jueves, 24 de abril de 2014

UTOPÍA, HISTORIA DE UNA IDEA (2011), DE GREGORY CLAEYS. SUEÑOS Y DELIRIOS DE LA RAZÓN.


"Un mapa del mundo que no incluya a Utopía no merece la pena ni mirarse". Así se expresaba Oscar Wilde hace más de un siglo. Desde entonces la idea de la creación de una sociedad utópica ha permanecido entre nosotros, aunque no con tanto fervor como antaño, ya que en el siglo XX hemos comprobado como a veces el sueño utópico engendra la más terribles pesadillas. Una de las más fascinantes peculiaridades del ser humano resulta ser el hecho de que casi nunca se conforma con su suerte, siempre anhela mejorar, ya sea colectiva como individualmente. La utopía es esa tendencia a la perfección. Las religiones se han aprovechado de esto y han cumplido su función social domesticando al ser humano con la promesa de una existencia maravillosa tras la muerte. A veces - muy pocas, todo hay que decirlo - son los mismos miembros de la religión las que intentan crear el cielo en la Tierra, como sucedió con las efímeras misiones jesuitas en Paraguay. Cuando el credo religioso empieza a transformarse en credo cívico, se comienzan a elaborar utopías más auténticas. Casi siempre se producen en el terreno teórico y unas pocas van a ser llevadas a la realidad, con resultados dispares.

Hay que recordar que el término utopía surge a través del éxito de un escrito de Tomás Moro. En su libro se describe la visita a una isla en la que se ha fundado un Estado con un régimen totalmente distinto a los conocidos en Europa, pues se basa en la felicidad de sus ciudadanos y en la moderación de sus deseos, lo que tiene como resultado una convivencia pacífica y cooperativa. La obra de Tomás Moro debería leerse más y debería reflexionarse sobre ella. Se trata de un intento de descripción de la sociedad ideal, al que siguieron muchos otros. En cualquier caso, el momento más interesante es el siglo XIX, cuando se intentan llevar a la realidad muchas de estas ideas filosóficas. Casi todas estos pequeños experimentos sociales terminaron fracasando, ya que se basan, como el de Moro, en un bienestar general e igualitario. El egoísmo humano, la ambición por ser más que los demás, casa bastante mal con esto y acaba escapando de su prisión. Es bueno mencionar que algunos gozaron de años e incluso décadas de éxito. Como ejemplo puede citarse la aldea fabril que Robert Owen fundó en New Lanark, Escocia, en la que se impulsó un modo de vida digno para los obreros, basado en salarios altos, educación, fondos para enfermedad y vejez y democracia interna. Se trataba de una isla de dignidad en una época en la que la explotación al obrero alcanzó las cotas más infames.

El siglo XX es la época de las distopías. Si el comunismo era una idea esperanzadora, su puesta en práctica engendró la peor de las pesadillas en la Unión Soviética, que acabó convirtiéndose en un Estado totalitario que aplastaba los derechos básicos de sus ciudadanos, por mucho que mejorara sus condiciones de vida en muchos aspectos. Otras distopías aún más siniestras surgieron con el auge del fascismo y el nazismo, que pretendían fundar sociedades basadas en el triunfo darwinista de los más fuertes. A finales de siglo pareció llegarse a un fin de la historia, con el triunfo final del capitalismo liberal. Actualmente padecemos una especie de sociedad utópica neoliberal, basada en una simulación de democracia, en la que las decisiones se toman en ámbitos opacos para el ciudadano. Es la utopía de los ricos, que no comparten beneficios, evaden impuestos, pero socializan sus pérdidas. Pero la historia es siempre cambiante. Hay que aprender de los errores del pasado. El ser humano no puede renunciar a utopías más justas, pues sería como renunciar a los sueños. Desde mi punto de vista lo mejor sería hacer realidad los derechos constitucionales que actualmente son papel mojado y llevar la democracia participativa a ámbitos ciudadanos más pequeños. Pero todo esto debería ir acompañado con planes de educación orientados sobre todo a los colectivos más desfavorecidos. En todas estas ideas, la utilización sabia de las nuevas tecnologías tendría mucho que decir. El mismo Claeys se expresa así al principio del ensayo:  

