domingo, 19 de octubre de 2014

RELATOS SALVAJES (2014), DE DAMIÁN SZIFRÓN. MÁS ALLÁ DEL PRINCIPIO DE ENTROPÍA.

Una de las más notables conquistas de la civilización humana ha sido la de organizar la sociedad a través de las leyes, dotando a ésta de un aparente orden. Esto es lo que hace que las cosas funcionen, que la gente se sienta segura. Pero seríamos muy ingenuos si pensáramos que esta armonía artificial es una ley de la naturaleza. En realidad lo que dice la física es que cualquier sistema organizado termina tendiendo al desorden, a la entropía. Y esto sucede con mayor facilidad de lo que podemos pensar, hasta el punto de que muchos científicos piensan que la entropía será lo que finalmente acabará con el universo (dentro de miles de años, por fortuna). Pero nuestras vidas no se miden en esos enormes lapsos temporales. Son meros destellos en la inmensidad espacial y temporal de todo lo que existe, aunque es necesario que las consideremos importantes. Sin embargo, es indudable que de vez en cuando metemos la pata y nos convertimos en seres patéticos. A veces basta una pequeña chispa para que nuestro orden social, que tantos siglos ha costado construir, salte por los aires y nos domine el mucho más vetusto atavismo. Porque, es indudable que después de tantos miles de años de evolución, seguimos siendo, en el fondo, animales salvajes.

Y esta es la tesis que siguen, con grandes dosis de humor negro, estos Relatos salvajes firmados con maestría por el argentino Damián Szifrón. Porque a veces las bodas no salen como estaba previsto, pueden ponernos una multa de aparcamiento donde no hay señal alguna de prohibición o nos vemos envueltos en una seria pelea de tráfico por los motivos más nimios. Casi siempre conseguimos ser racionales ante situaciones desagradables o imprevistas, pero a veces estallamos. Puede que el enfado se zanje con algunos insultos, pero en ocasiones el asunto se vuelve más serio y realizamos acciones de las que podemos llegar a arrepentirnos. Es difícil mantener la cabeza fría ante ciertas situaciones.

A pesar de tanta seriedad en mi discurso, la película de Szifrón no es más que un mero divertimento, aunque extraordinariamente bien realizado, que mantiene un magnífico nivel en todos sus episodios, historias independientes unidas por dos términos: venganza y misantropía. Como espectador no me cabe duda de que usted se lo va a pasar en grande viéndola, pero como ser humano estoy seguro de que en determinados momentos va a sentir pequeñas oleadas de desasosiego al reconocer (espero que como mero testigo), algunas de las situaciones que retrata Szifrón que, aunque tremendamente exageradas, no dejan de estar inspiradas en la vida cotidiana. Van a reírse, pero a veces van a sentir un íntimo malestar por haberlo hecho. Porque pocas veces van a ser testigos de un humor tan cruel y tan negro. Negrísimo. De entre todos los episodios, que son para enmarcar, yo destacaría La propuesta, una visión tan ácida de la mezquindad y la miseria humanas que parece ideada por un Billy Wilder en estado de gracia, que contiene una moraleja muy incómoda: retorciendo la antigua idea de una crisis es una oportunidad, cabría decir que es explotando el infortunio ajeno como los canallas hacen su fortuna.

viernes, 17 de octubre de 2014

LA ISLA MÍNIMA (2014), DE ALBERTO RODRÍGUEZ. LOS FANTASMAS DEL SUR.

Como sucedía con su anterior trabajo, Grupo 7, la nueva película de Alberto Rodríguez parte de unas claras premisas históricas y geográficas. Si aquella nos trasladaba a una Sevilla marginal de la época en la que se preparaba la Exposición Universal del 92, esta nos retrotrae a diez años antes, cuando la famosa transición democrática estaba por consolidarse y España caminaba a trompicones deslumbrada por la modernidad de las nuevas libertades mientras oía a sus espaldas un ruido de sables apenas disimulado. Pero si estos cambios eran bastantes obvios en las ciudades, llegaban con mucha más prudencia al ámbito rural, todavía dominado por el caciquismo, por el señorito que hacía y deshacía a su antojo la vida laboral de los jornaleros más humildes. Si en algo se notan los nuevos aires en el pueblo marismeño al que van a parar los dos protagonistas es en la presencia, ya sin miedo, de sindicalistas agrarios que incitan a los vecinos a ejercitar el flamante derecho de huelga que recoge la flamante Constitución, aprobada un par de años antes y de la cual nadie apostaría que vaya a durar otro bienio. 

