miércoles, 19 de julio de 2017

HOMO DEUS (2016) DE YUVAL NOAH HARARI. EL SORPRENDENTE DESTINO DEL HOMBRE.

Cuando pensamos en el futuro de la Humanidad en las próximas décadas o siglos - un futuro cuyas bases empezamos a conocer en los días presentes - no es extraño sentir a la vez vértigo y fascinación. Es indudable que el progreso humano, basado en el conocimiento científico, es un tsunami imparable que va cambiando sutilmente la sociedad día tras día. Hace veinte años era difícil prever el impacto que tendría internet en nuestras vidas y en nuestra privacidad. Hoy se acepta como algo natural lo que por aquel entonces nos hubiera parecido una auténtica locura: exponer nuestra privacidad a coste cero. Nuestros datos personales, nuestras compras y hábitos de vida se han convertido en la mercancía más valiosa de estos tiempos. Y con esta base tan sencilla, se va construyendo el futuro.

Homo Deus se presenta como la continuación natural de ese magnífico ensayo superventas que fue Sapiens. Después de haber contado nuestro pasado y presente, Harari se aventura a guiarnos hacia nuestro posible destino. Por supuesto, sus conclusiones, como él mismo admite, podrían estar equivocadas, pero es indudable que existe cierta lógica en su exposición. Tradicionalmente los grandes enemigos de la Humanidad han sido el hambre, la peste y la guerra. Harari comienza su ensayo con palabras muy optimistas al respecto: a pesar de lo que podamos pensar, vivimos en el mejor momento de la historia (lo cual no quiere decir que no nos enfrentemos a retos gigantescos y que el peligro de destrucción del planeta siga siendo cierto). Pero por primera vez podemos decir que hay más muertes por obesidad que por desnutrición, que la guerra ya no es el principal método de resolución de conflictos y que muchas de las enfermedades que nos atenazaban, han sido erradicadas, por lo que la esperanza de vida es cada vez mayor. Partiendo de esta base, el escritor predice cuáles van a ser los objetivos de la Humanidad a medio plazo: la inmortalidad, la dicha y la divinidad.

Si Homo Sapiens acabó dominando prácticamente todos los recursos del planeta y sintiéndose infinitamente superior al resto de seres vivos que lo pueblan es porque el brote de inteligencia que surgió de la plasticidad de su cerebro le permitió poco a poco ir cooperando cada vez a mayor escala con sus semejantes. Dicha cooperación le permitió llegar a objetivos jamás soñados, incluso a explorar otros planetas. La Historia ha sido, entre otras muchas otras cosas, una gran lucha ideológica que acabaron ganando el capitalismo y el liberalismo como doctrinas menos imperfectas, que establecen el marco para un progreso más rápido de la Humanidad, aunque la otra cara de la moneda sean las profundas desigualdades que va dejando en su camino. Estas creencias conforman nuestra actual red de sentido, unas formas de vida que creemos inamovibles. Pero la Historia demuestra que nuestros ídolos ideológicos pueden caer tarde o temprano (quien iba a decir a los españoles del siglo XVI que algún día la religión ocuparía un lugar marginal en nuestras vidas):

"Así es como se desarrolla la historia. La gente teje una red de sentido, cree en ella con todo su corazón, pero más pronto o más tarde la red se desenmaraña, y cuando miramos atrás, no podemos entender cómo nadie pudo haberla tomado en serio." 

El futuro seguramente cambiará los relatos que sostienen nuestra existencia y los cambiará por otros que se adaptarán mejor a las nuevas realidades. Y lo que viene es un interés inusitado en el funcionamiento del hombre. Todavía sabemos muy poco de cómo toma sus decisiones el cerebro, pero los investigadores han llegado a la conclusión que captar la esencia última de nuestro ser es una tarea imposible, ya que no somos una única esencia, sino muchas y es la conciencia la que establece la ficción que de que somos uno y que tomamos nuestras decisiones en libertad. Quizá la angustia existencial, la falta de certezas del hombre una vez que ha abandonado los dogmas religiosos, pueda curarse con una exploración profunda de nosotros mismos, aunque al final no nos guste todo lo que encontremos por el camino. Las claves estarán en la conectividad profunda y en las mejoras de nuestro cuerpo a través de la fusión de hombres y máquinas:

"Los principales productos del siglo XXI serán cuerpos, cerebros y mentes, y la brecha entre los que saben cómo modificar cuerpos y cerebro y los que no será mucho mayor que la que existió entre la Gran Bretaña de Dickens y el Sudán del Mahdi."

Y lo que es aún más alarmante:

"Algunos economistas predicen que, más pronto o más tarde, los humanos no mejorados serán completamente inútiles. Mientras que robots e impresoras tridimensionales sustituyen a los trabajadores en tareas manuales como fabricar camisas, algoritmos muy inteligentes harán lo mismo con las ocupaciones administrativas."

