viernes, 21 de septiembre de 2018

AFRODITA DESENMASCARADA (2017), DE MARÍA BLANCO. UNA DEFENSA DEL FEMINISMO LIBERAL.

El movimiento feminista no solo consiste en la vertiente que reivindica cambios legislativos y ayudas estatales a la mujer como colectivo favorecido. Existe un feminismo que se autodenomina liberal, formado por mujeres profesionales de éxito que estiman que la labor de profundizar en la igualdad es necesaria, pero que debe realizarse sin ayuda de las administraciones públicas, para que la mujer no termine siendo un ser dependiente de los vaivenes gubernativos de turno. Además, pretenden que las reglas del campo de juego que constituye una economía libre sean iguales para todos y que las recompensan provengan de los méritos individuales, no de la pertenencia a un género tradicionalmente desfavorecido, pero que ya hace décadas que cuenta con leyes que inciden en la igualdad entre todos los individuos.

Otro de los problemas que Blanco detecta en el feminismo imperable es el eterno victimismo del que hacen gala sus integrantes, cuando la victiminización permanente es el mayor obstáculo para superar problemas (me recuerda esta afirmación a un ensayo que leí hace mucho tiempo, La tentación de la inocencia, de Pascal Bruckner). Así pues, se trata de una realidad que alimenta los más diversos intereses políticos, que en este caso concreto pueden flirtear con un peligroso populismo, como una lucha permanente contra el mal que nunca puede llegar a ganarse del todo, pero en la que conviene estar alerta y con los ojos prestos para denunciar cualquier actitud identificada con el machismo en cualquier momento:

"Solamente hay una reivindicación: nadie tiene el monopolio de lo que piensan las mujeres, ni del feminismo auténtico, ni de la femineidad. La posmodernidad del siglo XXI se ha teñido de politización, y los ideales, los viejos y los nuevos, se han podrido. Uno de ellos, el feminismo, ha mutado a plaga. La honorable causa de muchas mujeres que lucharon por conseguir la igualdad ante la ley o acceso a la educación, y que se enfrentaron a los prejuicios sociales, religiosos o culturales, esa causa es, hoy día, una pandemia que equivoca a unos y alimenta a otros, por obra y gracia de los intereses políticos"

Porque hay muchos políticos sin escrúpulos que van a unirse - y liderar si pueden - al viento que más fuerte sopla en cada momento. La cuestión es seguir sobrealimentando la cuestión, detectar micromachismos, acusar a todos los hombres de agresores potenciales y seguir gritando que España es un país inseguro y violento, a pesar de que las cifras de violencia de género son de las más bajas de Europa (eso sin examinar cada caso concreto, puesto que parece que interesa que todos entren en el mismo saco, aunque alguno esté protagonizado por algún pobre anciano con alzheimer). Esto no quiere decir que haya que dejar de lado el problema, que existe, pero ya va siendo hora de abordarlo desde lo racional, no desde lo emocional. Está muy bien indignarse y romperse las vestiduras frente a la injusticia, pero examinar las circunstancias de cada caso es una política mucho más inteligente que acusar a una especie de conspiración o terrorismo (el terrorismo exige una organización humana que no existe en estos casos) de carácter machista, de una estadísticas que permanecen prácticamente inamovibles año tras año, por lo que las presuntas soluciones que se han aplicado hasta el momento no parecen las más efectivas.

En un cierto momento la autora llega a referirse al clima actual como inquisitorial, como una especie de dictadura de lo políticamente correcto que transmite a las mujeres lo que deben pensar y al hombre una larguísima serie de instrucciones para no resultar ofensivos en las relaciones con el otro sexo. A veces la situación se hace tragicómica, como cuando una ministra afirma que cualquier acto sexual sin el consentimiento expreso de la mujer sea delito, lo cual seguramente eliminaría frescura las relaciones entre parejas. Pero la deriva más peligrosa de todo esto es que se termine eliminando la idea de presunción de inocencia, pilar fundamental de cualquier Estado de derecho, para dar credibilidad absoluta a cualquier acusación en estos casos. Al final lo que se consigue con estas medidas es que el Estado trate a la mujer como un ser menor de edad que necesita protección constante, que no es capaz de decidir por sí misma y que no tiene que asumir las consecuencias negativas de sus decisiones erróneas. Parece que nos quieran llevar a un mundo con mucha más conflictividad que igualdad: 

