jueves, 23 de octubre de 2014

ROJO Y NEGRO (1830), DE STENDHAL. UNA AMBICIÓN NAPOLEÓNICA.

Pocas obras literarias reflejan tan bien como Rojo y negro los sentimientos de un autor ante un determinado momento histórico. No en vano la novela funciona como una especie de crónica social de un presente absolutamente influenciado por un pasado inmediato muy traumático: la Revolución Francesa, las victorias napoleónicas, el Imperio, la derrota final y la Restauración. Un cóctel de demasiados momentos históricos que habían transcurrido en unas pocas décadas y que provocaban una constante sensación de inseguridad a la nobleza y a los nuevos triunfadores burgueses: en cualquier momento podían volver los levantamientos revolucionarios, como así iría sucediendo durante todo el siglo XIX. Después de haber saboreado la libertad, aunque fuera de un modo efímero y violento, difícilmente las clases bajas iban a resignarse a volver a la situación del Antiguo Régimen. El nombre de este periodo histórico, la Restauración, ya constituía todo un desafío para los que, como el propio Stendhal, habían vivido momentos de gloria con los triunfos de Napoleón y habían sido depurados de la administración con su caída. 

Curiosamente, el periodo de mejor producción creativa de Stendhal coincide con el de su mayor infelicidad vital. Quizá la escritura era una manera de escapar de una realidad gris, muy lejos de su ideal imaginado. Es muy conocida su definición de novela, que aparece en Rojo y negro:

"Pero señor mío, una novela es un espejo que se pasea por un largo camino. Ora refleja ante nuestros ojos el azul de los cielos, ora el fango de los charcos del camino. ¿Por qué acusar de inmoral al hombre que lleva el espejo en su mochila? ¡Su espejo muestra el fango, y acusáis al espejo! Acusad más bien al largo camino donde se encuentra el charco, o mejor aún al inspector de caminos que deja que se encharque el agua y se forme el fango."

Es muy posible que el escritor pusiera mucho de sí mismo en el espíritu del ambicioso Julian Sorel, un muchacho al que se nos presenta absorto, leyendo el Memorial de Santa Elena, mientras se imagina formando parte del victorioso ejército del emperador. La realidad que percibe a su alrededor el protagonista, alguien procedente de una familia muy humilde y que solo cuenta con su inteligencia para triunfar, en contraste con aquello, es enormemente gris. Se siente rodeado de mediocridad mientras practica su culto secreto a Napoleón. Su modelo. El héroe que surgió desde la nada como una fuerza de la naturaleza y fue capaz de llevar a Francia a una aventura que él califica como gloriosa.

Pero, obviando su intelecto (que le hace retener en su memoria, sin demasiado esfuerzo, libros enteros, como la Biblia) la otra cualidad de Sorel que le va a ayudar en su ascenso social es su atractivo personal, algo que él al principio ignora por completo. Su natural seductor le va a proporcionar dos amantes, lo que va a constituir uno de los ejes de la obra: Madame de Rênal y Matilde, dos seres antagónicos, pero que a la postre van a sentir la misma pasión desmedida y absolutamente indecente por el joven de Verrières.

Madame de Rênal es una mujer casada, por lo que el pecado que comete con Julian es prácticamente imperdonable. Ella lo sabe y sufre atroces remordimientos por ello. Pero no puede sustraerse a su pasión, a unos sentimientos que jamás hubiera sospechado que pudieran embargarle de esa manera. La caricia del amor la encuentra totalmente desprevenida. Y es que ella nunca ha leído novelas, que le hubieran indicado la naturaleza de esas sensaciones y la manera de reaccionar ante ellas:

"Como Madame de Rênal no había leído nunca novelas, todos los matices de su felicidad eran nuevos para ella. Ninguna triste verdad venía a amortiguarla, ni siquiera el espectro del porvenir."

