viernes, 28 de agosto de 2015

AMARGA VICTORIA (1939), DE EDMUND GOULDING. LA SOMBRA DE LA MUERTE.

La salud es lo más importante, dice el tópico, pero no sabemos de qué hablamos hasta que la perdemos, sobre todo si dicha pérdida reviste la capacidad de llevarnos hasta la muerte. Entonces todo adquiere un sentido absurdo y la víctima, que ha contemplado tantas veces el mal ajeno, no puede creerse que en esta ocasión sea su cuerpo el que va a sucumbir. Esto es exactamente lo que le sucede a Judith, una joven vitalista que tiene la suerte de haber nacido en una familia acomodada. Para ella la vida no es más que una gran fiesta de frivolidad y despreocupación y su única responsabilidad auténtica son los caballos que les cuida su mozo de cuadra (Humphrey Bogart cuando todavía no era tan popular). Por lo demás, de vez en cuando se distrae a través de amores insustanciales con sus amigos de juerga (sobre todo con un joven y atractivo Ronald Reagan).

Por eso cuando Judith comienza a sentirse mal, su primera reacción es negarlo, hasta que sus dolores son tan intensos que no tiene más remedio que dejarse aconsejar por un especialista. Parece que su enfermedad es un tumor cerebral. El diagnóstico post-operatorio es devastador: aunque aparentemente la paciente se ha recuperado, en realidad le quedan unos pocos meses de vida. El médico y sus seres queridos optan por guardar silencio. Y, entre tanto surge el amor entre Judith y el doctor. He aquí un buen dilema moral: ¿hay que decir siempre la verdad a un moribundo o dejar que sea feliz en su ignorancia durante sus últimos días? Es evidente que las dos soluciones son malas, aunque no sé exactamente lo que dictan los protocolos médicos actuales al respecto.

Amarga victoria fue un gran éxito de público en su momento, una de esas películas que son capaces de llegar al corazón de la gente y la consagración de Bette Davis como la gran actriz que demostró ser durante toda su carrera. El cambio radical de personalidad que se opera en su personaje, desde una mujer superficial a una serena luchadora, no es fácil de interpretar. Tiene mérito que al espectador le llegue esa grave aceptación de la muerte próxima y que la protagonista intente exprimir al máximo sus últimos días, que resultan ser los más felices de su existencia. La dirección de Edmund Golding es muy correcta, quizá afectada por la teatralidad de la narrativa de la época, pero su forma de contar la historia es efectiva. Una película un tanto olvidada, pero que fue bastante popular hace setenta y cinco años y que cuenta con la participación de intérpretes fundamentales en la historia del cine cuando estaban cimentando su popularidad.

miércoles, 26 de agosto de 2015

LA VERDADERA HISTORIA DE HOLLYWOOD (2004), DE DAVID THOMSON. LA ECUACIÓN COMPLETA DEL CINE.

Penetrar en una sala cinematográfica, experimentar la oscuridad y dejarse envolver por lo que sucede en la pantalla son sensaciones que personas de toda condición social llevan experimentando desde hace más de un siglo. Al principio el cine no fue más que un invento curioso, un espectáculo sorprendente y algo aterrador que funcionaba casi como un número de magia muy especial. Pronto se fue convirtiendo en algo más narrativo, parecido a las novelas. La gente ya no solo veía imágenes, sino que podía seguir una historia gracias al trabajo de los actores y las aclaraciones de los cuadros de texto. Nadie identificaba el cine con un arte, excepto un puñado de creadores como David Griffith o Charles Chaplin, que buscaban nuevas formas de lenguaje cinematográfico para ofrecer al público algo distinto e innovador. Pero, por regla general, en las altas instancias del primer Hollywood se pensaba más en el cine como industria que en términos artísticos. De hecho, las primeras salas cinematográficas eran como teatros de variedades, con una programación variopinta y un ambiente poco recomendable respecto al público que acudía a ellas. Es en las décadas de los veinte y los treinta cuando el cine da su gran salto y adopta su mayoría de edad. Algunos directores y actores empiezan a hacerse con un nombre, la audiencia se multiplica y algunos estrenos se transforman en auténticos acontecimientos, que afianzan a algunos estudios y, cuando fracasan, hacen caer a otros.