"Lo que hace todo más confuso y más inmoral aún es que están poniendo en práctica justamente lo que denuncian. Victimizar a la mujer no es empoderarla. Demonizar al hombre no es empoderar a la mujer. Marcar la ruta de cada mujer no es empoderarla. Someter al escarnio a aquella que no elige lo mismo que tú no es empoderarla. Financiar tus logros con dinero público no es empoderar a la mujer, sino hacerla dependiente de un Gobierno determinado. Fomentar el discurso del odio no ayuda a la convivencia en igualdad de condiciones ante la ley. La definición del mundo y de la salvación del infierno del heteropatriarcado por parte de «las iluminadas» y su imposición al resto tiene más de inquisición que de otra cosa."

Resulta muy interesante leer un ensayo como Afrodita desenmascarada. Uno no tiene por qué estar de acuerdo con todo lo que expone la autora, pero resulta un soplo de aire fresco comprobar que existen tendencias que intentan racionalizar la idea del feminismo y su aplicación práctica, lo cual puede generar un necesario debate que enderezca un tanto un barco que parece ir a la deriva. Y lo principal: aunque muchos no lo reconozcan, existe miedo. Miedo a debatir, a decir lo que se piensa (siempre con educación frente a quien opina distinto) y sobre todo miedo a ofender a quienes definen cualquier idea distinta a las suyas como una agresión.

viernes, 14 de septiembre de 2018

LOS AMORES DIFÍCILES (1970), DE ITALO CALVINO. CUENTOS DE INQUIETUD.

Los cuentos de Italo Calvino están forjados en levedad y exactitud, dos de los términos que proponía en sus famosas Seis propuestas para el próximo milenio. En ellos no falta ni sobra nada. Los que están enmarcados estrictamente como amores difíciles, son retazos de vida que plantean situaciones singulares. En unos ya existe una relación amorosa, en otros es posible y en varios de ellos solo lo sería en la imaginación del protagonista. En ocasiones se nos presenta a alguien, como en La aventura de un lector, bastante pasivo, con el interés dividido entre la pasión por las ficciones y la posible aventura amorosa que podría conseguir con su vecina de playa. Calvino lo resume así (y de paso traza un estupendo retrato del espíritu de muchos lectores):

"Desde hacía un tiempo Amedeo tendía a reducir al mínimo su participación en la vida activa. No es que no le gustara la acción; más aún, del gusto por la acción se alimentaban todo su carácter y sus preferencias; y sin embargo, de año en año, el furor de ser él quien actuaba iba disminuyendo, disminuyendo tanto que era como para preguntarse si alguna vez lo había sentido realmente. No obstante, el interés por la acción sobrevivía en el placer de la lectura: su pasión eran siempre las narraciones de hechos, las historias, la trama de las vicisitudes humanas."

Otros, como el protagonista de La aventura de un soldado, junto al que se sienta una atractiva viuda recién llegada a su vagón, son mucho más audaces, pero con una audacia contenida, estratégicamente racionada y que sabe que no le va a llevar a ningún sitio, más allá de un breve momento de excitación. También viaja en tren Federico en La aventura de un viajero. En este cuento magistral no se expone la aventura amorosa en sí, sino las expectativas de la misma, el placentero viaje cuyo destino es el ser amado con quien se va a pasar un fin de semana con todas las posibilidades intactas. Otros cuentos son más tragicómicos, como La aventura de una bañista: la crónica de una mujer angustiada que, nadando en el mar, ha perdido la parte de abajo de su bikini y no sabe cómo resolver tan vergonzosa situación.

Pero donde el libro se vuelve verdaderamente excelso es en sus dos relatos finales, separados del resto y de extensión notablemente más larga. La hormiga argentina tiene aires como de Cortázar. Trata de la desgracia de una pareja de inmigrantes que se traslada a una zona rural en busca de una vida rural y encuentran la casa donde van a habitar tomada... por las hormigas. La hormiga argentina se describe aquí como un enemigo implacable, que se multiplica por millones y contra el que no existen soluciones eficaces. Ante la desesperación de su situación, los protagonistas consultan a sus vecinos, pero todos parecen haberse resignado a la invasión y convivir con ella lo mejor posible, cada uno intentando encontrar soluciones, pero sabiendo que en el fondo la hormiga ganó la partida hace mucho. Quizá la mejor actitud sea negar su existencia, no ver lo que se tiene delante de los ojos y continuar con la vida. 

