viernes, 23 de febrero de 2018

LAS AMISTADES PELIGROSAS (1782), DE CHODERLOS DE LACLOS Y DE STEPHEN FREARS (1988) Y VALMONT (1989), DE MILOS FORMAN. TRATADO DE MORAL LIBERTINA.

El siglo XVIII fue paradójico en muchos aspectos. Mientras avanzaban la ciencia y el arte, se consolidaban como actividades de inmenso prestigio, cada vez más alejadas de la tutela de la religión, la organización política del Estado seguía siendo la del Antiguo Régimen. Frente a la miseria y semiesclavitud de la mayoría del pueblo, una minoría selecta vivía una existencia regalada en sus palacios y castillos. Muchos de ellos gozaban de las prebendas que otorgan títulos y cargos oficiales y solían gozar de mucho tiempo libre que podían dedicar al estudio y meramente a procurarse los más variados placeres. Precisamente el personaje del vizconde de Valmont es un prototipo en este sentido: un noble adinerado que dedica todos sus esfuerzos al arte de la seducción, un tipo cuyo objetivo primordial en la existencia es ir acumulando fama en los salones de París, por lo que cada vez se exige objetivos más difíciles, para que la satisfacción de la conquista sea mayor y el escándalo consiguiente más ruidoso. En su moral de libertino es principio primordial que la virtud aumenta el valor de la mujer, justamente hasta el momento en que deja de tenerla.

Pero Valmont no emprende en solitario sus intrigas. Cuenta con una aliada, la marquesa de Merteuil, una mujer que, después de haberse sometido a un duro aprendizaje acerca de los asuntos mundanos de la alta sociedad parisina, se dedica al noble arte de la manipulación y la corrupción de los seres más inocentes. Con Valmont mantiene una relación de amor-odio que al final va a ser decisiva en la resolución de esta novela epistolar. Ni que decir tiene que Las amistades peligrosas es una obra maestra de este género literario. Las cartas están concebidas para crear un clima de tensión permanente en las complejas relaciones entre sus distintos personajes y muchas de ellas, sobre todo las escritas por los dos protagonistas, son un modelo de doblez y de maestría en el arte de la consecución de los propios objetivos. Valmont y Merteuil son dos personajes absolutamente egoístas en su condición de profundos conocedores de las pasiones humanas. La religión y los conflictos de conciencia, algo que afecta a las resoluciones de los personajes débiles de la trama, son para ellos meros instrumentos para usar a su favor.

Puede verse también en Las amistades peligrosas una especie de justificación de lo que vendría pocos años más tarde, la Revolución Francesa. En este caso puede hablarse sin exagerar que el origen del mal, de la perdición de vidas moralmente intachables que fomentan las actividades subterráneas de los protagonistas tienen su origen en el aburrimiento, en una ociosidad prolongada que podía ser animada por la creación de estas intrigas llevadas a cabo con precisión quirúrgica y disciplina militar. La amoralidad como una de las bellas artes, el amor concebido no como una causa del placer, sino como un pretexto para conseguir éste.

La película de Stephen Frears refleja de manera magistral el espíritu de la novela. Con un reparto espectacular, en el que destacan unos John Malkovich y Glenn Close que parecen haber nacido para interpretar estos papeles, la adaptación deja lógicamente un poco de lado la intriga epistolar para relacionar más físicamente entre sí a los personajes. Destacan también el vestuario y el diseño de producción, que nos trasladan con todo lujo de detalles a los ambientes más aristocráticos del Siglo de la Luces. La versión que realizó un año después Milos Forman,  resulta estimable, pero muy inferior a la de Frears. Es una adaptación mucho más libre del texto de Lacros, poniendo más énfasis en el sentido del humor, pero el espíritu de la novela está mucho menos presente. A ello contribuye enormemente la composición de Valmont que realiza Colin Firth, un personaje interpretado desde un tono un tanto paródico y burlesco. La sombra de Malkovich, en este caso, es demasiado alargada.

miércoles, 21 de febrero de 2018

LA FALSA MEDIDA DEL HOMBRE (1981), DE STEPHEN JAY GOULD. CONTRA EL FUSTE TORCIDO DE LA HUMANIDAD.

