miércoles, 29 de octubre de 2014

HISTORIA DE UN ALEMÁN. MEMORIAS 1914-1933 (1939), DE SEBASTIAN HAFFNER. EL YO SAGRADO Y PURO.


En uno de los capítulos más logrados de este libro, su autor intenta justificar el tono empleado, muy personal y, por lo tanto, enormemente subjetivo. Haffner casi se disculpa por no centrarse en los políticos y en los personajes relevantes de la época y hacerlo en el hombre de la calle, en el testigo de una barbarie que iba día a día haciéndose presente con más descaro. Y entonces dice algo muy lúcido. Que las personas corrientes son los auténticos protagonistas de la historia, los que pueden hablar de lo que han visto, de lo que han padecido o del sufrimiento de sus vecinos. Y la Alemania de los años veinte y treinta era una época histórica singular, en la que los germanos debían decidir si empleaban todas las energías nacionales en prepararse para una revancha, tras la derrota en la Primera Guerra Mundial, o se convertían en una democracia comparable a las del entorno, en un país parecido a Inglaterra o Francia.

Antes, de niño, Haffner ha vivido los años de la Gran Guerra, y ha seguido las batallas casi como si de un juego se tratara. La violencia, que en esos años se hallaba muy lejos de Berlin, se presenta precisamente después de firmarse la Paz de Versalles. Un ambiente de revolución y guerra civil impera durante meses en Alemania y los combates en las calles no son extraños. Después llega una especie de pacificación de una sociedad derrotada que quiere salir adelante, aunque no es fácil. Son los años de la inflación que todavía se recuerdan en aquel país como una auténtica pesadilla. Luego llegarán algunos años mejores, que harán pensar en que la República de Weimar es una alternativa viable frente al tradicional militarismo prusiano. Un espejismo. Los nacionalsocialistas llegarán al poder, no por un golpe de Estado, sino a través de las urnas. Y una vez instalados en él, no lo soltarán hasta que los soviéticos entren en Berlín en 1945, después de una guerra en la que morirán siete millones de alemanes. 

El caso de Sebastian Haffner es singular. No se trataba de un judío, un homosexual, un comunista o un pacifista, cuatro de los grupos más perseguidos desde el primer momento por el gobierno nazi. Al contrario, él podía considerarse un ario puro, un jurista de talante conservador, miembro de una familia pudiente. Pero quizá ese arraigo a la ley y a la justicia es lo que hace que desde el principio rechace los métodos radicales del nuevo gobierno para hacerse con un poder absoluto que no solo abarque lo público, sino también el ámbito privado de la vida de los ciudadanos alemanes. ¿Por qué la mayoría de éstos aceptaron casi sin resistencia esta nueva tiranía totalitaria? Quien mejor puede responder a esta trascendental pregunta es quien lo ha vivido de primera mano:

"(...) el efecto producido por el terror debía intensificarse justo a través del secretismo y del peligro que implicaba el mero hecho de hablar de las barbaridades. La descripción sin ambages de lo que realmente ocurría en los sótanos de las SA y en los campos de concentración —por ejemplo desde la tribuna de oradores o a través de la prensa— podría haber provocado una reacción de resistencia desesperada incluso en Alemania. En comparación, las escalofriantes historias susurradas por lo bajo —«¡Ande con mucho cuidado, vecino! ¿Sabe lo que le ha pasado al señor X?»— conseguían partir por el eje cualquier oposición con mucha más eficacia. Tanto más cuanto que, al mismo tiempo, nos mantenían totalmente ocupados y distraídos con una sucesión ininterrumpida de fiestas, celebraciones y horas solemnes nacionales."

Ante esta grave enfermedad colectiva, el narrador se propone, basándose en la máxima de Stendhal, "el mantenimiento de un yo sagrado y puro", de un pensamiento propio en un entorno cada día más hostil. No es fácil. Los actos nazis se multiplican y también las procesiones. El ciudadano que ve pasar la cruz gamada y no levanta el brazo se arriesga a una paliza o algo peor. Y después están los amigos judíos y la novia, que sufren especialmente el acoso del nuevo Estado, aunque todavía, en 1933, nadie puede imaginarse cuan lejos va a llegar en su política criminal. Él mismo siente miedo casi todo el tiempo. Cuando es llamado para participar en un campamento de instrucción militar para juristas, no tiene más remedio que acudir y allí tiene oportunidad de experimentar los métodos nazis para que el ario se sienta parte de una comunidad nacional que quiere demostrar su superioridad, primero a los ciudadanos considerados inferiores y después a los países del entorno, vengando la "puñalada por la espalda" de la Primera Guerra Mundial y creando un nuevo imperio germánico en Europa. La fórmula era sencilla: el fomento de la camaradería:

