sabio que pintaba y no un pintor que fuera sabio. No quisiera haceros creer que me comparo a Leonardo, pero sí explicar que hay un antiquísimo linaje de gentes que consideran sus obras según una jerarquía diferente de valores, según unos valores morales. No me extasío pues ante el arte, pero sí ante el esfuerzo humano en el que incluyo todo lo que hacemos con nuestras manos, nuestros sentidos, etc. Nuestro trabajo, una vez terminado, no tiene tanta importancia para mí como para la mayor parte de los estetas; es el acto lo que me interesa, no el resultado y este resultado no me satisface si en él no puedo palpar el sudor humano o un pensamiento…"

lunes, 20 de julio de 2015

HA VUELTO (2012), DE TIMUR VERMES. BIENVENIDO, MR. HITLER.

Es indudable que la figura histórica de Adolf Hitler sigue produciendo fascinación, una fascinación engendrada por el mal absoluto de su proyecto genocida, por el apoyo que consiguió de amplios sectores del pueblo alemán. Sin duda se trataba de un ser carismático, capaz de hechizar a los que le rodeaban, alguien que ansiaba ser obedecido, después de una juventud de privaciones y humillaciones. Hoy se compara a muchos dictadores con Hitler, pero él fue único en su especie, en el sentido de que estuvo muy cerca de cumplir sus tenebrosos objetivos de dominar Europa y buena parte de Asia en busca de ese espacio vital para Alemania del que ya había hablado ampliamente en uno de los libros más vendidos y menos leídos de la historia: Mi lucha. Las biografías dedicadas al Führer que cubren los más diversos aspectos de su existencia (su psicología, sus dotes estratégicas, su magnetismo personal, su legado de cenizas) siguen siendo libros muy vendidos y la película El hundimiento causó gran conmoción en Alemania al retratar a un Hitler desacostumbradamente humano.

Porque después de todo Hitler fue un ser humano y este aspecto tan obvio de su figura es uno de los que más nos inquietan. Nos gustaría más que hubiera sido alguien ajeno a la humanidad que, bajo la forma de un hombre, realizó su obra gracias a sus poderes malignos. Pero no es así, el dirigente alemán contó con las mismas limitaciones que cualquiera y llegó al poder gracias a unas elecciones democráticas, aunque después él considerara que la democracia se había vuelto innecesaria. Lo que sí es cierto es que se trataba de una persona peculiar que, hasta donde sabemos, no contaba con amigos íntimos ni apenas con relaciones familiares. Su única diversión consistía en organizar unas veladas, que se prolongaban hasta la madrugada en las que se veían películas y, sobre todo, se discutía de los más diversos asuntos, siendo su voz la casi absoluta protagonista de esos debates. Quien quiera conocer bien a un Hitler más cotidiano deberá acercarse a un volumen titulado Las conversaciones privadas de Hitler, editado en España por la editorial Crítica. Las palabras del Führer, aunque fueran pronunciadas en la intimidad, se consideraban tan sagradas que debían grabarse para edificación de las generaciones futuras y así se hizo a partir de 1941.

Se nota que Timur Vermes, además de contar con muy buen olfato a la hora de publicar su novela (y venderla en Alemania a 19,33 euros, aludiendo al año en el que llegó al poder), ha leído el libro citado, la mejor fuente para dotar de un discurso creíble a su Hitler de ficción. Se trata de un protagonista que despierta en el Berlín de 2011 después de haberse intentado suicidar en el bunker de la Cancillería. Tras un pequeño periodo de adaptación, el antiguo Führer asimila rápidamente cuáles son los mecanismos que hacen funcionar al mundo actual: se trata, sobre todo, de aparecer en televisión . Aunque la gente cree que se trata de una parodia perfectamente elaborada (muchos le preguntarán si es un seguidor del método del Actors Studio), los discursos que Hitler dedica a la audiencia son perfectamente coherentes con su trayectoria política y se escandalizan de la nutrida presencia de turcos y otros extranjeros en Berlín, a la vez que apela a la pureza de la raza como el gran activo de los alemanes. 

La irrupción de un personaje tan ambiguo en la vida pública, un presunto actor que se pasa la vida haciendo su papel, como un fantasma del pasado que aparece en el momento menos oportuno, hace resurgir en el país sentimientos que se creían enterrados. Como decía el autor en una entrevista concedida al diario El País:

"Se dice a menudo que si volviese un nuevo Hitler sería fácil pararle los pies. He intentado mostrar, por el contrario, que incluso hoy Hitler tendría una posibilidad de triunfar, solo que de otra manera"

Hitler habla en serio, la gente cree que se trata de una broma sublime y el Führer, como es su costumbre, interpreta la realidad a su manera y trata de sacar ventaja de cualquier eventualidad. Al final los partidos políticos se lo rifan. Quien sabe si al final acabará acariciando a su viejo objeto del deseo, el poder. 

