domingo, 4 de noviembre de 2018

LA BATALLA DE LOS PUENTES (2018), ANTONY BEEVOR. UN OBJETIVO LEJANO.

En septiembre de 1944, los Aliados podían estar satisfechos con el desarrollo de los acontecimientos, desde que se produjo el desembarco de Normandía, tres meses antes. Aunque en las primeras semanas después del desembarco habían tenido serias dificultades para romper el frente opuesto por los alemanes, una vez conseguido esto, la conquista del resto de Francia fue cuestión sencilla, culminando con la simbólica liberación de París en agosto. Ahora se encontraban frente a la frontera alemana y los Países Bajos y la siguiente misión era atravesar el Rin, para apuñalar el corazón industrial del enemigo y obligarlo a la rendición.

En esta tesitura, el general británico Montgomery ideó un plan que exigía el lanzamiento masivo de paracaidistas detrás de las líneas alemanas. La audaz operación, bautizada como Market Garden, pronto obtuvo la oposición de buena parte del Alto Mando Aliado, que la criticaron ferozmente por el riesto inaudito que conllevaba: todo dependía de que el Ejército enlazara en pocos días con los paracaidistas y para ello los carros pesados solo podían transitar por una única carretera, que se encontraba fuertemente defendida por el enemigo. El plan dependía casi en exclusiva de que los paracaidistas tomaran y conservaran la ubicación clave de la operación: el puente de Arnhem.

Tomando con la guardía baja a Eisenhower, que se encontraba convaleciente de un accidente e imponiendo su criterio al resto del generalato, sin admitir crítica alguna, al final Montgomery consiguió salirse con la suya: Market Garden sería llevado a cabo. El presumido mariscal británico esperaba llevarse todo el mérito de la invasión de Alemania y el final de la guerra, mientras Patton rabiaba, porque se le impondría un alto en su exitoso camino a la línea Sigfrido. Los acontecimientos, como pronto fue evidente, distaron mucho de las previsiones de Montgomery. Ya los lanzamientos paracaidistas fueron bastante caóticos, aunque las bajas fueron aceptables y los integrantes de la 1ª División Británica (los encargados de tomar el puente de Arnhem) y de las 82ª y 101ª estadounidenses consiguieron establecer posiciones sólidas frente al enemigo: conservarlas conllevaría un enorme sacrificio de vidas, así como el lógico sacrificio de la población civil que, viviendo entre dos fuegos, se debatían entre la lógica alegría por la llegada de los Aliados y el miedo por las posibles represalias de los alemanes si conseguían ganar la batalla.

Con el paso de los días se impusieron varios graves problemas al plan Aliado: la rápida reacción de los alemanes que ya en las primeras horas hicieron frente a la invasión paracaidista, el lento avance del Ejército de tierra que debía enlazar con estos últimos, el fallo de las comunicaciones con la Fuerza Aérea (lo que conllevó que gran parte de los suministros lanzados desde el aire cayera en manos alemanas) y el lógico desgaste de unas fuerzas aisladas y sometidas a la enorme presión de los continuos bombardeos y ataques alemanes. Con su habitual maestría narrativa, Antony Beevor nos introduce en estos hechos históricos exponiéndolos como un gran drama, en el que tienen cabida numerosas historias personales, tanto de civiles como de militares, sobre todo en el contexto de la ciudad martir de Arnhem: casi totalmente destruida por la batalla, al final de la misma fue evacuada por los alemanes y muchos de sus habitantes murieron en el posterior éxodo a otras poblaciones. En cualquier caso, el general Montgomery siempre dijo públicamente que su operación había constituído un gran éxito, a pesar de las evidencias abrumadoras de lo contrario.

El desastre Aliado no solo aplazó unos meses más el final de la guerra, sino que otorgó cierta moral a los alemanes, que se atrevieron un par de meses después a lanzar la ofensiva de las Ardenas. Pero la consecuencia más grave de estos hechos fue la llegada del llamado Invierno del hambre: la escasez de alimentos en los Países Bajos y el nulo interés de los alemanes por alimentar a una población a la que consideraba traidora, culminó en una terrible hambruna que se cebó con los más débiles. Aunque se intentó paliar la situación mediante envíos humanitarios por parte de la Fuerza Aérea, cuando por fin meses después llegaron los Aliados, se encontraron con una situación dantesca en muchas poblaciones: la delgadez de algunos de sus habitantes los hacían parecer salidos de los campos de concentración nazis. Como dijo el príncipe Bernardo, heredero de la Casa Real holandesa: "los Países Bajos no pueden permitirse otra victoria de Montgomery".

martes, 30 de octubre de 2018

LA LEY DEL MENOR (2014), DE IAN MCEWAN. LA FE DE NUESTROS PADRES.

