sábado, 28 de marzo de 2015

CHAPPIE (2015), DE NEIL BLOMKAMP. EL CORTOCIRCUITO DE ROBOCOP.

Hace pocos años el nombre de Neil Blomkamp saltó a la fama gracias a un debut muy afortunado. En Distrito 9 el espectador disfrutaba de una inteligente trama de ciencia ficción que podía ser leída como una metáfora del mundo actual, lleno de fronteras y de refugiados que anhelan saltar al primer mundo. Su siguiente película Elysium tenía muy buen planteamiento, abundando en la estética feista de ciencia ficción de un futuro inmediato, atreviéndose a llevar los problemas de nuestra sociedad hasta sus últimas consecuencias, pero su trama era muy floja y su último tercio se hacía cansino y repetitivo. Los más optimistas supusimos que este fue un tropiezo pasajero y que en su tercera película Blomkamp daría lo mejor de sí mismo. Lo que nos ha ofrecido es un auténtico desastre de principio a fin.

Y es que de Chappie solo se pueden salvar los primeros diez minutos, cuando presenta la ciudad de Johanesburgo como un foco de delincuencia (al estilo del Detroit de Robocop) que solo puede ser estirpada a través de un cuerpo policial compuesto por robots. Mientras tanto, en la empresa que los fabrica, un joven genio ha descubierto cómo aplicar inteligencia artificial a estas creaciones. Ante la negativa de su jefa a experimentar con su hallazgo, se lleva a casa uno de los robots, pero por el camino es asaltado por tres peculiares delincuentes, que le exigen, nada menos, que ponga a la máquina al servicio de su banda, para saldar una deuda contraída con otro matón casi tan ridículo como ellos.

Y aquí es donde Chappie se convierte en un sinsentido, en una historia sin pies ni cabeza, donde el joven creador aparece por la guarida de los delincuentes cada vez que le apetece para regañarles y todos intentan ganarse los favores de un Chappie al que, más que una inteligencia artificial, parecen haberle instalado un programa salido de los primeros Spectrum. Todo es absurdo en esta película, que oscila entre el drama, la comedia y unas presuntas reflexiones profundas de la ciencia ficción cuyo planteamiento resulta más bien risible. Sus actores, desde un Hugh Jackman que en ningún momento se hace con un papel absolutamente plano, hasta los delincuentes, que por lo visto son en realidad los miembros de un grupo de rock sudafricano, no son capaces de transmitir la más mínima emoción ni credibilidad, porque parecen perdidos en todo momento en una trama confusa y más absurda a cada instante.

Pero lo peor se reserva para el final, porque al sentimiento de incongruencia se une el de vergüenza ajena, algo muy difícil de soportar para un espectador que ha pagado religiosamente su entrada. Es como si Blomkamp se quisiera reir de nosotros a base de ridiculeces cada vez peor disimuladas, con un uso penoso de la cámara lenta y de la música para resaltar momentos presuntamente emotivos. Y no termina aquí la catarata de despropósitos: todavía nos queda por ver el legado del robot: conciencas humanas que pueden ser descargadas directamente a través de un pendrive... Si, como se ha dicho, Blomkamp va a ser el encargado de revitalizar la saga Alien, es mejor que los productores se lo piensen dos veces.

viernes, 27 de marzo de 2015

TERRITORIO LÍQUIDO (2014) DE AA.VV. RELATOS DE LA INCERTIDUMBRE.

 
Hace un par de semanas el suplemento cultural Babelia dedicaba una página al auge de los talleres de escritura. Bajo el título "¿Se puede enseñar a escribir?", publicaba dos artículos discordantes acerca de la verdadera utilidad de la asistencia a estos cursos. Para Ernesto Mallo, servían solo como acicate de un talento ya incipiente, pero para José Antonio Millán, las técnicas del oficio de escritor pueden aprenderse. En lo que ambos coinciden es que es necesario un trabajo intenso para que uno se convierta en algo parecido a un escritor profesional.

