viernes, 5 de febrero de 2016

EL ÚLTIMO VIAJE DEL JUEZ FENG (2006), DE JIE LIU. LAS FUENTES DEL DERECHO NATURAL.

A veces es bueno acercarse, aunque sea de vez en cuando, al cine que se hace en otros países, no solo por su calidad, sino también para tener noticia de la vida, costumbres y preocupaciones cotidianas de otros lugares demasiado ajenos al nuestro. El juez Deng es un personaje imperfecto capaz de enamorar a cualquier espectador. Aquí el artículo:

http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2016/02/el-ultimo-viaje-del-juez-feng-de-jie-liu.html

jueves, 4 de febrero de 2016

CLUBES DE LECTURA EN MÁLAGA EN FEBRERO. NUESTRO MES RUSO.

La actualidad de este mes viene marcada por el taller tan especial que el club de lectura de Más Libros Libres va a celebrar en la sede del Museo Ruso de Málaga, una de las instituciones culturales más singulares de nuestro país, donde hemos podido ver hasta el momento dos magníficas exposiciones (incluyendo la de Pável Filónov, algo único en España) que acaban de renovarse. Además del debate en torno a Crimen y castigo, de Dostoiveski, visitaremos un par de cuadros que nos evoquen la novela. Una oportunidad única de explorar las relaciones entre literatura y pintura. Para participar en esta actividad (el domingo 21 a las 11:30) hay que escribir a: educacion.coleccionmuseoruso@malaga.eu

Respecto al resto de actividades de los clubes de Más Libros Libres pueden verse en esta página:

http://maslibroslibres.com/clubes-de-lectura-de-mas-libros-libres-en-febrero/

En el club de lectura de la Biblioteca Provincial, un libro que no deja indiferente a ninguno de sus lectores, una historia tan surrealista que solo puede ser cierta: El adversario, de Emmanuel Carrère, un autor que está de actualidad por la publicación de su esperadísimo libro El reino

En el club de lecura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas también se viaja al Este de Europa, con una novela que se adentra en la dura historia de Estonia, un país muy desconocido en España: Purga, de Sofi Oksanen. 

El club de lectura de la librería Luces se pasa a la moda del ensayo y este mes se acerca a dos libros magníficos, que se acercan desde un punto de vista original al periodismo y a la antropología: Viajes con Heródoto, de Ryszard Kapuscinski y El antropólogo inocente, de Nigel Barley.

Y literatura italiana de la buena en el club de lectura del Ateneo de Málaga: El tedio, de Alberto Moravia, a la vez una historia de amor y un retrato social de su país.

En el club de lectura de Fnac Málaga, la obra de un gran director italiano adaptando su propia película ¿o fue al revés? La mejor oferta, de Giuseppe Tornatore.

En el club de lectura de Casa del Libro, todo un clásico de este tipo de eventos, que acaba surgiendo como posibilidad en todo taller que se precie: 84 Charing Cross Road, de Helene Hanff, en torno a la pasión por la literatura y los libros.

En el club de lectura de la librería Agapea, La trabajadora, de Elvira Navarro, uno de los éxitos más recientes de la literatura española, que toca muy de cerca el tema de la crisis económica que todavía no hemos sido capaces de superar del todo.

Un mes cargado de buenos títulos para comentar con los amigos. Como suelo repetir, los lugares y fechas están en la columna de la derecha y cualquier novedad de la que tenga noticia se insertará puntualmente en dicho apartado. ¡Felices lecturas!

miércoles, 3 de febrero de 2016

CRITÓN (s. IV A.C.), DE PLATÓN. SÓCRATES Y EL CONTRATO SOCIAL.

Critón puede leerse como una especie de continuación de la Apología de Sócrates. Una vez terminado el juicio, Sócrates ha sido condenado a muerte. Las costumbres dictan que la sentencia no puede ejecutarse hasta que no llegara al puerto de Atenas la nave que había salido en procesión conmemorativa a Delos. Mientras tanto, Sócrates se encuentra bajo custodia, recibiendo a sus amigos y esperando la muerte con una serenidad que perturba a cuantos van a visitarle. 