Para la mayoría de los occidentales la religión es más una tradición que una forma de vida. Son pocos los bautizados católicos que van a misa y que cumplen - o siquiera conocen - todos sus preceptos. En el caso de los Testigos de Jehová, todo es distinto. Quien nace en una familia de Testigos tiene garantizado que la religión va a ser el centro de su vida y que sus padres no tolerarán la más mínima disidencia. Ni siquiera cuando pueda estar en juego la vida de su hijo, tal y como plantea La ley del menor, novela en la que una jueza del Tribunal Supremo británico tiene que enfrentarse a la decisión de un joven testigo de 17 años de no someterse a una transfusión de sangre, influido por sus padres y por los ancianos de su Congregación, además de por unas convicciones propias, fuertes en apariencia, pero mucho más frágiles de lo que él está dispuesto a reconocer en un principio.

Lo que verdaderamente debe decidir Fiona, la jueza protagonista, es si el joven goza de la misma capacidad un adulto para decidir acerca de su propia vida, puesto que la legislación británica contempla ciertas excepciones en menores que están a punto de cumplir los dieciocho años. ¿Es Adam una víctima de una religión intolerante o es una persona que libremente ha elegido una forma de vida que contempla la posibilidad del martirio en nombre de unas creencias? En el fondo, como pronto descubrirá el lector, Adam no es más que un joven confundido repleto de ansia de vivir, pero que no quiere decepcionar a sus seres queridos flaqueando cuando se enfrenta a la prueba suprema. Fiona, que debe ponderar entre las razones del Hospital y las razones de la religión, afronta una enorme responsabilidad, la responsabilidad de elegir entre vida o libertad, aunque al final deba relativizar las creencias de los demás para decantarse por el mal menor, o el bien mayor, según se mire:

"Las religiones, los sistemas morales, el suyo incluido, eran como cimas de una densa cordillera vistas desde una gran distancia, entre las cuales ninguna destacaba de las otras por ser más alta, más importante o más verdadera. ¿Qué había que juzgar?"

En la mente de Adam, Fiona se va a convertir en un ser que le atrae y le repele al mismo tiempo. Puede ser la dadora de vida, aquella que le salve, tal como anhela en su interior, pero contra su voluntad consciente, la persona que le abra los ojos a otra forma de ver el mundo en la que por primera vez en su existencia, la libertad y el relativismo pueden empezar a jugar un papel esencial:

"Sin la fe, qué abierto y hermoso y aterrador debió parecerle el mundo."

Juzgando personalmente la novela desde un punto de vista moral, para mí está claro que la religión de los padres no debe imponerse sobre el proyecto vital de unos hijos menores que han sido adoctrinados desde la infancia y que no pueden ponderar de manera imparcial sus propias decisiones. Si uno es secuestrado desde la infancia por una doctrina asfixiante, la libertad de elegir es sustituida por el miedo a conculcar los preceptos de la propia fe, a decepcionar a los seres queridos y a ganarse el castigo eterno de Dios. La obra de McEwan plantea todos estos asuntos de una manera inteligente y deja que sea el lector el que saque sus propias conclusiones a través de un final ambiguo y agridulce.

lunes, 1 de octubre de 2018

EL PORVENIR DE UNA ILUSIÓN (1927), DE SIGMUND FREUD. UNA NEUROSIS INFANTIL.

A principios del siglo XX, en occidente, la fe religiosa era un concepto en franco retroceso, al menos entre las capas más ilustradas de la sociedad. La ciencia iba desentrañando muchos de los secretos del mundo y descubría que buena parte de ellos estaban en franca contradicción con lo que contaba la Biblia. Todavía había gente que se resistía a creer en los postulados de Darwin y preferían seguir manteniendo su fe en la verdad literal del Génesis, por mucho que la razón probara lo contrario. Así pues, no es raro que Freud califique a la religión como una ilusión, destinada a mantener esperanzas en una vida mejor y en una justicia divina que no es posible en este mundo. Cuando uno es niño, se siente protegido por los padres, pero cuando crece, descubre que la existencia es mucho más peligrosa de lo sospechado, por lo que los hombres inventaron la protección de padres de poder omnipotente. Si se los venera, vendrán recompensas en este mundo y el que existe después de la muerte:

"La civilización toma también a su cargo esta función defensora y la cumple por todos y para todos en igual forma, dándose el hecho singular de que casi todas las civilizaciones proceden aquí del mismo modo. No detiene en este punto su labor de defender al hombre contra la Naturaleza, sino que la continúa con otros medios. Esta función toma ahora un doble aspecto: el hombre, gravemente amenazado, demanda consuelo, pide que el mundo y la vida queden libres de espantos; pero, al mismo tiempo, su ansia de saber, impulsada, desde luego, por decisivos intereses prácticos, exige una respuesta."

Desde luego, renunciar a creencias que han sido inculcadas desde la más tierna infancia constituye un ejercicio de singular dureza. Por mucho que la razón insista en dirigir el pensamiento hacia el ateísmo o el agnosticismo, siempre quedará una reminiscencia conformada por una mezcla de ilusión antigua y miedo y que además representa un anhelo íntimo de todo ser humano que no quiere deshacerse de la esperanza de que todo tenga un sentido final. Para Freud, dejar atrás las creencias religiosas es traumático, pero nos hace madurar, superar la neurosis infantil que durante siglos ha lastrado el progreso de la humanidad, aunque también le haya proporcionado ciertos beneficios, relacionados con la moral de las masas. En cualquier caso, como bien pudo comprobar el pensador vienés en la Primera Guerra Mundial, el mandamiento de "No matarás", jamás ha impedido al Estado reclutar a millones de soldados y lanzarlos a la matanza en nombre de Dios y la civilización.

Después está el problema de las consecuencias, de si la moral pública puede verse afectada por una renuncia en masa de los preceptos religiosos. Como hemos podido comprobar en las últimas décadas, el progreso humano no se ve afectado por las renuncias religiosas, sino que sucede justamente lo contrario. Como no podía ser de otra manera, las últimas palabras del ensayo están dedicadas al poder de la ciencia, una creación humana, al igual que la religión pero que, al contrario que esta última, ha demostrado sobradamente que es factor fundamental para el desarrollo del bienestar de la humanidad:

"La civilización toma también a su cargo esta función defensora y la cumple por todos y para todos en igual forma, dándose el hecho singular de que casi todas las civilizaciones proceden aquí del mismo modo. No detiene en este punto su labor de defender al hombre contra la Naturaleza, sino que la continúa con otros medios. Esta función toma ahora un doble aspecto: el hombre, gravemente amenazado, demanda consuelo, pide que el mundo y la vida queden libres de espantos; pero, al mismo tiempo, su ansia de saber, impulsada, desde luego, por decisivos intereses prácticos, exige una respuesta."

viernes, 21 de septiembre de 2018

AFRODITA DESENMASCARADA (2017), DE MARÍA BLANCO. UNA DEFENSA DEL FEMINISMO LIBERAL.

El movimiento feminista no solo consiste en la vertiente que reivindica cambios legislativos y ayudas estatales a la mujer como colectivo favorecido. Existe un feminismo que se autodenomina liberal, formado por mujeres profesionales de éxito que estiman que la labor de profundizar en la igualdad es necesaria, pero que debe realizarse sin ayuda de las administraciones públicas, para que la mujer no termine siendo un ser dependiente de los vaivenes gubernativos de turno. Además, pretenden que las reglas del campo de juego que constituye una economía libre sean iguales para todos y que las recompensan provengan de los méritos individuales, no de la pertenencia a un género tradicionalmente desfavorecido, pero que ya hace décadas que cuenta con leyes que inciden en la igualdad entre todos los individuos.