"Para poder hacerse una idea de este punto crucial hay que considerar que la camaradería anula por completo el sentido de responsabilidad propia, tanto en el terreno civil, como, lo que es peor, en el religioso. Quien vive en un entorno de camaradería está exento de toda preocupación existencial, de la dureza que conlleva la lucha por la vida. En el cuartel tiene su campamento, comida y uniforme. El transcurso de la jornada está planificado hora por hora. No debe preocuparse lo más mínimo, pues ya no ha de regirse por esa máxima severa de «cada uno es responsable de sí mismo», sino por esa otra, tan generosa y flexible, del «todos para uno». Una de las mentiras más desagradables es la que sostiene que las leyes de la camaradería son más rígidas que las que imperan en el ámbito civil del individuo. Todo lo contrario: aquéllas se caracterizan por una laxitud que casi debilita y únicamente se justifican en el caso de los soldados que van a una guerra de verdad, para quienes van a morir: sólo el pathos de la muerte permite y soporta esa tremenda dispensa de responsabilidad vital. Y ya se sabe cuán incapaces son incluso los valerosos combatientes que han pasado demasiado tiempo sobre el mullido almohadón de la camaradería de adaptarse a la dureza de la sociedad civil."

En el momento en el Haffner escribía estas líneas, 1939, la tempestad iba a desatarse de nuevo sobre Europa, pero él se encontraba a salvo junto a su novia judía en Inglaterra. Desde ahí se dedicó a combatir con la palabra al régimen que había hipnotizado a tanta gente en su país. El veneno del nacionalismo había emponzoñado las mentes de sus compatriotas y fomentado el miedo o la indiferencia. Estas líneas se dedican al que sigue siendo uno de los grandes males de nuestro tiempo:

"El nacionalismo, es decir, la autocontemplación y egolatría nacionales, es en todas partes una enfermedad mental peligrosa, capaz de desfigurar y afear los rasgos de una nación, igual que la vanidad y el egoísmo desfiguran y afean los rasgos de una persona."

Es imprescindible leer a Sebastian Haffner para seguir creyendo en la humanidad, para acercarnos a una de esas escasas voces alemanas que supo decir no, aunque dicho rechazo le costara el exilio. Él podría haber sido un privilegiado en el nuevo régimen, pero supo rechazar a tiempo la tentación y ponerse del lado del humanismo en un tiempo en el que era muy difícil tomar esa opción.

lunes, 27 de octubre de 2014

EL CUARTO DE LAS ESTRELLAS (2014), DE JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA. LA PLAYA DE CEMENTO.

El viernes vivimos otra jornada memorable en la Biblioteca Cristóbal Cuevas, contando con la presencia del último ganador del premio Café Gijón, con la novela que nos ocupa. Fue una oportunidad única de entrar en el mundo íntimo de un escritor, sus técnicas, sus fobias y sus intereses. Aquí el artículo:

http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2014/10/una-tarde-en-el-cuarto-de-las-estrellas.html

jueves, 23 de octubre de 2014

ROJO Y NEGRO (1830), DE STENDHAL. UNA AMBICIÓN NAPOLEÓNICA.

Pocas obras literarias reflejan tan bien como Rojo y negro los sentimientos de un autor ante un determinado momento histórico. No en vano la novela funciona como una especie de crónica social de un presente absolutamente influenciado por un pasado inmediato muy traumático: la Revolución Francesa, las victorias napoleónicas, el Imperio, la derrota final y la Restauración. Un cóctel de demasiados momentos históricos que habían transcurrido en unas pocas décadas y que provocaban una constante sensación de inseguridad a la nobleza y a los nuevos triunfadores burgueses: en cualquier momento podían volver los levantamientos revolucionarios, como así iría sucediendo durante todo el siglo XIX. Después de haber saboreado la libertad, aunque fuera de un modo efímero y violento, difícilmente las clases bajas iban a resignarse a volver a la situación del Antiguo Régimen. El nombre de este periodo histórico, la Restauración, ya constituía todo un desafío para los que, como el propio Stendhal, habían vivido momentos de gloria con los triunfos de Napoleón y habían sido depurados de la administración con su caída. 