Critón es un hombre rico, amigo de Sócrates y no soporta verle en esta situación. Junto con otros seguidores del filósofo, intentan sacarle de prisión, exponiéndole sus intenciones. Debían existir posibilidades de corromper a guardianes y funcionarios en la antigua Atenas, pues la fuga parece cuestión de dinero. Hay paralelismos aquí con la historia de Jesucristo, como líder de un grupo cuyas enseñanzas distorsionan en cierta manera la estabilidad del Estado. Ambos líderes comprenden bien su situación y la aceptan, aunque por motivos ligeramente distintos: Jesucristo, para poder cumplir su función de redentor (tal y como cuentan los Evangelios) y Sócrates para ser un ejemplo hasta el final de virtuoso cumplidor de las leyes de la ciudad. Conmueven las palabras de Critón, que en una situación como ésta olvida todo precepto filosófico y moral y simplemente quiere salvar a su amigo:

"Y en verdad, ¿hay reputación más vergonzosa que la de parecer que se tiene en más el dinero que a los amigos? Porque la mayoría no llegará a convencerse de que tú mismo no quisiste salir de aquí, aunque nosotros nos esforzábamos en ello." 

A partir de aquí, haciendo uso de grandes dosis de serenidad y de elocuencia, Sócrates se dedica a convencer a Critón de que su única opción es acatar la sentencia. Si hasta aquel momento él ha sido un ciudadano ejemplar, no por haber sido víctima de una injusticia debe dejar de acatar las leyes, puesto que el procedimiento mediante el que se ha llegado a su condena ha sido ajustado a derecho. Sócrates no se ve a sí mismo como un fugitivo para alcanzar un bien tan irrelevante como el mantenimiento de la propia vida. Más bien parece encarar la muerte con una irresistible curiosidad, ya manifestada en su propio discurso durante el juicio. Tomar cualquier otra decisión sería romper su contrato social con la ciudad en la que siempre ha vivido y de la que solo ha salido para hacer la guerra en su defensa. Su actitud ante tales circunstacias hace de Sócrates el primer gran héroe de la filosofía, tomada no como unos conceptos abstractos, sino como una ética de vida.

domingo, 31 de enero de 2016

APOLOGÍA DE SÓCRATES (s. IV A.C.), DE PLATÓN. LA DIGNIDAD DEL FILÓSOFO.

Hay que imaginar al filósofo frente a sus acusadores, enfrentándose a una condena a muerte que podía evitar aceptando las imputaciones y retractándose de ellas, humillándose ante la ciudad y renegando de una vida filosófica y virtuosa. No quiso. Más bien, según la crónica que nos dejó su discípulo Platón, se dedicó a impartir su última lección, dejando a todos en evidencia y encarando la muerte, no con valentía, porque no la necesitaba, sino con la serenidad de quien ya había meditado desde mucho tiempo atrás acerca de ese trance y se reía del miedo que parecía inspirar en todos, hasta el punto de estar institucionalizada como el máximo castigo:

"(...) a mí la muerte, si resulta un poco rudo decirlo, me importa un bledo. pero, en cambio, me preocupa absolutamente no realizar nada injusto e impío."

"La muerte es una de estas dos cosas: o bien el que está muerto no es nada ni tiene sensación de nada, o bien, según se dice, la muerte es precisamente una transformación, un cambio de morada para el alma de este lugar de aquí a otro lugar. Si es una ausencia de sensación y un sueño, como cuando se duerme sin soñar, la muerte sería una ganancia maravillosa. (...) Si, por otra parte la muerte es como emigrar de aquí a otro lugar y es verdad, como se dice, que allí están todos los que han muerto, ¿qué bien habría mayor que éste, jueces?"

