miércoles, 4 de mayo de 2016

CAPITÁN AMÉRICA: CIVIL WAR (2016), DE ANTHONY Y JOE RUSSO Y DE MARK MILLAR Y STEVE McNIVEN (2006). LIBERTAD VS SEGURIDAD.

Si los superhéroes existieran en el mundo real, las bajas civiles serían enormes. Imaginen la presión diaria que supondría sobrevivir en el universo Marvel. A los problemas vitales ordianarios - el trabajo, el amor, la salud - se sumarían las constantes batallas entre seres cercanos a la divinidad capaces de destrozar un centro urbano en pocos minutos. La gente trataría de adaptarse, claro, como cuando se organiza para soportar un periodo bélico. Supongo que en ese hipotético mundo existirían incluso carísimos seguros a todo riesgo para cubrir la eventualidad de daños superheroícos. Civil War parte de esta premisa para construir un guión muy sólido, en el que se maneja de manera magistral la presencia de un gran número de personajes, hay un gran equilibrio entre las escenas de acción y otras más íntimas y reflexivas y que es muy coherente con las películas anteriores que han ido construyendo este universo.

Tanto en el cómic como en el cine, el desencadenante de esta guerra civil son las bajas colaterales. En la obra original de Mark Millar, era un grupo de superhéroes adolescentes que rodaban un reality show televisivo en busca de villanos los que provocaban la catástrofe. En la versión cinematográfica, lo hacen los mismos Vengadores, a los que se les va de las manos una operación en un país extranjero. Pronto la opinión pública y el gobierno estadounidense empieza a hacerse abiertamente las preguntas que habían estado latentes durante mucho tiempo. ¿Cómo controlar la actividad de estos justicieros? La respuesta del cómic es un acta de registro, mediante la cual los héroes deberán desvelar su identidad al gobierno y ponerse bajo su control. En la película, la solución es parecida, aunque bajo el control de Naciones Unidas, aunque la cosa se complica con la aparición de un descontrolado Soldado de Invierno...

Pronto llegan las desavenencias en el seno de la comunidad superheroica. Para el Capitán América, el acta es una intolerable intromisión en la libertad individual de un grupo de gente que ha sacrificado muchas cosas para proteger a los demás. ¿Qué pasaría si el gobierno les manda donde no quieren ir? ¿qué pasaría si les prohiben impedir una injusticia? Para Iron Man, que sufre remordimientos por los errores cometidos, es mejor plegarse a los designios de un gobierno elegido democraticamente y cuya decisión es apoyada por la mayoría de una opinión pública muy asustada por la capacidad de destrucción de estos seres. También Joe Quesada, el director de Marvel, puso su granito de arena en el debate:

"Algo que hay que tener en cuenta y que es muy importante es que en Civil War el gobierno hace su trabajo. Actúa de forma responsable. Son los ciudadanos de los Estados Unidos del universo Marvel los que piden que se haga algo al respecto de una situación concreta, y el gobierno responde a la petición ideando la única solución factible para ellos. El Acta de Registro de Superhumanos es algo que realmente parece la única alternativa en vista de cómo la gente vive con miedo a cualquiera con superpoderes.

Lo que hace a Civil War realmente única y distinta  de cualquier otro gran acontecimiento en la historia de los cómics es que no hay ningún auténtico y evidente villano. Ya no es una cuestión de buenos y malos. Como a veces sucede en la vida real, el contrario es en ocasiones una persona cercana que simplemente tiene unas creencias contrarias o diferentes a las tuyas."

Lo más grandioso de Civil War - película y cómic - es que la ambigüedad de los planteamientos de cada bando se transmite al lector-espectador, que, como sucede en la vida real, no es capaz de dilucidar quien está en posesión de la razón, porque en realidad ambas posturas cuentan con elementos a favor y en contra. En un determinado momento, una conversación entre el Capitán América e Iron Man es muy reveladora, puesto que comentan que es posible que la aparición de los superhéroes conlleve la aparición de supervillanos cada vez más poderosos, como en una demencial carrera armamentística que solo puede acabar con la destrucción total de la Humanidad. ¿Les suena históricamente de algo? Pero las referencias históricas no se acaban con la Guerra Fría, sino que ponen su mira en el mundo actual, en esa superpotencia estadounidense que en los últimos años se ha dedicado a invadir países en nombre de una hipotética seguridad, después de haber sufrido un ataque en su propio territorio. 

Como película, la propuesta de los hermanos Russo es una de las propuestas más divertidas y más equilibradas que se han dado en el género superheroico, que cuenta con una de las escenas de acción más espectaculares jamás concebidas, la que transcurre en el aeropuerto y que enfrenta a los miembros de los dos equipos. La presencia de novedades, como la de un Spiderman por fin plenamente adolescente (la conversación que mantiene con Tony Stark, como presentación del personaje, lo define de manera mucho más completa que las dos últimas películas que filmó Marc Webb) y la de un superhéroe tan elegante como Pantera Negra dan aire fresco a la trama. Todos tienen oportunidad de lucirse gracias a un guión muy bien concebido, que no solo da importancia a la lucha ideológica entre ambos bandos, sino que es capaz de hacer un hueco para que los protagonistas expresen sus sentimientos más íntimos, sobre todo en su soprendente final.