"Si la miseria de nuestros pobres no es causada por las leyes de la naturaleza sino por nuestras instituciones, cuán grande es nuestro pecado", dejò escrito Charles Darwin. Precisamente, amplios sectores de la sociedad occidental han dedicado tradicionalmente amplios recursos - una vez que los tradicionales y religiosos perdían efectividad - a demostrar científicamente la superioridad de unas razas frente a otras, de unas clases sociales frente a otras e incluso de un género contra otro. Demostrarlo equivalía a decir que nada puede hacerse contra las leyes inexorables de la naturaleza y consolidar la situación de privilegio de unos sobre otros como algo inevitable. No se trata de una práctica remota, sino de algo que sigue practicándose hoy en día en sectores conservadores con singular eficacia (véase si no la victoria de alguien como Trump).

El determinismo biológico y social, que tradicionalemente ha venido justificado por pseudociencias como la frenología o la craneometría, se ha usado impunemente como medio para restringir la educación y las oportunidades de los más desfavorecidos. Si las estadísticas aseguraban (siempre estadísiticas sesgadas y recogidas interesadamente en favor de la ideología predominante) que ciertos seres humanos eran incapaces de progresar, la sociedad no tenía por qué gastar recursos en ellos. Voces como la de Joseph Arthur de Gobineau, autor del Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, eran ampliamente escuchadas en pleno siglo XIX y esta tradición llegó a inspirar espisodios históricos tan terribles como el del nazismo:

"La idea de las diferencias innatas y permanentes en la dotación moral y mental de los distintos grupos de la especie humana es una de las opiniones más antiguas así como más universalmente aceptadas. Con pocas excepciones, la mayor parte de éstas en nuestros tiempos, ha constituido el fundamento de casi todas las teorías políticas y ha sido la máxima fundamental de gobierno en todas las naciones, grandes o pequeñas. Los prejuicios nacionales no tienen otra causa; cada nación cree en su propia superioridad sobre sus vecinos y muy a menudo las distintas partes de la misma nación miran a las demás con desprecio."

Mediciones de cráneos, de cerebros o test de inteligencia han jalonado un camino que ha sido refutado constantemente por la voz de la ciencia más seria, aunque éste no haya sido escuchada en demasiadas ocasiones: no existen diferencias genéticas fundamentales entre seres humanos: todos estamos programados para lo mismo y somos igualmente capaces de cumplir nuestras metas si se nos estimula adecuadamente, si se nos integra en las culturas más elevadas que haya podido construir la civilización humana. En este sentido, La falsa medida del hombre es un libro riguroso e importante, un manual de combate científico que trata de rebatir tantas creencias interesadas que se han consolidado a lo largo de décadas y décadas y que siguen ejerciendo su influencia perversa entre nosotros en pleno siglo XXI:

"Pasamos una sola vez por este mundo. Pocas tragedias pueden ser más vasta que la atrofia de la vida; pocas injusticias, más profundas que la de negar una oportunidad de competir, o incluso de esperar, mediante la imposición de un límite externo, que se intenta hacer pasar por interno."

martes, 20 de febrero de 2018

EL MIEDO (1930), DE GABRIEL CHEVALLIER. TEMPESTADES DE MUERTE.

Para los primeros soldados que partieron a la Gran Guerra, todo eran parabienes por parte de la población civil. Se estimaba que el conflicto iba a ser una operación de corta duración y plena de heroicidades, una ocasión para los jóvenes para madurar y vivir aventuras que les hicieran consolidar un patriotismo que se daba por consabido. Lo que nadie esperaba es que en esta nueva guerra, en la que la producción industrial iba a jugar un papel determinante, se impusieran las armas defensivas frente a las ofensivas. La artillería y las ametralladoras eran mucho más poderosas que la caballería y los ataques frontales a la bayoneta, que causaron unas carnicerías nunca vistas entre las tropas que se atraveían a atacar las trincheras. El soldado raso sufrió como nunca en una situación de inmovilidad y peligro constante. Sometido periódicamente a bombardeos, ametrallamientos, así como al tormento constante de los piojos y los cambios del tiempo atmosférico, la mayoría soñaba con una herida limpia que les sacara definitivamente de ese infierno o, al menos, con ser transferidos a sectores más tranquilos del frente.