El juicio de Sócrates, según se trasluce de la lectura de la obra de Platón, tuvo mucho de político, una especie de venganza de los enemigos del libre pensamiento, que no podían soportar que un hombre ciertamente popular cuestionara las verdades establecidas por el Estado. La acusación contra el filósofo precisaba que Sócrates no creía en los dioses de la ciudad, que quería introducir otros, además de la de ser un corruptor de la juventud. Para un hombre que había dedicado su existencia a buscar la verdad a través de la palabra, dialogando constantemente con sus vecinos, no iba a ser difícil defenderse, dejando pronto en evidencia a los que le acusaban, sobre todo porque lo virtuoso de su actuación podía probarse en su nula pretensión de aprovecharse de cargo ni dádiva pública alguna. Su única voluntad durante el juicio es servir a la ley de manera ejemplar, hasta sus últimas consecuencias.

A pesar de todo, Sócrates prefiere ser condenado y para asegurarse de ello expone como alternativa a su muerte ser alimentado durante el resto de su vida en el Pritaneo, la sede del poder ejecutivo, una auténtica burla a los jueces y una muestra de desprecio altanero a quienes considera unos auténticos ignorantes. Si bien él también se definía en esos términos (recordemos su "sólo sé que no sé nada"), al menos él partía de esa ignorancia para construir un sistema filosófico y no se consideraba, como casi todos los demás, un ignorante desconocedor de su propia ignorancia.

La Apología de Sócrates es una obra seminal en la construcción del pensamiento occidental, en la que se inspirarán otros sistemas filosóficos y religiosos, como el cristiano. El discurso de Sócrates frente a sus conciudadanos tiene algo de evangélico, de ejemplo cimero de cómo ser consecuente con las propias ideas ante una circunstancia adversa. El filósofo, como ser curioso, no puede dejar de ver en esta situación una oportunidad, la oportunidad de experimentar la muerte y, después de ésta, quizá, la mayor de las dichas:   

"Además, ¿cuánto daría alguno de vosotros por estar junto a Orfeo, Museo, Hesíodo y Homero? Yo estoy dispuesto a morir muchas veces si esto es verdad (...) Y lo que es más importante, pasar el tiempo examinando e investigando a los de allí, como ahora a los de aquí, para ver quién de ellos es sabio, y quién cree serlo y no lo es. ¿Cuánto se daría jueces, por examinar al que llevó a Troya aquel gran ejército, o bien a Odiseo o a Sísifo o a otros infinitos hombres y mujeres que se podría citar? Dialogar allí con ellos, estar en su compañía y examinarlos sería el colmo de la felicidad."

jueves, 28 de enero de 2016

LA GRAN APUESTA (2015), DE ADAM McKAY. EL PUÑETAZO DE LA MANO INVISIBLE.

Todavía recuerdo, recién estallada la burbuja inmobiliaria a nivel mundial, gestada a través de las subprime, al presidente francés de aquella época, Nicolás Sarkozy, haciendo un llamamiento a suspender el capitalismo durante un tiempo, mientras era secundado por los mayores empresarios españoles. Y es que la mano invisible de Adam Smith, aquella que habían agarrado con alborozo los economistas neoliberales de la Escuela de Chicago, acababa de asestar un puñetazo en el corazón del sistema y los grandes bancos, aseguradoras y multinacionales parecían estar a punto de desplomarse como si de enormes piezas de un inmenso dominó económico se trataran. Ahora tocaba mirar al despreciado Estado para lograr la salvación. Algunos pedían el rescate casi de rodillas y se comprometían a apoyar futuras regulaciones de los mercados, un sistema que había ido perdiéndose con las medidas liberalizadoras de los gobiernos de Ronald Reagan, George Bush (padre e hijo) y Bill Clinton. Eran tiempos de gran incertidumbre, de pérdidas masivas de puestos de trabajo, de quiebras fulminantes, pero también de una cierta esperanza de cambios en el sistema, de que la diosa razón pusiera un poco de orden y equidad en el caótico sistema económico mundial.