Pero el gran protagonista de la cinta sigue siendo el Capitán América, ese superhéroe tradicional del que todo el mundo esperaría que se pusiese enseguida al servicio del gobierno y por contra se convierte en un paladín de la desobediencia civil, otra tradición muy americana. Me hubiera gustado ver al Punisher de Jon Bernthal unirse a su bando (cosa que sí sucede en el cómic), como espejo distorsionado al que el Capitán no quisiera mirarse: el del anarcofascista que mata sin remordimiento a cuanto criminal se le pone por delante, no tanto para proteger al ciudadano, sino como una especie de ceremonia de limpieza moral del mundo. Quizá experimentemos el gozo de que suceda algo así en la próxima entrega. Por lo pronto, la que se puede ver ahora en los cines constituye un auténtico placer para cualquier espectador sin prejuicios, sea seguidor o no de los cómics Marvel.

lunes, 2 de mayo de 2016

VIDA Y TIEMPO DE MANUEL AZAÑA 1880-1940 (2008), DE SANTOS JULIÁ. EL HOMBRE TRANQUILO.

Me gusta mucho la foto de Manuel Azaña que ilustra este artículo. Quizá estaba viviendo uno de sus últimos días verdaderamente felices, en la Feria del Libro de Madrid, pocos meses antes de que estallase la rebelión militar que dio comienzo a la devastadora Guerra Civil. Porque Azaña jamás fue un político convencional. No llegó a las más altas responsabilidades del Estado por sed de poder o por ambición personal, sino arrastrado por sus convicciones más íntimas, por la oportunidad que llegó a ver en el régimen Republicano de regenerar el país, de acercarlo al modelo francés que tanto admiraba y dejar atrás tantas décadas de inestabilidad, democracia chapucera y pronunciamientos militares, para que España alcanzara por fin la modernidad política.  Quizá fue un político tan brillante porque en las décadas anteriores, dedicadas en buena parte al estudio, se había preparado para serlo.

Azaña, que se definía a sí mismo como "un intelectual, un demócrata y un burgués" se debatió toda su vida entre sus dos grandes pasiones: la literatura y la política. Que no alcanzara el más alto protagonismo en la vida pública hasta cumplidos los cincuenta habla mucho de su discreción y, por qué no decirlo, de sus eternas dudas, de sus inseguridades. Durante años, el político de Alcalá de Henarés comenzó muchos proyectos y los dejó a medio camino. Su gran ambición era consagrarse con una gran obra literaria, pero su mayor labor en este campo la realizaba como Secretario del Ateneo de Madrid, donde se codeaba con figuras como Ortega y Gasset, Unamuno, Baroja , Marañón o Valle Inclán. Su trabajo dio nuevos ímpetus a la institución, que vivió años muy brillantes en las primeras décadas del siglo XX, siendo toda una referencia intelectual y liberal en el Madrid de la época.

A su vez, después de haberse asegurado una plaza de funcionario, Azaña comenzó su actividad política con su acercamiento al Partido Reformista, en la década de los diez y llegó a presentarse a las elecciones como diputado, sin llegar a ser elegido. Tampoco abandonó su pasión por la literatura, dirigiendo la revista España, en la que colaboraron las mejores plumas de la época, como Antonio Machado, Gerardo Diego o Federico García Lorca y donde se publicó por primera vez Luces de bohemia, de Valle Inclán.

Aunque hasta ese momento a Azaña le daba igual que la forma de Estado fuera  monárquica o republicana, mientras fuera garante de una democracia real en el país, la traición de Alfonso XIII, que permitió la dictadura de Primo de Rivera, le transformó en un republicano convencido, hasta el punto de que su figura llegaría a personalizar la idea de República en España. Su buena estrella pareció activarse a partir del 14 de abril de 1931. A partir de ese momento, y partiendo del cargo de Ministro de Guerra, Azaña puso sus mejores cualidades al servicio de su idea de Estado. Una vez que organizó una brillante reforma militar, a base de decretos (y que empezó a sumarle enemigos entre quienes se creyeron perjudicados por la misma), avaló el fin del confesionalismo católico en España, apostando por un laicismo que se interpretó en los sectores religiosos más conservadores como una especie de declaración de guerra, punto de vista que se vio reforzado por los desgraciados sucesos de mayo del 31, con la masiva quema de conventos e iglesias que alcanzó especial virulencia en ciudades como Málaga. Azaña siempre condenó esos hechos, que poco tenían que ver con su visión respetuosa de la religión, respecto a la cual, el Estado debía ser un ente exquisitamente neutral:

"Manuel Azaña nunca fue enemigo de la religión; siempre mostró, más que una condescendiente comprensión, un respeto profundo por los creyentes, que no estaba únicamente relacionado con la estética de la liturgia (...), sino con una especie de suspensión de juicio ante las manifestaciones de la fe, siempre que de la creencia religiosa no se derivaran implicaciones derivadas al Estado o a la moral pública".