Uuna de las novelas que mejor reflejan tales experiencias es El miedo, de Gabriel Chevallier. Escrita con un evidente ánimo de revancha contra los criminales que hicieron posible esa masacre, la narración está escrita desde la perspectiva del soldado raso, enfrentado durante años a una situación inimaginable, a un miedo constante que destruía cuerpos y espíritus:

"El autor del presente libro consideró que era una falta de decencia hablar del miedo de sus camaradas sin hablar del suyo propio. Por eso decidió abordar el miedo en primera persona, sobre todo en primera persona. En cuanto a hablar de la guerra sin hablar del miedo, sin ponerlo en un primer plano, hubiera sido un camelo. No es posible vivir en los lugares donde uno puede ser despedazado vivo en cualquier momento sin sentir cierta aprensión."

¿Cómo soportaban los combatientes ese sentimiento de terror constante? El autor habla de una especie de moral del esclavo, de un sentido de la fatalidad que dominaba las mentes de la mayoría, puesto que el hombre corriente no ha nacido para ser un héroe. Solo aceptando la cercanía de la muerte era capaz el protagonista de enfrentarse cara a cara a unos peligros atroces, que se acentuaban en los momentos en los que unos generales, confortablemente instalados en la retaguardia, lejos de todo peligro, decidían que había que pasar a la ofensiva. La postura moral del soldado oscila entre la certeza de que esta vez no va a ser el elegido y la certeza contraria, entre el horror de matar y el de ser despedazado. Todas estas peleas internas y externas son reflejadas de manera magistral por la fuerza de la escritura de Chevallier, un excombatiente que sabe bien de lo que habla y que no ahorra al lector escenas fuertes, de horror pleno, ante las cuales no se puede evitar un sentimiento estremecedor.

Bien es cierto que testimonios que éste no sirvieron para que, apenas veinte años más tarde, se iniciase otro conflicto, más devastador si cabe, aunque las nuevas quintas no acudieron a sus puestos con tanta alegría como sus padres, puesto que éstos tuvieron tiempo de advertirles, de testimoniar que la guerra no es un paseo, sino el comienzo de un infierno de duración indefinida. Aun así, los nuevos reclutas se sometieron igualemente a las órdenes de sus mandos y se dejaron matar en los nuevos frentes, como habían hecho sus padres. La respuesta quizá esté en la frase del Teniente Coronel Ardant Du Pincq, que da comienzo a uno de los capítulos:

"El hombre en el combate es un ser en el que el instinto de conservación domina momentáneamente todos los sentimientos. La disciplina tiene por fín domeñar ese instinto mediante un terror mayor.

El hombre se las ingenia para poder matar sin correr el riesgo de caer muerto. Su arrojo es el sentimiento de su fuerza, y ésta no es absoluta; delante del más fuerte, huye sin vergüenza."

viernes, 16 de febrero de 2018

COTO VEDADO (1985), DE JUAN GOYTISOLO. SEÑAS DE IDENTIDAD.

El género autobiográfico es sin duda el más difícil. A la labor de hacer interesante para el lector la propia vida, se une el lógico pudor de escarbar en lo más íntimo de uno mismo y de los seres queridos sin parecer un mero exhibicionista sentimental. La de Juan Goytisolo es una existencia brillante, moteada por puntos oscuros y un tanto sórdidos. Nacido pocos años antes del estallido de la Guerra Civil, la contienda le dejará una huella durarera, tanto en el plano familiar, con la muerte de la madre en un bombardeo, como en el intelectual, al haber sido un jovencísimo testigo de la cruenta lucha entre las dos Españas y del advenimiento de un régimen dictatorial, odiado hasta el punto de hacerle renunciar a su procedencia burguesa.