Pero, como bien sabemos, no sucedió nada de eso. No hubo responsables entre dirigentes políticos, banqueros, empresarios o dirigentes del FMI (con alguna notable excepción). El tan denostado Estado respondió generosamente a las demandas de los poderosos y le otorgó un monumental rescate, pagado con el dinero de los contribuyentes que acababan de ser estafados por los rescatados, sin exigir apenas contrapartidas. Los banqueros sonrieron, respiraron y se repartieron jugosos dividendos para celebrar el inesperado éxito. Pero ¿cómo se gestó todo esto? ¿Cómo es posible que ningún organismo de control pudiera prever el desastre que se nos venía encima? La gran apuesta no responde a estas preguntas, pero nos presenta a alguien que sí que supo otear el futuro y aprovecharse de ello. Michael Burry (Christian Bale), era (y lo sigue siendo) un analista financiero muy poco convencional. Aquejado de un evidente autismo, prefería trabajar en un despacho aislado del resto de los empleados. Consumía sus horas en una tarea obsesiva: analizar uno tras otro todos los productos bancarios basados en hipotecas, para lo cual debía ir calculando el riesgo vinculado en cada una de ellas. Una tarea titánica, al alcance de muy pocos, pero que le hizo comprender que el mercado inmobiliario estaba experimentando una brutal burbuja que pronto estallaría. La película sigue su historia y la de otros reducidos grupos de personas que, por casualidad o por convicción, llegaron a la misma conclusión. A destacar la actuación de un inmenso Steve Carell, un actor especializado en comedia cuya carrera ha experimentado en los últimos tiempos una insólita progresión.

Hay que dejar claro que los protagonistas de La gran apuesta no se comportan como héroes. Ninguno pretende avisar a las autoridades, ahorrarle al mundo una tremenda crisis (tampoco les hubieran hecho mucho caso), sino sacar el mayor rédito posible a la información privilegiada de la que disponen. Después de todo es su oficio. La película de McKay muestra a la perfección cómo funciona el casino global que llamamos Economía. Está bien narrada, retrata correctamente a los distintos personajes y se aprecia en ella una vocación didáctica, explicando al espectador, usando muy bien el humor y la ironía, el funcionamiento de los más complicados productos financieros, concebidos para seducir al personal a base de palabrería. En realidad nadie se preocupaba demasiado de saber de qué estaban hechas las famosas subprime. Todo el mundo suponía que funcionaban, que daban beneficios, sin sospechar que su base eran miles y miles de hipotecas otorgadas a gente que no iba a poder pagarlas. 

La gran apuesta sigue la tradición (creo que inaugurada por ese clásico llamado Wall Street, de Olvier Stone), y continuado en nuestros días por joyas como Inside Job, de Charles Ferguson, Up in the air, de Jason Reitman, El lobo de Wall Street, de Martin Scorsese o Margin Call, de J. C. Chandor. Películas que hablan de la locura que vivimos desde hace décadas, de ese capitalismo de Casino que sin duda está fraguando ya en estos momentos su enésima crisis en la que, como de costumbre, ganarán unos pocos a costa de la inmensa mayoría. . Una economía fuerte, como la de Estados Unidos, que debería fundamentarse en la producción de bienes de consumo, en productos tangibles, es en buena parte una casa de apuestas en la que unos cuantos brokers se juegan los ahorros de la gente. Quizá el último sueño de los grandes ricos sea bañarse en una enorme piscina de doblones de oro, como Tío Gilito, y seguro que están cerca de conseguirlo, no por nada en particular, sino para demostrar que su estatus se lo permite, mientras a su alrededor millones de desgraciados jamás podrán llegar a tener una vida digna.

miércoles, 27 de enero de 2016

LAS ENTREVISTAS DE NÚREMBERG, REALIZADAS POR LEON GOLDENSOHN (2004), DE ROBERT GELLATELY (ED). LA VISIÓN DE LOS VENCIDOS.