Al final, casi todas las profesiones van a estar en peligro. Si poderosísmos algoritmos, capaces de actualizarse todos los días con millones de nuevos datos pueden ejercer la medicina o la abogacía de forma infinitamente más eficaz que un ser humano, ¿dónde quedaremos nosotros? ¿Esto será en nuestro beneficio o al final quedaremos marginados por formas de vida mucho más eficientes? Nos encontramos en los albores de un nuevo mundo que superará las tesis liberales y capitalistas y se centrará en una nueva ideología - o religión - : el tecnohumanismo, una doctrina que abogará por la reconexión de nuestros cerebros en una red casi infinita de datos y conocimiento. 

El movimiento más radical del tecnohumanismo, el dataísmo (que no dadaísmo), habla ya de superar nuestras limitaciones sentimientales y empezar a ser humano de maneras distintas y totalmente insospechadas, conectándose de manera permanente al flujo de información, que es el verdadero poder que nos permitirá hacernos amos del universo. Los primeros pasos en este sentido se están dando ya: el desarrollo del Internet de las cosas y del Big Data acabarán haciendo que Google y Facebook acaben conociéndonos mucho mejor que nosotros mismos, por lo que acabaremos cediéndoles la decisión de los pasos más trascendentales de nuestra vida (y lo más escalofriante es que decidirán con acierto pleno al respecto). ¿Llegaremos a experimentar esta revolución? ¿qué debates éticos tendremos que afrontar? Los próximos años serán decisivos al respecto.

viernes, 14 de julio de 2017

LA DEMOCRACIA SENTIMENTAL (2016), DE MANUEL ARIAS MALDONADO. POLÍTICA Y EMOCIONES EN EL SIGLO XXI.


La masificada Facultad de Derecho de la Universidad de Málaga era en los años noventa un territorio hostil para cualquier alumno, muchos de los cuales tenían la impresión más de ser carne de cañón, de la que podía prescindirse fácilmente, que un verdadero estudiante. Pocos eran los Departamentos que se preocupaban verdaderamente de que los alumnos no solo salieran de las clases con una bestial cantidad de conocimientos teóricos, sino también con auténtica curiosidad por ampliar horizontes intelecturales en el ámbito de sus asignaturas. El Departamento de Derecho Político y Constitucional era de los pocos cuyos miembros parecían no haber abandonado el afán pedagógico que, junto con un buen conocimiento de la asignatura, deberían ser los principios más sagrados de todo profesor que se precie. Parece ser que, felizmente, la tradición continúa y el profesor Arias Maldonado se esfuerza en ser un buen divulgador de los conocimientos que atesora. Al menos eso es lo constanto regularmente con la lectura de los magníficos artículos que publica en Revista de Libros y en Letras Libres, bien fundamentados y dotados de una escritura cristalina, virtudes que se mantienen en este volumen titulado La democracia sentimental.

El proyecto filosófico ilustrado, padre de los Derechos Humanos y de la democracia liberal que impera en los países más avanzados del mundo, era un proyecto altamente racionalista, que apenas advirtió la importancia de las emociones, un error que se está subsanando en los últimos años a pasos agigantados. El libro de Arias Maldonado constituye una necesaria reflexión sobre esta nueva realidad y de cómo está afectando ya a la política y de qué consecuencias tendrá en el futuro inmediato, pues el cada vez mayor conocimiento del funcionamiento más íntimo del ser humano, de cuáles son los verdaderos intereses que lo mueven y de qué modo pueden motivarse éstos, es la nueva piedra filosofal que será decisiva en el triunfo de unas propuestas políticas sobre otras. Así explica el autor los objetivos de su trabajo en una entrevista concedida a la revista Letras Libres en diciembre del año pasado:

"Aunque haya una crisis económica o institucional producida por diferentes acontecimientos, queda por explicar por qué la reacción es irracional. Hay que tener cuidado con pensar que el sujeto es más emocional que antes. Parece más bien que se han roto los diques de contención que no dejaban ver esa emocionalidad. A esto lo acompaña la discusión en las ciencias sociales y las neurociencias, el giro afectivo del que hablo al principio. Quería reflexionar sobre cómo puede combatir la democracia liberal pluralista a sus enemigos irracionalistas: si debe volverse emocional, como Obama en campaña aunque no en el cargo. La democracia, igual que es un régimen de opinión, es un régimen afectivo. Tanto sus fundamentos como los estados de ánimo o atmósferas sociales nos empujan a una dirección u otra y ayudan a separar distintos periodos."