Si yo tuviera que contestar a esta pregunta diría que la escritura tiene mucho de irracional, de dejarse guiar por los sentimientos en el momento de plasmar una historia sobre una hoja de papel en blanco. Yo creo que para esta actividad no existen unas reglas ortodoxas: depende a la vez del trabajo duro, de la lectura de buenos autores y de saber aprovechar los estados de inspiración, que en algunos se dan más frecuentemente que en otros. Pero tengo muy claro que un taller de escritura es para el escritor lo que un gimnasio para el deportista: un centro de entrenamiento para mejorar las propias capacidades.

Si bien la escritura por definición ha sido tradicionalmente una actividad solitaria, un enfrentamiento, a veces dramático, con la hoja en blanco, los talleres ayudan a superar los miedos, contando al lado del escritor en ciernes con voces críticas y experimentadas que son capaces de guiar los pasos del alumno. Supongo que no existen fórmulas mágicas que fabriquen a un gran escritor, por lo que hay que apelar a los métodos tradicionales: estimular el talento a base de trabajo. Pero aquí la palabra "trabajo" no tiene por qué ser sinónimo de algo fatigoso, sino más bien de algo tan estimulante como potenciar la imaginación propia. Pero el fruto de este esfuerzo lo describe magistralmente el profesor Rafael Caumel en el prólogo:
 
"Desde hace algún tiempo (al hombre) se le revela un impulso de intervenir la realidad, ha reecontrado la diferencia entre tener y ser, y ese ser nuevamente invocado quiere construir. Ya que el mundo lo deja aparte, ¿por qué no crear otros mundos o recrear el que le ha tocado en suerte? Acepta el deseo de acción, la aspiración de existir. Aunque su piel está desertizada, escucha cómo fluye el agua por debajo. (...) Y se alegra al descubrir que ese territorio líquido no se le escurre entre las manos."

Yo recomendaría leer Territorio líquido despacio, tomando tiempo para degustar cada relato, ya que hay un gran contraste de géneros entre ellos: con componente social, eróticos, fantásticos o microrrelatos muy bien concebidos, que siempre me dejan dándole vueltas a su mensaje oculto. Cada noche antes de dormir he disfrutado dos de estos relatos, ninguno me ha dejado indiferente y alguno ha habido que me ha tenido más tiempo del razonable intentando coger el sueño una vez apagada la lámpara. Desde aquí solo me cabe felicitar a mis amigos Nicolás Pérez y Fernando García de la Cruz, junto a todos sus compañeros por haber concebido un volumen con tanta variedad de registros, que a la vez cuenta con una rara coherencia interna. Creo que hace pocos días se agotó la primera edición. Aprovechen cuando salga la segunda y compren estos fragmentos de realidad y de imaginación. Seguro que les hacen soñar nuevos mundos, vivir vidas distintas, lo mismo que a mí.

miércoles, 25 de marzo de 2015

LA EDAD DE LA NADA (2014), DE PETER WATSON. EL MUNDO DESPUÉS DE LA MUERTE DE DIOS.

Si hay algo que distingue a nuestra época de los siglos precedentes es que la idea de Dios ya no es parte esencial de la vida cotidiana de muchísimos ciudadanos, sobre todo en occidente. Antes la vida era infinitamente más dura que en la actualidad, pero el hombre común contaba con la esperanza cierta de que su paso por el mundo era algo transitorio, que la auténtica existencia vendría después de la muerte y que una vida virtuosa sería recompensada con el paraíso. La religión podía ser algo opresivo, que controlaba casi todos los aspectos de la sociedad, pero también tenía algo de liberador para mucha gente. Al producirse esta simbólica muerte de Dios, los filósofos y pensadores tenían que encontrar algún sustitutivo, ya sea a través de la ciencia (quizá el mayor enemigo de la religión en la actualidad), o de nuevas maneras de pensar (new age, espiritualidad, filosofías orientales...).