Otro de los problemas que Blanco detecta en el feminismo imperable es el eterno victimismo del que hacen gala sus integrantes, cuando la victiminización permanente es el mayor obstáculo para superar problemas (me recuerda esta afirmación a un ensayo que leí hace mucho tiempo, La tentación de la inocencia, de Pascal Bruckner). Así pues, se trata de una realidad que alimenta los más diversos intereses políticos, que en este caso concreto pueden flirtear con un peligroso populismo, como una lucha permanente contra el mal que nunca puede llegar a ganarse del todo, pero en la que conviene estar alerta y con los ojos prestos para denunciar cualquier actitud identificada con el machismo en cualquier momento:

"Solamente hay una reivindicación: nadie tiene el monopolio de lo que piensan las mujeres, ni del feminismo auténtico, ni de la femineidad. La posmodernidad del siglo XXI se ha teñido de politización, y los ideales, los viejos y los nuevos, se han podrido. Uno de ellos, el feminismo, ha mutado a plaga. La honorable causa de muchas mujeres que lucharon por conseguir la igualdad ante la ley o acceso a la educación, y que se enfrentaron a los prejuicios sociales, religiosos o culturales, esa causa es, hoy día, una pandemia que equivoca a unos y alimenta a otros, por obra y gracia de los intereses políticos"

Porque hay muchos políticos sin escrúpulos que van a unirse - y liderar si pueden - al viento que más fuerte sopla en cada momento. La cuestión es seguir sobrealimentando la cuestión, detectar micromachismos, acusar a todos los hombres de agresores potenciales y seguir gritando que España es un país inseguro y violento, a pesar de que las cifras de violencia de género son de las más bajas de Europa (eso sin examinar cada caso concreto, puesto que parece que interesa que todos entren en el mismo saco, aunque alguno esté protagonizado por algún pobre anciano con alzheimer). Esto no quiere decir que haya que dejar de lado el problema, que existe, pero ya va siendo hora de abordarlo desde lo racional, no desde lo emocional. Está muy bien indignarse y romperse las vestiduras frente a la injusticia, pero examinar las circunstancias de cada caso es una política mucho más inteligente que acusar a una especie de conspiración o terrorismo (el terrorismo exige una organización humana que no existe en estos casos) de carácter machista, de una estadísticas que permanecen prácticamente inamovibles año tras año, por lo que las presuntas soluciones que se han aplicado hasta el momento no parecen las más efectivas.

En un cierto momento la autora llega a referirse al clima actual como inquisitorial, como una especie de dictadura de lo políticamente correcto que transmite a las mujeres lo que deben pensar y al hombre una larguísima serie de instrucciones para no resultar ofensivos en las relaciones con el otro sexo. A veces la situación se hace tragicómica, como cuando una ministra afirma que cualquier acto sexual sin el consentimiento expreso de la mujer sea delito, lo cual seguramente eliminaría frescura las relaciones entre parejas. Pero la deriva más peligrosa de todo esto es que se termine eliminando la idea de presunción de inocencia, pilar fundamental de cualquier Estado de derecho, para dar credibilidad absoluta a cualquier acusación en estos casos. Al final lo que se consigue con estas medidas es que el Estado trate a la mujer como un ser menor de edad que necesita protección constante, que no es capaz de decidir por sí misma y que no tiene que asumir las consecuencias negativas de sus decisiones erróneas. Parece que nos quieran llevar a un mundo con mucha más conflictividad que igualdad: 

"Lo que hace todo más confuso y más inmoral aún es que están poniendo en práctica justamente lo que denuncian. Victimizar a la mujer no es empoderarla. Demonizar al hombre no es empoderar a la mujer. Marcar la ruta de cada mujer no es empoderarla. Someter al escarnio a aquella que no elige lo mismo que tú no es empoderarla. Financiar tus logros con dinero público no es empoderar a la mujer, sino hacerla dependiente de un Gobierno determinado. Fomentar el discurso del odio no ayuda a la convivencia en igualdad de condiciones ante la ley. La definición del mundo y de la salvación del infierno del heteropatriarcado por parte de «las iluminadas» y su imposición al resto tiene más de inquisición que de otra cosa."

Resulta muy interesante leer un ensayo como Afrodita desenmascarada. Uno no tiene por qué estar de acuerdo con todo lo que expone la autora, pero resulta un soplo de aire fresco comprobar que existen tendencias que intentan racionalizar la idea del feminismo y su aplicación práctica, lo cual puede generar un necesario debate que enderezca un tanto un barco que parece ir a la deriva. Y lo principal: aunque muchos no lo reconozcan, existe miedo. Miedo a debatir, a decir lo que se piensa (siempre con educación frente a quien opina distinto) y sobre todo miedo a ofender a quienes definen cualquier idea distinta a las suyas como una agresión.

viernes, 14 de septiembre de 2018

LOS AMORES DIFÍCILES (1970), DE ITALO CALVINO. CUENTOS DE INQUIETUD.