Uno de los puntales de su popularidad como político, además de su competencia técnica y jurídica, era su maestría como orador. Aunque hubiera que pagar para escucharlo, las masas acudían cada vez que se anunciaba un discurso suyo. Azaña era una de esas personas - infrecuentes en la política de nuestro país - que son capaces de convencer a través de la palabra. Sus alocuciones públicas gozaban de una magistral mezcla entre rigor y emoción, con la que se dirigía al pueblo con una erudición exenta de pedantería:

"(...) uno de sus primeros estudiosos, Frank Sedwick, llamó la atención sobre su lógica irrefutable, su rico y exacto vocabulario, la originalidad y profundidad de su pensamiento, la hondura de su perspectiva histórica, la perfección sintáctica de sus largas y perfectamente equilibradas frases. (...) en su palabra gentes con expectativas divergentes y posiciones enfrentadas encontraban un esclarecimiento de la razón que, en un clima de alta emotividad, indicaba una salida política a una cuestión vital, embrollada en previos debates, que quedaba iluminada por una inmersión en la tradición de la que emergía una propuesta de futuro."

Además, también era capaz de ironizar acerca de la búsqueda eterna de nuestro ser nacional, algo a lo que él otorgaba importancia relativa. Lo verdaderamente urgente eran las reformas: la del ejército, la educativa, la laboral y la agraria:

"(...) todos los españoles tendremos que formar un corro inmenso alrededor de los Toros de Guisando, y esperar con ansiedad a que este venerable vestigio ibérico nos revele nuestra identidad nacional".

A pesar de las inmesas dificultades, a pesar de la división política imperante en España, de la fragmentación parlamentaria (un asunto de actualidad hoy día) y de la deslealtad de las derechas hacia el Régimen republicano, el esfuerzo de Azaña, que fue olvidado durante décadas oscuras en nuestro país, merece ser rescatado y divulgado, limpio de mentiras y de interpretaciones interesadas. Su mayor error fue no prestar la merecida atención a las conspiraciones que iban sucediéndose y que culminaron en el golpe de Estado del 18 de julio de 1936. Azaña siempre creyó que el Régimen Republicano, implantado con tanta facilidad, era mucho más sólido de lo que se demostró una vez que fue puesto a prueba. Quizá su confianza ciega en la ley y el instinto del funcionario que cree que dictando la resolución adecuada se acaban los problemas, jugaron en su contra en este sentido.

Una vez que estalló la Guerra Civil, Azaña fue otro. Presidente de la República, abocado a jugar un papel meramente representativo, su pesimismo fue en aumento a medida que las tropas de Franco ganaban terreno, apoyadas por italianos y alemanes, mientras la República no recibía ayuda de los que consideraba sus aliados naturales, Francia e Inglaterra. Muy pronto su obsesión fue la de llegar a un compromiso con el enemigo a través de la mediación internacional y que los españoles votaran qué régimen debía ser el del Estado. Jamás existió dicha posibilidad, puesto que ambos bandos buscaban la victoria total. Mientras veía desmoronarse la obra que había construído con tanto celo (sensación que ya había experimentado durante el bienio negro), sus esperanzas en el futuro se deshacen. Azaña es una sombra de sí mismo. A pesar de que sus escasos discursos durante el conflicto tuvieron repercusión, su figura se fue achicando, ahogada por la guerra civil dentro de la Guerra Civil que llegó a desatarse en el frente republicano. Su horror por lo que sucedió en aquellos años fue tan profundo que llegó a minar su salud. Un momento de tristeza particularmente intenso lo vivió cuando visitó el Alcalá de Henarés de su infancia y juventud destrozado por las bombas. Sus intentos de abandonar la presidencia no dieron fruto, puesto que, a pesar de todo, su prestigio no tenía recambio posible:
 
"Y esto es lo que necesita explicación, que haya permanecido en la presidencia; no el abatimiento, la repugnancia, la indignación, el horror o el miedo que le produce ser testigo de la destrucción y la muerte y del derrumbe del Estado republicano, que él había identificado con la libertad y el imperio de la ley, sino que sintiendo todo esto como una quiebra de lo que él era y representaba, permaneciera en la presidencia."

Su muerte, en el exilio, acosado por sus enemigos, mientras sus amigos y familiares eran capturados o partían hacia México, fue la más luctuosa posible. A pesar de todo, en plena Guerra Civil dejó escrito en su diario:

"Los españoles tendrán que convencerse de la necesidad de vivir juntos y de soportarse a pesar del odio político. Si lo hubieran comprendido así a tiempo, nos habríamos ahorrado todos estos horrores."

El de Santos Juliá es un libro memorable, que recoge todos los aspectos de una figura fundamental de nuestra historia, tan citada como poco conocida, absolutamente reivindicable en estos tiempos de desconcierto político. Un hombre que nunca llegó a acostumbrarse del todo a la contienda política, que en realidad se sentía realmente a gusto cuando podía dedicarse algunas horas a leer tranquilamente un libro o a pasear con su mujer. Quizá si se echa algo a faltar es  una valoración global del personaje, al principio o al final de volumen, pero eso no es sino un defecto menor en una obra que debería ser leída por cualquiera que quiera conocer a uno de esos hombres que simbolizan una etapa - funestamente fallida - del devenir de nuestro país.

domingo, 1 de mayo de 2016

LA COSTILLA DE ADÁN (1949), DE GEORGE CUKOR. FEMINISMO Y GUERRA DE SEXOS.