Los gigantes del pensamiento de finales del siglo XIX y principios del XX fueron los que profundizaron la brecha que ya había abierto el pensamiento ilustrado: para Marx, la religión era una droga que impide a las masas despertar y conquistar su dignidad, para Nietzsche, la representación de una moral gregaria y para Freud una ilusión reconfortante que sirve para reprimir instintos latentes. Además, Darwin ya había demostrado que no somos una creación divina, sino el resultado de una larga y cruel lucha en el campo de batalla de la ley de la evolución. Pero ¿qué pasaba con las esperanzas del hombre? ¿podían ser sustituidas por pensamiento racional? ¿es mejor que la fe esté generalizada, aunque intuyamos que se basa en una mentira? ¿la muerte de Dios, tal y como preconizaba Dostoiveski significaba que de pronto todo estaba permitido, que la moral moriría con él?

Este problema que conlleva el fin de la fe, ya fue previsto por el escritor Henry James, tal y como comenta Peter Watson:

"En su opinión, la fe en Dios se ha visto sustituida - o debe serlo - por la convicción de que las ficciones compartidas representan algo más que una simple forma de mentir: son un modo de permanecer unidos, de contemporizar con el deseo y refrenarlo, lo que significa que también constituyen un defecto común y un consuelo, además del reconocimiento tácito de que somos todos criaturas expulsadas del paraíso."

Ciertamente en el siglo XX la historia avanzó demasiado deprisa y muchos de sus hitos son causas o consecuencias de nuevas maneras de pensar que sustituyen a unos dioses por otros, con consecuencias nefastas: el nazismo, el fascismo, el comunismo... En contraste, también el bienestar material que alcanzó cotas nunca vistas en el siglo pasado, contribuyó a que la importancia de la religión se fuera diluyendo. 

Si a estas alturas podemos decir que el gran triunfador del siglo fue el capitalismo. El nuevo Dios que exige sacrificios constantes a cambio de la salvación aquí en la Tierra: el dinero puede conseguir un sustitutivo instantáneo del escurridizo paraíso prometido. De los conflictos íntimos que derivaban de estas nuevas convicciones hablaba en los años treinta Henry Idema:

"Idema señala la confluencia de tres hechos que dan en cristalizar simultáneamente por esos mismos años: la generalización de las neurosis, debido a la desaparición del consuelo que la gente había venido obteniendo hasta entonces a través de las iglesias dominantes; la "privatización" de la religión; y un alejamiento de las tradiciones religiosas compensado por la aproximación reverencial a la opulencia y el materialismo."

Así pues, las certezas del pasado quedan sustituidas por un volumen cada vez más apabullante de información, un auténtico supermercado de ideologías, creencias y filosofías, en el que el hombre tiene libertad de elegir,  pero ante el que comúmente se siente perdido. Ante esto las religiones reaccionan intentando encontrar un sentido racional a su mensaje. Pero al final tenemos que buscar por nosotros mismos como vivir, como comportarnos y como salvarnos. Así lo expresa el canadiense Mark Kingwell:

"Otro de los aspectos del capitalismo moderno que contribuyen a la infelicidad es el enorme volumen de información con que nos inundan la existencia, circunstancia que hace que muchas personas tengan la sensación de estar quedándose rezagadas - generándose así un síndrome al que Kingwell da el nombre de "ansiedad de la puesta al día" y cuyos síntomas se concretan en la íntima convicción de que es preciso "recuperar el retraso", una disposición de ánimo que mina nuestras energías - . Nos hallamos sencillamente saturados de contenidos culturales, con el agravante de que apenas tenemos oportunidad de hallarle sentido al contexto en el que se vierten todas estas informaciones. Y como es obvio, todo esto obstaculiza y torpedea nuestro deseo de plenitud."

El de Peter Watson es uno de esos estudios amplios e inagotables, ricos en información y en sugerencias de nuevas lecturas, de profundización en un tema tan apasionante. Es imposible resumir aquí los autores citados, las doctrinas y las tendencias sociales que se tratan en cada uno de los capítulos de este grueso volumen. Uno solo puede sentir admiración por la erudición del autor de otras obras también de grueso calibre como Ideas o Historia intelectual del siglo XX

sábado, 21 de marzo de 2015

CALLE MAYOR (1956), DE JUAN ANTONIO BARDEM Y LA SEÑORITA DE TREVÉLEZ (1916), DE CARLOS ARNICHES. LA BROMA INFINITA.