Es fácil hablar de películas, analizarlas y criticarlas, pero es complicado hablar de cine, del proceso que hace posible que exista una industria de la que, como una cadena de producción, salgan cada año decenas de títulos. Las interioridades y las decisiones de los altos ejecutivos son las que al final influyen en el tipo de cine que vemos. Y en muchas ocasiones, el tipo de cine que vemos influye de formas insospechadas en la sociedad: en la forma de vestir, en la música y en la visión del mundo de mucha gente. Y sí, es el dinero el que tiene la última palabra. Incluso en la edad dorada de Hollywood, cuando se filmaban obras maestras todas las semanas, sin que sus responsables sospecharan que sus obras eran sublimes, la principal motivación era la taquilla. El crítico especializado y veterano David Thomson, que es además un apasionado de la historia del cine, es una de las pocas personas que pueden mostrarnos un panorama completo de cómo nacen y mueren los grandes proyectos cinematográficos, de las compras, ventas y fusiones de los grandes estudios, de las intuiciones de sus directivos, de los grandes escándalos que han asolado Hollywood, así como de su relación con la política, en forma de censura y de caza de brujas. Como dice Francis Scott Fitzgerald en El último magnate

"Hollywood se puede dar por sentado, como yo, u observarlo con ese desprecio que reservamos para las cosas que no entendemos. También puede ser entendido, pero solo a medias, y a ráfagas. No hay media docena de hombres que hayan logrado mantener en sus cabezas la ecuación completa del cine." 

Una de las características más apreciables del libro de Thomson es qué no se trata de una historia sistemática de Hollywood, sino que el autor se toma la libertad de escribir las historias que van surgiendo de su pluma - con buena prosa, por cierto - que expliquen mejor las interioridades económicas, artísticas y azarosas que tienen como consecuencia el milagro de una buena película. Por sus páginas desfilan gente como Mayer, Hitchcock, Bogart, Garbo, Nicholson, Spielberg, Coppola y muchos otros nombres esenciales que cimentaron esa fábrica de sueños que sigue siendo Hollywood. Para muchos el cine se transformó en una especie de nueva religión, en la posibilidad de vivir en la sala oscura historias ajenas, de ser otro, en suma:

"Toda película tiene su potencial, y su posibilidad se mueve como un nadador sobre una superficie en movimiento y duración, el parpadeo del tiempo transcurrido que tiene la espaciosidad de la eternidad y la desesperada necesidad de unos últimos segundos de vida. (...) La película que estamos viendo tiene vida propia que no se detendrá hasta que no haya acabado. Podemos marcharnos, pero ella sigue; podemos arrojar basura a la pantalla y la imagen permanece, aunque manchada. Es ajena a nosotros, aunque es toda para nosotros. Los sueños tienen la misma naturaleza contradictoria."

Desde luego Thomson está de acuerdo con esa gastada afirmación que asegura que el cine ya no es lo que era. Se ha transformado más que nunca en fórmulas esterotipadas que dan dinero:

"Pero en los últimos tiempos están apareciendo demasiadas películas que no merecen el espacio del papel que consumiría escribir sobre ellas, y no digamos el esfuerzo. Que desafían cualquier respuesta crítica o indagación verbal. Que están más allá del análisis. El hecho de que todas las películas tengan su crítica correspondiente es un descrédito para un periódico como "The New York Times" y para el cine en general."

Cierto es que la palabra arte no surgió por primera vez en Hollywood, sino, paradójicamente, a través de unos jóvenes críticos franceses que escribían en Cahiers du cinema y luego se convirtieron en grandes directores, como Godard, Truffaut o Chabrol. Ellos fueron los que engrandecieron a figuras como John Ford, Howard Hawks, Alfred Hitchcock, John Huston o Nicholas Ray, que hasta entonces solo eran considerados unos buenos artesanos. Tampoco el gobierno estadounidense hizo mucho por conservar su filmografía nacional, hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, por lo que prácticamente la mitad del celuloide rodado antes de los años cincuenta se ha perdido irreversiblemente. ¿Cuántas obras maestras habrán desaparecido sin que apenas hayamos tenido noticias de ellas?

