jueves, 18 de diciembre de 2014

VIDA DE UN ESTUDIANTE (1973), DE JAMES BRIDGES. ADIÓS, MISTER KINGSFIELD.


Cuando uno comienza a estudiar una carrera como Derecho, las sensaciones son contradictorias: por un lado la excitación de lo novedoso, del reto de los estudios superiores y por otro, un indudable sentimiento de temor a no ser capaz de soportar el ritmo y las exigencias de unas asignaturas voluminosas y difíciles. Los miedos de antes de un examen y los insoportables nervios el día que sale una nota son un sueño recurrente que se repetirá muchas noches en los antiguos alumnos. Seguro que Hart, el inteligentísimo estudiante que protagoniza esta película tampoco podrá abstraerse en el futuro de estos sueños angustiosos, a tenor de las experiencias que acumula en su primer año en la facultad de Derecho de la Universidad de Harvard, una de las más exigentes del mundo.

El cine nunca ha tratado con demasiado realismo la profesión de estudiante. Cuando no ha usado a los alumnos para filmar estúpidos filmes de juergas universitarias o los ha usado como comparsas de un profesor emblemático (véase El club de los poetas muertos), pero en pocas ocasiones a los guionistas les ha interesado reflejar el verdadero universo del estudiante, ese microcosmos de competitividad y angustia permanente que puede desembocar en el éxito o en el fracaso, después de horas hincando los codos ante los temas más áridos que uno pueda imaginarse. La especialidad del profesor Kingsfield, famoso en Harvard por lo riguroso de sus métodos es algo en apariencia tan sencillo como el derecho contractual. Nadie, salvo quien lo ha estudiado, puede imaginar hasta que punto la voluntad de las partes libremente manifestada puede enrevesarse. Además, a Kingsfield le encanta preguntar en clase, poner en apuros a sus alumnos, por lo que cada día supone un reto nuevo para sus alumnos, que jamás pueden relajarse y deben pasar algunas noches en vela si no quieren quedarse en el pelotón de cola.

Si algo queda reflejado de manera patente en Vida de un estudiante, es la competitividad entre los alumnos, sobre todo entre los más brillantes, competitividad que luego se verá brutalmente incrementada cuando comiencen a ejercer en la vida real. Esta, y no la preparación en leyes, es la lección más importante que aprenden los estudiantes de Harvard. El darwinismo estudiantil y social es aceptado como una norma inapelable. Por eso los mejores estudiantes deben vivir casi como monjes: una existencia al margen de relaciones sociales y consagrada a los códigos jurídicos. Las únicas reuniones importantes son las de los grupos de estudio, que resumen las clases y comparten el trabajo, la única concesión que se hace a la cooperación, para aumentar las posibilidades de éxito individual. 

La película de Bridges acierta al no plantear dramas espectaculares (a excepción del inevitable alumno con tendencias suicidas que no puede faltar en estos ambientes), reflejando la vida de estos futuros amos del universo como una existencia repleta de sacrificios en pos de los abundantes bienes (económicos) que llegarán en el futuro. El profesor Kingsfield no es más que el acicate para que la competición se convierta en algo serio, una auténtica simulación de lo que será la existencia de la mayoría de los estudiantes. No es la primera vez que la veo, y siempre lo hago con sumo agrado. No destaca especialmente en nada - salvo, quizá, en la solvente interpretación de John Houseman - pero todos sus elementos están tan bien equilibrados que el resultado es una obra muy redonda.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO (1945), DE VIKTOR FRANKL. SEGUIR VIVIENDO.

Resulta prácticamente imposible en el lugar de quien entraba por primera vez en un campo de concentración nazi y tratar de sentir la desolación de quien debía pensar que todas sus esperanzas se evaporaban al penetrar en un recinto tan siniestro. Después de la primera selección, en la que los guardianes decidían quienes iban directamente a las cámaras de gas, los que sobrevivían debían enfrentarse a un auténtico infierno de trabajos forzados, hambre y agresiones físicas. Lo normal es que la muerte sobreviniera a los seis o siete meses. Los que eran capaces de adaptarse debían dejar atrás toda moral y ser lo mejores en la siniestra competición darwinista del interior de los campos. Hubo algunos - pocos - que sobrevivieron por una combinación de buena suerte (si puede llamarse buena suerte a pasar años en uno de estos lugares) y formación, que les sirvió para no tener que trabajar largos periodos al aire libre:

"Por lo general, sólo se mantenían vivos aquellos prisioneros que tras varios años de dar tumbos de campo en campo, habían perdido todos sus escrúpulos en la lucha por la existencia; los que estaban dispuestos a recurrir a cualquier medio, fuera honrado o de otro tipo, incluidos la fuerza bruta, el robo, la traición o lo que fuera con tal de salvarse. Los que hemos vuelto de allí gracias a multitud de casualidades fortuitas o milagros —como cada cual prefiera llamarlos— lo sabemos bien: los mejores de entre nosotros no regresaron."