Los cuentos de Italo Calvino están forjados en levedad y exactitud, dos de los términos que proponía en sus famosas Seis propuestas para el próximo milenio. En ellos no falta ni sobra nada. Los que están enmarcados estrictamente como amores difíciles, son retazos de vida que plantean situaciones singulares. En unos ya existe una relación amorosa, en otros es posible y en varios de ellos solo lo sería en la imaginación del protagonista. En ocasiones se nos presenta a alguien, como en La aventura de un lector, bastante pasivo, con el interés dividido entre la pasión por las ficciones y la posible aventura amorosa que podría conseguir con su vecina de playa. Calvino lo resume así (y de paso traza un estupendo retrato del espíritu de muchos lectores):

"Desde hacía un tiempo Amedeo tendía a reducir al mínimo su participación en la vida activa. No es que no le gustara la acción; más aún, del gusto por la acción se alimentaban todo su carácter y sus preferencias; y sin embargo, de año en año, el furor de ser él quien actuaba iba disminuyendo, disminuyendo tanto que era como para preguntarse si alguna vez lo había sentido realmente. No obstante, el interés por la acción sobrevivía en el placer de la lectura: su pasión eran siempre las narraciones de hechos, las historias, la trama de las vicisitudes humanas."

Otros, como el protagonista de La aventura de un soldado, junto al que se sienta una atractiva viuda recién llegada a su vagón, son mucho más audaces, pero con una audacia contenida, estratégicamente racionada y que sabe que no le va a llevar a ningún sitio, más allá de un breve momento de excitación. También viaja en tren Federico en La aventura de un viajero. En este cuento magistral no se expone la aventura amorosa en sí, sino las expectativas de la misma, el placentero viaje cuyo destino es el ser amado con quien se va a pasar un fin de semana con todas las posibilidades intactas. Otros cuentos son más tragicómicos, como La aventura de una bañista: la crónica de una mujer angustiada que, nadando en el mar, ha perdido la parte de abajo de su bikini y no sabe cómo resolver tan vergonzosa situación.

Pero donde el libro se vuelve verdaderamente excelso es en sus dos relatos finales, separados del resto y de extensión notablemente más larga. La hormiga argentina tiene aires como de Cortázar. Trata de la desgracia de una pareja de inmigrantes que se traslada a una zona rural en busca de una vida rural y encuentran la casa donde van a habitar tomada... por las hormigas. La hormiga argentina se describe aquí como un enemigo implacable, que se multiplica por millones y contra el que no existen soluciones eficaces. Ante la desesperación de su situación, los protagonistas consultan a sus vecinos, pero todos parecen haberse resignado a la invasión y convivir con ella lo mejor posible, cada uno intentando encontrar soluciones, pero sabiendo que en el fondo la hormiga ganó la partida hace mucho. Quizá la mejor actitud sea negar su existencia, no ver lo que se tiene delante de los ojos y continuar con la vida. 

En La nube de smog también el problema es colectivo, pues afecta a toda una ciudad, que se pudre bajo una nube de suciedad que lo impregna todo. El protagonista, que solo quiere vivir la vida sin demasiadas expectativas de futuro, se mueve entre una habitación sórdida, pero a la que acaba considerando un hogar, un trabajo aburrido y una novia rica y frívola, con la que podrá contemplar desde fuera, cuando realizar una excursion a las afueras, la verdadera extensión del problema, otra de esas cuestiones que todos pueden ver y padecer, pero que a nadie le apetece, en el fondo, solucionar, puesto que es algo llevadero cuando uno se acostumbra a convivir con él. Quizá estos cuentos sean una reivindicación irónica de un cierto estoicismo vital.

jueves, 13 de septiembre de 2018

ASCENSO Y CAÍDA DE ADÁN Y EVA (2017), DE STEPHEN GREENBLATT. BUSCANDO EL PARAÍSO PERDIDO.