La imagen final de Calle Mayor, con esa mujer caminando bajo la lluvia en absoluto desamparo es la viva estampa de las ilusiones rotas, del futuro incierto que a su vez padecía gran parte de los ciudadanos de este país en los años cincuenta del siglo pasado. La de Bardem es una obra grande porque trasciende la mera anécdota de la broma cruel de unos señoritos que se saben amparados por la excusa de un aburrimiento sin moral, que lo devora todo en una pequeña ciudad de provincias. Ha sido una alegría poder contribuir al Festival de Málaga con una de las grandes joyas de nuestro cine. Aquí el artículo:

http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2015/03/calle-mayor.html

viernes, 20 de marzo de 2015

MAGICAL GIRL (2014), DE CARLOS VERMUT. LA MUJER PERTURBADA Y PERTURBADORA.

“El misterio es muy importante en la vida, muy bonito. Y está desapareciendo en las pantallas, las películas van muy mascadas. Añoro a Saura, Buñuel, Lynch… Hoy parecen no tener cabida más que el ya y el ahora. Y lo que se ve se consume automáticamente. En cambio, yo espero que mi película acompañe al espectador varios días, y que ellos en su cabeza vayan completándola”, declaraba el año pasado el cineasta Carlos Vermut, cuando presentó Magical Girl en el festival de San Sebastián. Y es verdad que esta es una de esas películas que no dejan indiferente. Tiempo después, uno sigue dándole vueltas a esta historia fascinante, que va desde la inocencia más absoluta a la depravación más aberrante.

Porque lo que activa la historia que cuenta Magical Girl es un deseo. Un deseo que debe cumplirse, porque lo ha pronunciado una niña enferma de leucemia, un mal irreversible que solo puede combatirse haciendo su existencia más llevadera. La intención de hacer el bien, a veces engendra los peores infiernos. El padre de la niña está en paro y el traje que ilusiona a su hija, el de la protagonista de una serie manga, está muy por encima de sus posibilidades financieras. El destino le va a deparar un encuentro con Bárbara, una mujer de belleza perturbadora, que parece llevar la semilla de la desgracia a cuantos se cruzan con ella.

Bárbara está casada. Su marido es un médico prestigioso y de dinero, que solo puede dominarla a base de analgésicos. La existencia de Bárbara es extraña: casi todo el tiempo sola con sus pensamientos encerrada en un piso de lujo. Luis, el padre de la niña, va a ver en ella el instrumento para cumplir sus deseos, por lo que no duda en hacerle chantaje. Para conseguir el dinero, la mujer deberá volver brevemente a su antiguo mundo, a una especie de prostitución de lujo para satisfacer los deseos más depravados de clientes muy ricos. Su cuerpo desnudo está marcado por terribles cicatrices, al igual que su rostro, sangrando de un herida reciente con la que ella parece sentirse muy cómoda.

Está claro que la propuesta de Vermut no es para todo tipo de público. Hay que sentarse en la butaca y saborearla poco a poco, entrando, casi sin darnos cuenta, en un mundo de reglas muy particulares, que se aleja progresivamente del nuestro. La presencia en el tramo final de un gran actor como José Sacristán no hace sino añadir calidad a lo que ya era, sobre todo a partir de su primera media hora, una de las películas españolas más estimulantes de los últimos tiempos, que es capaz de moverse entre géneros con una naturalidad poco común. El minimalismo del que hace gala Carlos Vermut a la hora de filmar no es sino el marco de unos personajes muy complejos, que por momentos parecen carecer de libre albedrío. Habrá que tener muy en cuenta las próximas obras de quien ya se postula como uno de los grandes directores de nuestro cine.

martes, 17 de marzo de 2015

UN UNIVERSO DE LA NADA (2012), DE LAWRENCE M. KRAUS. ¿POR QUÉ HAY ALGO EN VEZ DE NADA?