Cuando ingresó en Theresienstadt (posteriormente sería trasladado a Auschwitz) Viktor Frankl era un psiquiatra de bastante prestigio en Viena. Aunque los nazis le dejaron algunos años como director del área de neurología del único hospital que podían usar los judíos en la capital austriaca, finalmente fue deportado a uno de los campos de la muerte. En El hombre en busca de sentido, Frankl intenta evocar las sensaciones de absoluto desamparo y las fases por las que pasa un prisionero sometido a tan bárbara injusticia. Poco a poco iría dándose cuenta de que lo mejor era sobrevivir aferrándose a los recuerdos, conversando íntimamente con su mujer, aunque no tuviera la certeza de si ella había sobrevivido o no.

La experiencia terrible de Auschwitz dará lugar a una profundización en el campo que más desarrolló profesionalmente: la logoterapia. Si lo común en muchísimos prisioneros era dejar escapar la vida, animalizarse e incluso esperar pasivamente la muerte, Frankl se dio cuenta de que incluso en las peores situaciones a las que puede enfrentarse un ser humano, en circunstancias extremas de tensión psíquica y física, todavía queda un resquicio de libertad, de libre albedrío, que puede ser usado. Esta es la principal razón para seguir viviendo, el sentido del sufrimiento, el objetivo de la supervivencia.

Esta filosofía puede aplicarse a todos los ámbitos y todas las experiencias vitales. Lo esencial es buscar el sentido de la propia existencia y convertirlo en un desafío diario. Cualquier cosa antes que renunciar y convertirse en un vegetal. Además, tampoco podemos renunciar a la bondad. El autor incluso la experimentó a veces de manos de alguno de sus verdugos, mientras que la maldad también podía hallarse en el lado de las víctimas. Este sentido al que nos referimos no es general, sino que cada cual debe encontrar el suyo propio, el que se adapte a su experiencia y circunstancias. 

El pripio Frankl lo expresó muy bien, aceptando el capítulo más terrible de su existencia, interiorizándolo, compartiéndolo en forma de libro y sacándole provecho para desarrollar posteriormente sus terapias. Si elegimos ser hombres morales, que sea con todas las consecuencias:

"Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Qué es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración."

lunes, 15 de diciembre de 2014

ANTONIO B. EL RUSO, CIUDADANO DE TERCERA (2007), DE RAMIRO PINILLA. TIEMPOS DE HAMBRE Y VERGAJO.

Que un inmundo instrumento de tortura como el vergajo, sea uno de los grandes protagonistas de Antonio B. el Ruso, ciudadano de tercera, dice mucho de lo que significaba nacer pobre en la España profunda de la posguerra. La Baña es uno de esos territorios olvidados que tan bien retrató Luis Buñuel en Las Hurdes, tierra sin pan. Sus habitantes son seres primitivos. Los que pueden comer a diario al menos tienen la posibilidad de sofocar sus instintos. Antonio no es de esos. Si a esto se une su carácter rebelde y libre, su vida va a convertirse en un auténtico infierno de represión. Aquí el artículo:

http://asociacioncristobalcuevas.blogspot.com.es/2014/12/antonio-b-el-ruso-ciudadano-de-tercera.html

sábado, 6 de diciembre de 2014

MAN ON WIRE (2008), DE JAMES MARSH. ASALTAR LOS CIELOS.

