martes, 25 de noviembre de 2014

CABELLOS SAGRADOS.

He aquí el relato que publiqué para el número dedicado a "Pelos" de la revista Mitad Doble. La ilustración que lo acompaña, obra de Aintzane Cruceta, es sencillamente magnífica:

http://www.mitaddoble.com/cabellos-sagrados/

lunes, 24 de noviembre de 2014

LA GUERRA DE LOS MUNDOS (1898), DE HERBERT GEORGE WELLS Y DE STEVEN SPIELBERG (2005). UNA INVASIÓN DARWINISTA.


Aún recuerdo la conmoción que me produjo la lectura de La Guerra de los Mundos, mi primer acercamiento a la obra del que después se convertiría en uno de mis autores favoritos: H.G. Wells. Hasta ese momento yo era sobre todo un lector de Julio Verne, pero lo que se planteaba en este libro era muy distinto a los argumentos habituales del autor francés. En La Guerra de los Mundos, los principios científicos juegan un papel más bien marginal. Bien es cierto que Wells comienza describiendo observaciones astronómicas al planeta rojo y que justifica la invasión marciana como una respuesta de los extraterrestres a la extinción de los recursos de su mundo, pero creo que ya para la época se sabía que la vida en aquel planeta era imposible. Verne jamás hubiera usado a extraterrestres en una de sus narraciones, a no ser que se le hubiera ocurrido una explicación científica de la posibilidad del viaje interplanetario y una descripción medianamente lógica de la anatomía de aquellos seres.

Los intereses de Wells son muy distintos. La invasión marciana no es más que una justificación para entregar una novela terrorífica, en la que el hombre, considerado hasta ese momento el rey de la creación, no es más que un animal inferior y asustado, abrumado por la tecnología de los marcianos:

"En ese momento experimenté una emoción que está más allá del alcance de los hombres, pero que las pobres bestias a las que dominamos conocen muy bien. Me sentí como podría sentirse el conejo al volver a su cueva y verse de pronto ante una docena de peones que cavan allí los cimientos para una casa. Tuve el primer atisbo de algo que poco después se tornó bien claro a mi mente, que me oprimió durante muchos días: me sentí destronado, comprendí que no era ya uno de los amos, sino un animal más entre los animales sojuzgados por los marcianos. Nosotros tendríamos que hacer lo mismo que aquéllos: vivir en constante peligro, vigilar, correr y ocultarnos; el imperio del hombre acababa de fenecer."

La invasión es interpretada por el protagonista como parte de la ley de la evolución de Darwin, cuyos principios pueden tener validez en distintas partes del Universo: la vida como lucha incesante entre distintas especies, de la que solo sobreviven las más aptas. El sorprendente giro final no es más que una ratificación de este argumento. Y es que el hombre, para llegar al señorío presente sobre la Tierra, ha debido destruir y someter a muchos rivales. Y si afinamos más, podemos decir que el hombre occidental (al menos así era en la época de Wells) había conseguido su supremacía exterminando a otros pueblos o subyugando a sus habitantes, tal y como hacía el Imperio Británico, que ejercía su primacía a nivel mundial a finales del siglo XIX.

Así pues, el anónimo protagonista es un testigo de los horrores que desatan en plena Inglaterra estos seres capaces de aplastarnos como un niño haría con un hormiguero. La técnica narrativa que utiliza Wells, en primera persona, desemboca en un estilo casi periodístico, en una fantasía muy veraz que engañó a muchísima gente cuando fue reproducida en un famoso programa de radio que dirigió en 1939 un joven Orson Welles. La Guerra de los mundos apela a los miedos atávicos del ser humano, al temor constante e inconsciente a perder sus posición en el mundo, tan duramente conquistada durante milenios. Que todo esto pueda quedar pulverizado en pocas horas, ya sea por una invasión marciana, por una devastadora guerra nuclear, por un ataque terrorista o por un meteorito, es una posibilidad remota, pero siempre presente.