La otra amante es una mujer joven, de muy buena familia. Si al principio parece despreciar a Julian, el Secretario de su padre, como a alguien de una casta inferior, pronto verá en él a una especie de nuevo Danton, alguien superior, destinado a grandes cosas y, por lo tanto, digno de ella. A pesar de todo, su amor no es tan puro como el de Madame de Rênal. Ella es una mujer mucho más caprichosa, orgullosa y voluble, aunque al final su pasión resulte tan desmedida como la de aquella, asumiendo plenamente su pecado social de quedar embarazada de un sirviente.

Rojo y negro funciona al menos a dos niveles: como crónica íntima de las ambiciones de Julian Sorel, tan desmedidas que al final se le vienen encima y como crónica de un momento histórico apasionante, en el que las fuerzas sociales de Francia echaban un pulso que podía decidir el devenir del resto del siglo. Una época en la que los héroes podían ser engullidos por el cuerpo social dominante, que solo anhelaba la paz y el orden, como Dios manda, de antes de la Revolución. 

martes, 21 de octubre de 2014

EL COLLAR DE LA MEMORIA (2014), DE FRANCISCO JAVIER MARTÍN FRANCO. A LA SOMBRA DEL GRANADO.

Para un amante de la historia vivir en Andalucía constituye un aliciente excepcional. Pocas tierras han visto pasar a tantas civilizaciones. Cuando uno viaja por sus villas y ciudades, no es raro encontrar vestigios romanos o árabes, dos de los pueblos que más siglos estuvieron por aquí. El caso del dominio musulmán provoca una especial fascinación, sobre todo cuando uno visita la Alhambra, una de las maravillas del mundo o se asoma a las ruinas de Medina Azahara y se imagina el esplendor del que debió gozar aquel lugar, cuando Córdoba era una de las ciudades política y culturalmente más importantes del mundo. Pero si hay un periodo que ha interesado a historiadores y novelistas ha sido el de la decadencia del mundo musulmán en Al-Andalus, una decadencia que duró siglos, pasó por diversas etapas y acabó con la rendición de la ciudad de Granada, todo un símbolo que ha sido utilizado, muchas veces abusivamente, como una especie de apoteosis de la España auténtica, aquella que solo puede ser católica, imperial e intolerante con otras religiones o ideas.

El protagonista de El collar de la memoria nace en un mundo y ha de desenvolver su vida en otro muy distinto, un mundo en transición, en el que él pertenece a los derrotados, por lo que a muy temprana edad ha de experimentar la humillación de cristianizar su nombre para adaptarse a una sociedad en la que se valora mucho más ser castellano viejo que el talento personal. Así, Abû Bakr pasa a ser Rafael Torres, aunque en su interior conserve sus raíces musulmanas. Es más, Rafael no se conforma con la doctrina establecida, sino que pretende profundizar en los fundamentos de la fe religiosa, acercándose a los principios del sufismo, la versión más espiritual, tolerante y trascendente del islam, lo que lo convierte en un heterodoxo, un hombre muy peligroso para el naciente Estado. Su filosofía ante la existencia puede resumirse en estos hermosos principios:

"Sentí que la esencia que late tras las cosas y personas no es nunca lo mero aparente, que la vida es como un sueño en el que sientes que todo es real, algo establecido para el que sueña y que lo va llevando por la vida sin voluntad verdadera; que el secreto de vivir empieza por observarse a uno mismo en cada momento, en ser actor y observador a la vez, en una suerte de vivir viviendo, en gerundio, como diría un gramático, vivir sin estar determinado ni por el tiempo, el modo, el número ni la persona, entendida esta última en su etimología griega de máscara del actor, personaje, un personaje que habría de ser persona al servicio consciente de la esencia. Pero es tan difícil intuir siquiera la esencia cuando se vive como todos vivimos, sujetos a una obtusa y férrea usanza establecida, pobre de verdades y rica de vanaglorias, un mundo dual, de contrastes, puesto adrede del revés."