"Por tanto la utopía no es el ámbito de lo imposible. En el reino del mito casi todo es posible. Y en la religión expresada en el lenguaje del apocalipsis, de la salvación y la emancipación, del final, lo definitivo, lo perfecto, lo acabado, lo total, lo absoluto, casi todo es posible. Pero la utopía explora el espacio que hay entre lo posible y lo imposible. Por mucho que, hay que reconocerlo, haya estado con frecuencia impregnada de un deseo de algo definitivo y absoluto, de perfección, la utopía no es en este sentido "imposible", ni tampoco está "en ninguna parte". Ha estado "en alguna parte" en muchos momentos de la historia, incluso antes de que existiera el concepto mismo. Es un lugar en el que hemos estado y del que a veces hemos huido, y un lugar todavía ignoto que aspiramos a visitar. Sin él, la humanidad nunca habría avanzado en su lucha por mejorar. Es una estrella polar, una guía, un punto de referencia en el mapa común de una búsqueda eterna de la mejora de la condición humana."

Utopia, historia de una idea, es uno de esos libros que son a la vez una pequeña obra de arte. Repleto de ilustraciones, es un perfecto instrumento de reflexión sobre el eterno anhelo humano por mejorar. Además, es uno de esos libros que son capaces de suscitar el deseo de leer otros. Cada capítulo es como una abundante bibliografía con la que profundizar en un tema tan fascinante. Yo ya he empezado a hacerlo con la distopía El cuento de la criada, de Margaret Atwood.

martes, 22 de abril de 2014

EL SEÑOR IBRAHIM Y LAS FLORES DEL CORÁN (2001), DE ERIC-EMMANUEL SCHMITT Y DE FRANÇOIS DUPEYRON (2003). LAS DISTINTAS RELIGIONES Y EL LIBRO MÁS SAGRADO.

Mientras leía esta pequeña novela de Éric-Emmanuel Schmitt, no podía evitar acordarme de otra narración que abordé el año pasado: La vida ante sí, de Romain Gary. Ambas comparten un escenario similar, un barrio de inmigrantes en París y el protagonista se llama igual. Lo que sucede es que la de Schmitt es mucho más amable y edulcorada que la de Gary. El Momo de Gary no esperaba demasiado del futuro. El de Schmitt termina no solo intuyendo las claves de su porvenir, sino con un instrumento en sus manos, el Corán, capaz de ofrecerle respuestas a cualquier cuestión que se haga.

Y es que El señor Ibrahim y las flores del Corán, siendo una lectura extremadamente sencilla, es capaz de suscitar las más diversas interpretaciones, como se probó en el club de lectura celebrado ayer. Lo primero que hay que poner sobre la mesa - y en eso estuvimos todos de acuerdo - es que no estamos ante una narración realista, sino más bien ante una especie de fábula. Momo es un adolescente con hambre de vida, que precisa de alguien que le guíe en su descubrimiento del mundo. Su padre está descartado. El pobre hombre está hundido por problemas económicos y sentimentales, por lo que apenas se relaciona con su hijo. Así que lo primero que se le ocurre al protagonista es recurrir a una prostituta, porque estrenarse en el sexo equivale a inaugurar su nueva condición de adulto. Después irá arraigando una profunda amistad con el tendero del barrio, un musulmán en un distrito donde los judíos imperan, el señor Ibrahim. 