Durante siglos la historia de Adán y Eva ha fascinado de muy distintas maneras a numerosas generaciones de seres humanos. Yo mismo, en cuanto la escuché por primera vez en el colegio, no pude dejar de sentir un íntimo sentimiento de indignación, una especie de reproche a aquellos seres que nos habían arrebatado por puro egoísmo aquel jardín paradisiaco al que debíamos pertenecer por derecho. Si las cosas andaban mal en el mundo, no era porque Dios lo hubiera fabricado de manera defectuosa, sino porque el hombre había precipitado su propia caída. Y es que lo primero que se siente frente a un relato con tanta fuerza de evocación es que uno está ante una de esas muestras de literatura primordial que demuestran la perenne fuerza de la narrativa humana, nuestra infatigable curiosidad y las ganas de explicarlo todo, aunque sea con un relato de corte fantástico que adquirió tanta fortuna que terminó siendo creído a pies juntillas por millones de seres humanos:

"La historia de Adán y Eva nos habla a todos nosotros. Habla de quiénes somos, de dónde venimos, por qué amamos y por qué sufrimos. La vastedad de su alcance parece formar parte de su propósito. Aunque representa una de las piedras angulares de tres de las grandes religiones del mundo, es anterior, o pretende ser anterior, a cualquier religión en concreto. Recoge la extraña forma en que nuestra especie trata el trabajo, el sexo y la muerte —‌rasgos de la existencia que compartimos con todos los demás animales— como objetos de especulación, como si dependieran de algo que hubiéramos hecho, como si todo hubiera podido ser distinto."

La primera sorpresa que puede llevarse el lector de Ascenso y caída de Adán y Eva, es que dicha historia recoge una tradición muy anterior a los primeros relatos recogidos por los judíos. Ya en Babilonia se escribieron mucho antes relatos similares y debió de ser durante su cautiverio en esta región cuando algunos judíos empezaron a adaptar dicha historia a su propia religión. Bien es cierto que creer de manera literal en un relato tan fantástico plantea múltiples complicaciones, preguntas que se han ido planteando a lo largo de los siglos desde el más humilde agricultor al más prestigioso teólogo: ¿cómo es posible que una sola pareja llegara a multiplicar de seres humanos toda la Tierra? ¿cómo es que Dios, en su infinita sabiduría no pudo anticipar lo que iba a suceder? Ya Filón de Alejandría, a principios de la era cristiana, propuso interpretar el relato como algo más alegórico que real, una especie de fábula plena de sabiduría.

Frente a las interpretaciones alegóricas, se alzó la inmensa - para la cristiandad - figura de San Agustín, que dedicó buena parte de su vida a estudiar el relato de la creación y estableció como dogma de fe la verdad literal de las palabras del Génesis, hasta el punto de asegurar que todos los seres humanos nacían con una especie de pecado original que nos habían transmitido nuestros primeros padres y que solo el sacrificio de Jesucristo, el nuevo Adán, había podido redimir. Eso sí, cualquier niño no bautizado o cualquier pagano que muriera sin haberse convertido a la religión de Cristo, estaba irreversiblemente condenado. Eso incluía a todas las generaciones que habían existido antes de la llegada del Redentor. La influencia teológica de San Agustín llega hasta nuestros días: todavía hoy son millones las personas que declaran creer literalmente el relato de lo acontecido en el jardín del Edén.

Evidentemente, una vez establecida como indiscutible poder temporal y espiritual, la Iglesia aprovechó para alterar el relato de Adán y Eva y dotarlo de una conveniente misoginia, culpabilizando a Eva casi por completo de la caída, lo cual justificaba con creces que fuera considerada un ser inferior, alguien que debía sumisión al marido y que no debía escalar a posiciones de poder. El influyente Tertuliano, uno de los padres de la Iglesia, dejó escritas cosas como ésta:

"¿Y acaso no sabes que eres Eva? Sigue viva en esta época la sentencia pronunciada por Dios contra ese sexo: la culpa debe necesariamente seguir viva. Tú eres la puerta del diablo; tú eres la que rompiste el sello de aquel árbol (prohibido); tú eres la primera desertora de la ley divina; tú eres la que convenciste a aquel al que el diablo no fue capaz de atacar. Tú fuiste la que destruyó con tanta facilidad a la propia imagen de Dios, al hombre. Fue por lo que tú merecías, la muerte, por lo que incluso el Hijo de Dios tuvo que morir. ¿Y todavía piensas en ponerte galas sobre las túnicas de tu piel?"