Atenerse a esta búsqueda no va a ser fácil en una época en la que los Reyes Católicos han consolidado su poder y empiezan a aplicar una política de intolerancia que dará muy pronto al traste con la convivencia que, con sus altibajos, había sido una constante entre judíos, musulmanes y cristianos hasta entonces. El impacto que estas medidas van a tener en miles de familias va a ser enorme: muchas seguirán practicando su religión en secreto, otras optarán por el exilio y quienes se vuelven cristianos con una mezcla de interés y devoción pronto advierten que no están en pie de igualdad con los conquistadores. Más bien serán continuos objetos de sospecha. El Tribunal de la Inquisición, creado para velar por la pureza de la fe va a ser la amenaza más evidente para estos nuevos creyentes, algo que el propio Rafael Torres va a sufrir en sus carnes. A pesar de todo, su pensamiento seguirá siendo puro, anhelante de tolerancia:

"- Cristiano, musulmán... - dije yo compartiendo su sentir - ... Si te detienes a meditar, son lo mismo en el fondo. Los dogmas y las doctrinas que erigen presto los hombres, por intereses, son lo que al cabo nos separa. Cristo significa en griego "ungido", y el ungido, como oí decir al maestro Mustafá, ¿no es musulmán el que en su viaje espiritual recibe la llovizna como regalo de la misma fuente del Creador?

- En todas las religiones hay personas buenas, que se afanan por la gente sin darse cuenta siquiera; y gente abyecta que sólo busca el beneficio propio a costa siempre de los demás. Ésa es la única verdad."

El collar de la memoria puede leerse como la crónica íntima de una época fascinante. Uno de los aspectos que me ha interesado más de la novela es la movilidad del protagonista, siempre a merced de una fortuna cambiante. Es curioso que Torres llegue a ser servidor de Francisco de los Cobos, un personaje sobre el que leí hace poco en el ensayo de Bartolomé Bennassar, Los españoles, actitudes y mentalidad del siglo XV al XIX, un hombre nacido de una familia hidalga humilde que ascendió socialmente hasta convertirse en el Secretario de Estado del emperador Carlos V.

No cabe sino felicitar a Francisco Javier por haber concebido una novela tan bien proporcionada en acción y reflexión y que le ha hecho crecer una vez más como escritor. A su profundo conocimiento de las vicisitudes y pensamiento de la época se une una cada vez más evidente maestría literaria: se nota que esta historia llevaba tiempo rondándole y cuando por fin la ha plasmado sobre el papel lo ha hecho con un cariño inmenso por su personaje y por los escenarios por los que se mueve, sobre todo ese eje Granada-Almuñecar. Para mí ha sido una gozosa cuenta más en el collar de mis lecturas, tal y como me sugiere en su generosa dedicatoria. 

domingo, 19 de octubre de 2014

RELATOS SALVAJES (2014), DE DAMIÁN SZIFRÓN. MÁS ALLÁ DEL PRINCIPIO DE ENTROPÍA.

Una de las más notables conquistas de la civilización humana ha sido la de organizar la sociedad a través de las leyes, dotando a ésta de un aparente orden. Esto es lo que hace que las cosas funcionen, que la gente se sienta segura. Pero seríamos muy ingenuos si pensáramos que esta armonía artificial es una ley de la naturaleza. En realidad lo que dice la física es que cualquier sistema organizado termina tendiendo al desorden, a la entropía. Y esto sucede con mayor facilidad de lo que podemos pensar, hasta el punto de que muchos científicos piensan que la entropía será lo que finalmente acabará con el universo (dentro de miles de años, por fortuna). Pero nuestras vidas no se miden en esos enormes lapsos temporales. Son meros destellos en la inmensidad espacial y temporal de todo lo que existe, aunque es necesario que las consideremos importantes. Sin embargo, es indudable que de vez en cuando metemos la pata y nos convertimos en seres patéticos. A veces basta una pequeña chispa para que nuestro orden social, que tantos siglos ha costado construir, salte por los aires y nos domine el mucho más vetusto atavismo. Porque, es indudable que después de tantos miles de años de evolución, seguimos siendo, en el fondo, animales salvajes.