Nuestras democracias son imperfectas, porque los ciudadanos también lo son. No puede exigirse que el votante medio lea filosofía y antropología, que esté informado de la actualidad nacional e internacional a través de los mejores diarios y que sea capaz de leer todos los programas políticos para elegir racionalmente cual de ellos se ajusta mejor a sus intereses e inquietudes. En realidad, el ciudadano medio tiende a simplificar y para muchos de ellos las elecciones políticas tienen más que ver con emociones futbolísticas (se simpatiza con un partido tal y como se es forofo de un equipo) que con el pensamiento racional. Los asesores de los partidos hace tiempo que son conscientes de esta realidad y empiezan a actuar en consecuencia. Si uno analiza las sesiones habituales del Congreso, no son más que un previsible cruce de reproches que puede subir más o menos de tono. Ninguno de nuestros diputados parece capaz de hilvanar un discurso sustancioso que a la vez contenga verdaderas virtudes comunicativas. Resulta mucho más sencillo apelar a las emociones de los ciudadanos y volver a repetir las frases manidas de siempre, sobre todo porque cuando un partido se sale de la norma, pacta, y hace más flexible su discurso, los votantes suelen hacérselo pagar (aunque, como siempre, hay excepciones, porque una de las grandezas de la política es que no es una ciencia exacta). 

Ya Montaigne nos dejó un valiosísimo consejo desde su lejano siglo XVI: "que emplee la pasión quien no pueda emplear la razón". Esto parece haber ser sido leído de manera literal - y en sentido erróneo - por los responsables del desafío al Estado democrático que supone la promoción de un referéndum, nada menos que para secesionar por las bravas, al margen de la ley, una parte del país. No he escuchado muchas apelaciones racionales por parte de los nacionalistas catalanes a las ventajas objetivas que proporcionaría esta situación a los ciudadanos, más bien una serie de consignas patrióticas (algunos de los consejeros del Govern ya están abandonando el barco, porque su fe nacionalista no es tan profunda como para poner en peligro su patrimonio), que apelan a la emoción de los votantes (la bandera, los actos solemnes y simbólicos que se repiten todos los días, las corruptelas de España, mientras se olvidan las propias...), pero que ofrecen escasa pedagogía acerca de lo que sucedería el día después de la escisión, lo que sucedería, por ejemplo, con un Estado catalán fuera de la Unión Europea, o que sucedería con los numerosos nacidos en Cataluña que trabajan en el resto de España.

Si algo nos enseña la historia es que las democracias liberales, con todas sus imperfecciones, ofrecen los mecanismos para llegar a soluciones negociadas de los problemas más intrincados y que el mantenimiento contra viento y marea de las posiciones propias - sobre todo cuando esto implica la desobediencia a una Ley que en su día se otorgó el conjunto de la nación española - suele acarrear consecuencias imprevistas y, en la mayoría de las ocasiones, indeseadas para todas las partes implicadas. La conclusión de lo que ofrece La democracia sentimental, puede resumirse en una frase de uno de sus últimos capítulos: 

"Solo la democracia liberal, que divide el poder y promueve el dinamismo de la esfera pública, al tiempo que limita el alcance del autogobierno, instituyendo garantías constitucionales de distinto tipo, está en condiciones de asegurar el mantenimiento de la sociedad abierta pese al predominio de los ciudadanos sentimientales sobre los ironistas escépticos."

martes, 11 de julio de 2017

LAS CHICAS (2016), DE EMMA CLINE. UN PASEO POR EL LADO OSCURO.

Evie es una adolescente, hija de unos padres de posición social acomodada. Como muchas de las chicas de su edad, la protagonista se siente un poco excluida y fuera de lugar en los círculos en los que debería moverse. La gota que desborda el vaso de su situación se produce cuando sufre el desprecio de su mejor amiga. Evie está sola. No hay más remedio que buscar compañías alternativas y las encuentra en un extraño grupo de jóvenes con un estilo de vida cercano al hippismo, pero con un matiz inquietante: veneran al líder de la pequeña comunidad, un tal Russell - trasunto del tristemente famoso asesino Charles Mason -, hasta el punto de que todas las chicas aceptan mantener relaciones sexuales con él con una naturalidad pasmosa. Russell es un ser seductor y a la vez extrañamente perturbador, uno de esos tipos capaces de hacer con la gente lo que quiere, sobre todo si es gente con poca autoestima.

Nos encontramos en 1969 y la sociedad estadounidense poco tiene que ver con la de la década anterior. El amor libre y el consumo de drogas se han institucionalizado entre muchos grupos de gente y la búsqueda de un gurú espiritual, de un ser superior que sea capaz de hacer de la vida algo trascendente se convierte en un motor vital para numerosas personas. Que la forma de vida que instituye Russell-Mason en su selecto grupo sea cada vez más miserable, que la existencia transcurra entre basuras y detritos, no afecta ni un ápice al prestigio de un líder que cada vez se siente más resentido, ya que el mundo parece no estar preparado para reconocer su absoluta genialidad como artista. Y esta situación tan injusta, sentencia Russell, tiene un culpable, el amigo que no hizo lo suficiente para promocionarle, por lo que la venganza contra éste está plenamente justificada. Mientras la prepara, adoctrina a su grupo en el rechazo de los valores tradicionales de la sociedad, en una vida nueva que está por encima de toda moral:

"Si repudiabas ese viejo contrato, nos decía Russell, si rechazabas todas esas chorradas intimidatorias de las clases de civismo, los libros de oraciones y la oficina del director, veías que no existían el bien y el mal. Sus ecuaciones permisivas reducían ambos conceptos a reliquias vacías, como las medallas de un régimen que ya no ostentaba el poder." 

