viernes, 11 de noviembre de 2016

EL CEBO (1958), DE LADISLAO VAJDA. RETRATO DE UNA OBSESIÓN.

Resulta sorprendente y altamente gratificante encontrar una película tan heterodoxa en el monolítico panorama del cine español de los años cincuenta, por mucho que se trate de una coproducción con Alemania (la del Oeste) y Suiza. El cebo crea desde sus primeros minutos un ambiente inquientante y malsano: nos encontramos en un país tranquilo, civilizado, pero en un páramo aparece el cadáver de una niña. Hay un demonio que habita entre los hombres con apariencia de ser humano. Lo mejor es encontrar un culpable cuanto antes posible y, si es posible, lincharlo para que conozca la justicia del pueblo. El linchamiento es evitado, pero eso no mejora la situación de un acusado que es presionado por la policía hasta el paroxismo para que se declare responsable del crimen. Está claro que el hombre no es trigo limpio, pero el espectador sabe que el verdadero asesino sigue suelto. Se trata de un psicópata que se toma su tiempo entre crimen y crimen, como si los ejecutara para reafirmar su ahogada personalidad frente al maltrato al que es sometido sistemáticamente por su esposa. Ni que decir tiene que el personaje produce fascinación, no por sus repulsivas acciones, sino porque es interpretado por Gert Fröbe, el inolvidable Auric Goldfinger de la segunda mejor película de la saga Bond.

Puede decirse que en muchos sentidos, El cebo es una película adelantada a su tiempo, pues no reniega en ningún momento de su naturaleza escabrosa y se dedica exponer algo muy obvio para cualquier aficionado a la lectura, a la historia o al cine: que bajo la aparente paz de una comunidad idílica pueden esconderse monstruos (David Lynch será muy aficionado posteriormente a dejarnos este mensaje). Las palabras de Fernando Savater resumen muy bien las sensaciones que deja la obra de Vajda:

"(...) habla de lo más brutal, pero expresa lo más tierno., conserva siempre la serenidad del relato, pero suscita un terrible desasosiego, prescinde de efectismos, pero nunca deja de ser efectiva, nos asoma al peor de los abismos, nos reafirma sin aspavientos en la solidez del amor humano; en una palabra: cuenta la verdad del horror sin hacernos perder la fe siempre amenazada en lo que merece la pena en la vida."

Mención aparte merece la actitud del inspector de policía, interpretado por Heinz Rühmann, un hombre tremendamente obsesivo que es capaz de, primero, renunciar a un tranquilo destino en un país de Oriente Medio y después poner en peligro la vida de una niña con tal de calmar la inmensa sed de justicia que le corroe por dentro. En cierto sentido, también el inspector Matthäi es un poco psicópata, un hombre que no mide bien los riesgos con tal de conseguir un resultado, por mucho que la visión general de él que se le ofrece al espectador es la de un hombre íntegro que es capaz de dedicar meses y meses de su vida a la búsqueda de la verdad, hasta el punto de da un giro de ciento ochenta grados a su vida en pos de este objetivo. Lo cierto es que El cebo, esa joya todavía poco conocida del cine español, es una de esas películas que merece más de una revisión.

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