El cartel de La costilla de Adán, una de las mejores comedias que ha producido jamás el cine norteamericano, resume muy bien su argumento: se trata de la disputa de una pareja para ver quien lleva los pantalones. Pero no se trata de una pareja cualquiera: él es fiscal y ella abogada y ambos asumen sus papeles en el caso de una mujer que ha disparado contra su esposo cuando lo ha descubierto con su amante. Amanda (Hepburn), mujer liberal y feminista, asume la defensa cuando se entera de que a su marido le ha sido encargada la acusación. Las bases para un juicio hilarante están servidas. En él se disputan dos asuntos igualmente importantes: la culpabilidad o inocencia de la acusada y el status quo del matrimonio: después de cada jornada en los juzgados, la escena pasa a mostrar la intimidad de los Bonner. Ambos se lamen las heridas de la batalla y siguen desatando las tensiones acumuladas en su enfrentamiento jurídico e ideológico.

Sobre la actuación de Amanda, hay que decir que es muy loable que se alce en nombre de todas las mujeres, pero lo hace de una manera un tanto particular, intentando en todo momento que la acusada pase a ser víctima y humillando a su marido siempre que puede. También es verdad que el marido, casi recuperado ya del disparo, se muestra en sus declaraciones como un hombre zafio y vulgar, al que le parece normal agredir de vez en cuando a su esposa y dejarla sola por las noches para irse con su amante, a pesar de sus tres hijos en común. Ella tampoco es retratada como un dechado de virtudes, puesto que es capaz de devolver los golpes cuando él duerme y se muestra como una mujer histérica y poco educada. ¿Es este matrimonio de clase media representante del promedio estadounidense de la época? Difícil es saberlo, pero si es así, el panorama social debía ser desolador, a pesar de las apariencias.

En cualquier caso, no hay que olvidar que La costilla de Adán es una comedia y que actitudes que hoy nos pueden resultar un tanto chocantes funcionaban como grandes golpes de humor en la época (la concepción del humor y de lo políticamente correcto cambian con mucha facilidad, y si no que se lo digan a Cervantes). Nadie como Katharine Hepburn podía alzarse como portavoz contra una sociedad que todavía no se toma en serio las reivindicaciones feministas. Más bien se rie de ellas (algo de esto hay también en la propuesta de Cukor), por lo que la mejor manera de hacerlas visibles es organizar un espectáculo en el juicio para ser portada en la prensa del día siguiente. Al final todo se reduce a un conflicto de más baja intensidad, a una guerra de desgaste entre un matrimonio que parece entrar en barrena, pero al que sin duda el amor mutuo, en conflicto con grandes dosis de ironía en su convivencia diaria, acabará salvando.

jueves, 28 de abril de 2016

LA VIDA ETERNA (2007), DE FERNANDO SAVATER. EL PRESENTE DE UNA ILUSIÓN.

Que no hubiera aparecido todavía ninguna lectura de Fernando Savater por este blog, era toda una anomalía, teniendo en cuenta que siempre fue uno de mis ensayistas favoritos, aunque llevara años sin acercarme a él. Se puede estar más o menos de acuerdo con lo que escribe, pero es indudable que se trata de uno de los grandes polemistas que tenemos en España, siempre lúcido, siempre ameno, con un bagaje de lecturas tan inmenso que le permite tener siempre preparada la mejor cita en el momento más oportuno. Savater siempre ha sido un militante contra cualquier clase de pensamiento único, sobre todo cuando estas doctrinas pretenden imponer su particular visión del mundo al resto de la sociedad: tal es el caso de muchas religiones y la mayoría de los nacionalismos. Él mismo se jugó la vida manteniéndose firme frente a las amenazas de ETA, una posición que no está al alcance de cualquiera, por lo que su voz cuenta con un plus de legitimidad en ciertas cuestiones.

La posición de Savater frente a la práctica de la religión siempre ha estado clara: el Estado debe garantizar que puedan celebrarse los distintos cultos a que se acogen los creyentes, pero su papel debe terminarse ahí. Ni al Estado le interesa identificarse con fe alguna, ni a ninguna doctrina que se la identifique con el Estado. Ambos entes deberían ser perfectamente independientes. Las creencias jamás deberían salir del ámbito privado. Que un católico o un musulmán pretendan que se legisle respetando su doctrina es una intromisión intolerable en la autonomía de los gobernantes. Por supuesto que las opiniones de los fieles son dignas de respeto, pero no deben gozar de privilegio alguno por estar presuntamente inspiradas por un ente divino. La religión tiene todo el derecho a crear foros de opinión en la sociedad, pero también debe aceptar deportivamente que sus postulados pueden estar sujetos a críticas, incluso ridiculizados. Es el precio y la grandeza de vivir en democracia.