Pedro y Juan son dos policías tan antagónicos que casi pueden servir como representantes de las dos Españas del momento. Pedro es un detective joven y prometedor, que se toma en serio su trabajo e intenta ser cumplidor de la legalidad vigente. Siente grandes suspicacias respecto a su compañero, un policía con un turbio pasado franquista, bebedor y dado a la violencia. Pero, después de todo, hay algo que los une: su aspecto de seres atormentados, nada felices, como si al ejercer la tarea de buscar a dos jóvenes desaparecidas conllevara una especie de condena personal. Quizá porque intuyen que el final del asunto no va a ser nada agradable. Mientras investigan, descubren el microcosmos de un pueblo de la España profunda, donde el único anhelo de la gente más joven es marcharse, porque intuyen que en aquel lugar el futuro es tan inamovible como el pasado. Las imágenes que imprime Alberto Rodríguez a la narración sugieren una violencia latente bajo la superficie de la naturaleza salvaje del lugar, salvo las hermosas tomas aéreas del principio, que evocan la idea de una pureza distante, porque a esas alturas, los hombres parecen hormiguitas. No es raro que un sitio como aquel atraiga a un periodista del periódico El Caso, muy popular en aquella época, quizá la única persona a la que le interesa que el final de la historia sea lo más truculento posible.

Puede que el moraleja de la película sea simple: la mejor manera de atraer a la gente hacia su perdición es apelar a sus más profundos deseos, ya sean estos desaparecer de su pueblo y obtener un trabajo en la Costa del Sol (tierra de la gran promesa en aquel entonces) o tener una pequeña aventura con el muchacho más guapo de los alrededores. Aquí estos deseos sirven como catalizador de la vileza más absoluta. Todo recuerda a la repugnancia de asuntos como el de las niñas de Alcàsser o el de Rocío Wanninkhof, alimentados por el morbo de la gente que desea conocer los menores detalles y recrearse en ellos. En 1980 era El Caso el que cumplía esta labor social. Hoy serían las televisiones privadas las que mandarían a sus mejores profesionales a cubrir el suceso, estableciendo conexiones en directo con el pueblo de las niñas desaparecidas cada cinco minutos para conocer las novedades y tratando de mostrar las imágenes más sórdidas a su público. 

La isla mínima es una de las mejores películas que ha dado el cine español en los últimos años. De una factura técnica perfecta, funciona a varios niveles y deja al espectador, cuando abandona la sala, con una dulce sensación de desasosiego. Rodríguez consigue dotar a su historia de un toque muy personal, aunque beba de fuentes tan obvias como el cine de David Lynch o la reciente serie True detective. Si esta producción marca el camino de lo que va a ser nuestro cine en los próximos años, bienvenida sea. Ya iba siendo hora que una nueva hornada de directores empiece a explorar temas distintos a los habituales. Nuestro pasado y nuestras vicisitudes como país son una materia prima excepcional para hilvanar buenas historias.

jueves, 16 de octubre de 2014

EL VIAJE A LA FELICIDAD: LAS NUEVAS CLAVES CIENTÍFICAS (2005), DE EDUARDO PUNSET. EL SENTIMIENTO MÁS ESQUIVO.

A veces se nos olvida que somos fruto de la evolución. Que arrastramos un pasado remoto dominado por los instintos y por las emociones más que por lo que hoy denominamos racionalidad. Por ejemplo, todavía nos cuesta abandonar la sensación de relación de causalidad en mucho de lo que nos pasa, cuando nos rodea el imperio del azar y la casualidad. Hay algo que compartimos con algunos animales: son las emociones, que están presentes en la zona más primitiva de nuestro cerebro y que pueden desarrollarse también de modo colectivo, convirtiéndose a veces en un fenómeno contagioso:

 "En cualquier tiempo y lugar los seres humanos han compartido el mismo repertorio emocional básico. Esta universalidad de las emociones básicas supone un argumento adicional a favor de su naturaleza biológica. Pero esto es verdad también, no sólo respecto a las emociones grupales sino, y sobre todo, a las emociones individuales."