Curiosamente, el periodo de mejor producción creativa de Stendhal coincide con el de su mayor infelicidad vital. Quizá la escritura era una manera de escapar de una realidad gris, muy lejos de su ideal imaginado. Es muy conocida su definición de novela, que aparece en Rojo y negro:

"Pero señor mío, una novela es un espejo que se pasea por un largo camino. Ora refleja ante nuestros ojos el azul de los cielos, ora el fango de los charcos del camino. ¿Por qué acusar de inmoral al hombre que lleva el espejo en su mochila? ¡Su espejo muestra el fango, y acusáis al espejo! Acusad más bien al largo camino donde se encuentra el charco, o mejor aún al inspector de caminos que deja que se encharque el agua y se forme el fango."

Es muy posible que el escritor pusiera mucho de sí mismo en el espíritu del ambicioso Julian Sorel, un muchacho al que se nos presenta absorto, leyendo el Memorial de Santa Elena, mientras se imagina formando parte del victorioso ejército del emperador. La realidad que percibe a su alrededor el protagonista, alguien procedente de una familia muy humilde y que solo cuenta con su inteligencia para triunfar, en contraste con aquello, es enormemente gris. Se siente rodeado de mediocridad mientras practica su culto secreto a Napoleón. Su modelo. El héroe que surgió desde la nada como una fuerza de la naturaleza y fue capaz de llevar a Francia a una aventura que él califica como gloriosa.

Pero, obviando su intelecto (que le hace retener en su memoria, sin demasiado esfuerzo, libros enteros, como la Biblia) la otra cualidad de Sorel que le va a ayudar en su ascenso social es su atractivo personal, algo que él al principio ignora por completo. Su natural seductor le va a proporcionar dos amantes, lo que va a constituir uno de los ejes de la obra: Madame de Rênal y Matilde, dos seres antagónicos, pero que a la postre van a sentir la misma pasión desmedida y absolutamente indecente por el joven de Verrières.

Madame de Rênal es una mujer casada, por lo que el pecado que comete con Julian es prácticamente imperdonable. Ella lo sabe y sufre atroces remordimientos por ello. Pero no puede sustraerse a su pasión, a unos sentimientos que jamás hubiera sospechado que pudieran embargarle de esa manera. La caricia del amor la encuentra totalmente desprevenida. Y es que ella nunca ha leído novelas, que le hubieran indicado la naturaleza de esas sensaciones y la manera de reaccionar ante ellas:

"Como Madame de Rênal no había leído nunca novelas, todos los matices de su felicidad eran nuevos para ella. Ninguna triste verdad venía a amortiguarla, ni siquiera el espectro del porvenir."

La otra amante es una mujer joven, de muy buena familia. Si al principio parece despreciar a Julian, el Secretario de su padre, como a alguien de una casta inferior, pronto verá en él a una especie de nuevo Danton, alguien superior, destinado a grandes cosas y, por lo tanto, digno de ella. A pesar de todo, su amor no es tan puro como el de Madame de Rênal. Ella es una mujer mucho más caprichosa, orgullosa y voluble, aunque al final su pasión resulte tan desmedida como la de aquella, asumiendo plenamente su pecado social de quedar embarazada de un sirviente.

Rojo y negro funciona al menos a dos niveles: como crónica íntima de las ambiciones de Julian Sorel, tan desmedidas que al final se le vienen encima y como crónica de un momento histórico apasionante, en el que las fuerzas sociales de Francia echaban un pulso que podía decidir el devenir del resto del siglo. Una época en la que los héroes podían ser engullidos por el cuerpo social dominante, que solo anhelaba la paz y el orden, como Dios manda, de antes de la Revolución. 

martes, 21 de octubre de 2014

EL COLLAR DE LA MEMORIA (2014), DE FRANCISCO JAVIER MARTÍN FRANCO. A LA SOMBRA DEL GRANADO.

