viernes, 8 de octubre de 2021

DOS MUJERES (1960), DE VITTORIO DE SICA.

Los desastres de la guerra bajo cierto prisma neorrealista se reflejan en esta magistral obra de Vittorio de Sica. Una mujer y su hija que intentan adaptarse a las circunstancias del conflicto en zona italiana, cuando la península estaba siendo invadida por los Aliados y defendida por los alemanes y por los italianos que quedaban fieles a Mussolini. Una película dura que se transforma en crudísima al final, con esta violación que hoy día no podría filmarse en los mismos términos que lo hizo de Sica hace sesenta años. Una enorme Sophia Loren y un Belmondo que da muy bien como italiano dan lustre a una de las mejores realizaciones del autor de Ladrón de bicicletas.

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miércoles, 6 de octubre de 2021

EL JEQUE BLANCO (1952), DE FEDERICO FELLINI.

Maravilloso debut cinematográfico de Fellini con una película en la que ya está presente gran parte de su estilo inimitable. La historia de esta pareja de recién casados - él con los pies en la tierra y ella con una vida oculta construida entre sueños de ficción - sirve al director italiano para contar una historia que, al principio, parece moverse entre lo fantástico y lo extravagante, para después darse de bruces con la realidad. El jeque blanco de las fotonovelas que lee la ingenua Wanda (magnífico Alberto Sordi) es solo una hermosa fachada que pronto se desmorona para mostrarnos a un ser vulgar y poco delicado. La película, que transcurre en un par de días en una Roma un tanto tenebrosa, es como un círculo que acaba en el mismo punto en el comenzó.

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lunes, 4 de octubre de 2021

EL SEÑOR DE LA GUERRA (1965), DE FRANKLIN J. SCHAFFNER.

Unos años antes de esa maravillosa película llamada El planeta de los simios, Franklin J. Schaffner trabajaron juntos en esta producción que quiere ser una traslación cinematográfica fiel de la vida en Europa en plena Edad Media. El señor de la guerra no se conforma con su sorprendente trama amorosa basada en el derecho de pernada del Señor frente a sus súbditos, también intenta profundizar en aspectos antropológicos y presenta una interesante visión de unas salvajes tierras normandas que todavía no se han adaptado a la doctrina cristiana y cuyos habitantes conservan sus tradiciones paganas. Una ambientación muy correcta para una película que quizá se encuentra un poco injustamente olvidada. 

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sábado, 2 de octubre de 2021

A PUERTA FRÍA (2012), DE XAVI PUEBLA.

La profesión de comercial ha tenido muy poca representación en el ámbito cinematográfico, con notables excepciones como Glengarry Glen Ross. Para muchos profesionales de este sector, su vida es una auténtica montaña rusa, pues las ventas dependen de muchos factores, algunos de los cuales no pueden ser controlados del todo por el vendedor. Aquí se nos presenta a un protagonista totalmente quemado, un comercial cuyos métodos toscos siempre le han funcionado (su fórmula estrella es llevar sus mejores clientes a prostíbulos), pero que ve que su existencia se va por el sumidero frente al empuje de compañeros más jóvenes. Una muy interesante película española, que trata el tema de forma valiente y que se nutre de la insospechada presencia de una estrella como Nick Nolte.

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sábado, 11 de septiembre de 2021

EL HIJO DEL CHÓFER (2020), DE JORDI AMAT. CIUDADANO QUINTÀ.

Si se hubiera producido un Me Too en la España de los noventa, sin duda Alfons Quintà hubiera sido uno de los señalados. Una de las características principales de este personaje que tan bien retrata Jordi Amat era su relación con el poder - fundamentalmente en el microcosmos catalán en el que se movía - y la sensación de impunidad respecto a todo lo que hacía. Quintà fue un hombre apasionado por ese periodismo al que entregó sus mejores años, pero también alguien muy temido por sus semejantes, ya por su carácter iracundo y grosero en las distancias cortas, ya por su conocimiento profundo de los entresijos y corruptelas de la política catalana. Aprovechándose de las conexiones de su padre, que gozó de una relación privilegiada con el pope de las letras catalanas Josep Pla, Quintà construyó una red de la relaciones que, junto a su falta de moralidad, le permitió gozar de un atalaya desde la que contemplar cómodamente todo lo que sucedía a su alrededor.

En su ejercicio periodístico nuestro protagonista demostró un olfato singular para escribir crónicas que incomodasen al poder, sobre todo respecto a esa muestra paradigmática de corrupción que fue el caso Banco Catalana. Es posible que, hasta su caída definitiva hace ya algunos años, el clan Pujol jamás se sintiese tan nervioso como con las informaciones que iba publicando Quintá, hasta el punto de que se llegó a llamar la atención a los responsables y al propietario del diario El País, como solo los políticos saben hacerlo. En este sentido, ese acto multitudinario de desagravio a Jordi Pujol se convirtió en todo un símbolo de la impunidad y de la superioridad del tribunal popular frente al Poder Judicial. Por desgracia, en nuestro país hemos podido contemplar más de un acontecimiento semejante. A partir de ese momento Pujol se proclamó el adalid de la moral frente a los poderes de Madrid, con lo que en cierto modo se dio vía libre al sistema corrupto en el que se convirtió la política catalana a partir de entonces.