En cualquier caso, hay algo envidiable en los animales: no suelen preocuparles problemas abstractos ni se angustian por el futuro. Son capaces de vivir el momento presente de manera absoluta, algo muy complicado para nosotros. Si una gacela se libra, por ejemplo, del ataque de un león, seguirá su vida como hasta ese momento. Si eso le sucede a un ser humano, lo más seguro es que interiorice un trauma para toda la vida.

En su viaje a la felicidad, Punset parte del hecho de que, gracias al progreso, la esperanza de vida humana ha aumentado en el último siglo unos cuarenta años. Si el hombre de antaño venía al mundo fundamentalmente para dejar descendencia, ahora la vida es mucho más larga y compleja. La búsqueda de la felicidad deviene en un factor fundamental para una existencia plena (en la Declaración de Independencia de Estados Unidos reconoce el derecho a ser feliz como uno de sus derechos fundamentales) y es posible que la ciencia nos eche un cable para llegar sin muchos contratiempos al destino. 

Una de las afirmaciones más sorprendentes de El viaje a la felicidad, es que muchas de nuestras decisiones, incluso las más importantes, son más emocionales que racionales. Si quisiéramos racionalizarlo todo, sopesando serenamente los pros y los contras, jamás podríamos decantarnos por nada: las emociones se encuentran muy presentes en el inicio y en el final de todos los proyectos humanos. Pero lo verdaderamente importante es consolidar esa sensación que siempre nos es tan esquiva. Podemos identificar felicidad con serenidad vital, con ausencia de miedo. Por eso los ciudadanos sometidos en regímenes totalitarios jamás pueden ser felices. Lo mejor es ser humildes en nuestras ambiciones materiales y cultivar otro tipo de aspiraciones, mucho más satisfactorias, evitando compararnos con los demás, lo cual solo puede generar frustración:

"(...) el aumento de los niveles de infelicidad en el mundo de hoy se explicaría por una inversión excesiva en bienes materiales, en detrimento de valores de mantenimiento más intangibles."

Hay otra aseveración bastante insólita, teniendo en cuenta los valores de la sociedad actual, que yo solo dejo caer aquí, una apelación a una paternidad responsable y bien meditada:

"Aunque se suela decir que los niños son una de las mayores fuentes de alegría de la vida, las investigaciones recientes revelan que cuidar de los niños no es ni divertido, ni contribuye significativamente a la escala de felicidad, sino al contrario. «Si contabilizamos todo el tiempo que los padres pasan con sus hijos -dice Norbert Schwarz, catedrático de Psicología de la Universidad de Michigan-, el cuadro no es muy positivo. En la escala de preferencias de Kahnemann, educar a los hijos figura detrás de llevar una vida social, comer, ver la televisión o echar la siesta, entre otros. De hecho, cuidar de la prole es una tarea obligatoria y el ánimo que muestra la gente cuando se ocupa de realizar dicha tarea no es particularmente positivo si se compara con otras actividades»."

Y también merece la pena reflexionar sobre ésto: el fomento del consumo de bienes que apenas sacia el hambre de nuevos productos, no es más que una trampa sin salida:

"Por una parte, resulta que a medida que aumenta el nivel de la renta, también crece el nivel considerado necesario para volver a sentir placer. Y, por otra parte, la tendencia a compararnos socialmente con los demás genera grandes dosis de frustración que la escalada del dinero no puede apaciguar."

La felicidad se construye en suma, restando necesidades superfluas y sumando emociones positivas que terminen siendo una norma para la comunidad. Las emociones individuales suelen tender a garantizar la supervivencia, las grupales son mucho más complejas y son la clave de una vida plena: es necesario que tengan sentido, que sean constructivas, que otorguen seguridad y destierren el sentimiento de angustia. Proteger la intimidad personal y desarrollar una identidad colectiva basada en la libertad, la igualdad y en unos derechos fundamentales de obligado cumplimiento. Esa es la fórmula. ¡Sin olvidar la capacidad de reírse de uno mismo!

lunes, 13 de octubre de 2014

GRUPO 7 (2012), DE ALBERTO RODRÍGUEZ. SEVILLA CONNECTION.