La versión cinematográfica de Steven Spielberg es una adaptación a nuestros días del clásico de Wells, que se mantiene muy fiel al espíritu de la novela, sobre todo porque el punto de vista elegido es el mismo: el de un ciudadano de a pie que asiste impotente a un verdadero apocalipsis, mientras intenta salvarse él mismo y a sus hijos. A pesar de no tratarse de una de las grandes obras de su director, sobre todo porque a ratos parece concebida como un vehículo de lucimiento para Tom Cruise, existen algunos elementos de la película que resultan muy estimables: el terror que produce el diseño de los trípodes de los invasores, acompañados de un sonido de sirenas, cuando van a atacar, verdaderamente escalofriante y la breve intervención de Tim Robbins, como un iluminado que apela a la lógica, muy humana, de morir matando. Merece la pena visionarla inmediatamente después de terminar la novela: ha pasado más de un siglo, pero los terrores siguen siendo parecidos. También recomiendo acercarse a la visión de La liga de los hombres extraordinarios, el excelente cómic de Alan Moore, que dedica su segundo arco argumental a homenajear la invasión marciana concebida por Wells.

jueves, 20 de noviembre de 2014

CAMINANDO ENTRE LAS TUMBAS (2014), DE SCOTT FRANK. EL DETECTIVE ANÓNIMO.

No suelo leer novela policíaca. No por falta de ganas, sino de tiempo. En su día leí obras magníficas (hace poco culminé las narraciones completas de Sherlock Holmes, uno de los padres del policíaco) de autores clásicos como Dashiell Hammett o Raymond Chandler, que luego dieron lugar a obras maestras del género negro. Pero apenas he pasado de ahí y, si me preguntan por los grandes escritores actuales del género, apenas sabría nombrar a un par de ellos. Sé que me estoy perdiendo buena literatura, pero por desgracia el tiempo que uno puede dedicarle a este vicio es limitado y si hablamos de géneros, siempre me he decantado más por la ciencia ficción.

Digo esto porque la interesantísima película de Scott Frank parte de un personaje bastante popular para los entendidos en estos asuntos: Matt Scudder, una especie de investigador privado sin licencia, que se gana la vida "haciendo favores a los amigos", creado por la pluma de Lawrence Brock. No sé si la serie literaria de Scudder merecerá la pena, pero su traslación cinematográfica retrata a un protagonista con una psicología muy sugestiva. En el pasado fue un policía duro, una mezcla entre Harry el sucio y Harvey Bullock, el compañero del futuro comisario Gordon en la magnífica serie Gotham. Al espectador se le permite atisbar un episodio de ese pasado turbulento: cuando era un policía alcohólico y en un tiroteo mató por error a una inocente. Nos podemos imaginar que ese instante fue catártico para Scudder: abandonó sus dos grandes amores, el alcohol y la policía y se dedicó a ir por libre, desarrollando su particular visión de la justicia.

Aun concebida como vehículo para el lucimiento de su protagonista, un Liam Neeson que realiza una interpretación muy contenida en todo momento, la mayor virtud de Caminando entre las tumbas es saber crear un clima propio, repleto de tensión en un Manhattan nocturno, lleno de fantasmas y moral ambigua. Los narcotraficantes que piden ayuda a Scudder pueden tener una digna vida familiar y ser víctimas también del mal, pero no pueden acudir a las fuerzas del orden convencionales. Scudder no es exactamente alguien a quien le guste tomarse la justicia por su mano, pero las circunstancias van a convertirlo en una especie de ángel de la venganza, a su pesar, mientras recita los mandamientos de Alcohólicos Anónimos para que sus pensamientos no le devuelvan al demonio de la botella. 

Por último ¿Es significativo que la trama de la película transcurra a finales de los años noventa, cuando las torres gemelas estaban a punto de caer, desencadenando el mal y la venganza absolutos? Quizá la última imagen ofrezca alguna pista al respecto. Caminando entre las tumbas ha supuesto una agradable sorpresa, una opción muy recomendable para quien quiera pasar una tarde en el cine y le guste salir un poco turbado (en el buen sentido del término) de la sala.

martes, 18 de noviembre de 2014

EL VIAJE AL PODER DE LA MENTE (2010), DE EDUARDO PUNSET. LO QUE NOS PASA POR DENTRO.