Nuestra galaxia contiene cientos de miles de millones de estrellas. Y el universo observable desde nuestra posición incluye unos cuatrocientos mil millones de galaxias. Cifras realmente inconcebibles, que nos hablan de lo pequeños que somos y del enorme misterio que nos envuelve. A científicos como Carl Sagan, toda esta realidad, distando mucho del sentimiento religioso irracional, les provocaba reverencia. Toda la materia proviene de un mismo punto, de un mismo instante. Y eso tiene también que ver con nuestra propia composición:

"Uno de los hechos más poéticos de los que tengo constancia, al respecto del universo, es que, en lo esencial, todos los átomos de nuestro cuerpo estuvieron antes en una estrella que explotó. Más aún: los átomos de su mano izquierda y su mano derecha, probablemente, procedían de estrellas distintas. Todos somos, literalmente, hijos de las estrellas; nuestros cuerpos están hechos de polvo de estrella."

Lo más curioso de todo es que cuanto más se investiga en torno al Universo, surgen más preguntas que respuestas. Estamos bastante seguros de su edad, unos trece mil millones de años y de que surgió a partir de una gran explosión. Pero nuevas pruebas empiezan a evidenciar algo absolutamente fascinante: es muy posible que toda la materia existente provenga de la nada más profunda, es decir, del espacio más vacío. Y puede que dentro de algunos cientos de miles de millones de años la expansión del cosmos se contraiga y vuelva a la nada originaria.

Además, existe otro misterio que posiblemente se resolverá a más corto plazo: el de la energía oscura, que de algún modo contrarresta la fuerza de la gravedad y consigue que el Universo esté en expansión. Otra pregunta (la que intenta contestar el magnífico ensayo de Brian Greene, La realidad oculta) es si este es el único Universo existente o si es uno entre infinitos, con reglas físicas variables, aunque no podamos acceder a ellos. Muchas de estas preguntas pueden resolverse con el estudio de las partículas más pequeñas que conforman la materia. Pero seguro que de cualquier respuesta surgirán otras tantas preguntas nuevas.

Ante todo esto, es posible, a pesar de tal cantidad de galaxias, que seamos los únicos seres capaces de plantearse esas preguntas. Esto es atormentador y fascinante al mismo tiempo, entre otras cosas porque es posible que los seres humanos del futuro (un futuro lejano) no tengan acceso a nuestra visión del Universo, puesto que para entonces el resto de galaxias estarán tan alejadas de la nuestra que no podrán observarse. 

Para Lawrence Kraus, como no podía ser de otra manera, el único método de buscar respuestas está en la ciencia, una disciplina que debe probar sus postulados y que los somete constantemente a nuevas revisiones. Y estas conclusiones pueden que nos gusten más o menos, pero prueban algo: que el Universo es indiferente a nuestra existencia, pero a la vez pone a nuestra disposición sus misterios para que los vayamos desentrañando poco a poco:

"Si deseamos extraer conclusiones filosóficas sobre nuestra propia existencia, nuestra significación y la del propio universo, nuestras conclusiones tienen que basarse en conocimiento empírico. Una mente verdaderamente abierta supone obligar a nuestra imaginación a que se adecúe a la realidad demostrada, y no viceversa, tanto si nos gusta lo que ello implica como si no."

domingo, 15 de marzo de 2015

SELMA (2014), DE AVA DUVERNAY. UN PUENTE LEJANO.

A veces la historia avanza por unos derroteros caprichosos, completando sus tareas a través del camino más difícil. Todo esto lo tenía en consideración Martin Luther King en 1965, cuando quiso culminar de manera efectiva el proceso de reconocimiento de derechos civiles - sobre todo el derecho al voto - de la población negra en Estados Unidos, algo que estaba ya se había acatado a nivel estatal, pero que en la práctica no se practicaba en los Estados del Sur, que interponían al respecto toda clase de trabas administrativas al procedimiento de inscripción en el censo, cuando no usaban formas de intimidación más directa. Además, tampoco solían investigar con demasiado celo los asesinatos de afroamericanos que se producían de cuando en cuando (una de las primeras escenas de Selma muestra en toda su crudeza el momento en el que una bomba siega la vida de varias niñas). Para King, que acaba de recibir el Premio Nobel de la Paz, era muy difícil argumentar ante su gente que el movimiento debía mantener siempre su postura no violenta. Otros líderes como Malcolm X se oponían a esta visión. Mientras tanto, el presidente Johnson, trataba de ganar tiempo, reconociendo a King como su interlocutor, intentaba que el Movimiento por los Derechos Civiles no se radicalizara.