Una parte importante de Coto vedado está dedicada a la justificación de Goytisolo de su homosexualidad y su atracción por lo sórdido. Cuenta el escabroso caso de los ataques nocturnos a su cama por parte de su abuelo, un pederasta que ya había sido amonestado seriamente con anterioridad por su actitud, pero que reincidía siempre que tenía ocasión. Luego está la figura de su padre, viudo prematuro, amante del orden y por lo tanto tolerante con el status quo construido por el franquismo, que va viendo como sus hijos toman el camino errado de la colaboración clandestina con elementos hostiles al régimen. Mientras tanto, el futuro autor de Campos de Níjar, va descubriendo la literatura en un ambiente hostil a la misma, lo que lleva inevitablemente a tener que recurrir a prácticas tan prohibidas como excitantes, porque no hay nada tan placentero como leer lo que está proscrito:

"Cuando el venero de obras singulares o extrañas parecía a punto de apartarse, Mariano, valiéndose de sus conexiones familiares, me facilitó la entrada a la trastienda de publicaciones prohibidas de dos o tres librerías. Allí, temblando de excitación, mi amigo y yo habíamos escudriñado los anaqueles y rimeros donde se alineaban o amontonaban aquéllas, deslumbrados por la increíble plétora de autores y títulos que conocíamos solo de oídas y cuya asimilación, según presentíamos, sería indispensable a nuestra correcta formación intelectual: Proust, Kafka, Malraux, Gide, Camus, Sartre."

El primer viaje de Goytisolo a París va a suponer el descubrimiento de la verdadera libertad, el deslumbramiento de una vida cultural a años luz de la española, pero también cierta nostalgia de su tierra natal, por lo que su vida se convierte en un continuado discurrir entre un país y otro. La realización del servicio militar, junto con numerosos compañeros procedentes de las tierras más castigadas de Murcia y Andalucía le llevará a otro valioso descubrimiento: el de las tierras del Sur, el de la pobreza extrema en la que sus habitantes luchan día a día contra la adversidad intentando mantener un mínimo de dignidad. Después de haber conocido en Francia a gente de la relevancia de Jean Genet o Marguerite Duras, el encuentro con los marginados va a ser quizá el definitivo catalizador de su carrera literaria, repleta de influencias provenientes de mundos opuestos, construyendo a un ser que fluctúa entre el norte y el sur, aspectos que imagino se desarrollarán con mayor intensidad en la segunda parte, En los reinos de Taifas.

viernes, 2 de febrero de 2018

SOLO Y SOLA (1987), DE VLADIMIR MAKANIN. LA SOLEDAD ERA ESTO.

Guenadi Pavlovich, de cincuenta años, es un ser solitario por necesidad, pero no por vocación. Vive su día a día en una especie de aislamiento de lo que él llama el enjambre (es decir, el resto de la sociedad), pero a la vez sufre la soledad y desearía que alguna maniobra del destino le ayudara a pasar el resto de su vida acompañado por alguna jovencita guapa y complaciente. Mientras tanto pasa sus días acudiendo a un trabajo donde hace tiempo que dejó de ser útil y el resto de la jornada la dedica a estar en casa, rodeado de libros, mientras reflexiona tumbado acerca del pasado y el futuro, curiosamente bien vestido y planchado, como si tuviera una cita con alguien en los próximos minutos. En su junventud, Pavlovich fue toda una promesa: un brillante estudiante admirado por sus compañeros y compañeras, pero su estrella fue declinando poco a poco y, sin saber muy bien por qué, fue instalándose en el estado de apatía que lo domina actualmente.