Pero en uno de esos giros irónicos que tiene a veces la historia, el astuto Pujol consiguió convencer a su gran enemigo Quintà para que se uniera a sus filas: la dirección del nuevo canal autonómico TV3 era un caramelo demasiado dulce como para ser rechazado por un hombre tan ambicioso como Quintá. Gracias a su intuición y a su trabajo obsesivo consiguió crear una televisión moderna y muy valorada por quienes veían en ella un factor fundamental para crear sentimiento de pertenencia a la nación catalana. Pero su labor tuvo también sombras: su carácter dictatorial frente a sus subordinados, los gastos desmesurados en los que incurría y su fama de acosador sexual que no hizo sino acrecentarse en esta nueva etapa. Poco a poco Quintá fue cerrándose sobre sí mismo y quedándose sin amigos. Solo su última pareja aceptó quedarse junto a él cuando se sintió demasiado enfermo como para valerse por sí solo. El dramático final es bien conocido: asesinato de su mujer y suicidio, noticia que fue ampliamente difundida en su momento por diferentes medios de comunicación.

Jordi Amat ha sabido construir una narración en la línea de El adversario de Emmanuel Carrère, una crónica de no ficción que se lee como si fuera una novela, un relato que quizá tendría algo de inverosímil si hubiera sido inventado. El mismo autor, en las últimas páginas, reconoce sus influencias y comenta las dificultades a las que se tuvo que enfrentar a la hora de abordar la escritura de la biografía de un personaje tan singular: 

"El desafío era intentar ir más allá del suceso o del relato histórico para construir una narración, pero asumir al mismo tiempo que el ejercicio literario de ir hacia dentro del caso y el personaje era una forma de embrutecimiento. Implicaba no solo descubrir realidades turbias, sino también embrutecer de sordidez mi conciencia y la del lector."

domingo, 5 de septiembre de 2021

CONTRA LA CINEFILIA (2020), DE VICENTE MONROY. HISTORIA DE UN ROMANCE EXAGERADO.

Para muchos, incluido yo mismo, el cine constituye algo mucho más grande que una mera forma de entretenimiento. Cuando la película nos parece buena - y en contados casos, una obra maestra - es imposible abstraerse de lo que sucede en la pantalla y no vivir en cierto modo las mismas sensaciones que el protagonista. Por supuesto, esto es un fenómeno enteramente subjetivo. Lo que a algunos puede resultar fascinante puede convertirse en un aburrimiento insufrible para otros. Esta es la grandeza del cine, aunque no hay que olvidar que los críticos están ahí para recordarnos qué obras atesoran la suficiente calidad como para justificar una entrada de cine o un repaso de la misma en alguna plataforma de streaming:

"Más bien en contra de la excesiva manipulación de la realidad, el cinéfilo se inclina por explorar los vínculos secretos que conectan un lado y otro de la pantalla. No se conforma con contemplar desde el patio de butacas la imagen de un mundo embellecido y estético. Desea "desaparecer" en él. Cuando una película le gusta especialmente, siente que las imágenes anulan su juicio, le arrebatan, se sume en un estado de olvido parcial de sus penurias y dificultades. Se siente desplazado al interior de una película. Este sometimiento del ego a las imágenes goza de un gran prestigio y a veces llega a servir como vara de medir la calidad de una historia."

Como bien nos recuerda Vicente Monroy en este estimulante ensayo, el cine no solo puede provocar amor en el espectador. También puede dar lugar a sentimientos muy distintos que pueden llegar a lindar con la indignación o el odio. Todos hemos conocido a gente (seguramente cualquiera de nosotros ha adoptado ese papel en alguna ocasión), que defiende o ataca a una determinada película o director con una pasión desmesurada, lo que suele provocar que el resto de contertulios callen o le den la razón con tal de no discutir frente a un discurso tan vehemente. 

El propio autor confiesa haber sido así en su juventud, alguien obsesionado en visionar toda la historia del cine y cuyos juicios al respecto eran inapelables. Entrar a una sala de cine podía ser un aislamiento completo de la realidad que podía prolongarse durante horas después de terminada la película. A partir de esta idea casi religiosa de la relación del espectador con la pantalla, Monroy hace un repaso de los numerosos profetas que han dado al cine por muerto en un momento u otro del siglo XX, algo que se sigue repitiendo puntualmente en nuestros días. 