La verdadera historia de Hollywood exuda nostalgia, pero también esperanza en que el cine siga ofreciendo buenas historias, que la industria sea capaz de dejar expresarse a los nuevos talentos que vayan surgiendo. Cultura popular y a la vez parte de la más alta cultura, la buena noticia es que el medio cinematográfico sigue vivo y con buena salud más de un siglo después de su nacimiento. Ni sus grandes enemigos, la televisión y el vídeo doméstico han podido con él. Porque, después de todo, nada puede sustituir a la experiencia de sentarse en una sala oscura con unas decenas de desconocidos y dejarse llevar íntimamente por la magia de una buena historia.

martes, 25 de agosto de 2015

ENQUIRIDIÓN (h 135), DE EPÍCTETO. UN MANUAL PARA LA VIDA.

De los tres grandes estoicos de la antigüedad romana (Epícteto, Séneca y Marco Aurelio), posiblemente fue el primero de ellos el que llevó una vida más coherente con su propio ideario filosófico. Su juventud la vivió como esclavo. Es sabido que padecía una grave lesión en una pierna, quizá debido al maltrato que le infringió su amo, quizá a un defecto de nacimiento. Lo cierto es que una vez liberado, fue expulsado de Roma en cumplimiento del Decreto de Domiciano, lo que da idea del poco aprecio que se le tuvo desde el poder en algunas periodos a la profesión filosófica. Epícteto se instaló en la ciudad griega de Nicópolis y allí fundó su escuela, cuya fama hizo que hasta el emperador Adriano asistiera a algunas lecciones.

El Enquiridión no es en puridad una obra escrita por Epícteto, sino que se trata de las notas de uno de sus alumnos, Lucio Flavio Arriano, pero tomadas con tanta fidelidad a las palabras de su maestro, que podemos confiar plenamente en que las palabras pertenecen a éste. Son notas un tanto desordenadas en cuanto a su temática formal, pero que nos dan una idea muy clara de cuales son los fundamentos de la visión del mundo de Epícteto y de su influencia fundamental en personajes tan importantes como el emperador Marco Aurelio.

Como base de su enseñanza filosófica, Epícteto distingue entre las circunstancias que se hallan bajo nuestro control: "las opiniones, las preferencias, los deseos, las aversiones y, en una palabra, todo lo que es inherente a nuestras acciones" y las que escapan de nuestra voluntad "el cuerpo, las riquezas, la reputación, las autoridades y, en una palabra, todo lo que no es inherente a nuestras acciones". El filósofo debe ocuparse sobre todo de las primeras, aplicando en ellas la virtud. Respecto a las segundas, habrá de aceptar todo lo que le suceda, incluidas las adversidades, como algo sin importancia, inherente a la naturaleza de las cosas, por lo que deben ser aceptadas con serenidad:

"No exijas que las cosas sucedan tal como lo deseas. Procura desearlas tal como suceden y todo ocurrirá según tus deseos."

La auténtica libertad consiste en no tener deseos ni aversiones respecto a lo que no puede controlarse, evitando ser un esclavo de las circunstancias. El hombre sabio es el que siempre está preparado para la peor, para saber adaptarse con naturalidad a lo que le destino nos depare. Respecto al comportamiento en lo que podemos controlar, la clave es la moderación y el dominio de los impulsos de placer inmediato: "considera que lo más excelso de todo placer es el saber que se ha dominado y vencido", algo que indudablemente influirá en el pensamiento cristiano, aunque con el matiz de que éste le da sentido a dichas privaciones en pos de la vida eterna. Además, en cuanto a las opiniones y juicios de los demás, no revisten ninguna importancia, lo verdaderamente relevante es la satisfacción íntima en la práctica constante de la virtud. Lo que a los demás les parecen males terribles, para el filósofo son circunstancias inherentes a la existencia, viciadas por juicios humanos que jamás pueden impedir que los hechos transcurran según su naturaleza: 