A principios de los años noventa, cuando aún no había sido inaugurada la Exposición Universal de 1992, realicé en solitario un par de viajes a Sevilla. Con la excitación de pasear por tan hermosa ciudad, recorrí amplias zonas del centro histórico y advertí que algunos de sus barrios más antiguos se encontraban muy deteriorados, hasta el punto de que era peligroso pasear por ellos, algo que también sucedía en aquella época en Málaga. A mí, dominado por esa sed voraz de contemplar a mis anchas una ciudad distinta a la mía, no me importó demasiado. Más bien me parecía muy sugestivo el contraste entre esas viviendas tradicionales apuntaladas y a punto de derruirse con el esplendor decadente de aquellos conventos y templos barrocos. Recuerdo que cerca de la iglesia de San Luis me sucedió un incidente desagradable, cuando se me acercaron un par de tipos a pedirme dinero, pero aceleré el paso y no pasó nada. La ciudad estaba viviendo todavía años complicados, los años que refleja Grupo7, cuando el gobierno encargó a la policía que limpiara las calles de tráfico de drogas, con vistas a ese escaparate mundial que iba a ser la Expo, ese proyecto pionero que abrió la veda de las obras faraónicas y de escasa utilidad en nuestro país.

Si hay algo que refleje con acierto la película de Alberto Rodríguez es que la lucha contra la droga es algo sucio, que impregna de corrupción todo lo que toca, incluidos los paladines de la justicia, algo que ya habíamos visto en toda suerte de producciones extranjeras. Pero verlo reflejado aquí, en un lugar que uno conoce muy bien, produce una sensación extraña, como un reconocimiento de verosimilitud respecto a lo que se está contemplando en la pantalla. Volviendo la vista atrás, uno se espanta al reflexionar acerca del impacto de la heroína en las calles en aquel tiempo, las vidas que lastró y los problemas de inseguridad que causó en barrios enteros. Que la respuesta de las autoridades fuera casi exclusivamente represiva, dice mucho de los errores que se han ido acumulando en todas estas décadas de lucha contra la droga. Para realizar su tarea con un mínimo de efectividad, los miembros del Grupo 7 no tienen más remedio que anticiparse a los métodos de los grupos de traficantes que infestaban Sevilla: ser más violentos que ellos, exhibir más mala leche, amenazar y torturar sin prejuicios para obtener información y entrar de lleno en su mundo, aprovechando de paso para ganar algún dinero a través de alianzas con unos clanes en detrimento de otros.

Si se piensa bien, eran los únicos métodos que podían funcionar si se quería limpiar la ciudad en un tiempo récord: sembrar el terror entre los criminales, obviando las garantías judiciales y constitucionales. Lo mejor de Grupo 7 es haber reflejado a la perfección el ambiente de esa época y de la vida cotidiana de estos soldados, que se juegan la vida todos los días para que sus jefes puedan ofrecer ruedas de prensa, orgullosos de los grandes alijos capturados. Rodríguez filma a la perfección persecuciones en los ambientes degradados en los que se movía la droga, testigos del infierno cotidiano en el que tanta gente se movía. Hay algunas escenas impactantes, filmadas con mucho oficio: la lluvia de objetos contra los policías, cuando llegan a un enorme y decrépito bloque de viviendas a realizar una redada o la vejación de la que son objeto cuando son capturados por uno de los clanes. Todo rodado con pasión y un oficio que va a verse corroborado con la magnífica La isla mínima.  

Grupo 7 destila autenticidad por los cuatro costados. Muestra aquella cara de la sociedad que los políticos quisieran esconder y la existencia cotidiana de los antihéroes encargados de limpiarla. Ni que decir tiene que las imágenes de las obras de la Expo 92 van sucediéndose para recordarnos que la corrupción se movía también en niveles mucho más elevados. Mención especial para todos sus intérpretes, incluido un Mario Casas que demuestra que está preparado para cualquier tipo de papel, y no solo los que se basan en su físico.  

viernes, 10 de octubre de 2014

UN SILENCIO INQUIETANTE (2010), DE PAUL DAVIES. ¿ESTAMOS SOLOS?