Y esta es la tesis que siguen, con grandes dosis de humor negro, estos Relatos salvajes firmados con maestría por el argentino Damián Szifrón. Porque a veces las bodas no salen como estaba previsto, pueden ponernos una multa de aparcamiento donde no hay señal alguna de prohibición o nos vemos envueltos en una seria pelea de tráfico por los motivos más nimios. Casi siempre conseguimos ser racionales ante situaciones desagradables o imprevistas, pero a veces estallamos. Puede que el enfado se zanje con algunos insultos, pero en ocasiones el asunto se vuelve más serio y realizamos acciones de las que podemos llegar a arrepentirnos. Es difícil mantener la cabeza fría ante ciertas situaciones.

A pesar de tanta seriedad en mi discurso, la película de Szifrón no es más que un mero divertimento, aunque extraordinariamente bien realizado, que mantiene un magnífico nivel en todos sus episodios, historias independientes unidas por dos términos: venganza y misantropía. Como espectador no me cabe duda de que usted se lo va a pasar en grande viéndola, pero como ser humano estoy seguro de que en determinados momentos va a sentir pequeñas oleadas de desasosiego al reconocer (espero que como mero testigo), algunas de las situaciones que retrata Szifrón que, aunque tremendamente exageradas, no dejan de estar inspiradas en la vida cotidiana. Van a reírse, pero a veces van a sentir un íntimo malestar por haberlo hecho. Porque pocas veces van a ser testigos de un humor tan cruel y tan negro. Negrísimo. De entre todos los episodios, que son para enmarcar, yo destacaría La propuesta, una visión tan ácida de la mezquindad y la miseria humanas que parece ideada por un Billy Wilder en estado de gracia, que contiene una moraleja muy incómoda: retorciendo la antigua idea de una crisis es una oportunidad, cabría decir que es explotando el infortunio ajeno como los canallas hacen su fortuna.

viernes, 17 de octubre de 2014

LA ISLA MÍNIMA (2014), DE ALBERTO RODRÍGUEZ. LOS FANTASMAS DEL SUR.

Como sucedía con su anterior trabajo, Grupo 7, la nueva película de Alberto Rodríguez parte de unas claras premisas históricas y geográficas. Si aquella nos trasladaba a una Sevilla marginal de la época en la que se preparaba la Exposición Universal del 92, esta nos retrotrae a diez años antes, cuando la famosa transición democrática estaba por consolidarse y España caminaba a trompicones deslumbrada por la modernidad de las nuevas libertades mientras oía a sus espaldas un ruido de sables apenas disimulado. Pero si estos cambios eran bastantes obvios en las ciudades, llegaban con mucha más prudencia al ámbito rural, todavía dominado por el caciquismo, por el señorito que hacía y deshacía a su antojo la vida laboral de los jornaleros más humildes. Si en algo se notan los nuevos aires en el pueblo marismeño al que van a parar los dos protagonistas es en la presencia, ya sin miedo, de sindicalistas agrarios que incitan a los vecinos a ejercitar el flamante derecho de huelga que recoge la flamante Constitución, aprobada un par de años antes y de la cual nadie apostaría que vaya a durar otro bienio. 

Pedro y Juan son dos policías tan antagónicos que casi pueden servir como representantes de las dos Españas del momento. Pedro es un detective joven y prometedor, que se toma en serio su trabajo e intenta ser cumplidor de la legalidad vigente. Siente grandes suspicacias respecto a su compañero, un policía con un turbio pasado franquista, bebedor y dado a la violencia. Pero, después de todo, hay algo que los une: su aspecto de seres atormentados, nada felices, como si al ejercer la tarea de buscar a dos jóvenes desaparecidas conllevara una especie de condena personal. Quizá porque intuyen que el final del asunto no va a ser nada agradable. Mientras investigan, descubren el microcosmos de un pueblo de la España profunda, donde el único anhelo de la gente más joven es marcharse, porque intuyen que en aquel lugar el futuro es tan inamovible como el pasado. Las imágenes que imprime Alberto Rodríguez a la narración sugieren una violencia latente bajo la superficie de la naturaleza salvaje del lugar, salvo las hermosas tomas aéreas del principio, que evocan la idea de una pureza distante, porque a esas alturas, los hombres parecen hormiguitas. No es raro que un sitio como aquel atraiga a un periodista del periódico El Caso, muy popular en aquella época, quizá la única persona a la que le interesa que el final de la historia sea lo más truculento posible.