"No son las cosas las que atormenta a los hombres sino los principios y las opiniones que los hombres se forman acerca de ellas. La muerte, por ejemplo, no es terrible; si lo fuera, así le habría parecido a Sócrates. Lo que hace horrible a la muerte es el terror que sentimos por la opinión que de ella nos hemos formado. En consecuencia, si nos hallamos impedidos, turbados o apenados, nunca culpemos de ello a los demás sino a nuestras propias opiniones. Un ignorante le echará la culpa a los demás por su propia miseria. Alguien que empieza a ser instruido se echará la culpa a sí mismo. Alguien perfectamente instruido ni se reprochará a sí mismo, ni tampoco a los demás."

domingo, 23 de agosto de 2015

CHINATOWN (1974), DE ROMAN POLANSKI. URBANISMO LÍQUIDO.

En los años treinta Los Ángeles era una de las urbes más pujantes y de mayor crecimiento de Estados Unidos. La industria del cine llevaba ya años asentada allí y el dinamismo de la ciudad llamaba a asentarse a ella a gente de todos los rincones del país e inmigrantes extranjeros. Pero Los Ángeles tenía un gran problema: la gestión del agua y como ésta iba a repercutir en el futuro crecimiento de la ciudad. En Chinatown, una película de cine negro que intenta además retratar un momento histórico, el detective protagonista, Jake Gittes (Jack Nicholson), va a conocer, muy a su pesar, como funciona realmente la política, como la corrupción puede impregnarlo todo, hasta escalas impensables. Es decir, que quien controla la empresa municipal de aguas, desde su privatización, tiene la sartén por el mango respecto al destino del resto de la ciudadanía. Y puede jugar con embalses, canales y esclusas para forzar una decisión municipal que, por supuesto, le hará ganar cuantiosos millones. Y este encantador empresario-mafioso no es otro que John Huston, maravilloso en su faceta de actor y del que echamos en falta que su presencia en pantalla no sea mayor.

Chinatown habla de Los Ángeles como ejemplo de cómo el destino de las ciudades a veces depende del capricho de unos pocos hombres ambiciosos. Si en esos años se estaba decidiendo ya que iba a ser una ciudad eminentemente automovilística, hasta el punto de que tener coche iba a ser una condición necesaria para habitar en ella, por lo que su transporte público fue prácticamente fulminado. Los sueños de Los Ángeles se construyeron a la medida de las industrias del automóvil y del petróleo. Y su urbanismo tuvo que ver con los intereses de los dueños del agua, que desviaron su curso hacia la zona en la que habían comprado terrrenos a precios irrisorios, aunque tuvieran que dejar algunos cadáveres por el camino. El detective Gittes es un hombre duro pero honesto y pronto se va a dar cuenta de que el asunto al que le han arrastrado las circunstancias sobrepasa con mucho sus capacidades. No obstante investigará con fervor y casi perderá la nariz (y la vida) en el proceso.

El rodaje de Chinatown, como el de tantas películas míticas, no fue fácil. Desde el primer instante no hubo entendimiento entre el director Roman Polanski y Robert Towne, el guionista. Para el director polaco el libreto era muy confuso y necesitaba reescribirse. Así se hizo varias veces y el famoso final, tan oscuro, fue una imposición (acertada, creo yo), de Polanski. Por otro lado estaba Robert Evans, uno de los productores con más olfato de la historia de Hollywood que apostó desde el principio por el proyecto y trabajó para que saliera adelante: la película fue un gran éxito y cimentó la carrera de Jack Nicholson que se convirtió - y sigue siéndolo en el presente - en uno de los actores con más poder de la industria. 

Chinatown es cine negro, pero a la vez uno como espectador no puede dejar de ver asomarse la realidad de Estados Unidos de los setenta en esta historia. Y no solo por su estética. En un momento en el que la credibilidad de los políticos se estaba desmoronando (Vietnam, Watergage, crisis económica...), recordar cuáles fueron las auténticas bases de la formación de los modernos Estado Unidos podían llevar a cierta comprensión, a cierto análisis sereno de cómo corrrupción y poder suelen ir indisolublemente unidos, aunque en algunas épocas esto se pueda enmascarar mejor que en otras como algo beneficioso para el pueblo. En los setenta el cine se atrevió por fin a mostrar la otra cara del sueño americano, sin disimulos.

viernes, 21 de agosto de 2015

MEDITACIONES (h. 175), DE MARCO AURELIO. LA CIUDADELA INTERIOR DEL EMPERADOR.