Desde el mismo momento de su construcción, las Torres Gemelas se convirtieron en unos edificios icónicos, no solo porque eran los rascacielos más altos del mundo, sino porque ambas construcciones parecían encajar perfectamente con la ciudad de Nueva York, definiendo su línea del horizonte para siempre, o así se presumía entonces. El World Trade Center apareció desde entonces en multitud de películas, como un símbolo de la ciudad casi comparable a la Estatua de la Libertad. La sencillez de sus líneas arquitectónicas, el paralelismo de ambos edificios y lo hermosamente que reflejaban la luz sus miles de cristales a diferentes horas del día ejercían un efecto casi hipnótico al observador. Imagino que subir hasta su cima y contemplar el horizonte desde allí debía ser un sensación enardecedora, para cualquiera que lo hiciera por vez primera.

Las Torres Gemelas acabaron obsesionando a alguna gente. A fotógrafos, artistas y arquitectos. Y también a terroristas, como Bin Laden, que tras un primer intento fallido en 1993, acabó demoliéndolas con un procedimiento espectacular y terrorífico, retransmitido en directo por todas las televisiones del mundo. Pero mucho antes que él hubo un joven que sufrió esta fascinación. Se trataba de Philippe Petit, un joven equilibrista francés que se obsesionó con las torres desde que tuvo noticias de su construcción. Petit ya había realizado anteriormente soberbias hazañas de equilibrismo, que en más de una ocasión le costaron pasar la noche en prisión: en Notre Dame de París o en la Ópera de Sidney, éxitos que hubieran colmado a cualquiera y le hubieran convencido de no seguir tentando a la suerte con nuevas empresas de naturaleza tan arriesgada. Pero nuestro protagonista estaba hecho de otra pasta: necesitaba conquistar el espacio vacío entre ambas torres, como reto personal y como una especie de regalo que pensaba ofrecer a los neoyorkinos.

La acción fue planificada casi como una operación militar, llegando Petit a construir una maqueta a escala de las torres para conocer los menores detalles de su construcción. Los niveles de seguridad de la época distaban mucho de los actuales, por lo que, con ayuda de algunos trabajadores del World Trade Center, a Petit y su equipo no les fue demasiado complicado colarse en uno de los edificios de madrugada, efectuar los rigurosos preparativos (que fueron más dificultosos de los previsto) y ofrecer al amanecer a los peatones un espectáculo inigualable: el de un hombre caminando por el aire, a cientos de metros por encima de sus cabezas. Fue la performance más hermosa de la historia. Tanto, que su protagonista apenas fue castigado, a pesar de la rudeza con la que fue tratado en los primeros instante por la policía de Nueva York. 

El documental de James Marsh utiliza sabiamente imágenes de archivo para narrar estos hechos incluyendo una importante dosis de suspense, a pesar de que el espectador sepa cuál va a ser el final, acompañándose de la magistral música de Michael Nyman. Después de los funestos hechos acaecidos en septiembre de 2001, el paseo de Philippe Petit quedó para la historia como una especie de otra cara de la moneda, una acción espectacular y pacífica, que ofrece una lección acerca de hasta donde es capaz de llegar el espíritu humano.

jueves, 4 de diciembre de 2014

CLUBES DE LECTURA EN DICIEMBRE EN MÁLAGA. LOS LIBROS NÓMADAS.

Llega la Navidad. Es tiempo de regalos y, para los amantes de la lectura, de fijar sus ojos en esos enormes volúmenes repletos de ilustraciones, ya sean de arte, de arquitectura o de ciencia. También se reeditan los clásicos en ediciones de lujo (yo ya le he echado el ojo a nuevas traducciones de Balzac) y las librerías son locales más tentadores que nunca. 

Pero, después de todo, diciembre es un buen mes para reivindicar a los libros de segunda mano, aquellos que llegan a nosotros con el espíritu de antiguos lectores, con sus anotaciones e incluso con algún papel - calendarios, tarjetas de visitas, facturas, cartas... - entre sus páginas. A veces huelen un poco a humedad, en ocasiones su aroma nos remite a otra época o incluso el olfato puede percibirlos como si fueran nuevos. A todos nos produce placer quitar el plástico de un grueso volumen de tapas duras recién comprado, pero también nos gusta acariciar las arrugas que los avatares del tiempo han producido en ciertos ejemplares, sobre todo cuando son muy antiguos. Y qué decir del placer de entrar en una librería de lance... Pero eso queda para otra ocasión.

Para los clubes de lectura malagueños, diciembre es un mes de reducción muy acusada de la actividad. Muchos se toman un merecido descanso. Otros continuan sus actividades a medio gas:

En el club de lectura de la Biblioteca Provincial, un libro de un autor tristemente desaparecido no hace mucho: José Luis Sampedro con La sonrisa etrusca.