Puede que el moraleja de la película sea simple: la mejor manera de atraer a la gente hacia su perdición es apelar a sus más profundos deseos, ya sean estos desaparecer de su pueblo y obtener un trabajo en la Costa del Sol (tierra de la gran promesa en aquel entonces) o tener una pequeña aventura con el muchacho más guapo de los alrededores. Aquí estos deseos sirven como catalizador de la vileza más absoluta. Todo recuerda a la repugnancia de asuntos como el de las niñas de Alcàsser o el de Rocío Wanninkhof, alimentados por el morbo de la gente que desea conocer los menores detalles y recrearse en ellos. En 1980 era El Caso el que cumplía esta labor social. Hoy serían las televisiones privadas las que mandarían a sus mejores profesionales a cubrir el suceso, estableciendo conexiones en directo con el pueblo de las niñas desaparecidas cada cinco minutos para conocer las novedades y tratando de mostrar las imágenes más sórdidas a su público. 

La isla mínima es una de las mejores películas que ha dado el cine español en los últimos años. De una factura técnica perfecta, funciona a varios niveles y deja al espectador, cuando abandona la sala, con una dulce sensación de desasosiego. Rodríguez consigue dotar a su historia de un toque muy personal, aunque beba de fuentes tan obvias como el cine de David Lynch o la reciente serie True detective. Si esta producción marca el camino de lo que va a ser nuestro cine en los próximos años, bienvenida sea. Ya iba siendo hora que una nueva hornada de directores empiece a explorar temas distintos a los habituales. Nuestro pasado y nuestras vicisitudes como país son una materia prima excepcional para hilvanar buenas historias.

jueves, 16 de octubre de 2014

EL VIAJE A LA FELICIDAD: LAS NUEVAS CLAVES CIENTÍFICAS (2005), DE EDUARDO PUNSET. EL SENTIMIENTO MÁS ESQUIVO.

A veces se nos olvida que somos fruto de la evolución. Que arrastramos un pasado remoto dominado por los instintos y por las emociones más que por lo que hoy denominamos racionalidad. Por ejemplo, todavía nos cuesta abandonar la sensación de relación de causalidad en mucho de lo que nos pasa, cuando nos rodea el imperio del azar y la casualidad. Hay algo que compartimos con algunos animales: son las emociones, que están presentes en la zona más primitiva de nuestro cerebro y que pueden desarrollarse también de modo colectivo, convirtiéndose a veces en un fenómeno contagioso:

 "En cualquier tiempo y lugar los seres humanos han compartido el mismo repertorio emocional básico. Esta universalidad de las emociones básicas supone un argumento adicional a favor de su naturaleza biológica. Pero esto es verdad también, no sólo respecto a las emociones grupales sino, y sobre todo, a las emociones individuales."

En cualquier caso, hay algo envidiable en los animales: no suelen preocuparles problemas abstractos ni se angustian por el futuro. Son capaces de vivir el momento presente de manera absoluta, algo muy complicado para nosotros. Si una gacela se libra, por ejemplo, del ataque de un león, seguirá su vida como hasta ese momento. Si eso le sucede a un ser humano, lo más seguro es que interiorice un trauma para toda la vida.

En su viaje a la felicidad, Punset parte del hecho de que, gracias al progreso, la esperanza de vida humana ha aumentado en el último siglo unos cuarenta años. Si el hombre de antaño venía al mundo fundamentalmente para dejar descendencia, ahora la vida es mucho más larga y compleja. La búsqueda de la felicidad deviene en un factor fundamental para una existencia plena (en la Declaración de Independencia de Estados Unidos reconoce el derecho a ser feliz como uno de sus derechos fundamentales) y es posible que la ciencia nos eche un cable para llegar sin muchos contratiempos al destino. 