Al filósofo vasco le interesa indagar en la historia de las religiones monoteístas, cómo consiguieron imponerse al politeísmo (que en el caso romano, estimulaba la tolerancia de cualquier religión que no pretendiera imponerse a las demás) como una fuerza revolucionaria que acabaría convirtiéndose en totalitaria. Durante demasiados siglos Europa conoció constantes guerras de religión y una represión absoluta contra la libertad de pensamiento a través de instrumentos tan siniestros como la Inquisición. Hoy contemplamos con horror como en el mundo musulmán se reproducen unos comportamientos que creíamos desterrados para siempre:

"Algunos se niegan a aceptar que las grandes religiones, reputadas fuentes de concordia y humanitarismo desinteresado, puedan propiciar enfrentamientos implacablemente sanguinarios. Pero no deben olvidarse dos cosas. En primer lugar, las religiones funcionan como elementos de cohesión hacia dentro de las sociedades en que son hegemónicas pero en cambio, a lo largo de la historia, han provocado hostilidad y enfrentamiento hacia fuera, contra comunidades con creencias diferentes. Esto resulta especialmente cierto de los monoteísmos, que introducen una exigencia excluyente de verdad que los paganismos politeístas no conocieron."

Si hemos avanzado en derechos y libertades durante los últimos siglos no ha sido gracias a los esfuerzos del Vaticano en este sentido, sino precisamente luchando contra su oposición, a través del germen de la Ilustración. Todavía en la primera mitad del siglo XX, los papas clamaban contra la idea de libertad religiosa, por lo que un Estado como el franquista, autoritario, confesional y asfixiante era del agrado del Vaticano, la reserva espiritual de occidente. Todavía padecemos las consecuencias de cuarenta años de esa fórmula. España no ha sido capaz de romper el lazo con la iglesia católica y mantiene unos Acuerdos con el Vaticano manifiestamente inconstitucionales, por cuanto financia directamente a la iglesia y le permite adoctrinar a los alumnos de las escuelas públicas, entre otras muchas prebendas. Cualquier tímido avance en la dirección de un auténtico laicismo provoca la vociferación de los obispos, que no quieren ceder ni un ápice de su privilegiada posición.

Y es que después de todo la religión es un consuelo inventado por los hombres, incapaces de enfrentarse a la tragedia de ser mortales. Todo es fruto de un deseo de trascendencia, de negarse a considerar nuestra realidad como la única posible. La inmortalidad y un posible paraíso son caramelos demasiado dulces como para ser rechazados. La racionalidad no ofrece más que ciencia y conocimiento, que son finitos. Frente a la idea de un Dios perfecto, eso no vale nada y lo peor de todo es que hay gente dispuesta a inmolarse para probarlo.

Al final resulta que los dioses que hemos creado no son más que reflejos de nosotros mismos, de nuestros miedos, de nuestros anhelos y de una distorsionada idea de justicia:

"Como observó Voltaire, si Dios nos hizo a su imagen y semejanza no hay duda de que le hemos devuelto cumplidamente el favor... "

Es ilusionante pensar que después de la muerte seremos recompensados por nuestra fe, nuestra obediencia y nuestras buenas acciones (se definan éstas como se definan en un determinado credo), pero la misión de una sociedad laica debe ser siempre estimular el debate libre, sin ideas preconcebidas, para desenmascar las imposturas en las que se basa el poder religioso, un servicio que debe prestarse a una ciudadanía que, después de todo, cada día es más indiferente a los preceptos oficiales de la fe, aunque siga manteniendo numerosas supersticiones, fomentadas directa o indirectamente por el Estado. Nuestro futuro en este ámbito, como en casi todos, depende de que sepamos inculcar pensamiento crítico a las futuras generaciones. Como bien dice Richard Dawkins, el objetivo es que algún día hablar de niños cristianos judíos o musulmanes sea tan absurdo como referirse a niños marxistas, neoliberales o keynesianos.

martes, 26 de abril de 2016

SOBRE LA HISTORIA NATURAL DE LA DESTRUCCIÓN (1999), DE WINFRIED GEORG SEBALD. UNA NACIÓN BAJO TIERRA.

El gran historiador Eric Hobsbawn definió el siglo XX como una centuria muy corta, que abarcaba el periodo 1914-1991, comenzando con la Primera Guerra Mundial y terminando con la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética. Y en el ojo del huracán de todos esos decisivos acontecimentos, Alemania, siempre Alemania. Fue el belicismo germano - secundado por el entusiasmo de otros muchos países europeos - el que hizo posible esa matanza inútil a la que se llamó Primera Guerra Mundial. Y fue de nuevo Alemania, resurgida de las cenizas de la derrota, la que provocó un conflicto más sanguinario que el anterior, una guerra que estuvo a punto de ganar, pero que acabó provocando una destrucción inaudita en su territorio: según nos informa Sebald, entre los años 1942 y 1945 fueron ciento treinta las ciudades alemanas bombardeadas desde el aire por los aliados. Muchas de ellas quedaron arrasadas y trescientos mil cadáveres yacieron entre sus ruinas.

