martes, 22 de marzo de 2016

DISTANCIA DE RESCATE (2014), DE SAMANTA SCHWEBLIN. LOS ÚLTIMOS DÍAS.

Que el mal puede llegar sin avisar a nuestra vida cotidiana es una realidad que podemos vivir en el instante más inesperado. Esta misma mañana, un par de escenarios que se repiten todos los días, la facturación en la cola de un aeropuerto y un viaje al trabajo en metro se convirtieron en pocos segundos en lugares horripilantes por obra y gracia de una voluntad humana que no puede comprenderse, pero que está regida por una lógica interna que se aleja todo lo posible de la idea de derechos humanos y democracia occidental.

El escenario que plantea Samanta Schweblin no tiene mucho que ver con el de esta mañana, pero es capaz de crear las mismas preguntas, la misma extrañeza y la misma inquietud en el lector, llevando hasta sus límites un relato de terror cotidiano. En algunos pasajes recuerda a los cómics de Daniel Clowes, con esos personajes deformes y alucinados que han sido afectados por padecimientos incomprensibles que les hacen actuar de manera extremedamente rara. La misma autora explica sus intenciones en una entrevista publicada en la página sopitas.com:

"Cuando el terror y lo fantástico se viven desde un clima y un registro que son absolutamente coticidianos y realista, eso extraño, eso amenazante, se vuelve mucho más factible de suceder, eso es lo que genera tanta tensión. Si hablo de Frankenstein como un monstruo que vivió hace muchos años, muy lejos de aquí, pues no pasa mucho, uno puede enfrascarse en ese mundo, comprar toda esa fantasía. Pero si esa amenaza ocurre en un mundo posible es entonces factible que suceda."

En Distancia de rescate asistimos al diálogo un tanto delirante entre una mujer a punto de morir y un niño, David, que parece entender algo del mal que ha sacudido a la protagonista, pero que le exige a ésta que le explique con detalle todo lo vivido en los últimos días, para separar los detalles esenciales de la experiencia de los accesorios, todo regido por la frase que ella pronuncia en un determinado momento: "a veces me asusta pensar que los problemas de todos los días puedan ser para mí un poco más terribles que para el resto de la gente".

Aunque es un libro difícil, poco complaciente con el lector, la recompensa de leer a Scheweblin está en esa sutil frontera que la escritora argentina sabe marcar entre lo cotidiano (en este caso, unas vacaciones familiares de verano) y lo que no puede explicarse. Lo fantástico, lo terrorífico, insertado en la vida corriente. Todo un experimento cuya extensión se mueve entre los formatos del relato y la novela. 

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