Una de las afirmaciones más sorprendentes de El viaje a la felicidad, es que muchas de nuestras decisiones, incluso las más importantes, son más emocionales que racionales. Si quisiéramos racionalizarlo todo, sopesando serenamente los pros y los contras, jamás podríamos decantarnos por nada: las emociones se encuentran muy presentes en el inicio y en el final de todos los proyectos humanos. Pero lo verdaderamente importante es consolidar esa sensación que siempre nos es tan esquiva. Podemos identificar felicidad con serenidad vital, con ausencia de miedo. Por eso los ciudadanos sometidos en regímenes totalitarios jamás pueden ser felices. Lo mejor es ser humildes en nuestras ambiciones materiales y cultivar otro tipo de aspiraciones, mucho más satisfactorias, evitando compararnos con los demás, lo cual solo puede generar frustración:

"(...) el aumento de los niveles de infelicidad en el mundo de hoy se explicaría por una inversión excesiva en bienes materiales, en detrimento de valores de mantenimiento más intangibles."

Hay otra aseveración bastante insólita, teniendo en cuenta los valores de la sociedad actual, que yo solo dejo caer aquí, una apelación a una paternidad responsable y bien meditada:

"Aunque se suela decir que los niños son una de las mayores fuentes de alegría de la vida, las investigaciones recientes revelan que cuidar de los niños no es ni divertido, ni contribuye significativamente a la escala de felicidad, sino al contrario. «Si contabilizamos todo el tiempo que los padres pasan con sus hijos -dice Norbert Schwarz, catedrático de Psicología de la Universidad de Michigan-, el cuadro no es muy positivo. En la escala de preferencias de Kahnemann, educar a los hijos figura detrás de llevar una vida social, comer, ver la televisión o echar la siesta, entre otros. De hecho, cuidar de la prole es una tarea obligatoria y el ánimo que muestra la gente cuando se ocupa de realizar dicha tarea no es particularmente positivo si se compara con otras actividades»."

Y también merece la pena reflexionar sobre ésto: el fomento del consumo de bienes que apenas sacia el hambre de nuevos productos, no es más que una trampa sin salida:

"Por una parte, resulta que a medida que aumenta el nivel de la renta, también crece el nivel considerado necesario para volver a sentir placer. Y, por otra parte, la tendencia a compararnos socialmente con los demás genera grandes dosis de frustración que la escalada del dinero no puede apaciguar."

La felicidad se construye en suma, restando necesidades superfluas y sumando emociones positivas que terminen siendo una norma para la comunidad. Las emociones individuales suelen tender a garantizar la supervivencia, las grupales son mucho más complejas y son la clave de una vida plena: es necesario que tengan sentido, que sean constructivas, que otorguen seguridad y destierren el sentimiento de angustia. Proteger la intimidad personal y desarrollar una identidad colectiva basada en la libertad, la igualdad y en unos derechos fundamentales de obligado cumplimiento. Esa es la fórmula. ¡Sin olvidar la capacidad de reírse de uno mismo!

lunes, 13 de octubre de 2014

GRUPO 7 (2012), DE ALBERTO RODRÍGUEZ. SEVILLA CONNECTION.

A principios de los años noventa, cuando aún no había sido inaugurada la Exposición Universal de 1992, realicé en solitario un par de viajes a Sevilla. Con la excitación de pasear por tan hermosa ciudad, recorrí amplias zonas del centro histórico y advertí que algunos de sus barrios más antiguos se encontraban muy deteriorados, hasta el punto de que era peligroso pasear por ellos, algo que también sucedía en aquella época en Málaga. A mí, dominado por esa sed voraz de contemplar a mis anchas una ciudad distinta a la mía, no me importó demasiado. Más bien me parecía muy sugestivo el contraste entre esas viviendas tradicionales apuntaladas y a punto de derruirse con el esplendor decadente de aquellos conventos y templos barrocos. Recuerdo que cerca de la iglesia de San Luis me sucedió un incidente desagradable, cuando se me acercaron un par de tipos a pedirme dinero, pero aceleré el paso y no pasó nada. La ciudad estaba viviendo todavía años complicados, los años que refleja Grupo7, cuando el gobierno encargó a la policía que limpiara las calles de tráfico de drogas, con vistas a ese escaparate mundial que iba a ser la Expo, ese proyecto pionero que abrió la veda de las obras faraónicas y de escasa utilidad en nuestro país.