Con este Viaje al poder de la mente culmina la trilogía que dedicó Eduardo Punset a las emociones. Si en los dos anteriores examinaba los últimos descubrimientos científicos en torno a la felicidad y al amor, ahora se centra en el órgano del que provienen ambas. Como dice el mismo autor, saber lo que nos pasa por dentro es fundamental para conocernos a nosotros mismos. El cerebro sigue siendo en gran parte un misterio que se va desvelando poco a poco. Algunos descubrimientos no son agradables, pues desvelan que en buena parte de nuestra vida nos guiamos por instintos: es el inconsciente el que nos gobierna, el responsable de la mayor parte de las decisiones que tomamos en el día a día, porque si nos parásemos a meditarlo todo, apenas podríamos actuar. Esta idea nos hace sentir como una especie de máquinas programadas para actuar de determinada manera ante diversas situaciones. Estoy exagerando, claro, pero es cierto que hay actividades muy complejas, como conducir, por ejemplo, que se realizan de manera automática y precisamente durante el aprendizaje, cuando más pensamos en lo que estamos haciendo, es cuando peor se nos da.

El viaje al poder de la mente es, desde luego, un ensayo ideal para celebrar en torno a él un club de lectura, por cuanto su contenido divulgativo es amplísimo. Una de los asuntos al que más tiempo se dedicó fue al de la evolución humana, cómo un animal de una especie de homínidos fue transformándose en lo que somos ahora. Una de las claves de esto fue la vida en comunidad: el sentimiento de pertenencia a un determinado colectivo es uno de los más fuertes que puede experimentar un ser humano, es algo atávico y relacionado fuertemente con la necesidad de seguridad que solo un grupo puede proporcionar contra el enemigo, real o inventado. Según cuenta Punset, quizá el origen primitivo del Estado tuvo que ver con la invención de la cocina: hacía falta organizarse para vigilar la comida almacenada y poder sobrevivir como grupo. No obstante, estos instintos que aún permanecen en nuestra genética, a veces casan mal con la forma de vida moderna, aunque todos hemos experimentado alguna vez la sensación de poder que otorga el fundirse con una masa:

"Existen personas capaces de dar la vida por un equipo de fútbol o de quitársela a otros porque son de una etnia o nacionalidad diferente de la suya. A quienes están lejos de estos conflictos, estas divisiones les parecen extrañas, pero cuando las viven desde dentro resultan ser determinantes. Desde fuera se aprecia el componente absurdo en esas pasiones. «No tienen ningún sentido», decimos. Pero cuando se trata de cosas sobre las que se tienen sentimientos viscerales, no resulta fácil distanciarse."

En relación con ésto, parece que lo que creíamos un instinto, la acción violenta, no lo es tanto. La violencia se puede también aprender, está relacionada con el intelecto. Los primeros años de nuestra existencia son decisivos a este respecto. El cómo seamos tratados en la infancia puede dejar una impronta que influya en nuestro carácter el resto de nuestra vida. Aunque hay mecanismos para corregir esto: se trata de la plasticidad del cerebro o neuronal: la experiencia y el aprendizaje posterior nos permiten cambiar. 

Lo que nos diferencia de los animales es que en nuestro caso podemos ejercitar violencia gratuita, no para defendernos o defender nuestro territorio, sino por todo tipo de razones, entre las que destacan la venganza, una invención genuina de nuestra especie: 

"La violencia de la que formamos parte, que vemos todos los días en nuestro mundo, no es un instinto, no es un instinto atávico que hayamos heredado del pasado porque sí. La violencia es el subproducto de la sofisticación cognitiva, en el sentido de que si nos hieren, por ejemplo, tenemos que pensar en el castigo, y el castigo es algo en lo que no pensaría un insecto ni un reptil. Lo que se desprende del estudio de los orígenes de la violencia es casi aterrador: la violencia es el subproducto de la inteligencia. Si no fuésemos más inteligentes que otros animales, seríamos menos violentos."

Aquí conviene hacer referencia al experimento Milgram y a otros de índole parecida que se desarrollaron recién concluida la Segunda Guerra Mundial, para intentar explicar esa obediencia casi sin fisuras a la autoridad que habían conseguido los totalitarismos europeos en poblaciones que, en muchos casos, habían sido educadas en los valores de la libertad y la democracia. Los experimentos fueron concluyentes: la fascinación por la autoridad suele ser más fuerte que nuestros principios morales. Cabría decir que para juzgar las acciones malvadas de una persona, habría que tener en cuenta el contexto o periodo histórico en el que se desarrollan. ¿Cómo hubiéramos actuado nosotros de haber sido arios durante el nazismo? ¿Habríamos renegado de él, como hicieron Sebastian Haffner y pocos más o hubiéramos abrazado con entusiasmo su doctrina, como hizo la mayoría?