Una vez acabada la Segunda Guerra Mundial en Europa, con la derrota total de Alemania, los vencedores pusieron en práctica una iniciativa que venían barajando desde años antes: instituir un Tribunal que enjuiciara los crímenes de guerra de los nazis, idea que se vio reforzada cuando se constató la magnitud de la matanza sistemática al pueblo judío, para el que se había organizado una red de campos de exterminio sostenida por una inmensa burocracia. La idea de procesar a los principales criminales era nueva: por primera vez en la historia las potencias vencedoras se atribuían de manera unilateral el derecho de juzgar al enemigo vencido, algo que estaba en contra del principio general de irretroactividad de la ley penal. Pero es que las circunstancias eran especiales y dramáticas, el mundo no podía dejar sin castigo el mayor de los genocidios que ha conocido la historia, ni la agresión a países neutrales, ni el tratamiento a los pueblos sometidos obviando los más elementales derechos humanos, ni otros muchos actos de barbarie que caracterizaron el paso de los nazis por la Europa conquistada. En buena parte, el proceso de Núremberg era un ajuste de cuentas jurídico, pero también moral y ejemplarizante.

En Las entrevistas de Núremberg se recoge un documento único: la transcripción de las conversaciones que mantuvo Leon Goldensohn, psiquiatra del Ejército Estadounidense, con los principales encausados en este proceso. El espíritu con el que se realizaron estas entrevistas era más científico que médico o judicial. Goldensohn veía en ellas una oportunidad única de explorar las auténticas motivaciones de quienes eran considerados por la opinión pública como una especie de criminales degenerados:

"Goldensohn compartía la creencia, generalizada en la época, de que los dirigentes nazis sufrían una especie de "patología", y, pese a la amabilidad en el trato, estaba especialmente interesado en encontrar una explicación a sus "depravaciones"".

Los encuentros - siempre en la celda de los acusados - fueron en la mayoría de las ocasiones conversaciones cordiales, muy bien acogidas por los acusados, puesto que veían en ellas la oportunidad de explicar su punto de vista acerca de su papel en el régimen nazi en un ambiente más relajado que el del tribunal. Casi todos ellos manifestaban casi de inmediato su inocencia y se retrataban a sí mismos como víctimas de un sistema que les reclamaba obediencia absoluta y ciega. Algunos aprovechaban para contar historias acerca de judíos a los que habían salvado y, cuando se les preguntaba acerca de su actuación en algún caso concreto, respecto al que se contaba con documentación, solían responder con evasivas. Solían coincidir también en atribuir toda la responsabilidad de lo sucedido en las personas de Hitler, Himmler, Goebbels y Bormann, todos ellos fallecidos o desaparecidos. "¿Qué podía hacer yo?", se lamentan todos en un discurso que va desde lo cínico a lo patético. Una excepción la constituyó Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, que no tenía reparos en admitir su responsabilidad en la muerte de millones de personas pero, eso sí, justificando su actuación en la obligación de cumplir órdenes: 

"Le he preguntado que cuantas personas habían sido ejecutadas en Auschwitz en todo ese tiempo.

  - El número exacto es difícil determinarlo. Yo calculo que alrededor de dos millones y medio de judíos.
  - ¿Sólo judíos?
  - Sí
  - ¿Y eso qué le parece?

Höss se queda impávido e indiferente. Le repito la pregunta y añado si a él le parecía bien lo que ocurría en Auschwitz.

  - Yo recibía órdenes personales de Himmler.
  - ¿Protestó usted alguna vez?
  - No podía hacerlo. Las razones que me daba Himmler las tenía que aceptar.
  - En otras palabras, ¿usted cree que estaba justificado matar a dos millones de hombres, mujeres y niños?
  - No es que estuviese justificado, pero Himmler me dijo entonces que si no se exterminaba a los judíos , el pueblo alemán sería exterminado para siempre por los judíos.
  - ¿Cómo podían los judíos exterminar a los alemanes?
  - No lo sé, eso es lo que dijo Himmler. Himmler no me lo explicó.
  - ¿Usted no tiene opinión propia?
  - Sí, pero cuando Himmler nos decía algo, era tan correcto y tan natural que nosotros  obedecíamos sin cuestionarle.
  - ¿Tiene usted algún sentimiento de culpa por todo ello?
  - Sí, ahora, naturalmente, me hace pensar que no fue correcto hacerlo." 