En las noches claras, es bueno acudir de vez en cuando al campo y pasar un rato mirando al cielo. Miles de estrellas iluminan el firmamento y puede observarse con claridad uno de los brazos de espiral que forman la Vía Láctea, la galaxia a la que pertenecemos. Teniendo en cuenta que lo podemos admirar no es más que una parte insignificante del Universo, la imaginación no puede más que desbordarse y pensar en la posibilidad, estadísticamente probable a primera vista, de que existan otros seres inteligentes allá arriba, civilizaciones que se han expandido a otros mundos y que quizá algún día lleguen al nuestro. El proyecto SETI nació de la voluntad de unos pocos científicos de embarcarse en una búsqueda tan improbable como fascinante: la captación de señales electromagnéticas que evidencien la existencia de otras civilizaciones más allá del Sistema Solar, donde podemos estar bastante seguros de que solo existe vida en el planeta Tierra.

¿Pero es la existencia de billones de otras estrellas garantía suficiente para que la vida se haya abierto paso en un proceso similar al que se ha dado durante millones de años en nuestro planeta? Davies se muestra escéptico al respecto. Los acontecimientos que dieron lugar a las complejas formas de vida que somos nosotros mismos, quizá sean irrepetibles, puesto que ha sido fruto de condiciones singulares en las que el azar y lo improbable han jugado un papel decisivo. Somos una anomalía extraña y privilegiada, quizá los únicos seres conscientes que pueden contemplar el Universo. Si alguna vez se descubre que no es así, se tratará de la noticia más relevante de la historia:

"Si alguna vez descubrimos signos inconfundibles de una inteligencia alienígena, saber que no estamos solos en el universo acabará impregnando todas las facetas de la búsqueda humana del conocimiento. Alterará irreversiblemente nuestra forma de vernos a nosotros mismos y nuestro lugar en el planeta Tierra. El descubrimiento se situaría a la altura de los de Copérnico y Darwin como uno de los grandes eventos transformadores de la historia humana. Pero pasarían décadas antes de que la gente se acomodara a la idea y su verdadera significación quedase establecida en firme, tal como ocurrió con la cosmología heliocéntrica y con la evolución biológica."

Pero es que esta búsqueda, mucho más complicada que la típica metáfora de la aguja en un pajar, requiere que los extraterrestres hayan accedido a los conceptos de ciencia y cultura, una conquista humana, también plenamente azarosa:

"Si descubrimos una civilización extraterrestre que ha encontrado la ciencia, sería un indicio fuerte de que, en efecto, existen leyes universales de organización social e intelectual. Igual que hay leyes universales de la física."

En cualquier caso, el programa de búsqueda SETI tiene unas limitaciones casi insalvables:  depende de que nuestros vecinos galácticos cuenten con una tecnología similar a la nuestra en cuanto a emisiones de radio. Y también de que no se hallen demasiado lejos. Cuanto más alejado se encuentra un planeta, más tiempo tardarían en llegarnos sus hipotéticas emisiones. Una conversación de un par de frases con los extraterrestres podría llevarnos siglos. Además, debemos contar con el auge y la decadencia de las presuntas civilizaciones de la galaxia. Quizá existió vida hace algunos millones de años a unos pocos años luz, pero se extinguió y no tenemos manera de acceder a esa información...

Existen alternativas, por supuesto, pero dependen también del azar. Por ejemplo, que los extraterrestes tomen la iniciativa de visitarnos (y no hay que creer en esas historias de ovnis y humanoides, porque, de existir, estos seres serían inconcebiblemente distintos a nosotros). O que se hayan paseado por nuestro Sistema Solar en algún momento de su historia y dejaran algún recuerdo en forma de baliza o satélite artificial, o que resulten ser seres tan inimaginables que ni siquiera alcancemos a percibirlos. Quizá sean seres tan avanzados que se hayan fusionado con sus máquinas y su existencia sea más espiritual que material... o suceda lo contrario, que se trate de seres primitivos o no racionales. No podemos saberlo. Solo caben las especulaciones y las fantasías de la literatura de ciencia ficción. Quizá lo más sensato sea lo que propone Davies: centrar la búsqueda en nuestro propio planeta, no de seres extrarrestres, sino de seres vivos que provengan de un tronco distinto al del resto. Eso probaría que la vida es un fenómeno común y nos daría muchas más evidencias acerca de la existencia de un Universo repleto de otros seres. 