Ninel Nikolaievna vive una existencia paralela. De la misma generación de Pavlovich, es una mujer que vive la vida con la amargura de sentir que nadie la comprende, que nadie es capaz de adaptarse a su nivel de sensibilidad y exigencia ante las más nimias circunstancias de la vida. En el trabajo, todos la odian y ella tampoco hace demasiado por acercarse a sus compañeros. Cada día más aislada, sueña con el encuentro con algún hombre chapado a la antigua, caballeroso y con buenos modales, alguien que sea capaz de hacerle vivir nuevas emociones. Por supuesto, tal hombre no existe, solo es un producto de su fantasía. Pero Ninel sigue habitando su círculo vicioso sin percatarse que, en gran parte, sus problemas surgen de ella misma, de su mal carácter y sus aires de superioridad, aunque en el fondo, las pocas personas que la conocen bien sepan que es una buena persona:

"Ninel Nikolaievna, indefectiblemente, ataca, se enfrenta con todo el que es bueno con ella. Además, los ataques y las quejas que intercala no son simplemente un rasgo femenino sino su estado de espíritu. Quiere que se la comprenda con mayor profundidad. Lo ideal para Nina sería no sufrir por causa de la soledad sino por causa de circunstancias externas; y sus circunstancias habrían de ser duras, complicadas y dignas de ella, de Nina. No quiere ser una persona. Quiere ser un personaje."

Con este argumento, situado en el Moscú de los últimos años ochenta, Makanin podría haber escrito una historia de amor entre dos seres solitarios que se reconocen como hechos el uno para el otro, pero al novelista ruso le interesa mucho más la introspección psicológica de dos personas que, consciente o inconscientemente, viven gran parte de su existencia al margen de sus semejantes, construyendo un mundo propio siempre a punto de desmoronarse. Es curioso que el narrador sea un tal Igor (del cual no sabemos demasiado) que conoce por separado a Ninel y a Guenadi, que en un determinado momento intente hacer de celestino, pero que sus intenciones fracasen indefectiblemente. Una cosa es el anhelo de estos dos seres de no estar solos y otra es el choque con la realidad: la compañía del otro es siempre fuente de frustraciones en gente tan perfeccionista y tan cerradas en sí mismas. Aunque resulte penoso, lo mejor para ambos sería aceptar su destino en soledad.

La capital soviética aparece en la narración como un personaje más. Una ciudad limpia y funcional, pero también deshumanizada, tan fría como esas grandes avenidas vacías en las tardes de invierno. Es interesante constatar también que la novela de Manakin se mueve entre el realismo tradicional y un experimentalismo con vocación de rompedor, sobre todo porque, todavía en los ochenta, muchos de los clásicos del siglo XX más vanguardistas apenas habían llegado a las librerías de Moscú.  

jueves, 25 de enero de 2018

FAHRENHEIT 451 (1953), DE RAY BRADBURY. EL FUEGO INTERIOR DE LA LITERATURA.

Existen una serie de libros, casi todos escritos a mitad del siglo XX, que son casi una guía para moverse en nuestro tiempo, puesto que acertaron muchos de los aspectos que hoy dominan nuestra existencia cotidiana. Son títulos como 1984, Un mundo feliz, Mercaderes del espacio, Nosotros o este Fahrenheit 451, que desde su publicación se convirtió en una de las más hermosas metáforas del amor a la literatura y del peligro constante que corre la palabra escrita frente a la indiferencia de la mayoría.

En el futuro imaginado por Bradbury, la sociedad ha degenerado tanto que los bomberos se dedican a quemar los hogares que todavía poseen bibliotecas. Guy Montag es uno de estos profesionales, al que el lector conoce en un momento de duda y crisis, porque después de conocer a una joven vital y muy diferente al resto de la gente con la que trata habitualmente, empieza a plantearse si esos volúmenes que arden tan fácilmente ante sus lanzallamas no tendrán algo especial, para que el gobierno ponga tanto énfasis en su eliminación. 