Cuando Hitler se sucidió y Alemania firmó su rendición incondicional, llegó el momento del ajuste de cuentas. Los crímenes cometidos por el nazismo eran tan inmensos, tan radicalmente inclasificables, que parecía fuera de lugar hablar de los sufrimientos de la población civil alemana. En aquellos momentos hizo fortuna el libro de Karl Jaspers, El problema de la culpa, en el que el filósofo abogaba por una expiación colectiva. Los bombardeos sufridos y la ocupación del país no eran más que un justo castigo por la agresión a otros países y por haber organizado el Holocausto, cuestión de la que empezaban a conocerse sus detalles más macabros. El alemán de a pie no tenía más remedio que agachar la cabeza, apretar los dientes y afanarse en desescombrar las calles, pensando en una futura recuperación nacional que se veía muy incierta.

En este contexto, la población llegó a una especie de pacto de silencio tácito por el cual no debía hablarse del pasado inmediato, en cuanto al sufrimiento de la población civil alemana. Esto se constata en la literatura de la época y en la de décadas posteriores, que apenas hacen referencia a unos hechos que debieron quedar como un sello indeleble en la memoria de todo aquel que los hubiera vivido. No fue hasta principios de este siglo que, con la publicación de un libro como El incendio, del historiador alemán Jorg Friedrich, se reavivó el debate que hasta aquel momento había sido prácticamente un tabú. Unos pocos años antes, ya lo había hecho Sebald a través de las conferencias que se recogen en este libro. Por fin los alemanes podían verse a sí mismos, con todas las prevenciones, con el estatus de víctimas.

Porque, en muchos aspectos, la campaña de bombardeos contra la población civil fue un acto criminal. Bien es verdad que fue la propia Alemania la que empezó a alimentar este fuego con los ataques a Varsovia, Rotterdam, Londres o Coventry, pero la respuesta de los Aliados fue desmesurada, puesto que podrían haber elegido centrar sus ofensivas aéreas contra objetivos tácticos más definidos, tratando de evitar en lo posible las víctimas civiles. Pero la decisión fue la contraria. La lógica del conflicto fue adueñándose poco a poco de las mentes de dirigentes y altos mandos. Arrasar ciudades repletas de hombres, mujeres y niños no era tanto un imperativo militar como una represalia, un castigo. En cualquier caso, se trataba de imponer a cientos de miles de seres humanos, por el mero hecho de haber nacido en un determinado lugar, la más espantosa de las muertes. Así describe Sebald la tormenta de fuego que se abatió sobre Hamburgo en 1943:

"Y al cabo de otros cinco minutos, a la una y veinte, se levantó una tormenta de fuego de una intensidad como nadie hubiera creído posible hasta entonces. El fuego, que ahora se alzaba dos mil metros hacia el cielo, atrajo con tanta violencia el oxígeno que las corrientes de aire alcanzaron una fuerza de huracán y retumbaron como poderosos órganos en los que se hubieran accionado todos los registros a la vez. Ese fuego duró tres horas. En su punto culminante, la tormenta se llevó frontones y tejados, hizo girar vigas y vallas publicitarias por el aire, arrancó árboles de cuajo y arrastró a personas convertidas en antorchas vivientes. Tras las fachadas que se derrumbaban, las llamas se levantaban a la altura de las casas, recorrían las calles como una inundación, a una velocidad de más de 150 kilómetros por hora, y daban vueltas como apisonadoras de fuego, con extraños ritmos, en los lugares abiertos. En algunos canales el agua ardía. En los vagones del tranvía se fundieron los cristales de las ventanas, y las existencias de azúcar hirvieron en los sótanos de las panaderías. Los que huían de sus refugios subterráneos se hundían con grotescas contorsiones en el asfalto fundido, del que brotaban gruesas burbujas. Nadie sabe realmente cuántos perdieron la vida aquella noche ni cuántos se volvieron locos antes de que la muerte los alcanzara. Cuando despuntó el día, la luz de verano no pudo atravesar la oscuridad plomiza que reinaba sobre la ciudad. Hasta una altura de ocho mil metros había ascendido el humo, extendiéndose allí como un cumulonimbo en forma de yunque. Un calor centelleante, que según informaron los pilotos de los bombarderos ellos habían sentido a través de las paredes de sus aparatos, siguió ascendiendo durante mucho tiempo de los rescoldos humeantes de las montañas de cascotes."

Sobre la historia natural de la destrucción, no es un ensayo al uso. Es una indagación de carácter literario acerca del olvido deliverado de unos determinados hechos que deberían haber provocado muchas más reflexiones en su época. Bien es cierto que fueron muchos los alemanes que, ante el advenimiento de Hitler, miraron para otro lado y siguieron con sus vidas como si nada hubiera sucedido. Pero eso no les convierte automáticamente en culpables ni en merecedores de un castigo de proporciones bíblicas. Cuando uno contempla las fotos de urbes históricas como Colonia o Dresde, aplastadas, no puede sino estremecerse al pensar lo que debía ser vivir aquello, el terror absoluto que desencadenaría la posibilidad cierta de morir aplastado por los cascotes de los edificios o abrasado por las bombas incendiarias. 

A pesar de todo, aunque sea en ruinas humeantes, la vida debe seguir y los supervivientes tenían que superar pronto la conmoción sufrida si pretendían construir un futuro. Mientras gobernaron los nazis, lamentarse por los bombardeos era derrotismo. Después, simplemente, se consideró algo casi de mal gusto. Es bueno que en esta época se haya llegado por fin a una especie de normalización al respecto y puedan conocerse los testimonios de quienes se vieron obligados a soportar lo insoportable.

sábado, 23 de abril de 2016

WALDEN (1854), DE HENRY DAVID THOREAU. LA INVENCIÓN DE LA SOLEDAD.