Timur Vermes a escrito una novela a ratos divertida, a ratos cargante, aprovechándose de la permanente actualidad de un personaje como Hitler, al que nunca se le acaban de analizar todas sus aristas, un nuevo Mr. Chance que causa la admiración del público a base de malentendidos. Quizá Vermes debía haber abusado menos de las reflexiones de su protagonista, cuyo monólogo interior es casi el único cimiento de la narración y haber analizado con más detenimiento el impacto social que causa el advenimiento del nuevo Führer. Además, para el lector español puede ser un poco fatigoso la reiterada mención de nombres de la actual política alemana, con muchos de los cuales apenas estamos familiarizados quienes no vivimos en aquel país, aunque seguramente para los germanos, el encuentro de Hitler con sus dirigentes será motivo de gran regocijo. Ha vuelto se lee rápido, no impacta tanto como pueda parecer en un primer momento (la sensación es la de una buena idea un poco echada a perder), pero nos recuerda que, setenta años después de su muerte, el personaje dista mucho de haber caído en el olvido. 

domingo, 19 de julio de 2015

DEL REVÉS (2015), DE PETE DOCTER Y RONALDO DEL CARMEN. EL LABERINTO DE LAS EMOCIONES.

Los que tenemos cierta edad recordamos con nostalgia aquella serie de dibujos animados llamada Érase una vez el cuerpo humano. Derivada del éxito que había obtenido una década atrás Érase una vez... el hombre, se trataba de un trabajo de pretensiones didácticas, en el que los distintos elementos que nos hacen funcionar desde nuestro interior se antropomorfizaban y aparecían como una especie de empleados a tiempo completo con la enorme responsabilidad de mantenernos vivos. Algo así sucede en Del revés, la nueva película de Pixar, aunque en esta ocasión la lección es bastante más compleja, ya que se centra en la psicología de una joven que se encuentra en plena formación de su personalidad. A pesar de que en los primeros esbozos del proyecto se llegó a contar con veintisiete personajes-emociones, al final se optó (con buen criterio, porque si no la película hubiera sido una auténtica locura incomprensible) en acudir a la clasificación de Paul Ekman, el famoso autor de Cómo detectar mentiras, que detectó seis emociones básicas humanas: la alegría, la tristeza, la ira, el asco, el miedo y la sorpresa (esta última excluida del film), todas ellas perfectamente representadas como trabajadores entusiastas en la tarea de que seamos felices.

Mientras veía Del revés en el cine, sentía algo muy extraño: que esta ocasión Pixar ha pensado mucho más en el público adulto que en el infantil a la hora de elaborar su propuesta. Si lo pensamos bien, la historia de la niña protagonista es absolutamente anodina y refleja un conflicto humano muy frecuente, el miedo al cambio, sobre todo si este se produce en la etapa de transición en la que se abandona la infancia y se inicia la adolescencia. El mundo empieza a ser un lugar muy diferente y, en ocasiones, aterrador. Los padres dejan de ser dioses protectores y se convierten en seres imperfectos, que cometen errores y pueden ser injustos con nosotros. La alegría, que simbólicamente había llevado el mando casi todo el tiempo en la vida de la joven, tiene que empezar a conceder relevos a la tristeza, a la ira, al asco y al miedo. Los recuerdos, casi todos felices, van tomando una apariencia agridulce y las fortalezas de la personalidad (la familia, los amigos, la diversión de los juegos...) se van derrumbando y dando paso a solares en construcción. La isla de la infancia va siendo invadida por las olas procelosas del mundo adulto. Así lo expresa Pete Docter, uno de los directores:

"Es una historia muy personal sobre lo que significa ser padres. Nuestro trabajo es servirles de guía en la vida. Es cierto que todos los padres quieren que sus hijos descubran el mundo. Pero yo soy feliz con lo que son ahora, aunque es una sensación agridulce porque sé que la infancia pasa muy deprisa. Esta es una de las claves de la película. (...) la burbuja de la inocencia infantil estalla y de repente estás en un mundo adulto en el que te juzgan y esperan que te comportes de otra manera. Quieres ser guay, pero la verdad es que no sabes bien lo que significa."

Finalmente los espectadores adultos (no sé si los niños), aprendemos la lección: aceptar la presencia de una cierta melancolía en nuestras vidas es signo de madurez, por lo que la alegría tendrá que aprender a trabajar más codo con codo con las demás emociones y mezclar sentimientos, mientras sentimos nostalgia del caudal de recuerdos almacenados en la infancia. Hay que celebrar que Pixar haya emprendido un proyecto tan arriesgado, reflexivo y original, cuyo único pero - y esto resulta paradójico - es la falta de emoción en algunos de sus episodios, aunque al fin y al cabo lo que pretenden es que nos sintamos reflejados en la experiencia de un ser humano corriente ante la primera gran crisis de su existencia. Y en este sentido, Del revés cumple sobradamente las expectativas de los adultos. Habría que preguntar al público más infantil acerca de sus impresiones tras ver la película.