"- La gente no habla de nada.
- Oh, tienen que hablar de algo.
- No, no, de nada. Citan automóviles, ropas, piscinas, y dicen ¡qué bien! Pero siempre repiten lo mismo, y nadie dice nada diferente, y la mayor parte del tiempo, en los cafés, hacen funcionar los gramófonos automáticos de chistes, y escuchan chistes viejos, o encienden la pared musical y las formas coloreadas se mueven para arriba y para abajo, pero son sólo figuras de color, abstractas. ¿Ha estado en los museos? Todo es abstracto. Mi tío dice que antes era distinto. Hace mucho tiempo los cuadros decían cosas, y hasta representaban gente."

Porque, tal y como sucede en nuestra sociedad actual, la gente del futuro de Bradbury pasa horas ante las pantallas, se atonta ante ellas y deja que le digan lo que deben pensar. Los libros son descritos, desde un punto de vista oficial, como algo peligroso, como un artefacto de un pasado bárbaro que solo puede llegar a confundir a sus lectores con sus complicadas disertaciones que más de una vez contradicen la verdad oficial. Como se dice en un cierto pasaje del libro, que podemos adaptar sin problemas a hoy mismo, "la vida es lo inmediato". Nadie quiere reflexionar, solo que se le proporcionen grandes dosis de entretenimiento, cuanto más burdo mejor, que sea lo más anestesiante posible. El libro, el pensamiento profundo, solo puede ser fuente de conflicto. Por desgracia para nosotros, la moda de lo políticamente correcto ha llegado tan lejos, que este párrafo de Bradbury ha llegado a ser profético:

"¿A la gente de color no le gusta El negrito Sambo? Quémalo. ¿Los blancos se sientes incómodos con La cabaña del tío Tom? Quémalo. ¿Alguien escribió una obra acerca del tabaco y el cáncer pulmonar? ¿Los fumadores están afligidos? Quema la obra. Serenidad, Montag. Afuera los conflictos."

La vida se va llenando de consignas que invitan a unirse a ellas para no parecer un apestado. Cualquier disidencia o pensamiento crítico se siente como una agresión. Los gruesos libros se van dejando de lado en favor de formatos más llevaderos como el tweet, apropiado a la tendencia al consumo rápido, de usar y tirar. Montag poco a poco va siendo consciente de la dimensión del crimen contra la Humanidad en el que ha participado noche tras noche. Y manifiesta esta hermosa reflexión, antes de unirse a los hombres-libro, un pequeño grupo disidente que mantiene dentro de sí encendida la llama de la mejor literatura:

"Y pensé en los libros. Y por primera vez comprendí que detrás de cada libro hay un hombre. Un hombre que tuvo que pensarlo. Un hombre que empleó mucho tiempo en llevarlo al papel. Nunca se me había ocurrido (...) Y a algún hombre le costó quizá una vida entera expresar sus pensamientos, y de pronto llego yo y ¡bum!, y en dos minutos todo ha terminado."

Lo peor es que el autor de Crónicas marcianas tiene razón en lo siguiente. Quemar libros puede parecer bárbaro. Invisibilizarlos es mejor:

"Porque no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe."

viernes, 12 de enero de 2018

TRANSICIÓN (2017), DE SANTOS JULIÁ. HISTORIA DE UNA POLÍTICA ESPAÑOLA 1937-2017.

Estamos acostumbrados a tratar la Transición española como un periodo muy concreto que abarca la práctica totalidad de la década de los setenta, un periodo de incertidumbre, que se abrió con la decadencia y muerte del dictador Franco y siguió con largos meses de difíciles equilibrios para poder desembocar en las primeras elecciones democráticas celebradas en nuestro país desde los años treinta. Así pues, lo primero que llama la atención al observar por primera vez el volumen de Santos Juliá es el periodo histórico que abarca su estudio, desde 1937 hasta nuestros días. Y es que los primeros intentos de llegar a un entendimiento que frenara en seco la sangría interminable en la que se había convertido nuestra Guerra Civil se produjeron en plena contienda, desde el bando Republicano. En uno de sus últimos discursos antes de salir hacia Francia, Azaña dejó dicho: "el mensaje de la patria eterna a sus hijos: paz, piedad, perdón", quizá el lema que se adoptó cuarenta años después. Durante mucho tiempo, los partidos y dirigentes en el exilio siguieron intentándolo, pero con resultados vacíos. Muchos esperaban que Franco acabara renunciando y abriera un periodo de transición que nos equiparara a los países de nuestro entorno. Pero, como sabemos, tal cosa nunca sucedió. El apoyo de Estados Unidos al dictador, como bastión contra la expansión del comunismo, selló el destino de nuestro país durante largos años.