A pesar de todo, hay que seguir intentándolo, puesto que el premio es demasiado importante como para merecer el esfuerzo. Con el tiempo, se irán desarrollando nuevas técnicas, la mente se proyectará hacia el futuro y es posible que demos con el secreto de la vida. Para entonces quizá, aunque no tengamos evidencias empíricas, podremos estar más seguros acerca de si estamos o no solos en el Universo. Mientras tanto solo cabe soñar. Es curioso que el escéptico Davies dedique una parte de su libro a imaginar lo que sucedería si llegara ese día, la presión a la que se sometería a los científicos que descubrieran una señal artificial o cualquier otra prueba. Seguro que ha reflexionado mucho acerca de esa hipotética jornada, la del mayor descubrimiento de la historia de la humanidad que quizá nunca llegue. Leer el libro de Paul Davies, que suma el rigor científico con las más extraordinarias especulaciones, es una tarea fascinante.

jueves, 9 de octubre de 2014

CALLE DE LAS TIENDAS OSCURAS (1978), DE PATRICK MODIANO. EL TEATRO DE LA MEMORIA.

Todos estamos de acuerdo en que nuestra identidad reside en nuestra memoria. Los recuerdos, esas imágenes, a veces engañosas, que almacenamos precariamente acerca de nuestro pasado son una de las mejores armas para interpretar el mundo, para usar nuestra experiencia en pos de tomar decisiones correctas. Por eso es especialmente trágico el destino del protagonista de Calle de las tiendas oscuras, Guy Roland, un ser desmemoriado sobre sí mismo que, una vez jubilado de su trabajo de detective privado, va a emprender la mayor búsqueda de su carrera, la búsqueda de sí mismo.

Pero ¿qué es la identidad? ¿podemos fiarnos de nuestros propios recuerdos? En el caso de Roland, cualquier pista, cualquier atisbo del pasado le sirve para ir recuperando vivencias, no sabemos si reales o ficticias, pero que en ningún momento le hacen volver del todo al mundo de la normalidad, porque todos sus éxitos (siempre parciales) son precarios y pueden desmoronarse en cualquier instante:

"Hasta ahora todo me ha parecido tan caótico, tan fragmentario... Retazos, briznas de cosas me volvían de repente según investigaba... Pero, bien pensado, a lo mejor una vida es eso..."

En Calle de las tiendas oscuras encontramos condesadas muchas de las obsesiones de Modiano: la precisión y realismo en las descripciones de las calles de París en las que transcurren las indagaciones del protagonista, los recuerdos de los años de ocupación de los nazis y, sobre todo, la inseguridad de la existencia de un hombre enfermo de soledad, que se conformaría con encontrar algo de felicidad en su turbio pasado. Los críticos de Modiano suelen reprocharle que siempre escribe la misma novela. Él se refería a esta circunstancia en una entrevista que concedió a Álex Vicente hace unos años y que reprodujo el diario Público:

"No es algo premeditado, pero me doy cuenta de que hay ciertos temas que aparecen una y otra vez, como una cantinela que se va repitiendo. A veces incluso me veo obligado a buscar entre mis libros para verificar si hay cosas que ya he escrito antes. Mi literatura es como un caleidoscopio en el que las figuras que se forman parecen diferentes, pese a estar construidas siempre con las mismas piezas.

(...)  Pese a estar ambientado en otro momento y en otro lugar, todos mis temas de predilección acaban apareciendo en la novela, como la soledad, la búsqueda de la identidad o la guerra."