Una de las propiedades más fascinantes de algunos libros es que nos hablan directamente desde un pasado remoto, como si tuviéramos la oportunidad de celebrar una conversación íntima con un autor que está desnudando su alma antigua para nosotros. Quizá Marco Aurelio nunca esperó que sus escritos llegaran a curiosos lectores de veinte siglos en su futuro. Ni siquiera sabemos con certeza si escribía estrictamente para sí mismo o si pretendía que su obra se difundiera, ya en su círculo más íntimo o con repercusión mayor. Lo cierto es que su caso es insólito: un emperador filósofo. El mayor poder sobre la faz de la Tierra era un practicante del estoicismo, una doctrina que anima a profundizar en la relación del hombre con la naturaleza, de la que forma parte integrante: en esto consiste la búsqueda de la libertad de espíritu y la felicidad, una búsqueda que casi siempre ha de realizarse en la intimidad, construyendo día a día una ciudadela interior que esté preparada para aceptar de buen grado todas las contingencias que puedan sucedernos: también éstas forman parte de la naturaleza:

"La muerte y la vida, la buena fama y la mala, el sufrimiento y el placer, la riqueza y la pobreza, todas esas cosas ocurren indistintamente a los hombres tanto a los buenos como a los malos porque no son ni hermosas ni vergonzosas. No son ni buenas ni malas."

Nacido en una familia aristocrática romana procedente de Córdoba, la educación ofrecida a Marco Aurelio fue exquisita desde su niñez, impartida por los mejores preceptores del momento. Pronto su interés se decantó por la filosofía estoica, una de las tres corrientes filosóficas que habían surgido en la Grecia clásica (estoicismo, escepticismo y epicureísmo) y la que más se había difundido entre los romanos, quizá porque era la que mejor casaba con las virtudes cívicas que se suponía que debía poseer un buen ciudadano. Solo hay que recordar que Séneca fue uno de sus grandes valedores. En su juventud Marco Aurelio tuvo la oportunidad de conocer la etapa de mayor esplendor del Imperio Romano, la protagonizada por Adriano y por Antonino, su padre adoptivo, emperadores muy cultos y refinados, que se ocuparon del bienestar del pueblo. 

Cuando él tomó las riendas del poder, los factores que llevarían a la caída del Imperio Romano empezaban a asomar en el horizonte. Su reinado no fue feliz: desde el principio hubo de enfrentarse a guerras que amenazaban las fronteras del Imperio en diversos frentes, primero en Oriente (su victoria contra los partos motivó una anécdota muy curiosa, la primera y única embajada de Roma, a través del Golfo Pérsico, a China, donde se ofrecieron presentes a aquel emperador en nombre de Marco Aurelio) y muy pronto también en occidente, con los bárbaros germanos presionando en el Danubio. Además Marco Aurelio hubo de afrontar otros graves males, como la gran peste que vino de Oriente o catástrofes naturales. En esta tesitura, la reflexión interior no servía de mucho: debía actuarse enérgicamente para resolver los problemas y el emperador lo hizo en la medida de lo posible. En los momentos de soledad que le dejaban sus deberes, componía estos pensamientos que, curiosamente, rara vez se refieren a su vida pública, como si careciera de importancia en contraste con su virtud interior. Quizá lo más aproximado a esto es su recomendación al lector de que su vida no sea ni la de un esclavo ni la de un tirano.