Contradiciendo la imagen optimista de que goza como personaje público, la efigie del hombre que dibuja aquí Punset es en ocasiones bastante perturbadora y antitética, como cuando dice que "la inteligencia transforma el afecto en amor y la agresión en castigo y ganas de controlar". Somos seres que pasan su existencia amando al otro y a la vez maquinando como conseguir una posición preemitenente sobre él: el poder es un instrumento que siempre ha fascinado al animal humano. En cualquier caso sí que debemos estar de acuerdo en que la mayor parte de nuestro paso por la vida suele transcurrir de forma apacible, aunque siempre nos revolotee la sombra de la angustia por el futuro. Poseemos un mecanismo, a lo mejor un tanto irracional, para combatirla: el optimismo atávico, que proviene de una moral innata anterior a las religiones, la creencia de que todo será mejor con el paso del tiempo, algo que ayuda a desarrollar lo positivo del ser humano: el altruismo y la generosidad.

domingo, 16 de noviembre de 2014

ROMPIENDO LAS OLAS (1996), DE LARS VON TRIER. SOBRE LA RELIGIÓN NATURAL.

Aún recuerdo cómo me impactó esta película la primera vez que la vi en el cine. No estaba acostumbrado, ni mucho menos, a este tipo de cine. Fue toda una sorpresa, que me mantuvo reflexionando durante algunos días. Se podía contar una historia de otro modo, rompiendo con el clasicismo. Aunque Rompiendo las olas, está dividida en capítulos, casi como si de una novela se tratara, su narrativa es casi tan rompedora como su título. Partiendo de los postulados del movimiento Dogma 95, la película está rodada en escenarios naturales, cámara en mano. La trama tiene lugar en la isla Skye, en el norte de Escocia, en lo que parecen ser los años setenta del siglo pasado, pero lo que más importa es la relación entre sus personajes, la pasional Bess y el extranjero Jan, que deben vivir su historia de amor en un entorno hostil, dominado por una religión masculina y estricta.

Bess es un ser muy particular, incapaz de ocultar sus emociones. En un entorno tan frío como en el que se desenvuelve su existencia, su expresividad puede ser considerada un síntoma de locura, cuando no una actitud pecaminosa. Un grupo de ancianos, pertenecientes a la iglesia del lugar, parece gobernar con mano de hierro la localidad, condenando sin paliativos al infierno a quienes consideran que han fallecido sin estar en paz con su religión. Y la actitud de Bess, que no puede ocultar la felicidad de los primeros días de matrimonio y sexo, parece ser un desafío para la austera moral imperante en un lugar pequeño y aislado, propenso también al chismorreo. Pero dejamos que sea el propio director, en una entrevista concedida en el año de su estreno a la revista Sight & Sound, el que explique algunas de sus intenciones a la hora de abordar el hecho religioso en su película:

"Mi intención no ha sido la de criticar a una comunidad religiosa en concreto, como la que existe en el contexto escocés. Eso no me interesa. Es demasiado simplista y es algo con lo que no tengo demasiado que ver. Adoptar un punto de vista que es fácilmente accesible y universalmente aplicable es como pescar en aguas poco profundas. En gran medida, tengo cierta simpatía por las personas que están comprometidas espiritualmente y adoptan posturas extremas. En el fondo, se trata simplemente de que si quieres crear un melodrama, tienes que poner obstáculos por el camino, y la religión me proporcionaba un obstáculo ideal para mi historia."

La auténtica prueba moral para Bess comenzará con el accidente de su marido, que le deja tetrapléjico, del cual se va a sentir culpable, por haber deseado su regreso anticipado de la plataforma petrolífera en la que trabaja. A partir de aquí la mujer va a ser puesta a prueba. Como si se tratara de un nuevo redentor, Bess sufrirá un autoinfligido Calvario, cuando Jan, no sabemos si víctima de un delirio o lúcidamente, le pida desde el lecho del hospital que se acueste con otros hombres y después se lo cuente. Al principio ella intenta resistirse, pero después toma el encargo como una cruzada personal, humillándose y buscando sexo con desconocidos con el fin de ayudar a la recuperación de su marido a través de su sacrificio, pasando de la vergüenza al dolor, cuando unos desalmados acaben dándole una brutal paliza: todo ello en nombre de un amor puro y radical, capaz de vencer cualquier obstáculo para lograr sus objetivos, incluyendo conceptos tan contradictorios como la naturaleza racional y la religión establecida.