Para un amante de la historia vivir en Andalucía constituye un aliciente excepcional. Pocas tierras han visto pasar a tantas civilizaciones. Cuando uno viaja por sus villas y ciudades, no es raro encontrar vestigios romanos o árabes, dos de los pueblos que más siglos estuvieron por aquí. El caso del dominio musulmán provoca una especial fascinación, sobre todo cuando uno visita la Alhambra, una de las maravillas del mundo o se asoma a las ruinas de Medina Azahara y se imagina el esplendor del que debió gozar aquel lugar, cuando Córdoba era una de las ciudades política y culturalmente más importantes del mundo. Pero si hay un periodo que ha interesado a historiadores y novelistas ha sido el de la decadencia del mundo musulmán en Al-Andalus, una decadencia que duró siglos, pasó por diversas etapas y acabó con la rendición de la ciudad de Granada, todo un símbolo que ha sido utilizado, muchas veces abusivamente, como una especie de apoteosis de la España auténtica, aquella que solo puede ser católica, imperial e intolerante con otras religiones o ideas.

El protagonista de El collar de la memoria nace en un mundo y ha de desenvolver su vida en otro muy distinto, un mundo en transición, en el que él pertenece a los derrotados, por lo que a muy temprana edad ha de experimentar la humillación de cristianizar su nombre para adaptarse a una sociedad en la que se valora mucho más ser castellano viejo que el talento personal. Así, Abû Bakr pasa a ser Rafael Torres, aunque en su interior conserve sus raíces musulmanas. Es más, Rafael no se conforma con la doctrina establecida, sino que pretende profundizar en los fundamentos de la fe religiosa, acercándose a los principios del sufismo, la versión más espiritual, tolerante y trascendente del islam, lo que lo convierte en un heterodoxo, un hombre muy peligroso para el naciente Estado. Su filosofía ante la existencia puede resumirse en estos hermosos principios:

"Sentí que la esencia que late tras las cosas y personas no es nunca lo mero aparente, que la vida es como un sueño en el que sientes que todo es real, algo establecido para el que sueña y que lo va llevando por la vida sin voluntad verdadera; que el secreto de vivir empieza por observarse a uno mismo en cada momento, en ser actor y observador a la vez, en una suerte de vivir viviendo, en gerundio, como diría un gramático, vivir sin estar determinado ni por el tiempo, el modo, el número ni la persona, entendida esta última en su etimología griega de máscara del actor, personaje, un personaje que habría de ser persona al servicio consciente de la esencia. Pero es tan difícil intuir siquiera la esencia cuando se vive como todos vivimos, sujetos a una obtusa y férrea usanza establecida, pobre de verdades y rica de vanaglorias, un mundo dual, de contrastes, puesto adrede del revés."

Atenerse a esta búsqueda no va a ser fácil en una época en la que los Reyes Católicos han consolidado su poder y empiezan a aplicar una política de intolerancia que dará muy pronto al traste con la convivencia que, con sus altibajos, había sido una constante entre judíos, musulmanes y cristianos hasta entonces. El impacto que estas medidas van a tener en miles de familias va a ser enorme: muchas seguirán practicando su religión en secreto, otras optarán por el exilio y quienes se vuelven cristianos con una mezcla de interés y devoción pronto advierten que no están en pie de igualdad con los conquistadores. Más bien serán continuos objetos de sospecha. El Tribunal de la Inquisición, creado para velar por la pureza de la fe va a ser la amenaza más evidente para estos nuevos creyentes, algo que el propio Rafael Torres va a sufrir en sus carnes. A pesar de todo, su pensamiento seguirá siendo puro, anhelante de tolerancia:

"- Cristiano, musulmán... - dije yo compartiendo su sentir - ... Si te detienes a meditar, son lo mismo en el fondo. Los dogmas y las doctrinas que erigen presto los hombres, por intereses, son lo que al cabo nos separa. Cristo significa en griego "ungido", y el ungido, como oí decir al maestro Mustafá, ¿no es musulmán el que en su viaje espiritual recibe la llovizna como regalo de la misma fuente del Creador?

- En todas las religiones hay personas buenas, que se afanan por la gente sin darse cuenta siquiera; y gente abyecta que sólo busca el beneficio propio a costa siempre de los demás. Ésa es la única verdad."

El collar de la memoria puede leerse como la crónica íntima de una época fascinante. Uno de los aspectos que me ha interesado más de la novela es la movilidad del protagonista, siempre a merced de una fortuna cambiante. Es curioso que Torres llegue a ser servidor de Francisco de los Cobos, un personaje sobre el que leí hace poco en el ensayo de Bartolomé Bennassar, Los españoles, actitudes y mentalidad del siglo XV al XIX, un hombre nacido de una familia hidalga humilde que ascendió socialmente hasta convertirse en el Secretario de Estado del emperador Carlos V.