En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, otro veterano de nuestras letras que, lamentablemente, también acaba de desaparecer. Homenajearemos a Ramiro Pinilla con la lectura de Antonio B. el Ruso, ciudadano de tercera.

En el club de lectura de Más Libros Libres, un clásico del terror y del misterio que siempre vuelve: Otra vuelta de tuerca de Henry James.

En el club de ensayo de Más Libros Libres, un libro que relata unos hechos terribles desde una perspectiva esperanzadora: El hombre en busca de sentido, de Victor Frankl.

En el ciclo de Literatura y cine, nos acercamos a una obra maestra que gozó de una más que aceptable adaptación cinematográfica: El nombre de la rosa, de Umberto Eco.

Y en el cineforum del Ateneo de Málaga, disfrutarán (nosotros los hicimos no hace mucho), con El séptimo sello, de Ingmar Bergman.

Qué pasen unas felices fiestas y que entre sus propósitos de año nuevo no falte el de leer más libros que éste. ¡Un abrazo a todos los lectores!

martes, 2 de diciembre de 2014

LA HISTORIA DEL ARTE (1995), DE ERNST H. GOMBRICH. LA GRAN BELLEZA.

Observen este maravilloso cuadro de Caravaggio. El magistral uso de la luz y las sombras, las expresiones de sus protagonistas, cómo el autor sabe llevar hasta el centro de la obra el detalle que más le interesa: la herida de Cristo. Para llegar a esta perfección hicieron falta milenios. El arte es uno de esos atributos que surgen directamente de nuestra inteligencia, algo que nos distingue del resto de animales. Casi podría decirse que el fenómeno artístico, en ocasiones, trasciende lo meramente humano y nos acerca a la divinidad. Entrar en un buen museo es como penetrar en un templo, repleto de maravillas cuya interpretación última puede quedar a manos del visitante, porque una de las características más admirables del arte, que comparte con la literatura, es precisamente su inagotabilidad.

En cualquier caso, la del arte no es una historia progresiva, como la de la ciencia, en la que unos descubrimientos llevan a otros y todo puede sistematizarse. No es extraño que el avance en una técnica artística en una determinada época pueda llevar a la pérdida de otras:

"En todo el mundo existió siempre una forma de arte, pero la historia del arte como esfuerzo continuado no comienza en las cuevas del norte de España, del sur de Francia o entre los indios de América del Norte. No existe ilación entre esos extraños comienzos con nuestros días, pero sí hay una tradición directa, que pasa de maestro a discípulo y del discípulo al admirador o al copista, que relaciona el arte de nuestro tiempo - una casa o un cartel - con el del valle del Nilo de hace unos cinco mil años, pues veremos que los artistas griegos realizaron su aprendizaje con los egipcios, y que todos nosotros somos alumnos de los griegos. De ahí que el arte de Egipto tenga formidable importancia sobre el de Occidente."

La de Gombrich es la historia del arte más famosa - y más vendida - que nunca se haya publicado. Y lo es por su vocación de sencillez, por su capacidad de llegar a todos los públicos, aunque se trate de profanos en la materia. Es más, el autor casi prefiere a lectores que lleguen con ojos vírgenes y fascinados a adentrarse en la materia, sin influencias previas que puedan decantar hacia un lado u otro esta visión. Además, Gombrich prefiere elegir bien los cuadros, esculturas o edificios con los que ilustra su texto, para que, además de ser representativos de una determinada época, sean a la vez obra de los artistas más famosos, aunque de vez en cuando nos sorprenda con alguno poco conocido: 

"Hablar diestramente acerca del arte no es muy difícil, porque las palabras que emplean los críticos han sido usadas en tantos sentidos que ya han perdido toda precisión. Pero mirar un cuadro con ojos limpios y aventurarse en un viaje de descubierta es una tarea mucho más difícil, aunque también mucho mejor recompensada. Es difícil precisar cuánto podemos traer con nosotros al regreso."