Aunque en la sociedad actual, tan tecnificada, tan dependiente de la conexión permanente a las redes sociales y a novedades que se quedan obsoletas enseguida, cueste entenderlo, existen almas que prefieren la soledad, el sosiego de reflexionar en los magníficos entornos que ofrece la naturaleza, a la vida apremiante y constamente regulada de las ciudades. Para muchos de ellos, Thoreau constituye una especie de apóstol, cuyos escritos, en los que refleja su experiencia personal, son una auténtica inspiración a la hora de abordar lo que se quiere hacer con la propia existencia. Porque pocas vidas, como la de Thoreau, son un ejemplo en sí mismas de una determinada doctrina de carácter filósofico, en este caso el trascendentalismo, cuyo principal impulsor fue Ralph Waldo Emerson, el maestro del autor de Walden:

"Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentarme sólo a los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, y para no descubrir, cuando tuviera que morir, que no había vivido. No quería vivir lo que no fuera la vida, pues vivir es caro, ni quería practicar la resignación a menos que fuera completamente necesario. Quería vivir con profundidad y absorber toda la médula de la vida, vivir de manera tan severa y espartana como para eliminar cuanto no fuera la vida, abrir un amplio surco y arrasarlo, arrinconar a la vida y reducirla a sus términos inferiores y, si resultaba mezquina, coger toda su genuina mezquindad y hacerla pública al mundo; o, si era sublime, saberlo por experiencia y ser capaz de dar cuenta de ello en mi próxima excursión. La mayoría de los hombres, a mi juicio, se halla en una extraña incertidumbre respecto a si la vida es cosa de Dios o del diablo, y ha concluido algo precipitadamente que el principal fin del hombre es «glorificar a Dios y gozar de él por siempre»."

Lo más importante para Thoreau, cuando decide irse a vivir en comunión con la naturaleza es seguir los propios impulsos, obviando las exigencias sociales. Para él las ciudades - y los pueblos, donde ya han llegado las leyes del comercio - están repletos de seres desesperados que apenas pueden disimular estos sentimientos bajo una máscara de aceptación de unas normas que suelen imponer para quien desea prosperar el endeudamiento y la angustia. Ya en una época tan temprana Thoreau denuncia el deseo de bienes superfluos, esos objetos inútiles cuya única finalidad es distinguir a unos seres humanos de otros y establecer categorías sociales. Bien es cierto que cuando empieza a construir su cabaña junto a la laguna Walden, el autor no pretende aislarse por completo de la sociedad, solo poder estar solo y dedicar tiempo a observar la naturaleza con todo detalle. De hecho su vivienda no está lejos de las vías de ferrocarril (de vez en cuando puede escuchar la locomotora en la distancia) y volver a la civilización solo le cuesta un paseo a pie. En la cabaña también hay tiempo para recibir a amigos e improvisar tertulias en el más delicioso de los entornos. Hay tres constantes que transmite todo el tiempo la escritura de Thoreau: felicidad, serenidad y seguridad en sí mismo.

Como la mayor parte de los dos años que el autor de Desobediencia civil pasó en este estado seminatural no tuvo compañía, está claro que su interlocutor, el constante receptor de sus impresiones debía ser el futuro lector. En este sentido Walden no es un libro fácil. Está repleto de prolijas descripciones del entorno de la laguna, realizadas por alguien que está convencido de que los magníficos paisajes en los que habita son un reflejo de sus elevados sentimientos. También está implícita en el texto una especie de idea de alcanzar la pureza, simbolizada en las aguas cristalinas de la laguna:

"En un día como ese de septiembre u octubre, Walden es un perfecto espejo del bosque, rodeado de piedras tan preciosas para mis ojos como si fueran escasas o raras. No hay nada tan hermoso, tan puro y, al mismo tiempo, tan grande como un lago en la superficie de la tierra. Agua del cielo. No necesita cercado. Las naciones van y vienen sin ensuciarla. Es un espejo que ninguna piedra podrá romper, cuyo azogue no se gasta nunca y cuyo dorado repara continuamente la naturaleza; ni las tormentas ni el polvo oscurecerán su superficie siempre fresca; un espejo en el que se hunden todas las impurezas que se le presentan, barridas y despejadas por el brumoso cepillo solar, un ligero paño que no retiene hálito alguno, sino que exhala el suyo propio para que flote como las nubes en lo alto sobre su superficie y se refleje de nuevo en el fondo."

Walden es un libro fundamental para explicar los orígenes de una cierta manera de entender la idea de libertad que configuró a los Estados Unidos. De hecho, se trata de un ensayo de lectura obligatoria en múltiples centros educativos de aquel país. Alivia pensar que los alumnos tienen al menos la posibilidad de asomarse a un punto de vista alternativo a la jungla de competencia económica, a la ansiedad por lograr un determinado estatus, que muchos de ellos tendrán como horizonte al llegar a su vida adulta. Como él mismo dejó escrito, el libro "es la obra de arte más próxima a la vida".