El azar, del que tanto se habla en las Meditaciones, le había deparado a Marco Aurelio un tiempo muy tumultuoso para gobernar, pero esto no limitaba su libertad de hacer el bien, si no como emperador, al menos en su trato con otros hombres. Su obsesión era el logro de una existencia regida por estos cuatro principios: la justicia, la prudencia, la verdad y la valentía. Todo lo que pudiera suceder, ya había sucedido anteriormente, puesto que formaba parte de la naturaleza de las cosas (el hombre y la sociedad en la habita incluidos) y volvería a suceder más adelante. La vida no es más que la repetición de los hechos naturales, por lo que es lógico que el hombre sabio los acepte y sea paciente y tolerante con toda clase de comportamientos por parte de sus semejantes. En algunos de sus pasajes llega a utilizar términos que son comunes a la ciencia de hoy en día, como entrelazamiento. Marco Aurelio intuía, por influencia de su maestros, que en el Universo existe una especie de conexión entre toda la materia:

"Sin interrupción hay que reflexionar en que el universo es como un único animal con una única substancia y una única alma, también en cómo todo desemboca en la sensibilidad única de ese animal, cómo todo lo hace por un único impulso, cómo todo es concausa de todos los sucesos y cuál es su entrelazamiento y entretejimiento."

Además, era capaz de utilizar hermosas metáforas para expresar sus pensamientos, con un estilo literario refinado que hace pensar que no escribía solo para sí mismo:

"El tiempo es como un río de sucesos y un flujo violento. En cuanto algo se ve, ya ha pasado de largo y otra cosa distinta es la que pasa, que también pasará."

El tiempo. Algo muy presente para el autor, un concepto que implica la finitud del hombre, su efímero paso por la existencia. Ni siquiera el recuerdo acaba sobreviviendo. Quizá este aforismo sea uno de los que más claramente resuma la concepción del mundo de Marco Aurelio:

"El tiempo de la vida humana es un punto, su esencia fluye, su percepción es oscura, la composición del cuerpo en su conjunto es corruptible, el alma va y viene, la fortuna es difícil de predecir, la fama no tiene juicio, en una palabra, todo lo del cuerpo es un río, lo del alma es sueño y un delirio. La vida es una guerra y un exilio, la fama póstuma es olvido. Entonces, ¿qué es lo que puede escoltarnos? Sólo una cosa, la filosofía. Esto es vigilar que el espíritu divino interior esté sin vejación, sin daño, más fuerte que los placeres y los sufrimientos, que no haga nada al azar ni con mentira o fingimiento, que no tenga necesidad de que otro haga o deje de hacer algo. Y además que acepte lo que ocurre y lo que se le ha asignado como algo que viene de allí de donde él vino. Por encima de todo, aguardar la muerte con el pensamiento favorable de que no es otra cosa sino disgregación de los elementos de los que está compuesto cada ser vivo. Si precisamente para los elementos en sí no hay nada terrible en que cada uno se transforme sin interrupción en otro, ¿por qué uno ve con malos ojos la transformación y disgregación de todos? En efecto, se produce según la naturaleza y nada es malo si es según la naturaleza."

Leer en nuestra época a un autor como Marco Aurelio, con una filosofía de vida tan diferente a la que impera en pleno siglo XXI puede ser un ejercicio fatigoso: a veces el autor escribe con un estilo oscuro y muy personal, suele repetirse en algunas sentencias y otras son poco comprensibles vistas a la luz de nuestra experiencia cotidiana. Pero la tarea merece la pena, sin duda. Penetrar en la intimidad de uno de los grandes personajes de la historia, alguien que dedicó todos sus esfuerzos a llevar una vida virtuosa, tal y como le habían enseñado sus maestros, resulta un ejercicio fascinante. Si Marco Aurelio pudiera pasear durante unas horas por una de nuestras modernas ciudades, si observara nuestros avances científicos, pudiera leer a los pensadores que escribieron mucho después de él, ¿seguiría asegurando que no hay nada nuevo bajo el Sol? Seguramente nos diría que las pasiones humanas siguen siendo las mismas después de todo y que la gran mayoría de los hombres están muy lejos de la existencia filosófica que él tanto se afanó en alcanzar.

jueves, 20 de agosto de 2015

PLATILLOS VOLANTES (2003), DE ÓSCAR AIBAR. LA PUERTA DEL MISTERIO.