El arte no ha significado lo mismo en distintas épocas. En la Edad Media europea, por ejemplo, era un instrumento de poder de la Iglesia: sus catedrales impresionaban al pueblo, que se sentían transportados a otro mundo cuando penetraban en ellas, acostumbrados como estaban a vivir en humildes chozas. El papa Gregorio el Grande decía que "la pintura puede ser para los iletrados lo mismo que la escritura para los que saben leer". Cualquier campesino medieval era capaz de interpretar una pintura sagrada o el tímpano de una iglesia, sabía encontrarle su sentido sagrado. François Villon, poeta francés de finales de la Edad Media lo expresó muy bien en este poema:

"Soy una mujer, vieja y pobre
ignorante de todo; no puedo leer
en la iglesia de mi pueblo me muestran
un Paraíso pintado, con arpas,
y un Infierno, en el que hierven las almas de los condenados;
uno me alegra, me horroriza el otro. "

Uno de los episodios más curiosos entre los que cuenta Gombrich es la recepción que crítica y público otorgó a los pintores impresionistas (el término fue una especie de insulto) cuando comenzaron a organizar exposiciones alternativas a las oficiales. Un crítico escribía en 1876:

"La rue La Peletier es un lugar de desastres. Después del incendio de la Ópera ha ocurrido otro accidente en ella. Acaba de inaugurarse una exposición en el estudio de Durand-Ruel que, según se dice, se compone de cuadros. Ingresé en ella y mis ojos horrorizados contemplaron algo espantoso. Cinco o seis lunáticos, entre ellos una mujer, se han reunido y han expuesto allí sus obras. He visto personas desternillándose de risa frente a esos cuadros, pero yo me descorazoné al verlos. Estos pretendidos artistas se consideran revolucionarios, "impresionistas". Cogen un pedazo de tela, color y pinceles, lo embadurnan con unas cuantas manchas de pintura puestas al azar y lo firman con su nombre. Resulta una desilusión de la misma índole que si los locos del manicomio recogieran piedras de las márgenes del camino y se creyeran que habían encontrado diamantes."

Cuando se empezó a valorar a este grupo de pintores - Renoir, Monet, Manet... -  y se hizo justicia con uno de los movimientos artísticos más famosos de la historia, la crítica, después de un ridículo tan espantoso, quedó tocada casi de muerte. Tanto, que prácticamente hasta nuestros días los críticos no se atreven a minusvalorar las novedades artísticas, por excéntricas que estas sean, por miedo a quedarse atrás o ser tachados de conservadores. Esto ha dado lugar a que este mundo en los últimos años se haya parecido más a un espectáculo repleto de provocaciones que a labor de hombres y mujeres que buscan esforzarse en crear nuevos lenguajes figurativos, aunque existan notables excepciones en este sentido y tampoco conozcamos a ciencia cierta qué movimientos actuales van a ser más valorados en el futuro.

La historia del arte de Gombrich constituye una lectura imprescindible para todo aquel que quiera atisbar un inmenso panorama de la mano de un autor único, capaz de sintetizar de forma magistral el trabajo de tantos artistas que han enriquecido la existencia humana, esos "hombres y mujeres favorecidos por el maravilloso don de equilibrar formas y colores hasta dar en lo justo, y, lo que es más raro aún, dotados de una integridad de carácter que nunca se satisface con soluciones a medias, sino que indica su predisposición a renunciar a todos los efectos fáciles, a todo éxito superficial en favor del esfuerzo y la agonía propia de la obra sincera"

viernes, 28 de noviembre de 2014

DIPLOMACIA (2014), DE VOLKER SCHLÖNDORFF. ¿ARDERÁ PARÍS?

Cualquiera que pasee por París por vez primera, puede sentirlo: se encuentra ante una ciudad única, que se muestra ante el visitante como un enorme escenario teatral de infinita hermosura. Todo parece dispuesto a una escala monumental, para impresionar. Pues bien, toda esa belleza estuvo a punto de venirse abajo a finales de agosto de 1944, cuando los Aliados estaban a punto de liberar la capital francesa. Para esa época, estaba claro que Alemania había perdido la guerra y la Wehrmacht solo podía pelear para retrasar lo inevitable. En el frente Occidental, americanos y británicos ya habían liberado media Francia y estaban a punto de llegar a París, mientras Roma ya había sido conquistada y se avanzaba también, lentamente, hacia el norte de Italia. En el este, el rodillo soviético había penetrado en Polonia y comenzaba a amenazar suelo alemán. Mientras tanto, hacía ya muchos meses que se había desatado sobre Alemania una ofensiva aérea devastadora y sin precedentes. Quizá esta destrucción sistemática de las ciudades germanas estaba en la raíz de la decisión de Hitler de destruir París antes de que llegaran los Aliados.