El señor Ibrahim es musulmán, sí, pero practicante del sufismo, como él no tarda en comentar. El sufismo es la rama más espiritual del islam. Algunos dicen que precede a la misma religión islámica. Otros, que es su expresión más pura y hay quienes opinan que no es más que una herejía. Sea como sea, en la versión que practica el señor Ibrahim parece que hay mucho de tolerancia con el resto de religiones. La relación que entabla con Momo, basada en un principio en consejos prácticos sobre la vida cotidiana, poco a poco se va profundizando hacia asuntos más espirituales y menos mundanos. Es casi como una metáfora del poder de las religiones para captar adeptos que andan un poco perdidos por la existencia. Momo va a ser un discípulo fiel de las enseñanzas del señor Ibrahim. La consolidación final de su vínculo se va a producir con un acto simbólico - casi como la ceremonia de entrada de un nuevo miembro en la comunidad de creyentes - que no va a ser otro que la adopción de Momo como hijo. 

Como no conocemos las verdaderas intenciones de Eric-Emmanuel Schmitt a la hora de escribir este relato, no podemos estar seguros de que estan fueran hacer proselitismo de las religiones en general y del islam en particular. Hay quien lo ha interpretado más bien como una fábula sobre las relaciones padre-hijo, como una especie de manual de autoayuda con algunas ideas sencillas y universales. Sea como sea, aunque es difícil obviar el encanto de la amistad entre estos dos personajes, no está mal analizar el profundo sustrato ideológico de la propuesta del autor. La película tampoco ayuda demasiado en este sentido. Es casi una traslación literal del libro, aunque con el añadido de una música estridente y constante - para hacer ver al espectador en todo momento que nos hallamos en los años sesenta - que no hace más que entorpecer la esencia del relato. Lo mejor es sin duda la impecable interpretación de Omar Sharif, que compone un personaje inolvidable, pero el filme de Dupeyron poco más aporta. Me quedo con la escena final ¿qué quieren decir esas flores y esa carta insertas en el Corán? ¿Acaso que hay que leer el libro sagrado como la interpretación correcta de toda la naturaleza, de todo lo que existe? Entre todas las enseñanzas del señor Ibrahim hay una que no me resulta especialmente simpática: el rechazo a los libros como fuente de conocimiento. Mejor preguntar a las personas, le explica a su futuro vástago. En el fondo creo que quiere decir algo así como: ¿para qué leer otros libros existiendo uno que contiene todas las respuestas, el Corán? 

domingo, 20 de abril de 2014

THE AMAZING SPIDERMAN 2: EL PODER DE ELECTRO (2014), DE MARC WEBB. LUCES Y SOMBRAS DE PETER PARKER.

Mientras visionaba esta película volvía a hacerme la misma pregunta que me rondó en la primera parte: ¿qué sentido tenía reiniciar la franquicia de Spiderman? Bien es cierto que la tercera parte de la trilogía de Raimi no fue una experiencia muy afortunada. Pero volver a contar la misma historia tenía algo de cansino. Webb intentó imprimirle un carácter novedoso incorporando a los padres de Peter Parker como parte esencial en la trama, algo que también sucede en esta segunda parte, pero esto solo funciona como catalizador de las características clásicas del personaje, sin atreverse a llegar mucho más allá. Al menos aquí no tenemos que volver a ver la picadura de la araña, la muerte del tío Ben y toda la mitología en torno a la génesis de Spiderman. En The amazing Spiderman 2 encontramos en principio a un Peter Parker que se siente cómodo en su papel de héroe neoyorkino. Paralelamente, sigue viviendo su romance con Gwen Stacy, con los problemas derivados de su condición superheroica. La película se recrea en escenas amorosas de la pareja, con el fin de que el espectador se sienta implicado emocionalmente en el romance (algo que va a justificarse casi al final de la cinta).