En La nube de smog también el problema es colectivo, pues afecta a toda una ciudad, que se pudre bajo una nube de suciedad que lo impregna todo. El protagonista, que solo quiere vivir la vida sin demasiadas expectativas de futuro, se mueve entre una habitación sórdida, pero a la que acaba considerando un hogar, un trabajo aburrido y una novia rica y frívola, con la que podrá contemplar desde fuera, cuando realizar una excursion a las afueras, la verdadera extensión del problema, otra de esas cuestiones que todos pueden ver y padecer, pero que a nadie le apetece, en el fondo, solucionar, puesto que es algo llevadero cuando uno se acostumbra a convivir con él. Quizá estos cuentos sean una reivindicación irónica de un cierto estoicismo vital.

jueves, 13 de septiembre de 2018

ASCENSO Y CAÍDA DE ADÁN Y EVA (2017), DE STEPHEN GREENBLATT. BUSCANDO EL PARAÍSO PERDIDO.

Durante siglos la historia de Adán y Eva ha fascinado de muy distintas maneras a numerosas generaciones de seres humanos. Yo mismo, en cuanto la escuché por primera vez en el colegio, no pude dejar de sentir un íntimo sentimiento de indignación, una especie de reproche a aquellos seres que nos habían arrebatado por puro egoísmo aquel jardín paradisiaco al que debíamos pertenecer por derecho. Si las cosas andaban mal en el mundo, no era porque Dios lo hubiera fabricado de manera defectuosa, sino porque el hombre había precipitado su propia caída. Y es que lo primero que se siente frente a un relato con tanta fuerza de evocación es que uno está ante una de esas muestras de literatura primordial que demuestran la perenne fuerza de la narrativa humana, nuestra infatigable curiosidad y las ganas de explicarlo todo, aunque sea con un relato de corte fantástico que adquirió tanta fortuna que terminó siendo creído a pies juntillas por millones de seres humanos:

"La historia de Adán y Eva nos habla a todos nosotros. Habla de quiénes somos, de dónde venimos, por qué amamos y por qué sufrimos. La vastedad de su alcance parece formar parte de su propósito. Aunque representa una de las piedras angulares de tres de las grandes religiones del mundo, es anterior, o pretende ser anterior, a cualquier religión en concreto. Recoge la extraña forma en que nuestra especie trata el trabajo, el sexo y la muerte —‌rasgos de la existencia que compartimos con todos los demás animales— como objetos de especulación, como si dependieran de algo que hubiéramos hecho, como si todo hubiera podido ser distinto."

La primera sorpresa que puede llevarse el lector de Ascenso y caída de Adán y Eva, es que dicha historia recoge una tradición muy anterior a los primeros relatos recogidos por los judíos. Ya en Babilonia se escribieron mucho antes relatos similares y debió de ser durante su cautiverio en esta región cuando algunos judíos empezaron a adaptar dicha historia a su propia religión. Bien es cierto que creer de manera literal en un relato tan fantástico plantea múltiples complicaciones, preguntas que se han ido planteando a lo largo de los siglos desde el más humilde agricultor al más prestigioso teólogo: ¿cómo es posible que una sola pareja llegara a multiplicar de seres humanos toda la Tierra? ¿cómo es que Dios, en su infinita sabiduría no pudo anticipar lo que iba a suceder? Ya Filón de Alejandría, a principios de la era cristiana, propuso interpretar el relato como algo más alegórico que real, una especie de fábula plena de sabiduría.

Frente a las interpretaciones alegóricas, se alzó la inmensa - para la cristiandad - figura de San Agustín, que dedicó buena parte de su vida a estudiar el relato de la creación y estableció como dogma de fe la verdad literal de las palabras del Génesis, hasta el punto de asegurar que todos los seres humanos nacían con una especie de pecado original que nos habían transmitido nuestros primeros padres y que solo el sacrificio de Jesucristo, el nuevo Adán, había podido redimir. Eso sí, cualquier niño no bautizado o cualquier pagano que muriera sin haberse convertido a la religión de Cristo, estaba irreversiblemente condenado. Eso incluía a todas las generaciones que habían existido antes de la llegada del Redentor. La influencia teológica de San Agustín llega hasta nuestros días: todavía hoy son millones las personas que declaran creer literalmente el relato de lo acontecido en el jardín del Edén.