Los años setenta fueron la época dorada de la ufología. No había día en el que los periódicos no recogieran una noticia relacionada con el avistamiento de ovnis. Por supuesto, todas estaban basadas en testimonios más o menos espectaculares, en confusas fotos y cosas así, pero jamás se mostraba una evidencia incuestionable al respecto. Todo eran especulaciones, suposiciones: maneras de alimentar el morbo por parte de quienes aseguraban la próxima llegada o contacto de los extraterrestres con nuestro planeta. Pronto la televisión se haría eco de estas inquietudes y ofreció un pequeño hueco en su programación a Fernando Jiménez del Oso, que terminó por tener un programa propio, muy popular en aquellos años. Al hilo de todo esto, surgieron los llamados contactados, gente que aseguraba estar en comunicación con seres de otros mundo a través de las más variadas técnicas: desde la escritura automática a la telepatía. Sin pruebas palpables más allá de la fe del interlocutor, claro. 

En Platillos volantes, Aibar quiere ser una especie de arqueólogo que recupera la esencia de unas determinadas coordenadas temporales y espaciales: Tarrassa a principios de los años setenta, cuando el franquismo estaba ya dando señales de agonía pero, como una bestia herida, todavía contaba con la capacidad de apretar (o golpear) con su puño a cualquier ciudadano que se saliera del redil nacionalcatólico. Y en este contexto, de dura represión y de trabajo monótono en una fábrica textil, no es raro que las mentes volaran hasta otras realidades que en aquel entonces se estimaban posibles. ¿Por qué no iba a venir gente de fuera a acabar con el absurdo de nuestra existencia? Esa es la línea de pensamiento de Juan, un joven alienado que observa con espanto la vida convencional que le espera: las horas interminables de oficina y el sexo después del matrimonio con el fin de procrear la familia numerosa propia de la época. Después de cumplir con su servicio militar, claro. José, el otro protagonista, es muy diferente. Un hombre maduro que ya no le teme al futuro, porque no espera nada de él y que combate el desencanto del presente a través de la locura: convenciéndose a sí mismo de que ha contactado con los extraterrestres. José va a encontrar en Juan al discípulo perfecto para sus correrías en busca de una quimera, al Sancho que complementa su quijotismo ufológico en pos de un santo grial en forma de nave espacial de diseño retro.

Que la película de Aibar esté basada en un hecho real: el suicidio en las vías del tren de dos tipos convencidos de que iban a despertar junto a sus amigos extraterrestres no quiere decir que lo que cuenta sea riguroso. El suceso en sí se investigó en su momento poco y mal, por lo que el director ha tenido que partir casi de cero a la hora de concebir a sus personajes. Y en gran medida acierta: son gente creible hasta cierto punto, si nos atenemos a la experiencia que nos dicta que se puede creer en cualquier cosa y, desgraciadamente, actuar en consecuencia. Mención especial merece la actuación de Ángel de Andrés López, que sabe dotar a su personaje de un halo de misticismo solemne y a la vez esperpéntico. Precisamente del esperpento provienen algunos de los - escasos - errores de Platillos volantes, y no me refiero a que Leo Bassi ande por allí; un personaje como la señora Botifoll, tan tópico como felliliano, no calza bien en el tono general del film, que quizá debería haber empleado esos valiosos minutos en retratar un poco mejor a esa estimulante comunidad friki encabezada por el inefable profesor Karma.

De Platillos volantes se ha criticado sobre todo su final, que presuntamente tira por tierra todo el discurso previo de la película. Es posible que así sea, pero a mí no me ha parecido tan mal. Después del angustiante baño de realidad, policía franquista incluida, está bien otorgar alguna esperanza, aunque sea ilusioria a tan entrañables personajes. Buena incursión en un tema muy poco tratado de nuestra intrahistoria. ¿Por qué no dedicar una película al caso del planeta Ummo, tan representativo de estas quimeras ufológicas?

miércoles, 19 de agosto de 2015

EL CAPITAL HUMANO (2014), DE PAOLO VIRZI. MUERTE DE UN CICLISTA.