Diplomacia, está basada en una obra de teatro de Cyril Gely, y esto condiciona el desarrollo de la trama, que transcurre casi en su totalidad en las habitaciones privadas de Von Choltitz, el comandante de las tropas alemanas en París, en una sola noche. Choltitz recibe la visita inesperada de Raoul Nordling, un diplomático sueco que ha intentado mediar en la rendición de la guarnición germana. A la vista del escaso éxito de sus iniciativas, se va a jugar el todo por el todo, visitando al general y tratando de convencerlo de que existe un límite a la obediencia debida de un soldado. En este sentido, la película de Schlöndorff tiene mucho de dilema ético: ¿puede Choltitz desobedecer cuando su propia familia puede ser objeto de represalias si lo hace? El propio director lo expresa muy bien en una entrevista concedida a la revista Dirigido y publicada este mismo mes:

"Lo que despertó mi interés antes de hacer el film fue una frase del cónsul sueco: antes que las órdenes, hay que escuchar nuestra conciencia. Me fascinó poder contar cómo se comporta el ser humano en situaciones extremas."

Porque lo que es cierto, es que hay ocasiones en las que la historia pende de un hilo. Una guerra como la que se desencadenó en 1939, una guerra total, no respeta nada. A las alturas de 1944 importantes ciudades como Coventry, Hamburgo, Varsovia, Rotterdam, Berlin, Londres, habían sido destruidas o sometidas a graves daños, por no hablar de las ciudades soviéticas, sometidas a batallas cruentísimas, como Stalingrado o Leningrado. Que ese hubiera sido el destino de París, nada hubiera tenido de extraño en este contexto. De hecho, todavían estaban por escribirse capítulos del apocalípsis extraordinariamente perversos, como la destrucción de Dresde (la llamada Florencia del Elba) o la primera bomba atómica en Hiroshima. París se salvó en el último momento, pero podría haber ardido, como quería Hitler. El dictador alemán era un admirador de la capital francesa y apreciaba enormemente la arquitectura de edificios como la Ópera. De hecho, visitó la ciudad recién conquistada en 1940, más como amante del arte (si puede ser compatible desencadenar la guerra más destructiva de la historia de la humanidad con el amor al arte) que como caudillo victorioso. De hecho, había estudiado junto a sus arquitectos el urbanismo de París para que fuera el modelo de la nueva Berlín. Cuando la capital alemana comenzó a ser destruida sistemáticamente por las bombas aliadas, ya no le importó que París siguiera el mismo destino, sobre todo cuando aún se hallaba conmocionado por el reciente atentado que estuvo a punto de acabar con su vida.

Es muy posible que las cosas no se desarrollaran tal y como se narran en Diplomacia, no en vano estamos hablando de una obra de ficción histórica. Pero al espectador que se sumerja en Diplomacia, no le importará demasiado, ante la tensión dramática que Schlöndroff imprime a la larga conversación entre estos dos hombres, sostenida por dos actores magníficos, como André Dussollier y Niels Arestrup. Al principio intuimos que Von Choltitz no es más que un canalla, uno de esos hombres que se amparan en el uniforme, en la obediencia debida, para cometer las peores tropelías. Seguramente las cometió en su periodo en el frente ruso y estuvo a punto de convertirse en el hombre que mandó destruir París. Esto hubiera supuesto, además de la pérdida de una de las ciudades más hermosas del mundo, la muerte de cientos de miles de personas y, seguramente, una cadena de represalias contra los alemanes que quizá hubiera impedido la constitución de la Comunidad Económica Europea.

Así pues, Von Choltitz no debe ser considerado un héroe. Más bien fue un hombre sobrepasado por las circunstancias, que al final ponderó que, actuando como Hitler le había ordenado, habría desencadenado una tremenda venganza contra sus tropas, algo que no estaba dispuesto a asumir. Por supuesto, debemos celebrar la decisión que tomó, pero siempre dentro de un contexto determinado. También Stauffenberg, el hombre que atentó contra Hitler, se había entusiasmado en su momento con la invasión de Polonia. Ojalá todos los conflictos pudieran arreglarse a través de una serena conversación nocturna. Los soldados a veces sacan a relucir su componente humano, aunque éste se encuentre prisionero de una durísima coraza.