Por lo demás, y obviando los impresionantes efectos especiales, la trama deviene en pura rutina. El villano, Electro, no podía estar peor elegido. Jamie Foxx realiza una de las peores interpretaciones de su carrera al dar vida a este empleado de mantenimiento al que Spiderman salva la vida. Luego vendrá la escena clásica de su transformación en supervillano. Más sorprendente aún que sus poderes resulta que su motivación para odiar a Spiderman sea la siguiente: ¡qué este no se acuerda de su nombre! A veces los guionistas parecen no ganarse su sueldo. A pesar de ser el principal reclamo publicitario de la cinta, el personaje no es más que una justificación para añadir efectos especiales psicodélicos en un par de enfrentamientos muy poco inspirados y escasamente realistas (cuando hablo de realismo en películas de este género pongo como ejemplo The Dark Knight, de Nolan), repletos de guiños infantiles, como que la gente contemple las peleas desde unas vallas colocadas al efecto en pocos segundos, como si estuvieran asistiendo a una competición deportiva.

Lo de Harry Osborn tiene mejor pinta. Interpretado esta vez con solvencia por Dane DeHann, resulta un papel mucho más inquietante que la de la anterior trilogía. En cualquier caso, el Duende Verde original, su padre, Norman Osborn, es solo una presencia testimonial. Aunque la relación con Peter Parker está un poco metida con calzador, sus momentos de conversación con éste resultan ser de lo mejor de la cinta. Si obviamos la mala concepción de Electro, The Amazing Spiderman 2 resulta en conjunto una propuesta con puntos interesantes. Andrew Garfield parece haberle tomado la medida a su personaje y compone a un Parker con muchos matices, mucho menos nerd y patoso que el de Tobey Maguire y esto hace que las escenas en las que se profundiza en su relación con tía May sean todo un acierto. Al final la película acaba dejando buen sabor de boca, ya que remonta de manera espectacular en su última media hora, que es cuando el Duende Verde, un enemigo con muchísima más entidad que Electro, se adueña de la pantalla. El desenlace, con la aparición de Rino, hace lamentar que las posibilidades de la película hubieran sido mayores si se le hubiera dado a éste mayor protagonismo, en detrimento de Electro. Si se quería a un villano patoso, mejor una bestia como Rino que un espectáculo de fuegos artificiales sin emoción alguna.

Está bien que las aventuras de Spiderman en el siglo XXI sigan bebiendo de los cómics canónicos de Stan Lee, sobre todo de su espectacular etapa con John Romita (todavía recuerdo el placer que me deparaban estos episodios cuando los leía de niños en su edición de Bruguera), pero pienso que los futuros guionistas deberían fijar su mirada en la mejor reinvención del personaje (y ha tenido varias) que, siendo respetuosa con la esencia del mismo, lo adaptó perfectamente a nuestra época y le dio un aire cinematográfico muy aprovechable para la pantalla grande: se trata de Ultimate Spiderman, guionizado por un Brian Michael Bendis que realizó aquí uno de sus mejores trabajos.  

OTHER LIVES (2010), DE PETER BAGGE. LOS EXPLORADORES DE SECOND WORLD.

Odio, de Peter Bagge fue en su momento una de mis mejores experiencias como lector de cómics. Partiendo de la tradición urderground, la historia de Buddy Bradley presentaba a los miembros de la llamada Generación X como una serie de seres negados, vagos y peligrosamente pesimistas que jamás podrían integrarse en la sociedad. Parece ser, según los comentarios que he ido leyendo por ahí en diferentes momentos, que después de Odio, Bagge no ha creado nada que mereciera demasiado la pena. En cualquier caso, yo he decidido darle una oportunidad escogiendo casi al azar este Other lives, una novela gráfica publicada hace pocos años y no he salido decepcionado de la experiencia.

Como es habitual en Peter Bagge, Other lives está plagado de perdedores. Desde ese protagonista que se gana la vida plagiando artículos periodísticos de otros (y que, como no podía ser de otra manera, vive atormentado por oscuros traumas familiares), hasta el agente de seguros divorciado que prefiere con mucho fabricarse una vida virtual a tener que afrontar su desastrosa existencia real. Woodrow es el personaje más interesante, un fracasado que arrastra su anterior existencia como un lastre. Sobreviviendo en un Motel de mala muerte (eso sí, con wi-fi gratis), Woodrow pasa todo el tiempo libre conectado a internet dedicado a sus dos actividades favoritas: jugar al póker virtual y mover a su avatar por Second World, uno de esos mundos virtuales que tanto éxito tuvieron hace unos años.