Las chicas, una memorable novela con la que Emma Cline debuta como escritora, es, entre otras muchas cosas, una advertencia contra esos gurús seductores que tanta facilidad son capaces de manipular a sus seguidores y hacerles cometer actos innombrables. La narración resume en sus páginas la locura, entre sublime y tenebrosa, que fueron los años sesenta, una especie de sueño agitado que derivó en la pesadilla de los setenta. Lo más perturbador es la frialdad con la que una Evie adulta evoca sus errores de adolescente, cuando buscó el compañerismo que faltaba en su vida en un grupo que se movía ante todo por un afecto falso, pero del que era muy difícil sustraerse. Se trata de una mujer arrepentida de haberse relacionado con ese grupo (y que tuvo la suerte de ensuciarse las manos de sangre), pero a la vez intenta justificar sus acciones como las de alguien inconsciente, atraída por Suzanne, una de las líderes del grupo que fue para ella, mucho más que Russell, la culpable de verse seducida por el lado oscuro. Una lectura que evoca lo banales que son las razones que llevan a cometer las peores atrocidades.

lunes, 3 de julio de 2017

ELLE (2016), DE PAUL VERHOEVEN. UN JUEGO AMORAL.


Hay películas que no pueden visionarse más que con un nudo en la garganta, ante la extrañeza que produce la exposición de un argumento que dista demasiado de los que nos tiene acostumbrados el cine actual. Ante una agresión inesperada - y más si ésta es una violación - el/la protagonista debe reaccionar o vengándose o hundiéndose en la miseria. ¿Caben otras alternativas? Paul Verhoeven parece decirnos perversamente que sí, en esta producción que fue imposible rodar en Estados Unidos y que debió hacerse en Francia, en un estilo que recuerda mucho al de Claude Chabrol, cuanto más si es Isabelle Huppert, esa mujer que parece gozar de una eterna juventud como actriz y que se atreve con absolutamente todo, su protagonista. El director habla, en una entrevista concedida a la revista Dirigido, de cómo el personaje (al menos en la versión definitiva francesa) estaba concebido para Huppert:

"Ella entendió bien al personaje, nunca hablamos sobre su psicología o sobre valores éticos o morales. (...) No hubo conversaciones profundas, porque no fueron necesarias. Estaba claro que Isabelle entendía el personaje y sentía una gran conexión con Michèle, que se estaba entregando en cuerpo y alma a encarnarla y que lograba darle vida."

Porque Elle es ante todo una propuesta absolutamente amoral y provocativa rodada por otro mito del cine que también parece eterno: un Paul Verhoeven en estado de gracia que, tras la decepción - a mi entender - que supuso El libro negro, vuelve a ser el director valiente que se atreve a ir contracorriente y, encima, triunfar ante la crítica. Lo que desconcierta en Elle es la reacción Michèle ante la violación. Primero, porque procura seguir con su vida normal como si nada hubiera sucedido y después porque la mujer burguesa, que parece haber vivido siempre conforme a las normas que se consideran respetables en sociedad, cambia la moral por un intenso deseo, como si el quebrantamiento que se ha producido en su cuerpo le hubiera hecho reaccionar de alguna manera perversa, pero a la vez radicalmente libre. Mi cuerpo es mío, parece decir, y lo que suceda con él es un asunto estrictamente privado.

Lo que parece ser un discurso íntimo tiene mucho que ver con el trasfondo en el que se produce la acción, en una Francia miedosa, cuyas libertades van retrocediendo paso a paso por el miedo al terrorismo. Además está el trauma de juventud de Michèle, que no sabemos si tiene que ver o no con su reacción a la agresión sufrida. Que sea directora de una compañía que videojuegos, de esos que hacen descargar la adrenalina de jóvenes y no tan jóvenes a base de violencia virtual, dice mucho de esta mujer que sabe moverse como pez en el agua en un mundillo tradicionalmente dominado por los hombres. Que el discurso de la propuesta de Verhoeven choque con el feminismo o sea en realidad una apología de la mujer indestructible es algo que se escapa un tanto a mis posibilidades de análisis, en este mundo líquido en el que las apreciaciones pueden ser tan radicales como cambiantes.