La conversación con Höss haría pensar en ese famoso término acuñado por Hannah Arendt en su estudio Eichmann en Jerusalén, esa banalidad del mal que tan bien define al funcionario típico nazi, que no se planteaba en muchas ocasiones si lo que estaba haciendo era o no correcto, sino que asumía su condición de pieza de un engranaje consagrado a un fin superior que controlaban personas más inteligentes que ellos y a los que se debía obediencia absoluta. En este sentido, Las entrevistas de Núremberg es una colección de testimonios de criminales prisioneros que, con tal de salvarse, son capaces de justificar lo injustificable sirviéndose de un discurso retorcido e interesado. Un libro de historia muy recomendable si se quiere conocer un poco mejor a los inductores y ejecutores de la mayor desgracia acaecida sobre Europa, cuyo enjuiciamiento se produjo justamente hace setenta años. 

domingo, 24 de enero de 2016

TAL COMO ÉRAMOS (1973), DE SYDNEY POLLACK. LOS AMORES DIFÍCILES.

Resulta curioso que convencer a Robert Redford para que hiciera el papel de Hubbell Gardiner no fuera una tarea fácil, quizá porque todavía en aquella época (principios de los años setenta), resultaba un tanto insólito que el protagonista masculino fuera un poco a remolque de un papel femenino (el de Barbra Streinsand) mucho más enérgico y rotundo. Katie Morosky ha luchado mucho por pagarse sus estudios universitarios y se toma la vida muy en serio, dedicando gran parte de su tiempo libre a la militancia política en el Partido Comunista, hasta el punto de que un gran retrato de Stalin decora una de las paredes de su apartamento.

Nos encontramos en los años treinta y Katie hace campaña a favor de la República Española, agredida por el golpe de Estado del general Franco. Katie es una de esas personas apasionadas por la defensa de una causa, capaces de realizar cualquier sacrificio personal por ella. Sin poder calificarla como fanática, sí que está un poco ciega respecto a lo que significa vivir bajo la égida de Stalin, por muy modélico que aparezca el sistema comunista sobre el papel. Ella se dedica fundamentalmente a repartir panfletos, pronunciar discursos y regañar a todo aquel que se toma la vida de una manera relajada y es capaz de bromear sobre la actualidad política. A pesar de todo, Katie provoca cierta admiración en Hubbell, un personaje antagónico, al que parece que la mera existencia le ha regalado una serie de dones que el administra de una manera relajada y efectiva: belleza física, inteligencia, facilidad para practicar deportes y una aptitud para la escritura que pronto se traducirá en el interés de Hollywood en adaptar una de sus primeras novelas.

Así pues, estos dos personajes tan antagónicos terminarán enamorándose. Tal como éramos recorre tres décadas de una relación sincera, pero también difícil, repleta de altibajos, marcada por las visiones del mundo, incompatibles, de uno y otro. Si a Hubbell le gustaría disfrutar de la vida sin plantearse remordimiento alguno sobre su bienestar material, Katie sigue siendo la militante apasionada a la que le cuesta empatizar con los puntos de vista de los demás, considerando frívolo todo lo que no tenga que ver con sus ideales políticos (lo cual le va a acarrear más de una situación incómoda en el círculo de amistades de ambos). Podría decirse que, a través de los años, lo máximo a que pueden aspirar ambos es a transitar caminos paralelos, pero jamás el mismo sendero.

En cierto modo, la de Pollack es una película fallida, en el sentido de que quiere abarcar muchas temáticas (la militancia comunista, la Segunda Guerra Mundial, la Caza de Brujas de McCarthy, los amores imposibles), pero no es capaz de profundizar en ninguno. Existe buena química interpretativa entre la pareja protagonista y una buena dirección, pero el guión de Tal como éramos acaba siendo víctima de su ambición.