Hay películas que trascienden el mero arte cinematográfico (y eso no quiere decir que sean mejores o peores) y son capaces de hilvanar un fino análisis de la sociedad del momento en el que son estrenadas. Esto es lo que sucede con esta obra de Paolo Virzi, una historia que ofrece pocas concesiones en la crítica a nuestra forma de vida, a nuestros anhelos, a la comunidad que hemos ido poco a poco construyendo cuyo dios supremo es el dinero, que gobierna junto a otros dioses menores: el poder, la belleza, la fama y el lujo. Con la destrucción progresiva del Estado regulador y redistribuidor, estamos alcanzando la utopía neoliberal organizada por la famosa mano invisible de Adam Smith. Y resulta que nos encontramos con algo más cercano a una forma siniestra de anarquía, en una lucha de todos contra todos en las que no existen demasiados límites a la hora de alcanzar los bienes supremos con los que la publicidad nos machaca a todas horas.

Porque Virzi afina la puntería al presentarnos a un personaje como Guglielmo Pirelli, un Gordon Gekko a la italiana o, para que nos entendamos mejor en referencia a nuestro pais, una especie de Ruiz-Mateos de aspecto más atractivo y liberal, pero fabricado con los mismos materiales: el afán de superioridad, el discurso confuso y técnico del especulador profesional y el egoísmo supremo que solo mira al propio beneficio, llevándose por delante a quien haga falta después de haberlo seducido con sus modos de nuevo rico. Es evidente que tanto fulgor es capaz de cegar a un hombre simple, italianísimo, como Dino Ossola, un tipo que ha conseguido ahorrar algo de dinero y se lo va a confiar a Pirelli, creyendo en las promesas de rentabilidad del cuarenta por ciento anual. Un detalle que hace de esta película un retrato aún más escabroso y realista: Pirelli está apostando por el hundimiento del Estado italiano para sacar réditos a sus propios fondos de inversión, algo que los especuladores suelen hacer sin ningún rubor. Sin comentarios.

Pero El capital humano es mucho más que una simple fotografía precisa de nuestro tiempo. Se trata de una película inteligentemente construida, repleta de personajes muy bien desarrollados, de los que querríamos saber mucho más (me he sorprendido pensando, mientras la veía, en lo bien que le hubiera venido una serie a esta historia y a estos personajes y aprovecho para mencionar la excelencia del trabajo interpretativo de Valeria Bruni Tedeschi, la hermana de Carla Bruni), que parte de un hecho que ya hemos presenciado antes en algunas de nuestras excursiones cinematográficas: un incidente de tráfico en el que acaba muriendo un ciclista, un humilde camarero que volvía a casa después de soportar largas horas al servicio de los protagonistas. Por suerte, el Estado todavía tiene algo que decir al respecto y abre una investigación al respecto. Esto desencadena entre los miembros de la casta superior que podrían haberse visto implicados, movimientos defensivos y de resguardo de la posición propia, a costa incluso de traicionar a sus seres más cercanos. 

El darwinismo también se desencadena con fuerza ante un peligro imprevisto. El director nos muestra el suceso desde varios puntos de vista, vamos comprendiendo mejor lo que ha sucedido y al final sabemos quien ha sido el culpable, pero eso es lo que menos importa. Lo verdaderamente fascinante es contemplar las relaciones en el interior de este ecosistema humano que son quienes están por encima de nosotros y también somos nosotros mismos. Porque ellos, los del mundo del poder, los del mundo del dinero, son un reflejo de nuestras propias ambiciones, de nuestra propia moral como pueblo llano al que se le otorga el gran privilegio de votar cada cuatro años. La historia transcurre en un país aún más corrupto que el nuestro, en una Italia absolutamente desarticulada, en manos de especuladores, mafiosos y amplias redes de clientelismo. Pero no es difícil vernos reflejados en el espejo italiano. Nada difícil, por desgracia, puesto que prácticamente nuestra sociedad también ha arribado a ese puerto y ha quemado las naves que podrían alejarnos de él.   

Es una lástima que una película como El capital humano haya pasado tan desapercibida en nuestra cartelera. Es de esas obras de factura impecable que saben hurgar en nuestras heridas sociales, con un equilibrio estupendo entre sátira y crudo realismo. Se trata de una de las grandes producciones de esta temporada.