No cabe sino felicitar a Francisco Javier por haber concebido una novela tan bien proporcionada en acción y reflexión y que le ha hecho crecer una vez más como escritor. A su profundo conocimiento de las vicisitudes y pensamiento de la época se une una cada vez más evidente maestría literaria: se nota que esta historia llevaba tiempo rondándole y cuando por fin la ha plasmado sobre el papel lo ha hecho con un cariño inmenso por su personaje y por los escenarios por los que se mueve, sobre todo ese eje Granada-Almuñecar. Para mí ha sido una gozosa cuenta más en el collar de mis lecturas, tal y como me sugiere en su generosa dedicatoria. 

domingo, 19 de octubre de 2014

RELATOS SALVAJES (2014), DE DAMIÁN SZIFRÓN. MÁS ALLÁ DEL PRINCIPIO DE ENTROPÍA.

Una de las más notables conquistas de la civilización humana ha sido la de organizar la sociedad a través de las leyes, dotando a ésta de un aparente orden. Esto es lo que hace que las cosas funcionen, que la gente se sienta segura. Pero seríamos muy ingenuos si pensáramos que esta armonía artificial es una ley de la naturaleza. En realidad lo que dice la física es que cualquier sistema organizado termina tendiendo al desorden, a la entropía. Y esto sucede con mayor facilidad de lo que podemos pensar, hasta el punto de que muchos científicos piensan que la entropía será lo que finalmente acabará con el universo (dentro de miles de años, por fortuna). Pero nuestras vidas no se miden en esos enormes lapsos temporales. Son meros destellos en la inmensidad espacial y temporal de todo lo que existe, aunque es necesario que las consideremos importantes. Sin embargo, es indudable que de vez en cuando metemos la pata y nos convertimos en seres patéticos. A veces basta una pequeña chispa para que nuestro orden social, que tantos siglos ha costado construir, salte por los aires y nos domine el mucho más vetusto atavismo. Porque, es indudable que después de tantos miles de años de evolución, seguimos siendo, en el fondo, animales salvajes.

Y esta es la tesis que siguen, con grandes dosis de humor negro, estos Relatos salvajes firmados con maestría por el argentino Damián Szifrón. Porque a veces las bodas no salen como estaba previsto, pueden ponernos una multa de aparcamiento donde no hay señal alguna de prohibición o nos vemos envueltos en una seria pelea de tráfico por los motivos más nimios. Casi siempre conseguimos ser racionales ante situaciones desagradables o imprevistas, pero a veces estallamos. Puede que el enfado se zanje con algunos insultos, pero en ocasiones el asunto se vuelve más serio y realizamos acciones de las que podemos llegar a arrepentirnos. Es difícil mantener la cabeza fría ante ciertas situaciones.

A pesar de tanta seriedad en mi discurso, la película de Szifrón no es más que un mero divertimento, aunque extraordinariamente bien realizado, que mantiene un magnífico nivel en todos sus episodios, historias independientes unidas por dos términos: venganza y misantropía. Como espectador no me cabe duda de que usted se lo va a pasar en grande viéndola, pero como ser humano estoy seguro de que en determinados momentos va a sentir pequeñas oleadas de desasosiego al reconocer (espero que como mero testigo), algunas de las situaciones que retrata Szifrón que, aunque tremendamente exageradas, no dejan de estar inspiradas en la vida cotidiana. Van a reírse, pero a veces van a sentir un íntimo malestar por haberlo hecho. Porque pocas veces van a ser testigos de un humor tan cruel y tan negro. Negrísimo. De entre todos los episodios, que son para enmarcar, yo destacaría La propuesta, una visión tan ácida de la mezquindad y la miseria humanas que parece ideada por un Billy Wilder en estado de gracia, que contiene una moraleja muy incómoda: retorciendo la antigua idea de una crisis es una oportunidad, cabría decir que es explotando el infortunio ajeno como los canallas hacen su fortuna.

viernes, 17 de octubre de 2014

LA ISLA MÍNIMA (2014), DE ALBERTO RODRÍGUEZ. LOS FANTASMAS DEL SUR.