En cualquier caso, el lector de Contra la cinefilia tiene la impresión de que existe una especie de resentimiento por parte del autor contra una pasión que acabó convirtiéndose en tedio para él, quizá porque la abordó en su momento con excesiva desmesura. La solución quizá sea compatibilizar cine y vida y, al igual que sucede con la literatura, saber sacar provecho de las lecciones que podemos extraer de las mejores ficciones. Hay que resignarse a que una vida humana es insuficiente para ver o leer todo lo que nos gustaría, porque existen otras responsabilidades, quizá no tan estimulantes, pero necesarias para llevar una existencia equilibrada. Personalmente me quedo con las ventajas que ofrecen actualmente plataformas como Filmin, en las que uno puede acceder a títulos cuyo acceso hasta hace poco era muy complicado. El cine es pasión, pero también hay que reivindicarlo como diversión.

lunes, 16 de agosto de 2021

ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA (1885), DE FRIEDRICH NIETZSCHE. LA MUERTE DE DIOS.

Hay libros de los que uno oye hablar desde muy temprana edad, libros que poseen un halo mítico que rozan lo prohibido, como si su lectura nos fuera a revelar una serie de verdades escandalosas que deben permanecer ocultas. El hecho de que Nietzsche formara parte integrante del programa de la asignatura de filosofía en la educación preuniversitaria le restaba bastante de todo lo anterior. Además, muchos de los que decían haberlo leído no eran luego capaces de explicar de manera coherente las principales ideas del filósofo. En cualquier caso, no es fácil acercarse a un libro como Así habló Zaratustra, tenga uno la edad que tenga. Se trata de un texto exigente, con un alto valor literario, casi tanto como filosófico, si se lee en lengua alemana. El ensayo más famoso de Nietzsche constituye una especie de desafío a la herencia cristiana de occidente, basándose en las ideas de muerte de Dios, la voluntad de poder y la idea del superhombre.

Casi antes de matar a Dios, Zaratustra debe acabar con la moral establecida, algo que intenta hacer desde la exposición de una visión descarnada de la realidad del hombre. Y aunque Zaratustra comienza siendo un ser radicalmente solitario, que comulga plenamente con el paraje en el que habita, al final necesita bajar a la urbe para encontrarse con los hombres. Su doctrina, como sucedió con Jesucristo, necesita un receptor:

"Yo quiero enseñar a los hombres el sentido de su ser: ese sentido es el superhombre, el rayo que brota de la oscura nube que es el hombre."

Y esta nueva doctrina pretende, entre otras cosas, acabar con la idea tradicional de compasión. La muerte de Dios y la muerte de la moral significan el advenimiento de un hombre nuevo, cuya principal misión debe ser transformarse en superhombre. La pérdida de la religión hace tambalearse la estructura social imperante. Los hombres ya no necesitan otra guía más que el propio Zaratustra, alguien que se supone les va a guiar a la libertad radical de manera individual, una meta que está vetada a la masa plebeya. Para eso la persona debe transformarse una especie de tabula rasa que deje de lado su bagaje de aprendizaje social y comience a ser de nuevo:

"¡Pero sólo el hombre es para sí mismo una carga pesada! ¡Y muchas de las cosas que residen en el interior del hombre son semejantes a la ostra, es decir, nauseabundas y viscosas y difíciles de agarrar!"

Desde luego, la idea radical en contra del cristianismo que supone la muerte de Dios es lo que debió causar más escándalo en la época en la que fue publicado el libro y esta postura en contra de la moral biempensante ha contribuido desde siempre a rodear a este libro de un halo de rebeldía que quizá ya se encuentra un poco superado en los tiempos presentes. Es curioso que Nietzsche, pese a matarlo, se ensañe con la moral judeocristiana, presentándola como algo maligno, como una rémora al avance del hombre:

"Él era un Dios escondido, lleno de secretos. En verdad, no supo procurarse un hijo más que por caminos tortuosos. En la puerta de su fe se encuentra el adulterio. 

Quien le ensalza como a Dios del amor no tiene una idea suficientemente alta del amor mismo. ¿No quería este Dios ser también juez? Pero el amante ama más allá de la recompensa o de la retribución. 

Cuando era joven, este Dios de Oriente era duro y vengativo y construyó un infierno para diversión de sus favoritos"

Desde luego un Dios contradictorio que puede ser el ser más despiadado y el más amoroso a la vez. Prometer llanto y rechinar de dientes a quien no le siga es una actitud más cercana a la imposición que al amor incondicional a toda la humanidad. En cualquier caso, tampoco Zaratustra parece amar mucho más al género humano. Él se limita a transmitir sus verdades, pero ni siquiera es capaz de estar demasiado tiempo en compañía de quienes se declaran sus discípulos y aspirantes a superhombres. Zaratustra, que tiene mucho de cascarrabias, los desprecia en el fondo de su corazón, porque no los encuentra dignos de sus enseñanzas, aunque a veces pueda mostrar un poco de ternura hacia ellos. En realidad, en una especie de eterno retorno, Zaratustra acaba atraído por la soledad que le proporciona la vida como ermitaño en plena naturaleza.

No es difícil, una vez terminado el libro, comprender cómo los nazis se adueñaron de parte de esta doctrina y se declararon a sí mismos como seres superiores capaces de superar la moral tradicional, de situarse más allá del bien y del mal, simplemente porque creían contar con la fuerza bruta para hacerlo. Pero esta es una historia para otra ocasión.