Rompiendo las olas no es una película fácil. A su vocación simbólica se añade la libertad radical con la que Von Trier aborda su proyecto, que en su último tramo no ahorra al espectador imágenes crudas y desagradables. Además de su director, el alma del film es una Emily Watson en estado de gracia, que se dio a conocer con este título. Watson intepreta a un personaje tan difícil como Bess, que ha de expresar emociones tan discordantes con una intensidad fuera de lo común: debe ser una muchacha de corazón puro que ha de ensuciar su dignidad hasta alcanzar la condición de mártir. Como dijo el propio Von Trier cuando conoció a Watson en las pruebas para elegir a la actriz protagonista: "En su aspecto había algo de Jesucristo que me atrajo".    

jueves, 13 de noviembre de 2014

HISTORIA DE LAS MALAS IDEAS (2003), DE EDUARDO GIL BERA. EL MIEDO OS HARÁ HUMANOS.


Elijo siempre mis lecturas a través de referencias: las que me ofrecen otros libros, algún suplemento cultural o mis amigos. He aquí la excepción: no conocía nada de este libro ni del autor. No obstante, me sedujeron de inmediato el título y la portada. Además, el texto de la contraportada rezumaba un pesimismo radical. Y en esta ocasión, la experiencia de la lectura ha sido acorde con mi intuición, sobre todo porque me gustan los intelectuales libres, aquellos que exponen claramente su concepción del mundo, aunque duela y lo hacen con argumentos. Este es un libro sobre el miedo, escrito por alguien que no tiene miedo a decir lo que piensa:

"Sin miedo no hay humanidad. Sólo cuando él vino al mundo, pudo empezar la historia. (...) por fin, escogió al primate estresado que le pareció más digno de sí; le abrió los ojos, le acondicionó el ático y lo habilitó."

Según Gil Bera, el miedo es el sentimiento más universal. El que lo domina todo. Más poderoso aún que el amor y factor decisivo en muchas de nuestras decisiones, en nuestro deseo de seguridad, de protegernos de los demás, sobre todo del extraño. El don de la inteligencia lleva en el reverso la maldición del miedo: pensamientos de posibles desastres futuros que no compartimos con ningún otro animal. Decía Petronio que fue el temor el que fabricó a los dioses. A partir de aquí este sentimiento jamás ha dejado de acompañarnos en nuestra existencia, a pesar de la anunciada muerte de Dios. Si Dios existe, habrá temor a enfurecerlo. Si no existe, será aún peor. El hombre está solo.

Pero no es éste el único planteamiento radical de Historia de las malas ideas. Otra invención puramente humana impregna la historia universal: la venganza. Venganzas individuales y venganzas de pueblos enteros contra otros. Pueblos elegidos cuyo Dios clama venganza por afrentas que van más allá de lo puramente humano:

"La sociedad se basa en la venganza. Dondequiera y siempre, naciones, pueblos, tribus, imperios, religiones, culturas o clases se definen por el establecimiento de un espacio-tiempo donde aquella, la innombrable, se regula y garantiza. Cada ámbito comunitario facilita e impone a sus socios los plazos, tasaciones y eufemismos para la venganza. De ese modo, nacen, pululan y caducan las voces más famosas: justicia, derecho, castigo, paraíso, dios, trascendencia, revolución, fe, amor, arte, inmortalidad... Y todas significan lo mismo."

De ahí se infiere que no es extraño que el cristianismo acabara triunfando en el competitivo mercado de las religiones de la decadencia del Imperio Romano. Ofrecía una explicación coherente de la existencia del mal: simplemente esta vida no era más que la preparación para una vida eterna, una apuesta permanente en la que uno se juega la eternidad. Poco a poco se fue haciendo con la autoridad tradicionalmente conferida a los padres de familia. 

Con su evolución, la iglesia asume formas más sofisticadas de miedo. La invención del Purgatorio, por ejemplo, un lugar muy desagradable, no eterno como el infierno, pero del que las almas pueden escapar antes a través de las misas que paguen los familiares. Es una religión de puro cálculo de posibilidades: el sufrimiento en este mundo se paga con bienaventuranzas en el otro. Sin embargo, es una apuesta difícil, puesto que las tentaciones son muchas y pocos son los que dejan de lado la materia para entregarse enteramente al espíritu (esta sería la apuesta ganadora):

"Y es que el cristianismo ha manejado siempre el concepto contable que contribuyó a su gran éxito: mientras en otras religiones se consideran las penalidades como algo fatal - bien porque la divinidad es de índole malvada, aunque eso no pueda decirse sin grave riesgo, o bien porque castiga una transgresión -, en la atrevida creencia patibularia se fomenta con especial solicitud que las penalidades son valores de rentabilidad, la aflicción es una inversión que se puede endosar, acumular y negociar." 