Como sucedía con su anterior trabajo, Grupo 7, la nueva película de Alberto Rodríguez parte de unas claras premisas históricas y geográficas. Si aquella nos trasladaba a una Sevilla marginal de la época en la que se preparaba la Exposición Universal del 92, esta nos retrotrae a diez años antes, cuando la famosa transición democrática estaba por consolidarse y España caminaba a trompicones deslumbrada por la modernidad de las nuevas libertades mientras oía a sus espaldas un ruido de sables apenas disimulado. Pero si estos cambios eran bastantes obvios en las ciudades, llegaban con mucha más prudencia al ámbito rural, todavía dominado por el caciquismo, por el señorito que hacía y deshacía a su antojo la vida laboral de los jornaleros más humildes. Si en algo se notan los nuevos aires en el pueblo marismeño al que van a parar los dos protagonistas es en la presencia, ya sin miedo, de sindicalistas agrarios que incitan a los vecinos a ejercitar el flamante derecho de huelga que recoge la flamante Constitución, aprobada un par de años antes y de la cual nadie apostaría que vaya a durar otro bienio. 

Pedro y Juan son dos policías tan antagónicos que casi pueden servir como representantes de las dos Españas del momento. Pedro es un detective joven y prometedor, que se toma en serio su trabajo e intenta ser cumplidor de la legalidad vigente. Siente grandes suspicacias respecto a su compañero, un policía con un turbio pasado franquista, bebedor y dado a la violencia. Pero, después de todo, hay algo que los une: su aspecto de seres atormentados, nada felices, como si al ejercer la tarea de buscar a dos jóvenes desaparecidas conllevara una especie de condena personal. Quizá porque intuyen que el final del asunto no va a ser nada agradable. Mientras investigan, descubren el microcosmos de un pueblo de la España profunda, donde el único anhelo de la gente más joven es marcharse, porque intuyen que en aquel lugar el futuro es tan inamovible como el pasado. Las imágenes que imprime Alberto Rodríguez a la narración sugieren una violencia latente bajo la superficie de la naturaleza salvaje del lugar, salvo las hermosas tomas aéreas del principio, que evocan la idea de una pureza distante, porque a esas alturas, los hombres parecen hormiguitas. No es raro que un sitio como aquel atraiga a un periodista del periódico El Caso, muy popular en aquella época, quizá la única persona a la que le interesa que el final de la historia sea lo más truculento posible.

Puede que el moraleja de la película sea simple: la mejor manera de atraer a la gente hacia su perdición es apelar a sus más profundos deseos, ya sean estos desaparecer de su pueblo y obtener un trabajo en la Costa del Sol (tierra de la gran promesa en aquel entonces) o tener una pequeña aventura con el muchacho más guapo de los alrededores. Aquí estos deseos sirven como catalizador de la vileza más absoluta. Todo recuerda a la repugnancia de asuntos como el de las niñas de Alcàsser o el de Rocío Wanninkhof, alimentados por el morbo de la gente que desea conocer los menores detalles y recrearse en ellos. En 1980 era El Caso el que cumplía esta labor social. Hoy serían las televisiones privadas las que mandarían a sus mejores profesionales a cubrir el suceso, estableciendo conexiones en directo con el pueblo de las niñas desaparecidas cada cinco minutos para conocer las novedades y tratando de mostrar las imágenes más sórdidas a su público. 

La isla mínima es una de las mejores películas que ha dado el cine español en los últimos años. De una factura técnica perfecta, funciona a varios niveles y deja al espectador, cuando abandona la sala, con una dulce sensación de desasosiego. Rodríguez consigue dotar a su historia de un toque muy personal, aunque beba de fuentes tan obvias como el cine de David Lynch o la reciente serie True detective. Si esta producción marca el camino de lo que va a ser nuestro cine en los próximos años, bienvenida sea. Ya iba siendo hora que una nueva hornada de directores empiece a explorar temas distintos a los habituales. Nuestro pasado y nuestras vicisitudes como país son una materia prima excepcional para hilvanar buenas historias.

jueves, 16 de octubre de 2014

EL VIAJE A LA FELICIDAD: LAS NUEVAS CLAVES CIENTÍFICAS (2005), DE EDUARDO PUNSET. EL SENTIMIENTO MÁS ESQUIVO.

A veces se nos olvida que somos fruto de la evolución. Que arrastramos un pasado remoto dominado por los instintos y por las emociones más que por lo que hoy denominamos racionalidad. Por ejemplo, todavía nos cuesta abandonar la sensación de relación de causalidad en mucho de lo que nos pasa, cuando nos rodea el imperio del azar y la casualidad. Hay algo que compartimos con algunos animales: son las emociones, que están presentes en la zona más primitiva de nuestro cerebro y que pueden desarrollarse también de modo colectivo, convirtiéndose a veces en un fenómeno contagioso:

 "En cualquier tiempo y lugar los seres humanos han compartido el mismo repertorio emocional básico. Esta universalidad de las emociones básicas supone un argumento adicional a favor de su naturaleza biológica. Pero esto es verdad también, no sólo respecto a las emociones grupales sino, y sobre todo, a las emociones individuales."