Evidentemente, una vez establecida como indiscutible poder temporal y espiritual, la Iglesia aprovechó para alterar el relato de Adán y Eva y dotarlo de una conveniente misoginia, culpabilizando a Eva casi por completo de la caída, lo cual justificaba con creces que fuera considerada un ser inferior, alguien que debía sumisión al marido y que no debía escalar a posiciones de poder. El influyente Tertuliano, uno de los padres de la Iglesia, dejó escritas cosas como ésta:

"¿Y acaso no sabes que eres Eva? Sigue viva en esta época la sentencia pronunciada por Dios contra ese sexo: la culpa debe necesariamente seguir viva. Tú eres la puerta del diablo; tú eres la que rompiste el sello de aquel árbol (prohibido); tú eres la primera desertora de la ley divina; tú eres la que convenciste a aquel al que el diablo no fue capaz de atacar. Tú fuiste la que destruyó con tanta facilidad a la propia imagen de Dios, al hombre. Fue por lo que tú merecías, la muerte, por lo que incluso el Hijo de Dios tuvo que morir. ¿Y todavía piensas en ponerte galas sobre las túnicas de tu piel?"

Con la llegada del Renacimiento, la historia de Adán y Eva pasó plenamente a ser un tema artístico muy popular, un excusa perfecta para plasmar la perfección del cuerpo humano. Algunos intelectuales, sin poner en duda la veracidad del relato, empezaban a plantearse preguntas peligrosas, que no podían ser realizadas en ámbitos públicos si no querían ser protagonistas de un auto de fe. Greenblatt dedica varios capítulos a John Milton, el creador del más bello poema dedicado a nuestros presuntos primeros padres. El paraíso perdido es la vez un canto a la fe y la libertad a la hora de interpretar la misma. El siglo XVIII, el de la Luces, sí que daría lugar a auténticas andanadas contra la ortodoxia católica, precedidas por la publicación del famoso Diccionario histórico y crítico, de Pierra Bayle y posteriormente del Diccionario filosófico, de Voltaire, mucho más irónico y directo en sus ataques a la religión. La puntilla a la credibilidad de la historia de Adán y Eva llegó con la publicación de El origen de las especies de Charles Darwin. Libro polémico como pocos, dotado de un rigor científico pocas veces igualada, la tesis de Darwin era absolutamente incompatible con la creación de seres humanos perfectos con el mismo aspecto del hombre actual: la evolución había sido un proceso lento y complicado, en el que no había lugar para un Creador de todas las cosas.

En cualquier caso, el remoto relato recogido al principio del Génesis, sigue manteniendo intacta su capacidad de fascinación porque, aunque no se pueda ya leer literalmente como un suceso real, sí que contiene enseñanzas muy profundas acerca de la naturaleza humana, del anhelo de conocimiento propio de nuestra condición y de la esperanza íntima que yace en cada uno de nosotros de que alguna vez seremos capaz de retomar nuestra originaria condición paradisíaca.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

SIN AMOR (2017), DE ANDREY ZVYAGINTSEV. EL NIÑO PERDIDO.

Desde el punto de vista de la gente más tradicional, la crisis de la familia empezó hace ya mucho. Los matrimonios ya no son santificados y los hijos son víctimas de las frecuentes desavenencias y separaciones de sus padres (en España el porcentaje de divorcios creo que anda por el cincuenta por ciento). Pero la situación que plantea Sin amor, es todavía más dramática. Se trata de una pareja joven que tuvo un hijo de manera irresponsable, ya que al espectador le da la impresión de que nunca hubo amor entre ambos, solo el capricho de estar juntos. Boris y Zenhya son dos seres egoístas, que jamás sacrificarían lo más mínimo por el bien de su hijo, al que más bien consideran un estorbo, un obstáculo que impide que la deseada separación sea un proceso fácil. Para ellos el jovencísimo y inocente Alyosha es un ser culpable, culpable de haber nacido y de tener necesidades. Cada uno de ellos trata de endosar al otro la responsabilidad de su cuidado. 

