martes, 3 de enero de 2017

ANTOLOGÍA POÉTICA (1911-1965), DE ANNA AJMÁTOVA. EL CANTO Y LA CENIZA.

La Historia se ensañó con los ciudadanos rusos que nacieron a finales del siglo XIX. Tuvieron que presenciar la desastrosa actuación de su país en la Primera Guerra Mundial, la Revolución, la Guerra Civil, la represión de los bolcheviques, el terror de Stalin, la hambruna terrible de Ucrania, el envío de millones de seres humanos al Gulag, y, como colofón a todo ello, el devastador ataque de Hitler a la Unión Soviética, que dejó treinta millones de muertos, muchos más millones de heridos e incontables vidas destrozadas. Para la sensibilidad de una poeta como Anna Ajmátova, que vivió todos esos hechos en primera persona, tales desgracias eran a la vez motivo de profunda tristeza e inspiración para una obra poética singular, que describe como pocas el sentimiento de desamparo absoluto que produce tanta sinrazón, como si una maldición se hubiera instalado sobre unas pobres gentes y enviara plagas cada vez más letales contra las que no hay defensa alguna.

Pero la escritora no es un ser pasivo. No puede serlo, porque mantiene en lo más profundo de su ser un arma mucho más poderosa que el terror de la represión y de los fusiles: la palabra. Da igual que a veces escribir sea la más subversiva de las actividades para una dictadura. Es preciso dar testimonio, recoger el dolor cotidinao y plasmarlo en palabras. Réquiem, uno de los poemarios más impresionantes del siglo XX comienza con la sed de verdad, con la esperanza de que al menos los padecimientos del presente sean conocidos por las generaciones futuras. Una ciudadana anónimo sirve de estímulo para Ajmátova:

"Diecisiete meses pasé haciendo cola a las puertas de la cárcel, en Leningrado, en los terribles años del terror del Yezhov. Un día alguien me reconoció. Detrás de mí, una mujer - los labios morados de frío - que nunca había oído mi nombre salió del acorchamiento en que todos estábamos y me preguntó al oído (allí se hablaba solo en susurros):
- ¿Y usted puede dar cuenta de esto?
Yo le dije:
- Puedo. 
Y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro."

Ya en 1919, cuando el país acababa de experimentar unos años de tremenda violencia, Ajmátova intuye que la época que le ha tocado vivir es especial, en el peor sentido del término. Las promesas de paz de finales del siglo XIX, la transición pacífica a una democracia al estilo occidental, que muchos creyeron posible en Rusia, han quedado hechas añicos. Y el siglo solo acaba de empezar:

"¿En qué es peor este siglo que los precedentes? Tal vez
en esto, en que la terquedad del dolor y la angustia,
alcanzó, sin poder curarla,
la llaga más profunda.

Al poniente el sol de la tierra aún resplandece,
y los tejados brillan en las casas con sus rayos,
pero aquí marca la muerte  las casas con cruces
y llama a los cuervos, que se acercan."

Leningrado es el símbolo de la ciudad mártir. Reprimida como muchas otras en los peores años de Stalin, a partir de 1941 tendrá que soportar uno de los asedios más duros de la historia. Pero antes de que esto suceda, muchos de sus habitantes han tenido que despedirse de su ciudad de la manera más triste. Inocentes que son culpables ante los ojos implacables de un sistema que reprime a sus ciudadanos en pos de una utopía futura que nunca llegará: 

"En aquel tiempo sonreían
sólo los muertos, deleitándose
en su paz, y vagaba ante las cárceles
el alma errante de Leningrado.
Partían locos de dolor los regimientos
de condenados en hilera y era
el silbido de las locomotoras
su breve canción de despedida.
Nos vigilaban estrellas de la muerte,
e, inocente y convulsa, se estremecía Rusia
bajo botas ensangrentadas, bajo
las ruedas de negros furgones."

Solo queda homenajear a los muertos. El auténtico amor a la tierra natal no se encuentra en los cantos de sirena del nacionalismo, sino en el sentimiento de pertenencia a un lugar que, si bien ha sido cruel con nosotros en vida, al final nos ofrecerá reposo para que nos fundamos con la tierra que nos ha visto nacer. Esta es la auténtica libertad de quienes no pudieron ser felices, tal y como describe magistralmente el poema Tierra nativa:

"No la llevamos en amuletos sobre el pecho,
ni componemos versos quejumbrosos sobre ella.
No altera nuestros amargo sueño, 
ni la consideramos el cielo prometido.
No es en nuestra mente
objeto de compra o venta.
Sufriendo, enfermos, errantes sobre ella,
ni siquera la recordamos,
         Sí, para nosotros, es el barro de los chanclos,
         para nosotros, sí, es la arena que cruje entre los dientes.
         Y pisamos, aplastamos, deshacemos
         ese polvo que no tiene culpa.
Pero yacemos en ella y en ella nos convertimos
y por eso, con toda libertad, la llamamos nuestra."

Y, como todos sabemos, los muertos solo pueden sobrevivir en la memoria de los que les sobrevieron, que adquieren el deber de que nunca se olviden las injusticias cometidas contra ellos. Esto lo comprendió desde muy temprano la escritora, convertida en una auténtica apóstol y mártir del recuerdo: 

"De profundis... Mi generación 
no saboreó apenas la miel. Y ahora
sólo el viento ulula a lo lejos, sólo
la memoria canta por los muertos.
Inconclusa quedó nuestra labor,
nuestras horas fueron horas contadas,
de la intuida división de las aguas,
de la cima de las altas cumbres,
del florecimiento y esplendor,
sólo nos separaba un leve suspiro...
Dos guerras, generación mía,
iluminaron tu camino terrible."

Contra toda esperanza, el poder de la literatura termina alzándose y venciendo al terror, por muy costosa que sea dicha victoria. Da igual que ciertas palabras estén prohibidas. Si es necesario, quedarán en la memoria hasta que puedan ser plasmadas en un papel. Nuestro humilde papel como lectores es el de contemplar, reflexionar y jamás olvidar que nada garantiza que los más terribles episodios de la historia no puedan volver a repetirse.

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