Con la llegada del Renacimiento, la historia de Adán y Eva pasó plenamente a ser un tema artístico muy popular, un excusa perfecta para plasmar la perfección del cuerpo humano. Algunos intelectuales, sin poner en duda la veracidad del relato, empezaban a plantearse preguntas peligrosas, que no podían ser realizadas en ámbitos públicos si no querían ser protagonistas de un auto de fe. Greenblatt dedica varios capítulos a John Milton, el creador del más bello poema dedicado a nuestros presuntos primeros padres. El paraíso perdido es la vez un canto a la fe y la libertad a la hora de interpretar la misma. El siglo XVIII, el de la Luces, sí que daría lugar a auténticas andanadas contra la ortodoxia católica, precedidas por la publicación del famoso Diccionario histórico y crítico, de Pierra Bayle y posteriormente del Diccionario filosófico, de Voltaire, mucho más irónico y directo en sus ataques a la religión. La puntilla a la credibilidad de la historia de Adán y Eva llegó con la publicación de El origen de las especies de Charles Darwin. Libro polémico como pocos, dotado de un rigor científico pocas veces igualada, la tesis de Darwin era absolutamente incompatible con la creación de seres humanos perfectos con el mismo aspecto del hombre actual: la evolución había sido un proceso lento y complicado, en el que no había lugar para un Creador de todas las cosas.

En cualquier caso, el remoto relato recogido al principio del Génesis, sigue manteniendo intacta su capacidad de fascinación porque, aunque no se pueda ya leer literalmente como un suceso real, sí que contiene enseñanzas muy profundas acerca de la naturaleza humana, del anhelo de conocimiento propio de nuestra condición y de la esperanza íntima que yace en cada uno de nosotros de que alguna vez seremos capaz de retomar nuestra originaria condición paradisíaca.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

SIN AMOR (2017), DE ANDREY ZVYAGINTSEV. EL NIÑO PERDIDO.

Desde el punto de vista de la gente más tradicional, la crisis de la familia empezó hace ya mucho. Los matrimonios ya no son santificados y los hijos son víctimas de las frecuentes desavenencias y separaciones de sus padres (en España el porcentaje de divorcios creo que anda por el cincuenta por ciento). Pero la situación que plantea Sin amor, es todavía más dramática. Se trata de una pareja joven que tuvo un hijo de manera irresponsable, ya que al espectador le da la impresión de que nunca hubo amor entre ambos, solo el capricho de estar juntos. Boris y Zenhya son dos seres egoístas, que jamás sacrificarían lo más mínimo por el bien de su hijo, al que más bien consideran un estorbo, un obstáculo que impide que la deseada separación sea un proceso fácil. Para ellos el jovencísimo y inocente Alyosha es un ser culpable, culpable de haber nacido y de tener necesidades. Cada uno de ellos trata de endosar al otro la responsabilidad de su cuidado. 

La desesperación del crío llega al límite ante este panorama de conflictos y desprecios y decide desaparecer, pues a sus doce años ya sabe que su futuro es muy negro y que es una carga para su familia: esta será la trama principal de una película que aprovecha esta tesitura para ofrecernos un panorama tan desolador de la Rusia actual como esos paisajes invernales en los que parece que el calor no llegará nunca. La principal preocupación de Boris es mantener su puesto de trabajo en una oficina desangelada, cuyo jefe es un hombre tan tradicionalista que jamás toleraría que uno de sus empleados se separara de su mujer. Zenhya, que ya tiene nuevo amante, pasa los días enganchada a su móvil, a las redes sociales, haciéndose selfies, como si fuera una eterna adolescente que merece una segunda oportunidad en su vida sin tener que rendir cuentas con el fruto de sus años precedentes, incluido su hijo. De la búsqueda de Alyosha, por cierto, no se ocupa el Estado, sino una especie de asociación especializada en estos casos, cuyo encargado del caso, con toda la frialdad profesional que le otorga su dilatada experiencia, resulta el personaje más humano, puesto que es el único que parece verdaderamente esforzarse en encontrar vivo al niño.

Todavía no he podido ver otras obras de este prodigioso director que es Andrey Zvyagintsev, pero lo haré en breve. Es difícil ser más preciso a la hora de diseccionar el momento actual de una sociedad a través de una historia más bien pequeña. Sin amor no hace concesiones. No es un cuento de hadas, sino una terrible película que extrae sus recursos de la más cruda realidad, por lo que cualquier espectador va a quedar conmocionado después de verla. No hace falta que anden enmedio de las trifulcas factores como el alcohol o las drogas: basta con la falta de empatía de los adultos y la ausencia absoluta de un Estado capaz de intervenir en situaciones de injusticia manifiesta, sobre todo cuando la víctima es un ser absolutamente inocente.