La desesperación del crío llega al límite ante este panorama de conflictos y desprecios y decide desaparecer, pues a sus doce años ya sabe que su futuro es muy negro y que es una carga para su familia: esta será la trama principal de una película que aprovecha esta tesitura para ofrecernos un panorama tan desolador de la Rusia actual como esos paisajes invernales en los que parece que el calor no llegará nunca. La principal preocupación de Boris es mantener su puesto de trabajo en una oficina desangelada, cuyo jefe es un hombre tan tradicionalista que jamás toleraría que uno de sus empleados se separara de su mujer. Zenhya, que ya tiene nuevo amante, pasa los días enganchada a su móvil, a las redes sociales, haciéndose selfies, como si fuera una eterna adolescente que merece una segunda oportunidad en su vida sin tener que rendir cuentas con el fruto de sus años precedentes, incluido su hijo. De la búsqueda de Alyosha, por cierto, no se ocupa el Estado, sino una especie de asociación especializada en estos casos, cuyo encargado del caso, con toda la frialdad profesional que le otorga su dilatada experiencia, resulta el personaje más humano, puesto que es el único que parece verdaderamente esforzarse en encontrar vivo al niño.

Todavía no he podido ver otras obras de este prodigioso director que es Andrey Zvyagintsev, pero lo haré en breve. Es difícil ser más preciso a la hora de diseccionar el momento actual de una sociedad a través de una historia más bien pequeña. Sin amor no hace concesiones. No es un cuento de hadas, sino una terrible película que extrae sus recursos de la más cruda realidad, por lo que cualquier espectador va a quedar conmocionado después de verla. No hace falta que anden enmedio de las trifulcas factores como el alcohol o las drogas: basta con la falta de empatía de los adultos y la ausencia absoluta de un Estado capaz de intervenir en situaciones de injusticia manifiesta, sobre todo cuando la víctima es un ser absolutamente inocente.

martes, 11 de septiembre de 2018

EL ANIMAL PÚBLICO (1999), DE MANUEL DELGADO. EL ROBINSON URBANO.

Desde hace siglos se sabe que el crecimiento de las ciudades es un motor fundamental para el progreso humano. El contacto entre personas que proporciona el espacio urbano hace que fluyan ideas nuevas y revolucionarias, influye en la polìtica y dota a la vida humana de una dimensión nueva, más interesante y llena de sorpresas. El paseante que atraviesa el umbral de su casa entra en un mundo plural e intensamente cambiante. El mero caminar puede traer encuentros inesperados o acontecimientos imprevistos. Con su sola presencia en la calle, el ciudadano está participando de una vida urbana trenzada en infinitos hilos, trenzados entre relaciones sociales, encuentros esporádicos e historias cotidianas. Para un antropólogo, la ciudad es un objeto de estudio inagotable, puesto que posee una amalgama de culturas y de formas de pensamiento diversos, variedad que se refuerza con un continuado fluir de gente proveniente de otros lugares. 

Al contrario de la vida rural, donde las formas de vida son más previsibles y la dinámica de las costumbres más arraigada, el campo de acción urbano es generador de libertad, incluso de la libertad que otorga el anonimato:

"Visto por el lado más positivo, lo urbano propiciaría un relajamiento en los controles sociales y una renuncia a las formas de vigilancia y fiscalización propias de colectividades pequeñas en que todo el mundo se conoce. Lo urbano, desde esta última perspectiva, contrastaría con lo comunal."

Está claro que para muchos vivir entre una multitud no es sinónimo de sentirse acompañado. Son esos seres anónimos, los que viven en pisos solitarios, los espíritus más vulnerables a ser captados por las formas más agresivas de la religión, aquellas que hacen proselitismo en la calle (el ejemplo más radical serían los hare krishna). Así, sentirse parte de algo, acceder a una explicación del mundo con un pleno sentido interno y sin fisuras, es una tentación grande para alguna gente. La mayoría se conforma con sobrevivir en el laberinto de calles que conforma la ciudad y dotarse de una especie de rutina que siempre en peligro de ser alterada por los acontecimientos más peregrinos, porque no todo lo que sucede, sobre todo en los no-lugares, en los lugares de tránsito a los que nos vemos obligados a acceder con regularidad, tiene sentido en la conformación de nuestras biografías individuales, pero puede tenerlo en la biografía secreta de ese ente superior que es la ciudad:

"El actor de la vida pública percibe y participa de series discontinuas de acontecimientos, secuencias informativas inconexas, materiales que no pueden ser encadenados para hacer de ellos un relato consistente, sino, a lo sumo, sketches o viñetas aisladas dotadas de cierta congruencia interna."

martes, 28 de agosto de 2018

GUERRA (2011), DE SEBASTIAN JUNGER. CUANDO ÉRAMOS SOLDADOS.