Y es que el mundo de internet es tan caprichosamente cambiante que es posible que dentro de una década o menos facebook y twitter sean antiguallas y la gente se encuentre abducida por alguna novedad que hoy ni siquiera podemos sospechar. Ya nadie se acuerda del auge (aunque fue breve, eso sí) de esos mundos virtuales, como Second life, para los que la gente se creaba un avatar en el que el único límite era la imaginación. La presunta gracia del invento estaba en explorar las distintas zonas, conocer a otra gente y crear tu propio territorio para enseñárselo a otros. Debía ser bastante aburrido, porque pronto la gente dejó de interesarse por este universo alternativo y millones de personajes fueron abandonados a su suerte. Desconozco si Second life sigue existiendo y si estos avatares siguen atrapados en esa especie de limbo, pero la realidad es que para gente como Woodrow constituía una evasión imprescindible para sentirse alguien importante, para hacer realidad las fantasías más extravagantes. Casi la mitad de las páginas de Other lives viajan por la pantalla de internet, dándole la misma importancia a la relación virtual entre Woodrow y la novia del protagonista que al mundo real. Y es que Peter Bagge intuye que estas historias virtuales tienen tanto potencial o más que las que suceden en la realidad de siempre. Solo que no pueden ser duraderas, porque habitualmente uno de sus protagonistas se las suele tomar con mucha más seriedad que el otro.

Other lives es una interesante exploración de las obsesiones de Bagge, expuesta en esta ocasión de una forma más experimental y menos radical. Si fueron fans en su momento de Odio, merece la pena echarle un vistazo a esta obra.

miércoles, 16 de abril de 2014

LA CONQUISTA SOCIAL DE LA TIERRA (2012), DE EDWARD O. WILSON. ¿DE DÓNDE VENIMOS? ¿QUÉ SOMOS? ¿ADÓNDE VAMOS?

El hombre es el único animal capaz de estudiarse a sí mismo, el más sorprendente fruto de la evolución de seres vivos sobre el planeta Tierra. Es indudable que la especie humana es la que domina de forma absoluta a todas las demás, sobre todo porque ha desarrollado de manera desmesurada una característica adaptativa imprescindible para tomar ventaja: la inteligencia. Todo esto puede valer para sentirnos orgullosos de pertenecer a esta especie. Pero si estudiamos cómo hemos llegado a este punto, nos daremos cuenta de que en gran parte ha sido producto de la casualidad. La evolución no ha estado guiada por ninguna inteligencia superior, simplemente ha sido un proceso adaptado a las circunstancias cambiantes de la vida en el planeta. De hecho, el germen de la especie humana actual estuvo a punto de extinguirse en un par de ocasiones (como ha sucedido con millones de especies desde la aparición de la vida).

Si en algo es especialista Edward O. Wilson es en la teoría de la eusocialidad, es decir, el comportamiento biológico que implica la coopeeración con los semejantes para asegurar el bienestar y la supervivencia de la especie. Esto implica desde la división del trabajo al cuidado colectivo de un nido común. El hombre es un animal eusocial, pero también lo son las hormigas, las termes y otros insectos. No es común la eusocialidad en la naturaleza, la mayoría de las especies suelen llevar una vida independiente o, si se mueven en manadas, carecen de un lugar estable donde vivir (un nido comunitario), una característica imprescindible del comportamiento eusocial. Bien es cierto que, en el caso de los humanos, esta cooperación ha ido ejercitándose progresivamente. Al principio se daba en grupos pequeños, que rivalizaban con tribus vecinas, aunque a veces se llegara a un grado de cooperación entre ellas por intereses mutuos (aún hoy la especie humana dista mucho de haber llegado a un grado de armonía ideal entre todos sus miembros. Los países a veces parecen cumplir las funciones de las antiguas tribus, con esa división territorial y humana excluyente en diversos grados). 