Aunque en los capítulos de Walden apenas encontremos un tono moralista, resulta curioso que, casi al final del texto, Thoreau no quiera despedirse sin ofrecer unos consejos al lector, abundando en las equivocadas ideas de pobreza y riqueza que detenta la mayoría de la gente:

"Por mediocre que sea vuestra vida, aceptadla y vividla; no la esquivéis ni la denostéis. No es tan mala como vosotros. Parece más pobre cuando más ricos sois. Quien a todo le saca punta encontrará faltas incluso en el paraíso. Amad vuestra vida por pobre que sea. Tal vez tengáis una hora grata, conmovedora, gloriosa, incluso en un asilo. El sol poniente se refleja en las ventanas de la casa de la caridad con el mismo resplandor que en la morada del rico; la nieve se funde en su puerta igual de pronto en primavera. No veo sino que un hombre tranquilo pueda vivir tan contento aquí, y albergar pensamientos tan joviales, como en un palacio. Creo que el pobre de la ciudad suele vivir la vida más independiente de todas. Tal vez sea suficientemente magnánimo para recibir sin recelo. La mayoría piensa que está por encima de tener que ser mantenida por la ciudad, pero a menudo ocurre que no está por encima de ser mantenida por medios deshonrosos, lo que debería ser más indecoroso. Cultivad la pobreza como un jardín de hierbas aromáticas, como la salvia. No debe preocuparos lograr más cosas, sean vestidos o amigos. Dad la vuelta a los viejos; volved a ellos. Las cosas no cambian; cambiamos nosotros. Vended vuestras ropas y conservad vuestros pensamientos. Dios proveerá para que no os falte compañía. Si estuviera confinado en el rincón de una buhardilla el resto de mi vida, como una araña, el mundo seguiría siendo tan grande mientras tuviera mis pensamientos conmigo. Un filósofo decía: «A un ejército de tres divisiones podríamos quitarle al general y ponerlo en desbandada, pero ni siquiera al más abyecto y vulgar de los hombres le podríamos quitar su pensamiento». No busquéis con tanta ansia vuestro desarrollo ni someteros a demasiadas influencias que puedan obrar sobre vosotros; todo es disipación. La humildad, como la oscuridad, revela las luces celestiales. Las sombras de la pobreza y la mediocridad nos rodean «y, mirad, la creación se ensancha con nuestra mirada». A menudo nos recuerdan que, si nos dieran la riqueza de Creso, nuestros fines deberían seguir siendo los mismos y nuestros medios esencialmente los mismos. Aunque la pobreza restrinja vuestra esfera de acción y no podáis comprar libros ni periódicos, por ejemplo, quedaréis limitados a las experiencias más significativas y vitales; os veréis obligados a tratar con la materia prima que proporciona más azúcar y vigor. Cuando la vida está en los huesos es más dulce. Entonces ya no podéis ser frívolos. Nadie pierde en un nivel inferior por la magnanimidad en uno superior. La riqueza superflua sólo puede comprar cosas superfluas. No hace falta dinero para comprar lo que el alma necesita."

jueves, 21 de abril de 2016

EL JUEZ (2015), DE CHRISTIAN VINCENT. EL PESO DEL CORAZÓN.

El ejercicio de la profesión de juez implica sostener sobre los hombros unas responsabilidades considerables. Al volumen y complejidad del trabajo cotidiano se suman de vez en cuando los focos de la prensa, cuando el magistrado debe resolver acerca de algún asunto que interesa a la opinión pública. El caso del juez Michel Racine, que nos presenta la nueva película de Christian Vincent, es un tanto peculiar. Se trata de uno de esos seres que no pueden sacudirse de encima, ni por un instante, el halo de autoridad que les acompaña en todos los aspectos de su vida, incluso en los más nimios. Racine es un hombre serio y solemne, que cuenta con pocos amigos y que es objeto de las burlas del resto del personal del juzgado. Para los acusados es un tipo temible, que no pestañea cuando debe hacer recaer sobre ellos todo el peso de la ley.

Pero el juez también es un ser humano con su corazoncito, como iremos comprobando más adelante. En el curso de un importante proceso por infanticidio, advierte que entre los miembros del jurado se encuentra una mujer que conoció hace unos años y a la que amó en secreto. Algo se despierta en él, un deseo oculto que no está acostumbrado a manifestar al exterior y, a partir de ese momento deberá cambiar sus pautas de comportamiento para acercarse a esa mujer (aunque no se trate de una maniobra muy legal que un juez intime con un miembro del jurado de un proceso que preside).

El juez es una película con pretensiones: pretende mezclar la intriga judicial, en un tono realista, acercándose al funcionamiento de las leyes procesales francesas con una forma de entender la comedia romántica muy descafeinada. Al final esta mezcla de géneros tiene como resultado una obra francamente poco interesante y aburrida, protagonizada por unos personajes poco empáticos. Las interpretaciones de Luchini y Sidse Babett Knudsen no están mal, pero están lastradas por un guión que debería haber optado por desarrollar alguna de las múltiples direcciones por las que se desliza el filme.