Cuando, después del 11 de septiembre, Estados Unidos invadió Afganistán, sus militares sabían sobradamente que entraban en un avispero y el éxito inicial de la operación no engañó a nadie: todos sabían que pacificar el país y expulsar definitivamente a los talibanes iba a ser una tarea de años, una tarea que todavía no ha concluido y que no sabemos si alguna vez lo hará con éxito. El periodista y escritor Sebastian Junger pasó largas temporadas con los soldados en una de las zonas más peligrosas del país: el valle del Korengal, un territorio agreste y montañoso que linda con Pakistán. Fruto de estas experiencias son sus artículos para la revista Vanity Fair y este volumen titulado crudamente Guerra, una brillante aproximación a lo que significa ser soldado.

Guerra no pretende ser un ensayo político. No juzga si la presencia de Estados Unidos en Afganistán es lícita o no. Lo que le interesa a Junger es moverse con los soldados, narrar su día a día y tomar confianza con ellos hasta formar parte del grupo, punto en el cual muchos de los combatientes se sinceran con él y le confían sus más íntimos pensamientos. El enemigo al que se enfrentan es escurridizo, se mezcla con el pueblo y organiza una guerra de emboscadas, intentando golpear en los momentos más inesperados y salir corriendo (antes de que lleguen los helicópteros Apache). En estas condiciones, ocupando un terreno difícil y sin poder confiar del todo en la población, la enorme ventaja tecnológica del ejército estadounidense no puede ser aprovechada en la medida en que quisieran sus oficiales:

"Los talibanes parecían tener un equivalente o una contramedida para todas y cada una de las ventajas tecnológicas estadounidenses. Si los helicópteros Apache tienen aparatos de visión termal que detectan el calor corporal sobre una ladera, los combatientes talibanes desaparecen cubriéndose con una manta sobre una roca caliente. Si los estadounidenses usan aviones robot para  localizar al enemigo, los talibanes pueden hacer lo mismo observando las bandadas de cuervos que vuelan en círculos sobre los soldados estadounidenses buscando restos de comida. Si los norteamericanos disfrutan de una potencia de fuego virtualmente ilimitada, los talibanes envían a un solo hombre contra toda una base de artillería. Tanto si muere en el intento como si no, habrá conseguido atrancar toda la maquinaria durante un día más. «En la guerra todo es sencillo, pero lo más sencillo resulta difícil —escribió el teórico militar Carl von Clausewitz en la década de 1820—. Las dificultades se acumulan y acaban produciendo una especie de fricción»"

Y precisamente esta fricción, estas astillas en los mecanismos de funcionamiento de la enorme maquinaria bélica imperial que los acosa es lo buscan los talibanes. Que pasen los días, los meses y los años y que nadie tenga ni idea de si la guerra se está ganando o perdiendo. Que existan periodos prolongados de paz, en los que parezca que todo ha cambiado, para romperlos de la manera más inesperada mediante un ataque suicida. Los soldados sufren física y psicológicamente, más con la espera y con la innacción que con las escaramuzas, que al menos les sacan del aburrimiento. Aunque no lo dicen abiertamente (excepto cuando la tranquilidad se prolonga demasiado), todos anhelan el combate, pues para eso están allí, aunque después se tengan que lamentar amargamente de la pérdida de un compañero.

Y este último punto precisamente el que más diferencia a esta guerra de la de Vietnam. Los soldados que van a Afganistán son voluntarios y saben a lo que se exponen. Junger hace mucho hincapié en la cohesión de grupo entre ellos: lo que les hace sobrevivir a los combates no es su pericia individual, sino el entrenamiento y los lazos entre los miembros de grupo, hasta el punto de que cada uno de ellos está dispuesto a sacrificarse por sus compañeros. Además, aunque las noticias de la guerra hayan ido perdiendo paulatinamente interés en casa, el hecho de que su semilla sea un acontecimiento tan tremendo como el 11 de septiembre, mantiene el apoyo de la opinión público a lo que ellos están haciendo. El autor de La tormenta perfecta ha escrito un libro importante, no por lo que cuenta, sino por la forma de hacerlo, tan sincera y a la vez tan objetiva, sin proselitismos, pero sin dejar de reconocer el sacrificio de unos jóvenes que sienten que están haciendo algo por la seguridad de su país, sea esto último cierto o no. Como curiosidad, el escritor aparece en un cameo de la segunda temporada de la serie The affair.

viernes, 24 de agosto de 2018

LOS VIAJES DE GULLIVER (1726), DE JONATHAN SWIFT. EL ESPEJO DEL HOMBRE.