En cualquier caso, hay algo envidiable en los animales: no suelen preocuparles problemas abstractos ni se angustian por el futuro. Son capaces de vivir el momento presente de manera absoluta, algo muy complicado para nosotros. Si una gacela se libra, por ejemplo, del ataque de un león, seguirá su vida como hasta ese momento. Si eso le sucede a un ser humano, lo más seguro es que interiorice un trauma para toda la vida.

En su viaje a la felicidad, Punset parte del hecho de que, gracias al progreso, la esperanza de vida humana ha aumentado en el último siglo unos cuarenta años. Si el hombre de antaño venía al mundo fundamentalmente para dejar descendencia, ahora la vida es mucho más larga y compleja. La búsqueda de la felicidad deviene en un factor fundamental para una existencia plena (en la Declaración de Independencia de Estados Unidos reconoce el derecho a ser feliz como uno de sus derechos fundamentales) y es posible que la ciencia nos eche un cable para llegar sin muchos contratiempos al destino. 

Una de las afirmaciones más sorprendentes de El viaje a la felicidad, es que muchas de nuestras decisiones, incluso las más importantes, son más emocionales que racionales. Si quisiéramos racionalizarlo todo, sopesando serenamente los pros y los contras, jamás podríamos decantarnos por nada: las emociones se encuentran muy presentes en el inicio y en el final de todos los proyectos humanos. Pero lo verdaderamente importante es consolidar esa sensación que siempre nos es tan esquiva. Podemos identificar felicidad con serenidad vital, con ausencia de miedo. Por eso los ciudadanos sometidos en regímenes totalitarios jamás pueden ser felices. Lo mejor es ser humildes en nuestras ambiciones materiales y cultivar otro tipo de aspiraciones, mucho más satisfactorias, evitando compararnos con los demás, lo cual solo puede generar frustración:

"(...) el aumento de los niveles de infelicidad en el mundo de hoy se explicaría por una inversión excesiva en bienes materiales, en detrimento de valores de mantenimiento más intangibles."

Hay otra aseveración bastante insólita, teniendo en cuenta los valores de la sociedad actual, que yo solo dejo caer aquí, una apelación a una paternidad responsable y bien meditada:

"Aunque se suela decir que los niños son una de las mayores fuentes de alegría de la vida, las investigaciones recientes revelan que cuidar de los niños no es ni divertido, ni contribuye significativamente a la escala de felicidad, sino al contrario. «Si contabilizamos todo el tiempo que los padres pasan con sus hijos -dice Norbert Schwarz, catedrático de Psicología de la Universidad de Michigan-, el cuadro no es muy positivo. En la escala de preferencias de Kahnemann, educar a los hijos figura detrás de llevar una vida social, comer, ver la televisión o echar la siesta, entre otros. De hecho, cuidar de la prole es una tarea obligatoria y el ánimo que muestra la gente cuando se ocupa de realizar dicha tarea no es particularmente positivo si se compara con otras actividades»."

Y también merece la pena reflexionar sobre ésto: el fomento del consumo de bienes que apenas sacia el hambre de nuevos productos, no es más que una trampa sin salida:

"Por una parte, resulta que a medida que aumenta el nivel de la renta, también crece el nivel considerado necesario para volver a sentir placer. Y, por otra parte, la tendencia a compararnos socialmente con los demás genera grandes dosis de frustración que la escalada del dinero no puede apaciguar."

La felicidad se construye en suma, restando necesidades superfluas y sumando emociones positivas que terminen siendo una norma para la comunidad. Las emociones individuales suelen tender a garantizar la supervivencia, las grupales son mucho más complejas y son la clave de una vida plena: es necesario que tengan sentido, que sean constructivas, que otorguen seguridad y destierren el sentimiento de angustia. Proteger la intimidad personal y desarrollar una identidad colectiva basada en la libertad, la igualdad y en unos derechos fundamentales de obligado cumplimiento. Esa es la fórmula. ¡Sin olvidar la capacidad de reírse de uno mismo!