El cristiano cumplidor está legitimado para reclamar la condena de los demás. Uno de los más supremos goces del Paraíso es contemplar el sufrimiento de las almas condenadas. No cabe una definición más pura de la venganza, del triunfo absoluto del justo sobre el pecador, imponiendo una situación eterna de injusticia plena. Si pudiéramos asomarnos a la historia íntima de la humanidad, nuestra visión del mundo cambiaría por completo. Los protagonistas de la misma no serían reyes y generales, sino el miedo y la venganza encarnados.

martes, 11 de noviembre de 2014

EL VIAJE AL AMOR (2007), DE EDUARDO PUNSET. UN SENTIMIENTO PRIMITIVO.

Una de las características más apreciables de los ensayos de Eduardo Punset es su forma de explicar la ciencia. A veces, mientras uno lee, tiene la sensación de que está manteniendo una conversación afable con un viejo sabio, que cita conversaciones con científicos, anécdotas históricas o experiencias personales, hasta que llega la frase que resume la idea que quiere transmitir. Todo ello de manera muy informal, sin ser demasiado sistemático, aunque siempre recalcando dichas ideas esenciales.

La primera imagen que me viene a la cabeza cuando rememoro mi reciente lectura de El viaje al amor, es acerca de la antigüedad de este sentimiento. Muchos creen que es una invención medieval o que viene de los griegos. Nada de eso. Según Punset, hay que remontarse a la edad en la que los más simples microorganismos, de los que procedemos, poblaban en exclusiva la Tierra, para encontrar los primeros indicios de ese poder de atracción que llamamos amor:

"El amor, entendido como instinto de fusión, precede, pues, a la existencia del alma y de la conciencia, al resto de las emociones e impulsos, al poder de la imaginación y al desarrollo de la capacidad metafórica, de fabricar máquinas y herramientas, al lenguaje, al arte y a las primeras sociedades organizadas. Cuando no había nada, ya funcionaba el instinto de fusión con otros organismos. Ya existía la prefiguración del amor moderno."

Decía Ortega y Gasset que el amor es un atontamiento temporal del alma. Y algo de eso tiene este sentimiento primitivo, fruto de un instinto primordial y que casi siempre es capaz de vencer a cualquier razonamiento sin apenas esfuerzo. Porque el amor pasional es hijo de la selección natural: la mejor manera que ha encontrado la madre naturaleza para animarnos a que tengamos hijos, los cuidemos y contribuyamos a la expansión de la especie. Tiene su seno en el cerebro primordial, en el más primitivo. Quizá ese enamoramiento que dura siete años (muchas parejas se rompen llegado ese plazo) tenga su explicación en que este es el tiempo (en las sociedades ancestrales) en el hijo podía valerse por sí mismo, sin ayuda de los padres, dentro de la tribu. Por eso en muchas ocasiones este sentimiento casa mal en nuestra sociedad tan racional y tan tecnificada:

"(...)el amor tiene por cimientos la fusión, desde tiempos ancestrales, entre organismos acosados por las necesidades cotidianas, como la respiración o la replicación, empujados por la necesidad de reparar daños irremediables en sus tejidos y sumidos en una búsqueda frenética de protección y seguridad"

Y otra curiosidad. El proceso de enamoramiento debería explicarse en la Escuela, ya que todos los alumnos, de un modo u otro, lo van a experimentar y no van a saber qué hacer en muchos casos - obviando los que hayan tenido una educación religiosa, que pueden llegar a sentirlo como algo pecaminoso -, pudiéndose llegar, en casos extremos, al suicidio. Creemos enamorarnos cuando encontramos a alguien especial. Pero ese alguien no hace más que despertar una necesidad latente en todo ser humano. Todos necesitamos amar y ser amados:

"El filósofo Alain de Botton, autor entre otros muchos libros de Del amor, acierta al decir que «el deseo de amar precede al amado, y la necesidad ha inventado su propio remedio. La aparición del bienamado es tan sólo el segundo acto de una necesidad previa, aunque en gran parte inconsciente, de amar a alguien»"