Si hay algo que refleje con acierto la película de Alberto Rodríguez es que la lucha contra la droga es algo sucio, que impregna de corrupción todo lo que toca, incluidos los paladines de la justicia, algo que ya habíamos visto en toda suerte de producciones extranjeras. Pero verlo reflejado aquí, en un lugar que uno conoce muy bien, produce una sensación extraña, como un reconocimiento de verosimilitud respecto a lo que se está contemplando en la pantalla. Volviendo la vista atrás, uno se espanta al reflexionar acerca del impacto de la heroína en las calles en aquel tiempo, las vidas que lastró y los problemas de inseguridad que causó en barrios enteros. Que la respuesta de las autoridades fuera casi exclusivamente represiva, dice mucho de los errores que se han ido acumulando en todas estas décadas de lucha contra la droga. Para realizar su tarea con un mínimo de efectividad, los miembros del Grupo 7 no tienen más remedio que anticiparse a los métodos de los grupos de traficantes que infestaban Sevilla: ser más violentos que ellos, exhibir más mala leche, amenazar y torturar sin prejuicios para obtener información y entrar de lleno en su mundo, aprovechando de paso para ganar algún dinero a través de alianzas con unos clanes en detrimento de otros.

Si se piensa bien, eran los únicos métodos que podían funcionar si se quería limpiar la ciudad en un tiempo récord: sembrar el terror entre los criminales, obviando las garantías judiciales y constitucionales. Lo mejor de Grupo 7 es haber reflejado a la perfección el ambiente de esa época y de la vida cotidiana de estos soldados, que se juegan la vida todos los días para que sus jefes puedan ofrecer ruedas de prensa, orgullosos de los grandes alijos capturados. Rodríguez filma a la perfección persecuciones en los ambientes degradados en los que se movía la droga, testigos del infierno cotidiano en el que tanta gente se movía. Hay algunas escenas impactantes, filmadas con mucho oficio: la lluvia de objetos contra los policías, cuando llegan a un enorme y decrépito bloque de viviendas a realizar una redada o la vejación de la que son objeto cuando son capturados por uno de los clanes. Todo rodado con pasión y un oficio que va a verse corroborado con la magnífica La isla mínima.  

Grupo 7 destila autenticidad por los cuatro costados. Muestra aquella cara de la sociedad que los políticos quisieran esconder y la existencia cotidiana de los antihéroes encargados de limpiarla. Ni que decir tiene que las imágenes de las obras de la Expo 92 van sucediéndose para recordarnos que la corrupción se movía también en niveles mucho más elevados. Mención especial para todos sus intérpretes, incluido un Mario Casas que demuestra que está preparado para cualquier tipo de papel, y no solo los que se basan en su físico.  

viernes, 10 de octubre de 2014

UN SILENCIO INQUIETANTE (2010), DE PAUL DAVIES. ¿ESTAMOS SOLOS?

En las noches claras, es bueno acudir de vez en cuando al campo y pasar un rato mirando al cielo. Miles de estrellas iluminan el firmamento y puede observarse con claridad uno de los brazos de espiral que forman la Vía Láctea, la galaxia a la que pertenecemos. Teniendo en cuenta que lo podemos admirar no es más que una parte insignificante del Universo, la imaginación no puede más que desbordarse y pensar en la posibilidad, estadísticamente probable a primera vista, de que existan otros seres inteligentes allá arriba, civilizaciones que se han expandido a otros mundos y que quizá algún día lleguen al nuestro. El proyecto SETI nació de la voluntad de unos pocos científicos de embarcarse en una búsqueda tan improbable como fascinante: la captación de señales electromagnéticas que evidencien la existencia de otras civilizaciones más allá del Sistema Solar, donde podemos estar bastante seguros de que solo existe vida en el planeta Tierra.