Como lector, la prosa de Modiano me seduce y me repele a la vez. Me seduce porque soy capaz de pasearme por los escenarios que describe gracias a sus descripciones casi cinematográficas. Pero la historia que trata de contar no acaba de atrapar mi interés, como si el personaje de Roland fuera más un fantasma que un ser real. Tampoco acaba de convencerme la vocación experimental de algunos capítulos: los que no contienen más que un solo párrafo o los que están dedicados a transcribir fichas de personajes que ayuden al protagonista en su investigación. Mientras escribo estas líneas, me entero de que Patrick Modiano acaba de ganar el premio Nobel. Ahora sus libros reaparecerán en todas las estanterías, se hablará de él y se le leerá aún más. Por mi parte, pienso darle una segunda oportunidad con su famosa Trilogía de la ocupación.

martes, 7 de octubre de 2014

FACTÓTUM (1975), DE CHARLES BUKOWSKI Y DE BENT HAMER (2005). DÍAS DE VINO Y CURRO.

Charles Bukowski es un autor que ha conseguido una notable popularidad entre muchos lectores de nuestro país, desde el mismo momento en que sus libros comenzaron a ser publicados por estos lares, allá por los años ochenta. Títulos como La máquina de follar o Escritos de un viejo indecente, difícilmente van a pasar desapercibidos entre las estanterías de cualquier librería: Bukowski es la definición de escritor de culto, un tipo que no tiene reparos en usar como materia prima de sus escritos los episodios más sórdidos de su propia biografía.

El alter ego de Bukowski en Factótum es Henry Chinaski, un hombre a la deriva que va saltando de trabajo en trabajo y de ciudad en ciudad sin un objetivo definido, quizá solo sobrevivir un día más. Para Chinaski la existencia no tiene más sentido que cubrir las necesidades primarias: comer, beber y follar de vez en cuando. Que para eso haya que trabajar, es un fastido. Sobre todo cuando el lector pierde la cuenta de las labores que ejercita y de las que es despedido por diversos motivos, aunque casi siempre tienen que ver con los efectos de la bebida: 
  
"Francamente, estaba horrorizado de la vida, de todo lo que un hombre tenía que hacer sólo para comer, dormir y poder vestirse. Así que solo me quedaba en la cama y bebía. Mientras bebia, el mundo seguía allí fuera, pero por el momento no te tenía agarrado por la garganta."

Después de todo, el protagonista tiene suerte de vivir en la época de la Segunda Guerra Mundial, cuando tantos americanos estaban peleando en Europa y Extremo Oriente, y haber sido declarado inútil para el ejército. Estados Unidos necesitaba brazos para trabajar y las empresas buscaban empleados sin hacer demasiadas preguntas. Se podían dar situaciones tan insólitas como ésta, impensable en nuestra época:

"Algunos trabajos eran increíblemente fáciles de conseguir. Recuerdo un sitio en el que entré, me senté en la silla y bostecé. El tío que estaba detrás del escritorio me preguntó:
-¿Sí, que desea usted?
-Mierda - contesté -, creo que necesito un trabajo.
-Contratado."

Es posible que la actitud de Chinaski ante la vida no sea más que un vano intento de sentirse libre, de no depender de servidumbre alguna, pasar de todo, incluso de sí mismo. Pero al final no tiene más remedio que depender de la botella, del sexo efímero y buscar de vez en cuando un currelo para tirar unos días más. Quizá la clave de su filosofía vital se encuentre en este párrafo:

"Yo era un hombre que me alimentaba de soledad; sin ella era como cualquier otro hombre privado de agua y comida. Cada día sin soledad me debilitaba. No me enorgullecía de mi soledad, pero dependía de ella. La oscuridad de la habitación era fortificante para mí como lo era la luz del sol para otros hombres. Tomé un trago de vino."

La adaptación cinematográfica de Bent Hamer es bastante decepcionante. Es una adaptación bastante literal de la novela a nuestro tiempo, aunque obviando algunos episodios clave y reduciendo otros. Lo mejor es la interpretación de Matt Dillon haciéndose con un personaje a su medida, un tipo en permanente estado de alucinación, que a veces tiene arrebatos de gran lucidez. Merece la pena echarle un vistazo, pero solo como complemento a la lectura del original de Bukowski.