"La naturaleza humana son las regularidades heredadas del desarrollo mental común de nuestra especie. Son las "reglas epigenéticas", que evolucionaron por la interacción de la evolución genética y cultural que tuvo lugar a lo largo de un prolongado periodo de la prehistoria profunda. Estas reglas son los sesgos genéticos en la manera en que nuestros sentidos perciben el mundo, la codificación simbólica mediante la cual representamos el mundo, las opciones que automáticamente nos abrimos a nosotros mismos, y las respuestas que encontramos que son las más fáciles y las más gratificantes de hacer. (...) Las reglas epigenéticas (...) hacen que adquiramos diferencialmente miedos o fobias relacionadas con peligros del ambiente como serpientes o alturas; que nos comuniquemos mediante determinadas expresiones faciales y formas de lenguaje corporal; que establezcamos lazos con los niños; que establezcamos lazos conyugales y así sucesivamente a través de una extensa gama de otras categorías del comportamiento y del pensamiento. Es evidente que la mayoría de las reglas epigenéticas son muy antiguas y se remontan a millones de años en nuestro linaje de mamíferos. Otras, como las fases de desarrollo lingüístico, solo tienen cientos de miles de años de antigüedad. Al menos una, la tolerancia del adulto a la lactosa de leche, y en consecuencia, el potencial de una cultura basada en los productos lácteos en algunas poblaciones, se remonta a unos pocos miles de años."

Y es que la naturaleza humana es contradictoria. Por un lado es egoísta, pero por otro, los genes altruístas le obligan a cooperar para su propia supervivencia. También existen individuos con un grado especial de altruismo, capaces de sacrificarse por la comunidad, aunque estos son escasos, a no ser que se les obligue (como los soldados que son reclutados para pelear en una guerra). Y es que en realidad, el hombre dista mucho de estar programado para vivir en la civilización, sobre todo porque nuestros genes todavía responden a la llamada selección de grupo. Raramente nos identificamos con toda la humanidad, sino que necesitamos ser parte de un grupo con una determinada identidad - por cuyos miembros podemos sentir intensos grados de empatía - y eso nos hace rechazar al que consideramos diferente, a aquellos con los que tenemos que competir para controlar los recursos necesarios para una existencia cómoda. El nacionalismo y la religión se basan en estas premisas: hay que reforzar la pertenencia al grupo mediante unas determinadas doctrinas que otorgan a sus miembros un sentimiento de superioridad sobre los demás. 

La otra cara de la moneda de estas realidades es el desarrollo de la cultura, del arte, que une a los distintos pueblos y crea lazos de entendimiento y de cooperación, eliminando la desconfianza al diferente y potenciando el altruísmo. Incluso los que, dentro del grupo, son diferentes, como los homosexuales, tienen mucho que aportar al mismo, también desde un punto de vista biológico:

"La homosexualidad puede conferir ventajas al grupo mediante talentos especiales, cualidades de personalidad insólitas y los papeles y profesiones especializados que genera. Existen abundantes pruebas de que tal es el caso, tanto en sociedades prealfabetizadas como en las modernas. Sea como sea, las sociedades se equivocan al censurar la sexualidad porque los gays tienen preferencias sexuales diferentes y se reproducen menos. Por el contrario, su presencia debiera valorarse por aquello que aportan de forma constructiva a la diversidad humana. Una sociedad que condena la homosexualidad se daña a sí misma".