Franco en realidad encarnaba para muchos el fracaso histórico de España, un país que parecía no poder funcionar si un general autoritario no tomaba el timón del poder, de grado o por fuerza. Después de las muchas oportunidades perdidas en el siglo XIX, la experiencia de la Segunda República había terminado de una forma abrupta y amarga. ¿Había que restaurar la legalidad republicana violada o había que reformar el régimen franquista para, desde su legitimación, construir una democracia? En realidad, lo verdaderamente importante en los convulsos años que siguieron a la muerte de Franco era ser prudentes, ir paso a paso flanqueando los abismos que de vez en cuando se abrían bajo los pies del país, como los intentos de golpe de Estado que culminaron en el 23 de febrero de 1981, un acontecimiento que jamás se ha explicado del todo y de la que es posible que jamás conozcamos todos sus detalles.

Lo que explica bien Santós Juliá en este ensayo, sobre todo en la segunda parte del mismo, es que la Transición no fue ni el proceso impecable y ejemplar de paso de la dictadura a la democracia que muchos exaltaron ni la estafa, popularizada en los últimos años, de cambiarlo todo para que todo siga igual. Lo cierto es que el hoy santificado Suárez en la época era blanco de todos los ataques por la izquierda y por la derecha, por lo que llevar a buen puerto la misión de convocar elecciones democráticas y abrir un proceso constituyente era cualquier cosa menos fácil. Para muchos españoles fue aquella la época del desencanto, pues muchos esperaban una ruptura radical con el pasado, una denuncia explícita del franquismo y cambio profundo en las estructuras socioeconómicas y políticas del Estado:

"Desencanto que a Julián Santamaría le parecía una ligereza endosar a la política de consenso (...). No era a esa política sino a la frustración experimentada por una parte importante de la población ante la inexistencia de un proyecto político bien definido, la insuficiencia del cambio, la ambigüedad frente al pasado y la incertidumbre ante el futuro, a lo que había que atribuir, según Santamaría, el desencanto que ha llevado a mucha gente a desentenderse de una situación en la que sólo ve la sustitución de una clase política por otra."

Lo verdaderamente importante es que España se convirtió en una democracia que, con todos sus defectos, algunos enormes, era equiparable a la de los países de su entorno. La prueba de ello fue el aprobado para entrar en la Comunidad Económica Europea, la mejor garantía de estabilidad que ha tenido jamás nuestra democracia. Bien es cierto que somos españoles y el conflicto está siempre latente. En nuestro Parlamento es difícil que se produzca verdadero entendimiento entre las grandes fuerzas políticas, más que en situaciones muy graves, como la crisis de Cataluña. La Transición aparece en el libro de Santos Juliá como un proceso para muchos inacabado, todavía en marcha. La irrupción de partidos como Podemos, que califican de fraude el "régimen del 78", los variados escándalos de corrupción, la crisis económica, el persistente y desigual reparto de la riqueza y las amenazas del separatismo conforman un panorama complicado para los próximos años. Se ha acabado la anomalía democrática que consistía en el intercambio en el poder de los dos grandes partidos con mayorías amplias para gobernar. Los próximos años deberían ser los del consenso entre las grandes fuerzas parlamentarias para ahondar, no en fantasiosos derechos colectivos o históricos, sino en los derechos individuales, que son los que verdaderamente ejerce el ciudadano, el desarrollo del Estado del bienestar, muy deficiente todavía respecto al resto de Europa y, ante todo, nuestra gran asignatura pendiente: el florecimiento de nuestra sociedad civil, más allá de militancias políticas, un eje fundamental en el que están construidas las democracias más avanzadas.