¿Pero es la existencia de billones de otras estrellas garantía suficiente para que la vida se haya abierto paso en un proceso similar al que se ha dado durante millones de años en nuestro planeta? Davies se muestra escéptico al respecto. Los acontecimientos que dieron lugar a las complejas formas de vida que somos nosotros mismos, quizá sean irrepetibles, puesto que ha sido fruto de condiciones singulares en las que el azar y lo improbable han jugado un papel decisivo. Somos una anomalía extraña y privilegiada, quizá los únicos seres conscientes que pueden contemplar el Universo. Si alguna vez se descubre que no es así, se tratará de la noticia más relevante de la historia:

"Si alguna vez descubrimos signos inconfundibles de una inteligencia alienígena, saber que no estamos solos en el universo acabará impregnando todas las facetas de la búsqueda humana del conocimiento. Alterará irreversiblemente nuestra forma de vernos a nosotros mismos y nuestro lugar en el planeta Tierra. El descubrimiento se situaría a la altura de los de Copérnico y Darwin como uno de los grandes eventos transformadores de la historia humana. Pero pasarían décadas antes de que la gente se acomodara a la idea y su verdadera significación quedase establecida en firme, tal como ocurrió con la cosmología heliocéntrica y con la evolución biológica."

Pero es que esta búsqueda, mucho más complicada que la típica metáfora de la aguja en un pajar, requiere que los extraterrestres hayan accedido a los conceptos de ciencia y cultura, una conquista humana, también plenamente azarosa:

"Si descubrimos una civilización extraterrestre que ha encontrado la ciencia, sería un indicio fuerte de que, en efecto, existen leyes universales de organización social e intelectual. Igual que hay leyes universales de la física."

En cualquier caso, el programa de búsqueda SETI tiene unas limitaciones casi insalvables:  depende de que nuestros vecinos galácticos cuenten con una tecnología similar a la nuestra en cuanto a emisiones de radio. Y también de que no se hallen demasiado lejos. Cuanto más alejado se encuentra un planeta, más tiempo tardarían en llegarnos sus hipotéticas emisiones. Una conversación de un par de frases con los extraterrestres podría llevarnos siglos. Además, debemos contar con el auge y la decadencia de las presuntas civilizaciones de la galaxia. Quizá existió vida hace algunos millones de años a unos pocos años luz, pero se extinguió y no tenemos manera de acceder a esa información...

Existen alternativas, por supuesto, pero dependen también del azar. Por ejemplo, que los extraterrestes tomen la iniciativa de visitarnos (y no hay que creer en esas historias de ovnis y humanoides, porque, de existir, estos seres serían inconcebiblemente distintos a nosotros). O que se hayan paseado por nuestro Sistema Solar en algún momento de su historia y dejaran algún recuerdo en forma de baliza o satélite artificial, o que resulten ser seres tan inimaginables que ni siquiera alcancemos a percibirlos. Quizá sean seres tan avanzados que se hayan fusionado con sus máquinas y su existencia sea más espiritual que material... o suceda lo contrario, que se trate de seres primitivos o no racionales. No podemos saberlo. Solo caben las especulaciones y las fantasías de la literatura de ciencia ficción. Quizá lo más sensato sea lo que propone Davies: centrar la búsqueda en nuestro propio planeta, no de seres extrarrestres, sino de seres vivos que provengan de un tronco distinto al del resto. Eso probaría que la vida es un fenómeno común y nos daría muchas más evidencias acerca de la existencia de un Universo repleto de otros seres. 

A pesar de todo, hay que seguir intentándolo, puesto que el premio es demasiado importante como para merecer el esfuerzo. Con el tiempo, se irán desarrollando nuevas técnicas, la mente se proyectará hacia el futuro y es posible que demos con el secreto de la vida. Para entonces quizá, aunque no tengamos evidencias empíricas, podremos estar más seguros acerca de si estamos o no solos en el Universo. Mientras tanto solo cabe soñar. Es curioso que el escéptico Davies dedique una parte de su libro a imaginar lo que sucedería si llegara ese día, la presión a la que se sometería a los científicos que descubrieran una señal artificial o cualquier otra prueba. Seguro que ha reflexionado mucho acerca de esa hipotética jornada, la del mayor descubrimiento de la historia de la humanidad que quizá nunca llegue. Leer el libro de Paul Davies, que suma el rigor científico con las más extraordinarias especulaciones, es una tarea fascinante.