Así pues, la sociedad humana a la que tenemos que tender en el futuro es aquella que refuerce nuestros genes altruístas y cooperativos, en detrimento de los egoístas (algo que está lejos de las doctrinas neoliberales que imperan en el presente) y que acorrale las doctrinas religiosas y nacionalistas como algo excéntrico y excluyente. Dichas doctrinas cumplieron su papel de cohesión social en el pasado pero hoy día, en una sociedad en la que se ha desarrollado la ciencia hasta niveles increíbles, han perdido su sentido. Como dice Wilson: "El poder de las religiones organizadas se basa en su contribución al orden social y a la seguridad personal, no a la búsqueda de la verdad. El objetivo de las religiones es la sumisión a la voluntad y al bien común de la tribu". Cuanto mejor sería que esta tribu acabara abarcando a la humanidad entera, sujeta a las leyes racionales de la igualdad, la libertad y el conocimiento.

lunes, 14 de abril de 2014

SOBRE LA FELICIDAD (h 58 D.C.) DE LUCIO ANNEO SÉNECA.EL PLACER DE LA VIRTUD.

Hace un par de meses, paseando por Córdoba, pasé junto a la estatua de Séneca que está al lado de la muralla del Alcázar. Y advertí que hasta ahora no había leído más que algunos fragmentos de la obra de este autor, testimonio de la importancia que tuvieron estas tierras en la época de esplendor del Imperio romano. En Andalucía, como es sabido, se dice que alguien es un Séneca cuando da muestras de sabiduría, aunque a veces ésta tenga más que ver con la sapiencia popular que con la ciencia de los libros.

En una época en la que el cristianismo todavía era una doctrina marginal, los filósofos romanos compartían en buena parte el pensamiento estoico, una doctrina de la Grecia clásica que en buena parte se recoge en los pensamientos de Sobre la felicidad. Para Séneca la auténtica felicidad consiste en aceptar lo que se tiene en cada momento y no temer al futuro, pues debemos aprender a adaptarnos a circunstancias cambiantes. La libertad es la indiferencia por la fortuna, lo cual deriva en un espíritu sereno, que sabe gestionar los bienes que esta fortuna ha dispuesto en cada ocasión. La búsqueda ciega de placer es la gran enemiga del hombre. El placer no es malo en sí mismo, pero solo se producirá un verdadero disfrute del mismo si va unido a la virtud. Y esto implica apartarse del juicio de la mayoría para adoptar uno propio que estimemos éticamente irreprochable:

"Es feliz, por tanto, el que tiene un juicio recto; es feliz el que está contento con las circunstancias presentes, sean las que quieran, y es amigo de lo que tiene; es feliz aquel para quien la razón es quien da valor a todas las cosas de su vida."

Es curioso que Séneca emplee tanto esfuerzo en explicar por qué su propia abundancia de bienes materiales contradice su doctrina filosófica. El pensador aduce que, como humano, él prefiere una vida cómoda a una dominada por la indigencia. Pero aporta dos matices. El primero es que si la fortuna se mostrara un día adversa, su espíritu no se vería alterado por ello y aceptaría con serenidad las nuevas circunstancias. Y el otro es que su patrimonio ha sido ganado por medios lícitos. Jamás aceptaría un solo denario procedente del crimen o la corrupción. Es seguro que estas circunstancias, aparentemente contradictorias, le harían objeto de numerosas críticas, puesto que estos capítulos tienen un tono defensivo. Qué sensaciones tan extrañas se obtienen de la lectura de un pensador de hace dos mil años, que trata de asuntos humanos que siguen de plena actualidad.

domingo, 13 de abril de 2014

NO SÉ QUIÉN ERES (2013), DE MIGUEL TORRES LÓPEZ DE URALDE. EL SUEÑO Y LA REALIDAD.

Memorable la tarde del viernes en la Biblioteca Cristóbal Cuevas. A una amplia asistencia de público, se unió la presencia de dos grandes artistas: el escritor Miguel Torres López de Uralde y el dibujante Marcos Reina. Una sesión muy especial de nuestro club de lectura:

http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2014/04/no-se-quien-eres-miguel-torres-lopez-de.html