Esta lucha valiente y pacífica que el doctor King supo mantener durante años, con gran desgaste de su salud y su vida personal, tenía que tener su punto culminante en la pequeña localidad de Selma, donde los activistas habían realizado un gran trabajo logístico para organizar la marcha hasta Montgomery, capital del Estado de Alabama, para intentar convencer al gobernador, el tristemente recordado George Wallace, de que debía hacer mucho más para proteger los derechos fundamentales de los ciudadanos negros. 

El primer intento culminó con la carga policial en el puente Edmund Pettus, un acontecimiento digno de figurar con letras de oro en la historia universal de la infamia, en el que decenas de policías a caballo atacaron a una masa indefensa con una violencia inusitada, mientras el país asistía al espectáculo por televisión. Lejos de amedrentarse, King realizó un llamamiento a las fuerzas progresistas de la nación para que le acompañaran en una segunda marcha. 

Aunque al principio Selma parece centrarse casi en exclusiva en la figura de Martin Luther King, pronto deviene en un estupendo fresco histórico que trata con rigor diversos aspectos de aquel episodio: las tensiones en el propio movimiento de derechos civiles entre quienes querían seguir las movilizaciones pacíficas y quienes exigían una respuesta a la violencia institucional, las reuniones con un presidente Johnson excesivamente paternalista y los propios problemas de King con su mujer (recordemos donde se encontraba la horma de su zapato, aunque el film no hurga demasiado en esa herida). El actor David Oyelowo compone a un líder cansado, dubitativo, abrumado por su inmensa responsabilidad y sediento de tranquilidad, pero que a la vez siente que no puede abandonar la lucha, que parte de su personalidad es la de un mártir, el mártir que acabará siendo pocos años después (en este sentido es bueno acercarse a la novela Como la sombra que se va, de Antonio Muñoz Molina, que ofrece valiosos apuntes de los entresijos de aquellos años).

Si algo consigue la película de Duvernay es apelar a los sentimientos del espectador, pero sin intentar manipular los mismos, cuando muestra la manifiesta y cobarde injusticia practicada contra gente pacífica, que estaba dispuesta a morir por una causa justa. Si al final esta gente alcanzó su victoria y su dignidad fue porque ganaron la batalla de una opinión pública que no podía tolerar esa violencia a plena luz del día y ante las cámaras. Mientras Estados Unidos comenzaba su costoso despliegue en Vietnam, era incapaz de enviar efectivos a proteger a sus propios ciudadanos de los esbirros de un gobernador fascista. Resulta siempre penoso que tengan que producirse muertes antes de que las autoridades se decidan a aplicar la ley con todo su rigor. Las imágenes históricas que se muestran, mientras suena un estupendo y emotivo tema de Fink, nos enseñan que el odio y la intolerancia, en forma de amenazas y banderas confederadas, estuvieron siempre acompañando la marcha hasta Montgomery.

Es una pena que una película histórica tan equilibrada como Selma vaya a a tener tan poca repercusión en nuestro país. La represión del puente Edmund Pettus, de la que se conmemoró el cincuenta aniversario hace un par de semanas, en presencia del presidente Obama, es un hecho poco conocido entre nosotros, un ejemplo de como la intolerancia puede campar a sus anchas si quienes deben hacerlo, abandonan sus responsabilidades. Todavía hoy día la lucha de King dista de estar culminada. Solo hay que asomarse a los disturbios raciales que se están produciendo estos días en Ferguson. En cualquier caso, que haya sido posible colocar a un presidente negro en la Casa Blanca era algo inimaginable hace solo cinco décadas, mientras los policías de Wallace golpeaban con saña a mujeres y niños.