Durante muchas décadas se ha considerado a esta novela, fundamental en la historia de la literatura, como perteneciente a la rama infantil de la misma. En España, las ediciones que se publicaban estaban lastradas y se consideraba una lectura ingeniosa y fantástica más bien dirigida a niños y jóvenes, obviando el tremendo mensaje satírico que contienen los Viajes de Gulliver

La novela puede ser leída en varios niveles: como una mera narración fantástica y de aventuras, muy entretenida, pero intrascendente en el fondo, como una crítica - que solo podían entender plenamente quienes estaban versados en la época - de la política inglesa a principios del siglo XVIII o como una sátira mucho más profunda que abarcaría todos los aspectos de la especie humana. Los seres humanos, sean extraordinariamente grandes o pequeños, con los que Gulliver se encuentra en sus aventuras son imperfectos: someten a sus pueblos a violentos conflictos por los asuntos más absurdos (tal y como sucedía en Europa entre protestantes y católicos) y el autor registra las costumbres más absurdas que, en el fondo, son espejo de las nuestras. Solo cuando llega al país de los houyhnhnms, que son caballos racionales, descubre la sociedad perfecta, sin conflictos y empieza a sembrar en su espíritu un profundo odio hacia el género humano. Como si nos encontráramos ante un caso de mayéutica socrática, es el interrogatorio al que le someten sus anfitriones el que le hace tomar conciencia de lo monstruoso del proceder del hombre:

"Me preguntó qué causas o motivos habituales hacían que un país se alzara en guerra contra otro. Le contesté que eran innumerables, pero que le citaría sólo algunas. Unas veces era la ambición de los príncipes, a quienes nunca les parecía que tenían suficiente territorio o gente que gobernar; otras la corrupción de los ministros, que involucraban a su señor en una guerra a fin de desviar el clamor de los súbditos contra la mala administración de ellos. Las diferencias de opinión han costado millones de vidas; por ejemplo, si la carne es pan o el pan carne; si el jugo de cierta baya es sangre o vino; si silbar es virtud o vicio; si es mejor besar un madero o arrojarlo al fuego; qué color es mejor para una casaca, el negro, el blanco, el rojo o el gris, y si debe ser larga o corta, estrecha o ancha, y estar sucia o limpia, y cosas así. Y no ha habido guerras más furiosas y sangrientas, ni más largas, que las ocasionadas por una diferencia de opinión, especialmente sobre cosas indiferentes."

Y tan jugoso diálogo, que no deja títere con cabeza, sigue durante muchas páginas. Y por supuesto, nuestros sistemas legislativos no pueden quedar impunes. El texto abunda en males que siguen presentes en los pleitos actuales y la sobreabundancia de leyes tan ambiguas que pueden ser interpretadas en múltiples sentidos:

"Hay que decir asimismo que esta sociedad tiene una jerga propia que ningún otro mortal es capaz de entender, y en la que están escritas todas sus leyes, que ponen especial cuidado en multiplicar; por donde embrollan completamente la esencia misma de la verdad y la falsedad, lo justo y lo injusto; de manera que se tarda unos treinta años en decidir si el campo que me dejaron mis antepasados durante seis generaciones me pertenece a mí, o pertenece a un extraño que vive a trescientas millas."

El pesimismo que trasluce Swift en los últimos capítulos hace que el ser humano pueda ser representado más como un salvaje yahoo que como un honrado houyhnhnm. Aquí los deseos humanos más corrientes (dinero, poder, lujuria, conocimiento...) son presentados como objetivos por los que hay que pagar un precio demasiado alto, siendo la serenidad de espíritu y la honradez las virtudes más altas y las menos comunes entre nosotros. Frente a lo que asegurará Rosseau poco después, el hombre-yahoo es malo por naturaleza y la organización social no hace sino enmascarar levemente su verdadera esencia corrupta.